Yo confieso
Capítulo 51
—Lo dijo Horacio: Tu ne quaesieris (scire nefas) quem mihi, quem tibi / finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios / temptaris numeros.
Silencio. Unos mirando por la ventana. Otros mirando al suelo.
—¿Y eso qué significa, profe? —la chica atrevida de la trenza inmensa.
—¿Es que no has estudiado latín? —Adrià, sorprendido.
—Hombre...
—¿Y tú? —al chico de la ventana.
—Yo, pueees...
Silencio. Adrià Ardèvol se dirigió, alarmado, a toda la clase.
—¿Alguien ha estudiado latín? ¿Algún alumno de ideas estéticas y su historia ha hecho alguna vez un curso de latín?
Después de un laborioso tira y afloja, resultó que sólo lo había estudiado una chica, la de la cinta verde en la cabeza. Adrià respiró hondo unas cuantas veces para serenarse.
—Profe, pero ¿qué significa eso de Horacio?
—Quiere decir lo que se dice en Hechos, en la segunda carta de San Pedro y en el Apocalipsis.
Silencio más denso todavía. Hasta que alguien con más criterio dijo
¿y qué dice en Hechos y demás?
—En Hechos y demás dice el día del Señor llegará como un ladrón en plena noche.
—¿A qué señor se refiere?
—¿Alguien ha leído la Biblia aunque sólo sea una vez?
Como no estaba dispuesto a aguantar otro silencio ominoso, dijo bien, dejémoslo aquí. O mejor: el viernes traedme una frase extraída de una obra literaria que tenga relación con este topos.
—¿Qué es un topos, profe?
—Y de aquí al viernes leed un poema e id al teatro. Me rendiréis cuentas de todo.
Entonces, ante la desorientación de los alumnos, se despertó y abrió los ojos de par en par. Y cuando entendió que no era un sueño, sino el recuerdo de la última clase, le entraron ganas de llorar. En ese momento se dio cuenta de que se había despertado de la pesadilla porque sonaba el teléfono. El maldito teléfono de siempre.
El ordenador encendido en la mesa del despacho. Nunca lo habría creído posible. La luz de la pantalla empalidecía la cara a Lloreng y a Adrià, los dos la miraban atentamente.
—¿Lo ves?
Llorenç movía el ratón y el cursor se desplazaba por la pantalla.
—Ahora tú.
Y Adrià, sacando la punta de la lengua, movía el cursor.
—¿Eres zurdo?
—Sí.
—Espera. Lo pongo en tu lado.
—Oye, que me salgo de la alfombrilla. Es muy pequeña.
La carcajada de Llorenç fue interior, pero Adrià la percibió.
—No te burles; es verdad; se me queda pequeña.
Una vez superado el obstáculo con unos movimientos de entrenamiento, Adrià Ardèvol fue iniciado en los misterios de la creación de un archivo de texto, que venía a ser una especie de rollo
infinito, extraordinario, mágico. Y el teléfono empezó a sonar, pero Adrià, como quien oye llover.
—Ya lo veo, ya...
—¿Qué dices?
—Que debe de ser muy práctico, pero me da una pereza...
—Y después tienes que aprender a usar el correo electrónico.
—Huy, no. No, no..., que tengo trabajo.
—Es sencillísimo. Y el correo es básico.
—Sé escribir cartas y hay un buzón abajo. Además, tengo teléfono.
—Dice mi padre que no quieres móvil. —Silencio incrédulo—. ¿Es verdad?
El teléfono se cansó de llamar inútilmente y se calló.
—No me hace falta. Tengo aquí un teléfono estupendo.
—¡Pero si ni lo coges cuando suena!
—No —lo cortó Adrià—. Pierdes el tiempo. Tú me enseñas a escribir con este trastito y... ¿Cuántos años tienes?
—Veinte. —Señalando el cuadro de diálogo—. Aquí te dice lo que tienes que hacer para guardar el texto, así no pierdes lo que hayas escrito.
—Qué miedo me da eso... ¿Ves? El papel no puede perderse.
—O sí. También puede quemarse.
—¿Sabes que me acuerdo de cuando tenías dos días, en la clínica?
—¿Ah, sí?
—Tu padre estaba loco de alegría. No había quien lo aguantase.
—Ahora igual.
—Bueno, quería decir...
—¿Ves? —Llorenç señalaba la pantalla—. Así se guarda el documento.
