Yo confieso
Capítulo 29
Adrià se quitó un peso de encima con la ayuda de su arisca madre, que había pensado en su incapacidad para las cosas prácticas y desde la muerte velaba por su hijo, como hacen todas las madres del mundo menos la mía. Sólo de pensarlo me emociono y calculo que quizá en algún momento me quiso. Ahora sé con seguridad que alguna vez mi padre me admiró, pero estoy convencido de que nunca me quiso. Yo era un objeto más de su magna colección. Y este objeto más volvió de Roma a casa con intención de ordenarla, porque ya hacía mucho tiempo que tropezaba con las cajas de libros venidas de Alemania que aún no había desembalado, encendió la luz y la luz se hizo. Y convocó a Bernat para que lo ayudase a pensar en un orden ideal, como si Bernat fuese Platón, él, Pericles, y el piso del Ensanche, la bulliciosa ciudad de Atenas. Y así, entre los dos sabios decidieron que en el despacho residirían los manuscritos, los incunables que compraría, los objetos delicados, los libros de sus padres, los discos, las partituras y los diccionarios de uso más frecuente, y separaron las aguas de abajo de las de arriba y fue hecho el firmamento con sus nubes, separado de las aguas del mar. En el dormitorio de sus padres, que por fin ya era el suyo, ubicaron la poesía y los libros de música y apartó las aguas de abajo de manera que quedase algún lugar seco, y al espacio seco lo llamó tierra, y a las aguas las llamó mares océanos. En su habitación de niño, al lado del sheriff Carson y del valeroso Águila Negra, que hacían guardia permanente en la mesilla de noche, vaciaron, sin fijarse, todas las estanterías de libros que lo habían acompañado de pequeño y ordenaron en su lugar los libros de historia, desde el nacimiento de la memoria hasta hoy. Y también los de geografía, y la tierra dio árboles y semillas que germinaron y brotaron hierbas y flores.
—¿Qué son estos vaqueros?
—¡No los toques!
No se atrevió a decirle que no era asunto suyo. Le habría parecido injusto. Se limitó a decir nada, los tiraré otro día.
—Jau.
—Qué.
—Te avergüenzas de nosotros.
—Ahora tengo mucho trabajo.
Oí cómo el sheriff, que estaba detrás del gran jefe arapaho, escupía en el suelo con desprecio y prefería no intervenir.
Los tres largos pasillos de la casa se dedicaron a la prosa literaria, ordenada por lenguas en unas nuevas e inacabables estanterías que encargó a Planas. En el pasillo de la habitación, lenguas románicas. En el del recibidor, lenguas eslavas y nórdicas, y en el ancho pasillo del fondo, las germánicas y anglosajonas.
—Pero ¿cómo puedes leer una lengua tan grmpf como ésta? —dijo Bernat de pronto, blandiendo cat, de Danilo Kiš.
—Con paciencia. Si se entiende el ruso, el serbio no es tan difícil.
—Si se entiende el ruso... —refunfuñó Bernat, ofendido. Dejó el libro en el lugar correspondiente y masculló entre dientes—: Claro, entonces no tiene mérito.
—El comedor es para el ensayo literario y la teoría literaria y del arte.
—O quitas la cristalería o quitas el aparador. —Señaló las paredes sin hacer referencia a la mancha blanca de encima del aparador. Adrià bajó los ojos y dijo regalo toda la cristalería a la tienda. Que la vendan y se den con un canto en los dientes. Gano tres paredes estupendas. Y
creó los peces y los seres marinos y todos los monstruos del mar. Y el vacío que había dejado en la pared el monasterio de Santa Maria de Gerri, de Modest Urgell, se llenó de Wellek, Warren, Kayser, Berlín, Steiner, Eco, Benjamín, Indgarden, Frye, Canetti, Lewis, Fuster, Johnson, Calvino, Mira, Todorov, Magris y otras alegrías.
—¿Cuántas lenguas sabes?
—No sé. Es igual. Cuando se saben unas cuantas, se puede leer más de lo que se cree.
—Ya, claro, estaba a punto de decírtelo —Bernat, un poco mosqueado. Al cabo de un rato, mientras retiraban un mueble—: No me habías dicho que estudiabas ruso.
