Yo confieso
Capítulo 22
Adrià estaba pensando en que le gustaría ser capaz de escribir algo parecido a Griechische Geistesgeschichte. Eso era un posible modelo de futuro: pensar y escribir como Nestle. Y muchas cosas más, porque fueron unos meses intensos, iniciáticos, vivos, heroicos, irrepetibles, épicos, magníficos, soberbios, pensando y viviendo en Sara, que le multiplicaba la energía y las ganas de estudiar, sólo estudiar, abstraído de las cotidianas cargas policiales contra todo lo que sonase a estudiante, que era sinónimo de comunista, masón, catalanista y judío, las cuatro grandes lacras que el franquismo intentaba extirpar a golpe de porra o a tiros. Esa negrura no existía para nosotros, que nos pasábamos el día estudiando, mirando al futuro, mirándote profundamente a los ojos y diciendo te quiero Sara, te quiero, Sara, te quiero, Sara.
—Jau.
—Qué.
—Te repites.
—Te quiero, Sara.
—Yo también, Adrià.
Nunc et semper. Adrià suspiró, satisfecho. ¿Estaba satisfecho? A menudo incluso me preguntaba si la vida me satisfacía. Aquellos meses, esperando a Sara, hube de reconocer que sí, que lo estaba, que me hacía ilusión vivir porque al cabo de un par de minutos aparecería por la esquina de la pastelería una mujer delgada, de pelo liso y oscuro, ojos oscuros, estudiante de Bellas Artes, con una falda escocesa que le quedaba monísima y con una sonrisa balsámica, que me diría hola, Adrià, todavía con la incertidumbre de si darnos un beso o no en plena calle, porque sabía que todo el mundo me miraría, nos miraría, nos señalaría y diría como el que abandona el nido así vosotros, enamorados clandestinos... Hacía un día nublado y gris, pero a mí me
parecía radiante. Las ocho y diez minutos, qué curioso, ya ves. Es tan puntual como yo, pero hace diez minutos que la espero. Estará enferma.
Anginas. La habrá atropellado un taxi y se habrá dado a la fuga. Se le habrá caído encima un tiesto desde un sexto piso. Dios mío, tendré que recorrer todos los hospitales de Barcelona. ¡Mira, ahí viene! No: era una mujer delgada, de pelo liso y oscuro, pero con los ojos claros, los labios pintados y veinte años más; pasó de largo la parada del tranvía y seguro que no se llamaba Sara. Hizo un esfuerzo por pensar en otras cosas.
Levantó la cabeza. Los plátanos de la Gran Vía apuntaban brotes nuevos, pero a los coches que circulaban les importaba un pimiento. ¡A mí no! ¡El ciclo de la vida! La primavera... Follas novas. Volvió a mirar el reloj. Veinte minutos de retraso, inconcebible. Pasaron tres o cuatro tranvías más e inevitablemente lo invadió algo parecido a una premonición insólita. Sara. ¿Qué pasa ó redor de min? ¿Qué me pasa que eu non sei? A pesar de la premonición, Adrià Ardèvol esperó dos horas sentado en el banco de piedra de Gran Vía, al lado de la parada del tranvía, con los ojos fijos en la esquina de la pastelería, sin pensar en Griechische Geistesgeschichte porque le daban vueltas en la cabeza las mil desgracias que podían haber acontecido a Sara. No sabía qué hacer.
Sara está enferma, la hija del buen rey; médicos la van a ver, médicos y otras gentes. No tenía sentido seguir esperando. Pero no sabía qué hacer. Sara no se había presentado y él no sabía qué hacer con su vida.
A pesar de la estricta prohibición, las piernas lo llevaron a casa de Sara; pero tenía que estar presente en el momento en que la ambulancia se la llevase. El portal estaba cerrado y el portero, dentro, repartiendo la correspondencia en los buzones. Una mujer de baja estatura pasaba el aspirador por la alfombra central. El portero terminó el reparto, abrió las puertas y el ruido del aspirador alcanzó a Adrià como un insulto.
