Yo confieso

Jaume Cabre · Capítulo 3 de 60

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Yo confieso

II De pueritia

II

De pueritia

El buen guerrero no puede enamorarse constantemente de todas las squaws con las que tropiece, por mucho que se embellezcan con pinturas de guerra.

Águila Negra

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3

No me mires con esa cara. Sé que invento cosas, pero digo la verdad.

Por ejemplo, me parece que el primer recuerdo que tengo de mi antigua habitación, la que hoy es la sección de Geografía e Historia, es que quería montarme una casa debajo de la cama. No era incómodo y, sobre todo, era divertido, porque veía los pies a los que entraban diciendo Adrià, hijo, dónde estás, o Adrià, a merendar. ¿Dónde se ha metido? Sé que era divertidísimo. Sí, siempre me aburría tanto, porque mi casa no era apta para niños, ni mi familia tampoco. Mi madre no contaba, mi padre sólo vivía para sus compras y sus ventas, y yo me moría de celos cuando lo veía acariciar un grabado o un jarrón de porcelana fina. Y mi madre..., pues siempre me dio la impresión de que estaba en guardia, alerta, mirando a todas partes. Y eso que contaba con la complicidad de Lola Xica. Ahora entiendo que mi padre no le permitía estar como en su propia casa. Era la casa de mi padre y le hacía el favor de dejarla vivir allí. Cuando murió él, respiró tranquila y desapareció la expresión de inquietud, aunque evitaba mirarme. Y cambió. Me pregunto por qué.

También me pregunto por qué se casarían mis padres. No creo que llegaran a quererse nunca. Nunca hubo amor en casa. Yo fui una mera consecuencia circunstancial de su vida.

Es curioso: con la de cosas que quiero contarte y no paro de distraerme; me pierdo en divagaciones que harían babear a Freud, porque puede que todo sea por culpa de la relación que tuve con mi padre. Puede que porque murió por mi culpa.

Un día, ya un poco mayorcito, cuando en el despacho de mi padre había conquistado clandestinamente el espacio entre la parte de atrás del sofá y la pared y lo había convertido en una mansión para mis indios y vaqueros, entró mi padre y, con él, una voz conocida pero que en ese momento me pareció agradable y espeluznante a un tiempo: era la primera vez que oía al señor Berenguer fuera de la tienda y no me sonaba exactamente igual; desde entonces no me gusta nada su voz, ni

en la tienda ni fuera de ella. Me quedé inmóvil, dejé al sheriff Carson en el suelo, el caballo marrón de Águila Negra, normalmente tan silencioso, se me cayó e hizo un ruidito que me sobresaltó, pero el enemigo no lo oyó y mi padre dijo a usted no tengo que darle explicaciones.

—Yo creo que sí.

Al sentarse el señor Berenguer en el sofá, el mueble retrocedió un poco hacia la pared y, heroicamente, me imaginé aplastado antes que descubierto. Oí dar unos golpecitos al señor Berenguer y mi padre, con voz gélida, dijo en esta casa está prohibido fumar. Entonces el señor Berenguer dijo que exigía una explicación.

—Aquí el jefe soy yo. —Tono irónico de mi padre—: ¿O no?

—Encontré diez grabados, conseguí que los perjudicados no protestaran mucho. Los pasé por tres fronteras, los llevé a tasar por mi cuenta y ahora me dice que los ha vendido sin consultármelo siquiera.

Uno era de Rembrandt, ¿lo sabía?

—Compramos y vendemos; así nos ganamos la puta vida.

Lo de puta vida era la primera vez que lo oía y me gustó; mi padre lo dijo con dos pes: la pputa vida, porque estaba enfadado, me parece.

Entendí que el señor Berenguer sonreía; en aquella época ya había aprendido a descifrar los silencios y estaba seguro de que el señor Berenguer sonrió.

—¡Ah, hola, señor Berenguer! —la voz de mi madre—. ¿Has visto al niño, Fèlix?

—No.

Toque de alarma. ¿Cómo iba a salir de detrás del sofá y perderme en el extremo opuesto y ponerme a disimular, como si no hubiera oído nada? Lo consulté con el sheriff Carson y con Águila Negra, pero no podían ayudarme. Entre tanto, los hombres guardaban silencio, seguramente esperaban a que mi madre saliera del despacho y cerrase la puerta.

