Yo confieso

Jaume Cabre · Capítulo 25 de 60

Páginas del PDF

Yo confieso

Capítulo 25

Quería venir a verme con Tecla. Le dije que sólo disponía de una cama y tal, pero era una bobada, porque podían haber ido al albergue tranquilamente. Y después resultó que no pudo ser, porque a Tecla le llegó de pronto mucho trabajo, aunque después me confesó que en realidad sus padres no habían querido darle permiso para hacer un viaje tan largo con ese muchacho tan altote, tan melenudo y tan tristón. Me alegré de que no se presentase con ella; de lo contrario, no habríamos podido hablar abiertamente, es decir, la envidia habría comido a Adrià hasta dejarlo sin aire y habría dicho pero qué haces con una mujer, si los amigos siempre tienen que ser lo primero; ¿sabes a lo que me refiero, desgraciado? ¡Los amigos! Y lo habría dicho por pputa envidia y desesperación, porque mis dificultades cardíacas con Kornelia llevaban el mismo camino que las que había tenido contigo, querida. Con una ventaja: que conocí el secreto de Kornelia. Los secretos. Y a ti...

Todavía me preguntaba por qué habías huido a París. En resumen: vino solo, con un violín de estudio y muchas ganas de charlar. Me pareció que había crecido otro poco. Me sacaba más de un palmo. Y empezaba a mirar el mundo con un algo menos de impaciencia. Incluso de cuando en cuando esbozaba una sonrisa sin motivo, porque sí, porque la vida.

—¿Estás enamorado?

Entonces la sonrisa se hizo más profunda. Sí, estaba enamorado.

Perdidamente. En cambio yo estaba perdidamente desorientado por una Kornelia que a la menor distracción se iba con otro, porque es la edad de las experiencias. Envidié la sonrisa serena de Bernat. Pero me inquietó un detalle. Cuando se instaló en mi habitación, en la cama plegable, abrió el estuche del violín. El estuche de los violinistas más o menos profesionales no contiene únicamente el instrumento, sino media vida: dos o tres arcos, resina para las cuerdas, alguna foto, partituras en un bolso lateral, juegos de cuerdas y la única reseña publicada en una revista comarcal. Bernat llevaba el violín de estudio, un arco y nada

más. Y una carpeta, sí. Y fue lo primero que abrió: la carpeta. Sacó de ella un texto grapado de cualquier manera y me lo dio. Toma, lee.

—¿Qué es?

—Un relato. Soy escritor.

Lo dijo de una manera que me agobió. En realidad me ha agobiado toda la vida. Con su habitual falta de tacto, pretendía que lo leyera al instante. Lo cogí, miré el título y el grosor y dije esto hay que leerlo con calma, oye.

—Claro, claro. Me voy a dar una vuelta.

—No. Lo leeré por la noche, a la hora de la lectura. Cuéntame cómo es Tecla.

Me dijo que era así y asá, que tenía unos hoyuelos deliciosos en las mejillas, que la había conocido en el conservatorio del Liceu; ella tocaba el piano y él, el primer violín en el quinteto de Schumann.

—Lo más gracioso es que toca el piano y se llama Tecla.

—Lo superará. ¿Toca bien?

Puesto que por su voluntad no habríamos salido de casa, cogí el anorak y dije sígueme, y nos fuimos a la Deutsches Haus, que estaba a rebosar, como siempre; miré de reojo por si veía a Kornelia con alguna de sus experiencias, por eso no presté mucha atención a lo que me decía Bernat, quien, después de pedir lo mismo que yo por si acaso, empezó a decirme te echo de menos porque no quiero ir a estudiar a Europa y...

—Te equivocas.

—Prefiero hacer un viaje interior. Por eso he empezado a escribir.

—Eso es tener la cabeza a pájaros. Te conviene viajar, buscar maestros que te desempolven.

—Esta cosa es asquerosa.

—No: es Sauerkraut.

—¿Cómo?

—Chucrut. Al final se acostumbra uno.

Ni rastro de Kornelia, de momento. A media salchicha ya estaba más tranquilo y casi ni pensaba en ella.

—Quiero dejar el violín —dijo, para provocarme, me parece.

—Te lo prohíbo.

—¿Esperas a alguien?

—No, ¿por qué?