—No he visto cómo lo hacías.
—Así, ¿ves?
—Es que vas muy deprisa.
—Mira; coge el ratón.
Adrià lo cogió con miedo, como si la fiera pudiera morderlo.
—Agárralo bien. Así. Pon la flechita ahí, donde dice archivo.
—¿Por qué dices que no hay quien lo aguante?
—¿A quién?
—A tu padre.
—Ufff... Es que... —Parándole la mano del ratón—: No, no, hacia la izquierda.
—Es que no quiere ir.
—Arrástralo por la alfombrilla.
—Coño, es más difícil de lo que parece.
—Qué va; es cosa de unos minutos de práctica. Ahora clica.
—¿Qué significa clica?
—Haz clic con el ratón. Así.
—¡Hostia! ¿Cómo lo he hecho? ¡Huy, ha desaparecido!
—Bueno..., empecemos de nuevo.
—¿Por qué no hay quien aguante a tu padre? —Pausa, moviendo el cursor con mucha dificultad—. ¿Eh, Llorenç?
—Ya ves, cosas que pasan.
—Te obliga a estudiar violín pero tú no quieres.
—No, no es eso...
—¿No?
—Bueno, un poco sí.
—No te gusta el violín.
—Sí, me gusta.
—¿En qué curso estás?
—Según el plan antiguo, sería séptimo.
—No está mal.
—Mi padre dice que tendría que estar haciendo virtuosismo.
—Cada cual va a su ritmo.
—Mi padre dice que no me lo tomo con interés.
—¿Y tiene razón?
—Hombre... No. A él le gustaría... ¿Y si volvemos a la lección?
—¿Qué le gustaría a Bernat?
—Que me pareciese a Perlman.
—¿Y a quién te pareces?
—A Llorenç Plensa. Y creo que mi padre no lo entiende.
—¿Y tu madre?
—Ella sí.
—Tu padre es muy buena persona.
—Ya lo sé. Sois muy amigos.
—A pesar de eso es muy buena persona.
—Bueno, ya. Pero es un plasta.
—¿Qué estudias? ¿Sólo violín?
—¡Qué va! Estoy matriculado en arquitectura.
—Bien, ¿no?
—No.
—¿Y por qué estudias esa carrera?
—No digo que la estudie, digo que estoy matriculado.
—¿Y por qué no estudias?
—Es la condición de mi padre. —Remedando a Bernat—: Para que saques algún provecho para el día de mañana.
—¿Y a ti qué te gustaría estudiar, en vez de arquitectura?
—Me gustaría ser maestro.
—Qué bien, ¿no?
—¿Ah, sí? Pues díselo a mi padre.
—¿Es que no le gusta?
—Es poco para su hijo. Le gustaría que fuese el mejor violinista del mundo, el mejor arquitecto y el mejor lo que sea del mundo. Y eso es agotador.
Un rato de silencio. Adrià apretaba el ratón con fuerza, pero el bicho no podía quejarse. Cuando se dio cuenta, lo soltó. Tuvo que respirar para serenarse.
—¿Y por qué no le dices que quieres ser maestro?
—Ya se lo dije.
—¿Y qué?
—¿Maestro? ¿Maestro, tú? ¿Mi hijo, maestro?
—¿Qué pasa? ¿Qué tienes contra los maestros?
—Nada, ¿qué voy a tener? Pero ¿por qué no puedes ser ingeniero o cualquier otra cosa, eh?
—Quiero enseñar a leer y a escribir. Y a multiplicar. Es bonito.
—A mí me parece bien. —Tecla, mirando desafiante a su marido.
—A mí no. —Serio, Bernat se limpió la boca con la servilleta, la dejó en la mesa y, mirando el plato vacío, dijo la vida de maestro es agotadora y no se gana para disgustos. Y se cobra poco. Negando con la cabeza—. No, no es buena idea.
—Pero a mí me gusta.
—A mí no.
—Oye, es él quien tiene que estudiar, no tú, ¿de acuerdo?
—Muy bien, muy bien..., haced lo que queráis. Siempre os salís con la vuestra...
—¿Qué significa eso? —Tecla, sulfurada—. ¿Eh?
—No, no..., nada.
—Suéltalo, vamos, ¿en qué nos salimos siempre con la nuestra que no lo quieras tú?
