Yo confieso

Jaume Cabre · Capítulo 50 de 60

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Yo confieso

VI Stabat Mater

VI

Stabat Mater

Todo lo que tememos nos es concedido.

Hélène Cixous

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50

Dos años más tarde, sonó de repente el teléfono y Adrià se sobresaltó, como de costumbre. Se quedó un rato mirando el aparato.

La casa a oscuras excepto la luz de lectura, en el despacho. La casa en silencio, la casa sin ti, excepto el sonido insistente del timbre del teléfono. Señaló la página del libro de Carr, lo cerró y miró unos segundos más el teléfono, que ululaba como si así lo solucionase todo.

Sonó unas cuantas veces más y al final, demostrada la gran obstinación de quienquiera que llamase, Adrià Ardèvol se frotó la cara con las manos, descolgó y dijo dígame.

Tenía la mirada triste y lacrimosa. Rondaba los ochenta años y estaba como desgastado, infinitamente cansado. Respiraba con ansiedad en el rellano de la escalera, firmemente agarrado a una pequeña bolsa de viaje, como si el contacto con ella fuera lo que lo mantenía vivo. Al oír llegar a Adrià, que subía lentamente a pie por la escalera, se volvió.

Se miraron unos segundos.

—¿Mijnheer Adriàn Ardefol?

Adrià abrió la puerta de casa y lo invitó a entrar mientras el hombre, en un inglés aproximado, certificaba que era la persona que lo había llamado por la mañana. Estaba seguro de que, con el desconocido, metía en casa una historia triste, pero ya no tenía elección. Cerré la puerta para que los secretos no se desparramasen por el rellano y la escalera; todavía de pie, le dije que hablase en holandés si lo prefería; el hombre aceptó la propuesta con un gesto de agradecimiento y le brillaron un poco los empañados ojos y Adrià tuvo que desempolvar con urgencia sus oxidados conocimientos de holandés para preguntar al desconocido el motivo de su visita.

—Es una larga historia, por eso le he preguntado si podíamos disponer de un buen rato.

Lo llevó al despacho. Se fijó en la expresión de admiración que el hombre no supo disimular al ver la estancia, como un visitante del Louvre que, inesperadamente, se encuentra en una sala llena de sorpresas. En el centro de la habitación, el recién llegado giró con timidez sobre sí mismo admirando los estantes llenos de libros, los cuadros, los incunables, el armario de los instrumentos, las dos mesas, tu autorretrato, y, encima de la mesa, Carr, sin terminar de leer todavía, y un manuscrito debajo de la lupa, la última adquisición: sesenta y tres páginas autógrafas de The Dead, con curiosos comentarios al margen, probablemente del propio Joyce. Y después de verlo todo, miró a Adrià en silencio.

Adrià lo invitó a sentarse en el lado opuesto de la mesa, el uno frente al otro, y pensé unos segundos cuál sería concretamente el pesar que había apergaminado en la cara del desconocido un rictus de dolor permanente. El hombre abrió la cremallera de la bolsa con cierta dificultad y sacó un objeto cuidadosamente envuelto en papel.

Desenvolvió el paquete con mucha atención. Adrià vio un trapo sucio, renegrido de porquería, en el que todavía se adivinaban cuadritos claros y oscuros. El desconocido apartó el papel, dejó el trapo en la mesa y, con gestos que parecían litúrgicos, lo desplegó con cuidado, como si guardara en su interior un valioso tesoro. Parecía un sacerdote disponiendo el corporal en el altar. Desplegado el trapo, vi con desilusión que dentro no había nada. Como una frontera, un zurcido de lado a lado lo dividía en dos partes iguales. No supe percibir los recuerdos. Entonces el desconocido se quitó las gafas y con un clínex se secó el ojo derecho. Se dio cuenta del silencio respetuoso que guardaba Adrià y, sin mirarlo abiertamente a los ojos, dijo que no estaba llorando, sino que desde hacía unos meses padecía una alergia muy incómoda que le provocaba etcétera, etcétera, y sonrió como excusándose. Miró a alrededor y tiró el clínex a la papelera. A continuación, con un ademán vagamente litúrgico, señaló el trapo viejo y mugriento extendiendo hacia delante las dos manos, como invitándome a preguntar.

—¿Qué es esto? —pregunté.

El desconocido puso ambas manos en el trapo unos segundos, como si recitase mentalmente una oración muy sentida y, con la voz transformada dijo ahora imagínese que está comiendo en casa, con su mujer, su suegra y sus tres hijitas, y la suegra, un poco acatarrada, y de repente...

El desconocido levantó la cabeza y vi que tenía los ojos anegados en lágrimas verdaderas, no de alergias y etcéteras. Pero no hizo nada para limpiarse las lágrimas de dolor, sino que miró hacia delante fijamente y repitió imagínese que está comiendo en casa, con su mujer, su suegra, acatarrada, y sus tres hijitas, con el mantel nuevo de cuadritos azules y blancos en la mesa, porque la pequeña Amelietje, que es la mayor, cumple años, y de repente descerrajan la puerta de la calle sin llamar antes siquiera y entra un hombre armado hasta los dientes, seguido por cinco soldados más, pisando fuerte, sin parar de gritar todos a la vez schnell, schnell, y raus, raus, y te sacan de casa para siempre a media comida, para toda la vida, sin dejarte siquiera mirar atrás, el mantel de fiesta, el nuevo, el que había comprado mi Berta hacía dos años, sin poder coger nada, sólo con lo puesto. Qué significa raus, padre, dice Amelietje, y no pude evitar el culatazo que le soltó un fusil impaciente que insistía raus, raus, porque el alemán se entiende solo, porque es la lengua y el que diga que no lo entiende es que tiene mala fe y lo pagará.

Raus!

A los dos minutos íbamos por la calle, mi suegra tosiendo, con un estuche de violín en brazos porque su hija, al volver del ensayo, lo había dejado en la entrada; las niñas con los ojos abiertos de par en par, mi Berta, pálida, estrechando en los brazos a la pequeña Juliet. Por la calle, casi corriendo porque al parecer los soldados tenían mucha prisa, y las miradas mudas de los vecinos tras las ventanas, y cogí la manita a Amelia, que cumplía siete años y lloraba porque le dolía el culatazo de la nuca y porque los soldados alemanes daban miedo, y la pobre Trude, con cinco añitos, me suplicó que la aupara y la aupé, y Amelia tenía que correr para no perder el paso y, hasta que llegamos a la plaza del Vidrio,

donde estaba el camión, no me di cuenta de que todavía apretaba en la mano la servilleta de cuadritos azules y blancos.