—Bueno, es que estás..., no sé, como si esperases a alguien.

—¿Por qué dices que quieres dejar el violín?

—¿Por qué lo dejaste tú?

—Ya lo sabes. No sé tocar.

—Yo tampoco: no sé si lo recuerdas: me falta alma.

—Ponte a estudiar y la encontrarás. Vete a clase con Kremmer, o con el otro, Perlmann. O procura que te oiga Stern. Caray, chico: Europa está llena de grandes profesores a los que no conocemos. Pon toda la carne en el asador, quémate. O vete a América.

—No tengo futuro como solista.

—Tonterías.

—Calla, que no me entiendes. No puedo hacer más de lo que hago.

—De acuerdo. Pues puedes ser un violinista de orquesta más que correcto.

—Todavía quiero comerme el mundo.

—Tú decides: o te la juegas o no. Y el mundo puedes comértelo desde el atril.

—No. Estoy perdiendo la ilusión.

—¿Y cuando tocas cámara? ¿No eres feliz?

Bernat dudó un poquito, vaciló, miró a la pared. Lo dejé con su vacilación porque en ese momento entró Kornelia del brazo de una nueva experiencia y yo creí que me deshacía; la seguí con la mirada.

Fingió que no me veía y se sentaron detrás de mí. Se hizo un vacío horroroso a mi espalda.

—Puede.

—¿Qué?

Bernat me miró sin comprender. Con paciencia:

—Puede que lo sea un poco cuando toco cámara.

En esos momentos, la música de cámara de Bernat me importaba un pito. Lo primero era el vacío, el picor de la espalda. Y me volví fingiendo que buscaba a la camarera rubia. Kornelia consultaba la lista de salchichas de la carta y se reía al mismo tiempo. La experiencia lucía un bigote asombroso, totalmente detestable y fuera de lugar.

Diametralmente opuesto al secreto alto y rubio de hacía diez días.

—¿Qué te pasa?

—¿A mí? ¿Qué quieres que me pase?

—No sé. Estás como...

Entonces Adrià sonrió a la camarera, que pasaba por allí, le pidió un poco de pan, miró a Bernat y dijo dime, dime, perdona, es que estaba...

—Pues que cuando toco música de cámara a lo mejor sí que...

—¿Lo ves? ¿Y si haces la integral de Beethoven con Tecla?

El picorcillo de la espalda era tan intenso que no sabía si decía tonterías o no.

—Sí, podría, pero ¿y qué? ¿Quién nos contrataría para tocarla en una sala? ¿O para grabarla en una docena de elepés? ¿Eh?

—Hombre..., sólo por hacerlo... Perdona un momento.

Me levanté y fui hacia el lavabo. Pasé por delante de Kornelia y su experiencia, la miré, ella levantó la cabeza, me vio, dijo hola y siguió

mirando la carta de salchichas. Hola. Como si fuese lo más normal, después de haberme jurado amor eterno, o casi, y de haber yacido conmigo, se busca una experiencia y cuando nos encontramos me dice hola y sigue mirando la carta de salchichas. Estuve a punto de soltar este bratwurst que tengo aquí es muy bueno, señorita. De camino a los servicios oí decir a la experiencia, con un acento bávaro que tiraba para atrás, ¿quién es ese tío del bratwurst? Me perdí la respuesta de Kornelia porque me retiré hacia los lavabos para dar paso a unas camareras con bandejas llenas.

Tuvimos que saltar unas rejas puntiagudas para poder pasear de noche por el cementerio. Hacía mucho frío, pero nos convenía a ambos porque habíamos bebido como cosacos, él, sin dejar de pensar en la música de cámara y yo, conociendo a experiencias nuevas. Le conté cosas de las clases de hebreo, de las materias de filosofía que intercalaba con las de filología y de mi decisión de pasarme la vida estudiando; si puedo asistir a las clases de la universidad, fantástico; en caso contrario, seré erudito por mi cuenta.

—¿Y con qué vas a ganarte la vida? Si es que tienes que ganártela.

—Siempre habrá un plato caliente para mí en tu mesa.

—¿Cuántas lenguas hablas?

—Tú no dejes el violín.

—Me falta el canto de un duro.

—¿Y por qué lo has traído?

—Para hacer digitación. El domingo toco en casa de Tecla.

—Bien, ¿no?

