Yo confieso
Capítulo 39
Franz-Paul Decker dijo diez minutos de descanso porque al parecer lo reclamaban en gerencia por algo muy urgente; gerencia siempre era más urgente que cualquier otra cosa, incluso que el segundo ensayo de la cuarta de Bruckner. Bernat se puso a hablar con un trompa silencioso, tímido, al que Decker había pedido que repitiera el despertar del día inicial en el «Bewegt, nicht zu schnell», para que toda la orquesta oyese el sonido de una trompa bien tocada. La tercera vez que el director repitió la operación, el chico dio la nota falsa que los trompas temen más que a la muerte. Todo el mundo se rió un poco. Decker y el trompa también, pero a Bernat le entró un algo de angustia. Hacía poco que el muchacho estaba en la orquesta, siempre en su rincón, tímido, con la mirada en el suelo, rubio, bajito y más bien rellenito, y por lo visto se llamaba Romain Gunzbourg.
—Bernat Plensa.
—Enchanté. Primeros violines, ¿no?
—Sí. ¿Qué, qué tal en la orquesta? Aparte de las filigranas que te pide el maestro.
Bien, se encontraba bien en la orquesta. Era parisino, le gustaría conocer Barcelona un poco, pero tenía muchas ganas de hacer la ruta de Chopin en Mallorca.
—Si quieres te acompaño —se ofreció Bernat, como siempre, casi sin pensarlo. Yo le había dicho mil veces ostras, Bernat, piénsalo antes de decirlo. O dilo por decir; no te comprometas a...
—Se lo he prometido y... Además, está solo aquí y me da no sé qué...
—Tecla se va a enfadar, ¿no te das cuenta?
—Qué exagerado eres. ¿Por qué va a enfadarse?
Y Bernat volvió a casa después del ensayo y dijo oye, Tecla, me voy a Valldemossa un par de días con un trompa.
—¿Qué?
Tecla, saliendo de la cocina, frotándose en el delantal las manos, impregnadas de cebolla picada.
—Que mañana me voy a enseñar a Gunzbourg la ruta de Chopin.
—¿Quién coño es Gunzbourg?
—Un trompa, ya te lo he dicho.
—¿Qué?
—Un compañero de la orquesta. Aprovecho que tenemos dos días de...
—¿Así, sin avisar?
—Te lo estoy diciendo.
—¿Y el cumpleaños de Llorenç?
—Ostras, no he caído en la cuenta... Hosti. Bueno... Es que...
Bernat acompañó a Gunzbourg a Valldemossa; se emborracharon en un pub musical, Gunzbourg demostró lo bien que se le daba improvisar al piano y Bernat, animado por el gin menorquín, cantó un par de estándares con voz de Mahalia Jackson.
—¿Por qué tocas la trompa? —La pregunta que quería hacerle desde el momento en que lo vio desenfundar el instrumento.
—Alguien tiene que hacerlo —le respondió en el trayecto hacia el hotel, mientras salía el sol por el horizonte sonrosado.
—Pero si tú, con el piano...
—Déjalo.
El resultado final fue la consolidación de una buena amistad y veinte días de morros por parte de Tecla, quien apuntó un agravio más en su curriculum. Fue entonces cuando Sara se dio cuenta de que Bernat
nunca se fijaba en los morros de Tecla hasta que se le solidificaban en forma de crisis a punto de estallar.
—¿Por qué es así tu amigo? —me preguntaste un día.
—No sé. A lo mejor quiere demostrar algo al mundo.
—¿Todavía anda con ésas, a su edad?
—Desde luego. Seguirá creyendo que tiene que demostrar algo al mundo incluso en el momento en que muera.
—Pobre Tecla. Siempre se queja con razón.
—Él vive en su mundo, pero no es mal tío.
—Eso es fácil de decir, pero después, la que parece antipática es ella.
—¿Ahora vas a enfadarte conmigo? —Adrià, un poco amoscado.
—Es un hombre difícil.
—Perdona, Tecla, es que se lo prometí, ¡caramba! Tampoco es para tanto. ¡No hagas un drama, mujer, que sólo han sido dos días en Mallorca, ostras, caray!
