Yo confieso

Jaume Cabre · Capítulo 57 de 60

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Yo confieso

Capítulo 57

—¿Adrià? —Sólo con eso supe que Max estaba alterado.

—Sí, dime.

—He recibido el fax.

—¿Está bien?

—No. En absoluto.

—Es que esto del fax no... Seguro que he tocado un botón que no...

—Adrià.

—Sí.

—El fax lo he recibido perfectamente. Has apretado el botón que debías apretar y me ha llegado.

—Muy bien. Ningún problema, ¿no?

—¿Ningún problema? ¿Sabes lo que me has enviado? —El tono parecía el de la Trullols cuando me decía haz arpegios en sol mayor y yo los comenzaba en re mayor.

—Coño, la nota biográfica de Sara.

—Sí. ¿Con qué nota has empezado? —insistió la Trullols.

—Oye, ¿qué te pasa?

—¿Dónde quieres que la ponga? —ahora ya era Max.

—Al final del libro de retratos. ¿Contento?

—No. Te leo lo que me has enviado. No era una pregunta, sino un aviso. E inmediatamente le oí decir Sara Voltes-Epstein nació en París en mil novecientos cincuenta y de muy jovencita conoció a un estúpido que se enamoró de ella y, sin mala intención, no supo hacerla feliz del todo.

—Oye, yo...

—¿Sigo?

—No hace falta, oye.

Pero Max me lo leyó todo. Estaba muy enfadado y cuando terminó se hizo un silencio rarísimo. Tragué saliva y dije Max, ¿te lo he mandado yo?

Más silencio. Miré los papeles de encima de la mesa. Los exámenes de los de estética estaban sin corregir. Seguro que Lola Xica ha estado revolviendo. Y más papeles y. Espera. Cogí un papel, el que había enviado por fax, escrito con la Olivetti. Le eché un vistazo rápido.

—Ostras. —Silencio—: ¿Seguro que te he mandado esto?

—Sí.

—Perdona.

La voz de Max sonó más calmada:

—Si no te importa, redacto yo la semblanza biográfica. La información de las exposiciones la tengo a mano.

—Gracias, oye.

—No, y disculpa que... los nervios... Es que los de la imprenta necesitan el texto ahora mismo, si queremos que salga antes de que se cierre la exposición.

—Si te parece, intento...

—De ninguna manera: me encargo yo.

—Gracias, Max. Recuerdos a Giorgio.

—De tu parte. Por cierto: ¿por qué escribes puta con dos pes?

Colgué. Fue el primer aviso, pero yo todavía no lo sabía. Seguí revolviendo los papeles de la mesa. Sólo encontré ese texto. Lo releí con preocupación. Había escrito Sara Voltes-Epstein nació en París en mil novecientos cincuenta y de muy jovencita conoció a un estúpido que se enamoró de ella y, sin mala intención, no supo hacerla feliz del todo.

Después de dolorosos tira y afloja, después de idas y venidas, aceptó vivir con el mentado estúpido unos largos años (demasiado breves) de vida en común, que se han convertido en los más importantes de mi vida. Los esenciales. Sara Voltes-Epstein murió en Barcelona en el otoño del noventa y seis. Mira si es pputa la vida que no pudo llegar a los cincuenta. Sara Voltes-Epstein se dedicó a dibujar la vida para los niños de los demás y muy de vez en cuando exponía, de mala gana, dibujos a lápiz o al carbón, como si sólo le importase lo esencial. Era muy buena dibujante. Era muy buena. Era.

La vida siguió, más triste, pero viva. La aparición del libro de los retratos de Sara Voltes-Epstein me llenó de una melancolía profunda e inacabable. La nota biográfica de Max era breve pero impecable, como todo lo que hace Max. Después, las cosas se precipitaron: Laura no volvió de Uppsala, tal como había amenazado, y yo me encerré a escribir sobre el mal porque me bailaban muchas cosas en la cabeza.

Pero Adrià Ardèvol, por más que escribiera con desesperación y llenase folios y más folios, sabía que no avanzaba, que era imposible avanzar porque sólo oía el timbre del teléfono: un re sostenido muy desagradable.

—Rinrinríiin. —Ahora el de la puerta.

—¿Te importa?