Había otros más humanos, me dijeron después. Los que decían podéis llevaros veinticinco kilos de equipaje y tenéis media hora para recogerlo, schnell, ¿eh? Y entonces piensas en todo lo que hay en una casa. ¿Qué te llevas? ¿Y adonde? ¿Una silla? ¿Un libro? ¿La caja de zapatos con las fotos? ¿Vajilla? ¿Bombillas? ¿El colchón? Mamá, qué significa schnell. Y ¿cuánto es veinticinco kilos? Acabas cogiendo el llavero inútil que cuelga olvidado en el recibidor y que, si vas sobreviviendo y no has tenido que trocarlo por un mendrugo enmohecido de pan, se convierte en el símbolo sagrado de la vida feliz y normal que vivías antes de la desgracia. Madre, ¿por qué ha cogido eso?

Tú calla, me respondió mi suegra.

Salir de casa para siempre, acompañado por el ritmo de las botas de los soldados, salir de la vida con tu mujer pálida de pánico, las niñas espeluznadas, la suegra a punto de desmayarse y yo sin poder hacer nada. Quién nos había denunciado, si vivíamos en un barrio cristiano.

Por qué. Cómo lo sabían. Cómo olían a los judíos. En el camión, para no ver la desesperación de las niñas, pensaba quién, cómo y por qué.

Cuando nos obligaron a subir a un camión, que iba lleno de gente asustada, quedamos en el mismo lado Berta, la valerosa, con la pequeña, y yo con Trude en un lado. Mi suegra, un poco apartada, con su tos, y Berta empezó a gritar dónde está Amelia, Amelietje, hija, dónde estás, no te separes, Amelia, y una manita se abrió paso y se cogió de la pernera de mis pantalones y entonces la pobre Amelietje, asustada, todavía más asustada por haberse quedado sola unos momentos, me miró desde abajo pidiendo socorro, ella también quería que la aupase, pero no lo pidió porque Truu era menor, y nunca he podido olvidar su mirada, nunca en la vida, cuando tu hija te implora auxilio y no sabes, no puedes dárselo, y vas a ir al infierno por no haber ayudado a tu hijita cuando lo necesitaba. Sólo se me ocurrió darle la servilleta de cuadritos azules y blancos y ella la aferró con las dos manos y me miró agradecida, como si le hubiera regalado un preciado tesoro, el talismán con el que jamás se perdería, dondequiera que fuese.

El talismán no funcionó porque después del escabroso trayecto en el camión y de dos, tres o cuatro días dentro de un asfixiante y fétido furgón de carga sellado, me arrebataron a Truu de las manos a pesar de mi desesperación y cuando me atizaron un porrazo descomunal en la cabeza que me dejó atontado, la pequeña Amelia desapareció de mi lado, me parece que perseguida por unos perros que no paraban de ladrar. La pequeña Juliet en brazos de Berta..., no sé dónde estaban, Berta y yo no pudimos ni mirarnos por última vez, aunque sólo fuera para comunicarnos la desesperación muda en la que terminaba nuestra felicidad, conseguida con mucho esfuerzo. Y la madre de Berta, sin dejar de toser, agarrada al violín, y Trude, dónde está Truu, he permitido que me la quitaran de las manos. No volví a verlas. No hacía sino unos instantes que nos habían obligado a bajar del tren y ya había perdido para siempre a mis mujeres. Rinrinríiin. Y aunque me empujaban y me gritaban al oído, volví la cabeza con desesperación hacia donde podrían estar y me dio tiempo a ver que dos soldados, con un cigarrillo en la boca, arrancaban a las mujeres de los brazos a niños de pecho como mi Juliet y los aplastaban contra la madera del furgón para obligarlas a obedecer de una pputa vez. Fue entonces cuando decidí dejar de hablar con el Dios de Abraham y con el Dios de Jesús.

—Rinrinríiin. Rinrinríiin.

—Perdone... —tuvo que decir Adrià.

El hombre me miró sin comprender, ausente. Seguro que no tenía conciencia de que estaba enfrente de mí, como si hubiera repetido un millar de veces lo que me estaba contando para atenuar el dolor.

—Llaman a la puerta... —dijo Adrià mirando el reloj al tiempo que se levantaba—. Es un amigo que...

Salió del despacho antes de que el anciano reaccionase.

—Paso, paso, paso, paso que pesa... —dijo Bernat al entrar en casa rompiendo ambientes y con un voluminoso paquete en brazos—.

¿Dónde lo dejo?

Y ya estaba dentro del despacho y no se esperaba encontrarse allí a un desconocido.

—Huy, perdone.

—Encima de la mesa —dijo Adrià, entrando tras él. Bernat posó el bulto en la mesa y sonrió tímidamente al desconocido.

—Hola —le dijo.

El viejo inclinó la cabeza a modo de saludo pero no dijo nada.

—A ver si me ayudas —dijo Bernat mientras intentaba sacar el ordenador del embalaje. Adrià tiró de la caja hacia abajo y el aparato salió sujeto en las manos de Bernat.

—Ahora estoy...

—Ya lo veo. ¿Vuelvo más tarde?

Como hablábamos en catalán, me permití ser más explícito y le dije que era una visita inesperada y que me parecía que había para rato.

Quedamos mañana, si te parece.

—Ningún problema. —Refiriéndose con discreción al visitante desconocido—: ¿Algo grave?

—No, no.

—Muy bien, pues hasta mañana. —Y refiriéndose al ordenador—: Pero entre tanto, no lo manosees.

—Ni se me ocurriría.

—Aquí están el teclado y el ratón. Me llevo la caja grande. Mañana te traigo la impresora.

—Gracias, oye.

—Las gracias a Llorenç, yo sólo soy el intermediario.

Miró al desconocido y le dijo usted siga bien. El hombre respondió con el mismo movimiento de cabeza que al principio. Bernat salió diciendo no hace falta que me acompañes; tú, a lo tuyo.

