Yo confieso

Jaume Cabre · Capítulo 42 de 60

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Yo confieso

Capítulo 42

Volví de Tübingen hinchado como un globo y engallado como un pavo real. Miraba a la Humanidad desde tan arriba que me preguntaba, admirado, cómo podía vivir el resto del mundo tan a ras de suelo. Hasta que fui a tomar un café al bar de la facultad.

—Eh, hola.

Todavía más guapa. Me había puesto a su lado sin darme cuenta.

—Hola, ¿qué haces?

Sí, todavía más guapa. Hacía unos meses que se había dulcificado la irritación que se esforzaba en mostrar cuando estábamos cerca. Por aburrimiento, a lo mejor. O porque le rodaban bien las cosas.

—Bien. ¿Y tú? Bueno, muy bien en Alemania, ¿no?

—Sí.

—Pero a mí me gusta más La voluntat estètica. Mucho más.

Sorbito de café. Me gustó esa declaración de principios. —A mí también; pero que no salga de aquí. Silencio. Ahora un sorbito de café yo; ahora un sorbito de cortado ella.

—Eres muy bueno —dijo al cabo de un rato.

—¿Cómo?

—Ya está dicho. Eres muy bueno.

—Gracias. Yo...

—No. Más vale que no lo estropees. Dedícate a pensar y a escribir un libro de vez en cuando. Pero no toques a las personas, pasa de largo,

¿entiendes?

Se acabó el cortado de un trago. Me moría por pedirle que se explicara un poco más, pero comprendí que era una tontería hurgar en

esa cuestión. Sobre todo teniendo en cuenta que todavía no te había dicho nada de Laura. No te había dicho nada de ella, aunque podía haberlo hecho sin problemas. Y ella, sin hacerme ningún reproche, me elogió. Hacía un mes que, debido a las reformas, había elegido la mesa de enfrente de la mía, ahora que por fin tenía una para mí solo. Debía acostumbrarme a sostener con Laura una relación distinta. Incluso pensé que, de ese modo, me evitaría tener que hablarte de ella.

—Gracias, Laura —dije.

Dio unos golpecitos en la barra con los nudillos y se marchó. Esperé un poco para no coincidir con ella subiendo las escaleras. Pero me pareció bien que Laura no me mirase con mala cara. Y Omedes me había dicho Laura Baylina, ¿sabes quién digo, una rubita muy mona, que te la comerías? Pues da unas clases sensacionales. Se ha metido a todo el mundo en el bolsillo. Pues me alegro mucho, pensé. Y también pensé seguro que todas las putadas que le he hecho la han ayudado a mejorar. A Omedes le dije que ya me lo habían comentado; de cuando en cuando tiene que haber algún profesor bueno, ¿no es eso?

Adrià Ardèvol se levantó y dio cuatro vueltas por el espacioso despacho. Pensaba en los comentarios que había hecho Laura por la mañana. Se paró frente a los incunables y se dijo que no sabía por qué estudiaba sin parar. Se debía a una sed insólita de comprender el mundo. De comprender la vida. Yo qué sé. Y no pensó más porque oyó rinrinríiin. Esperó un rato, abriría Lola Xica, volvió a sentarse ante su Lewis y leyó cuatro renglones de la reflexión sobre el realismo en literatura.

—Jau.

—Qué.

—Caterina.

—Rinrinríin.

Levantó la cabeza. Caterina se habrá ido ya. Miró la hora. Las siete y media de la tarde, más o menos. Dejó a Lewis con pesar.

Abrió la puerta; era Bernat, con una bolsa de deporte en la mano, y le dijo hola, ¿puedo pasar?, y entró antes de que él le dijese pasa, hombre, pasa.

Al cabo de una hora larga llegó Sara; desde el recibidor, en voz alta y alegre dijo ¡dos cuentos de los Grimm!, cerró la puerta y entró en el despacho cargada de láminas, diciendo ¿no has puesto la verdura al fuego?

—Ah, hola, Bernat —añadió. Y se fijó en la bolsa de deporte.

—Es que... —dijo Adrià.