Y entonces Llorenç se levantó con el plato en la mano, lo llevó a la cocina, se fue a su habitación y se encerró, mientras Tecla y Bernat seguían afilando el hacha de guerra porque tú has dicho que siempre me salgo con la mía ¡y no es verdad! ¡En absoluto! ¡Nunca!
—Pero al final te matriculaste en arquitectura —apostilló Adrià.
—¿Por qué no hablamos de otra cosa?
—Tienes razón. A ver, ¿qué más puedo hacer con este ordenador?
—¿Quieres probar a escribir un texto?
—No. Me parece que por hoy...
—Escribe una frase y la guardamos como si fuera un documento valioso.
—De acuerdo. ¿Sabes que servirías para maestro?
—Díselo a mi padre.
Adrià escribió Llorenç Plensa está enseñándome a usar todo esto.
¿Quién perderá antes la paciencia, él o yo? ¿O a lo mejor el Mac?
—¡Ahí va, eso es toda una novela! Ahora fíjate en lo que hacemos para guardarlo y poder volver a abrirlo cuando quieras.
Mientras Adrià, guiado por su paciente Beatrice, daba todos los pasos para guardar un documento por primera vez en la vida, para cerrar carpetas, para guardarlo todo y apagar el ordenador, Llorenç dijo creo que me voy a ir de casa.
—Bueno... Eso es algo que...
—No se lo digas a mi padre, ¿vale?
—No, no, pero antes tienes que encontrar un sitio.
—Compartiré piso.
—Menudo rollo. ¿Y qué vas a hacer con el violín, si vives con más gente?
—¿Por qué?
—A lo mejor molestas.
—Pues no me lo llevo.
—A menos que compartas piso con una novia o así.
—No tengo novia.
—Lo decía por...
Llorenç se levantó, un poco harto ya. Adrià intentó arreglarlo.
—Perdona... No es cosa mía que tengas novia o dejes de tenerla.
—Te he dicho que no tengo novia, ¿vale?
—Lo he oído.
—Tengo novio.
Unos segundos de desconcierto. Adrià tardó en reaccionar un poco más de la cuenta.
—Muy bien. ¿Lo sabe tu padre?
—¡Por descontado! Es parte del problema. Y si le dices que hemos hablado de esto... Me mata... y te mata a ti.
—No te preocupes. Y tú, a lo tuyo, créeme.
Cuando Llorenç dio por concluida la primera clase de uso de un ordenador a un alumno terco y singularmente inhábil y se marchó por la escalera, Adrià pensó qué fácil es aconsejar a los hijos de los demás.
Y me entraron unas ganas locas de haber tenido un hijo nuestro con quien hablar de su vida, como acababa de hacer unos minutos con Llorenç. ¿Cómo es que los amigos nos hablamos tan poco que no sabía nada de Llorenç?
Estaban en el comedor y el teléfono no paraba de sonar y Adrià no se apretó la cabeza dando a entender que estaba harto porque Bernat estaba contándole una idea suya. Para no oír el aparato, abrió la puerta del balcón y entró una ráfaga de tráfico y ruido mezclada con voces de niños y arrullos de las sucias palomas que se esponjaban en el balcón de arriba. Salió al balcón y Bernat lo siguió. Dentro, casi en penumbra, Santa Maria de Gerri recibía la luz de poniente desde el lado de Trespui.
—¡No hace falta que organices nada! Hace más de diez años que te has estabilizado en la profesión de músico.
—Tengo cincuenta y uno. No es ningún mérito.
—Tocas en la OBC.
—¿Qué?
—¡Que tocas en la OBC! —levantó la voz.
—Y qué.
—¡Y formas cuarteto con los Coma, caray!
—De segundo violín.
—Siempre te comparas con los demás.
—¿Qué?
—Que siempre te...
—¿Por qué no entramos?
Adrià entró en el comedor y Bernat tras él. El teléfono seguía sonando. Cerraron la puerta del balcón y el estruendo de la calle se redujo a un fondo olvidable.
—¿Qué decías? —dijo Bernat, un poco inquieto por el teléfono que sonaba.
Adrià pensó ahora dile que se replantee la relación con Llorenç. El lo pasa mal, lo pasáis mal todos, ¿verdad?
—Decía que siempre te comparas con los demás.
—No creo, y aunque fuera verdad, ¿qué?
Tu hijo está triste. Tienes el mismo estilo que mi padre conmigo y es un infierno.