Salió del despacho y oyeron el golpe de la puerta al cerrarse. Me senté otra vez frente a mi invitado. Con un gesto me excusé por la breve interrupción y dije perdone. Sin palabras, le pedí que continuase como

si Bernat no nos hubiera interrumpido con el ordenador viejo de Llorenç para ver si de una vez me animaba a renunciar a la insana costumbre de escribir a mano, a estilográfica concretamente. La donación llevaba incorporado el compromiso de un cursillo acelerado de equis sesiones, donde el valor equis dependía de la paciencia tanto del receptor como del donante. Pero era verdad que por fin había accedido a probar en carnes propias en qué consistía el ordenador, chisme que parecía fantástico a todo el mundo, aunque maldita la falta que me hacía a mí.

Al darle la señal, el anciano reanudó el relato como si la interrupción no lo hubiera afectado en absoluto, como si supiera el texto de memoria, y dijo llevo años haciéndome una pregunta, unas preguntas, porque son muchas y se confunden en una sola. Por qué sobreviví. Por qué, si era un inútil que había consentido, sin ofrecer la menor resistencia, que los soldados se llevasen a mis tres hijas, a mi mujer y a mi suegra con su catarro. Ni un amago de resistencia. Por qué tenía que sobrevivir yo; por qué, si mi vida hasta entonces había sido completamente inútil, de contable en Hauser, en Broers, viviendo una vida aburrida, y lo único provechoso que había hecho era engendrar a tres hijitas, una negra de pelo negro como el azabache, la otra morena como las maderas nobles del bosque y la pequeña rubita como la miel.

Por qué. Por qué, además, el gran castigo, la angustia enorme de no saber con total certeza, porque nunca las vi muertas, de no saber con certeza si realmente están todas muertas, mis tres hijitas, mi mujer y mi suegra, que no paraba de toser. Cuando terminó la guerra y después de dos años de búsqueda, tuve que aceptar las palabras del juez, que por las pruebas y los indicios —él los llamaba evidencias— existentes, dictaminó que podía dar por seguro que todas habían muerto, seguramente el mismo día en que llegaron a Auschwitz-Birkenau, porque, según consta en los documentos confiscados en el Lager, en esos meses conducían a las cámaras de gas a todas las mujeres, niños y ancianos y sólo se salvaron los hombres aptos para el trabajo. ¿Por qué sobreviví yo? Cuando me separaron de mis niñas y de Berta, creí que era a mí a quien llevaban a la muerte, porque, en mi inocencia, pensaba que el peligroso era yo, no las mujeres. En cambio, para ellos, los

peligrosos son las mujeres y los niños, sobre todo las niñas, pues mediante ellas puede extenderse la maldita raza judía y mediante ellas venir la gran venganza futura. Fueron coherentes con esa idea y por eso sigo vivo, qué ridiculez, ahora que Auschwitz se ha convertido en un museo en el que sólo yo noto el hedor de la muerte. Tal vez haya sobrevivido hasta hoy y se lo esté contando porque fui cobarde el día del cumpleaños de Amelietje. O porque un sábado lluvioso, en el barracón, hurté un mendrugo de pan completamente podrido al viejo Moshes, de Vilnius. O porque me aparté disimuladamente cuando un Blockführer dispuesto a escarmentarnos la emprendió a culatazos y el golpe que debía herirme a mí mató a un muchachito cuyo nombre nunca sabré, pero que era de un pueblecito ucraniano de los alrededores de las Tierras Altas de Hungría y tenía el pelo negro como el carbón, más negro que el de mi Amelia, pobrecilla. O porque... No sé...

Perdonadme, hermanos, perdonadme, hijitas, Juliet, Truu y Amelia, y tú Berta, tú, madre, perdonadme por haber sobrevivido.

Detuvo la relación de hechos pero no perdió la mirada fija al frente, ciega, porque no se puede contar tanto dolor mirando a alguien a los ojos. Tragó saliva, pero a mí, amarrado a la silla, ni se me ocurrió que con tanto hablar pudiera el hombre necesitar un vaso de agua. Como si no lo necesitase, continuó el relato y dijo y así fui con la cabeza gacha por la vida, llorando mi cobardía y buscando alguna manera de reparar mi maldad, hasta que se me ocurrió la idea de esconderme en un lugar en el que el recuerdo no me alcanzase nunca más. Busqué un refugio: seguramente me equivoqué, pero necesitaba cobijo y procuré acercarme al Dios del que desconfiaba porque no había movido un dedo por salvar a tantos inocentes. No sé si lo podrá entender, pero la desesperación absoluta empuja a hacer cosas extrañas: decidí ingresar en un convento cartujo en el que me aconsejaron que lo que me proponía no era una buena idea. Nunca he sido religioso; soy cristiano de nacimiento, aunque en casa la religión nunca fue más que una costumbre social y mis padres me transmitieron desinterés por el hecho religioso. Me casé con mi querida Berta, mi valiente esposa, que era judía pero de familia no religiosa y que por amor no dudó en unirse a un goy. Ella me hizo judío de corazón. Mentí a raíz de la negativa de los cartujos y no volví a

revelar las razones de mi pesar ni mostré mi sufrimiento en ninguno de los dos lugares a los que acudí después. Tanto en el uno como en el otro aprendí qué era lo que podía decir y qué debía callar, de manera que cuando llamé a la cuarta puerta, la de la abadía de San Benito de Achel ya sabía que nadie pondría obstáculos a mi vocación tardía y supliqué que, si la obediencia no mandaba otra cosa, me dejasen vivir haciendo siempre los trabajos más humildes del monasterio. Y entonces volví a hablar, poquito, con Dios y aprendí a confesarme con las vacas. Y

entonces me di cuenta de que el teléfono sonaba desde hacía un rato, pero no tuve ánimos para contestar. Al menos, era la primera vez en dos años que sonaba sin sobresaltarme. El desconocido, que ya no lo era tanto y se llamaba Matthias y que durante un tiempo se había llamado hermano Robert, miró el aparato y a Adrià esperando alguna reacción.

Puesto que el anfitrión no mostró el menor interés por descolgar, siguió hablando.