—¿Y Llorenç? ¡Es tu hijo! No es el hijo del trompa.
—Oye, que ya tiene nueve o diez años, ¿no?
—Once.
—Pues eso, once. Ya no es un crío.
—¿Quieres que te cuente lo crío que es o deja de ser?
—Cuenta.
Madre e hijo acababan de probar la tarta de cumpleaños en silencio.
Llorenç dijo mamá, ¿y mi padre? Ella respondió que estaba trabajando en Mallorca y siguieron comiendo en silencio.
—Está bueno, ¿verdad?
—Pse. Qué rollo que no esté mi padre.
—Así es que vete ahora mismo a comprar el regalo que le debes.
—Pero si ya le has regalado algo tú...
—¡Ahora mismo! —gritó Tecla, casi a punto de llorar de rabia.
Bernat compró a Llorenç un libro muy bonito y el niño estuvo mirándolo un buen rato sin atreverse a romper el envoltorio. Miró a su padre y vio que su madre estaba a punto de estallar, pero no sabía que estaba triste por cosas que no podía comprender.
—Gracias, papá, qué bonito —dijo, sin haber abierto el regalo todavía. Al día siguiente por la mañana, cuando fue a despertarlo para ir al colegio, lo encontró dormido, abrazado al libro sin desenvolver.
—Rinrinrríiin.
Caterina fue a abrir; era un joven muy bien vestido, con sonrisa de vendedor de los nuevos descalcificadores de agua, ojos grises muy expresivos y una cartera pequeña en la mano. Lo miró fijamente sin soltar la puerta. El interpretó el silencio como una pregunta y dijo sí, el señor Ardèvol, por favor.
—No está.
—¿Cómo que no está? —Desorientado—. Pero... si me dijo que... —
Consultó el reloj, un poco vacilante—. Qué raro... ¿Y la señora?
—Tampoco está.
—Vaya. En tal caso...
Caterina hizo un gesto como diciendo lo siento, no hay nada que hacer. Pero el chico joven y simpático y, dicho sea de paso, atractivo, la señaló con un dedo y dijo para lo que tengo que hacer, a lo mejor no es necesario que estén los señores.
—¿A qué se refiere?
—Vengo a hacer la tasación.
—¿La qué?
—La tasación. ¿No se lo han dicho?
—No. ¿Qué tasación?
—Así pues, ¿no le han dicho nada? —desolado, el joven vivaracho.
—No.
—Tengo que tasar el violín. —Haciendo ademán de entrar—: Posso?
—¡No! —Caterina pensó unos segundos—. Es que no sé nada de ese asunto. No me han dicho nada.
Imperceptiblemente, el joven vivaracho había puesto ya los dos pies en el umbral de la puerta y sonreía más ampliamente.
—El señor Ardèvol es muy despistado —añadió con una educada mueca casi de complicidad, y prosiguió—: Anoche mismo lo hablamos.
Sólo se trata de hacer un examen de cinco minutos al instrumento.
—Mire, creo que es mejor que vuelva en otro momento, cuando los señores...
—Disculpe, pero es que vengo ex profeso desde Cremona, Lombardía, Italia, ¿me explico? ¿Le suena? Llame al señor y que me dé permiso él mismo.
—No sé adonde llamarlo.
—Vaya...
—Además, el violín está en una caja fuerte.
—Tengo entendido que usted sabe la combinación.
Silencio. Sin forzar la situación, el simpático joven tenía por fin los dos pies dentro de la casa. Caterina se delató con el silencio. Él, para ayudarla, abrió la cremallera de la cartera y sacó un fajo de billetes de cinco mil.
—Esto siempre es un buen estímulo para la memoria, apreciada Caterina Fargues.
—Siete dos ocho cero seis cinco. ¿Cómo sabe mi nombre?
—Ya le he dicho que soy tasador.
Como si el argumento fuera incontestable, Caterina Fargues dio un paso atrás y dejó entrar al joven simpático.
