Yo confieso
Capítulo 34
Hacía un par de milenios de la Creación del Mundo según el Sistema Decimal de distribución de libros por la casa, aunque no había entrado a fondo en el despacho de su padre. Adrià había destinado el tercer cajón de la mesa de manuscritos a unos cuantos documentos inclasificables de su padre, convenientemente separados en sobres, que no tenían relación con la tienda ni cabida en el registro general de entrada, porque el señor Ardèvol llevaba otro aparte de los documentos de valor que se quedaba en propiedad; era la manera de empezar a gozar de los objetos que había rastreado a lo largo de días o años, tal vez. En la biblioteca todo estaba ordenado. Casi todo. Sólo quedaban por clasificar los documentos inclasificables; estaban todos reunidos, relegados al tercer cajón con la promesa sincera de echarles un vistazo en cuanto tuviera un rato libre. Por lo visto, tardó unos años en tener un rato libre.
Entre los diversos papeles del tercer cajón se encontraba la correspondencia. Era extraño que un hombre tan meticuloso como su padre hubiera considerado la correspondencia material inclasificable y no hubiera dejado copia de las cartas que escribió; sólo se conservaba el correo recibido, guardado en un par de carpetas viejas, llenas a reventar.
Encontré respuestas de un tal Morlin a demandas profesionales de mi padre, supongo; cinco cartas muy raras, escritas en un latín impecable, llenas de alusiones difíciles de entender, de un sacerdote llamado Gradnik, de Ljubljana, que insistía en la insoportable crisis de fe que sufría desde hacía años. Por lo visto, había sido condiscípulo de su padre en la Gregoriana y le pedía con apremio su parecer sobre cuestiones teológicas. La última carta estaba escrita en otro tono y fechada en Jesenice, en el otoño del año cuarenta y uno; empezaba diciendo es muy probable que esta carta no te llegue, pero no puedo dejar de escribirte; eres el único que siempre me ha respondido, incluso cuando más solo estaba, ejerciendo de rector y sepulturero entre las
nieves y el hielo de un pueblecito próximo a Kamnik cuyo nombre he procurado olvidar para siempre. Puede que sea mi última carta, porque es muy probable que muera en cualquier momento. Hace un año que colgué la sotana. No hay ninguna mujer de por medio, sencillamente se debe a la pérdida de la fe. He ido perdiéndola gota a gota, no he sabido conservarla. Soy responsable: confíteor. Desde la última vez que te escribí, y después de tus palabras de aliento, que me animaron mucho, puedo hablar de ello con mayor objetividad. Paulatinamente, fui comprendiendo que lo que hacía carecía de sentido. Tú tuviste que elegir entre un amor irresistible y la vida sacerdotal. En cambio a mí no se me ha cruzado en el camino ninguna mujer que me hiciera perder el sentido. Todos mis problemas son mentales. Hace un año que tomé la gran decisión. Hoy, cuando toda Europa está en guerra, me doy cuenta de que tenía razón. Nada tiene sentido, Dios no existe y el hombre tiene que defenderse como pueda de los estragos del tiempo. Verás, mi dilecto amigo: resulta que estoy tan seguro del paso que voy a dar, que lo he completado hace unas semanas: me he enrolado en el ejército del pueblo. Resumiendo, podría decir que he cambiado la sotana por el fusil. Soy más útil intentando salvar a mi gente del Mal. Las dudas se han desvanecido, amigo Ardèvol.
Hace unos años hablaba del Mal, del Maligno, del Diablo..., pero era incapaz de comprender su naturaleza e inventaba disquisiciones sobre el mal de culpa, el mal de pena, el mal metafísico, el mal físico, el mal absoluto y el mal relativo y, por encima de todo, sobre la causa eficiente del mal. Y después de tantos estudios y de tanto pensar, sólo servía para oír en confesión a las beatas de mi parroquia, cuyos horribles delitos consistían en no haber sido suficientemente estrictas en la observación del ayuno desde la medianoche antes de comulgar. Dios mío, mi interior me decía no puede ser, no puede ser, Drago: estás perdiendo la razón de ser de tu vida, si es que quieres seguir siendo útil a la humanidad. Las últimas dudas se disiparon cuando una madre me dijo por qué permite Dios que mi hijita se muera con tantos dolores, padre; cómo es que no interviene y lo para. Yo no tenía respuesta y, para mi propio asombro, le solté de pronto un sermón sobre la causa eficiente del mal, hasta que me callé, avergonzado, y le pedí perdón y le
dije que no lo sabía. Le dije no lo sé, Andreja, perdóname pero no lo sé.