—Que usted siga bien.

—Que usted siga bien, señora. —En el mismo tono agrio de la discusión—: Me ha estafado. Reclamo una comisión extraordinaria. —

Silencio—. La exijo.

A mí me importaba un comino el tema de la comisión. Para calmarme, me puse a traducir mentalmente la conversación al francés, un francés bastante inventado; por lo tanto, debía de tener siete años. A veces me servía para tranquilizarme; es que, cuando me ponía nervioso, me movía sin querer y, con el silencio que había en el despacho, si me hubiera movido mucho me habrían oído perfectamente. Moi, j'exige ma commission. C'est mon droit. Vous travaillez pour moi, monsieur Berenguer. Oui, bien sûr, mais j'ai de la dignité, moi!

Al fondo, las voces de mi madre, ¡Adrià, hijo! Lola Xica, ¿sabes dónde está? Dieu sait où est mon petit Hadrien!

No me acuerdo muy bien, pero me parece que el señor Berenguer se marchó algo enfadado y que mi padre se deshizo de él diciéndole a las duras y a las maduras, monsieur Berenguer, cosa que no supe traducir.

¡Qué más quisiera yo que mi madre me hubiera llamado alguna vez mon petit Hadrien!

El caso era que ya podía salir del escondite. Lo que tardó mi padre en acompañar a la visita a la puerta fue tiempo más que suficiente para borrar rastros; la vida de partisano que llevaba en casa me había dotado de una capacidad inmensa para el camuflaje... y para la ubicuidad, casi.

—¡Estás aquí! —Mi madre salió al balcón en el que me había puesto a mirar los coches, que ya empezaban a encender las luces, porque la vida en esa época, tal como la recuerdo, era un eterno anochecer—. ¿No me oías?

—¿Qué? —Con el sheriff y el caballo marrón en una mano, fingí que estaba en la higuera.

—Tienes que probarte la bata del colé. ¿Es que no me oías?

—¿La bata?

—La señora Angeleta ha cambiado las mangas. —Un gesto imperativo—: ¡Hala!

En el cuarto de la ropa, la señora Angeleta, con un alfiler entre los labios, miró profesionalmente la caída de las mangas nuevas.

—Creces muy deprisa, niño.

Mi madre fue a despedir al señor Berenguer y mientras me probaba la bata sin mangas, como tantas veces en la infancia, entró Lola Xica en el cuarto de la ropa a buscar las camisas limpias.

—Y gastas mucho los codos —remató la señora Angeleta, que en esa época ya había cumplido más o menos mil años.

Se cerró la puerta de la escalera. Los pasos de mi padre se alejaron en dirección al despacho y la señora Angeleta movió la nevada cabeza.

—Últimamente recibe muchas visitas.

Lola Xica no dijo nada y fingió que no la había oído. Mientras prendía la manga con los alfileres, la señora Angeleta añadió:

—Y a veces oigo gritos.

Lola Xica cogió las camisas sin decir ni pío. La señora Angeleta no cejó.

—¡A saber de qué hablarán!...

—De la pputa vida —dije sin pensarlo.

A Lola Xica se le cayeron las camisas al suelo, la señora Angeleta me pinchó en el brazo y Águila Negra dio media vuelta y escrutó el reseco horizonte con los ojos casi cerrados. Avistó la nube de polvo antes que nadie, incluso antes que Conejo Veloz.

—Se acercan tres jinetes —dijo. Nadie respondió. En el interior de la gruta, el calor inclemente del estío los respetaba un poco, pero nadie, ni una squaw, ni un solo niño, tenía ánimos para interesarse por los forasteros ni por sus intenciones. Águila Negra hizo con los ojos una señal imperceptible. Tres guerreros se pusieron en marcha hacia los caballos. El los siguió de cerca sin perder de vista la nube de polvo, que

iba acercándose directamente a la gruta sin el menor disimulo. Como el pájaro que distrae al depredador y lo aleja del nido con toda clase de artimañas, los tres guerreros y Águila Negra se desviaron hacia poniente para llamar la atención de los visitantes. Los dos grupos se encontraron cerca de las cinco encinas; los forasteros eran tres hombres blancos, uno muy rubio y dos de piel oscura, de los cuales, uno, que tenía un bigotazo exagerado, se apeó ágilmente de la montura con las manos separadas del cuerpo y sonrió.