Sara lo entendió e invitó a Bernat a cenar. Lo dijo como si fuese una orden. A Adrià: seis ilustraciones cada cuento. Y salió a descargarse de las láminas y a poner la cazuela al fuego. Bernat miró tímidamente a Adrià.

—Instálate en la habitación de invitados —dijo Sara para romper el silencio; estaban los tres ante el monasterio de Santa Maria de Gerri, que incluso de noche recibía la luz del sol desde el lado de Trespui. Los dos hombres, atónitos, levantaron la cabeza del plato de verdura.

—Bueno, me imagino que vienes a quedarte unos días, ¿no?

La verdad, Sara, es que Bernat todavía no me lo había pedido. Sabía que quería hacerlo, pero me resistía no sé por qué. Tal vez me molestaba que no tuviera el valor de pedírmelo.

—Si no tenéis inconveniente.

Siempre me habría gustado ser tan directa como tú, Sara. En cambio, soy incapaz de agarrar el toro por los cuernos. Y eso que se trataba de mi mejor amigo. Y, una vez aclarado lo más importante, la cena transcurrió en un ambiente más relajado. Y Bernat se vio obligado

a contarnos que él no quiere separarse, pero cada día discutimos más y me duele por Llorenç, que...

—¿Cuántos años tiene?

—No sé. Diecisiete o dieciocho.

—Ya es mayorcito, ¿no? —dije yo.

—¿Mayorcito para qué? —replicó Bernat a la defensiva.

—Por si os separáis.

—A mí lo que me preocupa —dijo Sara— es que no sepas la edad de tu hijo.

—Ya te he dicho que diecisiete o dieciocho.

—¿Tiene diecisiete o tiene dieciocho?

—Bueno...

—¿Qué día es su cumpleaños?

Silencio culpable. Y tú, que cuando quieres encontrar los tres pies al gato, no hay quien te pare, insististe:

—A ver, en qué año nació.

Después de pensar un rato, Bernat dijo mil novecientos setenta y siete.

—¿Verano, otoño, invierno, primavera?

—Verano.

—Tiene diecisiete años. Voilá.

No te ensañaste, pero podías haberla emprendido contra un hombre que no sabe la edad de su hijo y que pobre Tecla, con un tío tan distraído que sólo piensa en lo suyo, como si todos estuviéramos a su servicio, ¿no es eso?, y cosas por el estilo. En cambio, te limitaste a mover la cabeza y te guardaste los comentarios. Acabamos de cenar en paz. Sara se retiró pronto y nos dejó solos, que era una manera de animarme a hacerle hablar.

—Sepárate —le dije.

—Es culpa mía. No sé ni la edad de mi hijo.

—A ver, en serio: sepárate y procura ser feliz.

—No podría. Me roería la culpa.

—¿Culpa de qué?

—De todo. ¿Qué estás leyendo?

—Lewis.

—¿Quién?

—Clive Staples Lewis. Un sabio.

—Ah. —Bernat hojeó el libro y lo dejó en la mesa. Miró a Adrià y dijo es que todavía la quiero.

—¿Y ella te quiere?

—Me parece que sí.

—De acuerdo. Pero os hacéis daño y se lo hacéis a Llorenç.

—Ay, es que... No tiene importancia.

—Por eso te has fugado de casa, ¿no?

Bernat se sentó a la mesa, se tapó la cara con las manos y se puso a llorar a borbotones, inconteniblemente. La llantina duró un buen rato; yo no sabía qué hacer, si acercarme, si abrazarlo, si darle golpecitos en la espalda o si contarle un chiste. No hice nada. Es decir, sí. Aparté el libro de C. S. Lewis para que no se mojase. A veces me aborrezco.

Me abrió Tecla y se quedó mirándome en silencio. Me invitó a pasar y cerró la puerta.

—¿Cómo se encuentra?

—Está desorientado, deshecho. ¿Y tú?

—Desorientada. Deshecha. ¿Vienes a hacer de intermediario?

