Qué es el qué
Capítulo 25
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—Tal vez envíen a otro japonés —dijo George.
—Espero que no.
Yo no quería a más extranjeros en Kakuma, a menos que no tuvieran ninguna otra opción. Quería que fuéramos capaces de arreglarnos solos, de resolver nuestros problemas sin ayuda, en lugar de arrastrar a más inocentes al agujero que habíamos excavado. Parecía un plan sensato, al menos aquel día, y después de cerrar el despacho por la tarde sentí la satisfacción de haber zanjado otro de los asuntos pendientes que tenía en el campamento.
Mientras caminaba a casa, aún bañado por la luz de la tarde, vi que mi hermanastra Adeng se dirigía hacia mí a toda prisa. Se abrazaba el torso con las manos y su cara tenía una expresión extraña.
—Ven, rápido —me dijo.
Me cogió de la mano. Nunca lo había hecho antes.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? —pregunté.
—Hay un coche —explicó—. En la puerta de casa. Preguntan por ti.
Solo se había parado otro coche en la puerta de nuestra casa: el que trajo a Abuk.
Caminamos deprisa hacia casa.
—¿Lo ves? —dijo ella.
Cuando llegamos vi cuatro coches, vehículos con el emblema de Naciones Unidas, negros y limpios entre una nube de polvo. Me quedé junto a Adeng. Se abrieron las portezuelas de los coches y una docena de personas bajó a la vez. Había dos blancos, dos kenianos. El resto eran japoneses, y todos iban elegantemente vestidos: americanas, corbatas, camisas blancas. Un joven japonés, alto y vestido con un traje de color tostado, se adelantó y se presentó a sí mismo como traductor. Y entonces lo supe.
—Son los padres de Noriyaki Takamura —dijo el hombre, señalando con el brazo a una pareja de mediana edad—. Ella es la hermana de Noriyaki. Han venido desde Japón para conocerte.
Me flaquearon las piernas. Qué mundo tan difícil.
Los padres de Noriyaki me saludaron, estrechándome la mano. Se parecían mucho a su hijo. Su hermana me cogió la mano. Era idéntica a Noriyaki.
—Dicen que lo lamentan mucho —dijo el traductor—, pero Wakana, la prometida de Noriyaki, no se encuentra bien. Quería conocerte, pero lo está pasando muy mal. Está en la cama, en las oficinas de Naciones Unidas. Te manda sus mejores deseos.
El padre de Noriyaki se dirigió a mí y el hombre del traje color tostado tradujo sus palabras.
—Dicen que sienten mucho el dolor que has padecido durante tu vida. Saben muchas cosas de ti y saben que has sufrido mucho.
—Dígales que no es culpa suya, por favor.
El traductor les dijo mis palabras en japonés. Ellos volvieron a hablar.
—Dicen que lamentan añadir otra tragedia a tu vida.
La madre de Noriyaki había roto a llorar; tampoco yo pude controlar el llanto.
—Siento tanto que hayan perdido a Noriyaki —dije—. Era un gran amigo. Todo el mundo aquí le quería. Les ruego que no lloren por mí.
Todos llorábamos. El padre de Noriyaki se sentó en el suelo y sepultó la cabeza entre las manos. El hombre del traje color tostado había dejado de traducir. Allí mismo, delante del refugio, bañados por la luz y el calor de Kakuma, los padres de Noriyaki y yo lloramos por él.
Faltaban dos días para partir hacia Nairobi, luego volar a Amsterdam y desde allí a Atlanta. Aquella noche dormí mal y me desperté temprano, horas antes de que empezara el segundo día de clases de orientación. En la luz azulada que precede al amanecer caminé por el campamento, seguro de que ya no volvería a verlo. Nunca había vuelto a ver Sudán, ni Etiopía, después de las respectivas huidas. Hasta ese momento toda mi vida se movía en una misma dirección: la huida.
Tenía tantas cosas por hacer en aquellas cuarenta y ocho horas… Sabía que haría pocas bien. La clase de orientación terminaba a las dos, y en las horas que quedaban de día tenía que cancelar la cartilla de racionamiento, hacer la maleta y despedirme de cientos de personas a las que no vería nunca más.
Sabía que acabaría regalando la mayoría de mis pertenencias, ya que cuando alguien está a punto de irse del campamento le salen amigos por todas partes: se convierte en una persona muy popular. La costumbre indica que debe repartir sus posesiones entre la gente que se queda en el campamento. Sin embargo, antes del reparto existen las peticiones: todos los que conocen a un refugiado que se va piden los objetos que desean de él.
No había pasado un día desde que circulara la noticia de mi marcha y todo lo que yo poseía estaba reservado. Deng Luol me pidió el colchón. Mabior Abuk, la cama. Cornelius, mi vecino, se reservó la bici. El reloj fue asignado a Achiek Ngeth, un amigo mayor que siempre había comentado lo mucho que le gustaba. Invertí parte de mis ahorros en ropa nueva, pantalones con bolsillos laterales, ligeros y modernos.
