Notas al pie

Alejandro Dolina · Capítulo 77 de 91

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Notas al pie

Más notas sobre los ladrones

 

Nota 130

Olga, la esposa de Andrei Ordzhonikidze, director del Colegio San Ginés, resolvió organizar una

cena en su casa y prometió cocinar ella misma. Convidó a muchos de los ilustres amigos de su

marido y a algunos de los profesores del colegio. Yo fui invitado por mi proximidad con Morozov.

Estaban todos muy trajeados. Algunas de las señoras eran jóvenes y bastante escotadas para

beneplácito de mi jefe.

Cuando llegaron los platos, todos se mostraron encantados, menos Ordzhonikidze y –debo

confesarlo– yo.

Ojos gigantes de atún en colchón de grasa de ballena...

Bruschetta de pulpos vivos macerados en su mierda...

Caballitos de mar, estrellas de mar y escorpiones en brochette... Yo trataba de desparramar la comida por toda la extensión del plato pero igual quedaba en

evidencia. Vi que Ordzhonikidze estaba sentado cerca de una maceta y que allí volcaba la

bazofia que le servían. Cada tanto yo me atrevía a poner una pequeña porción en mi boca y

luego la tragaba con la ayuda de un vaso de agua. Unos hipocampos recocidos me los metí

directamente en el bolsillo y luego los tiré en el baño.

Los invitados hacían continuos comentarios de elogio para aquellos manjares.

Ordzhonikidze le metía al vino japonés y a cualquier bebida alcohólica que pudiera por lo

menos atontarlo un poco. Yo soy abstemio y debí afrontar aquel tormento con absoluta lucidez.

Terminado el banquete me fui a mi casa solo. Rechacé las propuestas de los invitados que se

ofrecieron a llevarme en auto y caminé. A los pocos minutos entré en el restaurante y pizzería

Babieca y pedí una mediana de muzzarella. Al rato una figura sigilosa atravesó la entrada de

Santa Fe. Era Ordzhonikidze.

Nota 131

Andrei Ordzhonikidze hizo su pedido pero enseguida empezó a comer una de mis porciones.

–Usted no sabe lo que es mi vida, De Robertis. Mis almuerzos y mis cenas son una tortura.

No me atrevo a decirle a mi pobre mujer que odio la comida rumbosa que ella prepara. Mi fiesta

de gourmet son los sánguches de miga, la pizza y las empanadas. Pero lo peor es el disimulo: he

desarrollado vergonzosas habilidades. Puedo fingir que trago y guardar los bocados para

escupirlos luego. Me siento a comer cerca de las ventanas, macetas y enormes jarrones que he

mandado a comprar especialmente. Olga está empezando a sospechar y vigila mis movimientos

masticatorios.

Durante un buen rato Ordzhonikidze comió en silencio, y yo también. –Tengo una buena noticia –me dijo después de despachar el último trocito de fainá–. El

Estanque no existe. Ni el falso ni el verdadero. La joya que tenía Morozov es una basura de

fantasía.

Me lo dijo un traidor de los Romanov, un desertor. El tipo me fue a buscar a la salida del

colegio, me dio dos trompadas en el hígado y me contó todo. Al parecer los Romanov también

son falsos, apenas una banda de delincuentes de segundo orden.

–Es raro que me lo presente como una buena noticia. Para usted el diamante era la solución

de todos sus problemas.

–Es que no quiero morir. Aunque no sé cómo voy a seguir solventando esta vida horrible que

me ha tocado.

Nota 132

Mientras comíamos, uno de los mozos me alcanzó una nota que acababan de dejar para mí.

Transcribo:

Soy uno de los Romanov. Agradecemos su gesto. Sin embargo sepa que, por protocolo, a la

salida los vamos a cagar a trompadas. Después no volverá a saber de nosotros. Por favor, vaya

por Riobamba hacia Charcas.

A la salida nos esperaban los mafiosos. Empezaron a pegarnos sin piedad. Cuando

estábamos en el suelo, entre patada y patada, nos dijeron lo siguiente:

–No somos de la familia Romanov, sino delincuentes de segundo orden. Hagan de cuenta que

El Estanque no existe. No los molestaremos más –me acarició la cabeza–. Acá este señor lo

arregló todo.

Ordzhonikidze gimió desde el piso.

–¿Y por qué nos pegan?

–No estamos seguros –y siguieron golpeándonos otro rato. Después nos pidieron disculpas y

se fueron para siempre. Ordzhonikidze me miró escupiendo sangre.

–¿Cómo lo arreglaste? ¿Qué les diste?

–Ah... mientras usted va, yo voy y vengo...

 

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