La verdad es que Adrià nunca tuvo muchas cosas de que hablar con Tecla. Eran muy diferentes, ella tenía una mirada muy inquieta y era muy guapa. A veces parecía que lamentase ser tan guapa. En ese momento llevaba el pelo recogido en una cola improvisada y de buena gana le habría dado un beso de tornillo. Cruzó los brazos en actitud modesta y me miró a los ojos, como invitándome a desembuchar de una vez, hombre, a decir que Bernat estaba deshecho y que suplica de rodillas volver a casa; que entiende lo insoportable que es y que procurará hacer lo imposible para..., y que sí, sí, ya lo sé, se marchó dando un portazo, es él quien se fue y no tú que... Pero pide, suplica de rodillas que le dejes volver porque no puede vivir sin ti y...

—Venía a buscar el violín.

Tecla se quedó petrificada unos segundos y, cuando reaccionó, se fue por el pasillo un poco ofendida, creo. Mientras desaparecía, me dio tiempo a decir y las partituras... Están en una carpeta azul, la gruesa...

Volvió con el violín y una gruesa carpeta que dejó en la mesa del comedor, quizá con demasiada fuerza. Estaba mucho más ofendida de lo que me parecía. Entendí que era improcedente hacer reflexiones de ninguna clase y me limité a coger el violín y la carpeta gruesa.

—Lamento mucho todo esto —dije al despedirme.

—Yo también —dijo ella al cerrar la puerta. El portazo también fue un poco más fuerte de lo debido. En ese momento subía Llorenç los escalones de dos en dos con una bolsa de deporte en la espalda. Me metí en el ascensor antes de que el chico viese quién era el que se escondía de manera tan vergonzosa. Ya lo sé, soy un cobarde.

El segundo día, por la tarde, Bernat estudió; por fin volvió a oírse un violín solvente entre las cuatro paredes de casa. Adrià, en el despacho, miraba al techo para oír mejor. Bernat, en la habitación, llenaba el patio de luces de sonatas de Enescu. Y por la noche me pidió el storioni y lo

hizo llorar veinte o treinta deliciosos minutos. Interpretó unas sonatas de tontón Leclair, pero esta vez él solo. Se me ocurrió que debía regalarle el Vial. Que él sí que le sacaba provecho. Pero me contuve a tiempo.

No sé si la música ayudó. El caso es que después de cenar charlamos los tres largo y tendido. Excepcionalmente, Sara habló de su tío Haïm y de ahí pasamos a la banalidad del mal, porque hacía poco que había leído yo ávidamente a Arendt y me rondaban por la cabeza unas cuantas cosas a las que no sabía dar salida.

—¿Por qué te preocupa? —dijo Bernat.

—Si el mal puede ser gratuito, estamos apañados.

—No entiendo.

—Si yo puedo hacer daño porque sí y no pasa nada, la humanidad no tiene futuro.

—Te refieres al crimen sin motivo, sin más ni más.

—Un crimen sin más ni más es la cosa más inhumana que puedas imaginarte. Veo a un hombre esperando el autobús y lo mato. Horrible.

—¿El odio justifica el crimen?

—No, pero lo explica. El crimen gratuito, además de horroroso, es inexplicable.

—¿Y un crimen en nombre de Dios? —intervino Sara.

—Es gratuito, pero con coartada subjetiva.

—¿Y si es en nombre de la libertad? ¿O del progreso? ¿O del futuro?

—Matar en nombre de Dios o del futuro es lo mismo. Cuando la justificación es ideológica, desaparecen la empatia y el sentimiento de compasión. Se mata fríamente, sin que la conciencia se vea afectada.

Como en el crimen gratuito de un psicópata.

Se callaron un rato, no se miraban a los ojos, como si la conversación los desanimara.

—Hay cosas que no sé explicar —dijo Adrià con voz lúgubre—. La crueldad. La justificación de la crueldad. Cosas que no me explico, si no es por la narración.

—¿Por qué no lo intentas? —me dijiste, mirándome con tus ojos que todavía me taladran.

—No sé escribir —dijo Bernat.

—No te burles, que no estoy en condiciones.