A lo largo de aquella noche y de la mañana siguiente fui de un lado a otro montado en mi bici, y cuando la gente me veía no podían creer que me fuera.
—¿Te marchas de verdad? —preguntaban.
—¡Eso espero! —decía yo. Lo cierto era que no tenía ni idea de si todo esto era real o no.
Era sábado y me iba a la tarde siguiente. Aún no estaba seguro de marcharme porque las falsas alarmas habían sido muchas y todas crueles. Y además, cuando pensaba en ello, no había nada que me aguardara en Estados Unidos: nada tenía sentido. Era mucho más lógico que todo el asunto se cancelara. Solo al ir de un lado a otro del campamento, despidiéndome de los conocidos, la idea de partir empezó a parecerme posible. Incluso probable. Con cada persona que sabía de mi marcha y me deseaba suerte, me convencía un poco más. Tanta gente no podía equivocarse.
Cuando llegué a casa, a pasar mi última noche en Kakuma, disfruté de una comida triste y alegre a la vez con Gop y la familia que me había adoptado. Ayen y sus hijas lloraban porque me iba. Estas hermanas adoptivas, todas tan merecedoras de ello como yo, lloraban porque no tenían la menor posibilidad de irse, a menos que se casaran con prósperos hombres de Sudán. Naciones Unidas no las tomaba en cuenta para el reasentamiento porque tenían familia, y por tanto no corrían peligro. Al parecer ningún país de acogida quería familias, así que Gop, su esposa y sus hijas siguen en Kakuma a día de hoy.
Después de cenar metí en la bolsa las escasas pertenencias que me llevaba: los pantalones nuevos que me había comprado y los muchos documentos que había ido guardando: los informes escolares, el diploma que aseguraba mi curso de arbitraje, el certificado del CPR, el carnet de miembro del club de teatro. En total eran doce. Encontré dos trozos de cartón de la medida justa y los metí en la bolsa, para asegurarme de que los documentos no se estropearan durante el viaje. Luego sucedió algo totalmente inesperado: Maria apareció en mi cuarto. Yo tenía previsto ir a despedirme de ella por la mañana, pero estaba aquí, ahora.
No sé cómo se las apañó para salir de su casa aquella noche. No sé qué debió de decirles a Gop y a su esposa para que la dejaran ir a mi habitación. Pero ahora estaba con aspecto indeciso en el umbral, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Creo que no deberías irte.
Le dije que sentía mucho abandonarla, que yo también la echaría de menos.
—No es porque te vaya a echar de menos. Bueno, eso también, Dormilón. Pero creo que Dios quiere decirnos algo. Se llevó a Noriyaki y creo que tiene un plan para ti. Tengo una premonición.
La abracé y le di las gracias por preocuparse.
—Parece que esté chiflada, ya lo sé —dijo ella. Negó con la cabeza, como si quisiera expulsar esos temores del mismo modo que desdeñaba sus propias esperanzas e ideas. Pero su expresión volvió a endurecerse y me miró a los ojos con una furia nueva.
—No te vayas mañana —dijo ella.
—Te veré por la mañana —dije—. Iré a verte y si aún crees que no debería irme ya pensaremos algo.
Accedió, aunque me creyó solo a medias. Salió de mi refugio aquella noche y ya no volví a verla. No le dije que yo compartía sus mismos temores, que mis propios miedos eran más inmediatos y vívidos que los suyos. No se lo dije a nadie, pero tenía la certeza de que algo saldría mal en ese viaje. Pero no podía seguir viviendo en aquel campamento ni un día más. Había estado diez años en Kakuma y no pasaría el resto de mi vida ahí. Cualquier riesgo que implicara la marcha me parecía aceptable.
El vestíbulo del Century Club queda sumido en la tranquilidad a partir de las ocho. Los socios se entrenan en la sala, al otro lado del cristal: saltan, corren y levantan pesas. Yo los observo mientras pienso en los ajustes que debería realizar a mi propia tabla. Hace dos meses empecé a entrenar algunos días, al terminar el turno. La directora, una mujer menuda y musculosa llamada Tracy, me ofreció un cincuenta por ciento de descuento en el horario parcial y he aprovechado la oportunidad. En estos dos meses he ganado seis kilos y creo que he aumentado el volumen del pecho y los bíceps. No quiero volverme a poner frente a un espejo y ver al insecto que fui.
Entra una socia nueva, alguien a quien nunca había visto. Es blanca, muy grande, atractiva en su exceso. Parece asombrada de verme.
—Hola —dice ella—. Es la primera vez que te veo. Tienes una sonrisa preciosa.
Hago un esfuerzo por fruncir el ceño, por parecer duro.
—Soy Sidra —dice, y extiende la mano—. Soy nueva. Es mi tercer día. Estoy haciendo algunos cambios, ¿sabes?
Pasea la mirada tímida por su ancha cintura, y siento la urgente necesidad de decirle algo. Quiero que se sienta mejor. Quiero que sea consciente de su suerte. Quiero que sepa que ha sido afortunada. Estar aquí ahora, estar viva, haber vivido siempre en este país: eres una mujer con suerte, Sidra.
