Notas al pie
Brujerías
En el pueblo de San Juan de Luz la vida no era tan mala. Nos gustaban los
bailes, las mascaradas, las fiestas, los paseos nocturnos por la playa. Éramos
buenos pescadores. A veces nuestros mozos se embarcaban en largas
expediciones que llegaban hasta el extremo norte de América, donde
llegamos a poseer algunas islas.
La culpa de todas nuestras desgracias la tiene, como bien sabemos,
Urtubi de Saint-Pée, un señor cobarde y supersticioso que de puro borracho
dio en creer que una bruja le había chupado la sangre. Ahí nomás se fue
hasta Burdeos y contó unas mentiras tan bien urdidas que pusieron en
funcionamiento la cadena oficial de correveidiles que terminaba en los
oídos del rey Enrique.
El rey no cree en casi nada, ya lo sabemos. No me lo imagino metido a
cazador de brujas, tan luego él, que conoció la sinrazón de una guerra
religiosa y que pudo cambiar de bando sin que el cielo lo castigara.
Sin embargo, en este caso, tal vez por no discutir con imbéciles, accedió
a enviar a nuestro pueblo a un magistrado de Burdeos, el señor de Lancre,
con instrucciones de averiguar lo que estaba ocurriendo. El rey nos conocía
bastante bien porque nació aquí y fue rey de Navarra antes de serlo de
Francia.
Nuestra comunidad está bien lejos de los prejuicios de la santurronería.
El funcionario empezó a interrogar a todo el que se le ponía delante. Tanto
afán causó más gracia que temor y, sin que mediara acuerdo alguno, todos
los ciudadanos optaron por el silencio ante las indagaciones del enviado. En
realidad había bastante que contar. Muchas de nuestras señoras mayores
vendían filtros amorosos, curaban el mal de ojo, adivinaban el futuro o
arreglaban desgracias para los enemigos de sus clientes. Los adolescentes
solían bañarse en el mar medio desnudos, mezclados los mozos con las
niñas; los pescadores que se ausentaban por largos meses o años dejaban a
sus jóvenes mujeres a merced de los numerosos libertinos del condado de Labort; los frailes se aprovechaban de las chicas inocentes pero también de
las damas experimentadas.
Éramos felices y no queríamos que los leguleyos de la capital vinieran a
inmiscuirse en nuestras graciosas costumbres.
Yo mismo, un noble respetable, profesor retirado de la Sorbona,
habiendo sobrepasado la edad del matrimonio, encontraba solaz en más de
una jovencita descarriada. A título de íntima confesión me permito escribir
el nombre de La Murgui, también llamada Margarita, una belleza de
diecisiete años que me amaba del modo más culpable. Aprovecho asimismo
el rango confidencial de este documento para establecer que he perdido la
fe siendo muy joven. El estudio de las ciencias y el trato con maestros
copernicanos y pitagóricos me alejaron de la iglesia. Creo firmemente que
la Tierra no es el centro del universo. En cambio descreo de las pamplinas
de los frailes y más todavía del poder de las brujas.
Pero el pueblo sí creía, especialmente cuando los servicios al demonio se
mezclaban con una actividad sexual desvergonzada y escandalosa. Las
muchedumbres orgiásticas tenían por costumbre reunirse en los
cementerios, que por cierto no eran lugares de tristeza y recogimiento. Allí
se realizaban unas fiestas que algunos llamaban akelarres, sabiendo que este
nombre implica la presencia del demonio bajo la forma de un macho cabrío.
El señor Pierre de Lancre llegó a creer que todas las mujeres del condado
de Labort eran brujas de un modo u otro. La frase del magistrado comienza
con pretensiones ecuménicas y se ablanda al final hasta no significar nada.
Pero sí es cierto que había fiesta todos los sábados y allí no faltaba nadie.
Las ancianas, para hacerse temer, se dejaban llamar brujas. Muchos
campesinos ingenuos creían en su poder y se sospechaban sus víctimas
cuando enfermaban de gravedad. En la pequeña aldea de Ax aparecieron
unos desdichados que decían haber sido embrujados y ladraban hasta la
madrugada como si fueran perros.
Hasta allí llegaban las cosas. Pero una noche el ya mencionado Urtubi de
Saint Pée permitió una saturnalia en su castillo con las consecuencias que
todos conocemos.
Habían pasado unas cuantas semanas desde el arribo de Monsieur de
Lancre y su investigación parecía condenada al fracaso. Todos negaban
todo.
Sin embargo, una sola traición bastó para poner en peligro a la
comunidad entera.