Con su ridículo mandil, el portero miró al cielo, a ver si llovería más o se contendría la nube. O quizá esperase la ambulancia... Hija, hija mía,
¿qué mal te aqueja? Madre, madre mía, creo que bien lo sabéis. No sabía con exactitud cuál era el balcón que correspondía a... El portero se fijó en el joven ocioso que observaba el edificio desde hacía unos minutos y receló de él. Adrià fingió que estaba esperando un taxi; el que la había atropellado, tal vez. Dio unos pasos calle abajo. Teño medo
dunha cousa que vive e que non se ve. Teño medo á desgracia traidora que ven, e que nunca se sabe ónde ven. Sara, ónde estás.
—¿Sara Voltes?
—¿De parte de quién? —voz elegante, segura, bien vestida, señora.
—No, llamo de parte de la parroquia de... De los dibujos, de la exposición de dibujos de.
Cuando se inventa un cuento, ¡hay que pensarlo antes de contarlo, caray! No se puede dar el primer paso y quedarse atascado con la boca abierta, imbécil. De la parroquia de. De los dibujos. Ridículo.
Espantosamente ridículo. Por tanto, lógicamente, la voz elegante, segura, señora, dijo me parece que se equivoca y colgó delicada, educada y suavemente y me maldije por no haber sabido estar a la altura de las circunstancias. Seguro que era su madre. Veneno me habéis dado, madre, que matarme queréis. Hija, hija mía, de eso os confesaréis.
Adrià colgó con una sensación de ridículo total. En el extremo opuesto de la casa, Lola Xica revolvía armarios porque estaban cambiando la ropa de las camas. En la mesa grande del despacho de su padre, Adrià tenía un cargamento de libros, pero no estaba pendiente más que del teléfono, inútil, incapaz de decirle dónde estaba Sara.
¡Bellas Artes! No había ido nunca allí. No sabía dónde estaba ni si existía, siquiera. Siempre nos veíamos en terreno neutral, según tus indicaciones, esperando el día en que luciera el sol en el horizonte.
Cuando salí del metro en Jaume I, había empezado a llover y no llevaba paraguas, porque nunca llevo paraguas en Barcelona, y me limité a la ridiculez de levantarme las solapas de la americana. Me planté en la plaza de la Verónica, en el singular edificio neoclásico cuya existencia ignoraba hasta ese mismo día. Ni rastro de Sara, ni dentro ni fuera; ni en los pasillos, ni en las aulas ni en los talleres. Fui al edificio de la Llotja, pero nadie supo darme razón de la Llotja ni de Bellas Artes.
Estaba calado hasta los huesos y entonces se me ocurrió ir a la Escola Massana y allí, a la entrada, protegida por un paraguas oscuro, la vi de
espaldas, charlando con un chico y riéndose. Llevaba el pañuelo naranja que tan bien le sentaba. Inopinadamente, le dio un beso en la mejilla y, para hacerlo, tuvo que ponerse de puntillas y Adrià notó por primera vez el aguijonazo brutal de los celos y una sensación de ahogo insoportable. Luego el chico entró en el edificio y ella dio media vuelta y empezó a acercarse a mí. El corazón se me salía del pecho, quería irse a otro, porque la felicidad de unas horas antes se fundía en lágrimas de decepción. No me saludó; no se fijó en mí; no era Sara. Era una chica delgada, de pelo liso y oscuro, pero con los ojos claros y, sobre todo, no era Sara. Y yo, chorreando bajo la lluvia, volví a ser el hombre más feliz del universo.
—No, es que..., soy un compañero de Bellas Artes que...
—Está fuera.
—¿Cómo dice?
—Está fuera.
¿Sería el padre? No sabía si tenía hermanos mayores ni si vivía otro tío en su casa, además del recuerdo del tío Haïm.
—Pero... ¿qué significa fuera?
—Se ha ido a vivir a París.
Cuando colgó el teléfono, el hombre más feliz del universo vio que se le anegaban los ojos en lágrimas desconsoladamente, ellos solos, sin mediación de su voluntad. No entendía nada; cómo es posible que Sara, si no me ha dicho nada. De la noche a la mañana, Sara. El viernes, cuando nos vimos... ¡habíamos quedado en la parada del tranvía! El cuarenta y siete, sí, como siempre desde que... ¿Y qué hace en París, eh?
¿Por qué ha huido? ¿Qué le he hecho?