Me da el carnet y lo paso por el control. Aparece su foto, la sonrisa triste e inclinada, y ella entra en el gimnasio.
Sidra, aquella última mañana me desperté a las cuatro: quería asegurarme de no encontrar cola en el caño de agua. Fui el primero en llegar y lo interpreté como un buen augurio. Llevé agua a casa y me di una ducha. Cuando salía de la ducha, Deng Luol, el que había pedido mi cama, estaba en la puerta de mi cuarto.
—Sí aún no ha amanecido —dije.
—Nunca he tenido un colchón —dijo él—. Mi esposa estará encantada. Con esto seré su héroe.
Me deseó buen viaje y se fue con el colchón sobre la cabeza.
Me puse la ropa nueva y metí mis cosas en una bolsa de plástico. Solo llevaba los útiles de baño, una muda y los documentos. No había nada más.
La gente de casa empezó a despertarse. Todos lloraban.
—Deja en buen lugar a los sudaneses —dijo Gop.
—Lo haré —dije. Y en ese momento lo dije convencido.
Me despedí de todas mis hermanas de Kakuma, y de Ayen, que había sido mi madre durante muchos años en el campamento. Fue una despedida rápida; prolongarla me desconcertaba. Me fui con tanta prisa que me olvidé una de mis camisas nuevas y los zapatos. Caí en la cuenta más tarde, pero no quise volver.
Al salir a la calle me encontré a Cornelius, el vecino que se había reservado la bici. Era una buena bici, fabricada en China y con diez marchas, y Cornelius ya estaba montado en el asiento de vinilo, con el freno de pie bajado, practicando el pedaleo, empujando los pedales hacia delante y hacia atrás.
—¿Listo? —dijo Cornelius.
—Venga, vamos.
El cielo conservaría un azul sin mácula durante todo el día. Yo estaba deseoso de ir andando hasta el edificio desde donde salía el autobús hacia el aeropuerto, pero Cornelius se empeñó en llevarme en su nueva bici. Así que ocupé el pequeño asiento trasero, sobre la rueda, con la bolsa en mi regazo.
Tardó un rato antes de enderezar la bici correctamente conmigo encima.
—¡Dale, chico, pedalea! —le dije.
Por fin se mantuvo erguido y salimos hacia la carretera principal que llevaba a nuestro destino. Al entrar en la carretera vimos al resto de gente. Cientos. Miles. Daba la impresión de que la mitad de Kakuma caminaba por aquella vía para despedir a los cuarenta y seis chicos que partíamos ese día. Por cada uno que se marchaba había cientos de amigos andando a su lado. No era fácil distinguir al que se iba de sus amigos. Era una procesión enorme. Los vestidos de las mujeres, entristecidas, resaltaban sobre el polvoriento tono ocre de la carretera que llevaba al aeropuerto.
Cornelius avanzaba a gran velocidad entre la multitud. Hacía sonar el timbre para que nos dejaran pasar.
—¡Cuidado! —gritaba—. ¡Apartaos, apartaos!
Los que se iban sentían pena por los que se quedaban y los que se quedaban sentían pena por quedarse. Pero yo no podía dejar de sonreír. El paseo en bici despejó momentáneamente la jaqueca y cuando crucé el campamento, montado en la parte de atrás de mi propia bici, la gente se paraba a mirarnos y gritaba:
—¿Quién se va?
—¡Yo! ¡Valentino!
Cornelius iba cada vez más rápido. La procesión de miles de personas se convirtió enseguida en una mancha multicolor. Algunos salían de sus casas y nos perseguían corriendo, deseándome suerte en todos mis nombres.
—¿Quién se marcha? ¡No puede ser! —decían—. ¿Eres tú? ¿Achak?
—¡Sí! —gritaba yo, sin parar de reír—. ¡Me voy! ¡Achak se va!
Y ellos saludaban y se reían conmigo.
—¡Buena suerte! ¡Te echaremos de menos, Achak!
—¡Adiós, Dominic!
—¡No se te ocurra volver a este basurero, Valentino!
Al contemplar sus caras, sentado sobre la rueda trasera de mi flamante bicicleta, deseé que esa gente también lograra irse del campamento, aunque sabía que pocos lo conseguirían. El sol brillaba con fuerza cuando llegamos a nuestro destino. Cornelius se paró y salté de la bici. Ya le había dado la vuelta a la bicicleta y había emprendido el regreso a casa cuando se acordó de decirme adiós. Me estrechó la mano y se fue. ¿Un chaval tan pequeño con una bici como esa? Era algo inaudito en ese campamento.
Crucé la verja. En la zona de partida el resto de chicos que viajarían conmigo se habían agrupado bajo la reconfortante sombra del mayor árbol de Kakuma. El vuelo debía salir a las dos de la tarde, pero nosotros, mentalmente, ya nos habíamos ido: nos habíamos marchado ya de Kakuma, de Kenia, de África. Pensábamos en la clase de trabajo que tendríamos en Estados Unidos; pensábamos en el colegio, y muchos suponíamos que, en cuestión de semanas, habríamos ingresado en alguna universidad americana. Uno de los chicos tenía un catálogo de centros superiores y nos lo fuimos pasando, admirando los preciosos campus, los estudiantes de muchas etnias distintas que paseaban bajo los árboles frente a los edificios de piedra tosca.