—Ni tú que estás preparando el segundo de Bartók.
—¿Cómo lo sabes?
—Contactos. En la habitación de la plancha voy a poner...
—El cuarto de la plancha déjalo como está. —Bernat, la voz de la sensatez—. Tienes que buscar a alguien que quite el polvo, planche y todo lo demás, y quien sea necesita un espacio propio.
—Esas cosas las hago yo.
—Y qué más. Contrata a alguien.
—Sé hacer tortilla, arroz blanco, huevos fritos, macarrones, pasta en general y lo que sea preciso. Tortilla de patata. Ensalada. Verdura con patatas.
—Estamos hablando de un nivel superior, como planchar, coser, lavar y hacer canelones o capón al horno.
Qué pereza. Pero al final hizo caso a Bernat y contrató a una mujer todavía joven y dinámica, que se llamaba Caterina. Venía los lunes, se quedaba a comer y limpiaba toda la casa sin dejar nada. Y planchaba. Y
cosía. Un sol entre tanta tiniebla.
—Bueno, en el despacho es mejor que no entre. ¿De acuerdo?
—Lo que diga usted —dijo ella al tiempo que entraba a echar un vistazo de experta—. Pero sepa que esto es un criadero de polvo.
—No tanto, no exageremos...
—Un criadero de polvo y de bichitos plateados, de esos que salen entre los libros. —No exagere, Lola Xica.
—Caterina. Aunque sólo sea quitar el polvo de los librotes viejos.
—Ni pensarlo.
—Pues déjeme pasar la escoba y el trapo del suelo. —Caterina intentaba salvar algunos aspectos de la negociación.
—De acuerdo. Pero no toque nada de encima de la mesa.
—Ni en sueños —mintió.
A pesar de las buenas intenciones iniciales, Caterina tuvo que convivir, aprovechando las paredes donde no había armarios, con bellas artes y con enciclopedias. De nada le sirvió fruncir el ceño ostensiblemente.
—¿No ve que no hay más espacio? —Adrià, implorante.
—¡Hay que ver! Porque la casa no es pequeña, precisamente. ¿Para qué quiere tantos libros? —Para comérmelos.
—Qué lástima de casa, tan bonita como es y ni siquiera se ven las paredes.
Al ver cómo había quedado el cuarto de la plancha, Caterina dijo tengo que acostumbrarme a trabajar rodeada de libros.
—No te preocupes, Lola Xica, de día no se mueven de su sitio.
—Caterina —dijo ella mirándolo de lado, sin saber si le tomaba el pelo o estaba como un cencerro.
—¿Qué es todo esto que has traído de Alemania? —preguntó Bernat otro día, levantando recelosamente, con la punta de los dedos, la tapa de una caja de cartón.
—Sobre todo filología y filosofía. Y alguna novelita. Boíl, Grass, Faulkner, Mann, Llor, Capmany, Roth y cosas por el estilo.
—¿Dónde vas a ponerlos?
—La filosofía en el recibidor, con las matemáticas y la astronomía.
Y la filología y la lingüística, en la habitación de Lola Xica. Las novelas, cada una en el pasillo que le corresponda.
—Pues manos a la obra.
—¿Con qué orquesta quieres tocar Bartók?
—Con la mía. Quiero pedir una audición.
—Ostras, qué bien, ¿no?
—A ver si suena la flauta.
—Querrás decir el violín.
—Sí. Tienes que encargar más estanterías.
Las encargó, para mayor alegría de Planas, al ver que no remitía la furia organizadora de Adrià. El cuarto día de la creación, Caterina se apuntó una victoria importante, porque consiguió arrancar al Señor permiso para quitar el polvo a todos los libros de la casa, menos los del despacho. Y decidió que iría también los jueves por la mañana a cambio de un módico suplemento, así, al menos, podía garantizar que a todos los libros se les quitaba el polvo una vez al año. Y Adrià dijo como quieras, Lola Xica: tú sabrás... mejor que yo.
—Caterina.
—Y como queda espacio, en la habitación de los invitados, religión, teología, etnología y mundo grecolatino.
Fue cuando el Señor separó las aguas, secó la tierra y creó los mares océanos.