—Y eso es todo —dijo, para ayudarse a arrancar otra vez. Pero tal vez lo hubiera dicho todo de verdad, porque procedió a doblar el trapo sucio como si recogiera un puesto de venta después de un día fatigoso de mercado callejero. Lo hacía con atención, poniendo en ello los cinco sentidos. Dejó el trapo doblado ante sí. Repitió en dat is alies como si holgaran las explicaciones. Entonces Adrià rompió su larguísimo silencio y preguntó por qué ha venido a contármelo. Y además añadió

¿qué tengo yo que ver?

Ninguno de los dos se dio cuenta de que en algún momento el teléfono se había hartado de llamar inútilmente. Ahora sólo llegaba, muy amortiguado, el rumor de la circulación de la calle Valencia.

Ambos guardaban silencio, como si escucharan atentamente el ruido del tráfico del Ensanche barcelonés. Hasta que miré al viejo a los ojos y él, sin devolverme la mirada dijo con todo esto, le confieso que no sé dónde queda Dios.

—Bueno, yo...

—Fue parte de mi vida muchos años, en el monasterio.

—¿Le sirvió de algo la experiencia?

—No creo. Pero quisieron enseñarme que el dolor no es obra de Dios, sino una consecuencia de la libertad humana.

Entonces sí que me miró y prosiguió, levantando un poco la voz, como si diera un discurso político, y dijo ¿y los terremotos? ¿Y las inundaciones? ¿Y por qué cuando alguien hace el mal, Dios no lo impide? ¿Eh?

Puso las manos encima del trapo doblado:

—Hablé mucho con las vacas cuando era monje labrador. Siempre he llegado a la conclusión desesperante de que el culpable es Dios.

Porque no puede ser que el mal sólo resida en la voluntad del malvado.

Es demasiado fácil. Incluso nos da permiso para matarlo: muerto el perro, se acabó la rabia, dice Dios. Y no es cierto. Sin perro, la rabia sigue viva por los siglos de los siglos dentro de nosotros.

Miró a los lados sin fijarse en los libros que tanto lo habían maravillado al entrar en el despacho. Retomó el hilo:

—Llegué a la conclusión de que si Dios Todopoderoso permite el mal, Dios es un invento de mal gusto. Y me rompí por dentro.

—Lo entiendo. Yo tampoco creo en Dios. El culpable siempre tiene nombre y apellido. Se llama Franco, Hitler, Torquemada, Amalric, Idi Amin, Pol Pot, Adrià Ardèvol o lo que sea. Pero tiene nombre y apellido.

—No crea. El instrumento del mal tiene nombre y apellido, pero el mal, la esencia del mal..., eso no lo he resuelto todavía.

—No me diga que cree en el demonio.

Me miró unos segundos en silencio, como si sopesara mis palabras, cosa que incluso me enorgulleció. Pero no: tenía la cabeza en otra parte.

Seguramente no le apetecía filosofar:

—Truu, la del pelo castaño, Amelia, la del pelo azabache, Juliet, la pequeña, rubia como el sol. Y mi suegra, acatarrada. Y la fortaleza de mi vida, mi mujer, que se llamaba Berta, y que tengo que creer que está muerta desde hace cincuenta y cuatro años y diez meses. No puedo

acallar los remordimientos por seguir vivo. Siempre me despierto pensando que les he fallado, todos los días... y ahora que he cumplido ochenta y cinco años y todavía no he sabido morirme, vivo el mismo dolor con la misma intensidad que el primer día. Por eso, como a pesar de todo no he creído nunca en el perdón, he procurado vengarme...

—¿Cómo dice?

—... y he descubierto que la venganza nunca puede ser total. Sólo es posible ensañarse con el imbécil que se haya dejado atrapar. Siempre queda la insatisfacción de pensar que otros han salido indemnes.

—Lo entiendo.

—No me entiende —interrumpió, seco—. Porque la venganza todavía provoca más dolor y no comporta ninguna satisfacción. Y me pregunto, si no puedo perdonar, ¿por qué no me alegra la venganza?

¿Eh?

Se calló y respeté el silencio. ¿Me había vengado yo de alguien alguna vez? Seguro que sí, en las mil maldades de la vida diaria seguro que sí. Lo miré a los ojos e insistí:

—¿En qué parte de su relato aparezco yo?

Lo dije un poco desorientado, no sé si esperaba tener protagonismo de alguna clase en esa vida tan dolorosa o quería precipitar lo que me temía.

—Precisamente ahora entra usted en escena —respondió, casi escondiendo una sonrisa.

—¿Qué quiere?

—He venido a recuperar el violín de Berta.

Sonó el teléfono a modo de ovación fervorosa a los intérpretes de un recital memorable.

Bernat enchufó el ordenador, lo encendió y mientras esperaba a que la pantalla se animase, le conté lo que había pasado el día anterior. A medida que escuchaba se le desencajaba la boca de estupor.

—¿Qué dices? —dijo, absolutamente fuera de sí.

—Lo has entendido bien —respondí.

—Pero estás..., estás... ¡¡Estás loco, tío!!

Conectó el ratón y el teclado. Golpeó en la mesa con rabia y se puso a andar por la habitación. Fue al armario de los instrumentos y lo abrió con un impulso un poco más fuerte de lo necesario, como para cerciorarse de lo que acababa de decirle. Lo cerró con furia.

—Cuidado, no rompas el cristal —le advertí.

—A la mierda el cristal. A la mierda tú, hostias, ¿por qué no me avisaste, leches?

—Porque me lo habrías quitado de la cabeza.

—¡Evidentemente! Pero ¿cómo has podido...?

—Fácil: el hombre se levantó, fue al armario, lo abrió y sacó el storioni. Lo acarició mientras Adrià lo miraba con curiosidad y un poco de recelo. El hombre cogió un arco del armario, lo tensó, me miró como si me pidiera permiso y se puso a tocar. No sonaba muy bien. Bueno, nada bien.

—No soy violinista. Lo era ella. Yo era sólo un aficionado.

—¿Y Berta?

—Era una gran mujer.

—Sí, pero...

—Era la concertino de la Filarmónica de Amberes. Se puso a tocar una melodía judía que yo había oído más de una vez, aunque no la localicé con precisión.

Pero, como no le salía bien con el violín, terminó por cantarla. Se me puso la carne de gallina.

—A mí también, por tu culpa, por regalar el violín, ¡hostia!

—Era lo justo.

—Era un impostor, ¡bobo! ¿Es que no lo ves? Me cago en todo, por Dios. Nuestro Vial a tomar por el culo. Después de tantos años de...