—Creía que Jeremiah Dut también venía —dijo uno de los chicos.
—No aprobaron su solicitud. Averiguaron que había sido soldado.
Los chicos se pasaron un rato debatiendo el tema en voz baja y comparamos las mentiras que habíamos dicho. Muchos habían afirmado que sus padres estaban muertos, a pesar de que solo algunos lo sabían con seguridad. Después de estar una hora a la sombra, un avión apareció sobre las montañas: parecía pequeño, frágil.
—¿Es ese el avión? —preguntó alguien.
—No —respondí.
En ese momento, mientras veía cómo iba descendiendo hasta aterrizar, me invadió la absoluta certeza de que ese avión sería mi tumba.
Subimos al avión, pilotado por un francés que no era mayor que una adolescente. Éramos cuarenta y seis pasajeros, todos habían recorrido más o menos mi mismo camino. No conocía a ninguno bien; todos mis amigos se habían ido hacía ya tiempo. En cuanto se pusieron en marcha los motores del avión, un chico vomitó sobre mis zapatos. El chico que iba sentado delante de mí, mareado por el olor a vómito, expulsó el desayuno. Cuando el avión despegó los vómitos se habían extendido a tres más, aunque dos consiguieron encontrar la bolsa a tiempo. Lo único que se oía eran las arcadas. Los que podíamos ver por la ventanilla estábamos fascinados.
—¡Mira eso! ¿Es un puente?
—No, ¡es una casa!
Y en el interior del avión la luz era intensa. Tuvimos que bajar las persianas para descansar los ojos.
El avión aterrizó tarde el domingo. Ninguno de nosotros había estado antes en el Aeropuerto Internacional de Kinyatta, y todos nos quedamos asombrados. Era inmenso. Mucho más grande que el de Kakuma, mayor que cualquier otro lugar que yo hubiera visto; daba la impresión de no tener fin.
Mientras caía la noche, esperamos en el aeropuerto a que llegara el autobús que nos llevaría a Nairobi, a Goal, un centro de tránsito de refugiados dirigido por la Organización Internacional de Emigración. Allí esperaríamos hasta el día siguiente, a tomar el vuelo hacia Amsterdam y luego hacia América.
En la penumbra que rodeaba al aeropuerto nos costaba distinguir lo que veíamos. ¿Qué eran esas luces? ¿Eran luces sueltas o formaban parte de una estructura? Por la noche Kakuma está casi completamente a oscuras porque hay poca electricidad. Pero allí, en Kinyatta, todo el mundo seguía despierto. Nadie dormía.
—¡Y los coches!
En Kakuma era raro ver más de uno a la vez.
—¡Tío, esto es grande! —dijo uno de los hombres.
Todos nos reímos porque eso era precisamente lo que pensábamos. Mientras nos trasladaban del aeropuerto a Nairobi, el asombro creció. Yo era el único que había estado en una ciudad.
—¡Esos edificios! —dijo un chico—. No me gustaría andar por debajo.
Ningún otro de los allí presentes había visto edificios de más de tres plantas y tenían poca fe en que esos cuyas sombras se proyectaban en las aceras fueran a mantenerse en pie.
En Goal nos registramos, nos entregaron los itinerarios y nos sirvieron una cena a base de judías, maíz y marague, una mezcla de maíz, judías y repollo. Nos mostraron nuestras habitaciones: seis camas en cada una dispuestas en tres literas.
—¡Eh, mirad eso!
La mayoría de los chicos no había dormido nunca en sábanas limpias. Un chico llamado Charles saltó encima de la cama y fingió nadar. Los demás le imitaron, y yo también lo hice. Todos nadamos sobre las sábanas blancas y nos reímos hasta quedarnos afónicos.
Aquella noche dormí mal: mis compañeros no paraban de hablar.
—¿Adónde has dicho que vas?
—A Chicago.
—Ah, sí, Chicago. ¡Los Bulls!
Y todos nos reíamos de nuevo.
—¿Hace frío en San José?
—No, no. Creo que hace calor.
—¡Peor para ti, Chicago!
Y nos reíamos.
Amaneció un lunes claro y húmedo. Una vez desayunados, no teníamos nada que hacer. No se nos permitía abandonar el hotel. Estaba vallado y vigilado por soldados kenianos. No estábamos seguros de por qué.
La noche siguiente tampoco dormimos. Apagaron las luces de la habitación, pero no paramos de contar chistes y de hacer las mismas preguntas.
—¿Quién iba a Chicago?
—Yo. Soy el toro.
Resulta difícil explicar por qué nos hacía tanta gracia, pero en aquel momento era así. El otro chiste favorito de la noche era referente a San José. Tres de los chicos que dormían en mi cuarto iban allí, pero nadie era capaz de pronunciar el nombre.
