Yo confieso
Capítulo 49
Adrià no sabía qué hacer y no hizo nada. Sara lo había abandonado otra vez; pero ahora sabía por qué. Y sólo era una huida momentánea.
¿Momentánea? Para no cavilar más, se sumergió en el trabajo, pero le costaba concentrarse en lo que sería la redacción definitiva de Llull, Vico, Berlín, tres organitzadors de les idees, un título denso, pero tenía la necesidad íntima de escribir para alejarse de su Història del pensament europeu, que lo abrumaba por haberle dedicado muchos años, tal vez, o por las ilusiones que había puesto en ella, o porque habían hecho mención de ella personas a las que admiraba... La unidad, una de las unidades del libro, la daba el devenir histórico. Y reescribió los tres ensayos desde el principio. Hacía meses que trabajaba en ello. Me puse a hacerlo, querida mía, el día que vi en televisión las escalofriantes imágenes del edificio de Oklahoma City reventado por una bomba que había puesto Timothy McVeigh. No te dije nada porque esas cosas vale más hacerlas y después, si acaso, hablarlas. Me puse manos a la obra porque siempre he creído que los que matan en nombre de algo no tienen derecho a ensuciar la historia. Ciento sesenta y ocho muertos causó Timothy McVeigh. Y miles de desgracias, penas y sufrimientos que no aparecen en las estadísticas. ¿En nombre de qué intransigencia, Timothy? Y no sé cómo, me imaginé a otro intransigente con otra clase de intransigencia, y le pregunté, ¿por qué este destrozo, Timothy, si Dios es Amor?
—El gobierno americano que se vaya a tomar por el culo.
—Timothy, hijo: ¿qué religión practicas? —terció Vico.
—Dar por el saco a los que echan a perder el país.
—Eso es nula religión —paciente Ramón Llull—. Las religiones conocidas son tres, Timothy: esto es, el judaismo, que es un error terrible y que me perdone el señor Berlin; el Islam, que es la creencia errónea de los infieles enemigos de la Iglesia, y el cristianismo, que es la
única, justa y verdadera, porque es la religión del Buen Dios, que es Amor.
—No te entiendo, abuelo. Yo mato al gobierno.
—Y los cuarenta seres cuya vida has truncado, ¿son gobierno? —
Berlin, limpiándose las gafas con el pañuelo.
—Daños colaterales.
—Ahora soy yo quien no te entiende.
—1:1.
—¿Qué?
—Uno a uno.
—El coronel que no detiene la matanza de mujeres y niños de un poblado —dictaminó Vico— es reo de condena.
—Y si mata a los hombres, ¿no? —Berlin, burlón, a su colega, poniéndose las gafas.
—¿Por qué no os vais todos a tomar por el culo, eh?
—Este muchacho tiene una obsesión verbal con el culo —observó Llull, muy asombrado.
—El que a hierro mata, a hierro muere, Timothy —recordó Vico por si acaso. Y estaba a punto de especificar el versículo de Mateo, pero no se acordaba porque hacía mucho tiempo de todo.
—¿Queréis hacer el puto favor de dejarme en paz, viejos chochos y pedorros, cojones?
—Mañana te matarán, Tim —rememoró Llull.
—168:1.
Y empezó a difuminarse.
—¿Qué ha dicho? ¿Habéis entendido algo?
—Sí. Ciento sesenta y ocho, dos puntos, uno.
—Parece cabalística.
—No. Este muchacho nunca ha oído hablar de la cabala.
—Ciento sesenta y ocho a uno.
Llull, Vico, Berlin fue un libro febril, rápido de escribir, pero me dejó exhausto porque todos los días, al levantarme y al acostarme, abría el armario de Sara y la ropa seguía allí. Escribir así es muy difícil. Y un día terminé de escribirlo, que no es lo mismo que terminarlo. Y a Adrià le entraron ganas de tirar todos los folios por el balcón. Pero se limitó a decir Sara, ubi es? Y entonces, tras unos minutos de silencio, en lugar de salir al balcón, hizo una pila con los folios, la dejó en un rincón de la mesa, dijo salgo, Lola Xica, sin darse cuenta de que Caterina ya no estaba, y se encaminó a la universidad como si fuera el lugar idóneo para distraerse.
—¿Qué haces?
Laura se volvió. Por la manera de andar, parecía estar tomando medidas al claustro.
—Pienso.
—Ah. ¿Y tú?
—Me distraigo.
—¿Qué tal el libro?
—Acabo de terminarlo.
—¡Ahí va! —dijo ella, contenta.
Le cogió de las dos manos pero inmediatamente se soltó como si le diera calambre.
—Pero no estoy nada seguro. Es imposible unir tres personalidades tan fuertes.
