Yo confieso
VII ... usque ad calcem
VII
... usque ad calcem
Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos... [5]
Marguerite Yourcenar
OceanofPDF.com
58
En esta casa empieza a haber más muertos de la cuenta, entendió Adrià que mascullaba su padre. Y paseaba por la Creación del Universo sin ver los lomos de los libros. Y en el trabajo, las clases perdieron vivacidad porque todo su anhelo se resumía en sentarse frente al autorretrato de Sara, en el despacho, a contemplar tu misterio, querida mía. O, también en silencio, frente al urgell del comedor, como si quisiera ser testigo de la huida imposible del sol por el lado de Trespui.
Y muy de cuando en cuando miraba con desgana el pliego de papeles y algún día lo cogía, suspiraba y escribía unos renglones o releía, escéptico, el trabajo del día o de la semana anterior y le parecía dolorosamente intrascendente. El caso es que no sabía cómo evitarlo.
Porque hasta el apetito había huido de él.
—Oiga, Adrià.
—¿Qué?
—Hace dos días que no come nada.
—No se preocupe: no tengo hambre.
—Pues claro que me preocupo.
Caterina entró en el despacho, cogió a Adrià por un brazo y empezó a tirar de él.
—Pero ¿qué hace? —Adrià levantó la voz, desconcertado.
—Por mí como si se pone a aullar. Ahora mismo viene conmigo a la cocina.
—¡Oiga! Pero ¡déjeme, mujer! —indignado, Adrià Ardèvol.
—No. Perdone, pero no. —Más indignada y gritando más que él—:
¿Es que no se ha mirado al espejo?
—Ni falta que hace.
—Venga, siga adelante. —Voz seca y autoritaria.
Él era Haïm Epstein y Lola Xica era el Hauptsturmführer, que se lo llevaba del barracón veintiséis contraviniendo las órdenes del Sturmbannführer Barber porque unos compañeros habían inventado un juego divertidísimo de cazar conejos. La Hauptsturmführer Katharine lo llevó a la cocina y, en lugar de media docena de mujeres húngaras asustadas, encontró una sopa de arroz y fideos y un segundo plato de filete con un tomate partido por la mitad. La Hauptsturmführer Katharine lo obligó a sentarse en la mesita y Haïm Ardèvol tuvo apetito por primera vez en muchos días y se puso a comer, cabizbajo, como temeroso de la recriminación de la Hauptsturmführer.
—Buenísima —por la sopa.
—¿Quiere más?
—Sí. Gracias.
Durante la cena, Katharine de pie, oculta la mirada por la visera de la gorra, golpeando amenazadoramente la caña de la lustrosa bota con la vara, vigiló al interno para que no se escapase de la cocina. Incluso consiguió que tomase un yogur de postre. Cuando acabó, el interno dijo gracias Lola Xica, se levantó y salió de la cocina.
—Caterina.
—Caterina. ¿No tendría que estar en su casa a estas horas?
—Sí, pero no quiero venir mañana y encontrármelo en un rincón, tieso como un bacalao salado.
—Exagerada.
—No, señor. Como un bacalao salado: más muerto que el mar Muerto.
Adrià volvió al despacho porque pensaba que su problema eran unos papeles escritos en los que no creía. Demasiadas cosas para arrastrar él solo. Y los días iban pasando. Los meses también; lentos, inacabables.
Hasta que un día oyó un escupitajo en el suelo y dije qué quieres, Carson.
—A lo mejor ya es suficiente, ¿no?
—Nunca es suficiente si estás...
—¿Cómo estás?
—Yo qué sé.
—Jau.
—Sí, dime.
—Si me dejáis meter baza...
—Habla, vamos, Águila Negra.
—El viento de la amplia pradera sería bueno para tu espíritu enfermo.
—Sí. He pensado en hacer un viaje, pero no sé dónde ir ni qué hacer.
—Basta con que aceptes las invitaciones: a Oxford, a Rennes, a Tübingen y a no sé cuántos sitios más.
—A Konstanz.
—Eso es.
—Tenéis razón.
—La caza será fructífera si el noble guerrero ofrece su valeroso pecho a las nuevas gestas de caza y guerra.
—Te he entendido, gracias. Gracias a los dos.
Hice caso a mis consejeros y fui a airearme a las praderas de Europa en busca de nobles gestas. La inquietud de escribir volvió vacilante, con timidez, gracias tal vez a los viajes y a los ánimos que le infundían quienes le preguntaban cuándo vuelves a publicar, Ardèvol.
Y al final, un montón de folios escritos por una cara, que no lo convencían nada. He perdido toda la fuerza. No sé dónde está el mal y no sé explicar mi perplejidad agnóstica. Me faltan herramientas de filósofo para seguir el itinerario. Me empecino en buscar el lugar donde reside el mal y sé que no es en el interior de una persona. ¿En el interior
de muchas personas? ¿El mal es fruto de una voluntad humana perversa? O no: proviene del Diablo, lo inocula en las personas que considera oportunas, como parece que pensaba el pobre Matthias Alpaerts, el de los ojos lacrimosos. El mal es que el Diablo no existe. Y
Dios, ¿dónde queda? El Dios severo de Abraham, el Dios inexplicable de Jesús, Alá el cruel y el amoroso... Que se lo pregunten a las víctimas de cualquier acto perverso. Si existiera Dios, su frialdad ante las consecuencias del mal sería escandalosa. ¿Qué dicen a eso los teólogos?
Por más poesía que le echen, al final, en el fondo, terminan tropezando con su límite: mal absoluto, mal relativo, mal físico, mal moral, mal de culpa, mal de pena... Dios mío. Sería de risa, si no fuera porque con el mal aparece el dolor. Y las catástrofes naturales, ¿también son mal?
¿Son otro mal? Y el dolor que provocan ¿es otro dolor?
—Jau.
—Qué.
—Me he perdido.
—Yo también, Águila Negra —murmuró Adrià, ante el montón de folios manuscritos con su letra ilegible pero pulcra. Se levantó y dio una vuelta por el despacho, para desentumecer las ideas. ¿Sabes lo que me pasaba, Sara? Que en lugar de razonar, gritaba. Que en lugar de pensar, lloraba o reía y así no se puede avanzar en el estudio. Y entonces pensé siete, dos, ocho, cero, seis, cinco.
Abrí la caja fuerte de mi padre, que hacía años que no abría. Siete, dos, ocho, cero, seis, cinco. Estaba intrigado, pues no recordaba lo que guardaba allí. Encontré un par de sobres gruesos con documentación diversa y seguro que totalmente inútil de mi padre y de mi madre: recibos de hacía mil años, notas apresuradas que habían perdido su urgencia después de cincuenta años. Y algunos títulos de acciones y de cosas parecidas que puse aparte para que las revisara el gestor, las valorase y me aconsejara qué hacer. Y en una carpeta azul, solo y triste, el manuscrito en arameo que me había escrito mi padre hacía muchos años. Un mensaje con efectos retardados. Si mi padre pudiera saber que al final me había desprendido del Vial, seguramente me daría cuatro
voces y un buen bofetón. En la misma carpeta había otro amuleto también solitario: la carta que me escribió Isaiah Berlin por mediación de las maniobras de Bernat. Gracias, Bernat, amigo, tú, que, si nada se tuerce, leerás estas páginas antes que nadie y podrás eliminar esta expansión final.