—Acompáñeme —le dijo. Pero antes, el hombre le entregó el fajo de billetes y ella lo cogió y cerró la mano con fuerza.
En mi despacho, el hombre se puso unos guantes muy finos, de tasador, dijo, abrió la caja fuerte con el siete dos ocho cero seis cinco, sacó el violín, oyó decir a Caterina si cree que va a llevarse el violín, es que no me conoce y él, sin mirarla siquiera, respondió le he dicho que soy tasador, mujer. Y ella se calló por si acaso. Puso el violín bajo mi lámpara de lupa, examinó la etiqueta, leyó Laurentius Storioni Cremonensis me fecit, y después dijo mille settecento sessantaquattro; guiñó un ojo a Caterina, quien, mirando al lado del jovial tasador y para justificar su sueldo, quería demostrar sin lugar a dudas que, por muy jovial que fuese el tasador, no le permitiría salir de casa con el violín. Y
los ojos grises, más que expresivos eran metálicos. El tasador se fijó en la doble raya debajo de Cremonensis y el corazón le dio un brinco tan violento que seguro que la idiota esta lo ha oído.
—Va bene, va bene... —dijo, como un médico que, después de auscultar a un paciente, se reserva el diagnóstico. Dio la vuelta al instrumento, se fijó en la madera, en las pequeñas rayas, en las curvas, en las aguas, sin dejar de repetir maquinalmente va bene, va bene.
—¿Esto tiene valor? —Caterina apretó la mano en la que guardaba el fajo culpable bien dobladito.
El tasador no respondió; estaba oliendo el barniz del violín. O la madera. O la antigüedad. O la belleza. Por fin dejó el violín delicadamente en la mesa y sacó una máquina polaroid de la cartera.
Caterina se apartó porque no quería pruebas fotográficas que demostrasen su indiscreción. Cinco fotos, con calma, agitando cada una para que se secara, la sonrisa puesta, sin perder de vista a la mujer por el rabillo del ojo y con el oído atento a cualquier ruido proveniente de la escalera. Concluida la sesión, cogió el instrumento y lo devolvió a la caja fuerte. La cerró. No se quitó los guantes. Caterina sintió alivio. El
hombre jovial miró alrededor. Se acercó a unas estanterías. Se fijó en el estante de los incunables. Asintió dos veces con la cabeza y por primera vez en mucho rato miró a Caterina a los ojos. —Cuando usted quiera.
—Perdone: ¿cómo sabía que yo lo sabía? —dijo, refiriéndose a la caja fuerte.
—No lo sabía.
El hombre salió de mi despacho silenciosamente y se volvió de pronto tan en seco que Caterina chocó con él. Y le dijo:
—Pero ahora sé que usted sabe que lo sé.
Se fue en silencio, con los guantes puestos, y cerró la puerta después de despedirse con una leve inclinación de cabeza que a Caterina, a pesar del nerviosismo, le pareció elegantísima. Usted sabe que yo sé que; no,
¿cómo era? Cuando se quedó sola abrió la mano. Un fajo de billetes de cinco mil. No: el primero era de cinco mil; los demás eran de ¡pero mira qué hijo de mala madre ese jovial tasador de la madre que lo parió!
Abrió la puerta dispuesta a. ¿Dispuesta a qué, imbécil? ¿A montar un escándalo al hombre al que había dejado entrar como si? Como un ladrón vendrá el Señor. Todavía se oían en los últimos peldaños de la escalera, camino de la calle, los pasos regulares, seguros, joviales, del misterioso ladrón. Caterina cerró la puerta, miró el fajo de billetes y se quedó un rato diciendo que no, que no, que no, que parece mentira.
Además, qué le vi de interesante en los ojos, tan grises, que..., no lo sabía, porque no se le veían por culpa de las cejas, tan gruesas que parecía un perro pastor.