—¡Huy, sí, apasionante! Pero tengo que impresionar a sus padres.

—¿Qué vais a tocar?

—César Franck.

Estoy seguro de que los dos nos pasamos el minuto siguiente rememorando el inicio de la sonata de Franck, un diálogo muy elegante entre los dos instrumentos, que no era más que la introducción a grandes placeres.

—Siento haber abandonado el violín —dije yo.

—A buenas horas, mariconazo.

—Lo digo porque no quiero que te arrepientas dentro de unos meses y me maldigas por no haberte avisado.

—Me parece que quiero ser escritor.

—Me parece muy bien que escribas. Pero no hace falta que renuncies a...

—¡Deja de hacerte el paternalista, hostia!

—Vete a la mierda.

—¿Sabes algo de Sara?

Seguimos andando en silencio hasta el final de la calle, hasta la tumba de Franz Grübbe. Comprendí que había hecho bien en no decirle nada de Kornelia y de mis sufrimientos. En esa época me dio por tener en cuenta la imagen que proyecto al exterior.

Bernat repitió la pregunta sólo con la mirada y no insistió. Me lloraban los ojos porque hacía un frío que cortaba.

—¿Por qué no volvemos? —dije.

—¿Quién era ese Grübbe?

Adrià miró pensativamente la gruesa cruz. Franz Grübbe, 1918-1943. Lothar Grübbe, con mano temblorosa e indignadamente, apartó una rama de zarzal que alguien había dejado allí como un insulto. Se arañó con ella y no pudo pensar en la rosa silvestre de Schubert porque hacía tiempo que la fatalidad se había apoderado de sus pensamientos.

Con ternura depositó un ramo de rosas blancas como el alma de su hijo.

—Te buscas la perdición —le dijo Herta, que, sin embargo, había querido acompañarle—. Estas flores gritan.

—No tengo nada que perder. —Se incorporó—. Al contrario: he ganado el premio de un hijo héroe, valiente y mártir.

Miró alrededor. El aliento formó una nube densa. Sabía que al anochecer las rosas blancas, además de ser un grito de rebeldía, ya estarían congeladas. Pero hacía prácticamente un mes que habían enterrado a Franz y había prometido a Anna que le llevaría flores el decimosexto día de cada mes hasta que no pudiese andar. Era lo mínimo que podía hacer por su hijo, el héroe, el valiente, el mártir.

—¿Era un personaje importante este Grübbe?

—¿Qué?

—¿Por qué te paras aquí?

—Franz Grübbe, mil novecientos dieciocho, mil novecientos cuarenta y tres.

—¿Quién era?

—Ni idea.

—Hostia, qué frío hace en Tübingen. ¿Siempre es así?

Lothar Grübbe vivía silencioso y enfurruñado desde la llegada de Hitler al poder y hacía gala de su enfurruñamiento silencioso ante sus vecinos, quienes hacían como si no se dieran cuenta del enfurruñamiento de Lothar Grübbe, pero decían este hombre se va a complicar la vida; y él, enfurruñado, hablaba con su Anna mientras paseaba, solitario, por el parque, y le decía no puede ser que nadie se rebele, no puede ser. Y cuando Franz volvió de la universidad, donde perdía el tiempo estudiando leyes que serían abolidas por el Nuevo Orden, se le hundió el mundo porque su Franz, con los ojos brillantes de emoción, le dijo papá, siguiendo las indicaciones y los deseos del Führer, acabo de solicitar el ingreso en las SS y es muy probable que me acepten, porque he podido comprobar que estamos limpios hasta cinco o seis generaciones. Y Lothar, perplejo, desconcertado, dijo qué te han hecho, hijo mío, cómo es posible que...

—Padre, Iniciamos Una Nueva Era De Fuerza, Energía, Luz Y

Futuro. Etcétera, Padre. Quiero que te alegres por ello.

