Yo confieso
Capítulo 55
La exposición se inauguró sin ti. Los de la galería no podían posponerla porque tenían el calendario comprometido para los dos años siguientes y Sara Voltes-Epstein nunca podría ir a verla, conque adelante y ya me lo contaréis, de verdad. Se puede grabar todo, ¿no?
Unos días antes, Sara nos llamó a Max y a mí a su lado y nos dijo quiero añadir dos dibujos.
—¿Cuáles?
—Dos paisajes.
—Pero... —Max, perplejo—. Es una exposición de retratos.
—Dos paisajes —insistió— que son retratos de un alma.
Max y Adrià se miraron con perplejidad.
—¿Cuáles son? —pregunté.
—Mi paisaje de Tona y el ábside de Sant Pere del Burgal.
Tu aplomo me dejó de piedra. Porque seguiste dando instrucciones: están los dos en la carpeta negra que se quedó en Cadaqués. El dibujo de Tona se titulará In Arcadia Hadriani y el otro, Sant Pere del Burgal: un sueño.
—¿De qué alma son retratos? —A Max había que explicárselo todo.
—Quien tiene que saberlo ya lo sabe.
—Anima Hadriani —dije a punto de llorar o de dar un salto de alegría, todavía no lo sé.
—Pero los de la galería...
—Dos dibujos más, ¡caramba, Max! Y si no hay presupuesto, que no los enmarquen.
—No, no: lo digo por el concepto de retrato...
—Max, mírame.
Te soplaste el mechón que te caía sobre los ojos, yo te lo aparté con la mano y me dijiste gracias. Y a Max: la exposición será como yo diga.
Me lo debéis. Treinta retratos y dos paisajes dedicados al hombre que amo.
—No, no, si yo...
—Espera. Uno es una interpretación libre del paraíso perdido de Adrià. Y el otro son las ruinas de un monasterio que no sé por qué tiene metido en la cabeza desde siempre, y eso que no lo había visto hasta hace muy poco. Y lo haréis así. Lo haréis por mí. Aunque yo no pueda ver la exposición.
—Te llevaremos a verla.
—Me horrorizan los numeritos de ambulancias y camillas y... No.
Grabádmelo.
Por tanto, fue una inauguración sin la protagonista. Max ofició de hombre fuerte y dijo mi hermana no está, pero como si estuviera. Esta noche le enseñaremos las fotos y el vídeo que estamos grabando y Sara, incorporada sobre unas almohadas grandes, vio por primera vez todos los retratos y los dos paisajes juntos y, durante la repetición de la inauguración en la cinquantaquattro, con Max, Dora, Bernat, el doctor Dalmau, yo y no sé si alguien más, cuando la cámara enfocó al tío Haïm, Sara dijo páralo un momento. Y estuvo unos segundos mirando la imagen congelada y pensando en lo que fuera y después vio el resto de la grabación. En mi retrato, yo medio cabizbajo, leyendo, no dijo que detuviéramos la imagen. La cámara llegó a su autorretrato, con la mirada enigmática, y tampoco quiso ni mirarlo. Observó atentamente a Max, que dirigía unas palabras a los presentes; vio que había asistido mucha gente y, mientras volvían a pasar las imágenes, dijo gracias, Max, muy bonitas tus palabras. Y comentó que había visto a Murtra, a Josée y Chantal Cases, a los Riera de Andorra, a todos, y anda, éste es Llorenç, ¿no?, cuánto ha crecido.
—Y Tecla, ¿ves? —dije yo.
—Y Bernat. Qué bien.
—Huy, ¿y este tan guapo? —saltó Dora.
—Un amigo mío —dijo Max—. Giorgio.
Silencio. Para romperlo, el propio Max:
—Se ha vendido toda la obra. ¿Me oyes?
—¿Y éste? ¡Páralo, páralo! —Sara casi se incorpora milagrosamente
—: ¡¡Pero si es Viladecans!! ¡Parece que quiera comerse a tío Haïm con los ojos!...
—Sí, sí, es verdad, sí que estaba. Se pasó mil horas mirando cada retrato.
—Ostras...
Le brillaban los ojos y pensé está recuperando la ilusión y pensé es posible una nueva vida cambiando las prioridades, cambiando el estilo, cambiando todos los valores de todas las cosas. ¿No? Como si me hubiera oído el pensamiento, se puso seria. Al cabo de unos segundos:
—El autorretrato no está en venta.
—¿Qué? —Max, asustado.
—Que no está en venta.
—Pues fue el primero en caer.
—¿Quién lo ha comprado?
—No sé. Lo preguntaré.
—Os dije que... —Se calló, un poco desorientada.
No habías dicho nada. Pero se te empieza a mezclar el mundo con lo que dices, con lo que piensas, con lo que deseas y con lo que habría podido ser de no haber sido por.
—¿Puedo llamar desde aquí? —Max, desolado.
—Hay un teléfono donde el mostrador de las enfermeras.
