Yo confieso

Jaume Cabre · Capítulo 35 de 60

Páginas del PDF

Yo confieso

Capítulo 35

—Rinrinríiin.

Adrià estaba en el retrete leyendo Le forme del contenuto y oyó perfectamente el rinrinríiin. Y pensó el recadero de Murria siempre tan oportuno. Tardó lo suficiente para que se volviera a oír rinrinríiin y se dijo que tenía que cambiar el timbre por uno más moderno. Tal vez un din don, que siempre era más alegre.

—Rinrinríiin.

—Ya va, coño —refunfuñó.

Con Eco bajo el brazo, abrió la puerta y se encontró contigo, amor mío, en el rellano, de pie, seria, con una bolsa de viaje más bien pequeña; me mirabas con tus ojos oscuros y estuvimos los dos plantados un largo minuto, ella en el rellano, él dentro de casa sujetando la puerta, asimilando la sorpresa. Y al final del minuto inacabable sólo se le ocurrió decir qué quieres, Sara. Es que no me lo puedo creer: sólo se me ocurrió decirte qué quieres, Sara.

—¿Puedo entrar?

Puedes entrar en mi vida, puedes hacer lo que quieras, Sara querida.

Pero se limitó a entrar en casa. Y dejó la maletita en el suelo. Y

estábamos a punto de repetir otro minuto cara a cara, de pie, pero en el recibidor. Entonces Sara dijo me apetecería mucho un café. Entonces me di cuenta de que llevaba una rosa amarilla en la mano.

Ya lo dijo Goethe. Yerra quien en la madurez se propone cumplir un deseo de la juventud. Quien no supo o no pudo conocer la felicidad en el momento adecuado tampoco lo logrará por más esfuerzos que haga, porque habrá perdido el tren. Lo máximo que sobrevive en el amor que se reencuentra en la madurez es una tierna repetición de los momentos

felices. Eduard y Ottilie se acomodaron en el comedor a tomar el café.

Ella posó elegantemente la rosa en la mesa.

—Es bueno este café.

—Sí. Es de Murria.

—¿Todavía existe?

—Desde luego.

—¿Qué estás pensando?

—No quiero... —La verdad, Sara, no sabía qué decir. Por eso, fui al grano—: ¿Vienes a quedarte?

El personaje Sara recién llegada de París no es el mismo que el de Sara en Barcelona a los veinte años, porque las personas experimentan metamorfosis. Y los personajes también. Me lo contó Goethe, pero Adrià era Eduard y Sara era Ottilie. Se les había escapado el tiempo; también por culpa de sus padres. La attractio electiva dúplex funciona cuando funciona.

—Tengo que poner una condición. Y perdóname. —Ottilie mirando al suelo.

—Cuál. —Eduard a la defensiva.

—Que devuelvas lo que robó tu padre. Perdóname.

—¿Lo que robó mi padre?

—Sí. Tu padre se aprovechó de mucha gente, la extorsionó. Antes, durante y después de la guerra.

—Pero yo...

—¿Cómo crees que montó el negocio?

—Vendí la tienda —dijo.

—¿De verdad? —incrédula, incluso secretamente decepcionada, me pareció.

—Ni quiero ser tendero ni he aprobado jamás los métodos de mi padre.

Silencio. Sara bebió un sorbito de café y lo miró a los ojos. Lo escudriñó con la mirada y Adrià se vio obligado a responder.

—Oye, vendí una tienda de anticuario y brocanter. No sé lo que adquirió mi padre fraudulentamente, pero la mayoría de las cosas eran legales. Además, he cortado con ese asunto —mentí.

Sara guardó silencio diez minutos. Pensando, mirando al frente pero prescindiendo de la presencia de Adrià; y tuve miedo de que tal vez estuviera poniendo condiciones imposibles de cumplir para poder excusarse y huir otra vez. La rosa amarilla yacía en la mesa, atenta a la conversación. La miré a los ojos pero ella, sin evitarlo, seguía inmersa en sus reflexiones, como si yo no estuviera. Era un comportamiento nuevo que no te conocía, Sara, y que has repetido sólo en momentos muy singulares.

—De acuerdo —dijo mil años después—. Podemos intentarlo. —Y

tomó otro sorbito de café. Yo estaba tan nervioso que tomé tres tazas seguidas, de las que prometen una noche en blanco. Y entonces me miró a los ojos, con el daño que hace eso, y me dijo me parece que estás acojonado.

—Sí.

Adrià la cogió de la mano y la llevó al despacho, hasta la cómoda de los manuscritos.

