Yo confieso
Capítulo 37
—El estilo me recuerda a Hemingway —sentenció Mireia Gràcia.
Bernat agachó la cabeza, humildemente reconfortado por el comentario. Dejó de pensar un momento en su escasa capacidad de convocatoria, que había reunido a tres personas en Pols de Llibres.
—Te recomiendo que no organices una presentación —le había dicho Bauçá.
—¿Por qué?
—Hay saturación de actos: no vendrá nadie.
—Eso lo dirás tú. ¿Es que divides a tus autores en categorías?
Bauçá prefirió omitir la respuesta que le habría apetecido disparar y dijo, en un tono fatigado que no pudo disimular:
—No se hable más. Dime una fecha y quién quieres que lo presente.
—Y ante la sonrisa de Bernat—: Pero si no viene nadie, no me eches la culpa.
En la invitación decía Heribert Bauçá y el autor le invitan a la presentación de Plasma, el último libro de narraciones de Bernat Plensa, en la librería Pols de Llibres; abre el acto la profesora Mireia Gracia e intervienen el autor y el editor. Se servirá cava.
Adrià dejó la invitación en la mesa y por unos momentos se imaginó lo que podría decir Mireia Gracia sobre el libro. ¿Que era flojo? ¿Que Plensa todavía no había alcanzado el poder de comunicar emociones?
¿Que era un desperdicio de papel y de los árboles que se habían empleado?
—Esta vez no me llevaré un disgusto —le dijo Bernat, cuando le propuso que le presentase el libro.
—¿Y cómo sé que lo dices en serio?
—Porque te gustará. Y si no te gusta, me he hecho mayor: pronto cumpliré cuarenta y empiezo a entender que no tengo que enfadarme contigo por cosas de éstas. ¿De acuerdo? ¿Me presentas el libro? Será el mes que viene en Pols de Llibres. Es una librería emblemática y...
—No, Bernat.
—Hombre, primero léelo, ¿no? —Ofendido, atónito, embelesado.
—Tengo mucho trabajo. Claro que lo leeré, pero no sé cuándo. No me hagas esto, hombre.
Bernat se quedó boquiabierto, incapaz de entender lo que le decía su amigo y entonces dije bien, de acuerdo, lo leo ahora. Y si no me gusta te lo digo y, por supuesto, no lo presento.
—Así hablan los amigos. Gracias. Te gustará. —Lo señaló con el dedo extendido, como Harry el sucio—: Y desearás presentarlo.
Bernat estaba convencido de que esa vez sí, esa vez diría Bernat, me has sorprendido: veo la fuerza de Hemingway, el talento de Borges, el arte de Rulfo y la ironía de Calders, y Bernat fue la persona más feliz del mundo hasta que, tres días después, lo llamé y le dije estamos como siempre, no me creo los personajes y me da lo mismo lo que les pueda pasar.
—¿Qué has dicho?
—La literatura no es un juego. O si sólo es un juego, no me interesa.
¿Me entiendes?
—¿Y no salvas nada? ¿Ni el último cuento?
—Es el mejor. Pero en el país de los ciegos...
—Eres cruel. Te gusta machacarme.
—Me dijiste que habías cumplido cuarenta años y que no te enfadarías si...
—¡Todavía no los he cumplido! Y me lo dices de una manera tan desagradable, que...
—No sé hacerlo de otra.
—Y no sabes decir no me gusta y punto.
—Antes sí, pero te falla la memoria histórica. Si digo no me gusta y punto, entonces dices tú: ¿y punto? ¿Y ya está? Y entonces tengo que justificarlo procurando no engañarte, porque no quiero perderte, y te digo no tienes talento para crear personajes: no son más que nombres.
Todos hablan igual; todos tienen pocas ganas de llamarme la atención.
Ninguno de estos personajes es necesario.
—¿Qué coño significa no es necesario? Sin Biel no existiría el cuento Ratas.
—No quieres entenderme. Lo que no es necesario es el cuento. No me ha transformado; no me ha enriquecido, no me ha ¡nada!
Y ahora la estúpida de Mireia decía Plensa tiene la fuerza de Hemingway, y Adrià, antes de oírla compararlo con Borges y Calders, se escondió detrás de un expositor. No quería que Bernat lo viese allí, en una librería fría, con diecisiete sillas plegables vacías y tres ocupadas, una de ellas, por un hombre que tenía cara de haberse equivocado de acto.