La conversación languideció y nos fuimos a dormir. Recuerdo, querida, que fue el día en que me decidí. Estuve una hora con los ojos como platos, me levanté sin hacer ruido y volví al despacho. Cogí la pluma y unos folios en blanco e intenté remediarlo empezando muy lejos, con la idea de acercarme a nosotros poco a poco, y escribí que las piedras no sean muy pequeñas, porque entonces son inofensivas. Pero tampoco muy grandes, porque entonces abreviarían excesivamente el suplicio del culpable. Porque estamos hablando de castigar a culpables, no lo olvidemos nunca. Que todos los hombres buenos que levantan el dedo, deseosos de participar en una lapidación, sepan que la falta se expía por el sufrimiento. Así es. Siempre lo ha sido. Por tanto, si hieren a la mujer adúltera, si le vacían un ojo, si se muestran insensibles a su llanto, complacen al Altísimo, el Dios Unico, el Compasivo, el infinitamente Misericordioso.

Alí Bahr no se presentó voluntario: era el acusador y por tanto, tenía el privilegio de tirar la primera piedra. Ante él la infame Amani, enterrada en un agujero, mostrando sólo su impúdico rostro, lloroso ahora, repetía desde hacía mucho rato no me matéis, Alí Bahr os ha mentido. Y Alí Bahr, impaciente, incomodado por las palabras que profería la culpable, se adelantó a la señal del qadi y tiró la primera piedra, a ver si esa ramera se calla de una pputa vez, loado sea el Altísimo. Y la piedra que debía hacer callar a la ramera avanzaba tan despacio..., como él cuando entró en casa de Amani so pretexto de venderle un cesto de dátiles, y Amani, al ver entrar a un hombre, se cubrió el rostro con el trapo de cocina que llevaba en las manos y dijo qué hacéis aquí y quién sois.

—Vengo a vender estos dátiles a Azizzadeh Alfalati, el comerciante.

—No está; no volverá hasta la noche.

Eso era lo que Alí Bahr deseaba que le confirmasen. Además, había podido verle el rostro: más bella, mucho más bella de lo que le habían dicho en el hostal de Murrabash. Las mujeres blasfemas suelen ser más bellas. Alí Bahr dejó el cesto de dátiles en el suelo.

—No los hemos pedido —dijo ella, desconfiada—. No tengo potestad para...

Él avanzó dos pasos hacia la mujer y, abriendo los brazos, con seriedad, dijo sólo quiero desenmascarar tu secreto, pequeña Amani.

Con los ojos chispeantes, concluyó secamente:

—Vengo en nombre del Altísimo para confundir a la blasfemia.

—¿Qué queréis decir? —asustada, la bella Amani.

Se acercó más a la muchacha.

—Me veo obligado a buscar tu secreto.

—¿Mi secreto?

—Tu blasfemia.

—No sé de qué me habláis. Mi padre... Él... Él os pedirá explicaciones.

Alí Bahr no pudo disimular el chispear de los ojos. Dijo secamente:

—Desnúdate, perra blasfema.

La insidiosa Amani, en lugar de obedecer, huyó hacia el interior de la casa y Alí Bahr se vio obligado a seguirla y a agarrarla por el cuello.

Y cuando ella pidió auxilio a gritos, tuvo que taparle la boca con una mano mientras que con la otra tiraba de la ropa para sacar el pecado a la luz.

—¡Mira, blasfema!

Y, al arrancarle la medalla que llevaba colgada, le abrió un surco de sangre alrededor del cuello.

El hombre miró la medalla. Una figura humana: una mujer con un niño en brazos y al fondo un árbol frondoso y desconocido. Por el otro lado, unas letras cristianas. Es decir, que era cierto lo que murmuraban las mujeres sobre la bella Amani: adoraba a dioses falsos o, al menos, desobedecía la ley de no labrar, esculpir, dibujar, pintar, comprar, ponerse, poseer u ocultar ninguna figura humana, nunca, en ninguna circunstancia, loado sea el Altísimo.

Guardó la medalla entre los pliegues de la ropa porque sabía que le daría un buen rendimiento si se la vendía a los mercaderes que iban de paso hacia el mar Rojo y Egipto y, con tranquilidad de espíritu, porque no había labrado, esculpido ni dibujado, ni pintado, comprado, llevado, lucido ni ocultado ningún objeto con una figura humana incorporada.

En esos pensamientos estaba, cuando, después de guardarse el colgante, se fijó en las partes del lascivo cuerpo de la bella Amani, puro pecado todo él, que habían quedado al descubierto entre los desgarrones del vestido. Con razón decían algunos hombres que debajo de esas ropas insinuantes sólo podía haber un cuerpo excepcional.

