Yo confieso

Jaume Cabre · Capítulo 44 de 60

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Yo confieso

Capítulo 44

Los alrededores de Headington House eran tranquilos y plácidos, tal como se los había imaginado Adrià. Antes de llamar al timbre, Sara lo miró, sonrió y él tuvo que controlarse para no comérsela a besos en el momento en que una criada abría la puerta y detrás de ella surgía la figura espléndida de Aline de Gunzbourg. Sara y su tía lejana se abrazaron en silencio, como viejas amigas que llevaran lustros sin verse; o como dos colegas que se respetaban profundamente aunque hubiera cierta rivalidad entre ellas; o como dos señoras educadas, una mucho más joven que la otra, que, a saber si por motivos profesionales, debían relacionarse con extremada cortesía; o como sobrina y tía que no se habían visto nunca en la vida; o como dos personas conscientes de haberse librado por muy poco de la larga mano del Abwehr, la Gestapo y las SS si el calendario vital las hubiera situado en la época o en los lugares de la desgracia. Porque el mal procura corromper todos los proyectos de felicidad por humildes que sean y se afana por conseguir la máxima destrucción posible a su alrededor. Espermatozoides, óvulos, bailes frenéticos, muertes prematuras, viajes, huidas, conocidos, ilusiones, dudas, rupturas, reconciliaciones, desplazamientos y muchos obstáculos más que se interpusieron para evitar ese encuentro cayeron derrotados por el cálido abrazo entre dos desconocidas, dos grandes mujeres, una de cuarenta y seis años y la otra de más de setenta, ambas en silencio, ambas sonrientes en la puerta de Headington House, delante de mí. Qué rara es la vida.

—Pasad.

Me tendió la mano sonriendo todavía. Nos dimos un apretón sin palabras.

Fueron dos horas inolvidables en el despacho de Isaiah Berlín, en el piso de arriba de Headington House, rodeados de libros, mientras el reloj de la repisa de la chimenea hacía correr el tiempo muy deprisa.

Berlín se encontraba muy abatido, como si supiera con certeza que

moriría seis meses después. Escuchó a Aline, sonrió como para sí y dijo a mí no me queda mucha cuerda. Sois vosotros quienes tenéis que continuar. Y después, en voz más baja añadió no temo a la muerte; sólo me enfado con ella. Me enoja, pero no me da miedo. Donde uno está no está la muerte; donde está la muerte uno no está. Por tanto, tenerle miedo es perder el tiempo. Y hablaba tanto de ella que estoy seguro de que le tenía miedo; quizá tanto como yo. Y entonces añadió Wittgenstein decía que la muerte no es un hecho de la vida. Y a Adrià se le ocurrió preguntarle qué era lo que le sorprendía en la vida.

—¿Sorprenderme? —Se quedó pensando. Como si llegara despacio, desde lejos, el tictac del reloj se adueñó de la estancia y de nuestros pensamientos—. Sorprenderme... —repitió. Y se decidió—: Pues sí: el simple hecho de haber podido vivir con tanta serenidad y con tanto gusto a pesar de tantos horrores en el peor de los siglos que ha conocido la humanidad. Porque ha sido el peor con diferencia. Y no sólo para los judíos.

Me miró con timidez y, como si vacilase, estuvo un rato buscando la expresión adecuada y al final añadió he sido feliz pero siempre con el remordimiento y el sentimiento de culpa del superviviente.

—¿Qué? —dijeron Aline y Sara a un tiempo.

Entonces me di cuenta de que estas últimas palabras las había musitado en ruso. Y se las traduje sin moverme, sin dejar de mirarlo, porque Berlín todavía no había terminado. Y entonces, en inglés, retomó el hilo de su pensamiento y dijo ¿qué hice para que a mí no me pasara nada? —Sacudió la cabeza—: Por desgracia la mayoría de los judíos de este siglo vivimos con esa losa encima.

—Y creo que también los judíos de otros siglos —dijo Sara.

Berlín te miró con la boca abierta y asintió en silencio. Y entonces, como para despejar el ambiente de pensamientos tristes, se interesó por las publicaciones del profesor Adrià Ardèvol. Parece ser que había leído con interés la Història del pensament europeu; le había gustado; pero seguía considerando una pequeña gran joya La voluntat estètica.

—Pues todavía no puedo creer que le llegara a las manos.

—¡Oh! Fue gracias a un amigo suyo. ¿No es cierto, Aline? ¡Menudo par de pasmarotes! El uno de dos metros y el otro de metro y medio...