¿Qué diría tu padre? ¿Eh?

—No seas ridículo. Nunca has querido usarlo.

—Pero me moría de ganas, ¡puñeta! ¿No sabes interpretar una negativa? ¿No sabes que cuando me decías tócalo, llévatelo a la gira, Bernat sonreía con timidez y dejaba el instrumento en el armario mientras negaba con la cabeza y decía no puede ser, no puede ser, es demasiada responsabilidad? ¿Eh?

—Eso es una negativa.

—No quiere decir sí, ¡que no te enteras, coño! ¡Quiere decir me muero de ganas! —Bernat, con una mirada como si fuera a morderme

—: ¿Tan difícil es de entender?

Adrià se quedó callado un momento, como si le costase mucho digerir tanta filosofía de la vida.

—Mira, tío: eres un desgraciado —prosiguió Bernat—. Te has dejado embaucar por uno que te ha venido con el cuento lacrimógeno.

Señaló el ordenador:

—Y yo que venía a ayudarte...

—Mejor lo dejamos para otro día, ¿no? Hoy estamos... un poco...

—Mierda, tío, es que eres imbécil, ¡dar el violín al primer llorica que llama a la puerta! Es que no me lo puedo creer, oye.

Cuando acabó de cantar la melodía, el viejo dejó el violín y el arco en el armario y volvió a sentarse diciendo con timidez a mi edad ya no se puede tocar el violín más que para uno mismo. Falla todo, los dedos no responden y el brazo no tiene fuerza para sostener bien el instrumento.

—Lo entiendo.

—Ser viejo es indecente. La senectud es indecente.

—Lo entiendo.

—No lo entiende. Habría preferido morir antes que mi mujer y mis hijas, pero en cambio soy un anciano decrépito, como si tuviera algún interés en aferrarme a la vida.

—Se conserva bien.

—Tonterías. El cuerpo me falla por todas partes. Y hace cuarenta y cinco años que tendría que haber muerto.

—Entonces ¿para qué cojones quería un violín el muy estúpido si lo que deseaba era morirse? ¿No ves que es contradictorio?

—Tomé la decisión yo, Bernat. Y ya está hecho.

—Desgraciado. Dime dónde está ese cretino infeliz que voy a convencerlo de que...

—Se acabó. Ya no tengo storioni. Por dentro me parece que... he contribuido a hacer justicia. Me sienta bien. Con dos años de retraso.

—Pues a mí me sienta fatal. Lo veo: el cretino desgraciado eres tú.

Se sentó, volvió a levantarse. No se lo creía. Se enfrentó a Adrià:

—¿Por qué dices con dos años de retraso?

El viejo se sentó. Le temblaban las manos un poco. Las dejó reposar en el trapo sucio, que todavía estaba encima de la mesa primorosamente doblado.

—¿No ha pensado en el suicidio? —me salió un tono como un médico que pregunta al enfermo si le gusta la manzanilla.

—¿Sabe cómo pudo comprarlo mi mujer? —respondió el viejo.

—No.

—Puedo pasar sin él, Matthias, querido. Puedo seguir viviendo como...

—Sí, claro. Puedes seguir con el violín de siempre y no pasará nada.

Pero te digo que vale la pena el esfuerzo. Mis padres me prestan la mitad del importe.

—No quiero estar en deuda con tu familia.

—¡También es la tuya, Berta! ¿Por qué no quieres aceptar que...?

Entonces fue cuando intervino mi suegra; en esa época todavía no estaba acatarrada. La época entre una guerra y la otra, cuando la vida volvía con furia y los músicos podían dedicarse a la música, en vez de pudrirse en las trincheras; la época en que Berta Alpaerts probaba horas incontables un storioni inalcanzable, de sonido hermoso, seguro, profundo, que le ofrecía Jules Arcan por un precio nada razonable. Fue exactamente el día en que Trude, la segunda, cumplió medio año.

Todavía no teníamos a Juliet. Era la hora de la cena y, por primera vez desde que vivíamos juntos, mi suegra no estaba en casa y cuando llegamos del trabajo nadie había preparado nada para cenar. Mientras Berta y yo improvisábamos algo, llegó su madre, cargada, y dejó un estuche oscuro, magnífico, sobre la mesa. Se hizo un silencio denso.

Recuerdo que Berta me miraba buscando una respuesta que no podía darle yo.

—Abre eso, hija —dijo mi suegra.

Como Berta no se atrevía, su madre la animó:

—Vengo del taller de Jules Arcan.

Entonces Berta se precipitó hacia el estuche y lo abrió. Todos nos asomamos a mirar y el Vial nos guiñó un ojo. Mi suegra había decidido que, como estaba bien atendida en nuestra casa, podía satisfacer con sus ahorros la ilusión de su hija. La pobre Berta se quedó un par de horas muda de la impresión, incapaz de tocar nada, incapaz de coger el instrumento, como si no fuese digna, hasta que Amelietje, nuestra mayor que era chiquitina, la del pelo azabache, dijo ande, madre, que quiero oír cómo suena. Qué buen sonido le sacaba mi Berta... Qué bueno... Allí estaban todos los ahorros de mi suegra. Todos. Y algún secreto más que nunca quiso decirnos. Me parece que vendió un piso que tenía en Schoten.

El hombre dejó de hablar, se quedó con la mirada perdida más allá de la pared forrada de libros. Entonces, a modo de conclusión del relato, dijo me ha costado muchos años llegar hasta usted, hasta el violín de Berta, señor Ardefol.

—Eso no es un argumento, Adrià, joder. Puede ser un cuento completamente inventando, ¿es que no lo ves?

—¿Cómo ha llegado usted hasta aquí? —dijo Adrià, curioso.

—A base de paciencia y ayudas... Los detectives me han asegurado que su padre dejaba muchos rastros por donde quiera que pasaba. Hacía mucho ruido cuando se movía.

—De eso hace muchos años.

—Es que he pasado muchos años llorando. Hasta ahora no estaba preparado para hacer determinadas cosas, por ejemplo, recuperar el violín de Berta. A pesar de todo, he retrasado esta visita un par de años.

—Creo que fue hace un par de años cuando unos aprovechados me hablaron de usted.

—No les di instrucciones. Sólo quería averiguar su paradero.

—Pretendían actuar de intermediarios en la venta —insistió Adrià.