—Da la impresión de que procures por todos los medios que no te salpique ni una gota de felicidad.
—¿Dónde quieres ir a parar?
—Por ejemplo, si organizas esa conferencia, vas de cabeza al fracaso. Y a ponerte de mala leche. Y a poner de mala leche a los que te rodean. Es que no tienes por qué hacerlo.
—Si tengo que hacerlo o no es cosa mía.
—Como quieras.
—¿Y por qué no te parece buena idea?
—Te arriesgas a que no vaya nadie.
—Tú sí que tienes mala leche. —Miró el tráfico por el cristal—. Oye,
¿por qué no has contestado al teléfono?
—Porque ahora estoy contigo —mintió Adrià. Miró a Santa Maria de Gerri sin verla. Se sentó en un sillón y miró a su amigo. Ahora le
digo lo de Llorenç, se juró.
—Si lo monto, vienes, ¿verdad? —Bernat a lo suyo.
—Sí.
—Y Tecla. Y Llorenç, ya sois tres de público.
—Sí: Tecla, Llorenç y yo, tres. Y el estudioso, cuatro. Y tú, cinco.
Bingo.
—No tengas tanta mala leche.
—¿Qué tal Tecla y tú?
—No es Jauja, pero vamos tirando.
—Me alegro. ¿Y qué tal Llorenç?
—Bien, bien. —Lo pensó un poco antes de proseguir—: Tecla y yo mantenemos una estabilidad inestable o algo así.
—¿Y eso qué significa?
—Pues que hace unos meses que insinúa la posibilidad de separarnos.
—Ostras...
—Y Llorenç encuentra mil excusas para estar en casa lo menos posible.
—Lo lamento. ¿Qué tal le van las cosas a Llorenç?
—Ando con pies de plomo para no equivocarme mucho y Tecla hace ejercicio de paciencia, a pesar de las insinuaciones de separarnos.
Eso es la estabilidad inestable.
—¿Y qué tal Llorenç?
—Bien.
Silencio. Por lo visto, el timbre del teléfono sólo incomodaba a Bernat.
Ahora le digo que últimamente veo bastante a Llorenç y que está tristón. Y Bernat: es su pose. Y yo, no: es culpa tuya, Bernat, porque le
montas la vida sin su permiso. Y Bernat, seco, diría no te metas. Y yo: tengo que meterme, me da pena. Y Bernat, marcando las sílabas: no-es-a-sun-to-tu-yo. ¿Entendido? Y yo, de acuerdo, pero está triste: quiere ser maestro. ¿Por qué no le dejas que sea lo que quiera? Y Bernat se levantaría enfurecido como si me hubiera deshecho otra vez de nuestro storioni y se iría mascullando maldiciones y dejaría de hablarme para siempre.
—¿En qué piensas? —preguntó Bernat con interés.
—En... que tienes que prepararlo muy bien, asegurarte la asistencia de una veintena de personas y elegir una sala con capacidad para veinticinco. Éxito de convocatoria.
—Muy astuto.
Silencio. Tengo valor para decirle que lo que escribe no me gusta pero no sé hablar de Llorenç. El timbre del teléfono volvió a invadirlos.
Adrià se levantó, descolgó el aparato y volvió a colgarlo. Bernat no se atrevió a decir ni pío. Adrià se sentó de nuevo y reanudó la conversación como si tal cosa.
—No puedes esperar multitudes. En Barcelona se celebran entre ochenta y cien actos culturales todos los días como mínimo. Además, la gente te conoce como músico, no como escritor.
—Músico, no; sólo soy uno más de los violines que rascan en el escenario. En cambio, como escritor, soy autor único de cinco libros de narraciones.
—De los que no se ha vendido ni un millar de ejemplares en total.
—Plasma solo llegó al millar.
—Sabes lo que quiero decir.
—Pareces mi editor: siempre animándome.
—¿Quién lo presentará?
—Carlota Garriga.
—Está bien.
—¿Bien? Genial. Ella sola ya tiene capacidad de convocatoria.
Cuando Bernat se marchó, no le había dicho ni una palabra de Llorenç. Y él no renunció a la idea de preparar una sesión suicida dedicada a su obra literaria: Bernat Plensa, un trayecto narrativo, dirían los tarjetones de invitación. Entonces, el teléfono, como si estuviese al acecho, volvió a sonar y, como siempre, Adrià se sobresaltó.