—Eres Águila Negra —afirmó, sin pegar las manos al cuerpo, en señal de sumisión.

El gran jefe de los arapaho de las Tierras del Sur de la Orilla del Washita del Pez Amarillo asintió con un gesto imperceptible desde lo alto del caballo y no se le movió ni un pelo; entonces dijo quién nos honra con su presencia, y el del bigote negro volvió a sonreír, saludó con una graciosa reverencia a medias y dijo soy el sheriff Carson, de Rockland, a dos jornadas de vuestras tierras.

—Sé dónde habéis levantado el poblado de Rockland —respondió secamente el legendario gran jefe—. En territorio pawnee —y escupió en el suelo con desprecio.

—Aquí, mis ayudantes —replicó Carson sin saber muy bien a quién iba dirigido el escupitajo—. Estamos buscando a un criminal fugitivo.

—Escupió a su vez y le pareció que no estaba mal.

—¿Qué ha hecho, por qué lo tratan de criminal? —El caudillo arapaho.

—¿Lo conoces? ¿Lo has visto?

—Pregunto que qué ha hecho para que lo traten de criminal.

—Matar a una yegua.

—Y deshonrar a dos mujeres —añadió el rubio.

—Sí, también —afirmó el sheriff Carson.

—¿Y por qué lo buscáis aquí?

—Es un arapaho.

—El territorio de mi pueblo se extiende muchas jornadas hacia occidente, hacia oriente y hacia el frío y el calor. ¿Por qué has venido precisamente aquí?

—Tú sabes quién es. Queremos que se lo entregues a la justicia.

—Te equivocas, sheriff Carson. El asesino que buscas no es un arapaho.

—¿Ah, no? ¿Y cómo lo sabes?

—Un arapaho jamás mataría a una yegua.

Entonces se encendió la luz y, con un ademán, Lola Xica le indicó que saliera de la despensa. La madre de Adrià, con pinturas de guerra en la cara, sin mirarlo ni escupir en el suelo, dijo Lola, lávale la boca a conciencia. Con agua y jabón. Y con unas gotas de lejía, si hace falta.

Águila Negra soportó la tortura sin soltar ni un gemido. Cuando Lola Xica terminó, mientras él se secaba con la toalla, la miró a los ojos y dijo Lola Xica, ¿sabes qué quiere decir exactamente deshonrar a una mujer?

A los siete u ocho años creía que tomaba decisiones sobre mi vida.

Una, muy sabia, consistía en dejar mi educación en manos de mi madre, pero, por lo visto, las cosas no funcionaban así. Y me enteré porque aquella noche quería saber cómo reaccionaba mi padre a mi despiste y monté el dispositivo de espionaje del comedor. No era muy complicado, porque mi habitación tenía un tabique en común con el comedor. Oficialmente me acosté temprano y mi padre no me encontró despierto cuando llegó. Era la mejor manera de ahorrarme un sermón peliagudo, porque si, por defenderme, hubiera llegado a decir que lo de la pputa vida se lo había oído a él, el asunto no habría terminado con tienes la boca muy sucia y te la voy a lavar con jabón lagarto, sino que habría continuado ¿y cómo narices sabes que yo he dicho eso de la pputa vida, mentiroso, desvergonzado, eh? ¡A ver, cómo lo sabes! ¿Eh?

¿Eh? ¿Es que me espías? Y bajo ningún concepto podía enseñar las

cartas del espionaje, porque a lo tonto, a lo tonto, era yo el único morador de la casa que dominaba todos los rincones y estaba al corriente de todas las conversaciones, discusiones y llantos inexplicables, como una vez que Lola Xica se pasó una semana llorando, pero salía de su cuarto disimulando con mucha habilidad el disgusto que tenía, que debía de ser inmenso. Tardé muchos años en saber por qué lloraba, pero lo que descubrí en aquel momento fue que algunos sinsabores podían durar una semana entera, y me dio un poco de miedo la vida.