A lo mejor te ríes de mí, estimado Fèlix Ardèvol, tú que me escribes cartas larguísimas defendiendo el cinismo egoísta en el que vives ahora, según dices. Las dudas me ahogaban porque me encontraba indefenso ante las lágrimas; pero ahora ya no. Ahora sé dónde está el Mal. Incluso el Mal Absoluto. Se llama Himmler. Se llama Hitler. Se llama Pavelic.
Se llama Luburic y su invento macabro de Jasenovac. Se llama Schutzstaffel y Abwehr. La guerra pone de manifiesto lo más brutal de la naturaleza humana. Pero el Mal existe antes que la guerra y no depende de una entelequia, sino de las personas. Por eso, desde hace unas semanas, mi compañero inseparable es un rifle con mira telescópica, porque el comandante opina que soy buen tirador. Pronto entraremos en combate. Entonces, decapitaré al Mal disparo a disparo y no me inquieta pensarlo, siempre y cuando tenga en el punto de mira a un nazi, a un ustacha o, y que Dios me perdone, a un simple soldado enemigo. El mal utiliza el Miedo y la Crueldad Absoluta. Los mandos nos cuentan cosas horripilantes sobre el enemigo, supongo que con el fin de que nos hierva la sangre, y tenemos todos muchas ganas de encontrarnos cara a cara con el enemigo. Un día, pronto, mataré a un hombre y espero no sentir ninguna pena. Me he enrolado en un grupo en el que abundan los serbios asentados en pueblos croatas, que se han visto obligados a huir por temor a los ustachas; los eslovenos somos cuatro y contamos también con algunos de los muchos croatas que creen en la libertad. No tengo graduación militar, pero algunos me llaman sargento porque se me ve enseguida, pues sigo siendo tan alto y corpulento como siempre, sí. Y los eslovenos me llaman padre porque un día me emborraché y supongo que hablé más de la cuenta; me lo merezco. Estoy dispuesto a matar antes de que me maten. No tengo remordimientos de ninguna clase ni me arrepiento de lo que hago. A partir de ahora, es probable que caiga en cualquier escaramuza, pues dicen que el ejército alemán avanza hacia el sur. Todos sabemos que cualquier operación militar deja por fuerza una estela de muertos, también entre los nuestros. En la guerra evitamos trabar amistad: somos todos uno, porque todos dependemos de todos, y lloro la muerte del que ayer desayunaba a mi lado y cuyo nombre no tuve tiempo de preguntar.
A ver, que me quito la careta: me da pánico matar a alguien. No sé si
sabré. Pero el Mal se encarna en personas concretas. Espero ser valiente y espero saber apretar el gatillo sin que me tiemble excesivamente el corazón.
Te escribo desde un pueblo esloveno que se llama Jesenice. Voy a franquear la carta como si no estuviésemos en guerra; luego me la llevo en nuestro camión, que hoy transporta sacas de correo, porque no quieren que estemos de brazos cruzados en tanto no empiece el conflicto de verdad, por eso nos mandan hacer cosas útiles. Pero voy a confiar esta carta a Janear, que es la única persona capaz de conseguir que te llegue. Que el Dios en el que he dejado de creer lo ayude. Te ruego que me contestes a la estafeta de Maribor, como siempre. Si no me matan, esperaré impaciente tu respuesta. Me encuentro solo, querido Fèlix Ardèvol. La muerte da frío y cada vez tengo escalofríos más frecuentes. Tu amigo, Drago Gradnik, ex sacerdote, ex teólogo, el que ha renunciado a una brillante carrera en la curia del obispado de Ljubljana y quizá en Roma. Tu amigo, que ahora es partisano tirador de primera línea y que está impaciente por cortar la cabeza al Mal de raíz.