Adrià decidió reconvertir una clase de historia de las ideas estéticas en otra cosa y por eso los convocó en otro lugar y a otra hora, como la vez que fueron al vestíbulo del metro de Universitat. O cuando hicieron, qué sé yo, un montón de cosas divertidas que se inventaba el pirado de Ardèvol. Dicen que un día dio clase en el jardín de la calle Diputación, con toda la gente pasando por allí, y él tan tranquilo.
—¿Alguien tiene problemas de horario?
Se levantaron tres manos.
—Doy por sentado que todos los demás seréis puntuales.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Escuchar. Y, si os apetece, intervenir.
—Pero ¿qué vamos a escuchar?
—Descubrirlo allí mismo forma parte del contenido de la clase.
—¿A qué hora acabaremos? —El chico rubio del medio, el de las dos fieles admiradoras que ahora lo miraban entusiasmadas por la oportunidad de la pregunta.
—¿Entra en el examen? —El chico de la barba de cuáquero que siempre se sentaba al lado de la ventana y separado de todo el mundo.
—¿Hay que tomar apuntes? —La chica de la trenza inmensa.
Después de resolver todas las dudas, la clase terminó como siempre, conminándolos a leer poesía y a ir al teatro.
Al llegar a casa se encontró con un telegrama de Johannes Kamenek, que lo invitaba a dar una conferencia en la universidad mañana. Stop. ¿Mañana. Stop? Kamenek se ha vuelto loco.
—Johannes.
—¡Ah, por fin!
—¿Qué pasa?
—Es un favor. —Voz alterada de Kamenek. —¿Y por qué tanta prisa?
—Seguro que tienes el teléfono descolgado o estropeado.
—Bueno, no. Es que... Si llamas por la mañana hay una señora que...
—¿Estás bien?
—Hombre. Antes de tu telegrama, sí. Me dices que vaya a dar una conferencia mañana. ¿Es un error?
—No, no. Tienes que tapar un agujero. Me ha fallado Ulrike Hörstrup. Por favor.
—Vaya. ¿Y sobre qué?
—Sobre lo que quieras. Público asegurado, porque son los participantes de las jornadas. Están funcionando muy bien. Y a última hora...
—¿Qué le ha pasado a la Hörstrup?
—Treinta y nueve de fiebre. Ni siquiera emprendió el viaje. Tendrías los billetes en casa antes de la noche.
—¿Y tiene que ser mañana?
—A las dos de la tarde. Di que sí.
Dije que no, que todavía no sabía de qué quería hablar, coño, Johannes, no me hagas esto, y él, habla de lo que quieras pero ven, por favor, y entonces tuve que decir que sí, me trajeron misteriosamente los billetes a casa y al día siguiente volé hasta Stuttgart y hacia mi querido
Tübingen. En el avión pensé de qué me apetecía hablar y preparé un esquema. En Stuttgart me esperaba un taxista paquistaní convenientemente aleccionado, que me dejó a la puerta de la universidad después de infringir la ley a lo largo de unos kilómetros vertiginosos.
—No sé cómo pagarte el favor —dijo Johannes, que me recibió a la entrada de la facultad.
—Precisamente los favores no se pagan. Voy a hablar de Coseriu.
—¡No! Hoy mismo hemos hablado de él.
—Porras.
—Tenía que haber... Vaya, lo siento mucho. Puedes..., no sé...
A pesar de las dudas, Johannes me arrastraba por el brazo en dirección a la sala de actos.
—Pues... improviso. Dame unos minutos para/No tenemos unos minutos —dijo Kamenek sin soltarme el brazo.
—Vaya. ¿Me da tiempo a ir a mear?
—No.
—Para que luego digan de la improvisación mediterránea y de la preparación metódica de los alemanes...
—Tienes razón, pero Ulrike ya era una sustitución.
—Caray, soy carne de tercera. ¿Y por qué no lo posponéis?
—Imposible. No se ha hecho nunca. Nunca. Y tenemos gente de fuera que...
Nos detuvimos en la puerta de la sala de actos. Me abrazó avergonzado, me dijo gracias, amigo, y me hizo entrar en la sala, en la que el treinta por ciento del par de centenares de personas que asistían a las jornadas en torno a la lingüística y el pensamiento miraron la pinta tan rara que tenía Ulrike Hörstrup, calvo, tirando a panzudo y nada femenino. Mientras Adrià ordenaba mentalmente las ideas que no tenía, Johannes Kamenek informó a los asistentes de los problemas de salud
de la profesora Hörstrup y de lo afortunados que eran por poder oír al profesor Adrià Ardèvol, que les hablará de..., que les hablará ahora mismo.