Recibí una carta de Oxford. Creo que me cambió la vida. Me obligó a escribir otra vez. Y lo que es más, fue el detonante y las vitaminas que me impulsaron a ponerme manos a la obra con lo que acabaría siendo una obra más larga que un día sin pan, que me ha dado muchas alegrías y que me complace haber escrito: Història del pensament europeu. Es mi forma de decir ¿ves, Adrià?, has hecho una cosa que se acerca a la Història de l'esperit grec y por tanto, puedes creer que te has aproximado a
Nestle. Sin esa carta no habría tenido fuerzas para hacerlo. Adrià miró los sobres con curiosidad: una carta por correo aéreo. Desconcertado, comprobó si era para él. Instintivamente miró el remitente: I. Berlín.
Headington House, Oxford, England, UK. —¡Sara!
¿Dónde estaba Sara? Adrià erró como un autómata por el Mundo Creado, gritando Sara, Sara, y no vio que la puerta estaba cerrada hasta que se acercó. La abrió. Sara estaba haciendo esbozos de caras y de casas frenéticamente; era un ataque o algo así de los que le daban a veces: llenaba seis o siete láminas de impulsos irracionales y después pasaba unos cuantos días examinando el resultado y valorando qué era lo que tenía que rechazar y qué podía desarrollar. Llevaba los cascos puestos.
—¡Sara!
Sara se volvió y al ver a Adrià desencajado, se quitó los cascos y dijo
¿qué te pasa, qué ocurre? Adrià levantó la carta para que la viese y por unos momentos ella pensó no, otra mala noticia, no.
—¿Qué pasa? —dijo, asustada.
Adrià, pálido, se sentó en el taburete de dibujo y le dio la carta. Ella la cogió y dijo ¿de quién es? Adrià le indicó con un gesto para que diera la vuelta al sobre. Ella lo hizo y leyó I. Berlín. Headington House.
Oxford. England. UK. Miró a Adrià y le preguntó ¿quién es?
—Isaiah Berlín.
—¿Quién es Isaiah Berlín?
Adrià salió, volvió al cabo de unos segundos con cuatro o cinco libros de Berlín y los dejó al lado de una lámina llena de pruebas.
—Este —dijo, señalando los libros.
—¿Y qué quiere?
—No sé. Pero ¿a santo de qué me escribe?
Entonces me cogiste la mano, me obligaste a sentarme y, como una maestra que tranquiliza a un niño inquieto de la clase, me dijiste ¿sabes
lo que hay que hacer para saber lo que pone en una carta? ¿Eh, Adrià?
Hay que abrirla, sí, y después, leerla...
—¡Es que es de Isaiah Berlín!
—Como si es del zar de todas las Rusias. Ábrela.
Me diste un abrecartas. Fue dificultoso cortar limpiamente el sobre sin pellizcar el papel del interior ni estropear el sobre.
—Pero ¿qué querrá? —decía, yo, histérico. En respuesta, te limitaste a señalar el sobre. Pero nada más abrirlo, Adrià lo dejó en la mesa de Sara.
—¿No quieres leerla?
—Estoy acojonado.
Cogiste el sobre, y yo, como un niño, te lo quité y saqué la carta.
Una sola hoja escrita a mano que decía Oxford, abril de 1987, estimado señor, su libro me ha conmovido profundamente, etcétera, etcétera, etcétera, y, a pesar del tiempo que ha pasado, lo sé de memoria. Hasta el final, donde decía por favor, no deje de pensar ni de escribir sus pensamientos de vez en cuando. Atentamente, Isaiah Berlín.
—La madre del...
—Estupendo, ¿no?
—Pero ¿a qué libro se refiere?
—Por los comentarios, a La voluntat estètica, dijo Sara cogiéndole la hoja para leerla. Me la devolviste, sonreiste y me dijiste y ahora me cuentas con calma quién es este Isaiah Berlín.
—Pero ¿cómo le ha llegado el libro?
—Toma, guarda la carta y no la pierdas —dijiste. Y desde entonces la guardo entre mis tesoros más íntimos, aunque dentro de poco no sabré ni dónde está. Efectivamente, esa carta me impulsó a escribir durante unos cuantos años, que, aparte de las clases, las mínimas que me permitieron, se llenaron de historia del pensamiento europeo.
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