Notas al pie
El estrellero
Soy el hermano menor de Giorgio Scarlatti llamado el estrellero. Vivimos
en Florencia, en una casa bastante humilde cerca del río.
Aquí hay muchos pintores, los mejores del mundo. Mi hermano también
pinta. En realidad no hace grandes trabajos y ni siquiera firma sus obras.
Sin embargo los más grandes vienen a buscarlo cuando necesitan algo
específico. Nadie pinta estrellas como él. Giorgio puede extender la noche
tanto como uno quiera. Los maestros le encargan el cielo nocturno por
varas. Él puede hacerlo de todos colores: rojo atardecer, azul medianoche,
negro misterio o el triste blanco del plenilunio.
Pero si se trata de ser preciso, es decir, cuando la obra tiene propósitos
mágicos, en el maravilloso caso de que no pueda ser una estrella lo mismo
que otra, ahí aparece el verdadero saber de il estrellero.
¿Qué estrella está buscando?, le pregunta mi hermano a los artistas
divinos.
Ellos contestan. A veces saben que es la sangre de Betelgeuse sobre una
mano pálida en la ventana. Giorgio les da la estrella que piden pero a su
alrededor pinta a todas sus vecinas.
Allí estarán Rigel y Bellatrix compitiendo con sus antorchas y las Tres
Marías, Alnitak, Alnillam y Mintaka. Otras veces buscan una mariposa en
el cielo y Giorgio la encuentra.
Pero también suele suceder que el artista no sabe bien a qué región del
cielo quiere ir. Giorgio lo lleva. Quiero decir que se reserva para sí un
fragmento del cielo, una ventana pequeña o una noche entera y eso lo hace
solamente él.
No me pidan que les hable de Miguel Ángel o Rafael o Leonardo. Si
ellos no quisieron revelar de qué cielo son deudores, mi boca no se abrirá.
Pero el Veronese, Tintoretto –que regalaba las pinturas–, Bellini,
Mantegna... ¿qué tienen que decir?
Después de estudiar las leyes de la astronomía, el estrellero no volvió a
dibujar estrellas fijas. Siempre parecían sacudirse, o ir perdiendo sus
bordes, o recorrer el cielo tejiendo el tiempo. A Tiziano le propuso pintar
estrellas vistas de atrás, sorprendidas desde los cielos secretos que ocupan
los santos o desde las superficies brillantes de otras estrellas.
En el esplendor de su carrera, Giorgio se negaba a pintar astros cuyo
nombre no conociera. Se pasaba las noches dialogando con los astrólogos y
porfiando acerca de la verdadera identidad de una nubecita de luz.
Nunca quiso pintar otra cosa que retazos de noche. Se llevó consigo el
secreto de sus colores. Le gustaba decir que los hacía con luz, que capturaba
rayos a la mañana temprano y los encerraba en el sótano hasta que
estuvieran a punto para ser usados. Hoy, cuando comprendió que las
constelaciones eran razonamientos equivocados de nuestros ojos indoctos,
dejó de pintar y se murió, ante el diabólico silencio de las estrellas. (3)
Nota 3
CONSTELACIONES Y LA PARADOJA DE OLBERS
Se necesita mucha fe poética para aceptar la idea de las constelaciones. En principio hay que
conformarse con la ubicación de unos puntos luminosos que necesitan de líneas creadas por
nuestra imaginación que vengan a unirlos y a crear un diseño lejanamente parecido a objetos
reales como pájaros, copas, instrumentos musicales o peces. La mente debe asimismo imaginar
que el espacio infinito es en realidad una tela bidimensional en la que están pintadas las
estrellas.
Pero lo cierto es que la tela de ese cuadro puede penetrarse y es posible avanzar
infinitamente. Así viene a descubrirse que las estrellas están a diferentes distancias y que
algunas que parecían a simple vista vecinas y gemelas están separadas por miles de años luz. La
distribución tridimensional de los cuerpos celestes hace que, al movernos, las constelaciones
vayan cambiando de forma o desapareciendo o dividiéndose o quedando a nuestras espaldas. Un
viajero ubicado en la superficie de la roja Betelgeuse no podría distinguir ni el menor rastro del
puñal de Orión. Si mirara desde Mintaka (que no es una estrella sino varias) jamás se le
ocurriría la idea de estar en el medio de un cinturón o en una de las Tres Marías. Únicamente
permanecerían más o menos fijas las constelaciones más lejanas.
Por eso, para conocer el cielo conforme al antiguo sistema del zodíaco y la esfera celeste,
conviene quedarse en la Tierra donde nuestras percepciones –por erróneas y limitadas– se
hacen más fáciles de clasificar.
Una idea interesante acerca de la forma en que vemos o no vemos el cosmos fue expuesta
por el astrónomo alemán Heinrich Olbers y es conocida en las pizzerías como la Paradoja de
Olbers.
Si uno supone que el universo es infinito y que contiene un número infinito de estrellas
luminosas distribuidas con cierta uniformidad, no tiene más remedio que calcular que en el cielo
nocturno no debe haber ni un solo rincón oscuro. Uno encontraría la superficie de una estrella,
más cerca o más lejos, en cualquier dirección que mirara. No habría constelaciones ni tampoco
habría estrellas tal como las vemos ahora. El firmamento entero sería como una estrella infinita.
Olbers siguió haciendo cuentas y descubrió que, si las cosas fueran como la razón le
indicaba, la temperatura media en la Tierra alcanzaría los 5.537,78 grados Celsius y la luz
recibida debería ser cincuenta mil veces más intensa que la luz del sol.
Ahora bien, las cosas no son así. Entonces debemos suponer que alguna de las hipótesis es
incorrecta. O el universo no es infinito; o las estrellas no lo son; o la edad del universo es
limitada. El mismo Edgar Allan Poe escribió un artículo a este respecto. Hoy sabemos que la
solución de la paradoja pasa por la última opción, aunque aun así las cuentas no resulten tan
claras. También sabemos que cualquier constelación es una trampa del pensamiento. A veces
nos complacemos en trazar líneas que unen puntos, fechas, estrellas, sucesos. Entonces creemos
que hay algo en común entre esos sucesos, estrellas, fechas y puntos, sin darnos cuenta de que el
único parentesco es el que hemos dibujado nosotros con tendencioso lápiz.
Una última consideración: la oscuridad del cielo debe ser entendida como un don.
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