Yo confieso
Capítulo 32
Volví de París con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas. En esa época Adrià Ardèvol impartía un curso de historia del pensamiento contemporáneo ante una nutrida audiencia de estudiantes relativamente escépticos, a pesar de la fama de sabio-ceñudo-antipático-que-sólo-piensa-en-sí-mismo-y-que-nunca-jamás-va-a-tomar-café-y-que-pasa-de-claustros-porque-está-por-encima-del-bien-y-del-mal que comenzaba a adquirir entre sus colegas de la Universitat de Barcelona, y a pesar del prestigio relativo de haber publicado de manera casi clandestina La revolución francesa y ¿Marx?, dos libritos un tanto provocativos con los que empezó a cultivar admiradores y detractores. Volvió hundido de París y no tenía ganas de hablar de Adorno porque todo le importaba un pimiento.
No había pensado más en ti, Lola Xica, porque no tenía más que a Sara en la cabeza. Hasta que me llamó una familiar tuya que me dijo mi prima ha muerto y ha dejado la dirección de algunas personas para que se lo comunicásemos. Me dijo la hora y el lugar e intercambiamos unas palabras de cortesía y condolencia.
Éramos unos veinte en el entierro. Me sonaban vagamente tres o cuatro caras, pero no pude saludar a nadie, ni a la prima que me había avisado. Dolors Carrió i Solegibert, Lola Xica (1910-1982), nacida y fallecida en la Barceloneta, amiga de mi madre, buena mujer, que me hizo una putada porque su verdadera y única familia era mi madre. Y
probablemente fuera su amante. No pude decirte adiós con el afecto que merecías, a pesar de todo.
—Un momento, un momento, pero si hace que os separasteis...
¿Cuánto? ¿Veinte años?
—¡Anda..., veinte años! Te has pasado. Y no nos separamos: nos separaron.
—Seguro que hasta tiene nietos.
—¿Por qué crees que no he buscado a otra mujer?
—La verdad es que no lo sé.
—Pues, mira, todos los días..., bueno, casi todos, cuando me voy a la cama, ¿sabes lo que pienso? —No.
—Que va a sonar el timbre, din don.
—Tu timbre suena rinrinríiin.
—De acuerdo: rinrinríiin y que abro y es Sara, que me dice que se fue por tal y cual y que si quieres que forme parte de tu vida otra vez, Adrià.
—Vamos, vamos, tío, no llores. No hace falta que pienses más en ella. ¿Me oyes? Según cómo se mire, es mejor así, ¿no?
A Bernat lo incomodaba la singular expansión de Adrià.
Señaló el armario, Adrià se encogió de hombros, Bernat lo interpretó sí, como quieras, y sacó el Vial y le regaló un par de fantasías de Telemann; cuando terminó me encontraba mejor, gracias, Bernat, amigo mío.
—Si quieres llorar más, llora, ¿eh?
—Gracias por el permiso —sonrió Adrià.
—Estás tan tierno que te derrites.
—Me ha hundido que las dos madres maquinaran en contra de nuestro amor y los dos cayéramos en la trampa.
—Muy bien. Las dos madres están muertas y tú puedes seguir haciendo...
—¿Cómo quieres que siga?
—No sé. Lo decía por...
—Envidio la estabilidad emocional que tienes.
—No creas.
—Sí, sí. Tecla y tú, pim pam.
—No me entiendo con Llorenç.
—¿Cuántos años tiene?
—Es el espíritu de la contradicción.
—¿No quiere estudiar violín?
—¿Cómo lo sabes?
—Es que me suena la cantinela.
Adrià estuvo un rato pensando. Sacudió la cabeza: me parece que la vida está mal apañada, dijo en conclusión. Y, como quien se da al bebida, el domingo fue a distraerse a los puestos del mercado de Sant Antoni y se acercó con disimulo al de Morral; éste le hizo una seña para que lo siguiera. Le enseñó las diez primeras páginas del manuscrito de Renée Mauperin, de los Goncourt, escrito con caligrafía uniforme y pocas correcciones al margen, y que, según me aseguraba Morral, pertenecía a Jules.
—¿Entiende usted de literatura?
—Yo vendo cosas: libros, cromos, manuscritos y chicles Bazooka, a ver si me entiende.