Qué cobarde eres, pensó. Y también pensó que, así como le gustaba mirar el mundo y las ideas históricamente, si estudiase la evolución de su amistad con Bernat, llegaría indefectiblemente al punto imposible en el que se encontraba: Bernat hallaría la felicidad si concentrase en el violín la capacidad de ser feliz. Salió sigilosamente de la librería y dio la vuelta a la manzana pensando en lo que debía hacer. ¿Por qué no había ido Tecla? ¿Ni su hijo?
—¿Por qué hostias no vas a ir? ¡Es un libro mío!
Tecla se acabó el tazón de leche y esperó a que Llorenç volviera a su habitación a buscar la mochila del colegio. En voz más baja:
—Si tuviera que ir a todos tus conciertos y a todas tus presentaciones...
—Como si organizase una a la semana. Hacía seis años que no presentaba un libro.
Silencio.
—No te interesa mi carrera.
—Cada cosa en su lugar.
—No quieres venir.
—No puedo.
—No me quieres.
—No eres el centro del mundo.
—Ya lo sé.
—No lo sabes. No te das cuenta. Siempre estás pidiendo, exigiendo.
—No sé a qué viene eso.
—Crees que todo el mundo está a tu servicio, siempre; que en esta casa el único que importa eres tú.
—Hombre...
Ella lo miró, desafiante. El iba a decir claro que soy la persona más importante de la familia; pero un sexto o séptimo sentido le aconsejó contención... a tiempo. Se quedó con la boca abierta.
—¿Qué ibas a decir? Dilo, dilo —lo animó Tecla.
Bernat cerró la boca. Ella, mirándolo a los ojos, dijo los demás también tenemos vida: das por supuesto que siempre podemos ir donde tú digas y además tenemos que leer lo que escribes con la obligación de que nos guste. Mejor dicho, con la obligación de que nos entusiasme.
—¡Qué exagerada eres!
—¿Por qué has dicho a Llorenç que quieres que lo lea en diez días?
—¿Es malo pedir a un hijo que lea un libro?
—¡Que tiene nueve años, por el amor de Dios!
—¿Y qué?
—¿Sabes lo que me dijo anoche?
El niño, en la cama, encendió la luz de la mesilla de noche en el momento en que su madre salía de puntillas de la habitación.
—Mamá.
—Creía que estabas dormido.
—No.
—¿Qué te pasa?
Tecla se sentó en el borde de la cama. Llorenç abrió el cajón de la mesita y sacó un libro. Ella lo reconoció.
—He empezado a leerlo pero no entiendo nada.
—No es para niños. ¿Por qué lo lees?
—Mi padre me ha dicho que tengo que acabarlo antes del domingo porque es un libro corto.
Ella cogió el libro.
—No le hagas caso.
Lo abrió y lo hojeó distraídamente.
—Me preguntará.
Se lo devolvió:
—Guárdalo. Pero no hace falta que lo leas.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Y si me pregunta?
—Le diré que no te pregunte nada.
—¿Por qué no puedo hacer preguntas a mi hijo, si se puede saber? —
indignado, golpeando con la taza en el plato—. ¿Ahora ya no soy su padre?
—Tienes un ego que no puedes con él.
Llorenç se asomó a la cocina con el anorak puesto y la mochila a la espalda.
—Ahora va tu padre, hijo; puedes ir bajando.
Bernat se levantó, tiró la servilleta en la mesa y salió de la cocina.
Adrià dio la vuelta a la manzana y llegó de nuevo a la librería, pero todavía no sabía lo que debía hacer. En ese momento apagaron una luz del escaparate. Reaccionó a tiempo: se alejó unos metros. Mireia Gracia salió a toda prisa y, aunque pasó por delante de él, no se dio cuenta porque estaba mirando la hora. En el momento en que salían Bauçá, Bernat y dos o tres personas más, apareció él andando a toda prisa, como si llegara muy tarde.
—¡Ay!... ¡¡No me digas que ya habéis acabado!! —cara y tono de decepción.
—Hola, Ardèvol.
Adrià saludó a Bauçá con un gesto de la mano. Las otras personas se marcharon, cada cual por su lado. Entonces Bauçá dijo que se iba.
—¿No quieres venir a cenar? —Bernat.
Bauçá dijo que no, tú, que llegaba tarde a una cena, y dejó a los dos amigos solos.