—Sonriendo, lo rememoró mirando al frente, a la pared—: La extraña pareja.

—Isaiah...

—Estaban convencidos de que me interesaría, por eso me lo trajeron.

—Isaiah, ¿verdad que quieres un té?

—Sí, dime...

—¿Os apetece té? —nos preguntó tante Aline a todos.

—¿A qué amigos míos se refiere? —dijo Adrià, atónito.

—Un Gunzbourg. Es que Aline tiene tantos familiares... que a veces los confundo.

—Gunzbourg... —repitió Adrià sin comprender.

—Un momento...

Berlín se levantó con cierto esfuerzo y fue a un rincón. Capté una mirada entre Aline Berlin y Sara y la situación me pareció muy rara.

Berlin volvió con un ejemplar de mi libro. Me llenó de satisfacción ver cinco o seis papelitos sobresaliendo de entre las páginas. Lo abrió, sacó un papelito y leyó Bernat Plensa, de Barcelona.

—Ah, claro, sí —dijo Adrià sin saber lo que decía.

No recuerdo mucho más de la conversación porque me quedé en blanco. Además, en ese momento entró la criada con una bandeja inmensa, cargada con todos los cacharritos y accesorios necesarios para disfrutar de un té como Dios y la reina mandan. Hablamos de muchas cosas más que no recuerdo sino borrosamente. Qué placer, qué lujo de hora escasa de conversación con Isaiah Berlin y tante Aline...

—¿A mí qué me cuentas? —contestó Sara las tres veces que, durante el viaje de vuelta, Adrià le preguntó si sabía qué pintaba Bernat en ese

fregado. Y a la cuarta le dijo ¿por qué no lo invitas a tomar té y probamos los que hemos comprado?

—Hummm... Buenísimo. El té inglés siempre tiene otro sabor. ¿No os parece?

—Sabía que te gustaría, pero no te hagas el sueco.

—¿Yo?

—Sí. ¿Cuándo fuiste a ver a Isaiah Berlin?

—¿A quién?

—A Isaiah Berlin.

—¿Quién es ese tío?

—El poder dé las ideas. Sobre la libertad. Pensadores rusos.

—Pero... ¿qué dices? —A Sara—: ¿Qué le pasa a Adrià? —A ambos, con la taza en alto—: Este té es buenísimo —repitió, y se rascó la cabeza.

—El erizo y la zorra. —Concesión de Adrià al gran público.

—Ostras, estás como un cencerro. —A Sara—: ¿Hace mucho que dice estas cosas?

—Isaiah Berlin me dijo que tú le habías dado a leer La voluntat estètica.

—Pero ¿qué dices? —Bernat, ¿qué pasa?

Adrià miró a Sara, que estaba ocupadísima sirviendo más té, aunque nadie lo había pedido.

—Sara, ¿qué pasa?

—¿Eh?

—Me estáis ocultando algo que... —De pronto se acordó—: Tú y un tipo muy bajito. Como una extraña pareja, así os definió Berlin. ¿Quién

era el otro?

—Ese fulano está como un cencerro. No he estado nunca en Oxford, para que te enteres.

Silencio. En el comedor de casa no había chimenea ni repisa con reloj que marcara el tictac, pero se percibía la suave brisa que emanaba del urgell de la pared, siempre con el campanario de Santa Maria de Gerri iluminado por el sol. Y el murmullo del agua del río que bajaba del Burgal. De pronto, Adrià señaló a Bernat y, con calma, imitando al sheriff Carson:

—Te acabas de delatar, muchacho.

—¿Yo?

—No sabes quién es Berlin ni habías oído hablar de él, pero resulta que sabes que vive en Oxford.

Bernat miró a Sara, quien rehuyó la mirada. Adrià los observó a ambos y dijo ¿tú quoque, Sara?

—Ella quoque —se rindió Bernat. Con la cabeza gacha dijo me parece que se me olvidó comentarte un detallito.

—Desembucha. Soy todo oídos.

—La cosa empezó hace... —Bernat no dejaba de mirar a Sara—

unos cinco o seis años.

—Siete y medio.

—Sí. Es que... lo de los años... a mí... Hace siete años y medio.

En cuanto ella llegó al bar, le puso delante de las narices un ejemplar de la edición alemana de La voluntad estètica. Lo miró, miró a Bernat, volvió al libro y se sentó con una expresión de no entender nada.

—¿La señora desea algo? —sonrisa un tanto servicial de un camarero calvo que surgió de la oscuridad.

