Yo confieso
Capítulo 15
—Mete las manos en agua caliente. Sácalas, sácalas, que no se ablanden tanto. Anda. No te pongas nervioso. Tranquilo. Sigue andando. Respira hondo. Quieto. Así. Muy bien. Piensa en el principio.
Imagínate entrando en la sala y saludando. Estupendo. Ahora saluda.
No, hombre, no se saluda así, caray. Tienes que inclinarte, tienes que rendirte ante el público. Oye, nada de rendirse. Que el público crea que te rindes; pero si llegas a la cima, donde estoy yo, sabrás que eres superior y que son los demás quienes tienen que arrodillarse ante ti. Te he dicho que no te pongas nervioso. Sécate las manos; ¿es que quieres pillar un resfriado? Coge el violín. Acaricíalo, domínalo, piensa que tú le mandas hacer lo que quieres que haga. Piensa en los primeros compases. Así, sin arco, haz como si tocases. Muy bien. Ya puedes volver a hacer escalas.
El maestro Manlleu salió como un flan del camerino y por fin pude respirar. Estaba más tranquilo haciendo escalas, sacando el sonido sin tropiezos, sin estridencias, moviendo bien el arco, mesurando la resina, respirando. Y entonces Adrià Ardèvol se dijo que nunca más, que eso era un martirio, que él no servía para salir a un escaparate como el escenario a enseñar la mercancía para ver si la compraba alguien con unos cuantos aplausos. Llegaron de la sala los sonidos de un preludio de Chopin muy bien expuestos y se imaginó la mano de una muchacha bellísima acariciando las teclas del piano, y, sin poder contenerse, dejó el violín en el estuche abierto y salió; la vio por entre unas cortinas: era una chica más que bellísima y se enamoró de ella perdida y apremiantemente; en esos momentos deseó ser piano de media cola.
Cuando la indescriptible muchacha concluyó y saludó de una manera tan..., es que está monísima, Adrià se puso a aplaudir frenéticamente y una mano inquieta le tocó el hombro.
—¿Qué coño haces aquí? ¡Si actúas ahora!
De camino al camerino, el maestro Manlleu maldijo mi nula profesionalidad de niño de doce o trece años que da su primer recital con pocas ganas y ya ves, con lo que nos hemos esforzado tu madre y yo, y tú aquí, en la higuera.
Y así me puso nervioso otra vez. Me mandó saludar a la profesora Mari, que estaba esperando en la salida (¿lo ves? ¡Una auténtica profesional!), y la profesora Mari me guiñó un ojo y me dijo que no me preocupase, que lo hacía muy bien y que me saldría todavía mejor. Y
que no me acelerase en la introducción: que quien mandaba era yo y ella me seguiría; no te precipites. Como en el último ensayo. Y entonces Adrià notó el aliento del maestro Manlleu en el cogote:
—Respira. No mires al público. Saluda con elegancia. Los pies ligeramente separados. Mira al fondo de la sala y empieza incluso antes de que la profesora esté preparada del todo. Mandas tú.
Me habría gustado saber quién era la chica que me había precedido, para poder saludarla o darle un beso, o abrazarla u olerle el pelo; pero, por lo visto, los que terminaban salían por el otro lado y oí decir el joven talento Adrià Ardèvol i Bosch, con la colaboración de la profesora Antonia Mari. Es decir, que tuvimos que salir al escenario y me encontré con que Bernat, que me había jurado que no sufras, de verdad, Adrià, tranquilo, que no voy a ir, te lo juro, estaba en primera fila, el muy marica, y me pareció que disimulaba una sonrisa burlona. Y
encima, con sus padres, el muy... Y mi madre, acompañada por dos señores que no había visto nunca. Y el maestro Manlleu, que se unía al grupo y decía algo al oído a mi madre. Más de media sala llena de gente desconocida. Y me entraron unas ganas irreprimibles de mear. Le dije al oído a la profesora Mari que iba a hacer pipí y ella dijo tranquilo, la gente no se irá sin haberte oído.