Y se sentó a mi lado, supongo que para solidarizarse o algo así. Noté que se deshinchaba y se destensaba físicamente, pobre Johannes. Y para ordenar las ideas me puse a recitar, despacio y en catalán, un poema de Foix que empieza así: «És per la Ment que se m'obre Natura / A l'ull golós; per ella em sé immortal / Puix que l'ordén, i ença i enllà del mal,
/ El temps és u i pel meu ordre dura». [3] Y lo traduje literalmente. Y
después de Foix y de la importancia del pensamiento y del presente, hablé del significado de la belleza y de los motivos por los que la humanidad la persigue desde hace siglos. El profesor Ardèvol abrió muchos interrogantes y no supo o no quiso responderlos. E
inevitablemente apareció el mal. Y el mar, la mar oscura. Habló del amor al conocimiento sin preocuparse por encajarlo debidamente en unas jornadas en torno a la lingüística y el pensamiento. Habló poco de lingüística y mucho de pienso en la naturaleza de la vida pero se me interpone la muerte. Y entonces, como un relámpago, se le apareció el entierro de Sara, y Kamenek, perplejo y silencioso. Y al cabo de mucho rato dijo por eso Foix termina el soneto diciendo: «... i en els segles em moc / Lent, com el roe davant la mar obscura» [4] y habían pasado cincuenta minutos. Y salió inmediatamente a los servicios y orinó más que un día entero de lluvia.
Antes de la cena de agradecimiento que le ofreció el comité organizador, Adrià quiso hacer dos cosas en Tübingen, contando con que no tenía que coger el avión hasta el día siguiente. Solo, por favor.
De verdad, Johannes. Quiero hacerlo solo.
Bebenhausen. Estaba muy restaurado. Todavía se hacían visitas turísticas, pero nadie preguntaba al guía qué significa secularizado. Y
pensó de lejos en Bernat y en sus libros. Habían pasado más de veinte años y nada había cambiado, ni en Bebenhausen ni en Bernat. Y
cuando empezó a oscurecer, entró en el cementerio de Tübingen y paseó como tantas otras veces, solo, con Bernat, con Sara... Oyó el rumor de sus pasos, un ruido seco, duro, sobre el pavimento de tierra
prensada. Sin pretenderlo, los pasos lo llevaron a la tumba vacía de Franz Grübbe, la última. Ante ella, Lothar Grübbe y su prima Herta Landau, la de Bebenhausen, la que tuvo la gentileza de hacerle una foto con Bernat, todavía estaban depositando unas rosas blancas como el alma del hijo y sobrino héroe. Al oír sus pasos, Herta Landau se volvió y, al verlo, disimuló el susto.
—Lothar... —dijo con voz ahogada, totalmente estremecida.
Lothar Grübbe se volvió. El oficial de las SS se detuvo allí mismo y, de momento, esperaba, mudo, a que los sorprendidos se explicasen.
—Estoy limpiando todas estas tumbas —dijo al fin Lothar Grübbe.
—Documentación —dijo el SS-Obersturmführer Adriàn Hartbold-Bosch plantado frente al anciano y la mujer, más joven. Herta, muy asustada, no acertaba a abrir el bolso. Lothar estaba tan despavorido que empezó a comportarse como si lo cubriera un velo de indiferencia, como si ya estuviera muerto a tu lado por fin, Anna, y al del valiente Franz.
—Vaya... —exclamó—. Se me ha olvidado en casa.
—¡Se me ha olvidado en casa, Obersturmführer! —lo recriminó el SS-Obersturmführer Hartbold-Bosch.
—¡Se me ha olvidado en casa, Obersturmführer! —gritó Lothar, mirando al oficial a los ojos en actitud imperceptiblemente marcial. El teniente señaló la tumba.
—¿Qué hacen aquí, en la tumba de un traidor? ¿Eh?
—Es mi hijo, Obersturmführer —dijo Lothar. Señaló a Herta, yerta, horrorizada—: A esta mujer no la conozco.
—Acompáñeme.
