Yo confieso

Jaume Cabre · Capítulo 17 de 60

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Yo confieso

Capítulo 17

Acabar el bachillerato y dejar el colegio fue un alivio. Bernat había terminado el año anterior y se dedicaba en cuerpo y alma al violín, aunque se había matriculado en Letras sin mucha convicción. Adrià entró en la universidad pensando que, a partir de ese momento, todo sería más fácil. Pero tropezó con muchas grietas y matojos espinosos, empezando por la escasa preparación de los estudiantes, que se asustaban con Virgilio y temían a Ovidio. Y los claustros con presencia policial. Y la revolución en las aulas. Durante una temporada sostuve una relación de amistad con un tal Gensana, que tenía mucho interés en la literatura y que se quedó con la boca abierta cuando, al preguntarme a qué me quería dedicar, le contesté que a la historia de las ideas y de la cultura.

—Oye, Ardèvol, nadie dice que quiera ser historiador de las ideas.

—Yo sí.

—Eres el primero al que se lo oigo. Hostia. Historia de las ideas y de la cultura. —Me miró con desconfianza—. Me tomas el pelo, ¿no?

—No: quiero saberlo todo. Lo que se sabe ahora y lo que se sabía antes. Y por qué se sabía o por qué todavía no se sabía. ¿Me entiendes?

—No.

—¿Y tú qué quieres ser?

—No lo sé —dijo Gensana. Hizo un gesto impreciso con la mano, cerca de la frente—. Tengo la cabeza a pájaros. Pero algo haré, ya lo verás.

Tres chicas guapas y risueñas pasaron por su lado, de camino a la clase de griego. Adrià miró el reloj y, con un gesto, se despidió de Gensana, que todavía estaba intentando digerir el significado de historiador de las ideas y de la cultura. Seguí a las chicas guapas y

risueñas. Antes de entrar en el aula miré atrás. Gensana seguía dándole vueltas al futuro de Ardèvol. Y unos meses después, un otoño helador, Bernat, que cursaba octavo de violín, me pidió que le acompañase al Palau de la Música a ver a Jascha Heifetz. Dijo que era una oportunidad única: el maestro Massià le había dicho que, a pesar de las reticencias de Heifetz a actuar en un país de régimen fascista, finalmente había aceptado por la insistencia del maestro Toldrà. Adrià, que todavía era virgen en la mayoría de las cosas de la vida, se lo comentó al maestro Manlleu al final de una agotadora sesión dedicada al unísono, y éste, tras unos segundos de reflexión, dijo que no conocía violinista más frío, arrogante, abominable, estúpido, engreído, repulsivo, detestable y altivo que Jascha Heifetz.

—Pero ¿toca bien, maestro?

El maestro Manlleu miraba la partitura sin verla. Tenía el violín en la mano y, sin querer, le arrancó un pizzicato y miró al frente. Después de una pausa muy larga:

—Es la perfección.

Quizá se diera cuenta de que se había expresado con demasiada vehemencia y quiso atemperar el comentario:

—Es el mejor violinista vivo después de mí. —Golpecito con el arco en el atril—. Vamos, una vez más.

Los aplausos llenaban la sala y eran más cálidos que de costumbre; se notaba mucho, porque la gente, en una dictadura, tiene que acostumbrarse a decir las cosas entre líneas y entre aplausos, con gestos indirectos, mirando de reojo al señor de la gabardina y el bigotito que muy probablemente sea de la secreta, cuidado, fíjate, que apenas aplaude. Y la gente se había habituado a entender ese lenguaje de lucha contra el miedo a pesar del miedo. Yo sólo intuía esas cosas porque no tenía padre, mi madre estaba volcada en la tienda y sólo atendía a mis progresos con el violín, los seguía con lupa, eso sí; Lola Xica no quería tocar ese tema porque en la guerra habían matado a un primo suyo que

era anarquista y se negaba a entrar en el espinoso terreno de la política de calle. Empezaron a apagar las luces, el público se puso a aplaudir y el maestro Toldrà salió al escenario y se dirigió sin prisas a su atril. En la penumbra, vi a Sara escribir algo en el programa de mano; me lo dio y me pidió el mío a cambio, para no quedarse sin él. Números. ¡Un teléfono! Le entregué mi programa pero, idiota de mí, no apunté mi teléfono. Se terminaban los aplausos. Noté que Bernat, en silencio en la butaca del otro lado, observaba todos mis movimientos. Se hizo el silencio.

