Yo confieso
Capítulo 31
—Hola.
Huitième arrondissement; quarante-huit rué Laborde. Un edificio de viviendas más bien triste, con la fachada ennegrecida de humo de todas clases. Apretó el timbre y la puerta se abrió con un ruido seco, premonitorio. En los buzones comprobó que tenía que subir hasta el sisiè-me étage. Prefirió las escaleras al ascensor para gastar el exceso de energía que le producía el pánico. Cuando llegó, tardó un par de minutos cumplidos en recuperar el aliento y el latido normal del corazón. Y llamó al timbre, que sonó bzsbzsbzdbzs, como si quisiera guardar un misterio. El rellano estaba en penumbra y nadie abría la puerta. ¿Unos pasos delicados? ¿Sí? La puerta se abrió.
Te quedaste con la boca abierta y la expresión congelada. No sabes el brinco que me dio el corazón al verte de nuevo, después de tantos años, Sara. Eras mayor; no quiero decir envejecida, sino mayor, pero tan guapa como siempre. Una belleza más aposentada. Y entonces pensé que nadie tenía ningún derecho a robarnos la juventud como lo habían hecho. Detrás de ti, en una consola, un ramo de flores muy bonitas, pero de un color que se me antojó triste.
—Sara.
Ella continuaba en silencio. Claro que me había reconocido, pero no me esperaba. No llegué oportunamente; no era bien recibido. Me voy, vuelvo en otro momento, te quiero, me gustaría hablar contigo de...
Sara.
—¿Qué quieres?
Como un vendedor de enciclopedias, consciente de que en medio minuto debe soltar el mensaje mágico para que el cliente escéptico no le dé con la puerta en las narices, Adrià abrió la boca y desaprovechó trece segundos antes de decir nos engañaron, te engañaron; huíste porque te
dijeron cosas horribles de mí. Mentiras y cosas horribles de mi padre.
Cosas ciertas.
—¿Y qué hay de la carta en la que me decías que era una judía asquerosa y que me guardase donde me cupiera la mierda de mi altiva familia?
—¡Nunca te he mandado una sola carta! ¿Es que no me conoces?
—No.
La enciclopedia es una herramienta útil para cualquier familia con intereses culturales como es su caso, señora.
—Sara. He venido a decirte que todo fue un montaje de mi madre.
—A buenas horas. ¿Cuánto hace de eso?
—¡Muchos años! ¡Pero yo me enteré hace cinco días! ¡El tiempo que he tardado en localizarte! ¡Fuiste tú quien desapareció!
Una obra de estas características siempre es útil, tanto para su marido como para sus hijos. ¿Tiene usted hijos, señora? ¿Y marido? ¿Te has casado, Sara?
—Creí que habías huido por problemas tuyos; nadie quiso decirme dónde estabas. Ni tus padres...
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—Tu familia odiaba a mi padre por...
—Todo eso ya lo sé.
Quédese con este tomo para examinarlo, señora. Puede que vuelva el año que viene, pero no se enfade.
—Yo no sabía nada.
—La carta que me escribiste... Se la diste personalmente a mi madre.
—Se le crispó la mano que sujetaba la puerta, como si en cualquier momento fuese a estampármela en las narices—. ¡Cobarde!
—Nunca te escribí. ¡Eso es una sarta de mentiras! No di nada a tu madre. ¡Ni siquiera quisiste presentármela!
Ataque desesperado antes de batirse en retirada: ¡ay, señora! ¡No me diga que no es usted una mujer culta que se interesa por los problemas del mundo!
—¡Enséñamela! ¿No reconoces mi letra? ¿No viste que te engañaban?
—Enséñamela... —repitió sardónicamente—. La rompí en mil trocitos y la quemé: destilaba odio.
Dios mío, qué ganas de matar. ¿Qué hago, qué hago?
—Nos manipularon tu madre y la mía.
—Lo hago por el bien de mi hijo, protejo su futuro —dijo la señora Ardèvol.
—Y yo el de mi hija —réplica gélida de la señora Voltes-Epstein—.
No tengo el menor interés en que se relacione con su hijo. —Sonrisa seca—: Sabemos quién es su padre y sólo por eso no queremos tener nada que ver con él.
—Pues no hay más que hablar: ¿puede mandar a su hija fuera de la ciudad una temporada?
—Usted no es nadie para ordenarme nada.
—Muy bien. Le ruego que le haga llegar esta carta de mi hijo.
Le entregó un sobre cerrado. Rachel Epstein dudó unos segundos pero la cogió.
—Léala usted si lo desea.
—Usted no es nadie para decirme lo que puedo hacer.
Se separaron fríamente; se habían entendido a la perfección. Y, por descontado, la señora Voltes-Epstein abrió la carta antes de dársela a Sara, no lo dudes, Adrià.
—No la escribí yo...
Silencio. A pie firme en el rellano de la casa de rué Laborde, huitiéme arrondissement. Una vecina bajó en ese momento con un perrito ridículo y saludó a Sara con un ademán desvitalizado; ella respondió inclinando la cabeza distraídamente.