—Este mueble es nuevo —comentaste.

—¡Qué buena memoria tienes!

Adrià abrió los dos primeros cajones y sacó mis manuscritos, mis joyas, las que me provocaban temblor en los dedos: mis descartes, goncourts... y dije todo esto es mío, Sara: lo he comprado con mi dinero, porque me gusta coleccionarlo o tenerlo o comprarlo o lo que sea. Es mío, lo he comprado sin extorsionar a nadie.

Lo dije con esas mismas palabras sabiendo que probablemente mentía. Al instante se hizo un silencio grave, tenebroso. No osé mirarla.

Pero como el silencio persistía, la miré. Estaba llorando en silencio.

—¿Qué te pasa?

—Perdóname. No he venido a juzgarte.

—De acuerdo... Pero también quiero aclarar las cosas.

Se sonó la nariz con delicadeza y no acerté a decir, bueno, a saber de dónde los saca Morral y qué métodos emplea.

Abrí el cajón de debajo, el de las hojas de la Recherche, de Zweig y el pergamino de la consagración de Sant Pere del Burgal. Cuando iba a decirle que esos manuscritos eran de mi padre y probablemente fruto de la extor/ella cerró el cajón y repitió perdóname, no soy quién para juzgarte. Y me callé como un muerto.

Un poco aturdida, te sentaste a la mesa de trabajo, donde había un libro abierto, diría que Masse und Macht, de Canetti.

—Y el storioni lo compró con todas las de la ley —volví a mentir, señalando el armario de los instrumentos.

Me miró con lágrimas en los ojos, queriendo creerme.

—De acuerdo —dijiste.

—Y yo no soy mi padre.

Sonreiste débilmente y dijiste perdóname, perdóname, perdóname por haber entrado así en tu casa.

—Nuestra casa, si quieres.

—No sé si tienes alguna... Si tienes..., no sé, alguna relación que...

—Cogió aire—. Si hay otra mujer. No querría destrozar nada que...

—Fui a buscarte a París, ¿no te acuerdas?

—Sí, pero...

—No hay ninguna mujer —mentí por tercera vez, como San Pedro.

Sobre estas bases reanudamos la relación. Comprendo que fue una imprudencia por mi parte, pero quería retenerla a toda costa. Entonces, echó un vistazo alrededor. Se le fueron los ojos hacia la pared de los cuadritos.

Se acercó. Estiró la mano y, como yo cuando era pequeño, tocó levemente con dos dedos la miniatura de Abraham Mignon que representaba un ramo de ufanas gardenias amarillas en un tiesto de cerámica. No le dije donde pones la vista pones la mano, sino que sonreí de felicidad. Se volvió, suspiró y dijo está todo igual. Tal como lo he recordado todos y cada uno de estos días. Se puso delante de mí, mirándome con serenidad repentina, y dijo ¿por qué fuiste a buscarme?

—Para poner la verdad en su sitio. Porque no he podido asimilar que hayas vivido tanto tiempo pensando que te insulté.

—Yo...

—Y porque te quiero. Y tú ¿por qué has venido?

—No sé, pero también te quiero. Tal vez para... No, nada.

—Dime. —Le cogí las dos manos para animarla a hablar.

—Pueees... para compensar mi debilidad de los veinte años.

—Tampoco puedo juzgarte. Pasó lo que pasó.

—Y también...

—¿Qué?

—También porque no he podido librarme de tu mirada, allí en el rellano de mi casa. —Sonrió pensando en sus cosas—. ¿Sabes lo que parecías? —preguntó.

—Un vendedor de enciclopedias.

Se echó a reír. ¡Tu risa, Sara! Y dijo sí, sí, sí, exactamente eso. Pero enseguida se contuvo y dijo he vuelto porque te quiero, sí. Si tú quieres.

Y dejé de pensar en lo mucho que había mentido esa mañana. Ni siquiera fui capaz de decirte que en el huitiéme arrondissement, cuando estabas con la mano pegada a la puerta, como dispuesta a cerrármela en

las narices en cualquier momento, me diste pánico; no te lo he dicho nunca. Allí lo disimulé como buen vendedor de enciclopedias. En el fondo del fondo del corazón, fui a París, a tu casa, al quarante-huit rué Laborde, para oírte decir que no querías saber nada de mí, cerrar un capítulo sin ser culpable y tener un buen motivo para llorar. Pero, después de decir que no en París, Sara se presentó en Barcelona y dijo me apetecería mucho un café.