Encontró además respuestas de ocho o diez anticuarios, coleccionistas y brocanters de toda Europa a demandas concretas de su padre, y un par de cartas de un tal doctor Wuang de Shanghai, en la que le aseguraba, en un inglés impreciso, que el feliz manuscrito (sin más referencias) no había estado nunca en sus manos y que le deseaba una vida larga y feliz, prosperidad en los negocios y riqueza feliz y creciente en las relaciones personales, tanto de la familia como del corazón. Me di por aludido. Había también otros muchos documentos misceláneos.
Una aburrida tarde de lluvia, aprovechando que había terminado de corregir exámenes y que no tenía ganas de pensar en la filosofía del lenguaje, decidí aburrirme en casa, sin leer, curioseando. La oferta teatral era casi inexistente, la musical no me apetecía y hacía tantos años que no pisaba un cine que no quería comprobar si seguían haciéndose películas en color. En fin, que bostecé y pensé que era un buen momento para ordenar de una vez los papelotes de mi padre y, después de preparar la Tetralogía en el tocadiscos, me puse a ello. Lo primero que cogí fue una de las cartas de Morlin, que vivía en Roma y
parecía cura, aunque aún no lo había descubierto. Fue entonces cuando me entraron ganas de conocer los pormenores de algunos momentos de la vida de mi padre, aunque sin un objetivo concreto, como enterarme de todo lo relacionado con su muerte, sino porque cada vez que encontraba papeles personales suyos me llevaba alguna pequeña sorpresa que me afectaba. Quizá por eso llevo tantas semanas escribiéndote incansablemente, como no lo había hecho en la vida. Se nota que el perro que me persigue está a punto de darme alcance. Quizá por eso estoy reuniendo fragmentos de recuerdos, porque, si llega el momento, será muy difícil ordenarlo todo de manera presentable. En resumen, me animé a seguir con la selección. Tardé un par de horas —
con la introducción de fondo, hasta el momento en que Wotan y Loge, enfurecidos, hurtan el anillo, y el nibelungo profiere la terrible maldición de las desgracias que caerán sobre los que se pongan la joya en el dedo)— en ordenar la correspondencia y unos dibujos de objetos diversos, hechos por mi padre, supongo. Hora y media más tarde, cuando Brünnhilde desobedece a Wotan y ayuda a huir a la pobrecilla Sieglinde, encontré un texto en hebreo en dos amarillentas holandesas, una medida de papel en desuso hoy en día, escritas con tinta y cuya caligrafía reconocí: era la de mi padre. Esperaba encontrar cualquiera de las mil cosas que habían despertado su curiosidad y empecé a leerlo pensando que tenía el hebreo un poco oxidado y, por tanto, me costaría entenderlo. Tras cinco infructuosos minutos y diversas consultas inútiles en los diccionarios, saltó la sorpresa. No estaba escrito en hebreo, sino en arameo pero camuflado, cifrado en el alfabeto hebreo. Me resultaba raro leerlo porque, para el arameo, estoy más habituado al alfabeto siríaco. En cuanto me puse manos a la obra, en menos de un minuto me di cuenta de dos cosas: primera, que la doctora Gombreny había hecho un buen trabajo, porque me defiendo bien en arameo; y segunda, que no era una copia de un texto antiguo, sino una carta de mi padre dirigida a mí.
¡A mí! Mi padre, que en vida me había dirigido la palabra directamente cincuenta veces como mucho, y casi siempre para decirme qué demonios son esos gritos, había escrito un texto dedicado al hijo al que no hacía el menor caso. Comprobé que él se desenvolvía en arameo
mucho mejor que yo. En esos momentos, leída la carta de arriba abajo, Siegfried, el gallardo hijo de Sieglinde, con la crueldad característica de los héroes, mata al nibelungo Mime, que lo había criado, para evitar que lo traicione. El bosque de los héroes, el texto en arameo, todo invitaba a la sangre. Estaba rodeado de sangre. Adrià, enfrascado en el texto sin verlo, pensando en las cosas terribles que había leído, tardó media hora larga en dar la vuelta al disco, que siguió girando, mudo, en el plato, como si los personajes repitiesen los movimientos infinitamente, acompañados sólo por el leve crepitar de la aguja. Igual que Siegfried, estaba aturdido por la revelación. Porque la carta decía querido hijo mío Adrià. Te escribo este secreto con la incierta esperanza de que algún día, dentro de muchos años, sepas lo que pasó. Lo más probable es que estas letras se pierdan para siempre entre papeles que se consumirán poco a poco, devorados por el feroz apetito de las lepismas plateadas, que siempre acompañan a los que tenemos libros viejos en la biblioteca. Si lees esto es que has guardado mis papeles, has cumplido el destino que te tenía reservado y has aprendido hebreo y arameo. Porque si has aprendido hebreo y arameo, hijo, es que eres el erudito que siempre he deseado que fueras. Y habré ganado la partida a tu madre, cuyo deseo es convertirte en un violinista decadente (en realidad, en arameo decía decadente tañedor de rabel, pero se entendía la mala leche de mi padre).