Lothar lloró ante su entusiasmado hijo y éste le afeó la debilidad de las lágrimas. Por la noche se lo contó a su Anna y le dijo perdona, Anna, es culpa mía, es culpa mía por haberle permitido ir a estudiar fuera de casa; nos lo han infectado de fascismo, Anna querida. Y Lothar Grübbe tuvo mucho tiempo para llorar porque, un mal día, el joven Franz, ausente otra vez, por no enfrentarse a la mirada reprobadora de su padre, se limitó a mandarle un telegrama entusiasta que decía La Tercera Compañía De Las Waffen-SS De No Sé Qué Narices De No Sé Qué Más, Papá, Parte Con Destino Al Frente Del Sur, Stop. Por Fin Puedo Ofrecer La Vida A Mi Führer, Stop. No Llores Por Mí Si Se Diese El Caso. Stop. Viviré Eternamente En El Walhalla. Stop. Y

Lothar lloró y se dijo que lo guardaría en secreto y esa noche no contó a Anna que había recibido un Telegrama de Franz Cargado De Aborrecibles Mayúsculas.

Drago Gradnik tuvo que inclinar hacia delante su inmenso corpachón para oír la vocecilla anémica del encargado de la estafeta de Jesenice, cerca del Sava Dolinka, que bajaba muy crecido por el deshielo primaveral.

—¿Qué dice?

—Esta carta no llegará a destino.

—¿Por qué? —voz de trueno.

El abuelo de correos se puso las gafas y leyó en voz alta: Fèlix Ardèvol, 283 Valencia ulica, Barcelona, Spanija. Y volvió a poner la carta a disposición del gigante.

—Se perderá por el camino, capitán. Todas las cartas de la saca van con destino a Ljubljana exclusivamente.

—Soy sargento.

—Es igual, da lo mismo, se perderá de todos modos. Estamos en guerra. ¿Acaso no se ha enterado?

Gradnik, contra su costumbre, hizo un gesto amenazador al funcionario y, con la voz más profunda y desagradable de su repertorio, dijo lama usted un sello de cincuenta para, péguelo en el sobre, póngale un tampón, meta la carta en la saca que tengo que llevarme y déjela volar. ¿Me ha entendido?

A pesar de las voces que lo reclamaban desde fuera, Gradnik esperó a que el hombre, ofendido, en silencio, cumpliese las órdenes del partisano carcamal. Y cuando acabó, depositó el sobre dentro de la saca, poco cargada de correspondencia con destino a Ljubljana. El sargento gigante la cogió y salió al sol de la calle. Diez hombres impacientes lo llamaban desde el camión y, nada más verlo salir, pusieron el motor en marcha. En la caja del camión había otras seis o siete sacas semejantes; Vlado Vladic, tumbado, fumaba y miraba el reloj y dijo joder, que sólo era retirar la saca, sargento.

El camión, con las sacas de correos y una quincena de partisanos, no pudo arrancar. Insólitamente, un Citroen se detuvo frente a él; se apearon tres partisanos y pusieron al corriente a sus camaradas: ese Domingo de Ramos, el día en que Croacia y Eslovenia conmemoran la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén a lomos de un borrico, tres compañías de la SS División Reich optaron por emular al Hijo de Dios y entraron triunfalmente en Eslovenia, pero motorizados, en tanto la Luftwaffe destruía el centro de Belgrado y el gobierno real, con el rey en primera línea, huía por piernas, camaradas. Es la hora de dar la vida por la libertad. Iréis a Kranjska Gora a frenar a la división Waffen SS. Y

Drago Gradnik pensó me ha llegado la hora de la muerte, bendito sea el Señor. Moriré en Kranjska Gora intentando frenar a una imparable división Waffen SS. Y, como había hecho toda su vida, no se lamentó.

Supo que se equivocaba desde el momento en que colgó la sotana, se puso en contacto con el comando de partisanos que actuaba en su barrio y se ofreció voluntario por el país, pero no podía hacer otra cosa, pues tenía el mal delante de las narices, ya fuese en forma de ustachas de Pavelic o de las SS del diablo, y las teologías debían ceder el paso a

lastimosas necesidades urgentes. Llegaron a Kranjska Gora sin encontrarse con ningún demonio y, de un modo u otro, todos pensaban que tal vez la información no fuera exacta; pero al salir por la carretera de Borovska, un comandante sin estrellas, con acento croata y barba de veinte días, les dijo ha llegado la hora de la verdad; luchamos a muerte contra el nazismo; sois el ejército de partisanos por la libertad y contra el fascismo. No seáis compasivos con el enemigo como él no lo ha sido con ningún enemigo ni lo será con nosotros. Drago Gradnik habría añadido por los siglos de los siglos amén, pero se contuvo, porque el comandante sin estrellas siguió precisando con claridad cómo debía actuar cada nido de defensa. Gradnik tuvo tiempo para pensar en que, por primera vez en la vida, sin escapatoria posible, tendría que matar.