—Pero ¿de dónde coño saca este material?
—¿Los chicles?
Morral, astuto él, no me contó su sistema. El silencio era su seguridad, la garantía de que su intermediación fuera siempre necesaria.
Compré las páginas de los Goncourt. En pocas semanas, como si estuvieran esperándome, encontré manuscritos, páginas sueltas de Orwell, Huxley y Pavese. Adrià las compró todas, a pesar de su reticencia teórica a comprar por comprar. Pero no pudo prescindir el ocho de febrero de no sabía qué año de Il mestiere dei vivere, una hoja suelta que hablaba de la mujer de Guttuso y de la esperanza de vivir con una mujer que te espera, que duerme contigo, te da calor y compañía y te hace vivir, Sara mía, que yo no te tengo ni te tendré nunca. ¿Cómo podía decir que no a esa hoja? Estoy seguro de que Morral notaba mi temblor y, según la intensidad, fijaba el precio. Y estoy convencido de
que es muy difícil resistirse a poseer el manuscrito de textos perturbadores: el papel con las palabras, el trazo, el gesto y la tinta, que es el elemento material en el que se encarna la idea espiritual que acaba convirtiéndose en obra de arte o de pensamiento universal; el texto que se introduce en el lector y lo transforma. Es imposible negarse a ese milagro. Por eso no lo pensé dos veces cuando Morral, actuando de intermediario, me presentó a un hombre, cuyo nombre no me dijeron, que vendía dos poemas de Ungaretti a precios increíbles: Soldati y San Martino del Carso, el poema que habla de un pueblo arrasado por la guerra, no por el paso del tiempo. E' il mió cuore il paese più straziato.
Y el mío también, querido Ungaretti. Qué melancolía, qué pena, qué alegría poder tener el papel en el que el autor convirtió su primera intuición en obra de arte. Y pagué lo que me pidieron casi sin regatear, y entonces Adrià oyó un escupitajo seco en el suelo y miró alrededor.
—Dime, Carson.
—Jau. Yo también quiero hablar.
—Adelante, hablad.
—Tenemos un problema —dijeron los dos a la vez.
—¿Cuál?
—¿No te das cuenta?
—No quiero darme cuenta.
—¿No ves lo que te has gastado en manuscritos en estos últimos años?
—Quiero a Sara y se fue porque la engañaron nuestras madres.
—Eso ya no tiene remedio. Ha rehecho su vida.
—Otro whisky, por favor. Que sea doble.
—¿Sabes cuánto te has gastado?
—No.
Sonó el zumbido de una calculadora de oficina. No sé si la estaba usando el valeroso gran jefe arapaho o el ceñudo vaquero. Unos
segundos de silencio, hasta que me comunicaron la escandalosa cantidad que...
—De acuerdo, de acuerdo, no se repetirá. Ya está. ¿Os parece bien?
—Mire, doctor —dijo Morral otro día—, un Nietzsche.
—¿¿Un Nietzsche??
—Cinco páginas de Die Geburt der Tragödie. Que, por cierto, no sé qué significa.
—El nacimiento de la tragedia.
—Lo sospechaba. —Morral, con un palillo en la boca porque era después de comer.
En lugar de pensar que el título podía ser premonitorio, me pasé una hora larga mirando las cinco hojas atentamente y después, Adrià levantó la cabeza y exclamó pero ¿de dónde coño lo saca? Por primera vez, Morral respondió a la pregunta:
—Contactos.
—Ya. Contactos...
—Sí. Contactos. Si hay compradores, aparecen manuscritos como setas. Sobre todo si se puede garantizar la autenticidad de la mercancía, como nosotros.
—¿Quién es nosotros?
—¿Le interesa o no?
—¿Cuánto?
—Tanto.
—¿Tanto?
—Tanto.
—Caray.
¡Ay, el picorcillo, la comezón en los dedos y en la mente!
—Nietzsche. Las cinco primeras páginas de Die Geburt der Tragödie, que significa la ruptura de la tragedia.
—El nacimiento.
—Es lo que quería decir.
—¿De dónde salen tantas primeras páginas?
—El manuscrito entero sería inalcanzable.
—Significa que alguien los deshoja para... —Horripilado—: ¿Y si quiero más? ¿Si quiero todo el libro?