Y quedaba otra cosa más en un rincón. Un sobre de Kodak. Lo abrí con dedos curiosos: las fotos que hice a mi storioni el día en que se lo devolví a Matthias Alpaerts. Ni siquiera recordaba que, después de revelarlas, lo escondí todo en la caja fuerte. Solo tenía presente, y todavía hoy pienso en ello, la incertidumbre, el no saber si había cometido la mayor barbaridad del mundo, si me había dejado embaucar con una crónica excesivamente dramática para ser falsa. Repasé las fotos de una en una: eran de las que llevaban incorporada la fecha en la que se habían hecho. Las repasé: la tapa, el fondo, los aros, la preciosa voluta, las efes; y la que hice acercándome al máximo a la abertura de la efe: casi no se veía la leyenda Laurentius Storioni Cremonensis me fecit del interior. Uf. Pasé la foto y me quedé boquiabierto: la siguiente era una que te habías hecho en el espejo de tu armario. Como un autorretrato, previo tal vez al trabajo de dibujarte. La fecha, dos años antes que las anteriores. ¿Se te olvidó allí? ¿O tal vez empezaste el carrete y se te olvidó que estaba en la cámara, esperando a terminarlo para llevarlo a revelar? Y encontré un par de fotos más, hechas por ti. A Adrià se le empañó la visión y tuvo que hacer un esfuerzo para serenarse. Era él, trabajando, con la cabeza inclinada sobre la mesa, escribiendo. Una foto hecha a escondidas, cuando no nos hablábamos.
Estabas irritada e indignada conmigo, pero me sacaste una foto a escondidas. Ahora me doy cuenta de que no he reflexionado lo suficiente: la discusión debió de causarte más dolor que a mí, porque la iniciaste tú. ¿Y si el ataque vascular te sobrevino por soportar tanta presión?
La tercera foto era de una lámina puesta en el caballete de su estudio. Una lámina que nunca he visto y de la cual Sara nunca me habló. Una lámina salvaguardada en una foto, porque probablemente la había roto en mil pedazos. Pobrecita. Me costó contener las lágrimas y pensé que al día siguiente, si encontraba los clichés, encargaría una
ampliación. La examiné con la lupa de mesa. Eran seis dibujos de aproximación: en busca de un rostro. Seis dibujos gradualmente más completos de medio perfil de la cara de un niño de pecho. No sabría decir si eran con modelo o un ejercicio de recuperación de la cara de Claudine; lo que ella recordaba. O si tuvo la sangre fría de dibujar a su hija muerta. Esa fotografía había estado todo el tiempo en la caja fuerte, con las demás. La fotografía de tu dolor. Porque todavía fuiste capaz de dibujarlo después de haberlo vivido; quizá no sabías que eso es irresistible. Fíjate en Celan. Fíjate en Primo Levi. Escribir, igual que dibujar, es revivir. Y para corroborarlo con un aplauso, sonó el maldito teléfono y me puse a temblar como si estuviera peor de lo que estaba.
Me impuse, por orden de Dalmau, dicho sea de paso, la pesada labor de descolgar el aparato:
—Diga.
—Hola, Adrià. Soy Max.
—Hola.
—¿Qué tal estás?
—Bien.—Cinco segundos—: ¿Y tú?
—Bien. Oye, ¿quieres venir a una cata en el Priorato?
—Pues...
—Es que me he animado a escribir un libro... Con muchas fotos,
¿eh?, no como los tuyos.
—¿Sobre qué?
—Sobre el proceso de la cata...
—Tiene que ser difícil describir sensaciones tan frágiles.
—Los poetas lo hacen.
Ahora le pregunto a ver qué sabe él de Claudine y de esa tristeza de Sara.
—Max Voltes-Epstein, el poeta del vino.
—¿Te animas?
—Oye, quería preguntarte una cosa que... —Se pasó la mano por la cabeza pelada y se contuvo a tiempo—. Bien, de acuerdo, ¿cuándo es?
—Este fin de semana, en el Centre Quim Soler.
—¿Vienes a buscarme?
—Hecho.
Max colgó. No tenía ningún derecho a hurgar en la vida de un hombre bueno como Max. Y tal vez no supiera nada, porque los secretos de Sara podían serlo para todo el mundo. Qué pena: podía haberte ayudado a sobrellevar tu dolor. Eso me suena un poco pretencioso. O a sobrellevar una parte. Me habría gustado ser tu refugio y no pude ni supe serlo lo suficiente. En todo caso, sólo te evité cuatro lloviznas dispersas, pero ninguna tormenta.
Pregunté a Dalmau por la velocidad del proceso, por la prisa que teníamos, por la urgencia, ¿me entiendes? Frunció los labios para ayudarse a pensar.
—Cada caso es diferente.
—Comprenderás que a mí me interesa el mío.
—Hay que hacer pruebas. Lo que tenemos ahora son indicios.
—¿De verdad es irreversible?
—Hasta donde ha llegado la medicina hoy día, sí.
—Putada.
—Sí.
En silencio, el doctor Dalmau miró a su amigo, sentado en el lado opuesto de la mesa de la consulta sin querer hundir la cabeza entre los hombros, pensando a toda prisa, negándose a fijar la vista en los amarillos de Modigliani.
—Todavía estoy activo. Leo bien.
—Tú mismo reconoces que tienes lagunas inexplicables. Que tienes momentos en blanco. Que...
—Sí, sí, sí... Pero eso es normal en la vejez.
—Sesenta y dos años no es la vejez hoy día. Has tenido muchos avisos. Y muchos te han pasado por alto.
—Digamos que éste es el tercero. —Silencio—. ¿Puedes darme una fecha?
—No; no hay fecha. Se trata de un proceso que va a su propio ritmo y es diferente en cada individuo. Te vamos a hacer un seguimiento, pero debes... —Cerró la boca.
—¿Debo qué?
—Tomar tus disposiciones.
—¿A qué te refieres?
—Dejar... arreglados tus asuntos.
—¿Te refieres al testamento?
—Bueno... No sé cómo... No tienes a nadie, ¿no?
—Hombre, tengo amigos.
—No tienes herederos, nadie, Adrià. Tienes que dejarlo todo arreglado.
—Qué bárbaro, tío.
—Sí. Y necesitas contratar a alguien para estar solo el menor tiempo posible.
—Bueno, eso cuando llegue el momento.
—De acuerdo. Pero ven cada quince días.
—Hecho —dije, imitando a Max.
Fue entonces cuando tomé la decisión sobre lo que había comenzado a gestarse la noche del aguacero en Vallcarca. Cogí los tres centenares de folios con los que me había quemado las cejas intentando hablar del mal, que ya sabía que es inefable y misterioso como las creencias, y en el dorso en blanco, a modo de palimpsesto, empecé la carta que creo que voy a terminar ahora al llegar al hic et nunc. A pesar de los esfuerzos de Llorenç, no he usado el ordenador, que yace sumisamente en un rincón de la mesa de escribir. Estos papeles son la realidad de una escritura caótica hecha de muchas lágrimas mezcladas con un poco de tinta.