La Murgui, mi amada Murgui, enloquecida de amor, de culpa y de
miedo, denunció a todo el pueblo. Yo que le enseñé a escribir no pude
menos que arrepentirme al saber que la muchacha había redactado un
informe en el que se hablaba de encuentros venéreos con Satanás, bailes de
lujuria colectiva, violencias inconfesables y todo con una natural virtud
narrativa para los detalles impúdicos. Por suerte no mencionó mi nombre y
resulté ser de las poquísimas personas del pueblo libres de toda sospecha.
Los ayudantes del notario le creyeron porque así se completaba la
investigación. A mí me parece que también contribuyó su belleza. Pensé en
la bella Friné, desnuda ante los jueces de Grecia, que al verla creyeron todo
cuanto decía.
De Lancre y sus ayudantes encargaron a mi amante la tarea de revisar el
cuerpo de todos los sospechosos para ver si tenían la marca de Satanás. Se
sabe que se trata de pequeñas máculas de la piel que se vuelven insensibles.
Allí donde la Murgui encontraba esta señal informaba a los magistrados.
Las confesiones se multiplicaron, las delaciones acusaban a mujeres
nobles, frailes alegres, comerciantes adinerados y señalaban todos los
lugares de reunión.
Los niños también eran interrogados. De Lancre aseguraba que un
testigo de ocho años era perfectamente respetable.
Al terminar su trabajo en San Juan de Luz, el funcionario real llegó a una
conclusión alarmante: salvo siete personas –entre las que tuve la suerte de
contarme– todos los habitantes del pueblo eran culpables de brujería. Había
que quemarlos. Eran unas novecientas almas.
Como bien sabemos, para los inquisidores cualquier respuesta viene a
demostrar la culpabilidad del acusado. Si dice que es, es que es. Si dice que
no es, es que miente. Si tiene una marca, se la dibujó el diablo. Si no la
tiene, es el diablo el que se la borró. Muchas veces se les obliga a rezar el
Padre Nuestro: si se equivocan es prueba de que están poseídos. Si lo hacen
sin errores es el diablo que los ayuda.
De Lancre no dejó de interrogarme pero él ya había decidido mi
inocencia. Tuve la tentación de confesarme culpable para ponerlo en un
aprieto pero preferí no jugar con la estupidez de aquel hombre.
Al recibir el informe de su enviado, el rey Enrique comprendió que era
imposible quemar en la hoguera a tantas personas. Se reunió con el papa
Pablo V y con el mismo de Lancre y juntos decidieron desarmar el juicio.
Pero no del todo. Doscientos tuvieron que morir.
La Murgui estaba entre ellos. Entonces volví a entrevistarme con el
magistrado y traté de usar mi influencia para salvarla. Interceder por una
bruja es un asunto que puede costarle a uno el pellejo. Busqué con cautela
una aproximación mundana y traté de encontrar en aquella mente oscura
algún punto de interés común que pudiera acercarnos. Le hablé del barón de
Montaigne sabiendo que su mujer era descendiente del ilustre pensador. De
Lancre no se conmovió. Después le conté de mi cercanía con Pierre de
Ronsard, Ambroise Paré, Oronce Finé que fue mi maestro y hasta me atreví
a hablarle de una sociedad secreta en la que se carteaban Giordano Bruno,
Galileo Galilei y hasta el propio Enrique de Navarra. El hombre permanecía
en silencio. Entonces fui directamente al punto. Con aires de jurista le dije
que me resultaba extraño que una bruja fuera condenada a la hoguera
después de haberse confesado, más aún en el caso de Margarita, la Murgui,
que había colaborado con innumerables denuncias y declaraciones. De
Lancre me aconsejó que no abogara por hechiceras si no quería meterme en
problemas. El odio sofrenado de toda una vida de sumisión ante la
estupidez estalló en mi corazón. Le dije que estaba enamorado de aquella
mujer, le confesé que era su amante, le pedí sustituirla en el fuego.
Perdida toda discreción le grité que no existían las brujas, ni el demonio,
que nadie podía volar por el aire ni desatar tormentas soplando en la noche.
También le aseguré –mientras llegaban los guardias– que tenía serias dudas
acerca de la intercesión de los santos, las penas del purgatorio y el poder
milagroso de las reliquias.
Aquella misma noche mi nombre fue agregado a la lista de los que iban
a morir en la hoguera.
Pierre de Lancre me concedió la gracia de arder junto a la Murgui en
piras contiguas. No teníamos mucho público, casi todos los habitantes del
pueblo habían huido a las colinas o a los bosques. Antes de que se
encendieran los fuegos ella me miró y me dijo con voz firme:
–Nada debes temer. Mi señor, que es Satanás, vendrá a rescatarnos ahora
mismo. Mientras todos crean ver nuestros cuerpos incinerados, él nos alzará
por los aires y nos llevará hasta lo más profundo de los Pirineos. Allí
viviremos, le serviremos y adoraremos. Solo tienes que repetir conmigo las
palabras que yo te diga, que son la fórmula para abjurar de la cruz y
entregarte al demonio.