—Hala, a toda leche hacia las colinas. ¡Y mucha suerte!

El grueso de la fuerza, con ametralladoras, bombas de mano y morteros, ocupaba los lugares seguros. Los tiradores debían apostarse en las cimas, como las águilas. Los doce tiradores se distribuyeron ágilmente —excepto el padre Gradnik, que resollaba como una ballena

— en los puestos de defensa, cada uno con su fusil y trece cargadores solamente. Y si se acaban las balas, tirad piedras; y si se acercan, estranguladlos, pero que no entren en el pueblo. Tener buena puntería significaba recibir un Nagant con mira telescópica. Y también significaba mirar, seguir, observar y relacionarse con el objetivo al que, finalmente, había que aniquilar.

Cuando estaba a punto de ahogarse en su propio aliento, una mano lo ayudó a superar el escalón final. Era Vlado Vladic, que ya estaba tumbado en tierra, apuntando hacia el recodo solitario de la carretera; le dijo sargento, hay que mantenerse en forma. Desde lo alto de la colina se oían las oropéndolas, que, asustadas, volaban sobre ellos como si quisieran delatarlos a los alemanes. Pasaron un par de minutos en silencio, mientras Gradnik recuperaba el aliento.

—¿Qué hacía antes de la guerra, sargento? —preguntó el partisano serbio en un esloveno horroroso.

—Era panadero.

—Y un huevo. Usted era cura.

—Si lo sabes ¿por qué me lo preguntas?

—Quiero confesarme, padre.

—Estoy en guerra. No soy sacerdote.

—Lo es.

—No. He pecado contra la esperanza. Soy yo quien debería confesarse. Colgué la...

Enmudeció de repente: por un recodo solitario asomó una tanqueta, seguida de dos, cuatro, ocho, diez, doce, joder, Dios mío. Veinte, treinta o mil vehículos blindados llenos de soldados. Y detrás, unas tres o cuatro compañías de a pie muy nutridas. Las oropéndolas seguían alborotando, indiferentes al odio y al miedo.

—Padre, cuando empiece el follón, usted, al teniente de la derecha y yo, al de la izquierda. No pierda de vista al suyo.

—¿El más alto y delgado?

—Ajá. Haga como yo.

Eso era rondar a la muerte, pensó Gradnik con el corazón en un puño.

Después del último vehículo, el joven SS-Obersturmführer Franz Grübbe, al frente de su sección, proyectaba la mirada hacia las colinas de la izquierda, sobre las que revoloteaban unos pájaros que no había visto nunca. No miraba a la altura por avistar enemigos, sino que se imaginaba el Momento De Gloria En Que Toda Europa Sería Guiada Por Nuestro Führer Clarividente Y Alemania Se Convertiría En El Modelo De Sociedad Ideal En El Que Se Mirarían Los Pueblos Inferiores. Precisamente en la colina de la izquierda, casi frente a las primeras casas de Kranjska Gora, cien partisanos confundidos entre el paisaje aguardaban la señal del comandante croata; la señal convenida

era el primer disparo de las ametralladoras contra los vehículos. Y

Drago Gradnik, nacido en Ljubljana el treinta de agosto de mil ochocientos noventa y cinco, alumno del colegio de los jesuítas de la ciudad, que decidió consagrar su vida a Dios e ingresó, ardiente de devoción, en el seminario diocesano de Viena y que, habida cuenta de su capacidad intelectual, fue elegido para cursar Teología en la Pontificia Università Gregoriana, así como exégesis bíblica en el Pontificio Istituto Bíblico, considerando que su destino era llevar a cabo grandes proyectos en el seno de la Santa Madre Iglesia, durante un larguísimo minuto tuvo en el punto de mira de su escopeta al repugnante joven oficial de las SS que miraba hacia arriba con orgullo de vencedor al tiempo que abría el paso de la ¿compañía?, ¿sección?,

¿patrulla?, que era preciso detener.

