Yo confieso
Capítulo 59
En la habitación de al lado de la cinquantaquattro, unas débiles voces infantiles cantaron fum, fum, fum, y a continuación se oyó una ovación voluntariosa seguida de una voz femenina:
—Feliz Navidad, papá. —Silencio—. Niños, desead feliz Navidad al abuelo.
Entonces resonaron unas carreras. Alguien salió despavorido de la cinquantaquattro, Jònatan, quizá.
—¡Wilson!
—Aquí estoy.
—¿Dónde está el señor Ardèvol?
—¿Dónde va a estar? ¡En la cinquantaquattro!
—Que no, no está ahí.
—¿Dónde va a estar, por el amor de Dios?
Wilson abrió la puerta de la habitación con la inquietud en el cuerpo y diciendo preciosidad, rey. Pero ni preciosidad ni rey. Ni en la cama ni en la silla, ni en la pared que me pica. Wilson, Jònatan, Olga, Ramos, Maite, el doctor Valls, el doctor Roure; un cuarto de hora después, el doctor Dalmau, Bernat Plensa y el personal de la residencia que no estaba de servicio lo ponían todo patas arriba buscando en terrazas, en cuartos de baño de todas las habitaciones y en los servicios del personal, en despachos, en todas las habitaciones, en todos los armarios de todas las habitaciones, Dios, Dios, Dios, ¿cómo puede ser, si apenas puede andar? ¿Ónde estás? Incluso llamaron a Caterina Fargües por si se le ocurría alguna idea. Y después ampliaron la búsqueda a los alrededores de la residencia, cuando confiaron el caso a los mossos y organizaron una batida por el parque de Collserola, detrás de un árbol, cerca de una fuente, perdido en el bosque cerrado, cerca de los jabalíes o, Dios no lo quiera, en el fondo de uno de los lagos, Dios nos libre. Y Bernat pensaba teño medo dunha cousa que vive e
que non se ve. Teño medo á desgracia traidora que ven, e que nunca se sabe ónde ven. Adrià, ónde estás. Porque Bernat era el único que podía saber la verdad.
Ese día, después de enterrar al padre prior, tenían que abandonar definitivamente el monasterio y dejarlo solo, a merced de los ratoncillos del bosque, que, a pesar de los monjes, ya se enseñoreaban del lugar desde hacía siglos, amos y señores, sin hábito benedictino, del lugar sagrado. Como los murciélagos, que tenían su hogar en el pequeño contraábside de San Miguel, por sobre la tumba de los condes. Pero en cuestión de pocos días empezarían a campar por allí también las alimañas silvestres de los montes y ellos no podrían hacer nada.
—Fray Adrià.
—Qué.
—Tenéis mal aspecto.
Miró alrededor. Estaban solos en la iglesia. La puerta de entrada estaba abierta. Hacía poco, todavía de noche, que los hombres de Escaló habían enterrado al prior. Se miró las palmas de las manos con un gesto que enseguida consideró excesivamente teatral. Miró a fray Julià y le dijo en voz baja ¿qué hago aquí?
—Lo mismo que yo. Prepararnos para cerrar el Burgal.
—No, no... Yo vivo... Yo no vivo aquí.
—No os entiendo.
—¿Qué? ¿Cómo?
—Sentaos, hermano Adrià. Por desgracia no tenemos prisa. —Lo cogió del brazo y lo obligó a sentarse en un banco—. Sentaos —repitió, aunque ya se había sentado.
Fuera, los rosados dedos de la aurora pintaban el cielo todavía oscuro y se animaba la algarabía de los pájaros. Hasta un gallo de Escaló se sumó, desde lejos, a la fiesta.
—¡Rey, Adrià! ¿Cómo has podido esconderte tan bien? —En voz baja—: ¿Y
si lo han raptado?
—No digas tonterías.
—¿Qué hacemos ahora?
Fray Julià miró con extrañeza al otro monje. Guardó silencio, preocupado. Adrià insistió y dijo ¿eh?
—Pues... preparar el Cofre Sacro, cerrar el monasterio, guardar la llave y rezar para que Dios nos perdone. —Después de una eternidad—: Y esperar a que lleguen los hermanos de Santa Maria de Gerri. —Lo miró de nuevo con extrañeza—: ¿Por qué me lo preguntáis?
—Huid.
—¿Qué decís?
—Que huyáis.
—¿Yo?
—Vos. Vienen a mataros.
—Hermano Adrià...
—¿Dónde estoy?
—Voy a traeros un poco de agua.
Fray Julià desapareció por la puerta que daba al pequeño claustro.