—¡Vamos a Saint Joe’s! —decían.
—Sí, Saint Joe’s será fantástico.
Al día siguiente nos dirigiríamos por fin al aeropuerto, a embarcar en el avión de verdad, el que nos llevaría a Amsterdam y de allí a Nueva York. Desde Nueva York nos repartirían por doce ciudades distintas: Seattle, Atlanta, Omaha, Fargo, Jacksonville… y tantas otras.
Una vez montados en el autobús el cansancio nos venció por fin. Era martes, habíamos pasado treinta y seis horas en Goal y nadie había dormido más de unos minutos. Por fin nos íbamos al aeropuerto, todos vestidos con nuestras camisetas de la OIM, y cada ventanilla del autobús soportaba el peso de alguna cabeza. Un bache situado justo a la entrada de Kinyatta nos despertó a todos y la alegría se apoderó de nuevo de nosotros. Intenté mantenerme inmóvil: la cabeza me pesaba tanto, el dolor era tan intenso que me pregunté si me pasaría algo grave. Por un instante me planteé la posibilidad de decir algo al keniano que nos acompañaba en el autobús, pedirle alguna medicina, pero al final decidí no hacerlo. No era muy inteligente hacerse notar en esa clase de situaciones. Mete ruido y tal vez te quiten la oportunidad. Quéjate de algo y quizá no consigas nada.
Aquel día había miles de personas en el aeropuerto, una increíble mezcla de kenianos y negros de piel más clara, además de un centenar de blancos, la mayoría quemados por el sol. Vimos a grupos de blancos formados por cincuenta personas — nunca habíamos visto a tantos blancos juntos— esperando junto a sus enormes equipajes mientras buscaban los pasaportes. Yo quería hablar con ellos, practicar el inglés, decirles que pronto formaría parte de su mundo. No tenía ni idea de su procedencia, pero estaba convencido de que en ese momento estaba a punto de abandonar un mundo para penetrar en otro, de que el mundo americano era blanco y de que todos los blancos, incluso esa gente de Nairobi, eran parte de él.
Esperamos junto a la puerta intentando no llamar la atención. Todos temíamos que, si llamábamos la atención de la policía o las autoridades del aeropuerto, nos enviarían de nuevo al campamento. Así que nadie se movió de su asiento. Nadie fue al servicio. Esperamos durante una hora, con las manos sobre nuestras rodillas, hasta que llegó el momento. Embarcamos en un avión que era cinco veces más grande que el que nos había traído a Nairobi y mucho más lujoso en todos los sentidos. Nos abrochamos los cinturones de seguridad. Aguardamos. El dolor de mi cabeza aumentaba por momentos.
La espera se prolongó hasta que todo el mundo hubo embarcado, y luego durante treinta minutos más. Nosotros ocupábamos toda una zona en el centro del avión y nos mantuvimos muy quietos. Pasó una hora. No dijimos nada porque no sabíamos cuánto tardaban en despegar los aviones que iban a Amsterdam y luego a Nueva York. Pero el resto de pasajeros de a bordo, blancos y kenianos, habían empezado a hacer preguntas y a través del altavoz se les iba tranquilizando.
—Esperamos el permiso de la torre de control.
—Estamos listos para el despegue y a la espera de instrucciones.
—Muchas gracias por su paciencia. Por favor, manténganse sentados con los cinturones de seguridad abrochados.
Pasaron treinta minutos más. El altavoz revivió una vez más.
—Se ha producido un incidente en Nueva York. Este avión no puede dirigirse allí.
A eso siguieron unos minutos de silencio.
—Por favor, vayan desembarcando en orden. Ningún vuelo saldrá de Nairobi. Vuelvan a las puertas de embarque y esperen instrucciones.
Nuestro autobús fue el segundo en llegar al hotel, y en el vestíbulo vimos a un centenar de personas, el personal keniano y sudanés, incluso los cocineros y los trabajadores de mantenimiento, agrupados en torno al televisor, viendo cómo las torres ardían como chimeneas para luego desplomarse. Luego aparecieron imágenes del Pentágono. Ninguno de nosotros había visto nunca esos edificios que ahora eran atacados, pero comprendimos que Estados Unidos estaba en guerra y que al final no iríamos allí.
—¿Quién es el enemigo? —pregunté a un portero keniano.
Se encogió de hombros. Nadie sabía quién era el autor.
Comimos y dormimos en la medida de lo posible; estábamos varados en Goal mientras el mundo decidía qué hacer. Como yo predije, como había predicho Maria, Dios me estaba enviando un mensaje. Yo no pertenecía a este avión ni a ningún otro.
Esperábamos ser devueltos a Kakuma de inmediato, pero eso no sucedió ese primer día. Ni el segundo. No sabíamos nada de nuestra situación, ni qué planes tenían para nosotros, pero a medida que pasaban los días fuimos recobrando el ánimo. Quizá nos reasentarían en Nairobi. A un chico se le ocurrió que podríamos trabajar en el hotel de Goal, al menos aquellos que supiéramos hacer algo que sirviera allí. Él se declaraba un gran cocinero.