El interrogatorio lo dirigió el Obersturmführer Adriàn Hartbold-Bosch personalmente, no fuera a darse el caso de que ese tal Lothar, a pesar de la edad, tuviese algún contacto con el grupo del abyecto Herbert Baum. ¡Pero si es un viejo! (fray Miquel). Viejos y niños son igual de peligrosos para la seguridad del Reich. A sus órdenes (fray
Miquel). Hacedle vomitar toda la información. ¿Como sea? Como sea.
Castigadle las plantas de los pies, para empezar. ¿Cuánto tiempo? El tiempo de tres avemarias bien rezadas. Y después proseguid con el potro el tiempo de un credoinunumdeum. Sí, Excelencia.
Herta Landau, milagrosamente no detenida, tardó media hora desesperante en establecer contacto telefónico con Berlín, donde la informaron de lo que tenía que hacer para hablar con Auschwitz y milagrosamente, una hora después, oyó la voz de Konrad.
—Heil Hitler. Hallo. —Impaciente—: Ja, bitte?
—Konrad, soy Herta.
—¿Quién?
—Herta Landau, tu prima. Si es que todavía tienes familia.
—¿Y ahora qué pasa?
—Han detenido a Lothar.
—¿Quién es ése? —tono enojado.
—Lothar Grübbe, tu tío. Quién quieres que sea.
—¡Ah! ¿El padre del abyecto Franz?
—El padre de Franz, sí.
—¿Y qué quieres?
—Intercede, por compasión. Pueden martirizarlo y acabarán matándolo.
—¿Quién lo ha detenido?
—Las SS.
—Pero ¿por qué?
—Por poner flores en la tumba de Franz. Haz algo.
—Chica... Yo en eso no...
—¡Por el amor de Dios!
—Ahora tengo mucho que hacer. ¿Quieres ponernos a todos en evidencia?
—¡Es tu tío!
—Algo habrá hecho.
—¡No digas eso, Konrad!
—Mira Herta: el que la hace la paga.
—¿Holländisch? —oyó Herta decir a Konrad. Y después, al teléfono
—: No sé el trabajo que tendrás tú, pero yo estoy con las manos en la masa. Tengo mucho que hacer, no puedo ocuparme de tonterías de esa clase. Heil Hitler!
Y oyó al malnacido de Konrad Budden colgar el teléfono... y condenar a Lothar. Y se echó a llorar desconsoladamente.
Lothar Grübbe, de sesenta y dos años, no era un individuo peligroso, pero su muerte podía ser ejemplar: ¿padre de traidor abyecto poniendo flores en una tumba como si fuera un monumento a la resistencia interior? Una tumba que...
El Obersturmführer Hartbold-Bosch se quedó con la boca abierta, pensando. ¡Claro! A los dos gemelos que aguantaban la pared:
—¡Que excaven la tumba del traidor!
La tumba del cobarde abyecto traidor Franz Grübbe estaba vacía.
Lothar el Viejo se había mofado de las autoridades poniendo flores a escondidas en un lugar donde no había nada. Es más peligrosa una tumba vacía que con un saco de huesos dentro: el vacío la hace universal y la convierte en un monumento.
—¿Qué hacemos con el prisionero, Excelencia?
Adriàn Hartbold-Bosch respiró hondo. Con los ojos cerrados dijo en voz baja y temblorosa colgadlo de un gancho de carnicero, como se castiga a los traidores al Reich.
—Estáis seguro..., ¿no es demasiado cruel? No es más que un abuelo.
—Fray Miquel... —voz amenazadora del Obersturmführer. Notó el silencio y miró a sus dos subordinados, que estaban cabizbajos.
Entonces añadió, gritando, vomitando:
—¡Llevaos esta carroña!
Lothar Grübbe, horrorizado por la muerte que le esperaba, fue llevado a la celda de castigo. Puesto que no se castigaba a un traidor todos los días, tuvieron que montar un dispositivo en el que colgar un gancho previamente afilado a conciencia. En el momento en que lo izaron con una cuerda, empezó a sudar y se atragantó con un vómito de pánico. Tuvo tiempo de decir tranquila, Anna, no pasa nada. Murió de miedo medio segundo antes de que lo ensartaran con la necesaria furia con que se empala a los traidores.
—¿Quién es esa Anna? —se preguntó en voz alta uno de los gemelos.
—Ya da igual... —respondió el otro.
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