Y empezó el follón. Por unos momentos pareció que los soldados se sorprendían al encontrar resistencia inesperadamente tan lejos de Ljubljana. Gradnik seguía fríamente los movimientos de su víctima con la mira telescópica y pensó si aprietas el gatillo, Drago, ya no tendrás derecho a entrar en el Paraíso. Estás conviviendo con el hombre al que finalmente tienes que matar. El sudor quiso nublarle la vista, pero él se negó a quedarse ciego. Había tomado una determinación y debía mantener a la víctima en el visor telescópico. Por último, todos los soldados cargaron armas, pero no sabían exactamente hacia dónde apuntar. De todos modos, serían los vehículos blindados y sus ocupantes quienes se llevarían la peor parte.

—¡Ahora, padre!

Dispararon a la vez. Gradnik tenía a su oficial de cara, con el fusil a punto, mirando sin saber hacia dónde disparar. El oficial de las SS se apoyó contra la pared de un terraplén y de repente dejó caer el fusil, inmóvil, indiferente a todo lo que pasaba, con la cara súbitamente teñida de sangre. El joven SS-Obersturmführer Franz Grübbe no tuvo tiempo de pensar en La Gloria Del Combate, ni en el Nuevo Orden ni en el Mañana Esplendoroso que brindaba a los supervivientes con su muerte, porque le habían volado media cabeza y no podía pensar en pájaros desconocidos ni de dónde venían los disparos. En ese momento

Gradnik reconoció que no importaba cerrarse las puertas del Paraíso, porque estaba haciendo lo que debía. Cargó el Nagant. Con la mira telescópica barrió las filas enemigas. Un sargento de las SS daba órdenes a gritos para reorganizarlos. Le apuntó al cuello para que dejase de gritar y disparó. Y fríamente, sin perder los nervios, volvió a cargar y aún abatió a unos cuantos suboficiales más.

Antes de ponerse el sol, la columna de las Waffen-SS se batió en retirada abandonando a los muertos y la chatarra de los vehículos. Los partisanos bajaron como buitres a rebuscar entre los cadáveres. De vez en cuando se oía el estallido glacial de la pistola del comandante sin uniforme, que remataba a los heridos con un rictus de dureza en los labios.

Siguiendo órdenes estrictas, los partisanos supervivientes debían registrar los cadáveres y recoger armas, municiones, botas y chaquetas de piel. Como impelido por una fuerza misteriosa, Drago Gradnik fue al encuentro de su primer muerto. Era un joven de cara bondadosa y ojos cubiertos de sangre que miraba al frente, apoyado aún en la pared, con el casco destrozado y la cara roja. No le había dado la menor posibilidad. Perdona, hijo, le dijo. Y entonces vio a Vlado Vladic, que, junto con dos compañeros, recogía placas de identificación; lo hacían siempre que podían, para dificultar las labores de identificación de los enemigos. Al llegar a su muerto, le arrancó la chapa sin contemplaciones. Gradnik reaccionó:

—¡Espera! ¡Dámela!

—Padre, tenemos que...

—¡He dicho que me la des!

Vladic se encogió de hombros y le entregó la placa.

—Su primer muerto, ¿verdad?

Y prosiguió con su trabajo. Drago Gradnik miró la placa. Franz Grübbe. El primer hombre al que había matado se llamaba Franz Grübbe, un joven SS-Obersturmführer rubio y probablemente con los ojos azules. Se imaginó un momento yendo a ver a la viuda o a los

padres del muerto para ofrecerles consuelo y decirles, de rodillas, lo hice yo, fui yo, confíteor. Y se guardó la chapa en el bolsillo.

Todavía ante la tumba, me encogí de hombros y repetí oye, vamonos, hace un frío que pela. Y Bernat, como quieras, tú mandas, tú has mandado siempre en mi vida.

—Vete a la mierda.

Estábamos tan tiesos de frío que saltar la verja del cementerio para salir al mundo me costó un desgarrón en los pantalones. Dejamos a los muertos solos, helados, a oscuras con sus historias eternas.

No leí el escrito de Bernat; él se durmió en cuanto puso la cabeza en la almohada, debía de estar reventado del viaje. Mientras esperaba a que me entrase sueño, preferí pensar en el choque de culturas durante el declive del Imperio romano y me imaginé si sería posible en la Europa actual. Pero, de pronto, Kornelia y Sara entraron en mis felices pensamientos y me entristecí profundamente. Y no tienes valor para contárselo a tu mejor amigo.