—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué no quisiste discutirlo conmigo?
—Huí llorando y diciendo otra vez no, no puede ser.
—¿Otra vez?
Ese fragmento de tu pasado que yo desconocía te empañó los ojos.
—Un disgusto que tuve antes de conocerte.
—Dios mío. Soy inocente, Sara. Yo también sufrí por tu huida. Sólo hace cinco días que sé por qué te fuiste.
—¿Y cómo me has encontrado?
—Por la misma agencia que nos espió. Te quiero. No he dejado de añorarte todos los días de mi vida. Fui a pedir explicaciones a tus padres, pero no quisieron decirme dónde estabas ni por qué te habías marchado. Fue horrible.
Seguían en el rellano del edificio del huitième arrondissement, a la luz que salía por la puerta abierta, pero ella no lo invitó a pasar.
—Te quiero. Deseaban destruir nuestro amor. ¿Me entiendes?
—Y lo consiguieron.
—No entiendo cómo pudiste creer lo que te dijeron.
—Era muy joven.
—¡Ya tenías diecisiete años!
—Sólo tenía diecisiete años, Adrià. —Vacilante—:... Me dijeron lo que tenía que hacer y lo hice. —¿Y yo?
—Sí, de acuerdo. Pero era horrendo. Tu familia...
—Qué.
—Tu padre... hizo cosas.
—Yo no soy mi padre. No tengo la culpa de ser su hijo.
—Me costó mucho entender eso.
La señora quiere cerrar la puerta y, con una sonrisa firme, se le dice olvidémonos de la enciclopedia, señora, y se pone en marcha el último recurso: enseñarle el diccionario enciclopédico, una obra en un solo volumen, para ayudar a sus hijos a hacer los deberes. Qué pputa es la vida: seguro que estás cargada de hijos.
—i Y por qué no me llamaste en aquel momento?
—Había rehecho mi vida. Tengo que cerrar la puerta, Adrià.
—¿Qué quiere decir que rehiciste tu vida? ¿Te casaste?
—Adrià, basta.
Y la señora cerró la puerta. La última imagen que vio fue la de las flores tristes. En el rellano, se tacha el nombre de la dienta fallida y se maldice ese trabajo, que consiste en muchos fracasos y algún triunfo esporádico.
Se cerró la puerta, me quedé solo con la oscuridad de mi alma, sin ánimo ni para pasear por la ciudad de la lumiére; todo me era indiferente. Adrià Ardèvol volvió al hotel, se tumbó en la cama y se puso a llorar. Pensó brevemente si sería mejor romper la luna del armario, que reflejaba su dolor, o tirarse por el balcón. Se decidió por hacer una llamada, con los ojos húmedos, con la desesperanza en los labios.
—Diga.
—Hola.
—Hola, ¿dónde estás? Te he llamado a casa y...
—Estoy en París.
—Ah.
—Sí.
—¿Esta vez no necesitabas una abogada?
—No.
—¿Qué te pasa?
Adrià dejó pasar unos segundos; acababa de darse cuenta de que estaba mezclando agua y aceite.
—Adrià, ¿qué te pasa? —Y, como el silencio se alargaba en exceso, lo rompió—. ¿Tienes una hermanastra francesa?
—No, nada, no pasa nada. Me parece que te añoro un poquitín.
—Bien. ¿Cuándo vuelves?
—El tren sale mañana por la mañana.
—¿Puedo saber qué haces en París?
—No.
—Ah, muy bien. —Tono terriblemente ofendido de Laura.
—De acuerdo... —Tono condescendiente de Adrià—: He venido a consultar el original de Della Pubblica Felicità.
—¿Qué es eso?
—El último libro que escribió Muratori.
—Ah.
—Interesante. Del manuscrito a la edición hay cambios interesantes, como me temía.
—Ah.
—¿Qué te pasa?
—No, nada. Eres un mentiroso.
—Sí.
Y Laura colgó.
Seguramente para quitarse el tono de reproche de la cabeza, encendió la televisión.
Salió una emisora belga en flamenco. La dejé para comprobar qué tal estaba mi nivel de neerlandés. Y oí la noticia. La entendí perfectamente porque las horripilantes imágenes ayudaban, pero ni en sueños se habría imaginado Adrià que todo eso tuviera algo que ver con él. Todo me implica. Creo que soy culpable del derrotero tan poco apetecible que ha tomado la humanidad.
Los hechos, según las declaraciones de los testigos a la prensa local, que después llegaron a la belga, son los siguientes. Turu Mbulaka —
Thomas Lubanga Dyilo, Matongué (Kinshasa), residente en Yumbu-Yumbu— ingresó en el hospital de Bebenbeleke el mismo día 12
aquejado de fuerte dolor abdominal. El doctor Müss diagnosticó peritonitis y, tras encomendarse a Dios, lo operó de urgencia en el precario quirófano del hospital. Se vio obligado a prohibir terminantemente la entrada de escoltas al quirófano, ni armados ni desarmados, así como la de las tres esposas del paciente y la de su primogénito. Por otra parte, tuvo que imponer al paciente la condición de que se quitara las gafas de sol para la operación y puntualizar que no lo intervenía de urgencia porque fuese el jefe tribal de la zona, sino porque corría peligro de muerte. Turu Mbulaka ordenó a gritos que dejasen trabajar al médico de una pputa vez, que se moría de dolor y no quería desmayarse, porque el hombre que pierde el conocimiento por causa del dolor baja la guardia y puede ser abatido por sus enemigos.
