Yo confieso
V Vita condita
V
Vita condita
Escrito a lápiz en el furgón sellado
aquí en esta remesa
yo eva
con mi hijo abel
si veis a mi hijo mayor
caín hijo de adán
decidle que yo
Dan Pagis
OceanofPDF.com
38
—Cuando se ha degustado una vez la belleza del arte, la vida cambia. Cuando has oído cantar al coro Monteverdi la vida cambia.
Cuando has visto a Vermeer de cerca, la vida cambia; cuando has leído a Proust, ya no eres el mismo. Lo que no sé es por qué.
—Escríbelo.
—Somos casualidades.
—¿Qué?
—Era más fácil que no hubiéramos sido; en cambio somos.
—...
—Generaciones y generaciones de baile frenético de millones de espermatozoides persiguiendo óvulos, concepciones casuales, muertes, aniquilaciones..., y ahora tú y yo estamos aquí, el uno frente al otro, como si no hubiera podido ser de ninguna otra manera. Como si sólo hubiera existido la posibilidad de un único árbol genealógico.
—Bueno. Es lógico, ¿no?
—No. Es pputa casualidad.
—Hombre...
—Y aún más, que toques tan bien el violín todavía es más pputa casualidad.
—De acuerdo. Pero... —Silencio—. Eso que dices marea un poco,
¿no, pensándolo bien?
—Sí. Y entonces procuramos sobrevivir en el caos mediante el orden del arte.
—Escríbelo, ¿no? —aventuró Bernat, tomando un sorbo de té.
—¿El poder del arte reside en la obra, o bien en el efecto que produce en la persona? ¿Qué opinas?
—Que tienes que escribirlo —insistió Sara al cabo de unos días—.
Seguro que si lo escribes te aclaras más.
—¿Por qué me paraliza Homero? ¿Por qué me deja sin respiración el quinteto para clarinete de Brahms?
—Escríbelo —dijo Bernat enseguida—, y de paso me haces un favor, porque yo también quiero saberlo.
—¿Por qué soy incapaz de arrodillarme ante nadie y en cambio oigo la Pastoral de Beethoven y no me importa reverenciarla?
—La Pastoral está muy quemada.
—Porque tú lo digas ¿Sabes de dónde venía Beethoven? De las ciento ocho sinfonías de Haydn.
—Y también de las cuarenta de Mozart.
—Cierto. Pero Beethoven sólo pudo escribir nueve. Porque casi las nueve viven en otro peldaño de complejidad moral.
—¿Moral?
—Moral.
—Escríbelo.
—No se entiende la obra de arte si no se ve su evolución. —Se cepilló los dientes y se enjuagó la boca. Mientras se secaba con la toalla, gritó por la puerta abierta del lavabo—: Pero siempre es necesario el toque genial del artista que precisamente la hace evolucionar.
—Así, pues, el poder radica en las personas —respondió Sara desde la cama, sin disimular un bostezo.
—No sé. Van der Weyden, Monet, Picasso, Barceló. Es una línea dinámica que nace en las cuevas del barranco de Valltorta, y todavía no ha concluido porque existe la humanidad.
—Escríbelo. —Seis días después, Bernat terminó el té y dejó la taza delicadamente en el plato—. ¿No?
—¿Es la belleza?
—¿Qué?
—¿La culpa la tiene la belleza? ¿Qué es la belleza?
—No sé, pero la reconozco. ¿Por qué no lo escribes? —repitió Bernat, mirándolo a los ojos.
—El hombre destruye al hombre, pero también compone El paraíso perdido.
—Es un misterio, sí. Tienes que escribirlo.
—La música de Franz Schubert me transporta a un futuro mejor.
Dice muchas cosas con pocos elementos. Tiene una fuerza melódica inagotable, llena de gracia y encanto y de energía y verdad al mismo tiempo. Schubert es la verdad artística y para salvarnos tenemos que agarrarnos a ella. Me maravilla que fuera sifilítico y enfermizo y que no tuviera un ochavo. ¿Qué poder tiene ese hombre? ¿Qué poder tiene sobre nosotros? Yo, aquí donde me ve, me arrodillo ante el arte de Schubert.
—Bravo, Herr Obersturmführer. Intuía una gran sensibilidad en usted.
El doctor Budden aspiró el cigarrillo y expulsó una fina columna de humo mientras repasaba mentalmente el comienzo del opus cien y lo cantaba con increíble precisión.
—Ya me gustaría a mí tener su oído, Herr Obersturmführer.
—Poco mérito tiene. Estudié la carrera de piano.
—Lo envidio.
—No es para tanto. He dedicado tantas horas al estudio, entre la medicina y la música, que tengo la sensación de haberme perdido muchas cosas en la vida.
—Ahora las recupera al por mayor, si me permite la expresión —
dijo el Oberlagerführer Höss, abarcando los alrededores con los brazos abiertos—. Ahora ya está en mitad de la vida.
—Sí, claro. Demasiado de repente, según como se mire.
Silencio, como si se vigilaran el uno al otro. Hasta que el doctor se decidió y, mientras aplastaba el cigarrillo en el cenicero, inclinado sobre la mesa, dijo en voz más baja:
—¿Para qué quería verme, Obersturmbannführer?
Entonces, en el mismo tono bajo, como si desconfiara de las paredes de su casa, el Oberlagerführer Höss dijo me gustaría hablar de su superior.
—¿Voigt?
—Aja.
Silencio. Debían de estar calculando los riesgos. Höss se aventuró a preguntar qué opina de él, así, entre nosotros.
—Bueno, pues...
—Le reclamo... Le exijo sinceridad. Es una orden, querido Obersturmführer.
—Pues, en confianza... es majadero.
Al oírlo, Rudolf Höss se arrellanó satisfecho en el asiento.
Mirándolo a los ojos, confió al doctor Budden que estaba haciendo gestiones para que se llevasen al majadero de Voigt a cualquier frente.
—¿Y quién dirigirá los...