Al final ganó la opción Bebenhausen porque Adrià tenía el día muy histórico y...

—No, el día no: la vida entera. Para ti todo es historia.

—Querrás decir la historia de cualquier cosa, porque nos cuenta el estado presente de la cosa cualquiera. Y hoy tengo el día histórico, conque vamos a Bebenhausen porque, según tú, siempre he mandado yo.

Hacía un frío inimaginable. Enfrente de la facultad, los pobres árboles de Wilhelmstrasse, desnudos de hojas, aguantaban el tipo con paciencia, sabiendo que llegarían tiempos mejores.

—Yo no podría vivir aquí. Se me helarían las manos y no podría tocar...

—¿Y qué más da? Si vas a dejarlo, puedes quedarte a vivir aquí.

—¿Te he contado cómo es Tecla?

—Sí. —Echó a correr—. ¡Vamos, ahí llega el autobús!

En el autobús hacía tanto frío como fuera, pero la gente se desabrochaba el cuello del abrigo. Bernat empezó a decir tiene unos hoyuelos en las mejillas que parecen...

—Que parecen ombligos, ya me lo has dicho.

—Oye, si no quieres que...

—¿No tienes ninguna foto?

—Ah, pues no. No se me ha ocurrido.

Lo cierto era que Bernat no tenía fotos de Tecla porque aún no le había hecho ninguna, porque aún no tenía cámara y porque Tecla no tenía ninguna para dejarle, pero a mí me da igual porque no me canso de describirla.

—Yo sí, de oírte.

—No sé por qué hablo contigo, con lo antipático que eres.

Adrià abrió la cartera que formaba parte de sí mismo, sacó unas hojas y se las enseñó.

—Porque leo tus debilidades.

—Ahí va, ¿ya lo has leído?

—Todavía no.

Adrià leyó el título y no pasó la página. Bernat lo observaba de reojo. Ninguno de los dos se percató de que la recta carretera entraba en un valle, flanqueada por bosques de abetos espolvoreados de blanco.

Pasaron dos minutos eternos durante los cuales Bernat pensó que si tardaba tanto en leer sólo el título, es que... a lo mejor le sugiere cosas; a lo mejor lo transporta, como a mí cuando lo escribí en la primera página. Pero Adrià miraba las cinco palabras del título pensando no sé por qué no voy y le digo Kornelia, cortemos y se acabó. Te has portado como una guarra, ¿sabes?, y a partir de ahora me concentraré en añorar a Sara; y sabía que lo que pensaba era mentira porque cuando se

encontrase con Kornelia se desharía, abriría la boca y haría lo que quisiera ella, aunque fuese dar media vuelta porque esperaba a una nueva experiencia, Dios mío, por qué soy tan calzonazos.

—¿Te gusta? Es bueno, ¿no?

Adrià retornó de su mundo. Se levantó sobresaltado.

—¡Oye, que es aquí!

Se apearon en la parada de la carretera. Ante ellos, el pueblo helado de Bebenhausen. Una mujer de pelo blanco bajó al mismo tiempo y les sonrió. Adrià tuvo la ocurrencia repentina de pedirle que les hiciera una foto con esta máquina, ¿ve usted? La mujer dejó el capazo en el suelo, cogió la máquina y dijo naturalmente, ¿dónde hay que apretar?

—Aquí. Muy amable, señora.

Los dos amigos se pusieron de manera que se viese el pueblo cubierto por la fina capa de hielo que lo hacía tan inhóspito. La mujer disparó y dijo ya está. Adrià se hizo cargo de la máquina y del capazo.

Con un gesto, indicó a la mujer que echase a andar, que el capazo se lo llevaba él. Iniciaron los tres la subida de una rampa que desembocaba en unas casas.

—Cuidado —dijo la mujer—, el asfalto helado es traidor.

—¿Qué ha dicho? —Bernat, todo oídos.

En ese momento resbaló al dar un paso y se cayó de culo en medio de la rampa.

—Eso —dijo Adrià, y rompió a reír.

Bernat se levantó, humillado, masculló un juramento y no tuvo más remedio que poner buena cara. Al coronar la cuesta, Adrià devolvió el capazo a la señora.

—¿Turistas?

—Estudiantes.