Adrià abrió del todo. Esa vez, Bernat fue directo al grano; traía el violín y una bolsa voluminosa.

—¿Habéis vuelto a discutir?

Bernat entró sin responder a lo que era evidente. Estuvo silencioso los cinco primeros días, mientras yo me peleaba con un texto estéril y contra la insistencia del teléfono.

Con su buena fe característica, a partir del sexto día, Bernat dedicó unas cuantas cenas a intentar convencerme de que pusiera un ordenador

en mi vida de una vez; me obligó a repasar lo que me había enseñado Llorenç, que se me iba olvidando por falta de uso.

—El concepto lo entiendo, sí, pero para usarlo... tendría que ponerme a usarlo y no tengo tiempo, la verdad.

—Lo que no tienes es remedio.

—¿Cómo quieres que me ponga con eso si todavía no he asumido la máquina de escribir? —Pero la usas constantemente.

—Porque no tengo un secretario que me lo pase todo a limpio.

—No sabes cuánto tiempo te ahorrarías.

—Soy hijo del códice, no del volumen ni del rollo.

—No te entiendo.

—Que soy hijo del códice y no del volumen.

—Sigo sin entender. Y lo único que pretendo con el ordenador es que ahorres tiempo.

Ni Bernat me convenció ni fui yo capaz de hablarle de Llorenç ni de recomendarle que no ejerciese de padre al estilo del mío conmigo. Hasta que un día lo vi hacer la maleta; no hacía ni diez días que había pedido refugio en casa. Volvía a la suya porque, según me dijo antes de marcharse, no podía vivir así, aunque no sé exactamente qué significa.

Se marchó de mi casa medio reconciliado con Tecla y volví a quedarme solo. Solo para siempre.

No paraba de dar vueltas a la idea en la cabeza, hasta que un buen día llamé a Max y le pregunté si estaría, porque tenía que verlo. Y me fui a Cadaqués dispuesto a todo.

La casa de los Voltes-Epstein es grande, espaciosa, no tremendamente bonita, pero permite disfrutar de la vista de las calas y del azul homérico del Mediterráneo. Es un paraíso en el que entraba por primera vez. Me gustó mucho que Max me abrazase en cuanto puse los

pies en la casa. Entendí que era la acogida oficial en la familia, aunque, a buenas horas... Desde la muerte del señor Voltes, la mejor habitación de la casa era el estudio de Max: una biblioteca impresionante, dicen que la más extensa de Europa, sobre el mundo del vino: laderas soleadas, viñas, cepas, pámpanos, enfermedades, racimos, monografías sobre cabernet, tempranillo, chardonnay, riesling, shiraz y compañía; historia, distribución geográfica, crisis históricas, epidemias, la filoxera, nacimiento de variedades, la viña y la latitud y altitud ideales. La niebla y la viña. El vino que viene del frío. La uva pasa. El vino de montaña y de alta montaña. Viñas verdes a la vera del mar. Bodegas, cavas, cubas, maderas de roble de Virginia y de Portugal, sulfitos, años de envejecimiento, humedad, oscuridad, alcornoques, tapones, familias de corcheros, compañías exportadoras de vino, de uva, de corcho, de madera de cuba, biografías de enólogos históricos, de familias de viticultores, libros de fotografías sobre los diferentes colores de los viñedos. Clases de suelo. Denominaciones de origen; denominación de origen controlada, calificada y protegida, con publicaciones de legislación, listas, mapas, límites e historia. Las grandes añadas de la historia. Tierras, comarcas y zonas vitivinícolas. Entrevistas a enólogos y empresarios del vino. El mundo de los envases del vino. El champán.

El cava. El espumoso. El champán. La gastronomía y el vino. Vino blanco, vino tinto, vino rosado, vino joven, vino maduro. Vinos dulces y rancios. Y un complemento dedicado a los licores dulces y secos. Los monasterios y los licores, chartreuse, coñacs y armañacs, brandys, whiskies de todo el mundo, bourbons, calvados, grappa, aguardientes, orujo, anís, vodka; el concepto de destilación. El universo del ron. Las temperaturas. Los termómetros del vino. Los sumilleres que han hecho historia... Al entrar, Adrià puso la misma cara de asombro y admiración que Matthias Alpaerts al entrar en el despacho de su casa.