Toldrà dirigió Coriolano, una obra que no había oído hasta entonces y que me gustó mucho. Después, cuando volvió a saludar, salió con Jacha Heifetz de la mano, seguramente para demostrarle que estaba de su parte o cualquier otra cosa. El caso es que Heifetz saludó con una inclinación de cabeza fría, arrogante, abominable, estúpida, engreída, repulsiva, detestable y altiva. No demostró el menor interés en disimular su hosca expresión. Se permitió tres minutos largos para sacudirse de encima la indignación, mientras que el maestro Toldrà, de pie, de cara a la orquesta, esperaba pacientemente a que le diese la señal. Y

empezaron. Recuerdo que no cerré la boca en todo el concierto, que en el andante assai lloré sin ninguna vergüenza, estimulado por el placer físico del ritmo binario del violín, engastado en los tresillos del fondo orquestal, y el posterior abandono del tema en manos de la orquesta y, al final, de la trompa, con un humilde pizzicato. Belleza. Heifetz era un hombre tierno, humilde, cercano, amable y entregado al servicio de la belleza que me había cautivado. A Adrià le pareció que los ojos de Heifetz brillaban sospechosamente. Sé que Bernat ahogó un sollozo profundo. Y en el intermedio se levantó y dijo tengo que ir a saludarlo.

—No te dejarán pasar.

—Voy a intentarlo.

—Espera —dijo ella.

Sara se levantó y, con un gesto, nos indicó que la siguiéramos.

Bernat y yo nos miramos desconcertados. Subimos unas escaleritas laterales detrás de ella y franqueamos una puerta. El bedel nos dio la

señal de vade retro, pero Sara, con una sonrisa, señaló al maestro Toldrà, que estaba hablando con un músico y, como si se hubiera apercibido del gesto de Sara, se volvió, nos vio y dijo hola, reina, ¿qué tal? ¿Cómo se encuentra tu madre?

Y se acercó a darle un beso. A nosotros ni nos vio. El maestro Toldrà le contó que Heifetz estaba profundamente ofendido por las pintadas que, al parecer, habían proliferado por todo el perímetro del Palau, y que cancelaba la actuación del día siguiente y se marchaba del país. No es el mejor momento para importunarlo, ¿me entiendes?

Después del concierto, en la calle, comprobamos que, efectivamente, todas las paredes y carteles de alrededor lucían pintadas de alquitrán en las que, en castellano, se invitaba a los judíos a marcharse.

—Yo, en su lugar, no renunciaría al concierto de mañana —dijo Adrià, el futuro historiador de las ideas, sin saber nada de la historia de la humanidad. Sara le dijo al oído que tenía mucha prisa y también llámame, y Adrià casi no reaccionó porque todavía tenía a Heifetz en la cabeza y sólo dijo sí, sí, gracias.

—Abandono el violín —dije ante el cartel profanado, frente a Bernat, que no daba crédito, y frente a mí mismo, que llevo toda la vida diciendo que abandono el violín.

—Pero si... Pero si... —Bernat señalaba hacia el Palau, como diciendo qué mejor argumento qu...

—Lo dejo. Nunca podré tocar así.

—Estudia.

—Y una mierda. Abandono. Es imposible. Termino séptimo, me examino y lo dejo. Basta. Assez. Schluss. Prou.

—¿Quién era esa tía?

—¿Cuál?

É

—¡Ésa! —Señalaba el aura de Sara, que todavía estaba presente—.

La que nos ha conducido hasta el maestro Toldrà como Ariadna, hostia.

La que te ha dicho Adrià Nosequé, rey. La que te ha dicho llámame...

Adrià miró a su amigo boquiabierto.

—¿Qué te he hecho yo?

—¿Que qué me has hecho? Amenazarme con dejar el violín.

—Sí. Definitivamente, pero no por fastidiarte a ti: lo abandono.

Resulta que, al final del concierto de Prokófiev, Heifetz, que se había transformado, que incluso parecía más alto y poderoso, nos deleitó con tres danzas judías, casi diría que con arrogancia, y aún me pareció más alto y con un aura más poderosa. A continuación se recogió y nos regaló la Ciaccona de la Partita en re menor, que, aparte de nuestros intentos, sólo había oído en un disco de piedra, interpretada por Ysaye.

Fueron unos minutos de perfección. He ido a muchos conciertos. Pero para mí, ése fue el fundacional, el que me abrió el camino hacia la belleza, el que me cerró la puerta del violín, el que acabó con mi breve carrera de intérprete.

—Eres un estúpido de mierda —opinó Bernat, que se veía enfrentándose a solas al octavo curso, sin mi presencia un curso por detrás de él. Solo ante el maestro Massià—. Un estúpido de mierda.

—No, si aprendo a ser feliz. He visto la luz: se acabó el sufrir; a partir de ahora, a disfrutar de la música que me ofrezcan quienes saben.

—Estúpido de mierda y, encima, cobarde.

—Sí. Probablemente. Ahora puedo dedicarme a estudiar sin angustias añadidas.