Algunos no querían ir a América en estas circunstancias. Para ellos Sudán les parecía un lugar más seguro que Nueva York. Suponían que las cosas solo podían ir a peor: en cuanto se emprendiera la venganza el conflicto se haría mayor. Todos coincidíamos en creer que una guerra en la que tomara parte Estados Unidos sería la mayor guerra que ha conocido el mundo. Yo extrapolaba las explosiones que había visto en las películas. La guerra que se avecinaba sería así: el fuego llenaría el cielo, cubriría el mundo. O quizá los edificios, todos los edificios de América, caerían sobre sus cimientos como había pasado con los de Nueva York. Se resquebrajarían y luego se desplomarían.
No tuvimos ninguna noticia de la OIE ni de nadie a lo largo del miércoles, el jueves y el viernes, pero el sábado sucedió algo inoportuno: llegaron más refugiados de Kakuma. Otro avión había llegado a Nairobi desde el campamento y en el hotel había cuarenta y seis sudaneses más. A ese grupo le siguió otro esa misma tarde. Y el domingo dos aviones más transportaron a otras cien personas. Eran vuelos regulares, como el que habíamos tomado nosotros, y no habían sido cancelados. Dadas las circunstancias, había trescientos refugiados en Goal, un espacio pensado para albergar a un tercio de ese número. Compartíamos las camas. Se trajeron colchones de tiendas y hospitales, y enseguida no hubo ni espacio para andar en los pasillos. Todo el suelo estaba lleno de mantas y sábanas, y dormíamos en ellas a todas horas, siempre que podíamos.
Fue a través de uno de esos recién llegados que tuve noticias de Maria. Poco después de que fuera a verme aquella noche para pedirme que no me marchara había intentado quitarse la vida. Se tragó una mezcla de desinfectante y aspirinas, y habría muerto de no haber sido porque su padre adoptivo la halló inconsciente en la cama, con un hilo de líquido blanco goteándole de la boca. La llevaron a Lopiding, donde seguía ingresada, pero estable. La noticia me dejó hecho polvo, Sidra, pero, gracias a Dios, su historia tiene un final feliz. En el hospital conoció a una doctora ugandesa, una mujer que escuchó su historia y decidió que Maria no debía volver a casa de un hombre que lo único que quería era sacar de ella la mayor dote posible. Esta doctora se ocupó de ella y al final lo arregló todo para enviarla a un colegio de Kampala, una escuela con bolígrafos y lápices, con paredes y uniformes. Ahora Maria vive en Londres y estudia en la universidad. Estamos en contacto por correo electrónico y mensajes de texto, y puedo llamarla Dormilona, porque intentó dormirse para siempre aunque ahora parece contenta de estar despierta.
Durante el segundo día en Goal la lluvia empapó Nairobi y un hedor fétido invadió el hotel. Los servicios estaban sucios. No había suficiente comida. Queríamos usar el dinero que teníamos —muchos habíamos traído nuestros ahorros— para comprar comida en Nairobi, pero el control era más severo que antes. Nadie podía entrar o salir. La competencia por la comida que se servía en Goal desencadenó malas conductas. En las escasas ocasiones en que había carne se producían amargas discusiones; solo unos pocos la probaban.
No había nada que hacer. Rezábamos por la mañana y por la noche, pero yo me sentía inútil y mareado. Me había pasado la mayor parte de mi vida embargado por un sentimiento de impotencia, pero este era mucho peor. Algunos chicos culparon al conductor del autobús, aduciendo que había ido demasiado despacio: de haber ido más rápido, decían, habríamos tomado el avión anterior y habríamos salido del aeropuerto antes de que se cancelaran los vuelos. Todo eso era fruto de la desesperación; lo cierto era que pocos creíamos en la posibilidad de que acabáramos viajando a Estados Unidos. Tal vez fuéramos a parar a Australia o Canadá, pero no a esa nación que había sido atacada. Éramos muy conscientes de que nuestra aceptación en Estados Unidos pendía de un hilo muy frágil, no la dábamos por sentada, y comprendíamos que en cualquier momento podían cambiar de opinión si tenían motivos para ello. ¿Para qué iba a querer a gente como nosotros un país en guerra? Solo supondríamos un problema añadido a los que ya tenía.
La lluvia amainó la tarde del octavo día y Nairobi se caldeó bajo un cielo sin nubes. Me senté en la cama que compartía con un chico llamado Daniel y contemplé las paredes y el techo.
—Ojalá nunca hubiera sabido nada de América —comentó el chico que dormía en la litera inferior.
Me pregunté si también yo compartía ese sentimiento. No recuerdo haber hecho nada aquel día. Creo que ni siquiera me moví.
Los trescientos esperábamos. Nos enteramos de que los vuelos que transportaban a Niños Perdidos que habían salido antes que nosotros habían sido desviados a Canadá y Noruega. Había viajeros encallados en aeropuertos de todo el mundo.