—Dos aguas —dijo Bernat con impaciencia. Y el camarero se fue sin disimular una mueca de desagrado por el tipo ese y entre dientes

murmuró cuanto más alto, más bruto, como decía su padre. Bernat siguió con lo suyo:

—Es que tengo una idea. Quería consultártela, pero tienes que jurarme que no dirás una palabra a Adrià.

Negociaciones: cómo quieres que jure una cosa sin saber de qué se trata. Es que él no tiene que saberlo. De acuerdo, pero primero dime de qué va para poder jurar lo que haga falta. Es que es una locura. Razón de más para no jurar, a menos que sea tan grande que valga la pena. Es que es una gran locura que vale la pena. Caray, Bernat. Necesito tu complicidad, Saga.

—No me llamo Saga. —Enfurruñada—: Me llamo Sagga.

—Ah, perdona.

Después de un tira y afloja, llegaron a la conclusión de que el juramento de Sagga sería provisional, con la posibilidad de retirarlo si la idea era tan loquísima que no bla, bla.

—Tú me dijiste que tu familia conocía a Isaiah Berlin. ¿Sigue siendo cierto?

—Sí, bueno... Su mujer es..., me parece que está medio emparentada con unos primos Epstein.

—¿Habría manera de... que me pongas en contacto con ella?

—¿Qué quieres hacer?

—Llevarle este libro para que lo lea.

—Oye, que la gente no...

—Seguro que le gustará.

—Estás loco. ¿Cómo quieres que lea algo de un desconocido que...?

—Ya te he dicho que era una locura —la interrumpió—. Pero quiero intentarlo.

Sara reflexionó un rato. Te imagino, sé cómo se te arruga un poco la frente cuando reflexionas, querida. Y te veo sentada en la mesa de un

bar cualquiera, mirando al bufón de Bernat sin poder creer lo que te está contando. Y te veo diciéndole espera, buscando en la agenda el teléfono de tante Chantal; lo encuentras y llamas desde el teléfono del bar, que funciona con fichas; Bernat ha pedido al camarero un montón de ellas, que empiezan a caer cuando ella dice alió, ma chére tante, ga marche bien?(...) Oui. (...) Oui. (...) Aoui. (...) Aaooui. (...) y Bernat, impertérrito, echando fichas sin parar en el teléfono y pidiendo más al camarero con actitud perentoria, es una emergencia, y en garantía deja un billete de veinte duros en la barra, y Sara, igual Oui (...)Oui. (...) Aoui. (...) hasta que el camarero dijo finito, se cree que soy la telefónica, pues no tengo más fichas y entonces, expeditivamente, Sara preguntó a la tía sobre los Berlin y se puso a tomar notas en la agenda diciendo oui, oui, ouiii!... y al final, cuando le agradeció, ma chère tante, su aportación, el teléfono hizo clic, se desconectó por falta de fichas y ella se quedó con una sensación incómoda de no haber podido despedirse de su chère tante Chantal.

—¿Qué te ha dicho?

—Que intentará hablar con Aline.

—¿Quién es Aline?

—La mujer de Berlin. —Sara consultó los papeles, escritos con letra indescifrable—: Aline Elisabeth Yvonne de Gunzbourg.

—Muy bien. ¡Ya lo tenemos!

—Un momento, tenemos el contacto. Falta que...

Bernat le arrebató la agenda:

—¿Cómo has dicho que se llama?

Ella la recuperó y la consultó:

—Aline Elisabeth Yvonne de Gunzbourg.

—¿Gunzbourg?

—Sí, ¿qué? Es una familia muy... Medio rusos y medio franceses.

Barones y cosas así. Ésos sí que son ricos.

—Recontrahostias.

—¡Eh! Sin palabrotas.

Bernat le dio un beso; bueno, dos o tres o cuatro, porque me parece que siempre ha estado un poco enamorado de ti. Te lo digo ahora que se te han pasado las ganas de contradecirme; para que lo sepas, pienso que todos los hombres se enamoraban un poco de ti. Yo me enamoré del todo.

—¡Pero esto tiene que saberlo Adrià!

—No. Ya te he dicho que era una locura.

—Es una gran locura, pero tiene que saberlo.

—No.

—¿Por qué no?

—Es un regalo que le hago. Me parece más regalo si nunca llega a saberlo.

—Precisamente si no lo sabe nunca podrá agradecértelo.

Y debió de ser entonces cuando el camarero, desde una esquina de la barra, disimuló una sonrisa al ver que el hombre decía en voz un poco más alta la conversación se ha terminado, señora Voltes-Epstein. Ésa es mi voluntad. ¿Me lo juras?

