Yo confieso
Capítulo 36
Entraste en mi vida dulcemente, como la primera vez, y dejé de pensar en Eduard, en Ottilie y en mis mentiras y pensé sólo en tu presencia silenciosa y reconfortante. Adrià le dijo toma posesión de la casa; toma posesión de mí. Y le dio a elegir entre dos habitaciones para instalar su taller de dibujo, sus libros, la ropa y tu vida, si quieres, Sara querida; pero yo no sabía que para guardar toda la vida de Sara hacían falta muchos más armarios que los que Adrià podía ofrecerle.
—Está muy bien, es más espaciosa que el estudio de París —dijiste, mirando desde la puerta la habitación de Lola Xica.
—Tiene luz y bastante silencio, porque es interior...
—Gracias —dijo, volviéndose a mí.
—No me las des, soy yo quien te las da a ti.
Entonces se apartó de mí con viveza y entró en la habitación. En el rincón de la ventana, colgado de la pared, estaba el cuadrito de las gardenias amarillas de Mignon dándole la bienvenida.
—Pero ¿cómo...?
—¿Verdad que te gusta?
—¿Cómo lo sabías?
—Pero ¿te gusta o no?
—Es el objeto que más me gusta de esta casa.
—Pues a partir de ahora es tuyo.
Su manera de decir gracias fue quedarse plantada delante de las gardenias un buen rato.
Y la siguiente acción, para mí casi litúrgica, fue añadir el nombre de Sara Voltes-Epstein al cartelito del buzón de la entrada, y después de
haber vivido solo diez años, volví a oír, mientras escribía o leía, rumor de pasos, la cucharilla chocando contra el cristal del vaso o una música cálida que venía de tu estudio y pensé que podíamos ser felices. Pero a Adrià no se le ocurrió solucionar el otro frente que tenía abierto; una carpeta mal cerrada puede acarrear muchos disgustos. Lo sabía, por descontado, pero pudo más la ilusión que la prudencia.
En la nueva situación, lo más difícil para Adrià fue aceptar las parcelas acotadas que Sara impuso en la vida de ambos. Se dio cuenta por la reacción que tuvo cuando Adrià la invitó a conocer a su tía Leo y a sus primos de Tona.
—Mejor no mezclar a la familia —respondió Sara.
—¿Por qué?
—Prefiero evitar disgustos.
—Quiero presentarte a tía Leo y a mis primos, si es que los encontramos en casa. No pretendo darte disgustos.
—No quiero complicaciones.
—Ni las tendrás. ¿Por qué ibas a tenerlas?
Cuando llegó el equipaje con las láminas y los trabajos a medio hacer, los caballetes de dibujo y los carbones y lápices de colores, inauguró oficialmente el estudio regalándome un dibujo a lápiz de las gardenias de Mignon, y lo colgué en la pared, en el lugar del original, y ahí sigue. Y te pusiste a trabajar porque llevabas retraso con las ilustraciones que te habían encargado un par de editoriales francesas para unos cuentos infantiles. Días de silencio y calma, tú dibujando, yo leyendo o escribiendo. Coincidíamos en un pasillo, nos íbamos a ver de cuando en cuando, tomábamos café a media mañana en la cocina, mirándonos a los ojos y sin decirnos nada para no quebrar la frágil felicidad recuperada inesperadamente.
Le costó Dios y ayuda pero, cuando Sara terminó el trabajo más urgente, fueron por fin a Tona en un seiscientos de tercera mano que Adrià se había comprado después de aprobar el examen práctico a la séptima intentona. En la Garriga tuvieron que cambiar una rueda; en
Aiguafreda, Sara quiso detenerse en una floristería, entró y salió con un ramo pequeño y precioso y, sin decir una palabra, lo dejó en el asiento de atrás. Y en la cuesta de Sant Antoni, en Centelles, empezó a hervir el agua del radiador; pero aparte de esas minucias, el viaje transcurrió sin novedades.
—Es el pueblo más bonito del mundo —dijo Adrià, ilusionado, cuando el seiscientos llegó a Quatre Carreteres.
—El pueblo más bonito del mundo es bastante feúcho —replicó Sara cuando se detuvieron en la calle Sant Andreu y Adrià echó el freno de mano con demasiada energía.
—Míralo a través de mis ojos. Et in Arcadia ego.
Bajaron del coche y él dijo mira el castillo, querida. A este lado, allá arriba. Es precioso, ¿no?
—Hombre..., no sé qué decirte...
Notó que estaba nerviosa, pero no sabía qué hacer para...