—Usted, naturalmente.
Alto. Eso es... ¿Y por qué no yo?
Silencio otra vez. Habían dicho cuanto tenían que decirse. Una nueva alianza entre Dios y su pueblo, sin intermediarios. El trío de Schubert seguía poniendo fondo musical a la conversación. Para romper
la incomodidad, el doctor Budden dijo ¿sabe que Schubert compuso esta maravilla pocos meses antes de su muerte?
—Escríbelo. De verdad, Adrià.
Pero todo quedó momentáneamente en el aire porque Laura regresó del viaje a Uppsala y el ambiente en la universidad, sobre todo en el despacho del departamento, volvió a ser un tanto incómodo. Llegó con una mirada más alegre, él le dijo ¿estás bien?, y Laura sonrió y se fue hacia el aula quince sin responder. Y Adrià interpretó que sí, que estaba bien. Y guapa: había mejorado mucho. Sentado a la mesa de realquiler (ese curso, la de Parera), a Adrià le costó volver a centrarse en los papeles sobre el tema de la belleza, que tanto lo entretenía, todavía no sabía por qué; por su culpa había llegado tarde a clase por primera vez en la vida. La belleza de Laura, la belleza de Sara, de Tecla..., ¿entran en este tipo de cavilaciones? ¿Eh?
—Yo diría que sí —contestó Bernat con cautela—. La belleza de la mujer es un hecho incuestionable. ¿No?
—La Vivancos lo tildaría de planteamiento machista.
—Eso no lo sé. —Silencio perdido de Bernat—. Antes era una idea pequeñoburguesa y ahora es un razonamiento machista. —En voz más baja para que no lo oyera ningún juez—: Pero las mujeres me gustan.
Son bellas: eso lo sé muy bien.
—Ya. Pero no sé si hablar de ello.
—Por cierto, ¿quién es esa tal Laura tan guapa a la que te refieres?
—¿Eh?
—La que citas.
—No, pensaba en Petrarca.
—¿Y eso va a ser un libro? —dijo Bernat, señalando los papeles que había en la mesa de los manuscritos, como si fuese a examinarlos minuciosamente con la lupa de mi padre.
—No lo sé. De momento son treinta páginas y me divierte ir avanzando a tientas. —¿Qué tal está Sara? —Bien. Me da serenidad.
—Te pregunto qué tal está ella, no cómo influye en ti.
—Tiene mucho trabajo. Actes Sud le ha encargado la ilustración de una serie de diez libros.
—Pero ¿qué tal está?
—Bien. ¿Por qué?
—Es que a veces parece triste.
—Hay cosas que no se resuelven ni con un poco de amor.
Diez o doce días después sucedió lo inevitable. Estaba hablando con la Parera y de pronto me preguntó oye, ¿cómo se llama tu mujer? Y en ese momento entró Laura en el despacho cargada de trabajos y de ideas, y oyó perfectamente a Parera preguntarme ¿cómo se llama tu mujer? Y
yo, con resignación, bajé los ojos y dije Sara, se llama Sara. Laura descargó las cosas en su caótica mesa y se sentó.
—Es guapa, ¿eh? —insistió la Parera, como si hurgara con un cuchillo en mi corazón. O tal vez en el de Laura.
—Ajá.
—¿Y hace mucho que estáis casados?
—No. La verdad es que no...
—Bueno, quiero decir, que vivís juntos.
—No, no mucho.
Y ahí terminó el interrogatorio, pero no porque la inspectora del KGB no quisiera hacer más preguntas, sino porque tenía que irse a clase. Eulalievna Parerova salió del despacho y, antes de cerrar la puerta, me dijo cuídala, que hoy en día las cosas están...
Y cerró suavemente, sin necesidad de especificar cómo estaban las cosas hoy en día. Y entonces Laura se levantó, puso la mano en un lado de la montaña de expedientes, trabajos, libros, apuntes y revistas de su siempre atestada mesa y la empujó hasta tirarla al suelo en medio del despacho. Gran estruendo. Adrià la miró, compungido. Ella se sentó sin mirarlo. Entonces sonó el teléfono del despacho. Laura no lo cogía y no
hay cosa que me ponga más nervioso que suene un teléfono y nadie lo atienda, te lo juro. Fui a mi mesa y descolgué.
—Diga. Sí, un momento. Es para ti, Laura.
Yo, con el auricular en la mano; ella mirando al vacío y sin ninguna intención de descolgar su receptor. Me lo acerqué al oído.
—Ahora no está.
Entonces Laura cogió el teléfono y dijo sí, dime. Colgué y ella dijo
¡hola, guapísima! ¿Qué es de tu vida? Y se rió con una risa cristalina.
Cogí mis papeles sobre arte y estética que todavía no tenían nombre y salí huyendo.
—Tengo que tomar una decisión —dijo el doctor Budden, mientras se levantaba y recomponía su impecable uniforme de Obersturmführer
— porque mañana hay ingresos. —Miró al Oberlagerführer Höss y le sonrió y, aunque sabía que éste no lo entendería, añadió—: El arte es inexplicable. —Lo señaló—. Como mucho, podemos decir que es una muestra de amor que da el artista a la humanidad. ¿No le parece?
Cuando se marchó de casa del Oberlagerführer pensando en que todavía estaría asimilando lentamente sus palabras, desde fuera oyó débilmente, envuelto en el frío, el finale del trío opus cien del seráfico Schubert. Debía haber dicho a su anfitrión que sin esa música, la vida sería terrible.