—Admirable —resumió—. Tú, un sabio del vino, y tu hermana, lo mezclaba con gaseosa y lo bebía en porrón.

—En las familias tiene que haber de todo, pero hay que hacer distinciones: el porrón no es malo per se. La gaseosa, en cambio, sí.

—Te quedas a comer —añadió—. Giorgio es un cocinero excelente.

Nos sentamos, rodeados del mundo del vino y de la pregunta no formulada: qué quieres, de qué quieres hablar, por qué, que Max prefería no hacer. También nos envolvía un silencio mezclado con aire de mar que invitaba a estar sin hacer nada, dejando pasar las horas Plàcidamente, sin que nadie ni ninguna conversación nos complicase la vida. No era fácil ir al grano.

—¿Qué quieres, Adrià?

Delicado de decir. Porque lo que quería saber Adrià era qué hostias habían contado a Sara, eh, para que huyera de mí de la noche a la mañana sin avisar ni...

Se hizo un silencio que sólo interrumpía parcialmente la tenue brisa salada.

—¿No te lo contó Sara?

—No.

—¿Se lo preguntaste?

—No vuelvas a preguntármelo nunca más, Adrià. Más vale que...

—Pues si ella decía eso, yo...

—Max, mírame a los ojos. Está muerta. ¡Sara está muerta! Y quiero saber qué coño pasó.

—Tal vez ya no te haga falta.

—Sí, me hace falta. Y tus padres y los míos también están muertos.

Pero yo tengo derecho a saber de qué se me acusó.

Max se levantó, fue a la ventana, como si de pronto necesitara comprobar un detalle de la marina que se recortaba en la ventana igual que un cuadro. Estuvo allí un rato, absorbiendo los detalles. O

pensando, tal vez.

—Es decir, que no sabes nada —concluyó sin volverse hacia mí.

—No sé siquiera qué es lo que tengo que saber o dejar de saber.

Me puse nervioso con tanta reticencia. Hice un esfuerzo por calmarme. Y quise ser más preciso:

—Lo único que Sara me dijo, cuando la recuperé en París, fue que yo le había escrito una carta diciéndole que era una judía asquerosa y que se guardase donde le cupiera la mierda de su familia, que parecía que se hubiera tragado un sable y no lo hubiera cagado.

—Caray. Eso no lo sabía.

—Pues eso me dijo ella, más o menos. ¡Pero yo no lo escribí!

Max hizo un gesto indeterminado y salió del estudio. Al cabo de un rato volvió con una botella de vino blanco fresco y dos copas.

—A ver qué te parece.

Adrià tuvo que contener la inquietud, probar el saint émilion y esforzarse en identificar los sabores que Max le iba diciendo; así, a breves sorbitos, vaciaron lentamente la primera copa hablando de aromas, no de lo que las madres habían contado a Sara.

—Max.

—Ya lo sé.

Se sirvió media copa, pero no se la tomó como enólogo, sino como bebedor. La apuró, chasqueó la lengua, dijo sírvete y empezó a decir a Fèlix Ardèvol le llamó la atención el aspecto de su cliente y te lo cuento, querida, porque, por lo que me dijo Max, sólo lo sabías por encima.

Tienes derecho a saber los detalles: es mi penitencia. Por eso te digo que a Fèlix Ardèvol le llamó la atención el aspecto de su cliente, un hombre tan escuálido que, con el sombrero puesto, parecía un paraguas abierto en medio del jardín romántico del Ateneu.

—¿Señor Lorenzo?

—Sí —dijo Fèlix Ardèvol—. Usted debe de ser Abelardo.

El hombre se sentó en silencio. Se quitó el sombrero y lo posó delicadamente encima de la mesa. Pasó un mirlo piando entre los dos y se fue a un rincón de vegetación más frondosa. Con voz grave y en un castellano muy impostado, el hombre escuálido dijo recibirá usted hoy

mismo y aquí mismo el envío de mi cliente, media hora después de que me marche yo.

—Muy bien. Tengo tiempo.

—¿Cuándo se va?

—Mañana por la mañana.