—No hace falta que llames —lo cortó Adrià, como pillado en falta.
Noté que Max, Sara, el doctor Dalmau y Bernat me miraban. A veces me pasa: se me clavan las miradas como pinchos; o como recuerdos.
—¿Por qué? —preguntó alguien.
—Porque lo he comprado yo.
Silencio. Sara hizo un mohín.
—Qué tonto eres —dijo.
Adrià la miró, abriendo los ojos de par en par.
—Quería regalártelo —improvisé.
—Yo también quería regalártelo. —Soltó una tímida risita nueva, que no le había oído nunca antes de la enfermedad.
La inauguración en el hospital terminó con un brindis de los presentes, cada uno con un triste vaso de plástico lleno de agua. Y Sara no dijo en ningún momento me habría gustado mucho estar allí. Pero me miraste y sonreiste. Estoy seguro de que te reconciliaste conmigo gracias a la media verdad sobre el violín. No fui suficientemente sincero para desmentirla.
Cuando hubo bebido el sorbo ritual, ayudada por mí, movió la cabeza de un lado a otro y, sin venir a cuento, dijo me voy a cortar el pelo muy corto, me molesta en la nuca.
Laura volvió del Algarve muy morena. Nos vimos en el despacho entre el lío y la inminencia de los exámenes de septiembre; me preguntó por Sara, yo le dije ya ves, y ella no insistió. Aunque estuvimos los dos muchas horas en el despacho, no nos dijimos nada más y fingimos que no nos veíamos. Al cabo de unos días comí con Max, porque se me había ocurrido editar un libro con el mismo título que la exposición, con reproducciones de todos los retratos a tamaño folio, ¿qué te parece?
Me parece una idea excelente, Adrià; y los dos paisajes. De acuerdo, los dos paisajes también. Un libro caro, bien hecho, sin prisas. De acuerdo,
bien hecho. Los dos estábamos dispuestos a financiar el proyecto y discutimos por eso, pero al final acordamos hacerlo a medias y me puse manos a la obra con ayuda de los de Artipèlag y de Bauçá. Y me hice ilusiones de que tal vez fuéramos capaces de iniciar otra vida contigo en casa, bien atendida, si todavía querías vivir conmigo, cosa que no sabía con certeza, y si estabas de acuerdo y dejabas de pensar cosas raras.
Hablé con todos los médicos: Dalmau me advirtió que, por lo que él sabía, Sara todavía no estaba bien y que, por tanto, no me precipitase con lo de llevarla a casa, porque la doctora Real tenía razón. Y que era mucho mejor para la salud mental de todo el mundo no hacer grandes planes para el futuro. Que iba para largo y debíamos aprender a vivir al día, créeme. Y un día, Laura me arrinconó en un pasillo de las aulas y me dijo vuelvo a Uppsala. Me han ofrecido trabajo en el Instituto de Historia de las Lenguas y...
—Qué bien.
—Depende. Me voy. Si quieres una abogada, estoy en Uppsala.
—Laura, no quiero nada.
—Tú nunca has sabido lo que quieres.
—De acuerdo. Pero ahora sé que no voy a ir a verte a Uppsala.
—Dicho queda.
—No puedes esperar que los demás...
—Oye.
—Qué.
—Que es mi vida, no la tuya. El manual de instrucciones lo redacto yo.
Se puso de puntillas, me dio un beso en la mejilla y, que yo recuerde, no volvimos a hablar nunca más. Sé que vive en Uppsala. Sé que ha publicado seis o siete artículos bastante buenos. La echo de menos pero deseo que haya encontrado a una persona más entera que yo. Y
mientras tanto, Max y yo decidimos que el libro de retratos sería una sorpresa, sobre todo para evitar que ella nos quitase la idea de la cabeza.
Queríamos impactarla un poco con nuestra ilusión y contagiársela. Por eso pedimos un breve prólogo a Joan Pere Viladecans, quien accedió de mil amores. En pocas líneas dijo tantas cosas del arte de Sara que me dio un ataque de celos inmediato y febril sólo de pensar cómo puede ser que se me escapen tantos aspectos y detalles de los dibujos de Sara.
Tantos como los que no he sabido captar de tu vida.
Poco a poco, fijándome en ti en el hospital, descubrí a una mujer capaz de dirigir el mundo sin necesidad de mover un dedo, sólo hablando, ordenando, sugiriendo, pidiendo, suplicando y mirándome con esos ojos que todavía hoy me taladran y me hieren de amor y de no sé qué. Es que yo no tenía nada más que mala conciencia. Me habías dado un nombre: Alpaerts. No estaba seguro de que fuera el verdadero propietario del violín. Sabía que no coincidía con el nombre que había escrito mi padre en el testamento o lo que fuera que me había dejado en arameo. No te lo conté, Sara, pero yo no hacía nada para dilucidarlo.
Confíteor.