El asunto se me empezó a envenenar cuando prácticamente había terminado la redacción de La voluntat estética. Las galeradas, la traducción al alemán, que me compelía a ampliar el original, los comentarios de Kamenek a mi traducción, que también me inducían a matizar y a reescribir, todo ello me puso en un estado de alteración notable. Me asustaba que el libro que iba a publicar me satisficiera. Te lo he dicho muchas veces, Sara: es el libro que más me gusta; no sé si es el mejor, pero es el que más me gusta. Y siguiendo los imperativos de mi alma descontenta, que tanto has soportado tú, en esos momentos en que Sara ponía calma en mi vida y Laura fingía no conocerme, la obsesión de Adrià Ardèvol era dedicarse a su storioni; una manera como otra cualquiera de disimular la angustia. Dio un repaso a los momentos más
difíciles de la Trullols y a los más desagradables del maestro Manlleu.
Unos meses después invitó a Bernat a tocar las sonatas del opus 3 y el opus 4 de Jean-Marie Leclair.
—¿Por qué Leclair?
—No sé. Me gusta. Y lo he estudiado.
—No es tan fácil como parece.
—Pero ¿quieres intentarlo o no?
Durante un par de meses, los viernes por la tarde los dos amigos llenaron la casa de música de sus violines. Y los demás días, después de escribir, Adrià estudiaba repertorio. Como hacía treinta años.
—¿Treinta?
—O veinticinco. Pero ya no te alcanzo.
—Hombre, sería el colmo. Yo no he hecho otra cosa.
—Qué envidia me das.
—No te burles de mí.
—Me das envidia. Me gustaría tocar como tú.
En el fondo, Adrià deseaba alejarse de La voluntat estética. Quería volver a las obras de arte que le habían llevado a las reflexiones que plasmaba en el libro.
—Sí, pero ¿por qué Leclair? ¿Por qué no Shostakovich?
—No tengo nivel suficiente. ¿Por qué crees que me das envidia?
Y los dos violines, un storioni y un thouvenel, llenaron la casa de añoranza, como si la vida pudiera volver a empezar, como si quisiera darles una nueva oportunidad. A mí, la de tener unos padres más padres, diferentes, más... Y... no sé exactamente. ¿Y a ti? ¿Eh?
—¿Qué? —Bernat, con el arco demasiado tenso y mirando a otro lado.
—¿Eres feliz?
Bernat inició la sonata número 2 y me vi obligado a seguirlo. Pero cuando acabamos (con tres errores garrafales por mi parte y una sola regañina de Bernat), volví a la carga:
—Oye.
—Qué.
—Que si eres feliz.
—No. ¿Y tú?
—Tampoco.
En la segunda sonata, la número i, lo hice aún peor, pero conseguimos llegar al final sin interrupciones.
—¿Qué tal las cosas con Tecla?
—Bien. ¿Y con Sara?
—Bien.
Silencio. Al cabo de un buen rato:
—Bueno... Tecla... No sé, pero siempre se enfada conmigo.
—Porque vives en otro mundo.
—Quién fue a hablar.
—Sí, pero yo no estoy casado con Tecla.
Después intentamos el gran Dúo de Wieniawsky. El pobre Bernat, que tocó el primer violín, acabó bañado en sudor, y yo, muy contento a pesar de las tres broncas secas que me echó, como yo cuando criticaba sus textos en Tübingen. Y lo envidié muchísimo. Y no tuve más remedio que decirle que cambiaría mis textos por tu capacidad musical.
—Acepto el intercambio. Lo acepto encantado, ¿eh?
Lo más preocupante es que no nos echamos a reír. Sólo miramos el reloj porque se estaba haciendo tarde.
Ciertamente, la noche fue breve como preveía el doctor, porque las primeras unidades de material llegaron a las siete de la mañana, todavía
noche cerrada.
—Ésta —dijo Budden al Oberscharführer Barabbas— y esas dos. —
Y volvió al laboratorio porque se le avecinaba una exageración de trabajo y por otro motivo menos reconocido: en el fondo, le fastidiaba que la fila de mujeres y niños avanzara ordenadamente hacia el fondo, como corderos, sin la menor dignidad que los incitase a la rebelión.
—¡No, dejadla! —dijo una mujer mayor que apretaba un paquete entre los brazos como si fuese un niño de pecho, algo que parecía una funda de violín.
El doctor Budden se desentendió de la escaramuza. Mientras se alejaba, vio salir al doctor Voigt de la cantina de oficiales en dirección al alboroto. Konrad Budden no se molestó en disimular la mueca de menosprecio que le inspiró su superior, siempre atento a las peleas.
Todavía tranquilo, entró en su despacho. Tuvo tiempo de oír el estampido del disparo de una Luger.
—A ver, tú, ¿de dónde eres? —dijo con voz áspera, sin levantar la cabeza de los papeles. Al final tuvo que levantarla porque la niña lo miraba, perpleja sin decir una palabra. Estrujaba entre las manos una servilleta sucia y el doctor Budden empezó a ponerse nervioso. Levantó la voz.
—¿Quieres estarte quieta?
La niña se inmovilizó, pero la expresión de perplejidad era la misma. El médico suspiró, cogió aire y se armó de paciencia. En ese momento sonó el teléfono que tenía en la mesa.
—Diga / Sí, Heil Hitler. / ¿Quién? —extrañado. / Pásemela. (...) —
Heil Hitler. Hallo. —Impaciente—: Ja, bitte? / ¿Y ahora qué pasa? —
asqueado. / ¿Quién es ese Lothar? —enfadado. / ¡Ah! —escandalizado
—: ¿El padre del abyecto Franz? / ¿Y qué quieres? / ¿Quién lo ha detenido? / Pero ¿por qué? / Chica... Yo en eso no... / Ahora tengo
mucho que hacer. ¿Quieres ponernos a todos en evidencia? / Algo habrá hecho. / Mira, Herta: el que la hace la paga.
Y miró fijamente a la niña de la servilleta sucia.
—Holländisch? —le dijo. Y al teléfono—: No sé el trabajo que tendrás tú, pero yo estoy con las manos en la masa. Tengo mucho que hacer, no puedo ocuparme de tonterías de esa clase. Heil Hitler!
Y colgó. Se quedó mirando a la niña, esperando una respuesta.