—Tienes que mirar con mis ojos. ¿Ves, aquella casa tan fea y la otra de los geranios?
—Sí...
—Aquí estaba can Casic.
Y lo dijo como si lo viera en ese momento, como si Josep estuviera al alcance de su mano, con la colilla en los labios, jorobado, afilando cuchillos en la era, al lado del pajar devorado como el corazón de una manzana.
—¿Ves? —dijo Adrià. Y señaló hacia la cuadra de la mula que siempre se llamaba Estrella y llevaba zapatitos de tacón que repiqueteaban contra la piedra llena de estiércol cada vez que se movía para espantarse las moscas; y hasta oyó ladrar a la Viola, enfurecida, tirando de la cadena, porque el sigiloso gato blanco sin nombre pasaba demasiado cerca de ella altivamente, haciendo gala de su libertad.
—Cagondiós, rapaces, id a jugar a otra parte, cagondiez.
Y echaban todos a correr, a esconderse detrás de la roca blanca, y la vida era una aventura emocionante, distinta de la digitación de los arpegios en mi bemol mayor; con olor a estiércol y repique de madreñas, las de Maria de Can Casic cuando entraba en el estercolero, y la bronceada cuadrilla de segadores a finales de julio, con la hoz y la guadaña en mano. Y la perra de can Casic también se llamaba siempre Viola y envidiaba a la chiquillería, porque no estaba atada con una cuerda que sólo medía cuatro canas justas.
—Cagondiez es un eufemismo de cagüendiós, que es un eufemismo de me cago en Dios.
—¡Hala, fijaos! ¡Adrià dice me cago en Dios!
—Sí, pero no se le entiende —refunfuñó Xevi, bajando por el tobogán de la cuneta hasta la calle, que estaba llena de roderas de carro y cagadas del Bastús, el mulo del barrendero.
—Dices cosas que no se entienden —le reprochó Xevi al llegar abajo.
—Lo siento. Es que pienso en voz alta.
—Ay, chico, por mí...
Y no se sacudían el polvo de los pantalones porque en Tona, sin sus padres, todo estaba permitido y no pasaba nada aunque te desollaras las rodillas.
—Can Casic, Sara... —resumió, plantado en la misma calle en la que antes meaba el Bastús, y que ahora estaba asfaltada; y no se le ocurrió pensar que el Bastús ya no era un mulo sino una Iveco diesel con remolque, que es una preciosidad y no come ni una brizna de paja y así está todo limpio y no huele a boñiga.
Entonces, con las flores en la mano, te pusiste de puntillas e inesperadamente me diste un beso y yo pensé et in Arcadia ego, et in Arcadia ego, et in Arcadia ego, devotamente, como si fuera una letanía.
Y olvida los temores, Sara, que aquí estás a salvo, a mi lado. Dibuja cuanto quieras y, entre tanto, yo sigo queriéndote y juntos aprenderemos
a construir nuestra Arcadia. Antes de llamar a la puerta de can Ges me diste el ramo de flores.
En el camino de regreso, Adrià convenció a Sara de que se sacara el carnet, porque seguro que llevaría la ele con mucha más soltura que él.
—De acuerdo. —Después de un kilómetro de silencio—: Me ha caído bien tu tía Leo. ¿Cuántos años tiene?
Laus Deo. No hacía una hora que estaban en can Ges cuando Adrià supo que Sara había bajado la guardia y sonreía por dentro.
—No sé. Más de ochenta.
—Qué dispuesta es, y no sé de dónde saca tanta energía, porque es que no para.
—Siempre ha sido así, pero pone firme a todo el mundo.
—Por más que me negase, al final ha conseguido endilgarme el bote de aceitunas.
—Es tía Leo. —Aprovechando la bonanza—: ¿Por qué no vamos un día a tu casa?
—Ni hablar —tono seco, tajante.
—¿Por qué, Sara?
—No te aceptan.
—Tía Leo te ha aceptado sin más.
—Si tu madre estuviera viva, no habría consentido que pusiera ni un pie en tu casa.
—En nuestra casa.
—En nuestra casa. Tía Leo, bien, seguro que no tardo en tomarle cariño. Pero eso no cuenta. Lo que cuenta es tu madre.
—Está muerta. ¡Hace diez años que murió!
Silencio hasta el Figueró. Por callar un poco menos, Adrià volvió a tensar la cuerda y dijo Sara.
—Qué.
—¿Qué te contaron de mí?
Silencio. Por la otra orilla del Congost, el tren marchaba en dirección a Ripoll. Estábamos a punto de despeñarnos por una conversación.
—¿Quién?