Todos estos meses he escrito frenéticamente, mirando tu autorretrato y los dos paisajes que me regalaste: tu visión subjetiva de mi Arcadia y el pequeño ábside lobulado de Sant Pere del Burgal. Los he observado de manera obsesiva y conozco todos los detalles, todos los trazos y todas las sombras que los conforman. Y todos los relatos que me han generado. He escrito sin desfallecer delante de éste a modo de altar, erigido con tus dibujos, como si participase en una carrera entre la memoria y el olvido, que será mi primera muerte. He escrito sin pensar, arrojando sobre el papel todo lo narrable y confiando en que después, alguien con vocación de paleontólogo, Bernat si lo acepta, lo descifre para poder entregárselo a no sé quién. Puede que esto sea mi testamento. Muy desordenado, pero testamento.
Comencé con estas palabras: «Hasta anoche, andando por las calles mojadas de Vallcarca, no supe que nacer en semejante familia había sido un error imperdonable». Y una vez escrito, entendí que tenía que empezar por el principio. En el principio siempre ha sido el verbo. Por eso ahora he vuelto al principio y he releído «Hasta anoche, andando por las calles mojadas de Vallcarca, no supe que nacer en semejante familia había sido un error imperdonable». Hace mucho tiempo que viví todas esas cosas; y desde que lo escribí se ha colado mucho tiempo.
Ahora es distinto. Ahora es el día siguiente.
OceanofPDF.com
Después de muchas gestiones en notarías y despachos de abogados y después de informar tres o cuatro veces a los primos de Tona, que no sabían cómo agradecerle el interés y las molestias que se tomaba por Adrià, Bernat se fue a ver a la tal Laura Baylina a Uppsala.
—Qué lástima, pobre Adrià.
— Sí.
—Perdona, pero me entran ganas de llorar.
—Llora, mujer.
—No. ¿Cuál es el encargo de Adrià?
Mientras ella soplaba un té calentísimo, Bernat la informó de los detalles del testamento que la afectaban.
¿Un urgell? ¿El del comedor?
—¿Ah, lo conoces?
—Sí. Estuve en su casa algunas veces.
Por tanto es ella. Cuántas cosas nos escondías, Adrià. Hasta hoy no la he conocido de verdad. Cuántas cosas nos escondemos los amigos, pensó Bernat.
Laura Baylina era guapa, rubia, baja, simpática y dijo que quería pensar si lo aceptaba o no. Bernat le dijo que era un regalo, que no había trampa.
—Impuestos. No sé si podré pagar los impuestos por recibir ese cuadro. O
como se llame la cosa esa de sucesiones. Aquí, en Suecia, tendría que pedir un préstamo, heredar, pagar los impuestos y vender el cuadro para cubrir el préstamo.
Dejó a Baylina con el té todavía humeante, dando vueltas a la decisión, y volvió a Barcelona a tiempo para pedir permiso a gerencia para faltar a dos ensayos por asuntos familiares graves, soportó impertérrito la cara de perro del gerente y cogió un avión hasta Bruselas, el segundo en dos meses.
Era una residencia de la tercera edad, en Amberes. En recepción, sonrió a una mujer gruesa que usaba a la vez el teléfono y el ordenador, esperó a que
terminase la llamada y cuando colgó, él exageró la sonrisa, dijo inglés o francés, la recepcionista contestó inglés y él preguntó por el señor Matthias Alpaerts. La mujer lo miró intrigada. Mejor dicho, lo observó. O esa sensación tuvo él: la de ser atentamente observado.
—¿Por quién dice que pregunta?
—Por el señor Matthias Alpaerts.
La mujer pensó unos momentos. Entonces consultó el ordenador. Estuvo un rato mirándolo. Cogió el teléfono dos veces para pasar llamadas y siguió mirando el ordenador. Hasta que dijo, ¡claro, Alpaerts! Tocó otra tecla, miró la pantalla y miró a Bernat:
—El señor Alpaerts murió en 1997.
—Vaya... Yo...
Estaba a punto de irse, pero se le ocurrió una idea loca.
—¿Podría ver su ficha?
—Usted no es familiar, ¿no?
—No, señora.
—Puedo saber el motivo...
—Quería comprarle un violín.
—¡Ya sé quién es usted! —exclamó, como si se quitara un gran peso de encima.
—¿Yo?
—Segundo violín del cuarteto Antígona. Por unos instantes, Bernat Plensa soñó con la gloria. Sonrió, halagado.
—Qué memoria —dijo por decir algo.
—Soy muy buena fisonomista —respondió—. Además, un hombre tan alto... —Tímidamente—; Pero no recuerdo su nombre.
—Bernat Plensa.
—Bernat Plensa... —Le tendió la mano—: Liliana Moor. Los vi en Gante hace dos meses. Mendelssohn, Schubert, Shostakpvich.
—Pues, en fin... Yo...
—Me gusta sentarme en primera fila, cerca de los músicos.
—¿Usted es profesional de la música?
—No. Sólo soy melómana. ¿Por qué quiere información de Alpaerts?
—Por el violín... —Dudó unos segundos—. Me gustaría verle la cara..., la foto de la ficha. —Sonrió—. Por favor..., Liliana.
La señorita Moor lo pensó unos segundos y en honor al cuarteto Antígona volvió la pantalla hacia Bernat de manera que pudiera verla. En lugar del hombre delgado de ojos lacrimosos, abundante pelo blanco, orejas de elefante y presencia eléctrica que vio durante treinta silenciosos segundos en el despacho de Adrià, cuando fue a dejar el ordenador, en la pantalla plana apareció un hombre triste, pero grueso y calvo, con los ojos redondos, de color azabache, como el pelo de una de sus hijas, no se acordaba de cuál. La madre que los parió.
La recepcionista volvió a poner la pantalla en su posición y Bernat empezó a sudar de angustia. Por si acaso repitió es que quería que me vendiese su violín,
¿sabe?
—El señor Alpaerts nunca tuvo violín.
—¿Cuántos años estuvo aquí?
—Cinco o seis. —Miró la pantalla y se corrigió—: Siete.
—¿Está segura de que el hombre de la foto era Matthias Alpaerts?
—Segurísima. Hace veinte años que trabajo aquí. —Satisfecha—: Las caras las recuerdo todas. Los nombres... es otra cosa.
—Tenía algún familiar que...
—Me refiero a algún familiar lejano que...
—Estaba solo. Su familia murió en la guerra, los mataron a todos. Eran judíos. Sólo sobrevivió él.
—¿Ningún familiar?
—Siempre contaba lo que le había pasado, muy dramático, pobre hombre.
Al final se volvió loco, creo. No paraba de contar siempre lo mismo, lo roía...
—La culpa.
—Sí. Siempre. A todo el mundo. Aquellos sucesos eran su razón de vivir.
Vivir para contar que tenía dos hijas...
—Tres.
—¿Tres? Pues tres hijas, que se llamaban tal, tal y cual, y que...
—Amelietje la del pelo de color azabache, Truu la del pelo del color de la madera del bosque, y Juliet, la pequeña, rubia como el sol.
—¿Es que le conoció? —Con los ojos como platos, asombrada.
—En cierto modo. ¿Hay mucha gente que conozca esa historia?
—Muchos de los clientes de la residencia. Los que todavía viven, claro. Esto sucedió hace unos cuantos años.
—Claro.
—El que lo imitaba muy bien era Bob.
—¿Quién es?
—Fue compañero de habitación de Alpaerts.
—¿Vive?
—Ya lo creo. Nos trae de cabeza. —Bajó el tono de voz, totalmente entregada al segundo violín, alto como una torre, del cuarteto Antígona—: Organiza partidas clandestinas de dominó entre los residentes.
—Podría...
—Sí. Estoy saltándome todas las normas...
—En nombre de la música.