Adrià Ardèvol no fue al lavabo. Fue al camerino, cerró el violín en el estuche y allí lo dejó. Iba corriendo hacia la salida y se encontró con Bernat, quien lo miró asustado y le dijo dónde vas, bestia. Y él dijo a casa. Y Bernat pero tú estás loco. Y Adrià dijo tienes que ayudarme. Di que me han llevado al hospital o algo así, y salió del Casal del Metge y lo recibió el tráfico nocturno de Vía Layetana y sudaba exageradamente
y entonces se fue hacia casa. Y hasta más de una hora después no supo que Bernat se había portado como un amigo, porque volvió a entrar y dijo a mi madre que no me encontraba bien y que me habían llevado al hospital.
—¿¿A qué hospital, alma de Dios??
—No sé. El taxista sabrá.
Y el maestro Manlleu en medio del pasillo, dando órdenes contradictorias sin parar, completamente desquiciado porque los desconocidos que lo acompañaban no podían contener la risa, y la barrera que levantó Bernat fue providencial para evitar que me vieran correr por Vía Layetana cuando salieron a la calle.
Llegaron a casa en menos de una hora, porque, en cuanto Lola Xica me vio llegar hecho un desastre, llamó al Casal del Metge, la muy estúpida —porque los mayores siempre se ayudan entre ellos—, y mi madre me hizo pasar al despacho, y también al maestro Manlleu, y cerró la puerta. Fue tremendo. Mi madre, que qué te has creído. Yo, que no quería volver a intentarlo. Mi madre, que qué te has creído; el maestro Manlleu con los brazos en alto, diciendo increíble, increíble. Y
yo, que no, que estaba harto; que quería tiempo para leer; y mi madre: no, tú vas a estudiar violín, cuando seas mayor decidirás lo que quieres hacer; y yo, pues ya lo he decidido. Y mi madre: con trece años no tienes capacidad de decisión; y yo, indignado: ¡trece años y medio!; y el maestro Manlleu con los brazos en alto, diciendo increíble, increíble; y mi madre, que qué me había creído por segunda o tercera vez, y añadió que con la cantidad de dinero que me cuestan las clases y tú haciendo el..., y el maestro Manlleu, que se dio por aludido, puntualizó que no eran tan caras. Que costaban dinero, pero que habida cuenta de quién era él, no eran caras; y mi madre: pues yo digo que son caras; carísimas.
Y el maestro Manlleu, pues si son tan caras ya se aclararán usted y su hijo; ni que fuese Oistrakh. Y mi madre replicó de eso nada: usted dijo que el niño valía y va a hacérmelo violinista. Entre tanto me iba tranquilizando porque eran ellos quienes se tiraban la pelota el uno al otro y no me hacía falta traducir la conversación a mi francés. Y Lola Xica, la pettegola delatora, asomó la cabeza y dijo que había una
llamada urgentísima del Casal del Metge y mi madre fue a contestar diciendo que no se mueva nadie de aquí, que vuelvo enseguida, y el maestro Manlleu, con la cara a medio palmo de la mía, me dijo cobarde de mierda, tenías la sonata dominada y yo le respondí me da igual, no quiero tocar en público. Y él: ¿qué va a pensar Beethoven? Y yo: Beethoven está muerto y no se entera de nada. Y él: incrédulo. Y yo: marica. Y cayó un silencio densísimo de color gris oscuro.
—¿Qué has dicho?
Inmóviles los dos, uno frente a otro. Entonces volvió mi madre. El maestro Manlleu, boquiabierto, todavía no reaccionaba. Mi madre dijo que estaba castigado sin salir excepto para ir al colegio y a clase de violín. Y vete ahora mismo a tu habitación, luego hablamos de si cenas o no esta noche. ¡Hala! El maestro Manlleu seguía con el brazo levantado y la boca abierta. Demasiado lento para la ira que teníamos dentro mi madre y yo.