OceanofPDF.com

Adrià, en silla de ruedas, miraba el despacho desde el umbral. Sujetaba entre las manos un trapo sucio que nadie había conseguido arrancarle. Adrià miraba el despacho. Un minuto largo, larguísimo para todos. Respiró hondo y dijo cuando queráis; fue un minuto brevísimo para él. La mano férrea de Jònatan se hizo cargo de la silla con impaciencia mal disimulada y la orientó en dirección a la puerta de la calle. Adrià señaló a Xevi y dijo Xevi. Señaló a Bernat, que tenía los ojos llorosos, y dijo Bernat, señaló a Xènia y dijo Tecla. Y cuando a Caterina le dijo Lola Xica, Caterina no lo contradijo por primera vez en la vida.

—Estará bien atendido, no os preocupéis —dijo uno cualquiera de los supervivientes.

La comitiva bajó en silencio, mirando de reojo la luz del ascensor en el que iban Adrià, la silla de ruedas y Jònatan. Cuando llegaron abajo Bernat tuvo la sensación de que, al salir del ascensor y verlos a todos otra vez, Adrià ya no los reconoció. Fue una especie de relámpago pavoroso.

En diez días se había disparado la alarma. La disparó Caterina cuando Adrià se perdió en su propia casa. En literaturas eslavas, miraba, asustado, alrededor.

—¿Dónde quiere ir?

—No sé. ¿Dónde estoy?

—En casa.

—¿En casa de quién?

—En la suya. ¿Sabe quién soy yo?

—Sí.

—¿Quién?

—La... eso. —Pausa larga. Asustado—; ¿No? ¡O un complemento directo!

¡O el sujeto! El sujeto, ¿no?

Esa misma semana no había dejado de hurgar en la nevera, cada vez más angustiado y refunfuñón, y Jònatan, el enfermero que cubría el turno de noche esos días, le preguntó qué buscaba a esas horas.

—Los calcetines. ¿Qué quieres que busque?

Jònatan se lo dijo a Plàcida y ésta, a Caterina. Y Placida añadió que Adrià le había pedido que pusiera un libro a hervir. Está como un cencerro, ¿no?

Y ahora, en literaturas eslavas, Caterina insistía ¿sabe quién soy, Adrià?, y él respondía: el complemento directo. Por eso se alarmó y llamó al doctor Daltnau y a Bernat. Y el doctor Dalmau, alarmado, llamó al doctor Valls a la residencia y le dijo me parece que ha llegado el momento. Fueron unos días de revisiones exhaustivas, de test y pruebas y de mirar los resultados de reojo. Y de silencios. El complemento indirecto, ¡ahora! Y al final, el doctor Dalmau convocó a Bernat y a los primos de Vic. Bernat les ofreció su casa y se ocupó de que no faltase agua de Tasmania en los vasos. El doctor Dalmau les dijo lo que debían hacer.

—Pero ¡si es un hombre... —Xevi, indignado con el hado, aún se rebelaba

—:..., es un hombre que habla siete u ocho lenguas!

—Trece —puntualizó Bernat.

—¿Trece? En cuanto me distraigo, aprende otra nueva. —Se le iluminaron los ojos—: ¿Lo ve, doctor? ¡Trece lenguas! Yo soy campesino, soy mayor y sólo sé una y media. ¿No es injusto? ¿Eh?

—Catalán, francés, castellano, alemán, italiano, inglés, ruso, arameo, latín, griego, neerlandés, rumano y hebreo —especificó Bernat—. Y podía leer seis o siete más con toda facilidad.

—¿Lo ve, doctor? —Argumento médico indiscutible de Xevi Ardèvol, abriendo a la desesperada otro frente de defensa.

—Su primo era un fuera de serie —lo cortó educadamente el doctor—. Lo sé porque lo he seguido de cerca. Si me lo permite, me considero su amigo, pero ahora se ha acabado. Se le seca el cerebro.

—Qué pena, qué pena, qué pena...

Después de rebelarse en vano un poco más, convinieron en que lo mejor que podían hacer era poner en orden la vida de Adrià y aceptar las disposiciones que él mismo había dictado cuando todavía estaba en posesión de sus facultades mentales. Bernat pensó qué tristeza tener que disponer las cosas para cuando uno ya no esté; tener que decir y poner por escrito lego el piso de Barcelona a mis

primos Xavier, Francesc y Rosa Ardèvol a partes iguales. Por lo que respecta a mi biblioteca, dispongo que, cuando deje de serme útil, sea Bernat Plensa quien tome la decisión de quedársela o donarla a las universidades de Tübingen y Barcelona, según los intereses respectivos. Que sea él, si lo acepta, puesto que fue quien me ayudó a montarla hace mucho tiempo, cuando participamos en la Creación del Mundo.