Yo, que ya sentía los calores de las primeras llamas, cumplí con el breve
ritual y me condené sin remordimiento a por lo menos siete infiernos.
Ahora vivo en el bosque con mi amada. Es una vida humilde dedicada a
la lujuria, a la magia negra y a la ejecución de abominaciones de
consagración inversa.
A veces leo en secreto.
Las hechiceras más viejas observan mis ansias de sabiduría con
desconfianza. (19) (20) (21)
Nota 19
Morozov también tenía las ansias de saberlo todo. Pero, como ya hemos dicho, le tenía miedo a
la vejez y al olvido. Muchas veces se empeñaba en recordar solo para ejercitar su memoria. Pero
cuando pensaba se le llenaba la cabeza de extraños. Contaré un episodio que fue decisivo en su
vida: el maestro trata tal vez de acordarse del patio de su infancia y se le aparece Cristina de
Suecia. Entonces se acuerda del padre de esta chica, Gustavo Adolfo de Suecia. Trata de evocar
el apellido de aquella familia real y no lo consigue. Al principio no le importa. Confía en que al
cabo de un minuto se instalará en su cerebro la familia entera. Empiezan a llegar. Saluda a la
madre de Cristina, María Leonor, una Hohenzolern. Se lleva por delante a Christian IV de
Dinamarca, que participó en la batalla en la que murió el viejo Gustavo Adolfo. Pero el nombre
de la dinastía ha huido. Morozov calcula que su mente está deteriorada. Se tienta con
diccionarios y ordenadores. A última hora decide persistir en su esfuerzo de recordación. Esa
noche no duerme. Cree que ha llegado el momento más temido. Las nociones acopiadas durante
una vida codiciosa se han desparramado ahora, en desorden, para siempre.
A la tarde siguiente, sin haber mirado la enciclopedia, malhumorado y temblando de miedo
se dirige al teatro del Arroyo. Al llegar se cruza con uno de los alumnos. Y tiene la ocurrencia
malévola de interrogar a un chico de trece años que además estudia teatro:
–¿Cómo se llamaba la dinastía de Suecia en el siglo XVII?
–Vasa –dice el alumno.
Es Fariña.
Nota 20
Aun sabiendo que el darwinismo pedagógico es una idea detestable, Morozov no se privó de
aplicarlo con despiadados rigores. Así los niños se agitaron en una competencia feroz cuya
violencia no se interesaron en aplacar ni Martok ni Inés Gorlero.
Muy pronto resultó evidente cuál de todos los alumnos era el mejor, el más brillante, el más
talentoso y muy probablemente el más lindo. Sin embargo Morozov sugirió negarle todo el
reconocimiento para ponerlo a cubierto de la vanidad y la soberbia. En las ciencias y en el arte,
otros muchachos eran elegidos y premiados mientras él ni siquiera se postulaba.
Morozov se enteró de otros detalles: este alumno, Fariña, coleccionaba desilusiones. No se
atrevía a hablarle a Cora, tal vez la más hermosa del grupo, aunque presentía que ella lo miraba
con interés. Además, contrariando su tendencia a la quietud y la mansedumbre, a veces
condescendía a la crueldad solo para ser admitido en cierta aristocracia de la bravata y el
insulto.
Morozov decidió ayudar a Fariña a ser desdichado.
Nota 21
Para lograr su propósito, el maestro lo nombró su asistente. Lo alejó así de los ensayos y
actividades artísticas y lo condenó a un fatigoso régimen de dictados, comisiones, trabajos
manuales y mandados más bien humillantes. Cuando Martok preguntó quién cantaba bien,
Fariña había ido a la fiambrería. Nadie cantaba como él. Pero ninguno se acordó de nombrarlo
y cuando regresó, después de cumplir con los trámites encomendados, pudo ver a Luisito Bernal
instalado ante las cámaras, con las guitarras de Soria y Salmone, en la mitad de una canción.
Fariña no dijo nada y tampoco hizo ningún comentario acerca de la mediocre interpretación de
su compañero.
Fariña ocultaba para sí un hecho que tal vez podría desmerecerlo ante los demás: no le
gustaban las canciones nuevas. La música que enloquecía a sus compañeros no lo conmovía y
era incapaz de diferenciar a un cantante de otro. Como una desgracia más, arrastraba su
predilección por las antiguas canciones criollas, los discos de Bing Crosby o los tangos de
Alberto Vila.
El niño Fariña escribía cuentos y poemas. Ya no es posible saber cómo eran aquellos textos.
Una vez trató de mostrarle algo a Morozov pero fue rechazado. Enseguida, lleno de vergüenza,
tiró a la basura (no lo imagino tomándose el trabajo de quemar papeles) casi todas las cosas
que había escrito.
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