La anestesia, administrada por la única enfermera anestesista del hospital, bajó la guardia a Turu Mbulaka a las trece horas y tres minutos. La operación duró una hora exacta y el paciente fue trasladado a la sala general dos horas más tarde (en Bebenbeleke no había UCI), cuando empezaron a remitir los efectos de la anestesia y pudo decir sin morderse la lengua que le dolía el vientre a rabiar, ¿qué coño me ha hecho? El doctor Müss pasó por alto las amenazadoras palabras del paciente —cuántos cuentos había oído en su larga vida— y prohibió a la escolta la entrada en la sala, que esperase en el banco de color verde que había a la entrada, porque lo único que necesitaba el señor Turu Mbulaka era descansar. Las mujeres del jefe acudieron con sábanas limpias, abanicos para el calor y un televisor a pilas, que colocaron a los
pies de la cama. Y, por si fuera poco, comida en abundancia, aunque el paciente no podría probarla hasta cinco días después de la intervención.
El doctor Müss no paró de atender visitas ordinarias en el dispensario hasta el final de la jornada. Cada día le pesaban más los años, pero fingía que no lo notaba y trabajaba con la eficiencia de costumbre. Ordenó a las enfermeras, excepto a la de guardia, que se fueran a descansar aunque no hubiesen terminado el turno; solía decírselo siempre porque quería que descansaran bien para afrontar la mañana siguiente, pues nunca se sabía lo que podía deparar.
Aproximadamente a la misma hora recibió la visita de un forastero desconocido, con quien estuvo encerrado más de una hora hablando de no se sabe qué. Empezaba a oscurecer y por la ventana entraba el cacareo de una gallina muy inquieta. Cuando la luna asomó la nariz por el lado de Moloa, se oyó un estampido sordo. Un disparo tal vez. Como movidos por un resorte, los dos escoltas se levantaron al mismo tiempo del banco verde en el que fumaban, desenfundaron y se miraron con asombro. Había sonado en el otro lado. Qué hacemos, vamos los dos, te quedas tú, voy yo. Vamos, hala, vete tú, yo me quedo por si acaso, ¿de acuerdo?
—Pélame este mango —gritó Turu Mbulaka a su tercera esposa unos instantes antes de que sonara el disparo o lo que fuese.
—El médico ha dicho que... —Prácticamente no se oyó nada en la sala, ni el posible disparo ni la conversación, porque en el televisor del jefe sonaba un gran barullo, ya que un concursante no sabía contestar a una pregunta y el público se reía a mandíbula batiente.
—Qué sabe el médico. Quiere hacerme sufrir. —Miró la tele e hizo un gesto de desprecio—. Panda de ignorantes —increpó al infeliz concursante. A la tercera esposa—: pélame el mango, vamos.
En el momento en que Turu Mbulaka daba el primer mordisco a la fruta prohibida, se desencadenó la tragedia: un hombre armado entró en la sala en penumbra y descargó una ráfaga sobre el enfermo que reventó el mango y agujereó al pobre Turu Mbulaka de tal manera que la pavorosa herida quirúrgica parecía una anécdota, en comparación. El
asesino disparó certeramente contra las tres esposas indefensas; sin dejar de apuntar con el arma, echó un vistazo a toda la sala, probablemente buscando al primogénito, y salió de allí. Los veinte enfermos que guardaban cama esperaban con resignación el tiro de gracia, pero el aliento de la muerte pasó por encima sin tocarlos. El asesino, que, según unos, llevaba un pañuelo amarillo, según otros, azul, pero que en ambos casos le cubría el rostro, desapareció ágilmente en la noche. Unos aseguraron haber oído un motor de coche, otros no quisieron saber nada y todavía temblaban sólo de pensarlo y, según la prensa de Kinshasa, el asesino o los asesinos habían matado a los dos incompetentes escoltas de Turu Mbulaka, a uno en los pasillos del hospital, al otro en un banco verde, que se manchó de sangre. Cayeron además una enfermera congoleña y el médico del hospital de Bebenbeleke, el doctor Müss, quien, alertado por el ruido, entró en la sala general y seguramente se enfrentaría a los asesinos o incluso habría intentado detener el ataque, pues menospreciaba el peligro, alegando que ese hombre estaba recién operado. O simplemente lo habrían matado de un tiro en la cabeza sin darle tiempo a abrir la boca siquiera. No, de un tiro en la boca, según un testigo. No, en el pecho. En la cabeza. Cada enfermo defendía una versión diferente de cada capítulo de la tragedia, aunque no hubiera visto nada; y el color del pañuelo del asesino juro que era verde; o quizá amarillo, pero lo juro. Asimismo, un par de enfermos, uno de ellos menor de edad, recibieron alguno de los disparos dirigidos al jefe de tribu Turu Mbulaka. Tal fue la descripción del inesperado ataque en una zona sin muchos intereses europeos en juego. Y la VRT le dedicó ochenta y seis segundos porque el ex presidente francés Giscard d'Estaing, tras el estallido de la noticia de que se había manchado las manos con los diamantes del emperador Bokassa, había iniciado un tour africano y, cuando se hallaba en la región de Kwilu, se había desviado del itinerario previsto para ir a Bebenbeleke, nombre que empezaba a hacerse famoso a pesar de las reticencias de su fundador, que sólo vivía para el trabajo. Giscard se había fotografiado con el doctor Müss, siempre cabizbajo, siempre pensando en las cosas que le quedaban por hacer. Y con las enfermeras de Bebenbeleke y con un niño de dentadura blanquísima que sonreía sin ton ni son, haciendo una mueca detrás del grupo oficial. Todo eso había sucedido recientemente.
