Yo confieso

Jaume Cabre · Capítulo 1 de 60

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Yo confieso

I A capite...

I

A capite...

Yo será nada.

Carles Camps Mundó.

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1

Hasta anoche, andando por las calles mojadas de Vallcarca, no supe que nacer en semejante familia había sido un error imperdonable. De pronto entendí que siempre había estado solo, que nunca había podido contar con mis padres ni con un Dios al que encargar la búsqueda de soluciones, aunque, a medida que crecía, fuera adoptando la costumbre de delegar el peso del pensamiento y la responsabilidad de mis actos en creencias imprecisas y en lecturas muy diversas. Ayer, martes, por la noche, al volver de casa de Dalmau en pleno aguacero, llegué a la conclusión de que esa carga me corresponde sólo a mí. Y de que mis aciertos y errores son responsabilidad mía y sólo mía. He necesitado sesenta años para verlo. Espero que me entiendas y comprendas lo desamparado y solo que me encuentro y lo muchísimo que te echo de menos. A pesar de la distancia que nos separa, sigo tu ejemplo. A pesar del pánico, ahora ya no acepto tablas de salvación para no hundirme. A pesar de algunas insinuaciones, me mantengo sin creencias, sin sacerdotes, sin códigos consensuados que me allanen el camino hacia no se sabe dónde. Me encuentro viejo y la dama de la guadaña me invita a seguirla. Veo que ha movido el alfil negro y, con un gesto cortés, me anima a seguir la partida. Sabe que estoy muy escaso de peones. De todas maneras, todavía no es mañana y miro a ver qué pieza puedo mover. Estoy solo ante el papel, la última oportunidad que tengo.

No te fíes un pelo de mí. Sé que este género del recuerdo escrito para un solo lector se presta a la mentira y que procuraré caer siempre de pie como los gatos; pero voy a hacer un esfuerzo por no inventar gran cosa.

Todo fue tal cual y peor. Tendría que habértelo contado hace tiempo, me hago cargo, pero es difícil y en estos momentos no sé por dónde empezar.

En el fondo, todo se remonta a más de quinientos años en el tiempo, cuando un hombre atormentado decidió solicitar el ingreso en el monasterio de Sant Pere del Burgal. Si no lo hubiera hecho o si el padre

prior, dom Josep de Sant Bartomeu, se hubiese mantenido firme en la negativa, ahora no te estaría contando todo lo que te quiero contar. Sin embargo no puedo retroceder tan allá. Voy a empezar desde más acá.

Desde mucho más acá.

—Tu padre... A ver, hijo mío... A tu padre...

No, no; tampoco quiero empezar ahí, no, mejor a partir del despacho en el que estoy escribiendo, enfrente de tu impresionante autorretrato. El despacho es mi mundo, mi vida, el universo mío en el que cabe casi todo, excepto el amor. Cuando rondaba por casa en pantalones cortos y con las manos llenas de sabañones del frío de los otoños y los inviernos, tenía prohibido entrar en el despacho, salvo en determinadas ocasiones. Por lo demás, me colaba clandestinamente. Lo conocía palmo a palmo y, detrás del sofá, tuve muchos años un fortín secreto, aunque debía desmantelarlo después de cada incursión, para que Lola Xica no lo descubriera al hacer la limpieza. Pero siempre que entraba legalmente debía comportarme como si estuviera de visita y poner las manos a la espalda, mientras mi padre me enseñaba el último manuscrito que he encontrado en una tienda cochambrosa de Berlín, fíjate, pero sin tocar, no me obligues a regañarte. Adrià acercó la cara al manuscrito con mucha curiosidad.

—Está en alemán, ¿no? —Y fue a tocarlo como quien no quiere la cosa.

—¡Chist! ¡Donde pones el ojo pones la mano! —Le dio un golpecito en los dedos—. ¿Qué decías?

—Que es alemán, ¿no? —Se frotó la mano dolorida.

—Sí.

—Quiero aprender alemán.

Fèlix Ardèvol miró a su hijo con orgullo y le dijo vas a empezar a aprenderlo enseguida, hijo mío.

El caso es que no era un manuscrito, sino un paquete de folios parduscos: en la primera hoja, con una letra muy historiada, ponía Der begrabene Leuchter. Eine Legende.

—¿Quién es Stefan Zweig?

