Notas al pie
Martok
Nota 137
Martok comienza a preguntar por sus viejos camaradas. Nadie los conoce. Nadie se acuerda de
él. Resuelve visitar personalmente los lugares de su pasado. Cae una lluvia torrencial que lo ha
borrado todo.
Nota 138
Se presenta ante Juan Negulescu, que estaba siempre en su oficina del Teatro del Arroyo. El viejo
empresario le aconsejó que terminara la película.
Después de algunas indagaciones comprendió que la muerte de Inés Gorlero era un misterio
que nadie parecía interesado en develar. Respecto a Morozov, Martok me consultó varias veces,
respetando mi carácter de asistente y ayudante académico de tantos años. Yo pude ayudarlo
poco. Le señalé el paradero de alguno de los niños de entonces, le conté la vida exitosa de Vidal
Morozov, le acerqué algunas anotaciones que mi maestro había hecho para el final de la
película. Después preferí dejarlo solo con su perplejidad, sus sospechas y su tristeza ante la
evidencia de que el tiempo es tragedia. A partir de entonces me llamaba cada vez menos, casi
siempre para hacerme alguna consulta, acerca de direcciones o asuntos burocráticos.
Un día le pregunté qué había hecho y dónde había estado en todos esos años. Él eligió
lugares desconectados, obras desconocidas y éxitos en circuitos periféricos para que yo no
pudiera comprobar su veracidad. En cierto momento se detuvo y recomenzó su discurso en otro
tono...
–Voy a decirle la verdad. Usted seguramente me entenderá.
Yo amaba, como todos, a Inés Gorlero. Tal vez tuvimos un pequeño episodio romántico. ¡Qué
cuerpo hermoso tenía! Pero ella prefirió a Morozov, aunque sin renunciar a nadie. Yo me fui sin
saber que la habían matado. Me fui para olvidarla y también con la esperanza de reencontrarme
con otra mujer: Ara Leblanc, una actriz francesa que según me habían dicho estaba en Hungría.
Pero no la encontré. O mejor dicho, tardé tanto en encontrarla que ya se había convertido en
otra persona. Hay más: ella también había preferido a Morozov.
Nota 139
A mí no me gustaba conversar con Martok. Pero él se había empeñado en hacerme su
confidente. Cada vez que me veía abría su corazón sin preocuparse por mi evidente desinterés.
Su voz sonaba grave y un poco temblorosa.
–En todos estos años me convertí en otro hombre... Recién ahora vengo a comprender el
sentido de algunas de mis decisiones estéticas.
Cuando empecé a filmar la película aspiraba simplemente a dar cuenta de la decepción.
Pensé que bastaba con mostrar los sueños de los chicos y que el tiempo haría lo demás. Ahora
comprendo que se trataba de una idea insignificante.
Morozov tenía razón. La pregunta correcta era ¿qué cosa es un niño? Él proponía tomar una
obra clásica y densa, con personajes decadentes y viciosos, interpretada por niños. Había que
averiguar qué clase de relación metafórica existía entre el niño y el adulto. ¿Cuál es el tropo
retórico de cuál? Los rasgos hablan... Pero ¿qué dicen? Había que esperar. Pero no para
comprobar que los sueños no se cumplen si no para encontrar esa relación diabólica o angelical
entre un chico y su adulto.
Usted recuerda que entonces filmaba largas tomas de manos, bocas, ojos y cuerpos infantiles
formando claroscuros, efectos extraños, laberintos de luz que aburrían a todos. Ese era el
camino: romper la historia. Dejar que se contara sola. Ahora podría hacerlo pero necesito
ayuda. Morozov está muerto pero usted sabe tanto como él. Yo veo lo que hay que hacer, pero no
lo entiendo del todo.
–Destruya la película, Martok. Piérdala. Guarde algún fragmento. Corte los diálogos. Si no
encuentra nada haciendo eso, algún otro lo encontrará. Yo no puedo acompañarlo pero me
alegra que se haya dado cuenta de que ciertos caminos son una trampa.
Nota 140
Transcribo una nota que me llegó por correo.
Estimado De Robertis:
El domingo a la noche me voy a reunir con los actores de mi película (al menos los que pude
contactar). Me gustaría verlo allí ya que presiento que usted recuerda la obra mucho mejor que
yo. Lo esperamos en el Teatro del Arroyo a las 21:30hs.
Martok
Nota 141
La reunión de Martok con los restos del elenco de su película fue melancólica como la reunión
de ex alumnos que era en realidad.
Tal como yo esperaba Martok no reconoció a nadie. Yo mismo tuve dificultades para asignar
nuevos rostros adultos a los niños de entonces.
Por suerte tuve la precaución de guardar el material, incluso los guiones de todas las
escenas. Pero muy pronto empezaron las dificultades. Los pocos alumnos que habían conseguido
trabajar profesionalmente no estaban en el país. Los que habían representado los papeles
principales presentaban un aspecto muy diferente, al punto de ser imposible que el público
pudiera reconocerlos. Susana Berlanga, por ejemplo, ya no era rubia ni alta. Además había
perdido completamente su vocación de actriz. Estaba casada con un señor mayor que –con toda
certeza- no le permitiría participar en películas. Martok resolvió que su papel fuera interpretado
por Natalia Feuer que ahora era rubia y alta. Pero había un problema: el personaje tenía que
cantar “Angel Eyes”.
–¿Te la sabés? –preguntó Martok mientras se rascaba contra la pared. –Creo que sí –dijo Natalia y todos temblamos.
Alguien tocó la introducción en el piano. Y entonces, con una voz sentimental, afinada y
deliciosa, Natalia cantó:
–Try to think that love’s not around...
Still it’s uncomfortably near...
Natalia cantaba. Se había producido un milagro.
Por fin no hubo otro remedio que hacer un nuevo casting, tratando de encontrar buenos
actores cuya apariencia resultara consistente con los chicos de la primera parte. La única que
seguía pareciéndose a ella misma era Cora Yako.
En un momento me pareció ver a Tito Salvio, que ingresaba, vivo y rozagante, convertido en
un atleta de uno noventa de altura. Creo que hasta lo saludé.
Martok andaba acompañado por la Leblanc. Me la presentó como si fueran necesarias
centenares de aclaraciones.
–Yo ya la conocía de antes. Nos encontramos en Budapest y resolvimos volver juntos –dijo
Martok, mientras me guiñaba el ojo.
–Oh, Lazlo... yo ya conozco al señor. Nos saludamos en el funeral de Morozov. La noche que
tú te extraviaste en el aeropuerto.
–¿Puedo preguntar algo? –dije yo–. ¿Ustedes viajaban juntos de pura casualidad o se
trataba de un plan común?
–Oh, no lo sé –contestó Ara–. Tal vez yo venía a buscar a Vidal. Los dos... los tres fuimos
pareja hace años... jajajaja. Tal vez hasta fuimos padres.
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