—Tienes que... ¿Qué prefieres, gato o perro?
—No, no, ninguno. —Seco—: Nada.
—No quieres que te caguen encima. ¿Eh?
—No, no es eso.
—Sí, claro, si tú lo dices... —Tono irónico de Bernat mientras depositaba una pila de libros en el suelo—. Pero te convendría un animal de compañía.
—No quiero que se me muera nadie. ¿Entendido? —dijo, mientras llenaba la segunda hilera de enfrente del lavabo con prosa en lenguas
eslavas. Y creó a los animales domésticos y a las fierecillas que poblaron la tierra y vio que era bueno.
Y, sentados en el suelo oscuro del pasillo número uno, repasaron con melancolía:
—Ostras, Karl May. Yo también tengo la tira.
—Mira: Salgari. Diez, no: doce salgaris.
—Y Verne. Yo lo tenía con grabados de Doré.
—¿Dónde lo guardas?
—A saber.
—Y Enid Blyton. Con lo floja que es, me los leí treinta veces.
—¿Qué vas a hacer con los tintines?
—No quiero tirar nada. Pero no sé dónde ponerlos.
—Quedan muchos huecos todavía.
Y el Señor dijo sí, quedan muchos huecos, pero no quiero dejar de comprar libros para llenarlos, el problema es dónde pongo los karlmays y julesvernes, ¿me entiendes? Y el amigo respondió te entiendo. Y
vieron que en el lavabo había un espacio entre el armarito y el techo y Planas, entusiasmado, construyó una robusta estantería doble que albergó toda la lectura de la infancia.
—¿No se caerá?
—Si se le cae, vengo a sostenerla yo en persona para los restos.
—Como Atlante.
—¿Cómo dice?
—Como una cariátide.
—Bueno, no sé, pero le aseguro que eso no se cae. Cague tranquilo.
Perdone. Quiero decir que tranquilo, que eso no se cae.
—Y en el retrete pequeño, las revistas.
—Me parece bien —dijo Bernat, en el pasillo de prosa en lengua románica, cargado con veinte kilos de historia antigua destinados a la habitación de niño de Adrià.
—Y en la cocina, los libros de cocina.
—¿Necesitas bibliografía para hacer un huevo frito?
—Son de mi madre; no quiero tirarlos.
Y cuando iba a decir haré al hombre a mi imagen y semejanza pensó en Sara. En Laura. No, en Sara. No, en Laura. No sé, pero pensó.
Y al séptimo día Adrià y Bernat descansaron y convidaron a Tecla a ver la obra de la creación y, después de la visita, se sentaron en los sillones del despacho. Tecla, que ya estaba embarazada de Llorenç, admiró el trabajo y dijo a su marido a ver si un día te decides a ordenar tus cosas en casa. Y tomaron té de la tienda de Murria, que era excelente. Y Bernat se incorporó de pronto, como si le hubiesen pinchado.
—¿Dónde está el storioni?
—En la caja fuerte.
—Sácalo. Tiene que darle el aire. Y tienes que tocarlo para que no se le apague la voz.
—Lo toco. Estoy intentando recuperar nivel. Lo toco obsesivamente y empiezo a querer al instrumento.
—Ese storioni se hace querer solo —dijo Bernat entre dientes—. Es una locura de sonido.
—¿Verdad que también tocas el piano? —Tecla, curiosa.
—Nivel elemental. — Y como excusándose—: Cuando se vive solo, hay tiempo de sobra para uno mismo.
Sietedosochoceroseiscinco. El Vial era el único habitante de la caja fuerte. Al sacarlo, le pareció que la larga reclusión en la mazmorra le había comido los colores.
—Pobrecillo. ¿Por qué no lo pones con los incunables, en el armario?
—Buena idea. Pero los de la aseguradora...
—Que se fastidien. ¿Quién te lo va a robar, hombre?
Adrià se lo dejó a su amigo con un gesto que quiso ser solemne.