—¿Lo has acabado o no?
—Bueno, sí. Pero ahora tengo que leerlo todo y encontraré muchos obstáculos.
—Es decir, que no está acabado.
—No. Lo he escrito. Ahora sólo tengo que acabarlo. Y no sé si es publicable, la verdad.
—No te rindas, cobarde.
Laura le sonrió con una mirada que lo turbó un poco. Sobre todo por la razón que tenía llamándolo cobarde.
Al cabo de diez días, a mediados de julio, fue Todo, con su cachaza, quien le dijo oye, Ardèvol, al final sigues con el libro o no. Estaban los dos en el primer piso, mirando desde arriba el claustro soleado, en el que había muy pocos estudiantes.
Me cuesta escribir porque Sara no está.
—No lo sé.
—Coño, pues si no lo sabes tú...
No está; hemos reñido por una mierda de violín.
—Me cuesta unir unas personalidades tan..., tan...
—Tan rotundas, sí. Ésa es la versión oficial que conoce todo el mundo —interrumpió Todo.
¿Por qué no me dejáis tranquilo, coño?
—¿Versión oficial? ¿Y cómo sabe la gente que estoy escribiendo...?
—Eres la estrella, muchacho.
La madre que te parió.
Otro silencio largo. Las largas conversaciones de Ardèvol estaban llenas de silencios, según fuentes solventes.
—Llull, Vico, Berlin —recitó Todo volviendo de muy lejos.
—Sí.
—Hostia. Vico y Llull, todavía: pero ¿Berlin? No, no, por favor, déjame tranquilo, pesado de las narices.
—Los une la voluntad de ordenar el mundo por el estudio.
—Arrea. Puede ser interesante.
Por eso me he puesto a ello, imbécil de los cojones, que me haces hablar mal y todo.
—Pero me parece que voy a tardar bastante. Y no sé si podré acabarlo: considéralo versión oficial.
Todo se apoyó en el pretil de piedra.
—¿Sabes una cosa? —dijo después de una larga pausa—. Me gustaría mucho que lo consiguieras. —Lo miró de soslayo—: Me vendría muy bien leer algo así.
Le dio un golpecito en el brazo en señal de complicidad y se fue a su despacho, en la esquina del claustro. Abajo, una pareja cruzaba el claustro de la mano, ajena al resto del mundo, y Adrià la envidió. Sabía que si Todo le había dicho me vendría muy bien leer algo así no era para darle coba y aún menos porque conviniera mucho a su espíritu leer un libro en el que se relacionase lo irrelacionable y se pugnase por demostrar que los grandes pensadores hacían lo mismo que Tolstoi pero con las ideas. Todo tenía un espíritu de poco gramaje y si anhelaba el libro que todavía no existía era porque desde hacía unos años estaba obsesionado con minar la posición del doctor Bassas en su departamento y en la universidad y la mejor manera de hacerlo era crear nuevos ídolos de cualquier disciplina. Si no fuera por ti, hasta me habría halagado que me utilizaran los demás en su lucha por el poder.
El violín es de la familia, Sara. No puedo hacer esto a mi padre. Murió por culpa de este violín ¿y ahora quieres que se lo regale a un desconocido que dice que es suyo? Y si no lo entiendes es porque con la cuestión judía vas a piñón fijo. Y te dejas embaucar por maleantes como Tito y el señor Berenguer. Eloí, Eloí, lammá sabactani.
A solas en el despacho, se le ocurrió de repente. O mejor dicho, se decidió de una vez. Debía de ser la euforia del libro casi acabado.
Marcó un número y esperó pacientemente, pensando que esté, que esté, que esté porque si no... Miró el reloj: casi la una. Seguro que los pillaba comiendo.
—Diga.
—Max, soy Adrià.
—Dime.
—¿Puede ponerse?
Ligera vacilación.
—A ver. Un momento.
¡Significaba que estaba allí! No había huido a París, al huitiéme arrondissement, no se había marchado a Israel. Mi Sara todavía estaba en Cadaqués. Mi Sara no había querido alejarse mucho... Al otro lado del aparato, silencio todavía. No se oían pasos ni murmullo de conversaciones. Fueron muchos larguísimos segundos. La voz era de Max otra vez:
—Oye, dice que... Lo siento, chico... Dice que te pregunte si has devuelto el violín.
—No; quiero hablar con ella.
—Es que... Entonces dice... que no quiere ponerse.
Adrià sujetaba el teléfono con mucha fuerza. De pronto se le secó la garganta. No encontró palabras. Como si Max lo hubiera adivinado, dijo lo siento, Adrià. De verdad.
—Gracias, Max.
Y colgó en el momento en que se abría la puerta del despacho.