—Dios me libre de intermediarios: he tenido malas experiencias con esa clase de gente. —Miró a Adrià con fijeza—. Jamás se me habría ocurrido hablar de compraventa.

Adrià lo miró inmóvil. El viejo se le acercó como para eliminar intermediarios entre los dos.

—No he venido a comprarlo, sino a que lo devuelva.

—Te han estafado, Adrià. Te has dejado estafar por un timador astuto. Un tipo tan inteligente como tú...

Adrià no respondió y el hombre siguió hablando:

—Cuando lo localicé, quise conocerlo en primer lugar. A estas alturas de la vida ya no tengo ninguna prisa.

—¿Por qué quería hacerlo así?

—Para saber si tenía que pedirle cuentas a usted por su actuación.

—Le advierto que tengo la impresión de ser culpable de todo.

—Por eso lo he estudiado antes de venir a verle.

—¿A qué se refiere?

—He leído La voluntat estètica y el otro, el grueso. Història del..., del...

Chasqueaba los dedos para ayudar a su envejecida memoria.

— ... del pensament europeu —dijo Adrià con orgullo muy, muy disimulado.

Exacto. Y una colección de artículos cuyo título no recuerdo ahora... Los he releído obsesivamente estos últimos meses. Pero no me obligue a hablar de ellos porque...

Se tocó la frente dando a entender que la cabeza no le funcionaba muy bien.

—¿Y por qué?

—No sé, no estoy seguro. Supongo que, al final, le he tomado respeto. Y, según los informes de los investigadores, usted no tiene nada que ver con...

No quise desmentirlo. Yo no tenía nada que ver con; pero tenía mucho que ver con mi padre. Posiblemente no era estético hablar de ello ahora. Por eso me callé. Sólo repetí por qué me estudió, señor Alpaerts.

—Lo que me sobra es tiempo. Y con la intención de reparar el mal, he cometido muchos errores: el primero, creer que escondiéndome desaparecería el horror; y lo más grave, provocar otros horrores por falta de previsión.

Estuvo hablando conmigo muchas horas seguidas, pero no se me pasó por la imaginación ofrecerle un vaso de agua. Entendí que un dolor tan profundo era la consecuencia de sucesos confusos y desordenados que lo hacían aún más hondo y sangrante.

Matthias Alpaerts había llegado a mi casa después de comer, sobre las dos o dos y media de la tarde. No nos movimos del despacho hasta las nueve de la noche, salvo un par de interrupciones para ir al lavabo.

Hacía horas que las ventanas reflejaban la oscuridad de la calle y el reflejo en movimiento de los faros de los coches que todavía circulaban.

Nos miramos y me di cuenta de que estaba a punto de desmayarme.

Por lo tardío de la hora, la negociación fue rápida: judías verdes, patata y cebolla, hervidas. Y tortilla. Mientras lo preparaba, me pidió permiso para volver al lavabo y me disculpé por ser un anfitrión tan desatento. Matthias Alpaerts me excusó con un gesto y entró con premura en el lavabo. Mientras la olla a presión soltaba su aviso, volví al despacho y puse el violín encima de la mesa. Lo miré con detenimiento.

Le hice una docena de fotos con mi histórica máquina, que estaba donde la habías dejado; hasta que se acabó el carrete. Tapa, fondo, lateral, voluta y clavijero, mástil y unos cuantos detalles de los filetes.

En plena operación, Matthias Alpaerts volvió del lavabo y me miró en silencio.

—¿Se encuentra bien? —dije sin mirarlo, mientras intentaba fotografiar la leyenda Laurentius Storioni me fecit por el orificio de la efe.

—A mi edad es necesario estar atento; nada especial.

Devolví el violín al armario y miré a Matthias Alpaerts a los ojos.

—¿Cómo sé que me dice la verdad? ¿Cómo sé que es usted Matthias Alpaerts?

El viejo sacó de la bolsa un carnet indefinible con su foto y me lo enseñó.

—Yo soy yo, como puede ver. —Recuperó el carnet—. En cuanto a la veracidad de lo que le he contado, me temo que no puedo demostrárselo.

—Comprenda que tengo la obligación de asegurarme —dijo Adrià, pensando más en Sara y en lo contenta que te pondrías si fuera yo lo suficientemente valiente para devolverle el violín.

—No sé qué otra cosa enseñarle... —dijo Alpaerts levemente alterado, al tiempo que escondía el carnet en la cartera—. Me llamo Matthias Alpaerts y desgraciadamente soy el único propietario de este violín.

—No lo creo.

—No tengo nada más que alegar. Como comprenderá, en casa no quedó el certificado de... Ni siquiera encontré las fotos de la familia cuando pude volver. Lo habían arrasado todo; destrozaron mis recuerdos.

—Permítame que desconfíe de usted —dije sin querer.

—Está en su derecho —replicó él—, pero estoy dispuesto a hacer lo que sea para recuperar el instrumento; es la única ligazón que tengo con mi historia y la de mis mujeres.

—Lo comprendo, de verdad. Pero...

Me miró como surgiendo del pozo de sus recuerdos, rezumando dolor por todos los poros.

—He vuelto al infierno al contarle todo esto. Quisiera que el esfuerzo no haya sido inútil.

—Lo comprendo, pero en el documento que tengo yo no consta su nombre como propietario del instrumento.

—¿No? —extrañado, desorientado, tanto, que hasta me dio un poco de pena.

Se quedaron los dos un rato en silencio. El olor de la verdura hirviendo en la olla empezó a llegar desde la cocina.

—¡Ah! ¡Claro! —exclamó de repente—. Seguro que está a nombre de mi mujer, claro. ¡Qué cabeza la mía!

—¿Y su mujer se llama?

—Se llamaba —me corrigió, cruel consigo mismo—. Se llamaba Berta Alpaerts.

—No, señor. Tampoco es ése el nombre que consta en el documento.

Silencio. Llegué a lamentar haber iniciado semejante regateo a la desesperada. Pero Adrià guardó silencio. Entonces, Matthias Alpaerts dio un gritito y dijo, claro, ¡lo compró mi suegra!

—¿Cómo se llamaba su suegra?

Estuvo unos segundos pensando, como si le costara acordarse de una cosa tan sencilla. Me miró con los ojos brillantes y dijo Netje de Boeck.