Has de saber que, si lees esto, es porque no he podido volver a casa para destruirlo. No sé si oficialmente constará que he tenido un accidente, pero quiero que sepas que he muerto asesinado y que mi asesino se llama Aribert Voigt, un antiguo médico nazi que participó en brutalidades que no te cuento, y que ha querido recuperar el violín storioni que un día le quité con malas artes. Me alejo de casa, pues, para que su ira no caiga sobre vosotros, como hace el pájaro que, fingiéndose malherido, aleja al depredador de su nido. No busques al asesino.
Cuando leas esto, seguro que ha muerto hace mucho. Tampoco busques el violín, no vale la pena, ni busques lo que he encontrado en muchos de los objetos que he coleccionado: la satisfacción de poseer rarezas. No lo hagas, porque acaba consumiendo al individuo y es un anhelo insaciable que obliga a hacer cosas de las que después se arrepiente uno.
Si tu madre vive, ahórrale lo que te cuento. Adiós. Y debajo, una larga posdata que me ha traído la infelicidad. Una posdata que decía me ha
matado Aribert Voigt. Le quité el Vial de las zarpas, manchadas de sangre como las tenía. Sé que lo han dejado en libertad y que, fatalmente, vendrá a buscarme. Voigt es el mal. Yo también, pero Voigt es el mal absoluto. Si muero de forma violenta, no creas a quienes te digan que fue un accidente. Voigt. No quiero que te vengues, hijo. No podrás, como es lógico, porque cuando leas esto, si es que algún día lo lees, hará muchos años que Voigt se pudre en el infierno. Si me han matado, Vial, nuestro storioni, habrá desaparecido de casa. Si por cualquier motivo llegase a conocimiento público el nombre de Voigt o nuestro violín, quiero que sepas que he investigado la identidad de su dueño anterior, he averiguado quién lo poseía antes de que Voigt se lo confiscara: la propietaria era Netje de Boeck, una mujer belga. Deseo de todo corazón que Voigt sufra una muerte horrible y que alguien, quien sea, le impida conciliar el sueño hasta el final de sus días. Pero no debes ser tú, no quiero que te salpiquen mis asuntos. Pues sí me llegan a salpicar, padre..., pensó Adrià: he contraído la enfermedad de la familia, la picazón en los dedos cuando deseo un objeto. El texto en arameo terminaba con un lacónico adiós, hijo. Probablemente fuera lo último que escribió. Y ni una palabra para decirle hijo mío, te quiero. Es que quizá no lo quería.
El tocadiscos giraba en silencio, acompañando la perplejidad de Adrià, aunque lo confundía un poco que la constatación de la catadura moral de su padre no lo hubiera alterado más. Pasó un largo rato hasta que empezó a hacerse preguntas, por ejemplo, por qué no quería que se supiese que lo había matado un nazi como ese tal Voigt. ¿Es que no quería que se destapasen otros sucesos? Lamentablemente, creo que ésa era la causa. ¿Sabes cómo me quedé, Sara? Como un estúpido. Siempre había creído que había hecho mi vida a mi manera, contra los deseos de todos, y resulta que he acabado cumpliendo los designios que mi autoritario padre había concebido para mí desde el principio de los tiempos. Para acompañar tan inusitado sentimiento puse el principio del Götterdämmerung; las tres Nornas, hijas de Erda, se congregaron en la roca de Brünnhilde y se pusieron a tejer los hilos del destino, como mi padre había hecho pacientemente con el mío, sin preguntar mi parecer ni consultar nada a mi madre. Pero una de las hebras que mi padre
había dispuesto para después de su muerte se había roto inesperadamente y se confirmaron mis temores más profundos: el culpable de su muerte atroz era yo.