Se oyó entonces a lo lejos la voz del muftí, que llamaba al pueblo a la oración del Zuhr.

—Si gritas te mato. No me pongas en un aprieto —le advirtió.

La obligó a inclinarse, apoyada en el estante de los botes de grano, por fin desnuda, resplandeciente, sollozante. Y la muy cochina permitió que Alí Bahr la penetrase y fue un placer que no encontraré ni cuando llegue al paraíso, si no fuese porque la mujer no dejaba de sollozar, y me confié demasiado y cerré los ojos llevado por las olas del placer infinito, alabado..., en fin.

—Entonces noté un pinchazo horrible y al abrir los ojos e incorporarme, honorable qadi, vi sobre mí sus ojos de loca y la mano que todavía sostenía el pincho que me había clavado. Tuve que interrumpir la oración del Zuhr a causa del dolor.

—¿Y por qué motivo creéis que os agredió cuando estabais absorto en plena oración?

—Creo que quería hurtarme el cesto de dátiles.

—¿Y cómo has dicho que se llama esa mujer?

—Amani.

—Hacedla venir —dijo a los gemelos.

Sonaron las doce y después la una en el campanario de la Concepció. Hacía dos horas que el tráfico había disminuido y Adrià no quiso levantarse ni para ir al retrete ni para prepararse una manzanilla.

Quería saber qué diría el qadi.

—En primer lugar has de saber —dijo el qadi con paciencia— que quien hace las preguntas soy yo. Y después, recuerda que si mientes lo pagarás con la vida. Contesta:

—Honorable qadi: un hombre que no conozco entró en casa.

—Con un cesto de dátiles.

—Sí.

—Quería vendértelo.

—Sí.

—¿Y por qué no quisiste comprárselo?

—Mi padre no me ha dado autorización.

—¿Quién es tu padre?

—Azizzadeh Alfalati, el comerciante. Y además, tampoco tengo dinero para comprar nada.

—¿Dónde está tu padre?

—Lo han obligado a echarme de casa y a no llorar por mí.

—¿Por qué?

—Porque he sido deshonrada.

—¿Y lo manifiestas con toda tranquilidad?

—Honorable qadi: me habéis dicho que no mienta porque me va la vida en ello.

—¿Por qué te has deshonrado?

—He sido violada.

—¿Por quién?

—Por el hombre que quería venderme los dátiles. Su nombre es Alí Bahr.

—¿Y por qué lo ha hecho?

—Preguntádselo a él. Yo no lo sé.

—No eres nadie para decirme lo que tengo que hacer.

—Perdonad, honorable qadi —dijo ella agachando la cabeza todavía más—. Es que no sé por qué lo ha hecho.

—¿Te insinuaste?

—No. ¡Jamás! Soy una mujer modesta.

Silencio. El qadi la observaba atentamente. Al final, ella levantó la cabeza y dijo ya lo sé: era porque quería robarme una joya que yo llevaba.

—¿Cuál?

—Un colgante.

—Enséñamelo.

—No puedo. Me lo robó. Y después me violó.

Cuando Alí Bahr compareció por segunda vez ante el bondadoso qadi, éste esperó pacientemente a que se llevaran a la mujer de su presencia. Después de que los gemelos cerrasen la puerta, dijo en voz baja ¿qué hay de un colgante que has robado, Alí Bahr?

—¿Colgante? ¿Yo?

—¿No has robado un colgante a Amani?

—¡Qué mentirosa! —Levantó los brazos—: Registradme la ropa, señor.

—O sea que es mentira.

—Una mentira asquerosa. No tiene joyas, sino un pincho para clavárselo a quien, dentro de su casa, interrumpe la conversación para atender a la oración del Zuhr, o quizá la de Asr, pues ya no recuerdo el momento con exactitud.

—¿Dónde está el pincho?

Alí Bahr sacó el pincho que llevaba oculto entre la ropa y lo presentó con las manos extendidas, como si hiciera una ofrenda al Altísimo.

—Con esto me agredió, bondadoso qadi.