—¿Qué? ¿Qué tal ha estado?
—Bien. Bastante bien. Mireia Gracia ha sido muy contundente.
Muy... bien, oye. Y había bastante gente. Bien. ¿No?
—Lo celebro. Me habría gustado asistir pero...
—Tranquilo, tío... Me han hecho preguntas y todo.
—¿Y Tecla?
Echaron a andar en un silencio que lo decía todo. Cuando llegaron a la esquina, Bernat se paró en seco y miró a Adrià a los ojos:
—Me parece que escribo contra el mundo: contra ti, contra Tecla, contra mi hijo, contra mi editor.
—¿A qué viene eso?
—A nadie le importa una mierda lo que escribo.
—Vaya, pero si me acabas de decir que...
—Y ahora te digo que a nadie le importa una mierda lo que escribo.
—¿Te importa a ti?
Bernat lo miró con desconfianza. ¿Le tomaba el pelo?
—Me va la vida.
—No creo. Pones demasiados filtros.
—Me gustaría entenderte algún día.
—Si escribieras como tocas el violín, serías grande.
—Menuda estupidez acabas de decir. Con el violín me aburro.
—No quieres ser feliz.
—No es obligatorio, según me dijiste un día.
—De acuerdo. Pero si yo tocara como tú... haría...
—Nada, no harías una mierda.
—¿Qué pasa? ¿Has vuelto a discutir con Tecla?
—No ha querido venir.
Eso ya era más delicado. ¿Qué digo yo ahora?
—¿Quieres venir a casa?
—¿Por qué no vamos a cenar?
—Es que...
—Sara te espera.
—Bueno, le había dicho que... Sí, me espera.
Así es la relación con Bernat Plensa: somos amigos desde hace casi treinta años. Me envidia desde hace casi treinta años porque no me conoce de verdad; yo admiro cómo toca el violín desde hace treinta
años. Y de vez en cuando tenemos una bronca monumental, como si fuéramos amantes desesperados. Lo aprecio y no puedo dejar de decirle que escribe mal, sin gracia. Y desde lo primero que me dio a leer, ha publicado varios libros de narraciones muy malos. Y a pesar de su capacidad intelectual, no acepta que si no le gustan a nadie, tal vez no sea porque todo el mundo se equivoca siempre, sino porque sus cuentos no tienen ningún interés. Ninguno. Siempre estamos igual. Y su mujer...
No estoy seguro, pero me imagino que vivir con Bernat debe de ser difícil. Es asistente de concertino en la Orquesta Ciudad de Barcelona y toca música de cámara con un grupo de colegas. ¿Qué más quiere?, diríamos la mayoría de los mortales. Pero él, no. Seguramente, como todos los mortales, no ve la felicidad que tiene a mano porque lo deslumbra la inalcanzable. Bernat es demasiado humano. Y hoy no he podido ir a cenar con él porque Sara está triste.
Bernat Plensa i Punsoda, un músico muy bueno que se empeña en buscar la infelicidad en la literatura. Contra eso no hay vacuna que valga. Y Alí Bahr miraba a unos niños que jugaban protegidos del sol, al amparo de una tapia que separaba el huerto del Asno Blanco del camino que conducía desde al-Hisw hasta el lejano Bi'r Durb. Alí Bahr acababa de cumplir veinte años y no sabía que una de las niñas que jugaban, la que chilló en ese momento porque la perseguía un mocoso que tenía las rodillas despellejadas, era Amani, a quien, pocos años después, todos llamarían la bella Amani, incluso en el llano. Fustigó al burro porque tenía que llegar a casa en un par de horas. Para desahogar el exceso de energía, cogió una piedra del camino, ni muy grande ni muy chica, y la lanzó con fuerza, con furia, hacia delante, como indicando el camino al asno.
La trayectoria de Plasma, de Bernat Plensa, se puede resumir en: sin repercusión, sin reseñas, sin críticas, sin ventas. Afortunadamente, ni Bauçá ni Adrià ni Tecla le dijeron lo ves, te lo dije. Y cuando se lo conté a Sara, me dijo qué cobarde eres: tenías que estar allí, entre el público. Y
yo: es que era humillante. Y ella: no, lo habría reconfortado mucho la presencia de su amigo. Y la vida continuó:
—Se han confabulado contra mí. Me hacen el vacío, quieren que deje de existir.
—¿Quiénes?