Lupa en mano, distraído con una corrección al margen que había en el primer párrafo, en lugar de decirme un escritor, hijo mío, sólo me contestó pues verás, era uno que se suicidó en el Brasil hace diez o doce años. Lo único que he sabido de él durante mucho tiempo es que era un hombre que se había suicidado en el Brasil hacía diez o doce años, o trece, catorce o quince, hasta que pude leer el manuscrito y me enteré de algo más.

Y se acabó la visita y Adrià salió del despacho con la recomendación de no hacer ruido: en casa nunca se podía correr, ni gritar ni chascar la lengua, porque mi padre siempre estaba estudiando un manuscrito con la lupa, repasando el inventario de mapas medievales o pensando dónde podría dar con nuevas adquisiciones de cualquier objeto que le hiciera temblar las manos. El único ruido que me consentían era estudiar violín en mi habitación. Pero tampoco podía pasarme el día practicando los arpegios del XXIII de O livro dos exercícios da velocidade, que por su culpa cogí tanta manía a la Trullols, pero no al violín. No, no tenía manía a la Trullols, pero era un plomazo, sobre todo por lo mucho que insistía con el ejercicio XXIII.

—No, si sólo lo digo por variar un poco.

—Aquí —y golpeaba la partitura con el talón del arco—, en esta sola página, están resumidas todas las dificultades. Es un ejercicio simplemente genial.

—Pero es que...

—Para el viernes quiero el XXIII perfecto, incluso el compás 27.

¡Qué plomazo se ponía a veces la Trullols!, pero en general era una mujer pasable. Y a veces, más que pasable.

Bernat opinaba lo mismo. Todavía no lo conocía en los tiempos de O

livro dos exercicios da velocidade. Pero opinábamos lo mismo de la Trullols.

Debió de ser muy buena maestra, aunque no ha pasado a la historia, que yo sepa. Me parece que tengo que centrarme porque lo estoy desordenando todo. Sí, algunas cosas seguro que las sabes, sobre todo

cuando hable de ti, pero hay repliegues del alma que sospecho que ignoras, porque es imposible conocer completamente a una persona, por mucho que...

Aunque la tienda era más espectacular, no me gustaba tanto como el despacho de casa. Quizá porque las poquísimas veces que iba tenía la sensación de que no me quitaban la vista de encima ni un momento. Lo mejor de la tienda era que podía ver a Cecilia, que era guapísima; es que estaba perdidamente enamorado de ella. Era una señora de pelo rubio galáctico que iba siempre muy bien peinada y tenía los labios gruesos, de un color rojo furioso. Y siempre estaba atareada con sus catálogos y listas de precios, y escribiendo etiquetas y atendiendo a los pocos clientes que entraban con una sonrisa llena de dientes perfectos.

—¿Tienen instrumentos musicales?

El hombre ni se quitó el sombrero. Plantado delante de Cecilia, echó una ojeada alrededor: lámparas, candelabros, sillas de madera de cerezo con un trabajo finísimo de marquetería, mecedoras de principios del diecinueve, jarrones de todas las medidas y épocas... A mí, ni me vio.

—Hay poca cosa, pero si tiene la bondad de acompañarme...

La «poca cosa» de instrumentos que había en la tienda consistía en un par de violines y una viola que no sonaban muy bien, pero conservaban milagrosamente incólumes las cuerdas de tripa. Y también una tuba abollada, dos fiscornos magníficos y una trompeta, la que tocaba desesperadamente el alguacil del valle para dar aviso de incendio a la gente de los valles colindantes; había fuego en el bosque de Paneveggio y los de Pardàc pedían ayuda a Siròr, a San Martino y hasta a Welschnofen, que también habían sufrido uno hacía poco, y a Moena y a Soraga, donde seguramente llegaba ya el olor alarmante del desastre del año del Señor de 1690, cuando la Tierra era redonda para casi todo el mundo y, si las enfermedades desconocidas, los salvajes sin Dios y las fieras del mar y de las tierras, el hielo y la tempestad y las lluvias excesivas no lo impedían, los barcos que se perdían por occidente volvían por oriente con los marineros más delgados, demacrados, perdida la mirada y plagadas de pesadillas sus noches. El verano del año