Durante diez días, con lluvia o con sol, Adrià no faltó una sola mañana a la cita a las ocho en la parada del tranvía, deseando un milagro, que Sara no se hubiese ido a vivir a París sino..., en fin, ya
estoy aquí otra vez; o no era más que una prueba, a ver si me querías de verdad; o lo que fuese, cualquier cosa, a ver si aparece antes de que pasen cinco tranvías. Hasta que el undécimo día, tan pronto como llegó a la parada, se dijo que estaba harto de ver pasar tranvías que jamás cogerían los dos juntos. Y nunca más volví a pisar esa parada de tranvía, Sara. Nunca más.
En el conservatorio, mintiendo a diestro y siniestro, conseguí la dirección del maestro Castells, antiguo profesor del centro en tiempos pasados. Me imaginé que, como eran familiares, sabría la dirección de Sara en París. Si es que estaba en París. Si es que estaba viva. El timbre de la casa del maestro Castells sonaba do, fa. Dominado por la impaciencia, llamé do-fa, do-fa, do-fa y aparté el dedo, asustado de la falta de control que tenia sobre mis sentimientos. O no: mejor dicho, porque no quería que el maestro Castells se enfadase y me dijese pues ahora no te lo digo, por maleducado. Nadie abrió la puerta para darme la dirección de Sara y desearme buena suerte.
—Do-fa, do-fa, do-fa.
Nada. Insistió unos minutos más y, después, sin saber qué hacer, Adrià miró alrededor. Entonces llamé a la puerta de enfrente; el timbre de los vecinos tenía un sonido impersonal y feo, como el de mi casa.
Inmediatamente, como si hubiera estado al acecho desde hacía rato, abrió la puerta una señora gorda con una bata de color azul cielo y un delantal de cocina floreado que hacía daño a la vista. Brazos en jarras, desafiadora:
—Dime —dijo.
—¿Sabe usted si...? —señalé atrás, hacia la puerta del maestro Castells.
—¿El pianista?
—Exacto.
—Gracias a Dios murió hace... —Miró hacia dentro y gritó—:
¿Cuánto hace, Taio?
—¡Seis meses, doce días y tres horas!... —dijo desde lejos una voz ronca.
—Seis meses, doce días y... —Gritando hacia el interior de la casa—:
¿Cuántas horas?
—¡Tres! —la voz ronca.
—Y tres horas —repitió la mujer—. Y gracias a Dios ahora estamos tranquilos y podemos oír la radio sin estorbos. No se hace usted cargo de cómo llegaba a tocar la pianola todos los santos días, a cualquier hora.—Y, como recordando algo—: ¿Para qué lo quería?
—¿No tiene...?
—¿Familia?
—Aja.
—No. Vivía solo. —Hacia el interior de la casa—: ¿Verdad que no tenía familiares?
—No. ¡Sólo el puñetero piano de la santa madre que lo parió! —la voz ronca de Taio.
—¿Y en París?
—¿En París?
—Sí. La parentela de París...
—Ni idea. —Incrédula—: ¿Ese hombre, parentela en París?
—Sí.
—Pues no. —A modo de conclusión general—: Para nosotros está muerto y enterrado.
Cuando se quedó solo en el rellano con la trémula bombilla, supo que se le cerraban muchas puertas. Volvió a casa y comenzaron treinta días de desierto y penitencia. Por la noche soñaba que se iba a París y se ponía a llamarla en plena calle, pero el fragor del tráfico apagaba su
grito desesperado y entonces se despertaba sudando, llorando y sin entender un mundo que, hasta hacía poco, se le presentaba plácido.
Estuvo unas semanas sin salir de casa. Tocó el storioni y logró arrancarle un sonido triste, pero acusaba cierta pereza digital. Quiso releer a Nestle pero no pudo. Aunque en la primera lectura le había emocionado el viaje de Eurípides desde la retórica hasta la verdad, ahora le pareció insulso. Eurípides era Sara, y en una cosa acertaba: la razón humana no puede vencer a las potencias irracionales de la emotividad anímica. No puedo estudiar, no puedo reflexionar. Tengo que llorar. Bernat, ven.
Bernat no había visto nunca a su amigo tan derrumbado. Le impresionó saber que el dolor de corazón pudiera ser tan profundo. Y
quiso ayudarlo, aunque no tenía mucha experiencia en curas sentimentales, y dijo tómatelo así, Adrià.
—¿Cómo?
—Pues que si se ha largado sin explicaciones...
—¿Qué?
—Pues que es una fre...