Laura se extrañó al verlo allí. En silencio, fue hacia su mesa y estuvo unos minutos revolviendo en los cajones. Adrià no había cambiado apenas de posición mientras, mirando al vacío, oía las delicadas palabras del hermano de Sara como si fueran una sentencia de muerte.
Al cabo de unos minutos suspiró con brusquedad y miró a Laura.
—¿Estás bien? —dijo ella al tiempo que recogía unas carpetas muy abultadas, como las que siempre cargaba de un lado a otro.
—Desde luego. Te invito a comer.
No sé por qué lo dije. No fue por vengarme de nada. Me parece que fue porque quería demostrar a Laura y al mundo entero que no pasaba nada, que todo estaba controlado.
Sentado enfrente de los ojos azules y la piel perfecta de Laura, Adrià se dejó la mitad de la pasta en el plato. Prácticamente ninguno de los dos abrió la boca. Laura le llenó el vaso de agua y él se lo agradeció sin palabras.
—¿Qué? ¿Qué tal van las cosas? —dijo Adrià poniendo cara de simpático, como si hubiesen abierto la veda para charlar.
—Bien. Me voy quince días al Algarve.
—Me alegro. Todo está un poco chiflado, ¿no?
—¿Por qué?
Unos minutos después llegaron a la conclusión de que en efecto, estaba un poco tocado; y que era preferible que no cuentes nada de mi libro, que todavía no existe, porque no hay nada más desagradable que escribir sabiendo que todo el mundo está pendiente de si podrás unir a Vico con Llull y todo eso.
—Hablo demasiado, ya lo sé.
Y para demostrarlo, le contó que había conocido a una gente estupenda y que habían quedado en el Algarve, porque estaban dando la vuelta a la península en bicicleta y...
—¿Tú también vas en bicicleta?
—Ya no tengo edad para esas cosas. Voy a tumbarme a la bartola, a desconectar de los malos rollos de la facultad.
—Y a ligar un poquillo.
Ella no contestó, pero le echó una mirada tan elocuente que supo lo que pasaba, porque las mujeres tenéis una capacidad para entender las cosas que siempre he envidiado.
No qué decirte, Sara. Pero fue así. El piso de Laura, diminuto, siempre pulcro, estaba un poco desordenado. Un desorden controlado, sobre todo en el dormitorio. Un desorden nada caótico, el propio de quien está a punto de salir de viaje. Montoncitos de ropa, exposición de zapatos, un par de guías turísticas y una máquina de fotos. Como el perro y el gato, se pusieron a fingir que.
—¿Es electrónica? —dijo Adrià, cogiendo la máquina con desconfianza.
—Aja. Digital.
—Tú siempre a la última con los inventos. Sin sentarse, Laura se quitó los zapatos y se puso unas chancletas o algo así que le quedaban monísimas.
—Seguro que tú todavía te apañas con una Leica.
—No tengo cámara. Nunca he tenido.
—¿Y los recuerdos?
—Aquí. —Adrià se señaló la cabeza—. No fallan. Y están siempre a disposición.
Lo dije sin ironía porque soy incapaz de predecir el futuro de nadie.
—Aquí caben doscientas fotos. —Le cogió la máquina con un gesto que quería disimular impaciencia y la dejó en la mesilla de noche, al lado del teléfono.
—Bravo —dijo él, desinteresado.
—Y luego puedo descargarlas en el ordenador. Así las veo más que en un álbum.
—Bravissimo. Pero para eso hace falta tener ordenador.
Laura se plantó enfrente de él, desafiante.
—¿Qué? —dijo, los brazos en jarras—. ¿Ahora quieres que dé una conferencia sobre la calidad de las fotos digitales?
Adrià la miró a los ojos, tan azules, y la abrazó. Estuvieron así mucho rato y lloré un poco. Por suerte, ella no lo notaba.
—¿Por qué lloras?
—No lloro.
—Mentiroso. ¿Por qué lloras?
A media tarde habían puesto su grano de arena para convertir en caos el desorden del dormitorio. Estuvieron mucho rato tumbados, mirando al techo. Laura se fijó en la medalla de Adrià.
—¿Por qué la llevas siempre?
—Porque sí.
—Pero si no crees en...
—Me sirve para recordar.
—¿Recordar qué?
—No sé.
Entonces sonó el teléfono. Sonaba en la mesilla de noche del lado de Laura. Se miraron con sensación de culpabilidad, preguntándose el uno al otro en silencio si esperaban alguna llamada. Laura no se movió, apoyada la cabeza en el pecho de Adrià, ambos oyendo el teléfono, que insistía monótonamente. Adrià miraba el pelo de Laura esperando que ella se moviese. Nada. El teléfono siguió sonando.
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