del Señor de 1690, todos los habitantes de Pardàc, Moena, Siròr, San Martino..., todos menos los postrados, salieron a mirar con ojos empañados el desastre que les destrozaba la vida, a unos más que a otros. El pavoroso incendio que tuvieron que presenciar con impotencia calcinó madera buena por carretadas. Cuando el infierno se extinguió con la ayuda de unas lluvias providenciales, Jachiam, el cuarto hijo de Mureda de Pardàc, el más despierto, recorrió minuciosamente todo el bosque devastado en busca de rincones que se hubieran salvado de las llamas y de troncos aprovechables. En medio de la cuesta que descendía hacia el barranco del Oso, se acuclilló a hacer de vientre al pie de un abeto joven transformado en carbón. Pero lo que vio le cortó las ganas de aliviarse: unas teas resinosas envueltas en un trapo que olía a alcanfor o a otra sustancia rara. Con mucho cuidado, desenvolvió los harapos que no había quemado del todo el infernal incendio, devastador de su futuro. El descubrimiento lo mareó: el trapo que envolvía las teas, de color verde sucio, con remates de cordón amarillo más sucios todavía, era un retal del jubón que solía llevar Bulchanij Brocia, el gordo de Moena. Cuando dio con dos hatillos más de ropa completamente quemados, al contrario que el primero, entendió que el monstruo de Bulchanij había cumplido la amenaza de arruinar a la familia de los Mureda y, con ella, a todo el pueblo de Pardàc.

—Bulchanij.

—No hablo con perros.

—Bulchanij.

El tétrico tono de voz lo obligó a volverse con desgana. Bulchanij de Moena era barrigudo y, si hubiese vivido más años y hubiera alimentado la panza lo suficiente, le habría venido pintiparada a modo de reposabrazos.

—¿Qué cojones quieres?

—¿Dónde has dejado el jubón?

—¿Y a ti qué cojones te importa?

—Es que no lo llevas puesto. Enséñamelo.

—Vete a cagar. ¿Te crees que porque habéis tenido mala pata, ahora tenemos que obedeceros los de Moena, eh? —Le señaló los ojos con odio—. No voy a enseñártelo. Y largo de ahí, que me tapas el sol de los cojones.

Con furia fría, Jachiam, el cuarto de los Mureda, desenvainó el cuchillo de escarzar que siempre llevaba en el cinto y se lo clavó en la barriga a Bulchanij Brocia, el gordo de Moena, como si descortezase un tronco de arce. Bulchanij abrió la boca, con los ojos como platos de perplejidad, no tanto por el dolor como porque osara tocarlo un mequetrefe de Pardàc. Cuando Jachiam Muerda retiró el cuchillo, con un gorgoteo asqueroso y teñido de sangre, Bulchanij se derrumbó en la silla como si se deshinchara por la herida.

Jachiam miró a ambos lados del camino desierto. Ingenuamente, echó a correr en dirección a Pardàc. Al rebasar la última casa de Moena se dio cuenta de que la jorobada del molino, cargada de ropa mojada, lo miraba boquiabierta; tal vez lo hubiera visto todo. En lugar de borrarle la mirada, se limitó a acelerar la marcha. Aunque era el mejor cantador de madera, el que siempre sabía elegir la más sonora, y aunque todavía no había cumplido veinte años, se le acababa de truncar la vida.

La familia reaccionó bien y, sin pérdida de tiempo, mandaron emisarios a San Martino y a Siròr con pruebas fehacientes de que Bulchanij era un incendiario que les había quemado el bosque por rencor, pero los de Moena decidieron que no hacía falta entenderse con la justicia y, sin mediación de ninguna especie, se dispusieron a dar caza al malvado Jachiam Mureda.

—Hijo —lo interpeló Mureda, el viejo, con la mirada aún más triste que de costumbre—, tienes que huir —y le puso en un bolso la mitad del oro que había ahorrado en treinta años de trabajo en la madera de Paneveggio. Ningún hermano se opuso a la decisión y, un tanto ceremoniosamente, el viejo añadió aunque seas el mejor rastreador de árboles y el mejor cantador de madera, Jachiam, hijo mío de mi alma, el cuarto de los hijos de esta desdichada casa, tu vida vale más que el mejor tronco de arce que podamos vender jamás. Y así te ahorrarás la

ruina que se nos viene encima porque Bulchanij de Moena nos ha dejado sin árboles.

—Padre, yo...

—Anda, márchate, rápido, tira por Welschnofen, porque seguro que te buscan en Siròr. Correremos la voz de que te has escondido en Siròr o en Tonadich. No puedes quedarte en los valles, es muy peligroso. Tienes que irte lejos, muy lejos, lejísimos de Pardàc. Márchate, hijo, y que Dios te guarde.