—En tu casa. Para que huyeras.
—Nada.
—¿Y qué se supone que escribí en la famosa carta?
Iban lentamente, chupando rueda detrás de un camión de Danone.
Para adelantar, Adrià todavía tenía que pensarlo tres veces. El camión o la conversación. Renunció a adelantar e insistió: ¿eh, Sara? ¿Qué mentiras te contaron? ¿Qué te dijeron de mí?
—No vuelvas a hacerme esa pregunta.
—¿Por qué?
—No me la hagas.
Un tramo muy recto. Accionó el intermitente, pero no se atrevió a adelantar.
—Tengo derecho a saber qué...
—Y yo tengo derecho a olvidarlo.
—¿Se lo puedo preguntar a tu madre?
—Más vale que no vuelvas a verla en la vida.
—Caramba.
Que adelante otro. Adrià se veía incapaz de adelantar a un camión lento cargado de yogures, sobre todo porque se le empañaban los ojos y no tenían limpiaparabrisas.
—Lo siento, pero es mejor así. Para los dos.
—No insistiré, creo que no insistiré... Pero me gustaría saludar a tus padres. Y a tu hermano.
—Mi madre es como la tuya. No quiero obligarla, tiene muchas cicatrices ya.
Voilá: a la altura del Molí de Blancafort, el camión de yogures se desvió hacia la Garriga y Adrià tuvo la impresión de haberlo adelantado él sólito. Sara prosiguió:
—Tú y yo, a lo nuestro. Si quieres que vivamos juntos, no puedes abrir esa cajita. Imagínate que es la de Pandora.
—Como en el cuento de Barba Azul: muchos jardines llenos de fruta, pero una sola habitación cerrada con llave y la prohibición de entrar en ella.
—Más o menos, sí. Como la manzana del árbol prohibido. ¿Serás capaz de aguantarlo?
—Sí, Sara —mentí por enésima vez. El caso era evitar que huyeras nuevamente.
En el despacho del departamento había tres mesas para cuatro profesores. Adrià no tenía mesa porque había renunciado a ella desde el primer día: le parecía imposible trabajar, si no era en su casa. Sólo tenía un sitio donde dejar la cartera y un armarito. Sin embargo, reconoció que le hacía falta una mesa y que se había precipitado en la renuncia.
Por eso ocupaba la de Llopis cuando éste se hallaba ausente.
Entró dispuesto a todo. Pero Llopis estaba allí, corrigiendo unas galeradas o algo semejante. Y Laura alzó la cabeza. Adrià se quedó plantado. Nadie dijo nada. Llopis levantó la vista con prudencia, los miró, dijo que se iba a tomar un café y desapareció prudentemente del campo de batalla. Me senté en la silla de mi colega, enfrente de Laura y su máquina de escribir.
—Tengo que explicarte una cosa.
—¿Tú dando explicaciones?
El tono sarcástico de Laura no auguraba una conversación cómoda.
—¿Quieres que hablemos?
—Hombre... Hace unos cuantos meses que no me contestas al teléfono, que evitas encontrarte conmigo aquí, que si te pillo por ahí me dices ahora no puedo, ahora no puedo...
Silencio por parte de los dos.
—No, si aún tendré que agradecerte el detalle de haberte presentado hoy —añadió en el mismo tono dolido.
Miradas indirectas, incómodas. De pronto, Laura apartó la Olivetti como si estorbara entre los dos y, dispuesta a todo, dijo:
—Hay otra tía, ¿no?
—No.
A ver: lo que no entiendo ni entenderé nunca es la incapacidad que tengo para agarrar al toro por los cuernos. Como mucho lo agarro por el rabo, y así me condeno a recibir una coz mortal de la bestia. No aprenderé: porque dije no, no, y no, hostias, Laura, que no hay ninguna tía... Soy yo, que, en fin, que prefiero no...
—Patético.
—No me insultes —dijo Adrià.
—Patético no es un insulto. —Se levantó un poco alterada—: Habla claro, hombre. ¡Di que no me quieres!
—No te quiero —dijo Adrià en el momento en que Parera abría la puerta y Laura rompía a llorar. Cuando dijo qué hijo de puta eres, qué hijo de puta eres, qué hijo de puta eres, Parera ya había cerrado la puerta y se quedaron solos otra vez.
—Me has utilizado de paño de lágrimas.
—Sí. Perdona.
—Vete a la mierda.
Adrià salió del despacho. En la barandilla del claustro, Parera hacía tiempo fumando un cigarrillo de la paz; quizá tomaba partido sin conocer los detalles. Él pasó por delante y no osó decir ni adiós ni al diablo.