En plena vía pública, de camino a casa, los transeúntes que soportaban el aire frío que soplaba por la calle Jonqueres fueron testigos de una de las tres explosiones que he presenciado de mi amigo Bernat.

Fue terrible. Se puso a decir a voces alemán, inglés, catalán, castellano, francés, italiano, griego, latín..., y contando con los dedos: a los diecinueve años puedes leer en una dos tres cuatro cinco seis siete ocho

lenguas ¿y te da miedo empezar octavo de instrumento, majadero?

¡Ojalá tuviera yo tu cabeza, me cago en todo!

Entonces, silenciosamente, empezaron a caer copos de nieve. Nunca había visto nevar en Barcelona; nunca había visto a Bernat tan indignado. Nunca lo había visto tan desvalido. No sé si nevaba por él o por mí.

—Fíjate —dije.

—Me importa una mierda la nieve. Cometes un gran error.

—Te da miedo enfrentarte a Massià sin mí.

—Sí ¿y qué?

—Tienes madera de violinista. Yo no.

Bernat bajó el tono de voz y dijo no creas, siempre estoy al límite.

Sonrío cuando toco, pero no de felicidad, sino para conjurar el pánico.

Pero el violín es tan traidor como la trompa: en cualquier momento puedes dar una nota falsa. Y a pesar de todo no abandono, al contrario que los mierdosos como tú. Quiero llegar a décimo y entonces decidiré si sigo o no. Espera a décimo.

—Un día, Bernat, sonreirás de placer tocando el violín.

Me pareció que era Jesucristo profetizando y, habida cuenta de cómo han evolucionado las cosas..., vaya, no sé qué decir.

—Déjalo después de décimo.

—No. Después de los exámenes de junio. Por estética. Porque si me agobias mucho, lo dejo ahora mismo y que se fastidie la estética.

Y nevaba. Reanudamos el trayecto hasta mi casa en silencio. Me dejó en el portal de madera oscura sin decirme buenas noches ni hacerme el mínimo gesto de aprecio.

He discutido con Bernat unas cuantas veces en la vida. Esa fue la primera discusión fuerte, la primera que dejó cicatrices. Las vacaciones de Navidad transcurrieron en medio de un insólito paisaje nevado. En casa, mi madre, silenciosa; Lola Xica, atenta a todo, y yo, pasando cada

día más horas en el despacho de mi padre, conquistado a base de premios extraordinarios de final de curso, que me otorgaban el derecho de posesión; la atracción de ese cuarto aumentaba sin cesar. El día después de San Esteban salí a pasear por las calles blancas y vi a Bernat, que vivía en la parte alta de la calle Bruc, bajar esquiando Bruc abajo, con el violín en la espalda. Me vio pero no me dijo nada. Confieso que me dio un ataque de celos, porque enseguida pensé a casa de quién va a tocar ese desgraciado, sin decirme nada. Con los diecinueve o veinte años que debía de tener Adrià a la sazón, y atacado por unos celos infantiles, se puso a perseguirlo, pero no podía seguir el ritmo de los esquíes y Bernat se convirtió enseguida en una figurita de pesebre, tal vez a la altura de la Gran Vía. Qué ridiculez, resoplando, echando el aliento a través de la bufanda, mirando al amigo que lo abandonaba.

Nunca he sabido adonde fue ese día y daría..., iba a decir daría media vida, pero hoy esa expresión no tiene ningún sentido. Pero ¡qué narices!, todavía la daría por saber a casa de quién fue a tocar ese día de vacaciones de un invierno en el que, insólitamente, Barcelona se abrigó con unos cuantos palmos de nieve.

Por la noche, desesperado, revolví los bolsillos del abrigo, de la chaqueta y de los pantalones, rabioso porque no encontraba el programa de mano del concierto.

—¿Sara Voltes-Epstein? No. No me suena. Pregunta en la parroquia de Betlem, allí hacen esa clase de actividades.

Fui a una veintena de parroquias, pisando nieve cada vez más sucia, hasta que la encontré en el barrio del Poblé Sec, en una parroquia muy modesta, en una sala más modesta todavía y casi solitaria, con tres paredes cubiertas de extraordinarios dibujos al carboncillo. Seis o siete retratos y algún paisaje. Me impresionó la tristeza de la mirada del que llevaba el título de Tío Haïm. Y un perro maravilloso. Y una casa junto al mar, que decía Playita de Portlligat. Cuántas veces he contemplado esos dibujos, Sara. Aquella chica era una artista como una catedral, Sara. Estuve media hora sin decir ni pío, hasta que oí su voz junto al cogote, como una regañina, diciéndome te dije que no vinieras.

Me volví con la excusa en la boca, pero sólo me salió un tímido pasaba por aquí y. Me perdonó con una sonrisa. Y en voz baja y con timidez, dijiste:

—¿Qué te parece?

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