—El mundo se ha parado —dijo un keniano. Y todos asentimos.
Pronto cesaron también los vuelos desde Kakuma, pero los refugiados siguieron llegando a Goal. Un grupo de setenta somalíes procedentes del otro campamento de Kenia, Dadaab, se instaló también en Goal, y la dirección del centro se vio obligada a permitir que pasáramos más tiempo fuera. Nos turnábamos para respirar el aire del patio.
Rodeado del resto de jóvenes desterrados en Goal yo veía las noticias, con la esperanza de oír que el presidente americano decía algo sobre la guerra, sobre quién era el enemigo. Nos animaba el hecho de que los ataques no habían continuado. Sin embargo parecía imposible que todo se redujera a un solo día. No era la clase de guerra a la que estábamos acostumbrados. Permanecíamos pegados al televisor, pero solo esperábamos malas noticias.
—¡Vosotros, los sudaneses, queréis ir a América!
Un somalí, más viejo que cualquier otro que yo hubiera visto nunca, se dirigió a nosotros desde el extremo opuesto de la sala. Nos observaba mientras veíamos las noticias. Nadie sabía nada de él, pero alguien dijo haberlo visto en Kakuma.
—¿Adónde vais a ir? ¡Están en guerra! —dijo el somalí.
Yo había oído hablar de ese hombre. En Goal le llamaban el Hombre Perdido. El Hombre Perdido tenía la facultad de enojarme muy deprisa.
—¿Creíais que estaríais mejor allí? —gritó él, mientras las imágenes de televisión mostraban el choque de los aviones contra el cristal negro de las torres desde otro ángulo.
Nadie le contestó.
—¡No será mejor! —prosiguió—. ¿Creíais que no tendríais problemas? ¡Solo tendréis problemas distintos, imbéciles!
No le escuché. Me parecía un hombre destrozado, equivocado. Yo estaba convencido de que en Estados Unidos, incluso a pesar de los ataques, nos aguardaba una vida plena de oportunidades y comodidad. No me cabía la menor duda. Estábamos preparados para superar cualquier obstáculo que se nos pusiera delante. Estábamos listos. Yo estaba listo. Había triunfado en Kakuma y encontraría la forma de triunfar en América, ya estuviera el país en paz o en guerra. Llegaría y lo primero que haría sería matricularme en la universidad. Trabajaría por las noches y estudiaría durante el día. No dormiría hasta haber entrado en una carrera superior, y estaba seguro de que conseguiría sacarme el título en poco tiempo para luego pasar a otra carrera de estudios internacionales que me posibilitara hallar un empleo en Washington. Conocería a una chica sudanesa, que también estaría estudiando en América; nos prometeríamos, nos casaríamos y formaríamos una familia, una familia sencilla con tres hijos y mucho amor. A su manera, América nos proporcionaría un hogar: cristal, cascadas, cuencos llenos de naranjas dispuestos en mesas limpias.
El Hombre Perdido seguía rezongando, y uno de mis compañeros de Kakuma no pudo soportarlo más y exclamó:
—¡Pero si tú también vas a América, viejo loco!
Eso era lo más raro del Hombre Perdido: él también debía viajar a América.
Ya conocíamos los ataques a las embajadas de Kenia y Tanzania, y a medida que iban pasando los días el mundo fue asumiendo que todos eran obra del mismo hombre. Sin embargo, cuando vimos que los ataques no proseguían, nos dimos cuenta de que América era un país relativamente seguro, de que no estaba en guerra. Fue entonces cuando nuestros anhelos por ir se hicieron más fuertes que nunca.
Después de nueve días organicé a un contingente de cuatro hombres, formado por sudaneses y somalíes, para que fueran a preguntar por nuestro destino. Pedí una reunión con el delegado de la OIM que se movía por Goal. Por increíble que parezca, se nos concedió la reunión.
Era un sudafricano mestizo. Cuando llegó, y antes de que pudiera abrir la boca, yo solté mi discurso: ¡Lucharemos!, dije. Haremos lo que se nos pida para ir a América. ¡Hemos esperado tanto! ¡Hemos esperado veinte años solo para saber que nos espera algo bueno! ¿Se lo imagina? No nos quite esta oportunidad. No puede hacerlo. Estamos dispuestos a cualquier cosa, a lo que sea. Mis compañeros me miraban con caras serias y sospeché que mis palabras estaban haciendo más mal que bien. Estaba agotado y debía de sonar como un demente.
El hombre salió de la sala sin decir nada. Dejó un pedazo de papel en el que constaba una directriz de la OIM: los vuelos se retomarían en cuanto los aeropuertos de Estados Unidos volvieran a abrirse. En la mitología de Goal, mi discurso se convirtió en el factor decisivo de la reanudación de los vuelos. Me felicitaron durante días, a pesar de las veces en que negué haber tenido mérito alguno.