—¡Exacto! En nombre de la música.
En la sala de espera había cinco revistas en neerlandés y una en francés. Y
una reproducción barata de un cuadro de Veermer; una mujer junto a una
ventana que, tomada por sorpresa, miraba a Bernat como si éste fuera a entrar en la estancia del cuadro.
El hombre llegó al cabo de cinco minutos. Delgado, de ojos lacrimosos y abundante pelo blanco. Por la cara que puso, no lo reconoció.
—¿Inglés o francés? —sonrió Bernat.
—Inglés.
—Buenos días.
Bernat tenía ante sí al hombre que una tarde convenció a Adrià... Te lo dije, Adrià, pensó. Te vieron venir de lejos. En lugar de estrangularlo directamente, volvió a sonreír y dijo ¿ha oído hablar de un violín storioni que se llama Vial?
El hombre, sin llegar a sentarse, se dirigió a la puerta. Bernat le impidió salir interponiéndose entre él y la puerta, tapando el umbral con todo su corpachón.
—Usted le robó el violín.
—¿Se puede saber quién es usted?
—Policía.
Sacó el carnet de integrante de la Orquestra Simfónica de Barcelona i Nacional de Catalunya y añadió:
—Interpol.
—Dios mío —dijo el hombre. Y se sentó, derrotado. Y le contó que no lo hizo por dinero.
—¿Cuánto le dieron?
—Cincuenta mil francos.
—Vaya.
—No lo hice por dinero. Y eran francos belgas.
—Entonces ¿por qué lo hizo?
—Matthias Alpaerts no paró de fastidiarme en los cinco años que compartimos habitación. Todos los días me contaba lo de sus hijitas de las narices y su suegra, que estaba acatarrada. Todos los días igual, mirando por la
ventana, sin verme siquiera. Todos los santos días. Entonces, un día se puso enfermo y luego vinieron unos hombres.
—¿Quiénes eran?
—No sé. De Barcelona. Uno delgado y uno joven. Y me dijeron nos han dicho que lo imitas muy bien.
—Soy actor. Retirado, pero actor. Y toco el acordeón y el saxo. Y un poco el piano.
—A ver si es verdad que lo imitas tan bien.
Lo llevaron a un restaurante, lo invitaron a comer y a probar un vino blanco y otro tinto. Y él los miró sin comprender y les preguntó ¿por qué no habláis con el propio Alpaerts?
—Está sentenciado. No durará mucho.
—Qué alivio, no tendré que volver a oír lo de la suegra que tosía.
—¿No le da pena, pobre hombre?
—Matthias dice que hace sesenta años que quiere morirse. ¿Cómo va a darme pena que se muera de una vez?
—A ver, Bob: enséñanos lo que sabes hacer.
Y Bob Mortelmans empezó a decir porque imagínate que estás comiendo con tu Berta, con tu suegra, que está acatarrada, y los tres soles radiantes de la casa, Amelietje, la mayor, que aquel día cumplía siete añitos; Truu, la segunda, que tenía el pelo de color caoba, y Juliet, la pequeña, rubia como el sol. Y que sin más ni más, revientan la puerta de tu casa y aparece un montón de soldados gritando raus, raus, y Amelietje, ¿qué significa raus, papá?, y yo no pude evitarlo y no hice ni un solo gesto para protegerlas.
—Perfecto. Está bien.
—¡Eh, eh, alto! Que sé decir más cosas que...
—He dicho que está perfecto. ¿Quieres ganar un montón de pasta?
Y como dije que sí, me llevaron en avión; lo ensayamos un par de veces en Barcelona, con variantes, pero siempre la verdadera historia de Matthias el
pesado.
—Y, entre tanto, su amigo, enfermo, en cama.
—No era amigo mío. Era un disco rayado. Cuando volví a Amberes ya se había muerto. —Y para quitar hierro al asunto ante el policía alto—: Ya ve cuánto me echaba de menos, ¿entiende?
Bernat no dijo nada. Y Bob Mortelmans intentó acceder a la puerta otra vez.
Bernat, sin levantarse de la silla y sin mover ni un músculo, dijo intente huir y le parto la espalda. ¿Me oye?
—Psí. Perfectamente.
—Usted es un canalla. Le robó el violín.
—Pero él ni siquiera sabía que lo tenía alguien...
—Es usted un canalla. Venderse por cien mil francos...
—No lo hice por dinero. Y eran cincuenta mil. Y belgas.
—Y también robó al desgraciado Adrià Ardèvol.
—¿Quién es ése?
—El señor de Barcelona al que engañó. —Le aseguro que no lo hice por dinero. Bernat lo miró con curiosidad. Hizo un gesto con la cabeza, como invitándolo a seguir hablando, pero Bob calló.
—¿Por qué lo hizo, entonces?
—Fue..., era una oportunidad... Era... el papel de mi vida. Por eso acepté.
—También ha sido el mejor pagado.
—Cierto, pero es que lo bordé. Y además, tuve que improvisar porque el tipo empezó una conversación y entonces, además del monólogo, tuve que improvisar la conversación.
—¿Y qué?
—Que lo conseguí. —Orgulloso—: Supe meterme totalmente dentro de mi personaje.
Bernat pensó ahora lo estrangulo. Y miró alrededor por si había testigos.
Entre tanto, Bob Mortelmans volvió a su papel preferido, alentado por el silencio admirativo del policía. Interpretando, sobreinterpretando un poco:
—Quizá haya sobrevivido hasta hoy, que te lo cuento, porque fui cobarde el día del cumpleaños de Amelietje. O porque un sábado lluvioso, en el barracón, hurté un mendrugo de pan completamente podrido al viejo Moshes, que era de Vilnius. O porque me aparté disimuladamente cuando el Block-führer decidió escarmentarnos y la emprendió a culatazos y el golpe que era para mí mató a un muchachito que...
—¡Basta!
Bernat se levantó y Bob Mortelmans pensó que estaba a punto de zurrarlo.
Se encogió, sentado en la silla, totalmente dispuesto a contestar, así encogido, más preguntas, todas las que quisiera hacerle ese agente de la Interpol.
OceanofPDF.com
Bernat dijo abre la boca, Adrià la abrió como Llorenç cuando tenía un año, y le dio la cucharada y dijo qué bueno, sopa de sémola, ¿eh? Adrià miró a Bernat y no dijo nada.
—¿En qué piensas?
—¿Yo?
—Tú.
—No sé.
—¿Quién soy?
—Éste.
—Toma, otra cucharada. A ver, abre la boca, que es la última. Hala, muy bien.
Abrió la tapadera del segundo plato y dijo oh, qué bien, pollo hervido. ¿Te gusta?
Adrià miró a la pared, indiferente.
—Te quiero, Adrià. Y te ahorro contarte lo del violín.
El lo miró con la mirada de Gertrud, o con la que Adrià veía que Sara lo miraba con la mirada de Gertrud. O con la que Bernat pensaba que Sara miraba a Adrià con la mirada de Gertrud.
—Te quiero —repitió Bernat. Y cogió un bocado pálido y tristón de muslo de pollo y dijo huy qué rico, qué rico. A ver, abre la boca, Llorenç.
Cuando acabó de cenar, llegó Jònatan a buscar la bandeja y le dijo ¿quieres irte a la cama?
—Me encargo yo, si le parece.
—Muy bien: si necesita ayuda, silbe.