Al día siguiente, Fèlix Ardèvol cogió un avión, como hacía tan a menudo. Una vez en Lyon, alquiló un stromberg, como hacía tan a menudo, y en pocas horas se plantó en Ginebra. En el Hotel du Lac le esperaba el mismo hombre escuálido con voz de bajo búlgaro, que lo invitó a subir a una habitación. Ardèvol le entregó el paquete y el hombre, después de dejar el sombrero con delicadeza en una silla, con parsimonia, desenvolvió el paquete y desprecintó el sello de seguridad.

Lentamente contó los cinco fajos de billetes, operación que le llevó diez minutos largos. Iba tomando nota en un papel y haciendo cálculos y registraba los resultados meticulosamente en una libretita. Anotaba incluso el número de serie de los billetes.

—Tanta confianza da asco —masculló, impaciente, Ardèvol. El otro hombre no se dignó responder hasta terminar la tarea.

—¿Qué decía? —preguntó mientras metía los billetes en una maletita; luego guardó la libreta, rasgó el papel de las anotaciones, reunió los trocitos y se los metió en el bolsillo.

—Que tanta confianza da asco.

—Como guste. —Se levantó, puso a su alcance un paquete que había sacado de la maleta y, empujándolo suavemente, se lo pasó a Ardèvol.

—Esto es para usted.

—¿Ahora tengo que contar yo?

El hombre sonrió cadavéricamente, rescató el paraguas de la silla, se lo puso por sombrero y dijo si quiere descansar, tiene pagada la habitación hasta mañana. Y se marchó sin volverse ni despedirse. Fèlix Ardèvol contó con cuidado los billetes y se quedó satisfecho con la vida.

Repitió la operación con ligeras variantes y pronto también con nuevos intermediarios y paquetes que iban aumentando de tamaño. E

incrementó las ganancias. Además, aprovechó los viajes para escudriñar en rincones y husmear en estantes de bibliotecas, archivos y almacenes.

Y un día, el hombre escuálido que decía llamarse Abelardo, tenía voz de trueno y hablaba un castellano impostado, como si le gustase escucharse, cometió un error. En vez de meterse en el bolsillo los trocitos del papel en el que había anotado los cálculos, los dejó en la mesa de la habitación del Hotel du Lac. Por la noche, tras recomponer pacientemente el rompecabezas encima de un cristal, Fèlix Ardèvol pudo leer las palabras que había en la otra cara del papel. Las dos palabras: Anselmo Taboada. Y unos garabatos indescifrables. Anselmo Taboada. Anselmo Taboada.

Fèlix Ardèvol tardó dos meses en atribuir una cara a ese nombre. Y

un martes lluvioso se presentó en Capitanía y esperó pacientemente a que lo recibieran. Al cabo de muchísimo tiempo, después de ver pasar por delante de él a militares de todas las graduaciones y de haber oído fragmentos de conversaciones raras, le dijeron que pasara a un despacho el doble de espacioso que el suyo, pero sin libros. Del otro lado de una mesa, la cara del teniente coronel Anselmo Taboada Izquierdo con cierta expresión de curiosidad. Viva Franco. Viva. Sin mayores prolegómenos, iniciaron una conversación instructiva y provechosa.

—Según mis cálculos, coronel, ésta es la cantidad que le he enviado a Suiza —dijo Fèlix, y le acercó un papelito empujándolo con un dedo por encima de la mesa, como había visto hacer con el sobre de su dinero al hombre supuestamente llamado Abelardo.

—No sé a qué se refiere.

—Soy Lorenzo.

—Se equivoca. —Se levantó, nervioso.

—No me equivoco. —Ardèvol, sentado, tranquilo—: Precisamente he entrado en Capitanía para saludarlo porque me pilla de paso, puesto que voy a ver a mi gran amigo, el Gobernador Civil de Barcelona. Gran

amigo mío y también del Capitán General, cuyo despacho está aquí al lado.

—¿Usted es amigo de don Wenceslao?

—Íntimo.

Mientras el teniente coronel volvía a sentarse, dubitativo, Ardèvol dejó en la mesa una tarjeta personal del Gobernador Civil y dijo telefonéelo y él mismo lo pondrá al día.

—No hace falta. Cuéntemelo usted.

No hacían falta muchas explicaciones, querida, porque mi padre tenía una habilidad prodigiosa para liar a la gente en su telaraña:

—¡Oh! —mueca aduladora de Fèlix Ardèvol mientras lo maldecía por dentro. El Gobernador Civil recogió del suelo los tres trozos en que se había roto la pieza de terracota.