La niña afirmó con un gesto de la cabeza. Como si holländisch fuera la primera palabra que entendía. El doctor Budden, en voz más baja, para que nadie se diera cuenta de que no hablaba en alemán, le preguntó en el neerlandés de sus primos de qué pueblo era y ella contestó que de Amberes. Quería decirle que era flamenca, que vivía en la calle Arenberg, que dónde estaba su padre, que se lo habían llevado.
Pero se quedó con la boca abierta mirando al hombre, que ahora le sonreía.
—Tú sólo tienes que hacer lo que yo te diga.
—Me duele aquí. —Y se señaló el cogote.
—No es nada. Ahora escúchame.
Ella lo miró, intrigada. El médico insistió.
—Tienes que hacerme caso. ¿Me has entendido?
La niña negó con la cabeza.
—Pues, si no, te arranco la nariz. ¿Me entiendes ahora? Y, con paciencia, miró a la niña, que estaba aterrorizada y afirmaba frenéticamente con la cabeza.
—¿Cuántos años tienes?
—Siete y medio —respondió exagerando, haciéndose la mayor.
—¿Nombre?
—Amelia Alpaerts. Arenbergstraat veintidós, tercera.
—Está bien, está bien.
—Amberes.
—¡Que ya está bien! —irritado—. Y deja de marear esa mierda de pañuelo si no quieres que te lo quite.
La niña bajó la mirada y se puso instintivamente las manos en la espalda, ocultando la servilleta de cuadritos azules, quizá para protegerla. Se le escapó una lágrima.
—Mamá —imploró, también en voz baja.
El doctor Budden chasqueó los dedos y uno de los gemelos que sostenía la pared del fondo se adelantó y agarró a la niña sin muchas contemplaciones.
—Preparadla —dijo el médico.
—¡Mamá! —gritó la niña.
—Vamos, la siguiente —dijo el doctor sin levantar la cabeza de la ficha que tenía en la mesa.
—¿Holländisch? —oyó decir la niña de la servilleta de cuadros azules y blancos mientras la metían en una habitación que olía mucho a medicina y yo no supe qué hacer: ni me justifiqué ni le di una explicación, porque Laura no me lo exigió. Podía haberme dicho tranquilamente eres un mentiroso de mierda porque me dijiste que no había ninguna mujer; podía haberme dicho no te habría costado nada decírmelo, podía haberme llamado cobarde o decirme no has dejado de utilizarme; podía haberme dicho muchas cosas. Pero no; la vida siguió en el despacho como siempre. Pasé unos meses casi sin entrar allí. Un par de veces nos cruzamos en el claustro o nos vimos en el bar. Me hice invisible. Me costó acostumbrarme. Y perdona que no te lo contara antes, Sara.
Tras un mes de trabajo intenso, el doctor Konrad Budden se quitó las gafas un momento y se restregó los ojos. Estaba agotado. Al oír el taconazo ante su mesa levantó la cabeza. Oberscharführer Barabbas estaba firme ante él, tenso, siempre dispuesto a recibir órdenes. Con ademán cansado, el médico le señaló la carpeta, repleta hasta arriba, con el nombre de Doktor Aribert Voigt a la vista, y el subalterno la
recogió y taconeó de nuevo con fuerza; el médico se estremeció como si le hubiese dado a él en la cabeza. Barabbas salió del despacho con el minucioso informe, en el que explicaba que, desafortunadamente, el experimento de regeneración del tendón rotuliano, que consistía en exponer el tendón, seccionarlo, aplicar la pomada del doctor Bauer y observar si se daba un proceso regenerativo sin ayuda de sutura, no había dado los resultados esperados ni en adultos ni en niños.
En adultos, era previsible la ineficacia, pero había esperanzas de que, en organismos en fase de crecimiento, la regeneración, con la ayuda de la pomada Bauer, fuera espectacular. El fracaso acabó con la posibilidad de ofrecer triunfalmente la milagrosa medicina a la humanidad. Qué lástima, porque, si hubiera funcionado, los beneficios para Bauer, Voigt y él habrían sido inimaginables, además del triunfo.
Nunca le había resultado tan penoso dar por concluido un experimento. Después de varios meses viendo conejillos gemidores, como el niño de piel muy oscura o el albino que decía Téve, Téve, Téve, arrinconado en su cama, negándose a salir de ella hasta que tuvieron que eliminarlo allí mismo, o como la niña del puñetero trapo sucio, que no se sostenía en pie sin muletas y que, si no la sedaban, aullaba de dolor para joder a todo el personal, como si no tuviera de sobra con la responsabilidad de los experimentos y la presión brutal del imbécil de su superior, que al parecer tenía buenos contactos, porque ni el mismo Höss conseguía que lo mandaran a otro frente y los dejase tranquilos, tuvo que aceptar que era inútil esperar un comportamiento más positivo del cartílago tratado con la pomada Bauer. Veintiséis conejillos, entre niños y niñas, y ningún tejido restaurado, ponían de manifiesto las conclusiones que remitía, muy a su pesar, al profesor Bauer. Y un buen día el doctor Voigt se fue en el avión del correo sin decir ni ahí te pudras. Era muy extraño, porque se fue sin dejar ninguna instrucción respecto a la continuidad de los experimentos. El doctor Budden lo entendió a mediodía, cuando empezaron a llegar noticias de la aproximación del ejército rojo y de la poca eficacia de las líneas alemanas de defensa. En funciones de primera autoridad médica del campo, decidió restregarlo todo con lejía. Primero, ayudado por Barabbas, estuvo cinco horas seguidas quemando papeles y fotografías,
destruyendo todas las pruebas documentales que permitiesen sospechar la clase de experimentos que se habían llevado a cabo con niñas que se agarraban a un trapo sucio desesperadamente. No se podía dejar ni rastro del dolor infligido, porque era tan imposible que nadie podría creerlo. Quémalo todo, Barabbas, y el muy animal seguía diciendo qué lástima, tantas horas y tanto trabajo reducidos a humo. Y ninguno de los dos pensó en las personas que se habían convertido en humo allí mismo, a doscientos metros del laboratorio. En algún fichero del Ministerio de Sanidad estarían las copias enviadas por el departamento de investigación, pero a ver quién era el listo que iba a buscarlas, cuando lo único importante es salvar el pellejo.