Y Adrià apagó el televisor porque sólo le faltaba una noticia de esas características para terminar de hundirse.
Dos días después, la prensa francesa, así como la belga, ahondando en los detalles de la masacre del hospital de Bebenbeleke, descubrieron diversos hechos: en el atentado contra el jefe de tribu Turu Mbulaka, personaje respetado, odiado, calumniado, ensalzado y temido en toda la zona, habían muerto siete personas: cinco del séquito del cacique, una enfermera y el director del hospital, el doctor Eugen Müss, conocido por sus treinta años de labor en favor de los enfermos en ese rincón del mundo de Beleke y Kikongo. Se pone en duda la continuidad del hospital que él mismo había fundado en la década de los cincuenta... y como quien no quiere la cosa, como si fuese un añadido de última hora y de menor importancia, las últimas frases de la noticia decían que, en respuesta al brutal atentado contra Turu Mbulaka, se habían producido disturbios en Yumbu-Yumbu que han causado una docena de muertos, entre partidarios y detractores de esta figura tan discutida, a caballo entre señor de la guerra y cacique, producto directo del proceso de descolonización por parte del Estado belga.
A trescientos cuarenta y tres kilómetros al norte del hotel en el que Adrià pasaba las horas soñando con que Sara fuese a verlo y le propusiera un nuevo comienzo, y él diría cómo sabías que estaba en este hotel y ella, porque me puse en contacto con el mismo detective que tú para encontrarme a mí, pero como ella no venía él no bajaba ni a desayunar ni a cenar, ni se afeitaba ni nada, porque sólo quería morirse y por eso no paraba de llorar; a trescientos cuarenta y tres kilómetros del dolor de Adrià, unas manos temblorosas que sujetaban un ejemplar de Gazet van Antwerpen lo soltaron. El diario cayó en la mesa, al lado de una taza de tila, enfrente de un televisor que transmitía la misma noticia. El hombre apartó el diario, que cayó al suelo, y se miró las manos. Temblaban sin control. Se tapó la cara y se puso a llorar como no lo había hecho en treinta años. El infierno siempre está preparado para entrar en cualquier rincón de nuestra alma.
Por la noche, se hizo eco de la noticia el segundo canal de la VRT, aunque más centrada en la persona del fundador del hospital. Y
anunciaron que a las diez de la noche emitirían el documental que le había dedicado la VRT hacía un par de años con motivo de su negativa a recibir el premio rey Balduino, porque no iba acompañado de una subvención para el mantenimiento del hospital de Bebenbeleke. Y
porque no estaba dispuesto a viajar a Bruselas a recoger un galardón, pues consideraba que su presencia era más necesaria en el hospital que en cualquier otra parte.
A las diez de la noche, una mano temblorosa apretó el interruptor de encendido del estropeado televisor. Se oyó un suspiro de pena. En la pantalla, la careta del «6o minutos» e inmediatamente después unas imágenes, grabadas clandestinamente sin lugar a dudas, del doctor Müss avanzando por el exterior del porche del hospital, pasando ante un banco pintado de verde, sin rastro de sangre, y diciendo que no hacían falta reportajes, que había mucho trabajo en el hospital y que no podía distraerse.
—Un reportaje puede ser muy beneficioso para el hospital —la voz de Randy Oosterhoff, un poco agitada mientras andaba de espaldas, enfocando al doctor con una cámara oculta.
—Si queréis hacer un donativo, el hospital os lo agradecerá mucho.
—Señaló hacia atrás—: Hoy tenemos jornada de vacunas y es un día de muchísimo trabajo.
—Podemos esperar.
—Por favor.
