Notas al pie
Un fracaso de Enrique Argenti
Un buen poeta debe saber que la elección entre varios términos de una serie
es casi siempre trivial e irrelevante.
El fariseo se complace, sin embargo, en construir una personalidad
completa con todos sus detalles tan solo con una suma de decisiones
banales. Su única complejidad es la preferencia: ¿Qué color le gusta? ¿En
qué piso vive? ¿Qué canción lo emociona?
El director teatral Enrique Argenti había ensayado durante largos meses
una obra policial que él mismo había escrito y que acaso se llamaba El
asesinato de la señora Foster.
Todas las semanas decidía alguna clase de modificación porque nunca
estaba del todo satisfecho con la intriga de la obra. Le parecía que los
sucesos no eran tan sorprendentes como él quería o no producían el deseo
ansioso de saber qué ocurriría después. Así, fue desplazando la culpa del
crimen cambiando de asesino en cada ensayo.
En los primeros meses siguió la estrategia más directa de los autores
policiales, que consiste en hacer culpable al menos aparente. Luego, con
inversa malicia, llenaba la escena de indicios que acusaban a un personaje.
Cuando el espectador astuto calculaba que esas señales garantizaban la
inocencia del sospechoso, Argenti daba su golpe de gracia: el que más
culpable parecía era nomás el culpable.
Muy pronto comprendió algo que siempre ha aterrorizado a los
escritores: cada hecho puede ser reemplazado por otro cualquiera sin que
nada se pierda o se gane.
Argenti creyó entender que la mayoría de los argumentos no son más
que una serie caprichosa de sucesos que solo se iluminan a sí mismos.
A veces, durante los ensayos, interrumpía los parlamentos que él mismo
había escrito gritando a los actores desde la platea:
–¡Y a mí qué diablos me importa!
Por esos días creyó firmemente que todo dato era superfluo y que las
meras sustituciones dejarían siempre escrita la misma obra decepcionante.
Intentó entonces transformaciones más catastróficas.
Una tarde, tentado por una inspiración criminal, resolvió intervenir en
dos situaciones: cuando el dueño de casa bebe una copa de vino a la que
alguien ha agregado veneno y cuando el hijo de la señora Foster es baleado
por un mensajero.
Argenti pensó en ordenar que el vino fuera envenenado positivamente, y
que las balas de salva fueran reemplazadas por proyectiles verdaderos.
Cuando contó estas ideas a los actores, alguien le hizo notar que estos
cambios no pertenecían a la obra sino que estaban fuera de ella.
Argenti respondió que ese era precisamente el valor de aquellos
retoques.
–¿No comprenden? Esto obliga a reconsiderar las percepciones. Toda
obra es un territorio entre paréntesis donde solamente existen actores que
fingen amar, sufrir y matar. Fuera de este espacio existe una realidad más
rica y compleja.
Esta idea consiste en ampliar los paréntesis o, mejor dicho, en extender
la obra fuera de ellos. Y allí, en ese nuevo foro, aparecerán nuevos amantes
y nuevos criminales mezclados con los anteriores. Ahora bien, tal vez sea
posible seguir adelante y descubrir que este recién nacido espacio de
revelaciones podría ser puesto entre corchetes. ¿Por qué detenerse? Resulta
evidente que más allá, a lo largo de interminables llaves, seguirían
moviéndose personajes e ideas de variedad sin fin.
¿Dónde acaba esta serie? ¡Esa pregunta es el verdadero interés de la
obra! –decía Argenti parado sobre las butacas–. ¡Qué importa quién, entre
cinco sospechosos, mató a la señora Foster! ¡Da lo mismo cualquiera! En
cambio, saber quién comienza o quién termina la serie de mundos que crean
otros mundos y cuál es nuestro lugar en la sucesión infernal de muñecas
rusas, eso es algo que uno daría la vida por conocer.
La obra jamás pudo estrenarse. (65) (66)
Nota 65
La idea de Argenti no es novedosa: un personaje es envenenado por alguien que vierte cianuro
en su vaso de whisky.
El actor apura el trago creyendo que se trata del mismo té desabrido de todas las noches. Sin
embargo, a los pocos segundos, cae redondo, muerto de verdad.
El director calculó que un crimen verdadero podía ampliar sus horizontes artísticos. Y
algunos dicen que colocó personalmente cianuro de verdad en el vaso del actor que hacía el
papel de actor engreído, que pasó a morir ya en el plano de la realidad.