Con las manos todavía renegridas de humo, aprovechando la oscuridad de la noche, entró en el dormitorio de los conejillos acompañado sólo por el fiel Barabbas. Cada niño en su cubículo. Les administró la inyección en el corazón sin explicaciones. Sólo al niño que preguntó qué era la inyección le dijo que un calmante para el dolor de las rodillas. Probablemente los demás murieron sabiendo que por fin morían. La niña del trapo oscuro y sucio fue la única que lo recibió completamente despierta, con sus mirada acusadora. Ella también preguntó por qué. Pero lo dijo de una forma diferente. A sus siete años, fue capaz de preguntar si todo ese montaje era necesario. Preguntó por qué y lo miró a los ojos. Las semanas de dolor le habían quitado el miedo y, sentada en la cama, se abrió la camisa para que Barabbas encontrase el lugar idóneo para pinchar. Pero ella miraba al doctor Budden y le preguntaba por qué. Entonces fue él quien, a su pesar, hubo de desviar la mirada. Por qué. Waarom. Lo preguntó hasta que los labios se le oscurecieron, pintados de muerte. Si una niña de siete años no se desespera ante la muerte, es que está muy desesperada y deshecha.
Si no, es inexplicable tanta entereza. Waarom.
Después de dejarlo todo preparado para huir del Lager al amanecer junto con unos cuantos oficiales no adscritos, por primera vez en muchos meses, el doctor Budden no durmió bien. Por culpa de un waarom. Y de unos labios finos que se ennegrecían. Y el Oberscharführer Barabbas le ponía la inyección a él, sonriendo, sin
quitarle el uniforme, y sonreía con los labios renegridos por una muerte que no acababa de llegar, porque el sueño continuaba.
De madrugada, sin hacer mucho ruido, antes de que Oberlagerführer Rudolf Höss se percatase, una veintena de oficiales y suboficiales, Budden y Barabbas entre ellos, se pusieron en camino a donde fuera, pero lo más lejos posible de Birkenau.
Tanto Barabbas como el doctor Budden tuvieron suerte, porque, aprovechando la confusión, se alejaron tanto del lugar de trabajo y del ejército rojo que tuvieron ocasión de presentarse a los británicos como soldados procedentes del frente de Ucrania, ansiosos por ver el fin de la guerra y volver a casa de una vez, con su mujer y sus hijos, si todavía vivían. El doctor Budden se había transformado en Tilbert Haensch, sí, de Stuttgart, capitán, y no tenía ningún documento para corroborarlo porque, con la capitulación, pues ya ve usted. Quiero volver a casa, capitán.
—¿Dónde vive usted, doctor Konrad Budden? —preguntó el oficial de interrogatorios tan pronto como el médico concluyó su alegato.
El doctor Budden lo miró con la boca abierta. Sólo se le ocurrió decir ¿qué?, con cara de gran perplejidad.
—¿Dónde vive usted? —insistió el teniente británico con un acento horroroso.
—¿Qué me ha llamado? ¿Cómo me ha llamado?
—Doctor Budden.
—Pero...
—Usted no ha pisado el frente jamás, doctor Budden. Y menos el oriental.
—¿Por qué me llama doctor?
El oficial británico abrió una carpeta que tenía en la mesa. El expediente del ejército. La puta manía de tenerlo todo archivado y controlado. Estaba un poco más joven, pero era él, la misma mirada que, en vez de mirar, quería hendir. Herr Doktor Konrad Budden, cirujano de la promoción de 1938. Ah, y nivel profesional de piano. Hay que ver, doctor.
—Esto es un error.
—Sí, doctor. Un gran error.
De los cinco años de cárcel que le impusieron porque, por un milagro de última hora, nadie lo relacionó con Auschwitz-Birkenau, el doctor Budden no empezó a llorar hasta el tercero. Era de los pocos presos que hasta entonces no había recibido ninguna visita, puesto que sus padres habían caído en el bombardeo de Stuttgart y nunca quiso que avisaran a ningún familiar más o menos lejano, y a los de Bebenhausen menos que a nadie. No necesitaba visitas. Se pasaba el día mirando a la pared, sobre todo a raíz de varias noches seguidas que pasó en blanco.
Como tragos de leche agria desfilaron ante sus ojos los rostros de todos y cada uno de los pacientes que habían pasado por sus manos cuando trabajaba a las órdenes del doctor Voigt en el gabinete de investigación médica de Birkenau. Se impuso la tarea de recordar el mayor número posible de caras, de gemidos, de lágrimas y gritos de espanto, y se pasaba las horas inmóvil, sentado ante la mesa desnuda.
—¿Qué dice?
—Que su prima Herta Landau sigue empeñada en verlo.
—Dije que no quería visitas de ninguna clase.
—Está a las puertas de la cárcel en huelga de hambre, hasta que la reciba usted.
—No quiero ver a nadie.
—Esta vez no tiene escapatoria. No queremos escándalos en la calle.
Y su nombre empieza a sonar en la prensa.
—No pueden obligarme.
—Podemos. Vosotros dos, cogedlo por los brazos y acabemos de una pputa vez con el numerito de la loca esa.
Instalaron al doctor Budden en una sala adaptada para las visitas.
Lo obligaron a sentarse enfrente de tres soldados australianos hieráticos.
El doctor tuvo que esperar cinco minutos, que se le hicieron larguísimos, hasta que se abrió la puerta y entró Herta, muy avejentada; la mujer avanzó poco a poco hasta la mesa. Budden bajó la mirada. Ella se detuvo frente a él; sólo los separaban los tres palmos de la mesa. No se sentó. Sólo dijo de parte de Lothar y de mi parte. Entonces, Budden levantó la mirada y en ese momento, Herta Landau, inclinada hacia él, lo escupió en la cara. Sin añadir nada más, dio media vuelta y salió a un paso un poco más animado, como si se hubiera quitado unos cuantos años de encima. El doctor Budden no hizo amago de limpiarse la cara.