En un arrebato de rebeldía, cerré la puerta: que protestase mi madre, si quería. Abrí la caja de los tesoros, en la que guardaba mis secretos, menos Águila Negra y Carson, que iban por libre. Me viene a la memoria un cromo doble de un Maserati, unas canicas de ensueño y la medalla de mi ángel cuando no la llevaba puesta, que era el recuerdo de mi ángel con su sonrisa roja diciéndome ciao, Adriano. Y Adrià se imaginó contestando ciao, mio angelo.
Lo citó en las salas polvorientas donde tenían clase de solfeo los pequeños, en el otro edificio. Cuando entró en el oscuro pasillo, la quietud y el exceso de polvo del suelo atenuaron los gritos de los compañeros que se afanaban tras el balón. Al fondo del pasillo, en la última aula, una lucecita encendida.
—Aquí llega el artista.
El padre Bartrina era huesudo, alto y delgado, cubierto por una sotana que indefectiblemente le quedaba corta, bajo la cual asomaban unos pantalones gastados. Como siempre tenía que inclinarse, parecía
que estuviera a punto de abalanzarse sobre su interlocutor. En cambio, era afable y daba por supuesto que a ningún alumno le iba a interesar jamás el solfeo. Sin embargo, como era el profesor de música, enseñaba solfeo y sanseacabó. La cuestión era mantener cierta sensación de autoridad, porque ningún alumno sin excepción, aunque no afinase ni tuviera la menor idea de dónde se escribía el fa, jamás repetía curso por la música. Por eso se encogía de hombros ante la vida e iba tirando, con la inmensa pizarra pautada con cuatro pentagramas de color rojo, sobre los que escribía la absurda diferencia entre una negra (que, pintada con la tiza resultaba ser de color blanco) y una blanca (un círculo del color negro en la pizarra). Y siempre viendo pasar alumnos y siempre viendo pasar los años.
—Hola.
—Me han dicho que tocas el violín.
—Sí.
—Y que te negaste a salir en el Casal del Metge.
—Sí.
—¿Por qué?
Y Adrià le contó su teoría sobre la perfección que se exige al intérprete.
—Olvídate de la perfección. Lo que tienes es trac.
—¿Qué?
Y el padre Bartrina le explicó su teoría del trac de los artistas, que había extraído de una revista musical inglesa. No. Me pareció que no era lo mismo, pero me costó que lo entendiera. No es que tenga miedo: es que no me interesa la perfección. No quiero dedicarme a un trabajo que no admite errores ni vacilaciones.
—El error y la vacilación son inseparables del intérprete, pero los reserva para el estudio. Cuando sale ante el público ya ha superado las vacilaciones. Y sanseacabó.
—Mentira.
—¿Qué dices?
—Perdone. Que no estoy de acuerdo. Me gusta tanto la música que no quiero que dependa de un dedo mal colocado.
—¿Cuántos años tienes?
—Trece y medio.
—No hablas como un niño.
¿Estaba riñéndome? Escruté su mirada y no saqué nada en limpio.
—¿Por qué no comulgas nunca?
—No estoy bautizado.
—Dios mío.
—No soy católico.
—¿Qué eres? —Con cautela, mientras Adrià lo pensaba—:
¿Protestante? ¿Judío?
—No soy nada. En casa no somos nada.
—Convendría hablarlo con más calma.
—El colegio se comprometió con mis padres a no hablarme de estas cosas.
—Dios mío. —Para sí—: Tengo que investigarlo.
Entonces volvió al tono acusatorio:
—Me han dicho que sacas matrícula en todo.
—Bueno, no tiene mucho mérito —me defendí.
—¿Por qué?
—Porque es fácil. Y tengo muy buena memoria.
—¿Sí?
—Sí. Me acuerdo de todo.