En casa, Sara lo miró con extrañeza, como si la discusión y el disgusto se le hubiesen quedado pegados en la cara o en la ropa; pero no dijiste nada; estoy seguro de que lo captaste todo; pero tuviste la sensatez de no ponerlo sobre el tapete y cuando dijiste tengo que decirte una cosa, Adrià vio que se acercaba otra tormenta; pero en lugar de decirle con todas las letras que lo sabías todo, dijiste creo que tendríamos que cambiar de panadería: este pan parece chicle. ¿Qué opinas?
Hasta el día en que Sara recibió una llamada y estuvo hablando en voz baja por el teléfono del comedor y cuando asomé la nariz vi que lloraba silenciosamente, con la mano todavía encima del aparato después de haber colgado.
—¿Qué pasa? —Ninguna respuesta—. ¿Sara? Ella lo miró, ausente.
Apartó la mano del teléfono, como si quemase.
—Mi madre ha muerto.
Dios mío. No sé por qué, pero me acordé del día en que mi padre dijo en esta casa empieza a haber más tesoros de la cuenta y yo entendí que empezaba a haber más muertos de la cuenta. Ahora ya era adulto, pero no me entraba en la cabeza que la vida se hiciera a golpe de muertos.
—No sabía que...
Me miró entre lágrimas.
—No estaba enferma: ha sido de repente. Ma pauvre maman...
Me dio rabia. No sé cómo decirlo, Sara, pero me dio rabia que la gente se muriese a mi alrededor. Me dio rabia aunque, con el paso del tiempo, la cosa no ha mejorado mucho. Seguramente no acabo de aceptar la vida. Por eso me rebelé inútil y peligrosamente y te fui infiel.
Como un ladrón, como el Señor, entré en el templo. Me quedé discretamente en un banco del fondo de la sinagoga. Y volví a ver a tu padre, a quien no había visto desde el día de la horrible conversación, cuando habías desaparecido sin dejar rastro y yo sólo podía agarrarme a la desesperación. Adrià también pudo contemplar a placer el cogote a Max, que sacaba dos palmos a su hermana; poco más o menos, era tan alto como Bernat. Y Sara, prensada entre los dos hombres y otros familiares que nunca me presentarán porque no quieres, porque soy hijo de mi padre y la sangre de sus pecados se derramará sobre sus hijos y los hijos de sus hijos hasta la séptima generación. Me gustaría tener un hijo contigo, Sara, pensé. Sin condiciones, pensé. Pero todavía no me atreví a decírtelo. Cuando me dijiste es preferible que no vengas al entierro, Adrià comprendió la envergadura de la aversión que producía a los Epstein el recuerdo del señor Fèlix Ardèvol.
Entre tanto, la distancia con Laura se iba consolidando, aunque siempre he pensado pobre Laura, todo fue culpa mía. Y me tranquilicé un poco cuando, en pleno claustro, me dijo me voy a Uppsala a terminar la tesis. Y a lo mejor me quedo allí para siempre.
Zas. Su mirada azul sobre mí como una acusación.
—Te deseo mucha suerte, te la mereces.
—Desgraciado.
—Suerte, sinceramente, Laura.
Y pasé un año entero sin verla y sin pensar en ella, porque entre tanto se coló el dolor por la muerte de la señora Voltes-Epstein. No te imaginas cuánto siento tener que llamar señora Voltes-Epstein a tu madre. Y un día, unos meses después del funeral, quedé con el señor Voltes en un café cerca de la universidad. Eso no te lo conté nunca, querida. No me atreví. ¿Que por qué no lo hice? Porque no soy mi
padre. Porque soy culpable de muchas cosas. Pero, aunque a veces me lo parezca, bajo ningún concepto soy culpable de ser hijo de mi padre.
No se estrecharon la mano. Se saludaron con un movimiento de cabeza o algo así. Se sentaron en silencio. Procuraban no mirarse a los ojos.
—Lamento muchísimo la muerte de su esposa.
El señor Voltes agradeció la condolencia con un gesto de asentimiento. Pidieron té y esperaron a que la camarera se alejase para poder continuar en silencio.
—¿Qué quieres? —dijo el señor Voltes al cabo de un largo rato.
—Que me acepten, supongo. Me gustaría asistir a la conmemoración del tío Haïm.
El señor Voltes lo miró con cara de incredulidad. Adrià no podía quitarse de la cabeza el día en que ella le dijo me voy a Cadaqués.
—Voy contigo.
—Imposible.
Decepción; otra vez, la barrera interpuesta.