Estuvo un rato mirando al vacío hasta que oyó una voz áspera decir lleváoslo, aunque a él le pareció que decía llevaos esta carroña. De vuelta a la soledad, a la celda; de vuelta al recuerdo de las caras de los pacientes, como tragos de leche agria en la boca. De todos los pacientes.
Desde los trece que protagonizaron los experimentos de descompresión súbita, pasando por los muchos que habían rechazado injertos y habían muerto infectados, hasta el grupo de niños que puso a prueba los posibles efectos beneficiosos de la pomada Bauer. Seguramente, el rostro que veía más a menudo era el de la niña flamenca que le decía waarom sin entender el motivo de tanto dolor. Y, sentado ante la mesa desnuda, se habituó, como si de un acto litúrgico se tratara, a extender un trapo sucio, con un lado mal cortado, deshilachado, en el que a duras penas se distinguían unos cuadritos azules y blancos; lo miraba fijamente, sin parpadear, hasta que no podía más. Y era tan intenso el vacío que se abría en su interior que ni siquiera podía llorar.
Aproximadamente en el tercer año de prisión, tras unos meses de repetir a diario, mañana y tarde, los mismos gestos, se le abrieron poros en la conciencia: además de los gemidos, chillidos, llantos y lágrimas de
pánico, empezó a recordar el olor asociado con cada cara. Y llegó un momento en que por la noche no podía dormir, como los cinco individuos de Letonia a los que lograron mantener despiertos veintidós días, hasta que murieron de fatiga, con los ojos reventados de tanto mirar la luz.
Y una noche llegaron las lágrimas. Konrad Budden no lloraba desde los dieciséis años, cuando Sigrid respondió a su propuesta de salir juntos con una mirada de desprecio absoluto. Lágrimas lentas, como si fueran muy espesas, o quizá indecisas después de tanto tiempo sin manar. Una hora después, seguían derramándose lentamente.
Y cuando, fuera de la celda, los rosados dedos de la aurora riñeron el cielo oscuro, estalló en un llanto inacabable mientras su alma decía waarom, cómo puede ser, warum, cómo pude no llorar ante unos ojillos tan tristes, warum, mein Gott.
—Las obras de arte son soledades infinitas, dijo Rilke.
Los treinta y siete alumnos lo miraron en silencio. El profesor Adrià Ardèvol se levantó, bajó de la tarima y empezó a subir lentamente los escalones de las gradas. ¿Nada que decir?, preguntó.
No; nadie tenía nada que decir. Mis alumnos no tienen nada que decir al dardo de Rilke que les acabo de lanzar. ¿Y si les digo que la obra de arte es el enigma que ninguna razón puede dominar?
—La obra de arte es el enigma que ninguna razón puede dominar.
Llegó a la mitad de las gradas. Algunas cabezas se volvieron a mirarlo. Diez años después de la muerte de Franco, los estudiantes habían perdido el empuje que los impelía a intervenir en todo, desordenada e inútil pero apasionadamente.
—La realidad oculta de las cosas y de la vida sólo puede ser descifrada por aproximación con ayuda de la obra de arte, aunque sea incomprensible. —Los miró, giró sobre sí mismo para abarcarlos a todos con la mirada—. En el poema enigmático resuena la voz del conflicto no resuelto.
Se alzó una mano. La chica del pelo corto. ¡Se había alzado una mano! Tal vez preguntara si esas palabras incomprensibles que estaba diciendo entrarían en el examen del día siguiente; tal vez pidiera permiso para ir al lavabo. Tal vez preguntase si a través del arte podemos percibir todo aquello a lo que el hombre tuvo que renunciar para construir un mundo objetivo.
Señaló a la chica del pelo corto y le dijo di, di.
—Para mayor deshonra, su nombre quedará eternamente inscrito en los anales de los que contribuyeron al horror que ha envilecido a la humanidad. —Lo dijo en inglés, con acento de Manchester y en tono de fórmula, sin preocuparse de si el receptor de sus palabras las entendía.
Con un dedo sucio señaló un espacio en el documento. Budden levantó las cejas.
—Que firme aquí —se impacientó el sargento en un alemán de fantasía—. Y golpeó varias veces con el dedo sucio señalando el sitio exacto.
Budden lo hizo y devolvió el documento.
—Es libre.
Libre. En cuanto salió del penal huyó por segunda vez, también sin objetivo concreto. Sin embargo, se detuvo en un pueblecito helado de la costa báltica, al amparo de una humilde cartuja, y pasó el invierno contemplando el fuego del hogar de la silenciosa casa en la que lo acogieron y haciendo toda clase de trabajillos, tanto en la casa como en el pueblo, para ganarse el pan. Habló poco, no quería que lo identificasen como persona culta, y se apresuró a endurecerse las manos de pianista y cirujano. Tampoco hablaba en la casa que lo acogió, pues el matrimonio vivía con la pesadumbre de la muerte de su único hijo, Eugen, en el frente ruso de la maldita guerra del maldito Hitler. Se le hizo largo el invierno, instalado en la habitación del añorado hijo a cambio de todas las labores que quisieran encomendarle, así como los dos años que estuvo allí sin hablar con nadie, más que lo estrictamente imprescindible, igual que los monjes de la cartuja vecina; paseó solo, a merced del azote del viento cortante que venía del golfo de Finlandia,
lloró cuando nadie lo veía, no permitió que las imágenes que lo atormentaban se esfumasen injustamente, porque en el recuerdo está la penitencia. Al final del largo invierno de dos años, se encaminó a la cartuja de Usedom y, de rodillas, pidió confesión al hermano portero.