—¿Es valiosa? —dijo.

—Vale una millonada, Excelencia.

Fèlix Ardèvol hizo un esfuerzo por disimular la irritación delante de ese manazas. Wenceslao González Oliveros dejó los tres fragmentos encima de la mesa y en su castellano florido dijo, con una insólita voz de torero emasculado, lo llevaré a arreglar, que lo peguen con un pegamento bueno, como hemos hecho con la España herida y deshonrada por los rebeldes.

—¡Ni hablar! —se le escapó a Ardèvol con demasiada pasión—. Lo restauro yo y en dos días tiene usted el regalo aquí, en su despacho.

Wenceslao González Oliveros le puso una mano en el hombro y anunció querido Ardèvol, este ídolo pagano es símbolo de la España herida por el comunismo, el catalanismo, el judaismo y la masonería, que nos empujaron a una guerra necesaria contra el mal.

Ardèvol adoptó una actitud de reflexión profunda que agradó al Gobernador Civil. Éste, temerariamente, cogió el trozo más pequeño, un brazo desgajado de la figura, y se lo enseñó a su discípulo diciendo

también había dos Cataluñas: una falsa, fraudulenta, cínicamente posibilista...

—He venido a pedirle un favor muy concreto.

—... imbuida de materialismo y, por tanto, escéptica en los ámbitos religioso y ético, y fundamentalmente apatrida.

—En pago a los servicios que voy a prestarle. Se trata de una cosa fácil para usted: permiso para disfrutar de libertad de movimientos.

—Otra Cataluña surge, amable y admirable, sana, vital, segura de sí misma, exquisitamente sensible como esta figurilla.

—Es una terracota púnica, carísima, comprada con mis ahorros a un médico judío que necesitaba dinero con urgencia.

—Pérfida raza judía, nos enseña la Biblia.

—No, Excelencia: nos lo dice la Iglesia católica. La Biblia fue escrita por judíos.

—Buena puntualización, Ardèvol. Veo que es un hombre cultivado, como yo. Pero eso no resta perfidia a los judíos.

—Ni mucho menos, Excelencia.

—Y no vuelva a discutirme nada —con el dedo levantado, por si acaso.

—No, Excelencia. —Señalando los tres trozos de terracota—: Estatuilla púnica, valiosísima, carísima, única, antiquísima: cartagineses y romanos.

—Sí. Una Cataluña dotada de inteligencia, abundante en castas nobles y distinguidas...

—Y le aseguro que quedará como nueva. Aquí donde la ve, tiene más de dos mil años de antigüedad. Es carísima.

—... fecunda en iniciativas, selecta en inclinaciones caballerescas y partícipe en emoción, acción e intuición...

—Sólo suplico un pasaporte sin trabas, Excelencia.

—... de los destinos últimos de España, la madre que nos ampara a todos los pueblos. Una Cataluña que sabe usar su entrañable dialecto sólo en el seno del hogar, con moderación, prudencia e íntimo decoro, para no ofender a nadie.

—Entrar y salir sin trabas del gran país que es España; aunque en Europa haya guerra; precisamente porque en Europa hay guerra, puedo dedicarme a pequeñas operaciones de compraventa.

—¿Como el buitre en busca de carroña?

—Sí, Excelencia, y le agradeceré con inmensa gratitud, en forma de objetos y piezas aún más valiosas que esta terracota púnica, que me otorgue dicho documento.

—Una Cataluña espiritual, dinámica y emprendedora de la que tanto tiene que aprender el resto de España.

—Yo sólo soy un comerciante, pero puedo repartir alegrías. Sí, exacto, sin restricciones geográficas, como los diplomáticos. No, no temo el peligro: siempre sé a qué puerta llamar.

—Desde la misma proa —podríamos decir— del gran bajel que avizora los nuevos horizontes.

—Gracias, Excelencia.

—Con Franco, nuestro amado Caudillo, esos horizontes, antaño enmugrecidos y envilecidos, están, en la actual alba radiante, al alcance de nuestra mano.

—Viva Franco, Excelencia.

—Prefiero metálico a estatuillas, Ardèvol.