—Pero mañana no es Iom Kippur, ni la Hanuká, ni el Bar Mitzvá de nadie.
—Es el aniversario de la muerte del tío Haïm.
—Ah.
Los Voltes-Epstein cumplían con los preceptos del sabbat en la sinagoga de la calle Porvenir, pero no eran religiosos. Y si celebraban el Roix Haixaná y el Sucot era para no olvidar que somos judíos en tierra de goyim. Y nunca dejaremos de serlo. Pero no por... Mi padre no es judío, me dijo Sara un día. Para el caso, como si lo fuera: se exilió en el treinta y nueve. Y no cree en nada; siempre dice que se limita a procurar no hacer daño.
El señor Voltes estaba sentado enfrente de Adrià, revolviendo el azúcar con la cucharilla. Miró a Adrià a los ojos y éste se vio obligado a
reaccionar y dije señor Voltes, quiero a su hija de verdad. Y él dejó de revolver el azúcar y posó silenciosamente la cucharilla en el plato.
—¿Sara nunca te ha hablado de él?
—¿De su tío?
—Sí.
—Un poco.
—¿Qué, concretamente?
—Pues... que un nazi lo sacó de la cámara de gas para que le hiciese una revisión.
—Haïm se suicidó en mil novecientos cincuenta y tres y todavía nos preguntamos por qué, después de haberlo soportado todo, por qué, si se había salvado y volvía a estar con la familia..., con los supervivientes de la familia..., y para conmemorar ese por qué, queremos estar solos. Y
Adrià, con la arrogancia que se experimenta cuando se es depositario de una confidencia inesperada, respondió tal vez el tío Haïm se suicidó porque no podía soportar el haber sobrevivido; porque se sentía culpable de no haber muerto.
—Cuánto sabes. ¿Acaso te lo contó él? ¿Acaso lo conociste?
¿Por qué no aprendes a callarte a tiempo, hostia?
—Perdone. No quería ofenderlo.
El señor Voltes cogió la cucharilla y siguió revolviendo el té, seguramente para ayudarse a pensar. Cuando Adrià empezaba a dar la entrevista por concluida, el señor Voltes siguió hablando en un tono monótono, como si recitase una oración, como si lo que decía formara parte de la ceremonia de conmemoración del día de la muerte del tío:
—Haïm era un hombre culto, un médico de renombre que, al volver de Auschwitz cuando acabó la guerra, no quería mirarnos a los ojos. Y
vino a casa porque éramos su única familia. Era soltero. Su hermano, el abuelo de Sara, había muerto en un tren de carga en mil novecientos cuarenta y tres. Un tren que organizaron los franceses en Vichy, en colaboración con la limpieza étnica del mundo. Su hermano. Y su
cuñada no pudo soportar la vergüenza y murió en la cárcel de Drancy antes de iniciar el viaje. Y mucho después, él volvió a París, a reunirse con los únicos familiares que le quedaban, su sobrina. No quiso volver a ejercer la medicina. Y cuando nos casamos, lo obligamos a venir con nosotros. Cuando Sara tenía tres añitos, Haïm dijo a Rachel que bajaba a tomar un pastís en el Auberge, cogió a Sara en brazos, le dio un beso, dio otro a Max, que llegó del parvulario en ese momento, se caló la gorra y salió de casa silbando el andante de la séptima de Beethoven.
Media hora después supimos que se había tirado al Sena desde el Pont Neuf.
—Lo siento mucho, señor Voltes.
—Y lo conmemoramos. Conmemoramos a todos nuestros muertos de la Shoá. Y lo hacemos ese día porque es la única fecha que conocemos de la muerte de los catorce familiares próximos de cuya despiadada eliminación en nombre de un mundo nuevo tenemos constancia cierta.
El señor Voltes tomó un sorbo de té y fijó la mirada al frente, en Adrià, pero sin verlo; tal vez sólo viera el recuerdo del tío Haïm.
Guardaron un silencio muy largo, hasta que el señor Voltes se levantó.
—Tengo que irme.
—Como prefiera. Gracias por la cita.
Había aparcado justo enfrente del café. Abrió la portezuela del coche, y tras unos segundo de vacilación me dijo:
—Puedo dejarte donde quieras.
—No, si yo...
—Sube.
Era una orden. Subió. Dieron vueltas sin rumbo entre el denso tráfico del Ensanche. Apretó un botón y empezó a sonar suavemente una sonata para violín y piano de Enescu. No sé si era la segunda o la
tercera. Y de repente, detenidos en un semáforo en rojo, reanudó un relato que seguramente no había interrumpido en su fuero interno.