Cuando se quedaron solos, Adrià se rascó la calva y sopló. Se fijó en la pared con una mirada vacía. Bernat revolvió en la cartera y sacó un libro.
—El problema del mal —leyó en la portada—. Adrià Ardèvol.
Adrià lo miró a los ojos y después miró la cubierta. Bostezó.
—¿Sabes qué es esto? —¿Yo?
—Sí. Lo has escrito tú. Me pediste que no lo llevase a publicar, pero en la universidad me aseguraron que valía mucho la pena. ¿Te acuerdas de algo?
Silencio. Adrià, incómodo. Bernat le cogió la mano y notó que su amigo se tranquilizaba. Entonces le contó que de la edición se había ocupado la profesora Parera.
—Me parece que ha hecho muy buen trabajo. Y la ha asesorado Johannes Kamenek, que, por lo que he podido constatar, es un tío que trabaja más horas que un reloj. Y te quiere mucho.
Le acarició la mano y Adrià sonrió. Estuvieron así un buen rato, en silencio, como dos enamorados. Adrià posó la mirada en la cubierta del libro con desinterés y bostezó.
—He repartido ejemplares entre tus primos de Tona. Se emocionaron mucho. Van a venir a verte antes de Nochevieja.
—Muy bien. ¿Quiénes son?
—Xevi, Rosa y no me acuerdo de cómo se llama el otro.
—Ah.
—¿Te acuerdas de ellos?
Siempre que le hacía esa pregunta, Adrià chasqueaba la lengua como si estuviese enfadado o tal vez ofendido.
—No sé—reconoció, incómodo.
—¿Quién soy yo? —dijo Bernat por tercera vez esa noche.
—Tú.
—Y cómo me llamo.
—Tú. Como te llames. Wilson. Estoy cansado.
—Pues, hala, a dormir, que ya es bastante tarde. Dejo tu libro en la mesilla de noche.
—Muy bien.
Bernat cogió la silla para acercarla a la cama. Adrià se volvió a medias, un poco asustado. Con timidez:
—Ahora no sé... si tengo que dormir en la silla o en la cama. O en la ventana.
—En la cama, hombre. Estarás más cómodo.
—No, no, no: me parece que es en la ventana.
—Lo que quieras, querido —dijo Bernat, llevando la silla hacia la cama. Y
aún añadió—: Perdóname, perdóname, perdóname.
Lo despertó el frío intenso que entraba por todas las rendijas de la ventana. Todavía estaba oscuro. Chascó el yesquero hasta que consiguió prender el cabo de la vela. Se puso el hábito, se echó encima la capa de viaje y salió al estrecho pasillo. De una de las celdas del lado del cerro de Santa Bárbara salía una claridad vacilante. Con un estremecimiento de frío y pena se encaminó a la iglesia. El cirio que iluminaba el ataúd en el que reposaba fray Josep de Sant Bartomeu se había consumido.
Colocó su vela en lugar del cirio. Al notar la proximidad de la madrugada, los pájaros empezaron a gorjear a pesar del frío. Rezó con fervor un padrenuestro, pensando en la salvación del alma del buen padre prior. El chisporroteo luminoso de la vela producía un efecto extraño en las pinturas del ábside. San Pedro, San Pablo y..., y..., y los otros apóstoles, y la Virgen y el hierático Pantocrátor parecían moverse por la pared al son de una danza reposada y silenciosa.
Pinzones, verderones, mirlos, gorriones y jilgueros cantaban la llegada del nuevo día, como durante siglos habían cantado los monjes las alabanzas al Señor. Pinzones, verderones, mirlos, gorriones y jilgueros parecían gozosos ante la noticia de la muerte del prior de Sant Pere del Burgal. O quizá cantaban de alegría, pues sabían que estaba en el Cielo porque había sido un buen hombre. O quizá los pajarillos de Dios, ajenos a tales zarandajas, cantaban porque no sabían hacer otra
cosa. Dónde estoy. Cinco meses viviendo en la niebla y de cuando en cuando una lucecita que me recordaba tu exist...
—Fray Adrià —oyó detrás de sí. Levantó la cabeza. El hermano Julià se puso a su lado con la vela vacilante.
—Debemos enterrarlo inmediatamente después de maitines —dijo.
—Sí, claro. ¿Han llegado los hombres de Escaló?
—Todavía no.
Se levantó y se puso al lado del monje, mirando al altar. Dónde estoy. Guardó las manos, llenas de sabañones, en las amplias mangas del hábito. No eran pinzones, ni verderones, ni mirlos, ni gorriones ni jilgueros, sino dos monjes tristes porque era el último día de vida monacal en su monasterio, después de tanto tiempo de existencia continuada. Hacía muchos meses que no cantaban; sólo recitaban y dejaban el canto para los pájaros y su alegría inconsciente. Con los ojos cerrados, fray Adrià murmuró las palabras que durante siglos habían servido para romper el Gran Silencio de la noche:
—Domine, labia mea aperies.
—Et proclamabo laudem tuam —respondió fray Julià en el mismo tono de murmullo.
Esa Nochebuena, la primera sin Missa in Nocte, los dos frailes legos sólo pudieron rezar los maitines. Deus, in adiutorium meum intende.
Fue el canto de maitines más triste de todos y cada uno de los centenares de años de vida monástica en Sant Pere del Burgal. Domine, ad adiuvandum me festina.
OceanofPDF.com
La conversación con Tito Carbonell fue inesperadamente distendida.
Mientras pedían, Tito dijo que reconocía su cobardía, que hacía más de un año que no había ido a visitar a zio Adriano a la residencia.
—Inténtelo.
—Es que me da tanta pena... No tengo el temperamento que tiene usted. —
Cogiendo la carta y haciendo una seña al camarero—: Por cierto, le agradezco el tiempo y el esfuerzo que le dedica.
—Lo considero una obligación de amigo.
Tito Carbonell lo guió diestramente por los recovecos de la carta, pidieron y comieron el primer plato con pocos comentarios. Y con un silencio un poco incómodo cuando ya no quedaba nada en el plato. Hasta que Tito se decidió a romperlo:
—¿Y qué desea, exactamente?
—Hablar del Vial.
—¿El Vial? ¿El violín de zio Adriano?
—Sí. Hace unos meses fui a Amberes a ver al señor Bob Mortelmans.
Tito recibió las palabras con una risa alegre.
—¡Creía que jamás me lo diría! —contestó—. ¿Qué quiere saber que pueda contarle yo?
Esperaron a que les llevasen el segundo plato; entonces, puesto que Bernat seguía en silencio, mirándolo a los ojos, Tito dijo:
—Sí, sí, fue idea mía; brillante, sí. Como conozco a zio Adriano, sabía que con la ayuda del señor Mortelmans todo sería más fácil. —he señaló con el cuchillo —. ¡Y no me equivoqué!
Bernat comía en silencio, mirándolo sin decir nada. Tito Carbonell prosiguió:
—Sí, sí, el señor Berenguer vendió el violín storioni al mejor postor; sí, nos enriquecimos; ¿le gusta este bacalao?; ¿a que es el mejor que ha
comido en su vida? Sí, es que era una pena tener encerrado un violín tan bueno. ¿Sabe quién nos lo compró?
—¿Quién? —Se notó demasiado que la pregunta le salió del estómago como un rugido.
—Joshua Mack. —Tito esperó alguna reacción de Bernat, que hacía esfuerzos titánicos para dominarse—. ¿Ve? Ha terminado en manos de un judío.