—Ellos.
—Un día me los presentas, ¿de acuerdo?
—Hablo en serio.
—Bernat, nadie te tiene manía.
—No, seguramente no saben ni que existo.
—Díselo a los que te aplauden después de un concierto.
—No es lo mismo; lo hemos hablado mil veces.
Sara escuchaba en silencio. De pronto, Bernat la miró, y en un tono ligerísimamente acusatorio le preguntó ¿y a ti qué te ha parecido el libro?, que es la pregunta, la única pregunta que, en mi opinión, no puede hacer impunemente el autor, porque corre el riesgo de que alguien responda.
Sara sonrió con buenos modales y Bernat levantó las cejas dando a entender que, a pesar de la imprudencia, la pregunta seguía en el aire.
—Es que no lo he leído —respondió Sara, sosteniéndole la mirada, y acto seguido añadió una concesión inusitada—: todavía.
Bernat se quedó con la boca abierta por lo inesperado de la respuesta. No aprenderás nunca, Bernat, pensó Adrià. Y entonces comprendió que su amigo no tenía remedio y que toda la vida se empeñaría en tropezar con esa misma piedra tantas veces como hiciera falta. Entre tanto, sin fijarse en lo que hacía, Bernat consumió media copa de un Ribera del Duero extraordinario.
—Os juro que dejo de escribir —proclamó, y dejó la copa a un lado; estoy convencido de que lo hizo con intención de provocar remordimientos a Sara, por desidiosa.
—Vuélcate en la música —dijiste tú con esa sonrisa que todavía me enamora—: saldrás ganando.
Y echaste un trago del porrón. Ribera del Duero en porrón. Bernat te miró boquiabierto, pero no dijo nada. Estaba muy abatido. Seguro que no se echó a llorar porque estaba Adrià. Ante una mujer, aunque beba el vino bueno en porrón, se puede llorar más fácilmente, pero ante un hombre, no suele apetecer. En cambio, esa misma noche tuvo la primera gran bronca con Tecla: Llorenç, en la cama y con los ojos como platos, fue testigo de los arrebatos de su padre y tuvo la sensación de ser el niño más desgraciado del mundo.
—¡No pido tanto, narices! —reflexionaba Bernat—. Sólo que te dignes leer lo que escribo, con eso me basta. —Levantando la voz más de lo debido—: ¿Es mucho pedir? ¿Eh? ¿Eh?
Entonces llegó el ataque por la espalda. Llorenç, hecho una furia, descalzo, en pijama, entró en el comedor y se abalanzó sobre su padre en el momento en que éste decía no me acompañáis nada en mi aventura artística. Tecla miraba la pared como si viese desfilar su propia carrera pianística, truncada por el embarazo, y estaba verdaderamente ofendida, ¿te enteras? Ofendidísima, como si nuestra única obligación en la vida fuera adorarte. Y entonces, el ataque por la espalda: Llorenç descargó un par de puñetazos a su padre en la espalda, como si fuese un punchingball.
—¡Ostras, niño! ¡Para de una vez!
—No riñas a mi madre.
—Vete a dormir —le ordenó Tecla, acompañando la orden con un movimiento de cabeza que, según ella, era de complicidad—. Ahora voy yo.
Llorenç descargó un par de golpes más. Bernat abría los ojos y pensaba todo el mundo está en mi contra; nadie quiere que escriba.
—No te equivoques —le dijo Adrià, cuando se lo contó. Bernat llevaba el violín e iban los dos por Lauria, uno, camino del ensayo; el otro, en dirección a la clase de historia de las ideas dos.
—¿En qué me equivoco? ¡No puedo quejarme ni con mi hijo!
Sara querida: estoy hablando de hace muchos años, de la época en que llenabas mi vida. Todos hemos envejecido y tú me has dejado solo por segunda vez. Si me oyeras, estoy seguro de que moverías la cabeza con preocupación al saber que Bernat sigue igual, escribiendo cosas sin interés. A veces me indigna que un músico con la capacidad que tiene él para sacar un sonido tan bueno a su instrumento y para crear ambientes densos, no pueda, ya que no escribir como un genio, darse cuenta al menos de que sus personajes y sus relatos nos importan un pimiento.
Entre nosotros, resumiendo, lo que escribe Bernat sigue sin tener repercusión de ninguna clase, ni reseñas, ni críticas, ni ventas. Y no hablemos más así de Bernat, que me amargo y tengo preocupaciones más acuciantes, antes de que llegue la hora.