A continuación, el titular: «Bebenbeleke». Y después, tomas de las precarias instalaciones del hospital, de las enfermeras en plena labor, casi sin levantar la cabeza, atareadas, imbuidas por un espíritu casi inhumano de trabajo. Y muy al fondo, el doctor Müss. Una voz decía que el doctor Müss era originario de un pueblecito del Báltico y que hacía treinta años que se había instalado en Bebenbeleke con una mano delante y otra detrás literalmente y, piedra a piedra, había levantado el hospital que ahora cubre, aunque de forma insuficiente, las necesidades sanitarias de la vasta región del Kwilu.
El hombre de la mano temblorosa se levantó a apagar el televisor.
Conocía el reportaje de memoria. Suspiró.
Lo habían emitido por primera vez hacía dos años. Aunque apenas veía la televisión, tenía encendido el aparato en ese momento. Se acuerda perfectamente de que le llamó la atención la introducción dinámica, muy dinámica, muy periodística, del doctor Müss de camino a alguna urgencia, diciendo a los periodistas que no tenía tiempo para nada más que...
—Conozco a ese hombre —dijo entonces el de las manos temblorosas.
Siguió el reportaje con atención. Bebenbeleke no le sonaba de nada, como tampoco los nombres de Beleke y Kikongo. Era la cara, la cara del médico... Una cara asociada al dolor, a su gran y único dolor, pero no acababa de saber... Y volvió el recuerdo lacerante de sus mujeres, de la pequeña Trude, mi Truu perdida, de Amelietje recriminándolo con la mirada que no hiciese nada, él, que las había salvado a todas, y su suegra, que tosía sin parar, agarrada al violín, y mi Berta con Juliet en brazos, y todo el horror del mundo. Y qué tiene que ver la cara de ese médico con tanto dolor. Hacia el final del reportaje, que se obligó a ver, se enteró de que, en esa zona de inestabilidad política endémica, Bebenbeleke era el único hospital en centenares de kilómetros a la redonda. Bebenbeleke, con ese médico cuyo rostro le agudizaba el dolor.
Al final, cuando salieron los créditos, recordó dónde y cómo había conocido al doctor Müss; el hermano Müss, el monje trapense de mirada tierna.
La alarma saltó cuando un hermano enfermero, muy preocupado, informó al padre prior al oído del estado del hermano Robert, es que no sé qué hacer, cuarenta y nueve kilos, padre, y está como un fideo, padre, y ha perdido el brillo de los ojos. Yo...
—Nunca le han brillado los ojos —se le escapó imprudentemente al padre prior, e inmediatamente pensó en su falta de caridad para con un hermano de la comunidad.
—Es que no sé qué otra cosa hacer. Apenas prueba la sopa de carne y pescado para los enfermos. Se desperdicia.
—¿Y la obediencia?
—Se esfuerza, pero es que no puede. Como si ya no tuviera ganas de vivir. Mejor dicho, como si tuviera prisa por... Dios me perdone si tengo que decir lo que pienso.
—Decidlo, hermano. Os obliga la obediencia.
—El hermano Robert —dijo el hermano enfermero, después de enjugarse el sudor de la calva con un pañuelo para contener el temblor de la voz— desea morir. Y además, padre...
Mientras guardaba el pañuelo entre los pliegues del hábito, contó al padre prior un secreto que, todavía no sabía por qué, se había llevado a la tumba el reverendo padre Maarten, el abad que había firmado la conformidad para el ingreso del hermano Robert en el noviciado de la comunidad cisterciense de la Estricta Observancia de Achel, situado a la orilla de las límpidas aguas del Tonjelreep, un paraje que parecía ideal para apagar los tormentos del alma castigada por los pecados del prójimo y por la propia debilidad. La abadía de San Benito de Achel se hallaba en un enclave idílico en el que Matthias Alpaerts, el futuro hermano Robert, aprendería a labrar la tierra y a respirar aire puro al lado de estiércol de vaca, a hacer queso, a trabajar el cobre y a barrer los rincones polvorientos del claustro o de cualquier dependencia que le ordenasen, siempre observando el estricto silencio que acompañaba las veinticuatro horas del día de los monjes trapenses, sus nuevos hermanos. No le resultó difícil levantarse todos los días a las tres de la madrugada, la hora más gélida de la noche, y encaminarse, con los pies ateridos de frío, pues las sandalias no abrigaban, a rezar los maitines, que renovaban la esperanza de un nuevo día y, tal vez, de una nueva esperanza. Y después, de regreso en la celda, a leer la lectio divina, que en algunos momentos era la hora del tormento, pues retornaban a su pensamiento todas las imágenes vividamente, sin piedad por su alma destrozada, y Dios enmudecía cada día, igual que cuando estaban en el infierno. Por ese motivo, la campana que llamaba al rezo de laudes