—Pero, padre, no quiero irme de aquí, quiero trabajar en el bosque.

—Nos lo han quemado. ¿Con qué vas a trabajar, criatura?

—No sé, pero si me voy de aquí, ¡me muero!

—Te mato yo si no te marchas esta misma noche. ¿Me oyes?

—Padre...

—A mi hijo no lo toca nadie de Moena.

Y Jachiam de los Mureda de Pardàc dijo adiós a su padre y besó a todos sus hermanos de uno en uno: Agno, Jenn, Max y sus mujeres.

Hermes, Josef, Theodor y Micurà. Use, Erica y sus maridos; y después, Katharina, Matilde, Gretchen y Bettina. Se habían congregado todos para despedirlo en silencio y, cuando ya estaba en la puerta, la pequeña Bettina lo llamó Jachiam y se volvió y vio a la niña con la mano tendida y, en la mano, una medalla de Santa Maria dai Ciüf de Pardàc, la que le había confiado su madre antes de morir. Sin decir una palabra, Jachiam miró a sus hermanos, después fijamente al padre; éste hizo un gesto silencioso con la cabeza y el muchacho se acercó a la pequeña Bettina, cogió la medalla y dijo Bettina, mi chiquitína, esta joya estará conmigo hasta que me muera; y no sabía hasta qué punto decía la verdad. Y

Bettina le tocó la cara con las dos manos, sin llorar. Jachiam salió de casa con los ojos empañados, murmuró una breve oración ante la tumba de su madre y desapareció en la noche, camino de la nieve eterna, para cambiar de vida, de historia y de recuerdos.

—¿No hay nada más?

—Este establecimiento es una casa de antigüedades —respondió Cecilia con una actitud severa muy suya que avergonzaba a los hombres. Y, con un matiz de ironía—: ¿Por qué no va usted a un taller de instrumentos?

Me gustaba ver a Cecilia enfadada. Se ponía aún más guapa, incluso más que mi madre. Que mi madre en aquella época.

Desde mi sitio veía el despacho del señor Berenguer. Me quedé escuchando mientras Cecilia acompañaba a la puerta al defraudado cliente, que todavía llevaba el sombrero puesto, y cuando sonó la campanilla y la oí decir adiós, que usted siga bien, el señor Berenguer levantó la cabeza y me guiñó un ojo.

—Adrià.

—Mande.

—¿Cuándo vienen a buscarte? —preguntó, alzando la voz.

Me encogí de hombros. Nunca sabía con certeza cuándo estaría en un sitio o en otro. Mis padres no querían dejarme solo en casa y me llevaban a la tienda cuando se ausentaban los dos. A mí me parecía estupendo, porque me divertía mirando objetos inverosímiles que ya habían vivido alguna vez y ahora reposaban pacientemente en espera de una segunda, tercera o cuarta oportunidad. Me imaginaba la vida que habrían tenido en diferentes casas y me lo pasaba la mar de bien.

Al final siempre venía a buscarme Lola Xica, con prisas, porque tenía que hacer la cena y no había ni pensado en ella. Por eso me encogí de hombros cuando el señor Berenguer me preguntó cuándo vienen a buscarte.

—Ven aquí —me dijo, al tiempo que cogía un papel en blanco—.

Siéntate a la mesa tudor a dibujar un poco.

Nunca me ha gustado el dibujo porque se me da fatal; no sé dibujar absolutamente nada, por eso admiro tanto tu destreza, porque me parece un milagro. El señor Berenguer me decía que dibujase porque le daba reparo que estuviera allí sin hacer nada, aunque no era verdad, porque me pasaba el rato pensando. Pero al señor Berenguer no se le

podía llevar la contraria. El caso es que me sentaba a la mesa tudor y me ponía a hacer lo que fuera con tal de que se callara. Saqué a Águila Negra del bolsillo e intenté dibujarlo. Pobre Águila Negra, si llega a verse en el papel... Por cierto, todavía no le había dado tiempo a conocer al sheriff Carson, porque acababa de adquirirlo esa misma mañana; se lo había cambiado a Ramón Coll por la armónica Weiss. Si se entera mi padre, me mata.

El señor Berenguer era todo un personaje; su sonrisa me daba un poco de miedo y trataba a Cecilia como si fuera una criada inútil, cosa que nunca le perdoné; en cambio, era la persona que más sabía de mi padre, mi gran misterio.

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