Fuera, los pájaros y la muerte; dentro, la muerte y la vela apagada. Fray Adrià se recogió en oración devota hasta que la claridad se enseñoreó de la tierra, que volvía a ser plana, con confines misteriosos a los que no podría llegar nunca.
—Repasad todas las amistades de este señor. ¡Y cuando digo todas, quiero decir todas!
—Sí, señor.
—Y no deis por cerrado el operativo de búsqueda. Ampliad el círculo a toda la montaña. Y al Tibidabo. A las atracciones también.
—Este señor tenía la movilidad reducida.
—Da igual: no dejéis piedra sin remover en toda la montaña.
—Sí, señor.
Entonces movió la cabeza, como si se despertase de un sueño profundo, se levantó y fue a la celda a recoger el Cofre Sacro y la llave con la que había cerrado la puerta del monasterio después de vísperas durante treinta años. Treinta años sirviendo de hermano portero en el Burgal. Recorrió todas las celdas vacías, el refectorio y la cocina. Entró también en la iglesia y en la minúscula sala capitular. Y creyó ser el único culpable de la extinción del monasterio de Sant Pere del Burgal.
Con la mano libre se golpeó el pecho y dijo confíteor, Dominus.
Confíteor: mea culpa. La primera Navidad sin Missa in Nocte y sin la plegaria de maitines.
Recogió la cajita de los piñones y las semillas de arce, el regalo desesperado de una mujer desgraciada que con ese presente quiso ser perdonada por faltar a la esperanza divina con el acto execrable del suicidio. Contempló la cajita unos instantes, recordando a la pobre mujer, a la desgraciada Bizca; murmuró una breve oración por su alma, si es que era posible la salvación del desesperado, y guardó la cajita en el hondo bolsillo del hábito. Tomó el Cofre Sacro y la llave y salió al pasillo estrecho. No pudo resistir el impulso de dar el último paseo por el monasterio, a solas. Sus pasos resonaban por el corredor de las celdas, la sala capitular, el claustro... Terminó el recorrido con una ojeada al minúsculo refectorio. Uno de los bancos estaba pegado a la pared, deshaciendo el sucio enyesado. Por costumbre, apartó el banco. Se le cayó una lágrima rebelde. Se la secó con la mano y salió del recinto.
Cerró la puerta del monasterio y dio a la llave dos vueltas que le resonaron en el alma. Guardó la llave en el Cofre Sacro y se sentó a esperar a los que llegaban, que subían, fatigados a pesar de haber pasado la noche en el Soler. Dios mío, qué hago aquí si...
Bernat pensó es imposible, pero no se me ocurre otra explicación. Perdóname, Adrià. Es culpa mía, lo sé, pero soy incapaz de renunciar al libro. Confíteor.
Mea culpa.
Antes de que la sombra de las cosas hubiera avanzado un palmo en su recorrido, fray Adrià se levantó, se sacudió el hábito y dio unos pasos sendero abajo, agarrando el Cofre Sacro. Subían tres monjes. Con
lágrimas en el corazón, se volvió a decir adiós al monasterio y emprendió el descenso para ahorrar a sus hermanos el final del repecho.
Muchos recuerdos morían con ese gesto. ¿Dónde estoy? Adiós, paisajes.
Adiós, barrancos y adiós murmullo de agua fresca. Adiós, hermanos del claustro y siglos de cantos y plegarias.
—La paz sea con vosotros, hermanos, en este día de la Natividad del Señor.
—La paz del Señor sea también con vos.
Tres desconocidos. El más alto se echó la capucha atrás. Frente noble.
—¿Quién es el muerto?
—Josep de Sant Bartomeu, el padre prior.
—Loado sea Dios. Entonces, vos sois Adrià Ardèvol.
—Bueno, yo... —Agachó la cabeza—: Sí.
—Estáis muerto.
—Hace tiempo que lo estoy.
—No: ahora lo estaréis.
La daga destelló en la claridad de la escasa luz antes de hundirse en su alma. La llama de su vela se apagó y no vio ni vivió nada más. Nada más. Ni pudo decir dónde estoy porque ya no estaba en ningún sitio.
Matadepera, 2003-2011
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Di por definitivamente inacabada esta novela el 27 de enero de 2011, día del aniversario de la liberación de Auschwitz. A lo largo de los años de gestación del libro he pedido opinión y ayuda a muchas personas.
Sois tantos y hace tantos años que os importuno, que temo dejarme algún nombre en el tintero.
Cuento con vuestra generosidad para optar por un reconocimiento genérico del que espero que os deis por aludidos y mencionados, todos y cada uno de vosotros. Os lo agradezco profundamente.
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