sonaba como una pequeña esperanza y luego, en la misa conventual de las seis, no dejaba de mirar, mientras se lo permitiese la modestia, a sus hermanos vivos, devotos, y de orar con ellos al unísono rogando nunca más, Señor, nunca más. Tal vez se acercaba a la felicidad al comenzar las cuatro horas seguidas en la granja. Murmuraba sus terribles secretos a las vacas mientras las ordeñaba, y ellas le correspondían con una mirada intensa, llena de piedad y comprensión. Pronto aprendió a hacer queso con tuinkruiden, un queso muy aromático, y soñaba que lo repartía entre los miles de congregados y les decía el cuerpo del Señor, él, que no estaba capacitado para dar la comunión, ya que había suplicado que le respetasen la voluntad de no recibir órdenes menores siquiera, porque no era nadie y sólo quería un rincón para rogar de rodillas el resto de su vida, como había hecho fray Miquel de Susqueda, otro fugitivo, cuando solicitó el ingreso en Sant Pere del Burgal, un puñado de siglos antes. Cuatro horas entre el estiércol de vaca, acarreando balas de hierba, interrumpiendo el trabajo para rezar en la hora tercia y, después de lavarse las manos y la cara para quitarse el mal olor y no ofender a los demás hermanos, entraba en la iglesia como si fuese un refugio contra el mal y rezaba con sus hermanos la hora sexta, la del mediodía. Más de una vez le prohibieron sus superiores fregar los platos a diario, pues era una tarea que debían hacer todos los miembros de la comunidad sin excepción, y él, por santa obediencia, debía contener los deseos de servir, y a las dos de la tarde volvían al refugio de la iglesia a rezar la hora nona, y aún restaban dos horas de labor, que no dedicaba a las vacas, sino a arreglar márgenes y a quemar hierbas, en tanto el hermano Paulus ordeñaba, y debía lavarse una vez más, al contrario que los hermanos de la biblioteca, que, como mucho, se humedecían los polvorientos dedos al terminar de trabajar y tal vez envidiaban a los hermanos que hacían ejercicio físico, en lugar de encerrarse a gastar la vista y la memoria. La segunda lectio divina, la de la tarde, era el largo preludio que culminaba a las seis con el canto de vísperas. La hora de la cena, durante la cual fingía comer, daba paso a la hora de completas, todos en la iglesia, a oscuras, a la única luz de dos cirios fieles que iluminaban la imagen de la Virgen de Achel. Y cuando las campanas del monasterio de San Benito tocaban las ocho de la noche, se metía en la cama, como sus hermanos, con la esperanza de
que el día siguiente fuera exactamente igual al anterior, y también el otro, por los siglos de los siglos hasta el final.
El padre prior miró al hermano enfermero con la boca abierta. ¡Por qué el reverendo padre abad Manfred tenía que haberse ausentado precisamente en esos momentos! Por qué el Capítulo General se celebraba precisamente el mismo día en que el hermano Robert había caído en una especie de postración de la que no podía rescatarlo la poca ciencia del hermano enfermero. Por qué, Dios del Universo. Por qué acepté la carga de prior.
—Pero sigue vivo, ¿no?
—Sí. Catatónico. Creo. Si se le dice levántate, se levanta; si se le dice siéntate, se sienta. Si se le dice habla, se echa a llorar, padre.
—Entonces no está catatónico.
—Veréis, padre: puedo tratar heridas, arañazos, huesos rotos y descoyuntamientos, y gripes y resfriados y dolores de tripas, pero las cosas del espíritu...
—¿Y qué me recomendáis, hermano?
—Yo, padre...
—Sí, ¿qué me recomendáis?
—Que lo vea un galeno de verdad.
—El doctor Geel no sabría qué hacer.
—Es que me refiero a un galeno auténtico.
Afortunadamente, en la tercera reunión del capítulo general, el padre abad Manfred habló con preocupación ante los demás hermanos abades de lo que le había comunicado el prior con voz de espanto, como desde lejos, por teléfono. El padre abad de Mariawald le dijo que si lo consideraba oportuno, en su monasterio había un monje médico que, a pesar de su extrema humildad y completamente en contra de sus deseos, había adquirido reputación incluso fuera del monasterio, tanto para males del cuerpo como del espíritu. Y que el hermano Eugen Müss estaba a su disposición.
Por primera vez en diez años, desde el dieciséis de abril del año del Señor de mil novecientos cincuenta, día en que recibió permiso para ingresar en la abadía de San Benito de Achel con el nombre de hermano Robert, Matthias Alpaerts traspasó los límites de las tierras de la abadía.
Las manos, abiertas sobre las piernas, le temblaban exageradamente.
Con ojillos asustados miraba por el sucio cristal de la ventanilla del Citroen Stromberg, que botaba en el polvoriento camino que lo alejaba de su refugio y lo llevaba al mundo de las tempestades del que había querido huir para siempre. De cuando en cuando, el hermano enfermero lo miraba de reojo; él se daba cuenta y procuraba distraerse clavando la vista en el cogote del silencioso chofer. El viaje hasta Heimbach duró cuatro horas y media, durante las cuales, para romper el obstinado silencio, el hermano enfermero tuvo tiempo de murmurar, acompañado por el ruido ronco del carburador del coche, las horas tercia, sexta y nona, y llegaron a las puertas de Mariawald cuando las campanas, tan diferentes de las de Achel, Señor, llamaban a la comunidad a vísperas.