El caso es que asistí a la conversación entre mis padres aplicando el oído al culo de un vaso pegado al tabique. Como mi padre hablaba con voz de cansancio, mi madre resumió el incidente diciendo que me estaba poniendo muy pesado; a mi padre no le interesaron los pormenores de mi pesadez y dijo ya está decidido.

—¿Decidido? ¿Qué es lo que está decidido? —Mi madre, sobresaltada.

—Lo he matriculado en el colegio de los jesuitas de la calle Caspe.

—Pero Fèlix... Si...

Y descubrí que allí sólo mandaba mi padre. Y que mi educación dependía sólo de él. Y tomé nota mentalmente de consultar en la Britannica qué era eso de los jesuítas. Mi padre sostuvo la mirada a mi madre en silencio y ella se decidió al fin:

—¿Por qué a los jesuitas? No eres creyente ni...

—Calidad de la enseñanza. Aquí sólo vale la eficacia; no tenemos más que un hijo y no nos podemos arriesgar.

A ver: sí, no tenían más que un hijo. O no; pero eso no venía al caso.

Lo que estaba claro era que no se querían arriesgar y por eso soltó mi padre lo de las lenguas, que me gustó, lo reconozco.

—¿Qué dices?

—Diez lenguas.

—Nuestro hijo no es un monstruo.

—Pero puede aprenderlas.

—¿Y por qué diez?

—Porque el pater Levinski de la Gregoriana sabía nueve. Nuestro hijo tiene que superarlo.

—¿Por qué motivo?

—Porque me llamó inepto delante de toda la clase. ¡Inepto! Porque me había estancado con el arameo después de un curso entero con Faluba.

—No bromees: estamos hablando de la educación de nuestro hijo.

—No bromeo: estoy hablando de la educación de mi hijo.

Sé que a mi madre le molestaba mucho que mi padre dijera «mi hijo» estando ella delante, pero creí que se refería a otra cosa, porque empezó a decir que no quería que me convirtiese en un monstruo; con un desparpajo inusitado soltó ¿me oyes? No quiero que «mi» hijo acabe de monstruo de feria, obligado a superar al pater Luwowski.

—Levinski.

—El monstruo Levinski.

—Un gran teólogo y especialista en la Biblia. Un monstruo de erudición.

—No; esto hay que hablarlo con calma.

No lo entendí. Precisamente era lo que estaban haciendo: hablar de mi futuro con calma. Y yo tan tranquilo porque la pputa vida no salía a relucir.

—Catalán, castellano, francés, alemán, italiano, inglés, latín, griego, arameo y ruso.

—¿Qué es eso?

—Las diez lenguas que tiene que aprender. Las tres primeras ya las sabe.

—No, el francés se lo inventa.

—Pero se defiende, se da a entender. Mi hijo puede hacer lo que se proponga. Y tiene una facilidad singular para las lenguas. Diez, va a estudiar diez.

—También tiene que jugar.

—Ahora ya es mayor. Pero tiene que dominar las diez cuando empiece la carrera. —Suspiro de cansancio—. Lo hablamos en otro momento, ¿estamos?

—Tiene siete años, ¡por el amor de Dios!

—No le exijo que aprenda arameo ahora. —Tamborileó con los dedos en la mesa como dando el asunto por terminado—. Empezará con el alemán.

Eso también me gustó, porque con la Britannica ya casi me aclaraba solo y, con ayuda de un diccionario, no problem. En cambio, el alemán era impenetrable. Me hacía ilusión el mundo de las declinaciones, de las lenguas que cambian la desinencia de las palabras según la función que desempeñen en la oración. No lo formulaba con esas palabras, pero casi. Es que era muy repipi.

—No, Fèlix. No podemos cometer ese error.

Oí el ruidito de un escupitajo seco.

—¿Sí?

—¿Qué es el arameo? —preguntó con voz cavernosa el sheriff Carson.

—No estoy seguro; habrá que investigar.