Netje de Boeck. Netje de Boeck... El nombre que me había escrito mi padre y que nunca he olvidado por pura mala conciencia. Y resulta que la tal Netje de Boeck era una suegra acatarrada.

—¡Te han estafado!

—No digas tonterías, Bernat. Para mí, eso fue definitivo.

—Imbécil de las narices.

Netje de Boeck, repitió el visitante. Sólo sé que el violín llegó a Birkenau como uno más de la familia: en el tren que nos transportó allí me di cuenta de que mi suegra, siempre con su tos, lo llevaba abrazado como si fuera una de sus nietas. Hacía un frío que helaba el pensamiento. Con mucho esfuerzo me acerqué hasta el rincón donde estaba sentada, al lado de otra señora mayor. Noté las manitas de Amelia agarradas a mis pantalones; me siguió todo el dificultoso trayecto por el vagón, atestado de gente abatida.

—Mamá, ¿por qué lo ha cogido?

—No quiero que nos lo roben. Es de Berta. —Netje de Boeck era una mujer de carácter.

—Mamá, pero ¿no ve...?

Entonces me miró con sus ojos negros y me dijo Matthias, ¿es que no ves que son tiempos de desgracia? No me han dado tiempo ni a coger las joyas; pero este violín no me lo robarán. Quién sabe si...

Y volvió a mirar adelante. Quién sabe si algún día nos dará de comer, debió de querer decir mi suegra. No me atreví a quitarle el violín, tirarlo al suelo podrido del vagón y decirle que se ocupase de Amelia porque la niña seguía agarrada a mi pernera y no quería soltarme. Yo llevaba a Truu en brazos; a Juliet y a Berta no volví a verlas nunca más, porque iban en otro vagón. ¿Cómo lo voy a engañar, señor Ardefol? En otro vagón, en el camino incierto de la muerte segura. Porque sabíamos que íbamos hacia la muerte.

—Papá, me duele mucho aquí detrás.

Amelietje se tocaba la nuca. Como pude, dejé a Trude en el suelo y miré la nuca a Amelia. Un chichón considerable, con una herida en medio que empezaba a infectarse. Sólo pude aplicarle un beso amoroso e impotente. A partir de ese momento dejó de quejarse la pobrecilla.

Volví a coger a la pequeña en brazos. Al cabo de un rato, Truu me agarró la cara para que la mirase a los ojos y me dijo tengo hambre, papá, cuándo llegamos. Entonces dije a la pequeña Amelietje como eres la mayor tienes que ayudarme y ella dijo sí, papá. Con dificultad, dejé a Truu en el suelo, pedí la servilleta a su hermana y con una navaja que me dejó un hombre barbudo y silencioso, la corté cuidadosamente en dos trozos iguales y di una parte a cada una de mis hijitas; la pobre Trude ya no volvió a decir que tenía hambre y Amelietje y ella se quedaron juntas, de pie, apoyadas en mis piernas, agarradas en silencio al trocito de servilleta milagrosa.

Lo más cruel de todo era saber que llevábamos a nuestras hijitas a la muerte, cogidas de la mano; fui cómplice del asesinato de mis hijas, que se aferraban a mi cuello o a las piernas; el gélido aire del vagón se hacía irrespirable y nadie se miraba a los ojos porque a todos nos mortificaban los mismos pensamientos. Sólo Amelietje y la pequeña Truitje tenían una servilleta de cuadritos para ellas solas. Y Matthias Alpaerts fue a la mesa y colocó la mano encima del trapo sucio que ya estaba doblado con primor. He ahí lo que me queda del día del cumpleaños de Amelia, mi hija mayor, a quien mataron a los siete años recién cumplidos. Y

Truu tenía cinco y Julietje dos, y Berta treinta y dos y Netje mi suegra, tan acatarrada, algo más de sesenta...

Cogió el trapo, lo miró con fervor y recitó todavía no sé por qué milagro recuperé la mitad de Amelia. Depositó la servilleta en la mesa, otra vez con la unción con que el sacerdote dobla y desdobla el corporal en el altar.

—Señor Alpaerts —dije levantando un poco la voz.

El anciano me miró sin comprender el motivo de la interrupción.

Por unos momentos pareció que no supiera dónde estaba.

—Vamos a comer un poco.

Lo hicimos en la cocina, como las visitas sin compromiso. A pesar de los pesares, Alpaerts comió con apetito. Examinó con curiosidad la vinajera del aceite; le enseñé a usarlo y bañó la verdura en aceite de oliva. En vista del éxito, saqué tu porrón, que hacía mucho tiempo que no se usaba, desde que te moriste: lo había guardado por miedo a romperlo. Me parece que no te lo había contado nunca. Puse un poco de vino, le hice una demostración y por primera y última vez, Matthias Alpaerts se rió de buena gana. Bebió del porrón, se manchó, todavía risueño, y, sin venir a cuento, me dijo, bedankt, heer Ardefol. Quizá quería agradecerme la carcajada espontánea; no quise averiguarlo.

Nunca sabré con certeza si Matthias Alpaerts vivió todo lo que me contó. En el fondo del corazón lo sé, pero nunca tendré la certeza absoluta. En todo caso me he rendido a un relato que me ha vencido, pensando en ti y en lo que habrías deseado que hiciese.

—Has dilapidado tu patrimonio, amigo mío. Si es que puedo llamarte amigo todavía.

—Si el violín es mío, ¿por qué te preocupa tanto?

Porque siempre he pensado que lo heredaría si te morías antes que yo.

—Porque lo que no está claro es que la historia del tipo ese fuera cierta. Y aunque dejemos de ser amigos para siempre, después te enseño a usar el ordenador.

—Me dijo si mira usted por el orificio de la tapa, mijnheer Ardefol, verá que pone Laurentius Storioni Cremonensis me fecit 1764 y al lado hay dos señales como dos estrellitas. Y debajo de cremonensis, una raya irregular, más gruesa o más fina, desde la eme hasta la última ene. Si no me engaña la memoria, porque han pasado cincuenta años.

Adrià cogió el violín y lo observó. Nunca se había fijado, pero era realmente así. Miró a Matthias, abrió la boca, la volvió a cerrar y dejó el violín en la mesa.

—Sí, en efecto, así era —ratificó Bernat. Pero yo también lo sabía y el violín no era mío, por desgracia.