—Hecho. Arriba España. —Y al teniente coronel Anselmo Taboada Izquierdo, al cabo de unas semanas, en su despacho sin libros—:

¿Quiere que llame a Su Excelencia el Gobernador Civil?

Vacilación del teniente coronel Anselmo Taboada. Entonces Fèlix Ardèvol le recordó y también me une al Capitán General una gran amistad. ¿Le dice algo ahora el nombre de Lorenzo?

Breve: un segundo como mucho necesitó el teniente coronel para sonreír ampliamente y preguntar ¿ha dicho Lorenzo? Pero ¡siéntese, hombre, siéntese!

—Ya estoy sentado.

Una conversación de un cuarto de hora fue suficiente. Tras perder la sonrisa al final de la negociación, el teniente coronel Anselmo Taboada Izquierdo hubo de claudicar y Fèlix Ardèvol dobló su asignación por las tres operaciones siguientes, más un plus fijo a final de año por valor de...

—Concedido —dijo Anselmo Taboada sin dejarle terminar—.

Concedido.

—Viva Franco.

—Viva.

—Soy una tumba, teniente coronel.

—Más le vale, por su salud, quiero decir.

Al hombre escuálido del paraguas por sombrero y que decía llamarse Abelardo no volvió a verlo nunca más, seguramente estaría confinado en los calabozos de incompetencia profesional. En cambio, Ardèvol consiguió que los colegas del nuevo amigo, un comandante y un capitán, también de intendencia, además de un juez y tres empresarios, le confiasen sus ahorros para que él los llevase a lugar seguro y de rédito más interesante. Al parecer lo hizo durante cuatro o cinco años, mientras había guerra en Europa, y también después, me dijo Max.

Y supo crearse un nutrido grupo de enemigos entre los militares y los políticos franquistas que tenían capacidad de maniobra financiera.

Debido tal vez a la manía de la compensación, decidió denunciar a cuatro o cinco profesores universitarios.

Menudo panorama, querida: cobraba a todo el mundo y todo se lo gastaba en material para la tienda y en manuscritos para sí... Por lo visto tenía un sexto sentido para detectar quiénes se morían por venderse y quiénes guardaban tantos secretos y tantos miedos que podía

estrangularlos sin temor a represalias. Me dijo Max que tu familia lo sabía con certeza porque un tío vuestro, de los Epstein de Milano, fue una de sus víctimas; las estafas de mi padre lo afectaron hasta llevarlo al suicidio. He ahí la vida y milagros de mi padre, Sara. Mi padre, que era mi padre, Sara. Y, por lo visto, mi madre en la inopia. Al pobre Max le costó mucho contármelo, pero lo hizo así, a chorro, para quitárselo de encima. Y yo también lo he vomitado ahora porque era un secreto del que sólo conocías una parte. Y Max terminó diciendo por eso la muerte de tu padre...

—Sigue, Max.

—Que, según mi familia, cuando fueron a buscar las cosquillas a tu padre por el motivo que fuera, la policía franquista no quiso saber nada.

Guardaron silencio un rato, tomando sorbitos del vino, mirando al vacío, pensando que habría sido mejor no hablar de ese tema.

—Pero yo... —dijo Adrià mucho después.

—Sí, de acuerdo. Tú, nada. Pero él llevó a la ruina a un primo de mis padres y a su familia. A la ruina y a la muerte.

—No sé qué decir.

—No tienes que decir nada.

—Ahora comprendo mejor a tu madre. Pero yo quería a Sara.

—Capuletti y Monteschi, Adrià.

—¿Y no puedo reparar el mal en nombre de mi padre?

—Lo que puedes hacer es acabarte el vinito. ¿Qué quieres reparar?

—Tú no me tienes ojeriza.

—El amor que te tenía mi hermana me lo ha puesto fácil.

—Pero ella huyó a París.

—Era una niña. Mis padres la obligaron a ir a París: a los veinte añitos no se tiene capacidad... Le lavaron el cerebro, sencillamente.

Silencio de nuevo... y el mar, el chapoteo de las olas, los graznidos de las gaviotas, la salsedumbre del aire, entraron en la habitación. Mil años después:

—Y cuando discutimos huyó otra vez. Vino aquí, a Cadaqués.