Después de unos segundos de tensión silenciosa, el hombre se arrodilló ante la señora, o casi, en actitud de súplica, y la mujer elegante, entornando los ojos, dijo:

—Te lo juro, Bernat.

El camarero se pasó una mano por la calva y concluyó que los enamorados hacen el ridículo a todas horas. Si se viesen con mis ojos...

Ahora que... la mujer es guapa, guapísima, para comérsela a besos, sí, señor. Yo también haría el ridículo si la tuviese delante.

Resultó que sí, que el trompa ejemplar de Franz-Paul Decker, Romain Gunzbourg, tímido, rubio y bajito, pianista clandestino, era de la familia Gunzbourg y conocía a Aline Elisabeth Yvonne de

Gunzbourg, por supuesto. Romain era de la rama pobre de la familia y si quieres llamo ahora mismo a tante Aline.

—Ostras... ¡Tante Aline!

—Sí. Es la que se casó con un no sé qué, un filósofo importante o algo así. Pero viven en Inglaterra desde siempre. ¿Para qué es?

Y Bernat le plantó dos besos, aunque no estaba enamorado de él.

Iba todo sobre ruedas. Tuvieron que esperar a la primavera, a las actuaciones de Semana Santa, y antes, Romain sostuvo largas conversaciones con tante Aline y se la metió en el bolsillo. Y cuando llegaron a Londres, al final de la microgira de la orquesta, se embarcaron en un tren que los dejó en Oxford a media mañana.

Headington House parecía desierta cuando llamaron a la campana de la puerta, que tenía un sonido noble. Se miraron los dos con cierta expectación, pero no abría nadie, aunque habían quedado a esa hora.

No. Sí, unos pasitos menudos. Y por fin se abrió la puerta. Una mujer de aspecto elegante los miró con asombro.

—Tante Aline —dijo Romain Gunzbourg.

—¿Romain?

—Sí.

—¡Cuánto has crecido! —mintió—: Pero si eras así... —Señaló la altura de la cintura. Entonces reaccionó y los invitó a pasar disfrutando del papel de conspiradora.

—Os recibirá; pero no puedo garantizar que lo lea.

—Se lo agradezco, señora. Sinceramente —dijo Bernat.

Los condujo a un recibidor bastante reducido. Colgadas de las paredes, partituras de Bach enmarcadas. Bernat señaló una de las reproducciones con la barbilla. Romain se acercó a verla. En voz baja:

—Ya te he dicho que yo soy de la rama pobre. —Por la partitura enmarcada—: Seguro que es un original.

Se abrió una puerta y tante Aline los invitó a pasar a una estancia espaciosa, forrada de libros de arriba abajo, el décuplo que en casa de

Adrià. En la mesa, carpetas repletas de papeles. Y algún montón de libros con numerosos papelitos alargados señalando páginas. Y ante la mesa, sentado en un sillón, Isaiah Berlin, con un libro en la mano, miró con curiosidad a la pareja que entraba en su santuario.

—¿Ha salido todo bien? —le preguntó Sara cuando volvió.

Berlin parecía cansado. Habló poco y cuando Bernat le entregó el ejemplar de Der ästhetische Wille, el hombre lo cogió, le dio la vuelta para verlo bien por fuera y a continuación lo abrió por el índice. Un minuto de silencio. Tante Aline guiñó un ojo a su sobrino. Cuando Berlin terminó de mirar el libro lo cerró y se lo quedó en las manos.

—¿Por qué cree que tengo que leerlo?

—Bueno, yo... Si no quiere...

—¡No se arrugue, hombre! ¿Por qué quiere que lo lea?

—Porque es muy bueno. Es buenísimo, señor Berlin. Adrià Ardèvol es un hombre profundo e inteligente. Pero vive lejos del centro del mundo.

Isaiah Berlin dejó el libro en la mesita auxiliar y dijo leo a diario y cada día me doy cuenta de que me falta todo por leer. Y a veces necesito releer, aunque sólo lo que merece el privilegio de la relectura.

—¿Y qué hace merecedor de ese privilegio? —Ahora Bernat parecía Adrià.

—La capacidad de fascinar al lector; de admirarlo por la inteligencia que contiene o por la belleza que genera. Aunque con la relectura, por su naturaleza, siempre entramos en contradicción.

—¿Qué significa eso, Isaiah? —interrumpió tante Aline.

—Un libro que no merece ser releído tampoco merecía ser leído. —

Miró a los invitados—: ¿Les has ofrecido té? —Miró el libro y enseguida se le olvidó la propuesta práctica que acababa de hacer. Prosiguió—: Pero antes de leerlo no sabíamos que merecería la relectura. La vida es así de cruel.