—Antes tiene que saber el precio. Pero me parece que es mejor empezar con lo que tenemos a mano. ¿Le interesa?
—¡Por supuesto!
—Ya le he dicho el precio.
—Tanto menos tanto.
—No. Tanto.
—Entonces, menos tanto.
—Así podemos empezar a entendernos.
—Jau.
—¡Ahora no, caray!
—¿Cómo dice?
—Nada, nada, cosas mías. ¿Estamos de acuerdo?
Adrià Ardèvol pagó tanto menos tanto y se llevó las cinco primeras páginas de Nietzsche, así como la necesidad imperiosa de volver a hablar con Morral para adquirir el manuscrito completo, si es que realmente lo tenían. Y pensó que tal vez fuera un buen momento para preguntar al señor Sagrera cómo andaba de saldo, para saber si los ayes y los huyes de Carson y de Águila Negra tenían razón de ser. Pero Sagrera le diría que invirtiera, que tenerlo en la cartilla de ahorros era una lástima.
—No sé qué hacer con el dinero.
—Compra pisos.
—¿Pisos?
—Sí. Y pintura. Cuadros, quiero decir.
—Hombre... Yo compro manuscritos.
—¿Qué es eso?
Le enseñaría la colección. El señor Sagrera los examinaría con el ceño fruncido y, tras una profunda reflexión, concluiría esto es muy arriesgado.
—¿Por qué?
—Se puede pudrir, pueden roerlo las ratas o los bichejos plateados que salen en los libros.
—Aquí no hay ratas y de las lepismas se encarga Lola Xica.
—Jau.
—¿Qué?
—Caterina.
—Sí, gracias.
—Insisto: los pisos son bienes sólidos que no se devalúan.
Puesto que Adrià Ardèvol prefería ahorrarse esa conversación, no habló con el señor Sagrera de pisos ni de ratas; tampoco de lo que había gastado en alimento para lepismas.
Unas cuantas noches después volví a llorar, pero no de amor. O sí, de amor. En el buzón de casa encontré una notificación de un tal Calaf, notario de Barcelona, a quien no conocía de nada, y enseguida pensé que tal vez hubieran surgido obstáculos con la venta de la tienda, en relación con alguna cuestión familiar, quizá, porque siempre he
desconfiado de los notarios, aunque ahora el notario soy yo, de una vida que cada vez es menos mía. Qué estaba diciendo..., ah, sí, el notario Calaf, un desconocido que me tuvo media hora esperando sin explicaciones en una salita muy cursi. Con treinta minutos de retraso entró en la salita cursi, no se disculpó por la tardanza, no me miró a los ojos, se acarició la barbita blanca y espesa que tenía y me pidió el carnet de identidad. Me lo devolvió con una actitud que me pareció de desagrado, de decepción.
—La señora Maria Dolors Carrió ha dispuesto que sea usted el depositario de una parte de su herencia.
¿Yo, heredar de Lola Xica? ¿Era millonaria y había trabajado toda la vida de criada, y en una familia como la mía, para colmo? Dios mío.
—¿Y qué es lo que se supone que heredo?
El notario me miró por el rabillo del ojo; seguro que le caí fatal, pero yo todavía tenía el corazón lleno del disgusto de París, de he rehecho mi vida, Adrià, y cerró la puerta, y me daba igual lo que pensara de mí el colegio de notarios al completo. El notario volvió a acariciarse, sacudió la cabeza y, con una voz excesivamente nasal, leyó la escritura que tenía ante sí:
—Un cuadro de un tal Modest Urgell, datado en mil ochocientos noventa y nueve.
Lola Xica, eres más tozuda que yo.
Una vez cumplidos los trámites y pagados los impuestos, Adrià volvió a colgar el tal urgell, el cuadro del monasterio de Santa Maria de Gerri, en la pared que no había querido tapar con ningún otro cuadro ni estantería. La luz del sol de poniente todavía iluminaba con cierta tristeza desde el lado de Trespui. Adrià separó una silla de la mesa del comedor y se sentó en ella. Estuvo largo rato mirando el cuadro, como si quisiera percibir en él el lento movimiento del sol. Al volver del monasterio de Santa Maria de Gerri se echó a llorar.
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