Pero es mi opinión que no hubo tal veneno real. La obra continuaba, ahora con Argenti
como personaje de ficción, siendo el cianuro también ficcional.
Puedo pensar que quedaba la puerta abierta para la aparición de otro director, el verdadero,
que efectuaría un nuevo y definitivo envenenamiento.
Pero también podría continuarse la cadena haciendo aparecer otra realidad que empujara a
la anterior al campo de lo fingido y nos presentara a... ¡un novísimo director real!... Con un
novísimo cianuro.
La trampa consiste en dar a cada escena una pretensión de realidad que luego se esfuma
para dar paso a la trampa siguiente. El viejo recurso del sueño dentro de un sueño o de la obra
dentro de una obra se utiliza aquí, pero no hacia adentro sino hacia afuera.
El fastidio y la desconfianza son los principales enemigos de este recurso artístico. En virtud de los defectuosos silogismos de Argenti empezó a circular el rumor de que entre
los elementos de su utilería figuraban botellas con vino envenenado y armas cargadas con balas
de verdad.
Nota 66
Vale la pena recordar aquí mismo la comedia El regreso del hermano mayor, escrita por
Morozov en colaboración precisamente con Argenti.
La redacción de los textos fue un trabajo penoso y extenuante. Pocos días después de
comenzar a escribir, Morozov viajó o fingió viajar al exterior aunque dejó instrucciones y
anotaciones en manos del doctor Vladimir Rodnoy, que era abogado y trabajaba en la embajada
rusa. Este hombre casi
no hablaba castellano y Argenti ignoraba el ruso con la mayor prolijidad. De todos modos, Rodnoy tuvo que abandonar el país cuando apenas si se habían escrito dos
o tres carillas. Argenti siguió adelante y adoptó la política de atribuir a Morozov –o a Rodnoy–
los pasajes que sus amigos le señalaban como insolventes.
El tema central de la obra es la clásica discusión jurídica acerca de los derechos del
resucitado.
El magnate Carlos Del Solar muere y su hermano Álvaro lo sustituye en la conducción de
todos los negocios familiares. La pulsión sucesoria alcanza también a la novia de Carlos,
Zulema, que se casa con Álvaro.
Sin embargo no es tan fácil asimilar esta información.
La obra comienza con una discusión entre dos sirvientes acerca del budismo zen. Uno de
ellos sostiene que la iluminación súbita (el satori) es una idea concreta y literal que expresa el
ingreso de quien la experimenta a un escalón de conocimiento superior. El otro sirviente –que
según se adivina es el chofer– mantiene que todo texto del budismo zen debe ser despojado de
cualquier rigor taxativo.
Conforme avanza la obra, Argenti –o tal vez Morozov (para no hablar de Rodnoy)– mezclan
enunciaciones que corresponden a distintos estilos. A veces los parlamentos son crudamente
realistas, al minuto siguiente se pasa al clasicismo del siglo de oro para luego condescender a la
poesía gauchesca.
En algún momento de la trama, se hace patente que todos en la casa están esperando la
llegada del primo Julio. Enseguida nos enteramos de que se trata de un hombre seductor,
mundano, aventurero y experto constructor de paradojas.
Comparten esta escena infinidad de familiares, amigos y comparsas. En medio de la expectativa general, suena el timbre y todos se preparan para recibir a Julio.
La mucama abre la puerta y ve que el recién llegado no es el primo que esperaban sino el
mismísimo Carlos Del Solar, el muerto.
Por supuesto, la obra se estrenó en el Teatro del Arroyo. Morozov regresó justo a tiempo
para estar presente.
Argenti había logrado formar un elenco de estrellas: Dina Lagos como la bella Zulema,
Pablo Bertolé como Carlos, el resucitado, y en el papel de Julio, el primo trotamundos, el actor
catalán Jordi Burrul (que andaba con Inés Gorlero). También participaron algunos de los niños
de la película de Lazlo Martok haciendo precisamente de niños.
Siempre se creyó que los textos de El regreso del hermano mayor se habían perdido. Sin
embargo, por la gracia de oportunos extravíos, parte del libreto ha quedado entre mis papeles.
Transcribo inmediatamente un fragmento del primer acto.
Por tratarse de un texto de Morozov lo haré en la región de este libro que pertenece a su
obra. Me permitiré sin embargo inmiscuirme en el distrito central para aclaraciones
indispensables o incluso en las didascalias.
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