—Ni se te ocurra insultarla. ¿De acuerdo?
—Muy bien, como quieras. —Echó una mirada al despacho abriendo los brazos—. Pero ¿es que no ves cómo te ha dejado? ¿Sin unas letras, siquiera, para decirte Adrià, niño, he encontrado a otro más guapo, hostia? ¿No entiendes que eso no se hace?
—Más guapo y más inteligente, sí, ya lo he pensado.
—Más guapos que tú los hay a montones. Pero más inteligentes...
Silencio. De cuando en cuando Adrià movía la cabeza negativamente: no entendía nada.
—Vamos a casa de sus padres y les decimos señores Voltes-Epstein:
¿qué coño pasa? ¿Qué me ocultan? ¿Dónde está Saga?, etcétera. ¿Qué te parece?
Los dos en el despacho de mi padre, que ya era mío. Adrià se levantó y se acercó a la pared en la que, años después, estaría tu autorretrato. Se apoyó en ella como si le gustase hacer cosquillas al futuro. Negó con la cabeza: la idea de Bernat no era muy acertada.
—¿Quieres que te regale la Ciaccona? —dijo Bernat tentativamente.
—Sí. Tócala con el Vial.
Bernat lo hizo muy bien. A pesar del dolor y la angustia, Adrià escuchó atentamente la versión de su amigo y llegó a la conclusión de que la ejecución había sido correcta, aunque a veces topaba con un obstáculo: no llegaba al fondo del alma de las cosas. Tenía un no sé qué que no le dejaba ser sincero. Y yo, a pesar de la tristeza, incapaz de dejar de analizar el objeto estético.
—¿Te encuentras mejor? —dijo al concluir.
—Sí.
—¿Te ha gustado?
—No.
Tenía que haberme callado, lo sé. Pero es superior a mis fuerzas. En eso soy como mi madre.
—¿Cómo que no? —Incluso le cambió el tono de voz, se le puso más agudo, como en guardia, con los ojos más abiertos...
—Es igual, déjalo.
—No; me interesa mucho.
—Muy bien, de acuerdo.
Lola Xica estaba en el otro extremo de la casa. Mi madre, en la tienda. Adrià se dejó caer en el sofá. De pie frente a él, con el storioni en la mano, Bernat esperaba el veredicto y Adrià dijo pueees técnicamente la versión es perfecta, o casi; pero no llegas al fondo de las cosas; tengo la impresión de que te da miedo la verdad.
—Estás chalado. ¿Qué es la verdad?
Y Jesús, en vez de responder, calló, mientras Pilatos, impaciente, salía de la estancia. Pero como no tengo claro qué es la verdad, me vi obligado a responder:
—No sé. La reconozco cuando la oigo. Y en ti no la reconozco. La reconozco en la música y en la poesía. Y en el relato. Y en la pintura.
Pero sólo de cuando en cuando.
—Pputa envidia.
—Sí. Reconozco que te envidio porque eres capaz de tocar eso.
—Ya. Ahora intenta arreglarlo.
—Pero no envidio tu forma de tocar.
—Caray, disparas a matar.
—Hay que proponerse atrapar la verdad y saber expresarla.
—¡Toma!
—Al menos es un objetivo para ti, cosa que yo no tengo.
El resumen del encuentro amistoso en el que un amigo iba a consolar al otro concluyó con una pelea sorda sobre la verdad estética y vete a la mierda, te enteras, a la mierda. Ahora entiendo por qué se ha largado Saga Voltes-Epstein. Y Bernat se marchó dando un sonoro portazo. Al cabo de unos segundos, Lola Xica se asomó al despacho y dijo ¿qué ha pasado?
—Nada, que Bernat tenía mucha prisa, como de costumbre, ya sabes.
Lola Xica miró a Adrià, mientras él observaba detenidamente el violín por no quedarse con la mirada perdida en su dolor. Lola Xica estuvo a punto de hablar, pero se contuvo. Entonces Adrià se dio cuenta de que todavía estaba plantada allí, como si tuviese ganas de charlar.
—¿Qué? —le dijo con cara de no tener ninguna gana de conversar.
—Nada. ¿Sabes una cosa? Voy a hacer la cena, porque tu madre está a punto de llegar.
Se marchó y me dispuse a limpiar la resina del violín; una sensación de tristeza me caló hasta el tuétano.
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