Más o menos en esa misma época... Me parece que lo he dicho hace poco. ¿Qué importancia tiene la exactitud cronológica, con lo desordenado que he sido hasta ahora? El caso es que Lola Xica empezó a refunfuñar y a quejarse de que Saga me lo mancha todo de tinta china, de carboncillo y de colores.
—Se llama Sara.
—Ella dice Saga.
—Pues se llama Sara. Además, el carboncillo y demás bártulos los tiene en el estudio.
—Fíate de la Virgen y no corras. El otro día se puso a copiar el cuadro del comedor; ya me dirá usted qué gracia tiene pintar cosas sin color. Y claro, me dejó los trapos..., ¡me costó Dios y ayuda dejarlos limpios!
—Lola Xica.
—Caterina. Y las toallas del cuarto de baño. Como siempre va con las manos negras... Debe de ser una costumbre de los gabachos.
—Caterina.
—Qué.
—A los artistas hay que darles libertad, mujer.
—Sí, se les ofrece la mano... —dijo; pero la interrumpí antes de que dijese y se toman el brazo.
—Sara es la señora de la casa y aquí manda ella.
Sé que la declaración la ofendió. Pero no impedí que saliera del despacho en silencio, con su indignación, y me dejase a solas con las intuiciones que un día comenzarían a arrojar alguna luz sobre el tartamudeo que daría lugar a La voluntat estètica, el ensayo más gratificante de los que he escrito.
—¿Tú has dibujado el urgell del comedor?
—Sí.
—¿Me lo enseñas?
—Es que no...
—Enséñamelo, anda.
Vacilaste pero al final cediste. Todavía te veo abriendo, un poco nerviosa, la carpeta inmensa en la que guardabas tus vacilaciones, la que llevabas siempre a todas partes. Pusiste la lámina en la mesa. El sol no se escondía por el lado de Trespui, pero la espadaña triple del monasterio de Santa Maria de Gerri parecía viva sólo con el trazo de carboncillo de Sara. Supiste adivinar las arrugas de la vejez y de los años con todas sus cicatrices. Dibujabas tan bien, querida, que plasmaste siglos de historia en blanco, negro y mil grises difuminados por tus dedos. El paisaje, la iglesia, y el comienzo de la ribera de la Noguera. Lo reflejaste todo con un encanto tal que no eché de menos los colores oscuros, tristes y mágicos de Modest Urgell.
—¿Te gusta?
—Muuucho.
—¿Muuucho?
—Muuuchísimo.
—Te lo regalo —dijo ella, satisfecha.
—¿De verdad?
—Te pasas tantas horas mirando el urgell...
—¿Yo? ¿Qué dices?
—No lo niegues.
—No sé... No me doy cuenta.
—Es un homenaje a tus horas de observación. ¿Qué buscas en ese cuadro?
—En realidad no lo sé. Lo hago por inercia. Me gusta.
—No te pregunto qué encuentras, sino qué buscas.
—Pienso en el monasterio de Santa Maria de Gerri. Pero sobre todo, pienso en el pequeño monasterio de Sant Pere del Burgal, que está cerca, aunque nunca he ido a verlo. ¿Te acuerdas del pergamino que te enseñé, el del abad Delligat? Era el acta de la fundación de ese monasterio y, como es tan antiguo, cuando lo toco, me emociona la larga historia que simboliza. Entonces pienso en los monjes que lo recorrerían a lo largo de los siglos, en los siglos de rezos a Dios, que no existe, en las salinas de Gerri, en los encumbrados misterios del Burgal.
Y en los campesinos que morirían de hambre y de enfermedades, en los días que van pasando lentos, pero implacables, y en los meses y los años..., y me emociono.
—Nunca te había oído hablar tanto rato seguido.
—Te quiero.
—¿Qué más buscas en el cuadro?
—No sé; de verdad que no lo sé. Es difícil describirlo.
—Entonces, ¿qué es lo que encuentras?
—Sucesos raros, gente desconocida, ganas de vivir y de ver.
—¿Por qué no vamos a verlo al natural?