—¿Puedes tocar sin partitura?
—Claro, me basta con leerla una vez.
—Extraordinario.
—No, porque no tengo oído absoluto. Plensa, en cambio, sí.
—¿Quién?
—Plensa de cuarto ce. Toca el violín conmigo.
—¿Plensa? ¿Uno un poco alto y rubio?
—Eso.
—¿Y toca el violín?
Qué quería ese hombre. ¿Por qué me interrogaba de esa forma?
¿Adonde quería ir a parar? Afirmé con la cabeza y pensé que a lo mejor perjudicaba a Bernat con esas confidencias.
—Y me han dicho que sabes idiomas.
—No.
—¿No?
—Bueno..., francés... Lo estudiamos en clase.
—Desde hace un año; pero dicen que tú ya lo hablas.
—Es que...—¿Y ahora qué le digo?
—Y alemán.
—Bueno, yo...
—E inglés.
Lo decía como quien pone el dedo en la llaga después de haberme pillado in fraganti y Adrià se puso a la defensiva. Tuvo que reconocer que sí, que inglés también.
—Y que lo has aprendido solo.
—No —dije, aliviado—. Eso no es verdad. Me dan clases.
—Pues a mí me han informado de que...
—No, es el italiano. —Compungido—: Lo estoy aprendiendo solo.
—Es increíble.
—No: es muy fácil. Vocabulario románico. Si se sabe catalán, castellano y francés, está tirado; quiero decir que es muy fácil.
El padre Bartrina lo miró de soslayo, como calculando si ese mocoso le estaba tomando el pelo. Adrià, para congraciarse:
—Pero seguro que el italiano lo pronuncio mal.
—¿Ah, sí?
—Sí. Ponen la tónica donde yo no la pondría nunca.
Después de un larguísimo minuto de silencio:
—¿Qué quieres ser de mayor?
—No sé. Me gusta leer, estudiar. No sé.
Silencio. El padre Bartrina avanzó unos pasos hacia el balcón. De las profundidades de la sotana sacó un pañuelo blanquísimo y se secó los labios, pensativo. El tráfico en la calle Lauria era intenso, pesado incluso en algún momento. El padre Bartrina se volvió hacia el niño, que seguía de pie en medio del aula. Tal vez se diera cuenta en ese momento:
—Siéntate, siéntate.
Me senté en un pupitre sin saber muy bien qué pretendía ese hombre. Se me acercó y se sentó en el pupitre de al lado. Me miró a los ojos.
—Yo toco el piano.
Silencio. Lo suponía, porque en clase tocaba los acordes en el piano, cuando nosotros solfeábamos medio dormidos. Y así también evitaba que bajáramos el tono mientras cantábamos. Parecía que le costaba proseguir. Pero por fin se decidió:
—Podríamos ensayar la Kreutzer para el fin de curso, para el acto de entrega de notas. ¿Qué te parece? ¡En el Palau de la Música! ¿No te
gustaría tocar en el Palau de la Música?
Yo no dije nada. Me imaginé a todos los niños llamándome marica mientras intentaba estar perfecto en el escenario. Un infierno universal.
—Es la pieza que tenías que haber tocado en el Casal del Metge. Te la sabrás de memoria, ¿no?
Por primera vez esbozó una sonrisa con intención de animarme. Por ver si me convencía. Para que aceptase. Pero seguí mudo, porque se me había ocurrido una idea genial. Se me ocurrió que, como era músico, podría ayudarme y le pregunté padre Bartrina, ¿a usted también le llaman marica?
Adrià Ardèvol i Bosch, de tercero a, fue expulsado tres días por motivos turbios que tampoco quisieron explicar a mi madre. Para los compañeros fueron anginas. Y para Bernat, pues que cuando le pregunté si era marica como yo, el tío se puso hecho una furia.
—¿Eres marica?