—¡¡¡Un momento, tío!!! ¡Me dijiste tres días! —Nunca había oído a Bernat tan indignado—. ¡¡Sólo hace tres horas que lo tengo!!
—Lo siento, perdona, te lo juro. Ahora. Tiene que ser ahora o me muero, te lo juro.
—No tienes palabra. ¡Yo te he enseñado el vibrato! ¿O no?
—El vibrato sale solo, no se aprende —respondí, desesperado. A los doce años no se me daba muy bien la argumentación. Y añadí, asustadísimo:
—Si no, seguro que nos descubren y mi padre me manda a la cárcel.
Y a ti también. Te lo contaré todo, te lo juro.
Colgaron ambos a la vez. Tuvo que justificarse ante Lola Xica, o mi madre, diciendo es que Bernat tiene mis deberes de violín.
—No te bajes de la acera.
—No, claro que no —dijo, ofendido.
Se encontraron enfrente de la pastelería de los Sola. Abrieron los estuches y realizaron el intercambio, en el suelo, en el cruce de la calle Valencia con Lauria, ajenos al estrépito del tranvía que subía esta última calle con gran esfuerzo. Bernat le devolvió el storioni y él le devolvió el violín de madame d'Angouléme y le dijo que su padre había entrado en el despacho bruscamente, había dejado la puerta abierta y Adrià, muerto de miedo, lo vio abrir la caja fuerte y sacar el estuche; luego la cerró sin comprobar si dentro estaba el storioni, y te juro que yo no sabía qué hacer, porque si le digo que lo tienes tú, me tira por el balcón,
¿sabes?; y no sé lo que va a pasar, pero...
Bernat lo miró fríamente.
—Te lo inventas.
—¡No, de verdad! Es que metí el violín de estudio en el estuche para que no sospechase nada si lo abría...
—No me chupo el dedo, para que te enteres.
—¡Te lo juro! —Adrià desesperado.
—Eres un mierda que no sabe cumplir su palabra.
No sabía qué decirle. Miré impotente a mi enfurecido amigo, que ya me sacaba más de un palmo. Me pareció un gigante vengativo o algo así. Pero me daba más miedo mi padre. El gigante volvió a abrir la boca:
—¿Y crees que cuando vuelva, abra la caja y vea el storioni se va a quedar tan pancho?
—¿Y qué quieres que haga? ¿Eh?
—Huyamos a América.
Esto me gustó, me gustó la solidaridad repentina de Bernat. Los dos huyendo hacia América, estupendo. No huimos a América y Adrià no tuvo tiempo de preguntar oye, Bernat, qué tal se toca con el storioni,
¿notas el cambio?, ¿vale la pena un violín antiguo? Ni pudo saber si sus padres habían percibido la diferencia o... Sólo dijo me va a matar, te juro que me mata, devuélvemelo. Bernat se fue en silencio, con cara de no haberse creído del todo la insólita historia que en esos mismos momentos empezó a complicarse.
El día del Señor llegará como un ladrón en plena noche. Seis uno cinco cuatro dos ocho. Adrià depositó el storioni en la caja fuerte, la cerró, borró los rastros de su paso furtivo y salió del despacho. En su habitación, Carson y Águila Negra miraban a otro lado disimulando, seguramente desbordados por las circunstancias. Y él, con un estuche vacío y, para rematar, Lola Xica se asomó dos veces a decir de parte de tu madre que si hoy estudias o no. Y él, la segunda vez, dijo es que me duele un callo del dedo de... ¿Ves?, hoy no puedo.
—A ver ese dedo —dijo la madre, entrando por sorpresa en el momento en que terminaba de pegar los tres cromos que había podido comprar el domingo en el mercado de Sant Antoni.
—No veo nada raro —dijo la muy crudele.
—Es a mí a quien le duele.
Su madre miró a un lado y al otro, como si le costase creer que no le tomaba el pelo, y salió en silencio. Por suerte no abrió el estuche. Ahora sólo había que esperar la regañina cósmica del padre.