—Después de salvarse de las duchas por ser médico, estuvo dos días en el barracón veintiséis, en el que dormían sesenta personas silenciosas y delgadas, de mirada perdida, que en cuanto partían hacia el trabajo, lo dejaban solo con un kapo rumano; éste lo miraba recelosamente desde lejos, como preguntándose qué debía hacer con el nuevo, que tan sano parecía todavía. El tercer día, un Hauptsturmbannführer que iba visiblemente bebido le resolvió el problema, porque se asomó al barracón y vio al doctor Epstein sentado en su litera, procurando hacerse transparente.
—¿Qué hace aquí?
—Ordenes del Sturmbannführer Barber.
—¡Tú!
Tú era él. Se volvió lentamente y miró al oficial a los ojos.
—¡Ponte firmes cuando te hablo! Tú se puso firmes porque un Hauptsturmbannführer se dirigía a él.
—De acuerdo. Me lo quedo.
—Pero señor —dijo el kapo, rojo como un pimiento—. El Sturmbannführer Barber...
—Dile que me lo he quedado.
—¡Pero señor!...
—Que le den por el culo al Sturmbannführer Barber. ¿Me has entendido ahora?
—Sí, señor.
—¡Eh, tú! Ven aquí, vamos a divertirnos.
La diversión era muy buena, buenísima. Muy intensa. Se enteró de que era domingo cuando el oficial le dijo que tenía a unos amigos en casa y lo llevó a las casas de los oficiales; entonces lo metieron en una bodega o algo así y de pronto lo miraron ocho o diez pares de ojos
asustados, y preguntó ¿qué coño pasa?, pero nadie lo entendió, porque, como supo enseguida, se trataba de mujeres húngaras, pero él sólo sabía decir köszönöm; ninguna le sonrió. Súbitamente se abrió la puerta del sótano, aun que no debía de ser subterráneo, porque estaba al nivel de un patio largo y estrecho, y un Unterscharführer de nariz roja le rugió a un palmo del oído ¡Tú! Y dijo cuando diga ya, echáis a correr hasta la pared del fondo. ¡Maricón el último! ¡¡Ya!!
Las ocho o diez mujeres y Tú empezaron a correr como gladiadores en el circo. Detrás se oían risas entusiasmadas. Las mujeres y Tú llegaron a la pared del fondo. Sólo una abuela no la había alcanzado todavía. Entonces sonó una trompeta o algo así y se oyeron disparos. La abuela húngara cayó al suelo con media docena de balas en el cuerpo, castigada por haber llegado la última, pobre anyóka, pobre öreganyó; hala, por no haber llegado ni al final, para que aprenda la muy piojosa.
Horrorizado, Tú se volvió. Desde una galería elevada, tres oficiales cargaban los fusiles, y el cuarto, también armado, esperaba a que una mujer visiblemente borracha le encendiese el puro. Tras una discusión acalorada, uno de los hombres dio secamente una orden al suboficial de la nariz roja, quien se encargó de impartirla a voz en grito: el trabajo no había terminado y el grupo debía volver al refugio lentamente; entonces las nueve mujeres húngaras y Tú, gimoteando, dieron media vuelta y volvieron; procuraron no pisar el cadáver de la abuela y vieron con horror que un oficial los apuntaba con el arma a medida que se acercaban al sótano; ya esperaban el tiro cuando otro oficial, al percatarse de las intenciones del que apuntaba, le propinó un manotazo en el momento en que disparaba a una chica muy delgada, y el tiro, desviado, pasó a medio palmo de la cabeza de Tú.
—Y ahora, a correr otra vez hasta la pared. —A Haïm, empujándolo—: ¡Tú, ponte aquí, cojones!
Miró a su equipo de liebres con algo semejante al orgullo solidario y gritó:
—El desgraciado que no corra en zigzag, no llegará. ¡¡Ahora!!
Estaban tan borrachos que sólo pudieron cargarse a tres mujeres. Tú llegó al otro lado, vivo y culpable de no haber protegido con su cuerpo a ninguna de las tres mujeres que yacían en mitad del camino. Una de las abatidas no murió y el doctor Tú vio enseguida que le había seccionado la yugular una bala y que se desangraba por la herida; como para darle la razón, la mujer se quedó inmóvil mientras crecía el charco de sangre que le servía de cama. Mea culpa.