Las listas empezaron el 19 de septiembre. Cada día, en la ventana que había junto al televisor, aparecía una lista con los nombres de veinte refugiados, que esa misma tarde eran recogidos en el hotel y llevados al aeropuerto. El primer día, los hombres cuyos nombres habían salido en la lista recogieron sus cosas, bastante incrédulos, y se montaron en el autobús a las dos y media. El autobús partió y eso fue todo. El resto no podíamos creer lo fácil y rápido que se había vuelto todo. Al ver que los tres primeros grupos no volvían, nos convencimos de que en cuanto nos tocara subir en el autobús nos iríamos de Goal para siempre.
Nunca me he alegrado tanto de ver desaparecer a sudaneses. Cada día había menos gente en Goal: primero trescientos, luego doscientos sesenta, luego doscientos veinte. El cuarto día me instalaron en otra habitación, un cuarto pequeño provisto de una ventana situada a gran altura y con barrotes de metal. Tenía una cama para mí solo, pero compartía la habitación con catorce más. Cada noche que sabía que no me iría al día siguiente dormía bien, al arrullo de los aviones que despegaban de Nairobi.
El quinto día mi nombre apareció en la lista. La tarde siguiente me subiría al autobús. Aquella noche yací en la cama con los ojos puestos en los demás jóvenes de mi cuarto: todos eran sombras, solo algunos dormían. La mitad partiría al día siguiente, conmigo, y los que nos íbamos no podíamos conciliar el sueño. El humor era muy distinto al que reinaba ocho días atrás. Por lo que sabíamos, los sudaneses estábamos repartidos por todo el mundo, encallados, redirigidos; algunos que debían instalarse en un país se hallaban ahora reasentados de forma indefinida en otro. Volaríamos hacia todo eso al día siguiente. No estábamos seguros de si volveríamos a ver la tierra. ¿Volar desde África, cruzar el océano, hacia la ciudad donde los aviones chocaban contra los edificios? No se trataba solo de que el país estuviera en guerra: abandonábamos todo lo que conocíamos o creíamos conocer; nuestras posesiones cabían en una pequeña bolsa, no teníamos dinero, ni nos esperaba nadie en nuestro punto de destino. El viaje era un insensato acto de fe.
La pequeña habitación estaba a oscuras, el ventilador del techo estaba quieto. El más joven de nosotros, un chico llamado Benjamin, se había vuelto de cara a la pared, despierto y temblando.
—No tengas miedo —le dije.
Siendo el mayor del grupo, sentí que era responsabilidad mía tranquilizarlo.
—¿Valentino? —dijo él.
—Sí. No tengas miedo, Benjamin. Ni esta noche, ni mañana.
Los hombres de la habitación expresaron su asentimiento en un murmullo. Bajé de la cama y me acerqué a la litera de Benjamin. Al verlo de cerca me pareció que no tenía más de doce años.
—Ya hemos visto muchas más cosas que nuestros antepasados. Aunque desapareciéramos durante el vuelo deberíamos estar agradecidos, Benjamin. ¿Recuerdas el vuelo a Nairobi? Tuvimos que cerrar las ventanillas para que el brillo no nos deslumbrara. Hemos visto la tierra desde el cielo, hemos visto las luces de Nairobi y a toda la gente del mundo paseando por sus calles. Esto es más de lo que nuestros antepasados pudieron ni siquiera soñar.
La respiración de Benjamin se calmó un poco, y el resto convino conmigo en que eso era cierto. Animado, seguí hablando con Benjamin y con las sombras de esos hombres. Dije que los errores de los dinkas que nos habían precedido habían sido producto de la timidez, de escoger lo que teníamos delante en lugar de mirar más allá. Dije que nuestro pueblo había sido castigado durante siglos por sus errores, pero que ahora se nos concedía la oportunidad de rectificarlo todo. Nos habían sometido a una prueba mayor de las que nadie había soportado nunca. Nos habían enviado a lo desconocido, una vez, otra y otra. Nos habían lanzado hacia todos lados, como gotas de lluvia de una tormenta frenética.
—Pero ya no somos lluvia —dije—. Ya no somos semillas. Somos hombres. Capaces de ponernos de pie y decidir. Esta es nuestra primera oportunidad de escoger nuestro propio destino, aunque sea desconocido. Estoy tan orgulloso de todo lo que hemos logrado, hermanos míos; y si tenemos la suerte de volar y aterrizar en un lugar nuevo, debemos continuar. Por imposible que parezca, hay que seguir andando. Y sí, ha habido mucho sufrimiento, pero ahora llegará el consuelo. Ha habido dolor, pero ahora habrá serenidad. Nadie ha soportado lo que hemos soportado nosotros, y esta es nuestra recompensa, ya sea el cielo o algo menos bueno que eso.
Cuando terminé de hablar, Benjamin parecía complacido. De la oscuridad salieron susurros de asentimiento. Volví a mi cama, pero me sentí como si flotara sobre ella. Todo mi cuerpo parecía cargado de electricidad. Me dolía el pecho, en mi cabeza latían las enormes e ilimitadas posibilidades que traería consigo la mañana siguiente, y cuando por fin esta llegó, el cielo amaneció teñido de un blanco limpio, todo era nuevo y yo no había dormido en toda la noche.