—Riéndose—: Hemos hecho justicia, ¿no?
Bernat contó hasta diez para no cometer un disparate. Por soltar un poco de rabia dijo usted me da asco. Tito Carbonell ni se inmutó.
—Y me da lo mismo lo que haga Mack. Te confieso que en esta operación sólo he buscado dinero.
—Pero ahora yo voy a denunciarlo —dijo Bernat, mirándolo con toda la rabia en los ojos —. Y no piense que puede comprarme.
Tito Carbonell masticó, atento a lo que comía; se secó los labios con la servilleta, tomó un brevísimo trago de vino y sonrió.
—¿Comprarlo, yo? ¿A usted? —Chasqueó los labios, disgustado—. No pienso darle ni un duro por su silencio.
—Tampoco lo aceptaría. Lo hago por la memoria de mi amigo.
—Más vale que no me venga con discursos, señor Plensa.
—¿Le molesta que tenga principios?
—No, qué va. Es muy bonito. Pero sepa que sé lo que tengo que saber.
Bernat lo miró a los ojos. Tito Carbonell volvió a sonreír y dijo yo también he movido mis piezas.
—No lo entiendo.
—Hace como un mes que su editor trabaja en su nuevo libro.
—Me temo que no es asunto suyo.
—¡Ya lo creo! ¡Incluso salgo en él! Con otro nombre y como personaje secundario, pero salgo.
—Cómo sabe que...
Tito Carbonell se acercó, se puso justo enfrente de Bernat y dijo ¿es una novela o una autobiografía? Si la ha escrito zio Adriano, es una autobiografía; si la ha escrito usted, es una novela. Tengo entendido que los retoques que le ha hecho son tan nimios... Lástima que haya cambiado todos los nombres... Será difícil saber quién es quién. El único nombre que ha conservado es el de Adrià.
Qué curioso. Pero, como usted tiene el descaro de apropiarse de todo el texto, la conclusión es que se trata de una novela. —Chasqueó la lengua como si estuviese preocupado—. Y entonces resulta que todos somos pura ficción. ¡Incluso yo! —Se palpó el cuerpo y meneó la cabeza—. ¿Qué puedo decirle? Me da una rabia...
Dejó la servilleta encima de la mesa, serio de repente:
—Es decir: no me venga con principios.
Bernat Plensa se quedó con un trozo de bacalao en la boca, que se le secó de pronto. Oyó decir a Tito me he quedado con la mitad de los beneficios de la venta del violín, pero usted se ha quedado con el libro entero. Con la vida entera de zio Adriano.
Tito Carbonell se echó hacia atrás en la silla y observó atentamente a Bernat.
Continuó:
—Sé que el libro, supuestamente escrito por usted, sale a la venta dentro de un par de meses. Usted dirá si convocamos una rueda de prensa o prescindimos de ella.
Separó los brazos, invitándolo a decidirse. Como Bernat no se movía, prosiguió:
—¿Quiere postre? —Llamó al camarero chasqueando los dedos—. El flan es sensacional.
OceanofPDF.com
Bernat entró en la cinquantaquattro cuando Wilson terminó de poner unas zapatillas deportivas novísimas a Adrià, que estaba sentado en una silla de ruedas.
—Mire qué guapo está —dijo el enfermero.
—Guapísimo. Gracias, Wilson. Hola, Adrià.
Adrià no se dio por aludido. Parecía que sonreía, ha habitación estaba como siempre, aunque hacía mucho tiempo que no entraba allí.
—Te he traído esto —dijo.
Le dió un libro grueso. Adrià lo cogió con cierto temor. Miró a Bernat sin saber muy bien qué hacer con él.
—Lo he escrito yo —le dijo—. Todavía está fresco de la imprenta.
—Ah, qué bien —dijo Adrià.
—Puedes quedártelo. Y perdóname, perdóname, perdóname.
Adrià, al ver al desconocido con la cabeza gacha y casi llorando, se echó a llorar.
—¿Es culpa mía?
—No, qué va. Lloro porque... Cosas que pasan, ya ves.
—Perdone. —Lo miró con preocupación—. Ande, no llore, señor.
Bernat sacó una funda de CD del bolsillo, sacó el disco y lo puso en el reproductor de Adrià. le cogió las manos y le dijo escucha esto, Adrià: es tu violín. Prokófiev. El segundo concierto. Empezó a oírse el lamento que Joshua Mack había arrancado al storioni de Adrià. Estuvieron veintisiete minutos así.
Con las manos cogidas, escuchando hasta los aplausos de la grabación en directo.
—Te regalo este disco. Di a Wilson que es tuyo.
—¡¡Wilson!!
—No hace falta, ahora no. Ya se lo diré yo.
—¡¡Chico!! —insistió Adrià.
Como si estuviera esperando el momento, como si estuviera espiando, Wilson se asomó a la habitación.
—¿Qué hay? ¿Está bien?
—Sólo era..., que le he traído este disco y también este libro. ¿De acuerdo?
—Tengo sueño.
—¡Rey, pero si acabo de vestirte!
—Me hago caca.
—Ah, qué pesado eres. —A Bernat—: ¿Nos permite? Son cinco minutos.
Bernat salió al pasillo con el libro. Se dirigió a la terraza y lo hojeó. Una sombra se puso a su lado:
—Bien, ¿no? —El doctor Valls señalaba el libro—: Es suyo, ¿verdad?
—Lo ha...
—¡Uf ! —lo interrumpió el médico—: No tengo tiempo para leer. —Y como si fuese una amenaza—: Pero le aseguro que algún día lo leeré. —Haciéndose el simpático—: No entiendo nada de literatura, pero mi crítica será implacable.
Ése no me preocupa, pensó Bernat viendo alejarse al médico. El zumbido del móvil. Se puso en un rincón de la terraza porque estaba prohibido usar el móvil en la clínica.
—Dime.
—¿Dónde estás?
—En el hospital.
—¿Quieres que vaya?
—No, no, no —dijo con un pequeño exceso de precipitación—. A las dos estoy en tu casa.
—¿De verdad no quieres que vaya?
—No, no, no... No hace falta, de verdad.
—Bernat.
—Qué.
—Estoy orgullosa de ti.
—Yo... ¿Por qué?
—Acabo de terminar el libro. Por lo poco que sé, has captado la manera de ser de tu amigo...
—Pueees... gracias, de verdad. —Rehaciéndose—: A las dos estoy en tu casa.
—No echo el arroz hasta que llegues.
—Muy bien, Xènia: ahora tengo que colgar.
—Dale un beso de mi parte.
En el momento en que desconectó, mientras pensaba con perplejidad en la figura imposible de la botella de Klein, Wilson sacó a Adrià a la terraza en la silla de ruedas. Adrià se puso una mano a modo de visera, como si hiciese un sol deslumbrante.
—Hola —dijo Bernat. A Wilson—: Me lo llevo al rincón de la glicinia.
Wilson se encogió de hombros y Bernat empujó a Adrià hasta el rincón de las glicinias. Desde allí se veía una buena porción de la ciudad de Barcelona, con el mar al fondo. Klein. Se sentó y abrió el libro por las últimas páginas. Y leyó Hace mucho tiempo que viví todas esas cosas; y desde que lo escribí se ha escurrido mucho tiempo. Ahora es distinto. Ahora es el día siguiente.