—No entiendo nada. —Xevi, perplejo, el día de la reunión con el abogado.

—Es una broma de Adrià. Me temo que sólo la entiendo yo —aclaró Bernat.

—Y dispongo que la señora Caterina Fargües sea remunerada con una cantidad equivalente al sueldo de dos años. Al mismo tiempo, Bernat Plensa tiene autorización para quedarse con lo que le parezca oportuno, siempre y cuando no se haya adjudicado ya en este testamento, aunque más que un testamento es un libro de instrucciones. Y que decida sobre el destino de todo lo demás y disponga de ello, aunque se trate de objetos de valor, como la colección de monedas o la de manuscritos, a menos que considere más adecuado donarlo a las universidades antedichas. A este respecto, os recomiendo que sigáis el criterio del profesor Johannes Kamenek de Tübingen. En cuanto al autorretrato de Sara Voltes-Epstein, que sea entregado a su hermano, Max Voltes-Epstein. Y deseo que el cuadro de Modest Urgell, que está en el comedor y que representa el monasterio de Santa Maria de Gerri, sea para fray Julià, del monasterio vecino de Sant Pere del Burgal, que es el responsable de todo.

—¿Cómo?—Xevi, Rosa y Quico a la vez.

Bernat abrió la boca y la cerró. El abogado volvió a leer para sí y dijo sí, sí: dice fray Julià de Sant Pere del Burgal.

—Quién coño es ése —dijo recelosamente Quico de Tona.

—¿Y qué significa que sea el culpable? ¿Culpable de qué?

—No, no; dice responsable.

—¿Responsable de qué?

—De todo —dijo el abogado, después de consultar el papel.

—Lo investigaremos en otro momento —dijo Bernat, y, con un gesto, indicó al abogado que continuase.

—Y si no se le puede localizar o lo rechaza, ruego que se le ofrezca a la señora Laura Baylina de Uppsala. Si ella tampoco lo acepta, delego en el señor Bernat Plensa para que encuentre la mejor solución. Y el mentado Bernat Plensa debe entregar al editor, como hemos acordado, el libro que le confié.

—¿Un libro nuevo?—Xevi.

— Sí. De eso me ocupo yo, tranquilos.

—¿Os parece que estaba en sus cabales cuando escribió esto?

—Eso debemos suponer —dijo el abogado—. Lo que no podemos es pedirle aclaraciones.

—¿Quién es la señora Dupsala? —dijo Rosa—. ¿Existe?

—No os preocupéis; la encontraré. Existe.

—Y para terminar, una breve reflexión dedicada a vosotros y a quien haya querido sumarse. Me dicen que no echaré de menos ni los libros ni la música, cosa que no puedo creer del todo. Me dicen que no os reconoceré; no seáis muy crueles conmigo. Me dicen que esto no me hará sufrir. Por lo tanto, tampoco sufráis vosotros. Y sed indulgentes con mi degradación, que será paulatina pero imparable.

—Muy bien —dijo el abogado después de leer lo que Adrià Ardèvol había titulado «Instrucciones prácticas para el tramo final de mi vida».

—Queda un fragmentito —se atrevió a decir Rosa, señalando el papel.

—Sí, disculpe: es una coletilla de despedida.

—¿Y qué dice?

—Dice, en cuanto a las instrucciones espirituales, las recojo aparte.

—¿Dónde?

—En el libro que ha escrito —dijo Bernat—. Me encargo yo, no os preocupéis.

Bernat abrió procurando no hacer ruido. Como un ladrón. Palpó la pared hasta encontrar el interruptor. Lo apretó pero la luz no se encendió. Mierda. Sacó una linterna de la cartera y se le acrecentó la sensación de ladrón que tenía. La caja de los plomos o como se llame ahora estaba en el mismo recibidor. Accionó el interruptor y se encendió la luz del recibidor y otra al fondo, la del pasillo de prosa en lenguas germánicas y orientales, tal vez. Se quedó unos segundos contemplando el silencio de la casa. Fue a la cocina. La nevera estaba desenchufada, con la puerta abierta sin calcetines dentro. Y el congelador, también vacío. Recorrió prosa en lenguas eslavas y nórdicas guiado por la luz encendida. La luz encendida era la de bellas artes y enciclopedias, el estudio de Sara, que antes había sido la habitación de Lola Xica. El caballete seguía montado allí, como si Adrià no hubiera dejado de creer que Sara volvería un día y se pondría a dibujar y de nuevo se mancharía levemente los dedos de carboncillo. Y un montón de carpetas inmensas con pruebas. Enmarcados y puestos como en una especie de altar, In Arcadia Hadriani y Sant Pere del Burgal: un sueño, los dos paisajes que Sara había regalado a Adrià y que, a falta de instrucciones concretas, Bernat decidió adjudicar a Max Voltes-Epstein.