Toca algo, le dijo. Y Bernat lo afinó, el re estaba muy despistado, y tocó las dos fantasías de Beethoven de tal manera que se adivinaba la orquesta. A mí me parece, todavía me lo parece, que tocó extraordinariamente, como si, por haber vivido lejos de mí, hubiera madurado, y pensé que cuando Tecla no estuviera presente le diría tío, por qué no dejas de empeñarte en escribir, que se te da fatal, y te dedicas a esto otro, que se te da de maravilla, ¿eh?
—No me toques las narices —respondió Bernat cuando se lo dijo, ocho días después. Y el Señor contempló su obra y dijo que estaba muy bien, porque tenía el Universo en casa en clasificación más o menos decimal universal. Y dijo a los libros creced y multiplicaos y esparcios por toda la casa.
—Nunca había visto un piso tan grande —dijo Laura con admiración, todavía con el abrigo puesto.
—Dame, quítate eso.
—Ni tan oscuro.
—Es que siempre se me olvida subir las persianas. Espera.
Le enseñó la parte más presentable de la casa y, al entrar en el despacho, no pudo evitar una especie de orgullo posesivo.
—Ahí va, ¿es un violín?
Adrià lo sacó del armario y se lo puso en las manos. Se notaba que la chica no sabía qué hacer con él. A continuación, acercó el violín a la lupa y encendió la luz.
—Lee aquí dentro.
—Laurentius Storioni Cremonensis... —con dificultad, pero con anhelo—... me fecit mil setecientos sesenta y cuatro. Ostras. —Levantó la cabeza, admirada—. Debe de valer un güevo, digo, un riñon.
—Supongo. No lo sé.
—¿No lo sabes? —Boquiabierta, le devolvió el instrumento como si quemara.
—No quiero saberlo.
—Qué raro eres, Adrià.
—Sí.
Estuvieron un rato callados, sin saber qué decirse. Me gusta esta chica, pero siempre que la rondo me acuerdo de ti, Sara, y me pongo a pensar por qué nuestro amor, que era eterno, encontró tantos obstáculos. En ese momento todavía no podía entenderlo.
—¿Tocas el violín?
—Pse. Un poco.
—A ver, toca algo.
—Huy.
Supuse que Laura no debía de ser muy entendida en música y me equivoqué: no entendía nada en absoluto. Pero como aún lo ignoraba, toqué la Meditación de Taïs, que es muy resultona, de memoria, inventando un poquitín, y cerré los ojos porque no me acordaba muy bien de la digitación y necesitaba concentrarme mucho. Y cuando Adrià abrió los ojos, Laura estaba llorando lágrimas azules, desconsoladas, y me miraba como si fuese un dios o un monstruo y le pregunté qué te pasa, Laura, y me respondió no sé, me parece que me he emocionado, porque he notado una cosa aquí y, con la mano, señaló unos círculos encima del estómago; le contesté es el sonido del violín, que es magnífico. No pudo reprimir un sollozo y sólo entonces me di cuenta de que llevaba los ojos discretísimamente pintados, porque el rímel se le corrió un poco y estaba monísima. Pero esta vez no la había utilizado,
como en Roma. Vino a casa porque esa mañana le había dicho ¿quieres venir a la inauguración de mi casa? Y ella, que salía de clase de griego, me parece, me dijo ¿te has cambiado de casa? Y yo, no. Y ella, ¿haces una fiesta? Y yo, no, pero inauguro un orden nuevo y...
—¿Habrá mucha gente?
—Un montón.
—¿Quién?
—Pues tú y yo.
Y vino. Y después de sollozar inconteniblemente, se quedó pensativa un rato, sentada en el sofá cuya parte de atrás había sido mi base de espionaje en compañía del sheriff Carson y de su valeroso amigo.
En la mesilla de noche de historia y geografía hacía guardia Águila Negra. Cuando entramos, lo cogió, lo miró (el valeroso gran jefe arapaho no se quejó) y dio media vuelta para decirme algo, pero Adrià fingió que no se había percatado y le hizo una pregunta cualquiera. La besé. Nos besamos. Fue tierno. Luego la acompañé a casa, convencido de que me equivocaba con ella y de que probablemente le haría daño.
Pero todavía no sabía por qué.
O sí, porque en los ojos azules de Laura buscaba los tuyos oscuros de fugitiva, y eso es una cosa que ninguna mujer puede perdonar.
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