—¡Yo qué sé! Esteban dice que sí porque toco el violín. O sea que tú también. Y el padre Bartrina, si es que el piano también vale.
—Y Jascha Heifetz.
—Sí. Supongo. Y Pau Casáls.
—Sí. Pero a mí no me lo ha llamado nadie.
—Porque no saben que tocas el violín. Bartrina no lo sabía.
Antes de llegar al edificio del conservatorio, los dos amigos se detuvieron, indiferentes al intenso tráfico de la calle Bruc. A Bernat se le ocurrió una idea:
—¿Por qué no se lo preguntas a tu madre?
—¿Y por qué no se lo preguntas tú a la tuya? O a tu padre, que tú tienes padre, ¿eh?
—Pero a mí no me han expulsado por llamar marica a un cura.
—¿Y si se lo preguntamos a la Trullols?
Ese día Adrià decidió asistir a la clase de la Trullols para ver si el maestro Manlleu se enfadaba definitivamente. La profesora se alegró de verlo, constató sus progresos y no se refirió ni remotamente al incidente del Casal del Metge, aunque seguro que se había enterado. No preguntaron a la profesora el misterio de la palabra marica; la mujer se quejaba de que parecía que los dos desafinaban para molestarla y no era verdad. Lo que pasa es que, además, antes de entrar oímos a un niño menor que nosotros, que me parece que se llamaba Claret, que había ido sólo de visita, a no sé qué, y que tocaba el violín como un hombre de veinte años. Esas cosas, en lugar de animarme, me acoquinan.
—Ah, pues a mí no. Me da rabia y estudio más.
—Tú serás un gran violinista, Bernat.
—Y tú.
No era normal que las conversaciones de unos niños de la edad de Bernat y Adrià fuesen de ese calibre. Pero un violín en las manos transforma a las personas.
Por la noche Adrià mintió a su madre. Lo habían expulsado tres días porque se había reído de un maestro porque no sabía una cosa. Mi madre, que tenía la cabeza en la tienda y en las maquinaciones angelicales de Daniela ángel de mi sonrisa, le echó un sermón muy utilitario y con poca fe. Le dijo tienes que saber que Dios te ha dado una inteligencia singular. Debes pensar que no es mérito tuyo, sino de la naturaleza. Y Adrià se dio cuenta de que ahora, cuando había muerto su padre, su madre volvía a hablar de Dios, aunque lo mezclaba con la naturaleza. A ver si va a resultar que al final existe Dios, y yo aquí en la inopia.
—De acuerdo, madre. No volveré a hacerlo. Perdona.
—No: es al profesor a quien debes pedir perdón.
—Sí, madre.
Y no preguntó quién era el profesor, qué había dicho exactamente Adrià ni qué había contestado el profe. Estaba desconocida. Y en cuanto acabaron de cenar, se encerró en el despacho de mi padre, con los libros de contabilidad que tenía abiertos en la mesa de incunables.
Mientras Lola Xica quitaba la mesa y empezaba a limpiar la cocina, Adrià se puso a remolonear fingiendo que le echaba una mano, y en cuanto vio que su madre estaba entretenida en el despacho, entró en la cocina, entornó la puerta y, antes de que la timidez lo venciese, preguntó a Lola Xica ¿tú puedes explicarme por qué me llaman marica en la escuela?
Me costó mucho dormirme porque la mera posibilidad de estar en condiciones de ilustrar la ignorancia de Bernat, que era quien siempre sabía todo lo que no fuese de estudiar, me tuvo en vela hasta el punto de oír las once de la noche en las campanas de la Concepció y el bastón del sereno, que golpeaba en las puertas metálicas de can Sola, que resonaban por todo el barrio, en esa época en la que mandaba Franco y la Tierra volvía a ser plana para nosotros, la época de mi niñez, cuando todavía no te conocía; la época en que, tan pronto como anochecía, Barcelona era todavía una ciudad que también se iba a dormir.
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