Es que era un niño un poco raro, lo reconozco. Y ahora, al recordar que los oí hablar de mi futuro agarrado al sheriff Carson y al valeroso gran jefe arapaho, procurando no delatarme, me parece que no era un poco raro, sino muy raro.

—No es un error. He echado el ojo a un profesor de alemán; va a venir a dar clase al niño desde el primer día de curso.

—No.

—Se llama Romeu, es un muchacho que vale mucho.

Eso sí que me inquietó. ¿Un profe en casa? Mi casa era mi casa y era yo quien sabía todo lo que pasaba en ella: no quería testigos incómodos.

No, no me gustaba que viniera el tal Romeu a meter las narices y a decir ay, qué bien, una biblioteca personal a los siete añitos y demás tonterías que dicen todos los mayores que pasan por aquí. ¡Ni hablar!

—Y estudiará tres carreras.

—¿Cómo?

—Derecho e Historia. —Silencio—. Y la que elija él, pero sobre todo Derecho, que es la más útil para moverse en este mundo de ratas.

Tic, tic, tic, tic, tic, tic. Se me empezó a mover el pie por su cuenta, tic, tic, tic, tic, tic. Aborrecía el Derecho. Ni te imaginas cuánto lo aborrecía. No sabía qué era exactamente, pero lo aborrecía a muerte.

—Je n'en doute pas —disait ma mere—. Mais est-ce qu'il est un bon pédagogue, le tel Gomeu?

—Bien sûr, j'ai reçu des informations confidentielles qui montrent qu'il est un individu parfaitement capable en langue allemagne.

Allemande? Tedesque? Et en la pédagogie de cette langue. Je crois que...

Me iba tranquilizando. El pie dejó de moverse sin control y oí levantarse a mi madre y decir ¿y el violín, qué? ¿Va a tener que dejarlo?

—No, pero pasa a segundo plano.

—No estoy de acuerdo.

—Buenas noches, querida —dijo mi padre mientras abría el diario y se ponía a hojearlo, porque siempre lo hacía a la misma hora.

Es decir, me cambiaban de colegio. Qué fastidio. Y qué miedo.

Menos mal que me acompañarían el sheriff Carson o Águila Negra. ¿El violín en segundo plano? ¿Y por qué arameo tan tarde? Esa noche tardé en dormirme.

Seguro que lo mezclo todo. No sé si fue a los siete años, a los ocho o a los nueve, pero tenía facilidad para los idiomas, mis padres se lo olían y no querían perder la ocasión. Empecé con el francés porque pasé un verano en Perpiñán, en casa de tía Aurora, y allí, en cuanto los liabas un poco, dejaban de hablar en catalán gutural y seguían en francés; por ese motivo aprendí francés con acento del Midi y lo he mantenido toda la vida con cierto orgullo. No recuerdo cuántos años tenía. El alemán fue después; el inglés..., no lo sé con exactitud, más adelante, me parece. No es que yo aprendiera idiomas, es que me aprendían ellos a mí.

Ahora que pienso en mi infancia para contártela, la veo como una tarde de domingo larga y aburridísima que pasé yendo de aquí para allá por inercia, intentando colarme en el despacho, pensando que con un hermano sería más divertido, que llegaba un momento en que uno se cansaba de leer, porque ya estaba hasta el gorro de Enid Blyton, que al día siguiente tocaba colé y eso era peor todavía. Aunque el colé no me daba miedo, ni los profes ni los curas, pero los niños sí. Me daban miedo los niños del colé porque me miraban como a un bicho raro.

—Lola Xica.

—¿Qué?

—¿Qué hago?

Lola Xica dejaba de secarse las manos o de pintarse los labios y me miraba.

—¿Puedo ir contigo? —Adrià con mirada de esperanza.

—¡No, hombre, no! ¡Te aburrirías!

—Donde me aburro es aquí.

—Pon la radio.

—Es un rollo.

Entonces, Lola Xica cogía el abrigo y salía de la habitación que siempre olía a Lola Xica, y en voz baja, para que no la oyera nadie, me decía di a tu madre que te lleve al cine. Y en voz alta, a pasarlo bien, hasta luego, abría la puerta de la escalera, me guiñaba un ojo y se

marchaba; ella podía pasárselo bien las tardes de domingo, a saber cómo, no como yo, condenado como estaba a vagar por casa como un alma en pena.