Adrià puso el violín en la mesa otra vez. Había llegado el momento de tomar la decisión. En el fondo sé que no me costó mucho. Pero aún estuvimos charlando un par de horas antes de despedirnos. Le di el estuche original, el que tiene una mancha oscura que no ha habido forma de quitar.

—Eres un capullo integral.

—En virtud de un pesar atroz, Matthias Alpaerts ha vivido como si tuviera los mismos años que el día en que lo perdió todo. Ese pesar es lo que me ha vencido.

—Te ha ganado con su historia. No: con su narración.

—Puede. ¿Y qué?

El hombre acarició delicadamente, con la yema de los dedos, la tapa del violín. Empezó a temblarle la mano. Avergonzado, la escondió y se volvió a mí:

—El pesar se concentra y se intensifica cuando es un ser indefenso quien sufre. Y la certidumbre de que se podía haber evitado con un acto heroico atormenta a cualquiera toda la vida y toda la muerte. Por qué no grité; por qué no estrangulé al soldado que sacudió un culatazo a la pequeña Amelia; por qué no grité; por qué no detuve el tren; por qué no maté a los SS que nos decían tú a la derecha, tú a la izquierda, tú, ¿me oyes?

—¡Dónde están mis hijas!

—¿Qué dices?

—Dónde están mis hijas. ¡¡Me las han arrancado de las manos!!

Matthias, erguido, los brazos abiertos, los ojos de par en par, ante el soldado que había llamado al oficial.

—A mí qué me cuentas. Hala. ¡A circular!

—¡¡No!! Amelia, la del pelo azabache, Truu, la del pelo de color castaño de madera de bosque; estaban conmigo.

—He dicho que circules. Échate a la derecha y no jodas.

—¡Mis hijas! ¡Y Juliet, la de los rizos de oro! Una niña pequeña y muy lista. ¡Viajaba en otro furgón, oiga!

El soldado, cansado de tanta insistencia, le soltó un culatazo en la frente. Al caer, medio aturdido, vio en el suelo una de los dos mitades de la servilleta, la cogió y se agarró a ella como sus hijitas.

—¿Ve? —inclinó la cabeza hacia Adrià y se apartó un poco el escaso cabello: tenía una cosa rara en la cabeza, algo parecido a una cicatriz antigua de su dolor todavía fresco.

—Ponte en la fila o te aplasto el cráneo —dijo la voz pausada del doctor Budden, el oficial, con la mano en la pistolera cerrada. Era más tarde que de costumbre y estaba un poco angustiado; sobre todo después de la conversación con el doctor Voigt, que le exigía resultados en una cosa u otra, invente, puñeta, que no es tan difícil. Pero quiero un informe de los resultados. Y Matthias Alpaerts no pudo ver los ojos del monstruo porque la visera le tapaba la cara casi por completo. Se puso disciplinadamente en la fila de la derecha, que no era la de las cámaras de gas, aunque él no podía saberlo, sino la de los pabellones de desinsectación, para convertirse en mano de obra gratuita ad majorem Reich gloriam. Y Budden, como el flautista de Hamelin, pudo hacer su selección de niños y niñas. Unos metros más allá, Voigt tuvo ocasión de reventar la cabeza de un balazo a Netje de Boeck, la acatarrada suegra de Matthias. Y siguió contando a Adrià que, ante la amenaza del

oficial, bajé la cabeza y desde entonces creo que por no haberme rebelado murieron mis hijas, Berta y mi suegra, que siempre tosía. A Berta y a Juliet dejé de verlas desde que subimos al tren. Pobre Berta: no pudimos mirarnos por última vez. Mirarnos, sólo mirarnos, Señor Dios mío; sólo mirarnos, aunque fuera desde lejos. Mirarnos... Queridas, os abandoné. Y no pude vengar el miedo que daban los ogros a Truu, a Amelia y a Juliet. Perdonadme, si es que esta cobardía merece perdón.

—No se torture.

—Tenía treinta y tres años, ¡podía luchar!

—Le habrían reventado el cráneo y su familia habría muerto de todos modos. Ahora viven en su recuerdo.

—Tonterías. Esto es un martirio. El único acto de rebeldía que me permití fue la ridícula protesta que le he contado antes.

—Entiendo que lo diga: seguro que no hay forma de quitarse de la cabeza una cosa así; eso fue lo que creí de Matthias Alpaerts: su pesadumbre, que lo llevará a la muerte hoy, mañana o pasado. Eso era lo que le dolía, y el haberse apartado cuando iba a recibir un culatazo que al final mató a un niño. O no haber dado un mendrugo de pan a un compañero: sus grandes pecados le horadaban el alma.

—¿Como a Primo Levi?

Era la primera vez en toda la tarde que Bernat no me insultaba. Lo miré pasmado, con la boca abierta, y él remató: quiero decir que se suicidó de viejo. Podía haberlo hecho antes, desde el momento en que salió del horror. O Paul Celan, que tardó la tira.

—No se suicidaron por el horror que vivieron, sino por haberlo escrito.

—No entiendo.

—Tan pronto como lo escribieron, pudieron morir. Así lo entiendo yo. Pero resulta que también se dieron cuenta de que escribir es revivir y pasarse años reviviendo el infierno es insoportable: murieron por haber escrito el horror que ya habían vivido. Y al final, tanto dolor y tanto

pánico... reducidos a mil páginas o a dos mil versos; casi parece un sarcasmo condensar tanta pesadumbre en medio palmo de papel impreso.

—O en un disquete como éste —dijo Bernat sacando uno del estuche—. Toda una vida de horrores aquí dentro.

Entonces ya me había dado cuenta de que Matthias Alpaerts se había dejado el trapo sucio encima de la mesa del despacho. O lo había abandonado. O me lo había regalado. Me había dado cuenta, pero no me atreví a tocarlo. Toda una vida de horror dentro de un harapo sucio, como si fuera un disquete de ordenador. O un libro de poemas escrito después de Auschwitz.

—Sí. Mira... hummm... Bernat.

—Qué.

—No estoy de humor para ordenadores.

—Típico. Sólo con ver la pantalla te arrugas.

Bernat se sentó abatido y se frotó la cara con las manos, un gesto que yo consideraba sólo mío. Entonces el teléfono se puso a sonar y Adrià se sobresaltó.

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