Dejó la luz encendida. Echó un vistazo a religión y mundo clásico, retrocedió por lenguas románicas y se asomó a Poesía; allí encendió la luz. Todo en orden.

Después entró en ensayo literario y encendió la luz: el comedor estaba como siempre. El sol seguía iluminando el monasterio de Santa Maria de Gerri desde Trespui. Del bolsillo del abrigo sacó la máquina fotográfica. Después de apartar un par de sillas, se situó ante la pintura de Modest Urgell y le hizo un par de fotos con flash y otras dos sin flash. Salió de ensayo literario y fue al despacho.

Todo estaba tal como lo habían dejado. Se sentó en una silla y se puso a pensar en las muchas veces en que había entrado, siempre al lado de Adrià, discutiendo de música y de literatura sobre todo, pero también de política y de la vida. Y, tanto de jóvenes como de niños, imaginándose allí misterios clandestinos.

Encendió la lámpara de pie del sofá y la del techo. En el espacio que hacía años que ocupaba el autorretrato de Sara había ahora un vacío que le produjo algo parecido a un mareo. Se quitó el abrigo, se frotó la cara con la palma de las manos, como hacía Adrià, y dijo vamos allá. Pasó por detrás de la mesa y se acuclilló. Probó seis, uno, cinco, cuatro, dos, ocho. No se abrió. Probó siete, dos, ocho, cero, seis, cinco y la caja fuerte se abrió silenciosamente. Dentro, nada. Sí,

unos sobres. Los cogió y los dejó en la mesa para mirarlos más cómodamente.

Abrió el primero, revisó los folios uno a uno; una lista de personajes. El estaba allí: Bernat Plensa, Sara Voltes-Epstein, yo, Lola Xica, tía Leo..., las personas..., bueno, los personajes, con la fecha de nacimiento y, en algún caso, con la de muerte al lado. Más papeles: una especie de esquema con tachones, como si lo hubiera rechazado. Otra lista con más personajes. Y nada más. Si eso era todo, Adrià había escrito a chorro, pasando de un lugar a otro según le dictaba la memoria que le quedaba. Lo volvió a meter todo en el sobre y lo guardó en la cartera. Agachó la cabeza e hizo un esfuerzo por contener las ganas de llorar. Respiró pausadamente unas cuantas veces hasta que recobró la calma.

Abrió el otro sobre. Tres fotos: una de Sara haciéndose una foto en un espejo.

Qué guapa. Ni siquiera ahora quiso reconocer que siempre había estado un poco enamorado de ella. La otra era de Adrià trabajando allí mismo, donde estaba sentado él en ese momento. Amigo mío, Adrià. Y unas cuantas fotos más: una lámina que contenía esbozos del retrato de una niña muy menuda. Y varias fotos del Vial, por delante y por detrás. Las devolvió al sobre y lo guardó todo en la cartera, pero ahora con una mueca amarga de disgusto, pensando en el Vial, que se había perdido. Miró en el interior de la caja fuerte. Nada más; la cerró pero no movió la rueda. Fue de nuevo a historia y geografía. En la mesilla de noche, Carson y Aguila Negra montaban guardia fielmente para nadie. Los cogió, caballos incluidos, y los guardó en la cartera. Volvió al despacho y se sentó en el sillón que solía usar Adrià para leer. Estuvo más de una hora mirando al vacío, repasando el recuerdo y la añoranza de todo; permitió que de vez en cuando le resbalase una lágrima por la mejilla.

Mucho tiempo después de todo, Bernat Plensa i Punsoda salió de la ensoñación, miró alrededor y fue incapaz de reprimir un llanto que brotaba de muy adentro. Se tapó la cara con las manos. Cuando se calmó un poco, se levantó del sillón de lectura; una mirada más de inspección del despacho mientras se ponía el abrigo. Adéu, ciao, à bientôt, adiós, tschüss, vale, dag, bye, avrío, noká, la revedere, viszlát, head aega, lehitraot, tchau, maa as-salama, puix beixlama, amigo mío.

OceanofPDF.com