El qadi cogió el pincho, uno de los que sirven para ensartar trozos de carne de cordero, lo examinó y, con un movimiento de cabeza, ordenó a Alí Bahr que saliera. Meditando, esperó a que los gemelos llevaran de nuevo a su presencia a la asesina Amani. Le enseñó el pincho:

—¿Es tuyo? —dijo.

—¡Sí! ¿Cómo lo tenéis?

—¿Confiesas que es tuyo?

—Sí. Tuve que defenderme del hombre que...

El qadi se dirigió a los gemelos que sostenían la pared del fondo de la estancia:

—Llevaos esta carroña —les dijo, sin gritar, cansado de tener que soportar tanta maldad en el mundo.

El comerciante Azizzadeh Alfalati fue conminado a no verter ni una lágrima, porque llorar por una mujer lapidada es un pecado que ofende al Altísimo. Y tampoco podía manifestar ninguna muestra de duelo, loado sea el Misericordioso. Tampoco le permitieron despedirse, ya que, como hombre bueno que era, hubo de repudiarla al saber que se había

dejado violar. Azizzadeh se encerró en su casa y nadie pudo saber si lloró o si habló con su esposa, muerta hacía muchos años.

Y por fin la primera piedra, ni muy pequeña, ni muy grande, acompañada de un rugido de rabia que le reavivó el dolor que notaba en el vientre desde el pinchazo asesino, alcanzó la mejilla izquierda de Amani, la puta, que seguía diciendo a voces Alí Bahr me violó y me robó. ¡Padre! ¡Padre mío! Lut, no me hagas daño, que tú y yo...

¡Socorro! ¿Hay algún hombre compasivo aquí? Pero la piedra de su amigo Lut la tocó en la sien y la aturdió, a ella, que estaba hundida en el agujero sin poder mover las manos ni defenderse. Y Lut se enorgulleció de su buena puntería, como Drago Gradnik. Empezaron a llover piedras, ni muy grandes ni muy chicas, arrojadas por las manos de los doce voluntarios, y la cara de Amani se tiñó de color rojo, como el colorete que algunas rameras se ponen en los labios para llamar la atención de los hombres y hacerles perder el juicio. Alí Bahr no tiró más piedras porque Amani ya no gritaba y le había mirado a los ojos. Lo había traspasado, clavado, ensartado con la mirada, como Gertrud, exactamente como Gertrud, y el dolor del vientre se encarnizó más aún.

La bella Amani ya no podía llorar porque una piedra le había reventado un ojo. Y una piedra mayor y puntiaguda le acertó en la boca y la niña se atragantaba con sus propios dientes rotos, y lo que más le dolía era que los doce hombres justos no parasen de tirarle piedras y si alguno no acertaba, a pesar de la corta distancia, ahogaba una maldición y procuraba atinar mejor con la siguiente piedra. Y los nombres de los doce hombres justos eran Ibrahim, Báqir, Lut, Marwan, Táhar, Uqba, Idris, Zuhayr, Hunayn, otro Táhar, otro Báqir y Máhir, alabado sea el Altísimo, el Compasivo, el Misericordioso. Azizzadeh oía desde su casa los rugidos de los doce voluntarios y sabía que tres de ellos eran del pueblo, compañeros de juegos de su hija en la infancia, hasta que a ella le vinieron las sangres y tuvo que esconderla, alabado sea el Misericordioso. Y cuando oyó un aullido general entendió que su Amani, después de un sufrimiento atroz, había expirado. Entonces empujó el taburete con el pie y cayó el cuerpo por su propio peso, sujeto por el cuello con una cuerda de embalar forraje. El cuerpo bailó las convulsiones de la asfixia y todavía no se habían extinguido los aullidos

de la turba, cuando Azizzadeh murió y partió en busca de su hija, para llevarla ante su lejana esposa. El cuerpo sin vida del desventurado Azizzadeh Alfalati se orinó encima de un cesto de dátiles, en el vestíbulo de la tienda. Y unos callejones más allá, Amani, con el cuello roto por una piedra muy gruesa, ¡os advertí que tan grandes no! ¿Veis?