Fue al día siguiente, después de laudes, cuando le indicaron que esperase, sentado en un duro banco, en un rincón de un pasillo ancho y bien iluminado. Las palabras alemanas, escasas y respetuosas, del monje enfermero le resonaron en los oídos como órdenes crueles. El monje enfermero, ayudante del hermano Müss, desapareció por una puerta acompañado por el hermano enfermero de Achel. Necesitarían un informe previo. El caso es que lo dejaron solo con sus temores; después, el hermano Müss lo invitó a entrar en el silencioso despacho y, sentados cada uno a un lado de una mesa, le rogó, en un holandés bastante correcto, que le contase qué era lo que lo atormentaba, y el hermano Robert escrutó sus ojos y encontró una mirada tierna y entonces el dolor estalló y empezó a decir porque haceos idea de lo que es estar comiendo en casa con mi mujer, mi suegra y mis tres hijitas, mi suegra un poco acatarrada, el mantel nuevo de cuadritos azules y blancos, porque la pequeña Amelietje, que es la mayor, cumple años. Y, después de esas palabras, el hermano Robert no paró de hablar en una hora
entera, sin respirar, sin pedir un vaso de agua, sin apartar la vista de la pulida mesa y sin percatarse de la mirada entristecida del hermano Eugen Müss. Y cuando hubo contado toda la historia, todavía añadió que así fui con la cabeza gacha por la vida, llorando mi cobardía y buscando una manera de reparar mi maldad, hasta que se me ocurrió la idea de esconderme donde el recuerdo no pudiera alcanzarme jamás.
Me hacía falta volver a hablar con Dios y me propuse entrar en un monasterio cartujo, en el que me aconsejaron que lo que pretendía no era una buena idea. A partir de entonces mentí y en los otros dos lugares a cuya puerta llamé no dije nada sobre las razones de mi dolor ni lo mostré. En cada nueva entrevista aprendí qué era lo que debía decir y qué debía callar, y así llegué a la puerta de la abadía de San Benito de Achel sabiendo que nadie pondría obstáculos a mi tardía vocación, y supliqué que, si la obediencia no mandaba otra cosa, me permitiesen vivir haciendo siempre las tareas más humildes del monasterio. Sólo a partir de entonces volví a hablar, poquito, con Dios, y aprendí a que las vacas me prestasen atención.
El doctor Müss le tomó la mano y se quedaron en silencio diez minutos, tal vez, o veinte; y entonces el hermano Robert empezó a respirar con más calma y dijo después de estos años de silencio en el monasterio, el recuerdo ha vuelto a estallarme en la cabeza.
—Estad preparado para que estalle de vez en cuando, hermano Robert.
—No lo podré soportar.
—Sí, podréis, con la ayuda de Dios.
—Dios no existe.
—Soy monje trapense, hermano Robert. ¿Queréis escandalizarme?
—Pido perdón a Dios, pero no comprendo sus designios. ¿Por qué, si es Dios de amor...?
—Como hombre, vuestro sostén en la vida es saber que nunca habréis infligido un mal como el que os corroe el espíritu. Como el que os han causado a vos.
—A mí no, sino a Truu, a Amelia, a la pequeña Julietje, a mi Berta y a mi suegra acatarrada.
—Tenéis razón, pero a vos también os han hecho daño. El hombre heroico es el que devuelve bien por mal.
—Si tuviese ante mí a los responsables de... —sollozó—. No sé qué haría, padre. Os juro que no creo que fuese capaz de perdonarlos...
El hermano Eugen Müss escribió unas palabras en una cuartilla. El hermano Robert lo miró a los ojos y el hermano Eugen le correspondió, como en el momento en que el doctor Müss decía al periodista que no tenía tiempo que perder y, sin saberlo, miró hacia el objetivo de la cámara oculta y lo observó con esa misma mirada. Y entonces, Matthias Alpaerts comprendió que tenía que ir a Bebenbeleke, dondequiera que estuviese, para reencontrarse con esa mirada capaz de darle serenidad, porque hacía muchos días que los recuerdos habían estallado de nuevo en su cabeza.
Lo primero que se descubre al llegar a Bebenbeleke es que no existe ninguna localidad con ese nombre. Es sólo el nombre del hospital, que se encuentra en medio de la nada, a muchas millas al norte de Kikwit, a muchas millas al sur de Yumbu-Yumbu y bastante apartado de Kikongo y Beleke. El hospital está rodeado de cabañas, construidas por algunos pacientes al amparo del centro sanitario y que utilizan extraoficialmente los familiares de los enfermos cuando el ingreso requiere unos días de estancia; poco a poco se van levantando nuevas cabañas y algunas de ellas dan cobijo a gente que tiene poca relación con el hospital, o ninguna, y que, con los años, formarán el pueblo de Bebenbeleke. Al doctor Müss le parecía bien; tampoco tenía nada que objetar a las gallinas que campan tranquilas por los alrededores del hospital y, aunque se lo han prohibido, muchas veces llegan al interior del recinto sanitario. Bebenbeleke es un pueblo hecho de dolor, porque a medio kilómetro del hospital, en dirección a Djilo, después de la roca blanca,
está el cementerio de los pacientes que no superan la enfermedad. El indicador de los fracasos del doctor Müss.