Y me contó otras muchas cosas, pero no he tenido el valor de decírselas a Rachel ni a mis hijos. No pudo resistirlo más y entonces, dando grandes voces, dijo a los nazis que eran unos miserables; el que estaba más sereno se echó a reír y apuntó a la más joven de las supervivientes diciendo o te callas de una puta vez o empiezo a cargármelas de una en una. Tú se calló. Y cuando volvían al sótano, uno de los cazadores vomitó y un colega le dijo ¿lo ves?, ¿lo ves? Eso te pasa por mezclar tantos licores dulces, zopenco. Y al parecer, interrumpieron la sesión recreativa, el sótano quedó a oscuras y sólo los gemidos de horror les hacían compañía. Fuera, un intercambio de voces enojadas y órdenes nerviosas que Tú no podía entender. Y resulta que al día siguiente empezaron a evacuar el campo, porque los rusos se acercaban a mayor velocidad de la prevista y, con la precipitación, nadie pensó en las seis o siete liebres del sótano. Viva el ejército rojo, dijo Tú en ruso, cuando comprendió la situación; y una de las mujeres lo entendió y se lo comunicó a las otras liebres. Y cesaron los gemidos para dar paso a la esperanza. Y así salvó la vida Tú. Pero a menudo pienso que salvar la vida fue un castigo peor que la muerte. ¿Me entiendes, Ardèvol? Por eso soy judío, aunque no lo sea de nacimiento, que yo sepa, pero sí de voluntad, como lo son muchos catalanes que nos sentimos esclavos en nuestra tierra y sabemos lo que es la diáspora por el mero hecho de ser catalanes. Y desde aquel día supe que también yo soy judío, Sara. Judío de cabeza, de pueblo, de historia. Judío sin Dios y con ganas de vivir procurando no hacer daño, como el señor Voltes, ya que vivir procurando hacer el bien es pretencioso, en mi opinión.
Tampoco lo conseguí.
—Prefiero que no cuentes nada de esta conversación a mi hija —
fueron las últimas palabras del señor Voltes cuando bajé del coche. Y
por eso hasta hoy, que lo escribo, no te había dicho nada, Sara. Te fui infiel también con ese secreto. Pero lamento mucho no haber podido ver vivo otra vez al señor Voltes.
Si no yerro, más o menos por esa época te compraste el porrón.
Y sólo hacía un par de meses que vivíamos juntos, cuando me telefoneó Morral y me dijo tengo el original de El coronel no tiene quien le escriba.
—No.
—Sí.
—¿Garantizado?
—Señor Ardèvol, no me insulte.
Y dije con voz normal, nada alterada, salgo un momento, Sara. Y
desde el fondo de su estudio surgió la voz de Sara como del cuento de la rana risueña: ¿dónde vas?
—Al Ateneu. (Juro que me salió solo.)
—¡Ah! (Ella qué sabía, poveretta.)
—Sí, vuelvo enseguida. (Maestro dell'inganno.)
—Hoy te toca hacer la cena. (Innocente e angelicale.)
—Sí, sí, tranquila. Vuelvo enseguida. (Traditore.)
—¿Te pasa algo? (Compassionevole.)
—No, qué me va a pasar. (Bugiardo, menzognero, impostore.) Adrià salió por piernas sin darse cuenta de que cerraba la puerta con demasiada fuerza, como su padre, hacía muchos años, cuando fue al encuentro con la muerte.
En el pisito de operaciones de Morral pude examinar el manuscrito: espléndido, extraordinario. La última parte estaba escrita a máquina,
pero Morral me aseguró que eso era frecuente en los manuscritos de García Márquez. Qué delicia.
—¿Cuánto?
—Tanto.
—¡Anda ya!
—Como quiera.
—Tanto.
—No me haga reír. Además, para serle franco, doctor Ardèvol, me ha llegado digamos que con un poco de riesgo, por decirlo de alguna manera, y el riesgo se paga.
—¿Porque es robado? ¿Es por eso?
—Qué palabras usa... Le aseguro que estos papeles no han dejado ningún rastro.
—En tal caso, tanto.
—No: cuanto.
—De acuerdo.
Esa clase de operaciones no se pagan nunca con talón. Tuve que esperar, impaciente, al otro día; por la noche soñé que el propio García Márquez venía a casa a recriminarme el robo, yo me hacía el sueco y él me perseguía por el piso con un cuchillo descomunal y yo...
—¿Qué te pasa? —dijo Sara, encendiendo la luz.
Eran más de las cuatro de la madrugada y Adrià se había incorporado en la cama de sus padres, que ahora era la nuestra. Jadeaba como si hubiera corrido mucho.
—Nada, nada... Un sueño.
—Cuéntamelo.
—No me acuerdo.