—Madre.

—Qué.

—No, nada.

Mi madre levantaba los ojos de la revista, se tomaba el último sorbo de café y me miraba por encima:

—Dime, hijo.

No me atrevía a pedirle que me llevara al cine. Me daba mucho miedo y todavía no sé por qué. Mis padres eran muy serios.

—Me aburro.

—Lee. Si quieres repasamos francés.

—Vamos al Tibidabo.

—Hombre, si me lo hubieras dicho por la mañana...

Nunca fuimos al Tibidabo, ningún domingo, ni por la mañana ni por la tarde. Tenía que conformarme con imaginármelo cada vez que mis amigos me contaban cómo era y la de artilugios mecánicos que había, y automatas misteriosos, atalayas, coches de choque... y no sé cuántas atracciones más. Pero tenían que llevarte los padres. Tampoco me llevaban al zoo ni a pasear al rompeolas. Eran tan desabridos... Y

me da la impresión de que no me querían. En el fondo todavía me pregunto por qué me tuvieron.

—¡Pues yo quiero ir al Tibidabo!

—¿A qué viene ese griterío? —se quejó mi padre desde el despacho

—. ¡No me obligues a castigarte!

—¡No quiero repasar francés!

—¡Te repito que no me obligues a castigarte!

Á

Águila Negra consideró el trato muy injusto y se lo dijo al sheriff y a mí. Y para no morirme de aburrimiento, y sobre todo para que no me castigasen, me puse a ejercitar arpegios, que tienen la ventaja de ser difíciles y, por tanto, es más difícil que además suenen bien; lo cierto es que no me sonaron bien hasta que conocí a Bernat. Dejé el ejercicio a medias.

—Padre, ¿puedo tocar el storioni?

Levantó la cabeza. Como de costumbre, estaba mirando un papel raro con la lupa lámpara.

—No —dijo, y señaló lo que había encima de la mesa—. Mira qué bonito.

Era un manuscrito viejísimo, con un texto breve en un alfabeto que no conocía.

—¿Qué es?

—Un fragmento del evangelio de San Marcos.

—Pero ¿en qué lengua está?

—En arameo.

¿Oyes, Águila Negra? ¡Arameo! El arameo es una lengua muy antigua. De papiros y pergaminos.

—¿Puedo aprenderlo?

—A su tiempo. —Lo dijo con satisfacción, se le notaba mucho, porque, como en general se me daba bien todo, le gustaba presumir de hijo listo. Intenté aprovechar el momento.

—¿Puedo tocar el storioni?

Fèlix Ardèvol lo miró en silencio. Apartó la lupa de pie. Adrià dio una patada en el suelo.

—Sólo una vez. Anda, padre...

Cuando se enfadaba, mi padre tenía una mirada pavorosa. Adrià se la sostuvo unos segundos nada más. Tuvo que agachar la cabeza.

—¿No sabes lo que quiere decir no? Niet, nein, no, ez, non, ei, nem.

¿Te suena?

—¿Ei y nem?

—Finlandés y húngaro.

Al salir del despacho, Adrià dio media vuelta y, rabioso, profirió una amenaza.

—¡Pues no estudiaré arameo!

—Harás lo que yo diga —le advirtió su padre con el aplomo de quien sabe que siempre impone su voluntad. Y volvió a enfrascarse en el manuscrito, en el arameo, en la lupa.

Ese mismo día, Adrià decidió llevar una doble vida. Tenía unos cuantos escondites secretos, pero iba a ampliar el mundo de la clandestinidad. Se propuso un gran objetivo: descubrir la combinación de la caja fuerte y aprovechar las ausencias de su padre para estudiar con el storioni; a nadie le importaría. Y volvería a guardarlo en el estuche y en la caja fuerte con tiempo de sobra para borrar el rastro del crimen. Para que nadie se diera cuenta de nada, se fue a estudiar arpegios y ni siquiera se lo contó al sheriff ni al gran jefe arapaho, que estaban echando la siesta encima de la mesita de noche.

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