Fuimos a Gerri de la Sal en el seiscientos, que dijo basta en el puerto de Comiols. Un mecánico muy locuaz de Isona nos cambió no sé qué pieza de la culata de no recuerdo qué otra pieza y nos aconsejó que comprásemos otro coche en cuanto pudiéramos, para evitarnos disgustos. Perdimos un día con esas minucias de la vida y llegamos a Gerri de noche. Por la mañana, desde la fonda, vi el cuadro de Urgell al natural y casi me ahogo de emoción. Nos pasamos el día mirándolo, fotografiándolo, dibujándolo y viendo entrar y salir de las salinas fantasmas de monjes, campesinos y labriegos, hasta que percibí el espíritu de los dos monjes que partían hacia Sant Pere del Burgal a recoger la llave para clausurar el aislado y pequeño monasterio después de centenares de años ininterrumpidos de vida monástica.
Y al día siguiente, el seiscientos convaleciente nos llevó veinte kilómetros más al norte, hasta Escaló, y desde allí, a pie por un camino de cabras que trepaba por la solana de Barraonse, el único senderuelo practicable para llegar a las ruinas de Sant Pere del Burgal, el monasterio de mis sueños. Sara no me dejó llevarle la mochila grande, la del cuaderno, los lápices y los carboncillos: era su carga.
Unos siete minutos más adelante, cogí un piedra del camino, ni muy grande ni muy chica, con aristas, y Adrià la miró atentamente, pensativo, y por primera vez se imaginó la triste historia de la bella Amani.
—¿Qué tiene esa piedra?
—Nada, nada —dijo Adrià, guardándola en la mochila.
—¿Sabes lo que me pareces? —dijiste, jadeando en plena cuesta.
—¿Eh?
—Eso. Que no me preguntas y qué te parezco, sólo dices eh.
—No lo entiendo. —Adrià, que iba delante, se detuvo, miró hacia el valle, escuchó el rumor lejano de la Noguera y se volvió a Sara. Ella también se detuvo, risueña.
—Siempre estás pensando.
—Sí.
—Pero siempre estás pensando lejos de aquí. Siempre estás en otra parte.
—Vaya... Lo siento.
—No, es que eres así. Yo también soy un poco rara.
Adrià se acercó a Sara y la besó en la frente con tanta ternura, Sara, que todavía me emociono al recordarlo. No te imaginas lo mucho que te quiero ni hasta qué punto me has transformado. Tú sí que eres una obra de arte, una obra maestra, y espero que me entiendas.
—¿Tú, un poco rara?
—Sí, con muchos complejos y muchos secretos.
—Los complejos... los disimulas. Los secretos..., eso se soluciona enseguida: cuéntamelos.
Sara miró atrás, hacia el camino andado, para no enfrentarse a los ojos de Adrià.
—Soy complicada.
—No tienes por qué contarme nada, si no quieres. Adrià iba a reanudar la subida, pero se detuvo y se volvió:
—Sólo me gustaría que me dijeras una cosa.
—¿Cuál?
Aunque parezca mentira, le pregunté qué te dijeron de mí tu madre y la mía. Qué te dijeron que tú creíste.
Tu rostro radiante se ensombreció y pensé qué metedura de pata.
Esperaste unos segundos y, con la voz un poco ronca, dijiste te supliqué que no me lo preguntases. Te lo supliqué...
Desasosegada, cogiste una piedra y la tiraste pendiente abajo.
—No quiero revivir esas palabras. No quiero que las sepas; quiero protegerte de ellas porque tienes todo el derecho a ignorarlas. Y yo, a olvidarlas. —Te recolocaste la mochila en la espalda con un ademán gracioso—: Es la habitación cerrada del cuento de Barba Azul, no lo olvides.
Lo dijo con tanta rotundidad que me dio la impresión de que nunca había dejado de pensar en ello. Ya hacía tiempo que vivíamos juntos y yo siempre tenía la pregunta en la punta de la lengua: siempre.
—De acuerdo —dijo Adrià—: No te lo preguntaré nunca más.
Reanudaron la subida. El último repecho escarpado del senderillo y por fin, a mis treinta y seis años, llegamos a las ruinas del soñado monasterio de Sant Pere del Burgal; el hermano Julià de Sau, que en otra época, cuando era dominico, se llamaba fray Miquel, salió a recibirnos con la llave en la mano. Con el Cofre Sacro en las manos.
Con la muerte en las manos.
—Hermanos, la paz del Señor sea con vosotros —nos dijo.
—La paz del Señor sea también contigo —respondí.
—¿Qué dices? —dijo Sara, perpleja.
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