Me tumbé otra vez. Esperé a que apagase la luz y dije es que García Márquez me perseguía por la casa y quería matarme con un cuchillo enorme.
Silencio. No: un débil temblor de la cama. Hasta que estalló una carcajada explosiva de Sara. Después noté que me despeinaba cariñosamente la calva como nunca lo había hecho mi madre, mientras que yo, sucio y pecador, la engañaba.
Al día siguiente, a la hora del almuerzo, en silencio, todavía adormilados..., hasta que Sara volvió a reírse explosivamente.
—¿Y ahora qué te pasa?
—Que hasta los monstruos de tus pesadillas son de categoría intelectual.
—Pues te aseguro que me asusté. ¡Ah! Hoy tengo que ir a la universidad. (Impostore.)
—Pero si es martes. (Angelicale.)
—Ya lo sé, ya... Pero no sé qué quiere Parera y me ha pedido que..., puf... (Spregevole.)
—Paciencia, hombre. (Innocente.)
Un mentira tras otra. Fui a la Caixa, retiré tanto y me encaminé a casa de Morral con la premonición angustiosa de que la noche anterior se habría incendiado, que el hombre habría cambiado de parecer, que habría encontrado a un postor más generoso... o que lo habrían detenido.
No. El coronel me esperaba pacientemente. Lo cogí con ternura. Ya era mío, no sufriría más. Mío.
—Señor Morral.
—Diga.
—¿Y el manuscrito completo de Nietzsche?
—Aja.
—Dígame lo que vale.
—Para fantasmadas no muevo ni un dedo, y no se lo tome a mal.
—Quiero comprarlo, si puedo.
—Llámeme dentro de diez días y se lo digo, si es que no lo han vendido ya.
—¿Cómo dice?
—¡Ahí va! ¿Se cree que no hay nadie más en el mundo?
—Es que lo quiero.
—Diez días.
En casa no te pude enseñar el tesoro. Era mi faceta clandestina, para compensar tus secretos. Escondí el pliego del manuscrito en el fondo de un cajón. Quería comprar una carpeta para colocar las hojas de manera que se vieran ambos lados, toda la obra. Pero tenía que hacerlo a escondidas. Para colmo, Águila Negra.
—A ver, ¿qué quieres?
—Acabas de traspasar el río prohibido.
—¿Qué dices?
—Gastas y gastarás en quincalla a espaldas de tu squaw.
—Es como si la engañaras con otra —se sumó Carson—. Esto no funciona ni a tiros.
—No puedo hacerlo de otra manera.
—Estamos a punto de romper relaciones con el amigo blanco que nos ha acogido toda la vida.
—O a punto de chivarnos a Sara.
—Ni se os ocurra: os tiro por el balcón.
—El bravo guerrero no teme las amenazas del rostro pálido mentiroso y cobarde. Además, no tendrías valor para hacerlo.
—Lo mismo digo —terció Carson de nuevo—. Los enfermos no calculan las cosas. Están atrapados en el vicio.
—Os juro que la obra entera de Nietzsche será la última adquisición.
—A otro perro con ese hueso —Carson.
—Me pregunto por qué se lo ocultas a tu squaw —Águila Negra—.
Lo compras con oro tuyo. No has expoliado a un judío como hacía el cruel hombre blanco de los palos que escupen fuego, ni es robado.
—Lo es, más o menos, querido colega —lo corrigió Carson.
—Pero la squaw del rostro pálido no tiene por qué saberlo.
Los dejé discutiendo la estrategia; no tuve el valor de decirles que me faltaba coraje para plantarme ante Sara y decirle esto es más fuerte que yo. Quiero poseer las cosas que me llaman la atención. Las quiero y mataría por tenerlas.
—¿Sic? —Carson.
—No. Pero casi. —A Sara—: Creo que no me encuentro bien.
—Pobrecito Adrià, vete a la cama; voy a ponerte el termómetro.
(Compassionevole e inocente.)
Fueron dos días de fiebre alta, y al final llegué a un pacto conmigo mismo (pacto que Carson y Águila Negra se negaron a firmar) según el cual, y por el bien de nuestra relación, me permitía: callar detalles de la historia concreta del Vial, que sólo conocía fragmentariamente; hablar del origen turbio de algunos objetos de la casa, pues sospechaba que provenían de la depredación cruel; confesar que, al vender la tienda, cobré dinero por muchos pecados de mi padre..., cosa que supongo que ya te habías imaginado. Me faltó valor para decirte te mentí el día que viniste de París con una flor amarilla en la mano y me dijiste que te apetecería mucho un café.
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