—Y no hacía más que llorar.

—¡Eso no me lo habías dicho!

—Me lo prohibió.

Adrià apuró la copa y pensó que servirían más vino con la comida.

Se oyó una campanita que recordaba vagamente la de un paquebote del diecinueve y Max, disciplinado, se levantó.

—Comemos en la terraza. A Giorgio no le gusta que le hagamos esperar cuando la comida está a punto.

—Max. —El hombre se paró con la bandeja de las copas en la mano

—: ¿Sara te habló de mí cuando estuvo aquí?

—Me prohibió que te contase ni una palabra.

—De acuerdo.

Max se encaminó a la terraza, pero antes de salir del estudio se volvió y me dijo mi hermana te quería con locura. —Bajó la voz para que Giorgio no los oyese—: Por eso no podía aceptar que no hicieses nada para devolver un violín robado. Fue eso lo que la descolocó.

¿Vamos?

Dios mío, querida mía.

—¿Adrià?

—Qué.

—¿Dónde estás?

Adrià Ardèvol miró al doctor Dalmau y parpadeó. Se fijó en el modigliani lleno de amarillos que había estado todo el tiempo, tanto tiempo, allí, enfrente de él.

—¿Cómo dices? —contestó, un poco desorientado, pensando dónde estaría realmente.

—¿Tienes ausencias?

—¿Yo?

—Has estado un buen rato... fuera de juego.

—Es que estaba pensando —se excusó.

El doctor Dalmau lo miraba con seriedad y Adrià sonrió y dijo sí, siempre he tenido ausencias. Todo el mundo me dice que soy un sabio distraído. —Señalándole, acusador—. Tú también.

El doctor Dalmau esbozó una sonrisa a medias y Adrià redondeó el tópico:

—Sabio, no mucho. Pero distraído, cada día más.

Hablaron de los hijos de Dalmau, el segundo gran tema del médico, subdividido a su vez en el pequeño, Sergi, ningún problema, pero Alicia... Y yo seguía con la sensación de llevar varios meses seguidos en la consulta de mi amigo. Cuando me iba, se me ocurrió sacar de la cartera un ejemplar de Llull, Vico i Berlin y se lo firmé. Para Joan Dalmau, que vela por mí desde que aprobó Anatomía Dos. Con profundo agradecimiento.

—Para Joan Dalmau, que vela por mí desde que aprobó Anatomía Dos. Con profundo agradecimiento. Barcelona, primavera de mil novecientos noventa y ocho. —Lo miró con satisfacción—. Gracias, chico. Sabes que para mí tiene mucho valor.

Sabía que Dalmau no leía mis libros. Los tenía impolutamente ordenados en la estantería alta de la librería del consultorio. A la izquierda del modigliani. Pero no se los regalaba para que los leyera.

—Gracias, Adrià —dijo blandiendo el libro. Y nos levantamos.

—No corre prisa —añadió—, pero me gustaría hacerte una revisión completa.

—¿Ah, sí? Pues si lo llego a saber, no te traigo el libro.

Los dos amigos se despidieron con una carcajada. Por increíble que parezca, la hija adolescente de Dalmau todavía estaba colgada del teléfono diciendo claro es que es un borde total, ¡te lo he dicho mil veces, tía!

Fuera, en la calle, me recibió la húmeda noche de Vallcarca.

Pasaban pocos coches y salpicaban con la típica inconsciencia. Si no era capaz de contar mi horror a mis amigos, no tenía remedio. Hace tiempo que te moriste cuando venías a hablar conmigo y todavía no lo he aceptado. Vivo agarrado a la madera podrida de un naufragio; no puedo remar hacia ningún destino. Estoy a merced de cualquier racha de viento pensando en ti, pensando por qué no podía haber sido de otra manera, pensando en las mil oportunidades que perdí de quererte más tiernamente.

Fue ese martes por la noche en Vallcarca, con lluvia fina y sin paraguas, cuando comprendí que todo yo es una exageración. O peor: que todo yo es un error, empezando por la familia en la que nací. Y sé que no puedo delegar en dioses ni en amigos. Pero ahora, gracias a Max, además de saber más detalles sobre mi padre, sé una cosa que me mantiene vivo: que me querías con locura. Mea culpa, Sara. Confíteor.

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