Aquella tarde pálida y lenta, sin visitas, cosa que empezaba a ser habitual, porque la gente tiene ocupaciones, me dijiste quédate un rato más.
—Si me deja Dora.
—Te deja. Ya lo he solucionado. Tengo que decirte una cosa.
Me había dado cuenta de que Dora y tú os entendíais bien desde el primer momento, sin necesidad de grandes discursos.
—Sara, no creo que sea...
—Oye, mírame.
La miré, triste. Todavía con el pelo largo, bellísima.
Y me dijiste cógeme la mano. Así. Más arriba, que lo vea. Así.
—¿Qué tienes que decirme?
—Temía que volvieras a sacar el tema.
—Que tuve una hija.
—¿Qué dices?
—En París. Se llama Claudine y murió a los dos meses de edad.
Tenía cincuenta y nueve días de vida. No debí de ser buena madre, porque no supe ver lo que le pasaba. Claudine, ojos oscuros como el carbón, desamparada, llorona. Y un día no sé qué le pasó. Se me murió en los brazos, cuando la llevaba al hospital.
—Sara...
—Es el dolor más profundo que puede conocer una persona: la muerte de un hijo. Por eso no he querido tener otro. Me habría parecido injusto para Claudine.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Era culpa mía y no tenía derecho a traspasarte tanto dolor. Ahora la encontraré otra vez.
—Sara.
—Qué.
—No fue culpa tuya. Y tú no tienes que morir.
—Quiero morirme, lo sabes.
—No pienso dejarte.
—Eso mismo decía yo a Claudine en el taxi. No quiero que te mueras, no te mueras, no te mueras, no te mueras, Claudine, ¿me oyes, chiquitína?
Era la primera vez que llorabas desde que estabas en el hospital. Por tu hija, no por ti, mujer fuerte. Te quedaste callada un rato, dejando salir las lágrimas. Te las sequé suavemente con un pañuelo, en silencio y con respeto. Hiciste un esfuerzo y proseguiste:
—Pero la muerte tiene más poder que nosotros y Claudine, mi chiquitína, murió. —Se calló, agotada por el esfuerzo. Dos lágrimas más y continuó—: Por eso sé que ahora volveré a verla. La llamaba Claudine, mi chiquitína.
—¿Por qué dices que volverás a verla?
—Porque lo sé.
—Sara..., tú no crees en nada.
—A veces no sé callarme, lo reconozco.
—Tienes razón. Pero sé que las madres encuentran a sus hijas muertas. Si no fuera así, sería imposible resistir la vida.
Me callé porque, como casi siempre, tenías razón. Adrià se calló porque también sabía que era imposible. Tampoco podía decirte que la maldad es capaz de todo y de más, a pesar de que todavía no conocía la historia de la vida de Matthias Alpaerts, de Berta la valerosa, de la suegra acatarrada, de Amelietje, la del pelo azabache, de Truu, la del pelo del color de la madera noble y de Juliet, la pequeña, la de los cabellos de hilo de oro.
Cuando Sara volvió a su casa, en el huitième arrondissement, recorrió el piso buscando a Bitxo y pensando dónde se ha metido, dónde se ha metido, dónde se ha metido, dónde se ha metido.
El gato estaba debajo de la cama, como si intuyera que las cosas se habían torcido. Lo sacó a traición, mintiéndole, diciéndole ven, bonito, ven, y cuando Bitxo se fió del tono de su dueña y salió de debajo de la cama, lo agarró dispuesta a tirarlo por la galería interior, porque no quiero seres vivos en casa nunca más. Nunca más nadie que se me pueda morir. Pero el maullido de desconcierto del gato lo salvó y la hizo reaccionar. Lo llevó a la SPA sabiendo que era injusta con el pobre animal. Sara Voltes-Epstein pasó unos meses de duelo, dibujando abstracciones negras, trabajando en silencio en las ilustraciones de unos cuentos que las madres leerían a sus hijas vivas y risueñas, mientras ella pensaba en dibujos que Claudine, su chiquitina, no vería nunca y procuraba que la pena no le devorase las entrañas. Y al cabo de un año justo recibió la visita de un vendedor de enciclopedias. ¿Entiendes por qué no podía volver enseguida contigo? ¿Entiendes que no quería vivir con nadie que se me pudiera morir? ¿Entiendes que estaba loca?
Me callé. Nos callamos los dos. Le dejé la mano sobre el pecho y le acaricié la mejilla: me permitió hacerlo. Le dije te quiero y quise creer que ella estaba más tranquila. En ningún momento me atreví a
preguntarte quién era el padre de Claudine y si vivía contigo cuando la niña murió. Con sólo la explicación de unos trazos de tu vida, como si fuera un dibujo al carboncillo, remarcándome una sombra, obviándome un trazo, reivindicaste tu derecho a conservar tus secretos para ti, la habitación cerrada del conde Barba Azul. Y Dora permitió que me quedase hasta una hora escandalosamente improcedente.
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