Mea culpa. Murió por mi culpa, aunque habría muerto de todas maneras a manos del tal Voigt. El taxi lo dejó solo en el kilómetro tres y dio media vuelta en dirección a Barcelona. Era invierno y el día empezaba a oscurecer muy temprano. Solo en la carretera. Trampa, emboscada. ¿Es que no te lo oliste, padre? Quizá pensabas que era una broma de mal gusto, nada más. Fèlix Ardèvol miró Barcelona, tendida a sus pies, por última vez. Un rumor de motor. Un coche con las luces encendidas bajaba del Tibidabo. Se detuvo delante de él y se apeó un hombre, el signor Falegnami; estaba más delgado, más calvo, con la nariz igual de gruesa y los ojos brillantes. Lo acompañaban dos hombres musculosos y el chofer, que también se sumó. Todos con cara de asco. Falegnami le pidió el violín con un gesto seco. Ardèvol se lo dio y el hombre entró en el coche para abrir el estuche. Volvió a salir del vehículo con el violín en la mano:
—¿Crees que soy imbécil?
—¿Qué pasa? —Me imagino a mi padre más irritado que asustado.
—¿Dónde está el storioni?
—Manda cojones. ¡Ahí lo tiene!
En respuesta, Voigt levantó el violín y lo aplastó golpeándolo contra una piedra de la cuneta.
—¿¿¡¡Qué hace!!?? —mi padre, escandalizado.
Voigt le puso el violín reventado ante los ojos. La tapa había saltado hecha pedazos y se veía la firma del instrumento: Casa Parramon de la calle del Carmen. Mi padre no entendería nada.
—¡Es imposible! ¡Yo mismo lo he cogido de la caja fuerte!
—Pues debe de hacer mucho tiempo que te lo han robado, imbécil.
Quiero imaginarme que mi padre respondió en efecto, así es, querido signor Falegnami, pero no tengo la menor idea de quién me lo
habrá robado, y que se le escapó una sonrisita.
Voigt movió una ceja y uno de los hombres soltó un puñetazo en el estómago a mi padre que lo dejó doblado por la cintura, sin aire en los pulmones.
—Piensa, Ardèvol.
Y, puesto que no podía saber que en esos momentos el Vial estaba en manos de Bernat Plensa i Punsoda, el alumno predilecto de la señorita Trullols en el Conservatori Municipal de Música de Barcelona, mi padre no pudo pensar nada. Por si acaso, dijo juro que no lo sé.
Voigt sacó del bolsillo una pistolita femenina, muy cómoda de llevar.
—Me parece que nos vamos a divertir —dijo. Refiriéndose a la pistolita—: ¿Te acuerdas?
—Cómo no. Y usted se queda sin violín.
Otro puñetazo en el estómago, pero valió la pena. Otra vez el cuerpo doblado. Otra vez la respiración cortada, la boca y los ojos abiertos. Y
después, quién sabe. El rápido atardecer invernal dio paso a la noche y a la impunidad, y terminaron de destrozar a mi padre de una forma que no puedo imaginarme.
—Jau.
—Ostras, ¿dónde os habíais metido?
—Se habrían cargado a tu padre de todos modos, aunque les hubiera entregado el Vial.
—Águila Negra tiene razón —se sumó Carson—. Era hombre muerto, si me permites la expresión. —Echó un escupitajo seco—. Y lo sabía cuando salió de casa.
—¿Por qué no abrió el estuche?
—Estaba tan afectado que no se dio cuenta de que no se llevaba el Vial.
—Gracias, amigos, pero no me consuela.
Voigt torturó a mi padre, pero respetó el juramento de caballero que había hecho a Morlin, en Damasco, de no tocarle ni un pelo, porque mi padre era calvo como un huevo. No podía ser de otra forma. Igual que Brünnhilde mandó a Siegfried a la muerte sin saberlo, al desvelar su punto débil a los enemigos, así yo, al cambiar el violín, provoqué la muerte de mi padre, que no me quería. Para guardar el recuerdo de un sinvergüenza como Siegfried Ardèvol, a quien no pudo querer, Brünnhilde juró que el violín se quedaría en casa por los siglos de los siglos. Lo juró en memoria de su padre, sí. Pero hoy tengo que reconocer que también lo juré por la comezón que me daba en los dedos la mera idea de separarme de él. Aribert Voigt. Siegfried. Brünnhilde.
Dios mío. Confíteor.
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