¿Y por qué he contado todo esto? Porque si fray Miquel no hubiera tenido mala conciencia ante las crueldades del santo Inquisidor, no habría huido y no se habría convertido en fray Julià, el que llevaba las semillas de arce en el bolsillo, y Guillaume-François Vial no habría vendido su storioni a la familia Arcan por un precio exorbitante.
—Un storioni.
—No conozco ese nombre.
—¡No me digáis que no habéis oído hablar de Laurent Storioni!
—No.
—Proveedor de la corte de Baviera y de Weimar —improvisó.
—Un desconocido para mí. ¿No tenéis nada de Ceruti o de Pressenda?
—¡Por el amor de Dios! —monsieur Vial, exageradamente escandalizado—. ¡Pressenda aprendió el oficio con Storioni!
—¿Y de Stainer?
—Ahora no tengo nada suyo. —Señaló el violín que reposaba en la mesa—. Probadlo. Las horas que queráis, heer Arcan.
Nicolás Arcan se quitó la peluca y cogió el violín con una mueca de disgusto o tal vez de menosprecio, pero muriéndose de ganas de probarlo. Empezó a decir cosas con su arco habitual; unos dedos agilísimos y una posición extraña al tocar, pero un sonido extraordinario casi desde la primera nota. Guillaume-François Vial tuvo que pasar por la humillación de ver a un violinista flamenco tocar de memoria una de las sonatas del aborrecible tontón Leclair; pero no delató ningún sentimiento porque se jugaba una venta. Al cabo de una hora, con la calva y la frente sudadas, Nicolás Arcan devolvió el violín a Guillaume-François Vial, quien daba por sentado que lo había convencido.
—No. No me gusta —dijo el violinista.
—Quince mil florines.
—No tengo intención de comprarlo.
Monsieur Vial se levantó y cogió el instrumento. Lo guardó cuidadosamente en su estuche, que todavía tenía una mancha oscura de origen desconocido.
—Tengo un cliente a una hora y media de Amberes. ¿Me disculpáis que me vaya sin saludar a la señora?
—Diez mil.
—Quince mil.
—Trece.
—Catorce mil.
—Hecho, monsieur Vial. —Y con el precio ya fijado, Heer Arcan reconoció en voz baja—: Sonoridad excepcional.
Vial dejó el estuche en la mesa y volvió a abrirlo. Vio la mirada encandilada de Heer Arcan, quien murmuró para sí:
—Sólo sé una cosa: que este instrumento dará muchas alegrías.
Nicolás Arcan envejeció al lado del violín y se lo legó a su hija, que era clavecinista, y ésta, a su sobrino Néstor, el compositor de las famosas estampas, y Néstor a su hijo y el hijo a un sobrino y así hasta que, al cabo de muchos decenios, Jules Arcan cometió una serie de errores en Bolsa y tuvo que echar a perder el patrimonio. Y la suegra que siempre tosía vivía en Amberes, como Arcan. Buenísimo de sonido, de proporciones, de tacto, de figura... Un cremona auténtico. Y si mi padre hubiera tenido escrúpulos, si Voigt hubiera sido un hombre honorable y no hubiera mostrado interés por el violín; si..., yo no estaría contándote todo esto. Si no hubiera tenido el storioni, no me habría hecho amigo de Bernat. Ni te habría conocido en un concierto en París.
Yo sería otro y ahora no estaría hablando contigo. Ya lo sé: te lo he contado todo desordenado: pero es que mi cabeza también está un poco desamueblada. He llegado justo hasta aquí, sin muchas posibilidades de repasar todo lo que te he escrito. No me veo capaz de mirar atrás; por un lado, porque cuando escribía algunas partes, lloraba; y por otro, porque noto que cada día desaparece una silla o una cornucopia de mi cabeza. Y me estoy convirtiendo en un personaje de Hopper, que mira por la ventana o por la vida con la mirada vacía y la lengua pastosa de tanto tabaco y whisky.
Bernat miró a Adrià, que parecía entretenido con una hoja de glicinia que le quedaba cerca de la cabeza. Tras cierta vacilación, se atrevió a decir:
—¿Te suena esto que te estoy leyendo?
Adrià dudó unos instantes y, con aire culpable, respondió:
—¿Tiene que sonarme, señor?
—No soy un señor: soy Bernat.
—Bernat.
Pero la hoja de glicinia era más interesante. Y Bernat siguió leyendo desde donde lo había dejado, que era cuando Adrià decía quiero decirte una cosa que me obsesiona, querida mía: después de pasarme la vida intentando reflexionar sobre la historia cultural de la humanidad y tocar bien un instrumento que no se deja tocar, quiero decirte que somos, todos nosotros, nosotros y nuestros afectos, una pputa casualidad. Y que los hechos se entrelazan con los actos y los sucesos; y las personas chocamos, nos encontramos o nos desconocemos y nos pasamos por alto también por casualidad. El azar lo es todo; o quizá nada es azaroso, sino que ya está dibujado. No sé con qué afirmación quedarme porque ambas son ciertas. Y si no creo en Dios tampoco puedo creer en un plan previo, se llame destino o como se llame.
Querida: es tarde, es de noche. Escribo mirando tu autorretrato, que conserva tu esencia porque tú sabías captarla. Y mirando los dos paisajes de mi vida. Un vecino, Carreres, el del tercero, me imagino, el alto y rubio, ¿te acuerdas?, está cerrando la puerta del ascensor y hace demasiado ruido para la hora que es. Adiós, Carreres. Todos estos meses he estado escribiendo en la otra cara del manuscrito, intentando reflexionar, sin suerte, sobre el mal. Lástima de tiempo que he dilapidado en ello. Papel garabateado por las dos caras. En una cara, la reflexión fallida: en la otra, la narración de mis hechos y mis temores.
Te he podido decir mil cosas de mi vida, inexactas pero verdaderas. Y
puedo contarte y puedo conjeturar o inventar cosas sobre la vida de mis padres, a quienes he odiado, juzgado y menospreciado y ahora añoro un poco.
Esta narración es para ti, para que estés viva en algún lugar, aunque sólo sea en mi relato. No es para mí, que no llego a mañana. Estoy como Anicius Manlius Torquatus Severinus Boethius, que nació en Roma hacia el cuatrocientos setenta y cinco, que fue cubierto de honores por dedicar la vida al estudio de la filosofía de los clásicos; me doctoré en mil novecientos setenta y seis en la Universidad de Tübingen y después ejercí la docencia en la Universitat de Barcelona, a un cuarto de hora de casa a pie. He publicado varias obras, fruto de mis
reflexiones en voz alta en clase. He sido designado para cargos políticos, que son los que me han llevado de la fama a la desgracia y me han encerrado en una prisión en el Ager Calventianus de Pavía cuando todavía no se llamaba Pavía; espero con ansia el veredicto de los jueces, aunque sé que será la sentencia de muerte. Por eso paso el tiempo escribiendo De consolatione philosophiae mientras espero a que llegue el final escribiéndote estas memorias, que no pueden llamarse de ninguna otra manera más que como se llaman. Mi muerte será lenta, no como la de Boecio. Mi emperador asesino no se llama Teodorico sino Alzheimer el Grande.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa; me lo enseñaron en el colegio, a mí, que no estoy ni bautizado, me parece. Y
me lo aderezaron con un cuento increíble sobre el pecado original. Soy culpable de todos los terremotos, incendios e inundaciones de la Historia. No sé dónde está Dios. Ni el mío, ni el tuyo ni el de los Epstein. La sensación de soledad es muy lacerante, querida, queridísima mía.