Tras algunas vacilaciones ante la insólita petición, le asignaron un padre confesor, un hombre mayor, habituado al silencio, de mirada gris y con un deje vagamente lituano, que se notaba cada vez que se decidía a pronunciar más de tres palabras seguidas. Desde el toque de la hora tercia, con la cabeza gacha y la voz monótona, Budden no le escatimó ningún detalle. La mirada escandalizada del pobre monje le escocía en el cogote y, en la primera hora de confesión, sólo lo interrumpió una vez.
—¿Eres católico, hijo mío? —le preguntó.
No habló más en las restantes cuatro horas que duró la confesión. A Budden le pareció que el anciano lloraba en silencio en algunos momentos. Cuando sonó la campana que llamaba a los monjes a vísperas, el confesor dijo con voz temblorosa ego te absolvo a peccatis tuis y dibujó trémulamente la señal de la cruz en el aire, al tiempo que murmuraba el resto de la fórmula. Y luego, el silencio y los últimos ecos de la campana; pero el penitente no se movió.
—¿Y la penitencia, padre?
—Vete, en nombre de... —No se atrevió a usar el nombre de Dios en vano; emitió un carraspeo incómodo y continuó—: No hay penitencia que pueda... Ninguna penitencia que... Arrepiéntete, hijo mío; arrepiéntete, hijo mío. Arrepiéntete... ¿Sabes lo que me parece, en el fondo?
Budden levantó la cabeza, apesadumbrado, pero también perplejo.
El confesor, con la cabeza dulcemente ladeada, miraba fijamente una grieta de la madera.
—¿Qué os parece, padre?
Budden se fijó en la grieta de la madera; se distinguía con dificultad porque la luz ya escaseaba. Miró al confesor y de pronto se asustó.
¡Padre!, le dijo. ¡Padre! Y le pareció que era el niño lituano de la litera
del fondo, que gemía y decía Téve, Téve! El confesor estaba muerto y no podía ayudarlo por más que se lo implorase. Y, por primera vez en muchos años, rezó; fue una plegaria inventada con la que imploraba un auxilio que no merecía.
—La verdad es que a mí, ni un poema ni una canción... me hacen pensar esas cosas.
Adrià se entusiasmó porque la chica no había preguntado si la clase de hoy entraba en el examen. Hasta los ojos le brillaban.
—De acuerdo. ¿Hay algo que te las inspire?
—No, nada.
Alguna risa. La chica se volvió, un poco molesta con los que se habían reído.
—Callaos —dijo Adrià. Miró a la chica de pelo corto animándola a proseguir.
—Pues... —dijo ella— no es que me inspiren ideas, sino... cosas, sentimientos que no sé decir. —En voz muy baja—: A veces... —voz aún más baja—... me hacen llorar.
Nadie se rió. Los tres o cuatro segundos posteriores de silencio fueron el momento más importante de ese curso. Lo estropeó todo el bedel, que abrió la puerta y anunció el final de la clase.
—El arte es mi salvación, pero no puede ser la salvación de la humanidad —interpeló el profesor Ardèvol al bedel, que cerró la puerta, avergonzado por ese profesor, que estaba como una cabra.
—El arte es mi salvación, pero no puede ser la salvación de la humanidad —repitió a Sara mientras tomaban el desayuno en el comedor, presidido por el urgell, que también parecía despertar al nuevo día.
—No; la humanidad no tiene remedio.
—No te pongas triste, querida.
—No puedo evitarlo.
—¿Por qué?
—Porque me parece que...
Silencio. Tomó un sorbo de té. Sonó el timbre y Adrià fue a abrir.
—Cuidado, apártese.
Caterina entró y corrió hacia el lavabo con un paraguas chorreante.
—¿Llueve?
—Usted no se entera ni aunque caigan chuzos de punta —dijo desde el lavabo.
—Exagerada.
—¿Exagerada? ¡Usted no vería ni tres en un burro!
Volví al comedor. Sara ya estaba acabando. Adrià la detuvo sujetándole la mano contra la mesa, para que no se levantara.
—¿Por qué no puedes evitar estar triste?
Ella no dijo nada. Se limpió los labios con la servilleta de cuadritos azules y blancos y la dobló lentamente. Yo esperaba de pie, oyendo trajinar a Caterina como de costumbre en la otra punta del piso.
—Porque me parece que si dejo de estarlo... peco contra la memoria de los míos. De mi tío. De... Tengo muchos muertos.
Me senté sin soltarle la mano.
—Te quiero —te dije, y me miraste, triste, serena y bella.
—¿Por qué no tenemos un hijo? —me atreví a decir por fin.
Negaste con la cabeza, como si no pudieras decirlo en voz alta.
—¿Por qué no?
Levantaste las cejas y dijiste uf.
—Es la vida contra la muerte, ¿no te parece?
—No creo que pudiera.—Negaste con la cabeza y de palabra no, no, no, no, no.
Durante mucho tiempo me pregunté por qué tanta negativa a tener un hijo. Uno de mis pesares más hondos es no haber visto crecer a una niña que se pareciera a ti y a quien nadie le dijera estáte quieta, leche, o te arranco la nariz, porque ella nunca tendría que juguetear ansiosamente con una servilleta de cuadros blancos y azules. O un niño que no tuviese que implorar Téve, Téve, completamente atemorizado.