Ya está muerta. ¿Quién ha sido? Y los doce voluntarios señalaron a Alí Bahr, que lo había hecho porque no aguantaba más la mirada ciega de la ramera que lo miraba con el único ojo que le quedaba, como si ésa fuese su venganza: regalarle una mirada que no podría quitarse de encima ni en vela ni en sueños. Y aún escribí que Alí Bahr, sin demora al día siguiente, se presentó en la caravana de mercaderes, que partiría hacia la Alejandría de Egipto a comerciar con marineros cristianos, pues la ciudad había caído en manos de los británicos. Alí Bahr se acercó al que le pareció más decidido y abrió la mano ante él procurando que no lo viera nadie del pueblo. El mercader echó una ojeada y cogió el colgante para verlo mejor, pero Alí Bahr le pidió prudencia con un gesto, el mercader lo entendió y se arrimaron a un camello que estaba tumbado. A pesar de las leyes, a pesar de las palabras santas del Corán, la compraventa le interesaba. El comerciante miró detenidamente el colgante y pasó los dedos por la medalla como si la limpiara.

—Es de oro —dijo Alí Bahr—. Y la cadena también.

—Ya lo sé. Pero es robado.

—¿¡Qué dices!? ¿Quieres ofenderme?

—Tómatelo como quieras.

Le devolvió el colgante de la bella Amani, pero Alí Bahr no quiso cogerlo y negó con la cabeza, separando las manos del cuerpo, porque seguramente el oro empezaba a quemarle las entrañas. Tuvo que aceptar el precio que le ofreció el mercader. Cuando el vendedor se fue, el comprador se quedó mirando la medalla. Letras cristianas. En Alejandría se la quitarían de las manos. La acarició con satisfacción, como si quisiera limpiarle la suciedad acumulada. Estuvo un rato

pensando, apartó la lámpara de aceite con la que se había iluminado y dijo, mirando al joven Brocia:

—Esta medalla... la conozco.

—Bueno, es... la Virgen de Moena, creo.

—Santa Maria dai Ciüf. —Le dio la vuelta para que el joven viese la otra cara—: De Pardàc, ¿ves?

—¿De verdad?

—No sabes leer. ¿Eres un Mureda?

—Sí, señor —mintió el joven Brocia—. Necesito dinero para irme a Venecia.

—Los Mureda sois culos de mal asiento. —Sin dejar de examinar la medalla, añadió—: ¿Quieres ser marinero?

—Sí. E irme muy lejos. Al África.

—Te persiguen, ¿no?

El joyero dejó la medalla en la mesa y lo miró a los ojos.

—¿Qué has hecho? —preguntó.

—Nada. ¿Cuánto me dais?

—¿Sabes que el mar se mueve más cuanto más de tierra adentro eres?

—¿Cuánto me dais por la medalla, padrino?

—Guárdatela para cuando lleguen los momentos malos, hijo.

Instintivamente, el joven Brocia echó una mirada rápida al taller del curioso judío. Estaban solos.

—Quiero dinero ahora, ¿me entendéis?

—¿Qué ha sido de Jachiam Mureda? —con curiosidad el viejo orfebre de la Plana.

—Está con los suyos, con Agno, Jenn, Max, Hermes, Josef, Theodor, Micurà, Use, Erica, Katharina, Matilde, Gretchen y la

cieguecita Bettina.

—Me alegro. Sinceramente.

—Yo también. Están todos muy juntitos bajo tierra, comidos por los gusanos y, cuando no encuentren qué comer, les roerán el alma. —Le arrebató el colgante de las manos—: ¿Me compráis la medalla de una pputa vez o saco el cuchillo?

En esos momentos las campanas de la Concepció dieron las tres de la madrugada y Adrià pensó mañana no me tendré en pie.

Como un grano de arena, el drama empieza también con un gesto inocuo, sin importancia. Fue el comentario de Adrià el día después de las lapidaciones, a la hora de la cena, y añadió, bueno, ¿ya lo has pensado?

—¿A qué te refieres?

—Pues, eso... En fin, que o vuelves a casa o/O me busco una pensión. De acuerdo.

—Oye, no te enfades. Sólo quiero saber a qué atenerme..., ¿qué?