No hay redención para el pecador. Como mucho, el perdón de la víctima. Pero a menudo tampoco con el perdón se puede vivir. Müss eligió la reparación sin esperar el perdón de nadie; ni de Dios. Creo que soy culpable de muchas cosas y he procurado seguir viviendo. Confíteor.
Escribo con mucha dificultad, cansado, desorientado, porque empiezo a tener lapsus preocupantes. Por lo que me da a entender el médico, cuando estas hojas estén impresas, querida mía, seré un vegetal incapaz de pedir a alguien que, ya que no por amor, al menos por compasión, me ayude a dejar de vivir.
Bernat miró a su amigo y éste respondió silenciosamente. Por unos momentos se asustó, porque le pareció la mirada de Gertrud. A pesar de todo, continuó leyendo he escrito todo esto en un intento desesperado de retenerte. He descendido a los infiernos de la memoria y los dioses me han permitido rescatarte con una condición imposible de cumplir.
Ahora entiendo a la mujer de Lot, que también volvió la mirada atrás en un mal momento. Juro que miré atrás para procurar que no tropezases con el escalón irregular de la escalera. Los dioses implacables
del Hades te han devuelto al infierno de la muerte. No he sabido resucitarte, querida Euridice.
—Euridice.
—¿Qué?
—No, nada, perdone.
Bernat se calló unos minutos. Sudor frío. Espanto.
—¿Tú me entiendes?
—¿Eh?
—¿Sabes lo que es esto que te leo?
—No.
—¿De verdad?
—¡Chicoooo!
—Un momento —se decidió Bernat—. Vuelvo enseguida. —Sin ninguna ironía—: Tú no te muevas. Y no llames a Wilson, que ahora vuelvo.
—¡Wilson!
Con el corazón a punto de salírsele por la boca, Bernat irrumpió bruscamente, sin pedir permiso, en el despacho del médico y espetó al doctor Valls, me ha corregido una pronunciación incorrecta.
El doctor levantó la cabeza del documento que estaba leyendo. Tardó unos segundos en procesar la información, como si se le hubiese contagiado la lentitud de los enfermos:
—Un acto reflejo. —Miró sus papeles y después a Bernat—. El señor Ardèvol no puede recordar nada. Ahora ya no. Es pura casualidad, desgraciadamente para todos nosotros.
—Pero ha dicho Euridice cuando yo he dicho Euridice.
—Casualidad. Le aseguro que es casualidad.
Bernat volvió junto a su amigo, al rincón de las glicinias y dijo perdóname, Adrià: estoy muy nervioso porque...
Adrià lo miró un poco de reojo.
—¿Eso es bueno o malo? —respondió, un poco asustado.
Bernat pensó pobre amigo mío, toda la vida razonando y pensando y ahora sólo puede formular una pregunta sobre la moral. Es bueno o malo. Como si la vida se resumiese en hacer el bien o no hacerlo. Puede que tenga razón. No sé.
Se quedaron otro rato en silencio hasta que Bernat, en voz alta y clara, reanudó la lectura en ahora ya he llegado al final. Han sido unos meses de escritura intensa, de repaso de la vida; he tenido tiempo de terminarla, pero ya no me quedan fuerzas para ordenarla como mandan los cánones. El médico me dijo que se me iría apagando la luz poco a poco, a una velocidad que no podía predecir porque cada caso es distinto.
Hemos decidido, mientras todavía sea yo, que..., ésta, como se llame..., pues que haga jornada completa, porque dicen que tienen que vigilarme. Y pronto habrá que contratar a dos personas más para completar el ciclo... ¿Ves en lo que gasto el dinero de la venta de la tienda? He decidido que, mientras me quede un hilo de conocimiento, no quiero separarme de mis libros. Cuando lo pierda todo, me temo que me dará igual. Como no estás tú para cuidarme, como Lola Xica se fue con prisa hace ya muchos años..., he tenido que hacer yo mismo los preparativos. En la residencia de Collserola, cerca de mi querida Barcelona, cuidarán de mi cuerpo cuando me haya ido a un mundo que no sé si es de tinieblas. Me aseguran que no echaré de menos la lectura.
No deja de ser irónico que me haya pasado la vida procurando ser consciente de los pasos que daba; toda la vida cargando con mis culpas, que son muchas, y las de toda la humanidad, y al final me iré sin saber que me voy. Adiós, Adrià. Me lo digo ahora, por si acaso. Miro alrededor, el despacho en el que tantas horas he pasado. «Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos...», [6] dice el emperador Adriano antes de morir. Pequeña alma.
Alma tierna y flotante, Sara, compañera de mi cuerpo: primero te has ido tú a los lugares pálidos, helados y desnudos. Qué putada. Cojo el teléfono y dejo de escribir. Marco el número de móvil de mi amigo: hace meses que no sé nada de él, aquí encerrado, escribiéndote.
—¡Hola! Soy Adrià. ¿Qué tal estás? Vaya, ¿estabas durmiendo? No:
¿qué hora es? ¿Qué? ¿Las cuatro de la ma...? ¡Ay, perdona!... Vaya..., oye, quiero pedirte un favor y contarte un par de cosas. Sí. Sí. No, si puedes venir mañana..., bueno, hoy. Hombre, mejor que vengas tú, sí. A la hora que te convenga, por supuesto. No me moveré. Sí, sí. Gracias.
Acabo de contar lo que estoy viviendo hic et nunc. He tenido que escribir esto último en presente, cosa que me da mucha angustia. Estoy prácticamente en el final de mi texto. Fuera, los rosados dedos de la aurora pintan el cielo todavía oscuro. Tengo las manos ateridas de frío.
Retiro las hojas escritas, el tintero y el recado de escribir y miro por la ventana. Qué frío, qué soledad. Los hermanos de Gerri subirán por el senderillo que vislumbraré cuando la aurora gane la batalla. Miro el Cofre Sacro y pienso que no hay nada más triste que tener que dar por extinto un monasterio que no ha dejado nunca de cantar alabanzas a Dios. No puedo dejar de creerme culpable de este desastre, querida. Sí, ya lo sé. Todos hemos de morir... Pero tú, gracias a la generosidad de mi amigo, que ha tenido la paciencia de serlo durante tantos años, tú seguirás viviendo en estas líneas cada vez que alguien lea estas páginas.
Y un día, me dicen, también se me deteriorará el cuerpo. Perdóname, pero como Orfeo, no he podido ir más allá. La resurrección está reservada sólo a los dioses. Confíteor, querida mía. Leshana Haba'ah B'Ierushalayim. Ahora es mañana.
Esta larga carta que te he escrito ha llegado al final. Je n'ai fait celle-ci plus longue que parce que je n'ai pas eu le loisir de la faire plus courte.
Después de tantos días intensos, ha llegado el descanso. Entrada de otoño. Madrugada, final de balance. Ahora es mañana para siempre. He encendido el televisor y he visto al hombre del tiempo con cara de sueño; me ha asegurado que en las próximas horas habrá un descenso súbito de las temperaturas y chubascos esporádicos. Me ha hecho pensar en la Szymborska, que decía que aunque el sol predominaría en la mayor parte del territorio, a los que sigan vivos todavía les será muy útil el paraguas. A mí, por descontado, no me hará ninguna falta.
OceanofPDF.com