Hablaron un poco de todo, los recién llegados sentados en la punta del sofá. No tomaron té porque Romain hizo una seña a su tía dándole a entender que preferían aprovechar el poco tiempo del que disponían.

Y hablaron de la gira de la orquesta.

—¿Trompa? ¿Y por qué tocas la trompa?

—Me arroba su sonido —respondió Romain Gunzbourg.

Y después le informaron de que al día siguiente por la noche actuaban en el Royal Festival Hall. Y él les aseguró que los oiría en la radio.

El programa consistía en la Leonora (la número tres), la segunda sinfonía de Robert Gerhard y la cuarta de Bruckner, con Gunzbourg a la trompa y varias docenas más de intérpretes. Estuvo bien. La viuda de Gerhard asistió, emocionada, y recibió un ramo de flores destinado a Decker. Y al día siguiente, de vuelta a casa, después de cinco agotadores conciertos por Europa y con división de opiniones sobre las ventajas y desventajas de las microgiras en temporada, o estropear los bolos de verano de la mayoría con una gira como Dios manda o nada de nada, que para lo que nos pagan bastante hacemos con asistir a todos los ensayos, ¿no?

En el hotel, había un recado urgente para Bernat; pensó qué le habrá pasado a Llorenç; era la primera vez que se preocupaba por su hijo; quizá porque todavía tenía presente el libro sin desenvolver.

Era un aviso de llamada urgente de Isaiah Berlin, que decía, en la caligrafía del recepcionista de noche, que acudiera sin falta a Headington House, a poder ser al día siguiente, que era muy importante.

—Tecla.

—¿Qué tal?

—Bien. Asistió Poldi Feichtegger. Adorable, ochenta y muchos años.

El ramo de flores era más grande que ella.

—Volvéis mañana, ¿no?

—Bueno. Es que... Tengo que quedarme un día más, porque...

—¿Porque qué?

Bernat, fiel a su especialidad en complicarse la vida, no quiso contar a Tecla que Isaiah Berlin lo requería para hablar de mi libro, porque le había interesado mucho, muchísimo, lo había leído en pocas horas, pero había empezado a releerlo porque había encontrado una serie de intuiciones que le parecían brillantes y profundas y tenía ganas de conocerme. Habría sido fácil decírselo. Pero Bernat no sería Bernat si no se complicara la vida. No se fiaba de la capacidad de Tecla para guardar un secreto, y en eso le doy la razón. Pero prefirió callar y respondió porque me ha salido un trabajo urgente.

—¿Qué trabajo?

—Una cosa. Es..., es complicado.

—¿Pillar una trompa con un trompa?

—No, mujer. Tengo que ir a Oxford para... Se trata de un libro que..., en fin que vuelvo pasado mañana.

—¿Y te cambian el billete?

—Atiza, es verdad.

—Hombre, sería lo mejor, si quieres volver en avión. Si quieres volver...

Y colgó. Mierda, pensó Bernat, ya he metido la pata otra vez. Pero al día siguiente cambió el billete de avión, cogió el tren a Oxford, Berlin le dijo lo que le dijo y le entregó una nota para mí: apreciado señor, su libro me ha conmovido profundamente, tanto la reflexión sobre el porqué de la belleza como su vigencia en cualquier época de la humanidad, además de la imposibilidad de desvincularlo de la presencia inexplicable del Mal. Acabo de recomendarlo efusivamente a algunos colegas. ¿Para cuándo la edición en inglés? Sinceramente suyo, Isaiah Berlín. Y estoy sumamente agradecido a Bernat, más que por las consecuencias de la lectura inducida, aunque fueron fundamentales para mí, por la tenacidad con la que siempre ha procurado favorecerme.

Y yo retribuyo su esfuerzo dándole mi opinión sincera de lo que escribe y provocándole profundas depresiones. Amigo, qué difícil es vivir.

—Júrame otra vez que jamás se lo dirás a Adrià. —La miró furibundamente—: ¿Oyes, Sara?

—Te lo juro. —Y al cabo de un rato:

—Bernat.

—¿Hummm?

—Gracias. De parte de Adrià y de la mía.

—Ni gracias ni narices. Siempre estoy en deuda con Adrià.

—¿Qué le debes?

—No sé. Cosas. Es mi amigo. Es un tío que... A pesar de lo sabio que es, mantiene la amistad conmigo y con mis crisis, después de tantos años.

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