Después de confesarse a tan alto precio en la isla helada de Usedom, Budden dejó la silla frente al hogar y salió del pueblo de hielo a orillas del Báltico con un documento de identidad del añorado Eugen Müss, sustraído a sus confiados anfitriones para ahorrarse complicaciones con las fuerzas aliadas de ocupación, y emprendió la tercera huida como si temiera que el pobre confesor, desde la tumba, pudiera acusarlo ante sus abatidos hermanos de profesión de cualquier culpa merecida. En el fondo, no temía a los cartujos ni su silencio. Tampoco la penitencia que no le habían impuesto ni la muerte; no merecía siquiera el suicidio, pues sabía que debía reparar el mal. Naturalmente, también sabía que merecía el fuego eterno y no creía tener derecho a evitarlo. Sin embargo, antes de condenarse en el infierno, debía llevar a cabo una labor. «Debes ser tú, hijo mío, quien descubra —le dijo el confesor antes de la absolución, antes de morir, el único y breve discurso de la larga y eterna confesión— la forma de reparar el mal que has hecho. —Y en voz aún más baja añadió—: Si tal reparación fuere posible... —Tras unos segundos de duda, prosiguió—: Dios me perdone en su misericordia infinita, pero, aunque intentes reparar el mal, no creo que haya lugar para ti en el paraíso.» Eugen Müss pensó en la reparación del mal mientras huía. Para otros había sido más fácil, porque sólo tuvieron que destruir archivos antes de escapar; en cambio, él tuvo que deshacerse del cuerpo del delito; de los cuerpecitos del delito. Dios mío.
En tres monasterios, dos checos y uno húngaro, lo rechazaron con buenas palabras. En el cuarto lo aceptaron después de un largo proceso previo de postulante, y no como aquel pobre fraile que huía del miedo, que hubo de implorar treinta veces permiso para ser un monje más y
veintinueve veces se lo negó el padre prior de Sant Pere del Burgal, mirándolo a los ojos. Hasta un viernes lluvioso y feliz, cuando lo suplicó por trigésima y última vez. Müss no huía del miedo, sino del doctor Budden.
El padre Klaus, a la sazón maestro de novicios, también mantenía contacto con los aspirantes. Interpretó que ese hombre todavía joven tenía una sed espiritual, un ansia de oración y penitencia que la Trapa podía ayudarle a saciar. Y así ingresó definitivamente como postulante en el monasterio de Mariawald.
La vida de oración lo acercó a la presencia de Dios, aunque siempre con el temor y el convencimiento de que no era digno de respirar. Un día, ocho meses después, yendo por el claustro detrás del padre Albert, de camino a la sala capitular, pues el padre abad quería comunicarles unos cambios en el régimen horario, vio al buen hombre perder el conocimiento y caer al suelo. El hermano Eugen Müss no calculó bien su reacción y enseguida dijo es un ataque cardíaco, y dio instrucciones precisas a los que acudieron en su ayuda. Salvó la vida al padre Albert, pero los hermanos descubrieron con asombro que el novicio Müss no sólo tenía conocimientos de medicina sino que era doctor en medicina.
—¿Por qué nos lo has ocultado?
Silencio. Mirada al suelo. Quería comenzar una nueva vida. Me pareció que esa información carecía de importancia.
—Soy yo quien decide lo que tiene importancia y lo que es superfluo.
No pudo resistir la mirada del padre abad ni la del padre Albert, cuando acudió a visitarlo durante la convalecencia. Y lo que fue peor, se convenció de que el padre Albert, en el momento de agradecerle la reacción que le había salvado la vida, adivinó su secreto.
La fama de médico de Müss se extendió en pocos meses. En el momento de hacer los primeros votos y después de cambiarse el nombre de Eugen, que no era suyo, por el de Arnold, en esta ocasión por motivos de la Regla, como símbolo de renuncia, ya había resuelto abnegada y eficazmente un caso de intoxicación colectiva que le valió la
consolidación de su fama. Por ese motivo, el día en que, muy lejos de allí, hacia occidente, en otro monasterio, en otro país, estalló la crisis del hermano Robert, a su abad no se le ocurrió otra cosa que recomendar los servicios facultativos del experto hermano Arnold Müss. Y entonces el desconsuelo volvió a empezar.
—Al fin y al cabo, no puedo dejar de hacer una referencia a la idea de que, después de Auschwitz, no puede haber poesía.
—¿Quién lo dijo?
—Adorno.
—Estoy de acuerdo.
—Yo no; hay poesía después de Auschwitz.
—Bueno, quiero decir... que no tendría que haberla.
—No. Después de Auschwitz, después de los numerosos pogromos, después del exterminio de los cataros, de los que no dejaron ni uno, después de las matanzas de todas las épocas y en todas partes... Hace tantos siglos que la crueldad está presente que la historia de la humanidad sería la historia de la imposibilidad de la poesía después de.
Y en cambio no ha sido así, porque precisamente, ¿quién puede explicar Auschwitz?
—Los que lo vivieron. Los que lo crearon. Los especialistas en el tema.
—Sí. Todo eso constará y se han fundado museos para recordarlo.
Pero faltará otra cosa: la verdad de la experiencia vivida; eso no puede transmitirse en un estudio.
Bernat cerró las páginas cosidas, miró a su amigo y dijo ¿y?
—Sólo puede transmitirse por medio del arte; del artificio literario, que es lo más próximo a la experiencia vivida.
—Coño.
—Sí. Después de Auschwitz, la poesía hace más falta que nunca.
—Es un buen final.
—Sí, creo que sí. Bueno, no sé, pero creo que es una de las causas de la persistencia de la voluntad estética de la humanidad.
—¿Cuándo lo publican? ¡Qué impaciente estoy, oye!
Al cabo de unos meses apareció La voluntat estética, en catalán y en alemán a la vez, traducida por mí y revisada con lupa por el paciente San Johannes Kamenek. Es una de las pocas cosas de las que estoy orgulloso, querida. Y se me aparecían sucesos que se me archivaban en la memoria, y paisajes. Y un día, a tus espaldas y a las mías, volví a ver a Morral.
—¿Cuánto?
—Tanto.
—¿Tanto?
—Sí. ¿Le interesa, doctor?
—Si fuese tanto, sí.
—¡Dónde va a parar! Tanto.
—Tanto.
—Bien, de acuerdo: tanto.
Era la partitura autógrafa del Allegro de concierto de Granados. Estuve unos días procurando evitar la mirada del sheriff Carson y del valeroso gran jefe arapaho, Águila Negra.
OceanofPDF.com