—¿Es que te corre prisa? —me cortaste tú, altiva, seca, totalmente a favor de Bernat.

—Nada, nada, no he dicho nada.

—No os preocupéis. Mañana me voy.

Bernat miró a Sara y dijo os estoy muy agradecido por estos días de acogida.

—Bernat, no pretendía...

—Mañana, después del ensayo, paso a buscar mis cosas. —Con una mano cortó mi ademán de excusa—. Tienes razón, ya es hora de mover el culo. —Nos sonrió—. Estaba apalancándome.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Vuelves a casa?

—No sé. Esta noche tomaré una decisión.

Mientras Bernat lo pensaba, A Adrià se le hacía muy pesado el silencio de Sara, que estaba poniéndose el pijama y luego se lavó los dientes. Si mal no recuerdo, sólo te había visto tan enfadada en otra ocasión. Por eso me refugié en Horacio. Echado en la cama, leía Solvitur acris hiems grata vice veris et Favoni / trahuntque siccas machinae carinas...

—Te has lucido, ¿eh? —dijo Sara, dolida, al entrar en la habitación.

ac ñeque iam stabulis gaudet pecus aut arator igni. Adrià levantó la vista de los epodos y dijo ¿qué?

—Que te has lucido con tu amigo.

—¿Por qué?

—Si sois taaan amigos...

—Lo somos, por eso siempre le digo la verdad.

—Como él, que te dice que admira tu sabiduría y que está orgulloso de que las universidades europeas te reclaman y de que tu nombre se esté consolidando y...

—Me encantaría poder decir otro tanto de él. De su música puedo decirlo, pero no me hace caso. Y volvió a Horacio y leyó ac neque iam stabulis gaudet pecus aut arator igni / nec prata canis albicant pruinis.

—Muy bien. Fantástico. Merveilleux.

—¿Qué? —Adrià volvió a levantar la cabeza sin dejar de pensar nec prata cani albicant pruinis. Sara lo miraba sulfurada. Iba a decir una cosa pero prefirió salir de la habitación. Entornó la puerta con rabia, pero sin hacer ruido. Hasta cuando te enfadabas lo hacías con discreción. Excepto aquel otro día. Adrià se quedó mirando la puerta entornada sin ser plenamente consciente de lo que pasaba. Porque le venía a la memoria como un torrente tumultuoso, ofendido por ser

pretérito tanto tiempo, el dum gravis Cyclopum / Volcanus ardens visit officinas.

—¿Qué? —dijo Sara abriendo la puerta sin soltar el pomo.

—Nada, disculpa. Estaba pensando en voz alta.

Ella volvió a entornar la puerta. Debía de estar de pie al otro lado.

No le gustaba ir por casa en camisón cuando había extraños. Yo no sabía que estabas debatiéndote entre ser fiel a una palabra o ponerme verde. Optó por ser fiel a su palabra y volvió a entrar, se metió en la cama y me dio las buenas noches.

¿Para quién te recoges la rubia cabellera con sencilla elegancia?, pensó Adrià absurdamente, mirando con perplejidad a Sara, que estaba de espaldas, enfadada por no sé qué, con la melena negra suelta sobre la espalda. Con sencilla elegancia. No sabía qué pensar y opté por cerrar el libro de las odas y apagar la luz. Estuve mucho rato con los ojos abiertos.

Al día siguiente, cuando Sara y Adrià se levantaron a la hora de siempre, no había rastro de Bernat, ni del violín y las partituras ni de su ropa. Sólo una nota en la mesa de la cocina que decía gracias, queridos amigos. De verdad, gracias. Dejo en la habitación las sábanas usadas, dobladas encima de la cama. Se había marchado completamente y me sentó muy mal.

—Jau.

—Qué.

—Has metido la pata hasta el corvejón, querido compañero de cacería.

—No te he preguntado nada.

—Pero la has metido hasta el fondo. ¿Verdad, Carson?

Adrià sólo oyó el desagradable ruidito del escupitajo desdeñoso del valeroso sheriff al estamparse en el suelo.

Curiosamente, Sara no me reprochó nada cuando se dio cuenta de la fuga de Bernat. La vida siguió su curso, pero yo tardé muchos años en atar cabos.

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