—Salí de la Orden al cabo de pocos meses —dijo Matthias Alpaerts
—. Entré en ella pensando que era el remedio y salí convencido de que era el mejor remedio. Pero los recuerdos siguen frescos dentro y fuera del monasterio.
El doctor Müss lo invitó a sentarse a la entrada, en el banco de color verde, todavía limpio de sangre, y le tomó la mano como treinta años antes, en la sala de consulta de la abadía de Mariawald.
—Gracias por querer ayudarme, hermano Müss —dijo Matthias Alpaerts.
—Lamento no haber podido brindaros suficiente ayuda.
—Me ayudasteis mucho, hermano Müss. Ahora lo sé y, cuando estalla el recuerdo, puedo defenderme un poco mejor.
—¿Os sucede a menudo?
—Más de lo que quisiera, hermano Müss. Porque...
—No me llaméis hermano, ya no soy monje —lo interrumpió el doctor Müss—. Poco después de nuestro encuentro pedí la dispensa a Roma.
El silencio del antiguo hermano Robert era elocuente y el antiguo hermano Müss tuvo que romperlo y respondió que había dejado la Orden por deseo de penitencia y, Dios me perdone, con la firme convicción de que podía ser más útil haciendo el bien entre los desvalidos que encerrándome a rezar las horas.
—Os comprendo.
—No es un reproche a la vida monacal, sino mi estado de ánimo, y mis superiores lo entendieron.
—Sois un santo, metido en este desierto.
—Esto no es el desierto ni yo soy santo. Soy médico, antiguo monje, y sólo ejerzo la medicina. Y procuro remediar males.
—Lo que a mí me acecha es el mal.
—Lo sé. Pero yo sólo puedo luchar contra los males.
—Quiero quedarme a ayudaros.
—Sois demasiado mayor. Pasáis de los setenta, ¿no?
—No importa. Puedo ser útil.
—Imposible.
El tono del doctor Müss se tornó seco de pronto en la respuesta, como si se hubiese ofendido hondamente. A Matthias Alpaerts empezaron a temblarle las manos y las escondió en los bolsillos para que el médico no lo viese.
—¿Cuándo le pasa, cuándo le tiemblan así? —El doctor Müss señaló las manos escondidas y Matthias disimuló una mueca de disgusto.
Extendió las manos ante él; temblaban exageradamente.
—Cuando estallan los recuerdos. A veces me digo que parece imposible que se muevan tanto sin mi voluntad.
—No podríais serme útil con esos temblores.
Matthias Alpaerts lo miró a los ojos; el comentario era cruel, cuando menos.
—Puedo ser útil de muchas maneras —dijo, ofendido—. Cavando en el huerto, por ejemplo. En el monasterio de Achel aprendí el oficio de labrador.
—Hermano Robert..., Matthias... No insistáis. Tenéis que volver a casa.
—No tengo casa. Aquí puedo ser útil.
—No.
—No acepto la negativa.
Entonces, el hermano Müss tomó a Matthias Alpaerts del brazo y lo llevó a cenar. Como todas las noches, el único alimento de que disponía el médico era una pasta pegajosa de mijo, que calentó en un hornillo. Se
instalaron en el mismo despacho, a la misma mesa en la que el médico atendía las consultas. El doctor Müss abrió un armarito, sacó dos platos y Matthias lo vio esconder algo, tal vez un trapo sucio, detrás de unos vasos de plástico. Mientras comían sin hambre, el médico le explicó el motivo que le impedía aceptar su oferta de enfermero improvisado, ni la de jardinero, ni la de cocinero ni la de labrador de una tierra que no sabía dar frutos si no se sudaba sangre.
A media noche, cuando todo el mundo dormía, a Matthias Alpaerts no le temblaron las manos al entrar en el despacho del doctor Müss.
Abrió el armarito de al lado de la ventana y, con ayuda de una pequeña linterna, encontró lo que buscaba. Examinó el trapo a la escasa e incierta luz. Estuvo un larguísimo minuto vacilante, porque no acababa de reconocerlo. Todo el temblor se le concentró en el corazón, quería escapársele por la garganta. Oyó cantar a un gallo y devolvió el trapo a su lugar. Notó un picor en los dedos, la misma comezón que notaba Fèlix Ardèvol, la misma que empezaba a experimentar yo cuando el objeto deseado se alejaba sin remedio. Comezón y temblor en la punta de los dedos. Aunque la enfermedad de Matthias Alpaerts era diferente de la nuestra.
Se marchó antes de que saliera el sol, con la camioneta procedente de Kikongo, que llevaba medicinas y alimentos, así como una rociada de esperanza para los enfermos de la extensa región que se mojaba los pies en el Kwilu.
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