Él le dio la mano y dijo Adrià Ardèvol. Encantado.

—Herta —dijo la mujer. Y se alejó, con el capazo en una mano y sin resbalar ni por recomendación.

Hacía más frío que en Tübingen, un frío indecente. El claustro, tranquilo y silencioso mientras esperaban a que diesen las diez en punto para la visita guiada. Los demás visitantes aguardaban en el vestíbulo, más resguardados. Pisaron el hielo todavía virgen de la helada nocturna.

—Qué preciosidad —dijo Bernat, admirado.

—Me gusta mucho este sitio. He venido seis o siete veces, en primavera, en verano, en otoño... Es relajante.

Bernat respiró con satisfacción y dijo no se puede no creer al ver la belleza y la paz de este claustro.

—Los que vivían aquí adoraban a un Dios vengativo y rencoroso.

—Un poco de respeto.

—Lo digo con resentimiento, Bernat; no bromeo.

En silencio, sólo se oía el hielo que resquebrajaban a cada paso. Los pájaros no tenían interés en congelarse. Bernat respiró hondo y sacó una nube tan espesa como una locomotora. Adrià reanudó la conversación:

—El Dios cristiano es rencoroso y vengativo. Si cometes una falta y no te arrepientes, te castiga con el infierno eterno. Me parece una reacción tan desproporcionada, que no quiero tener trato con semejante Dios.

—Pero...

—Pero qué.

—Es el Dios del amor.

—Y un cuerno: si has faltado a misa o has robado al vecino, te asas en el infierno. No veo el amor por ningún sitio.

—Eso es una visión parcial.

—No te digo que no; no soy especialista. —Se detuvo en seco—.

Hay cosas que me consumen más.

—¿Como qué?

—El mal.

—¿Qué?

—El mal. ¿Por qué lo permite, tu Dios? No lo evita, sencillamente castiga al malvado con el fuego eterno. ¿Por qué no lo evita? ¿Hay respuesta para eso?

—No... Bueno... Dios respeta la libertad humana.

—Eso te lo han hecho creer los astutos sacerdotes; para ellos también es inexplicable la dejadez de Dios en el cumplimiento de sus funciones en lo tocante al mal.

—El malvado será castigado.

—Pues qué bien: después de haber cometido todos los disparates.

—Yo no lo sé, Adrià, coño; no se puede hablar contigo. No tengo argumentos, ya lo sabes... Soy creyente y punto.

—Perdona; no quería..., pero eres tú quien ha sacado el tema.

Se abrió una puerta y un grupo reducido de exploradores, capitaneados por el guía, se dispuso a emprender la visita.

—El monasterio de Bebenhausen, cuya visita comenzamos, fue fundado por Rudolf I de Tübingen en mil ciento ochenta y secularizado en mil ochocientos seis.

—¿Qué significa secularizado? —preguntó una mujer que llevaba un abrigo granate y gafas muy gruesas con montura de plástico.

—Digamos que dejó de usarse como monasterio. —A continuación el guía les hizo la pelota con elegancia diciendo que eran personas

cultas por preferir la arquitectura del doce y el trece a la copita de schnapps o a la cerveza. Después les contó que en diversas etapas del siglo veinte había servido para celebrar reuniones de distintas entidades políticas locales y regionales hasta que, gracias a un reciente acuerdo del gobierno federal, se prevé su total rehabilitación, para que los visitantes puedan observar con fidelidad el aspecto que tenía cuando era monasterio y daba cobijo a una nutrida comunidad de monjes cistercienses—. Este verano empiezan las obras de rehabilitación.

Ahora, si tienen la bondad de seguirme, vamos a entrar en lo que fue la iglesia del monasterio. Cuidado con las escaleras. Ojo. Agárrese aquí, señora, que si se parte usted una pierna se perderá mis magníficas explicaciones. —Y el noventa por ciento del grupo sonrió.

Los visitantes, muertos de frío, entraron en la iglesia y tomaron muchas precauciones con las escaleras. Una vez en el interior, Bernat se dio cuenta de que entre los nueve ateridos visitantes no se encontraba Adrià. Mientras el guía de pelo blanco decía esta iglesia, que conserva todavía muchos elementos del gótico tardío, como por ejemplo esta bóveda que se alza sobre nuestras cabezas, Bernat salió de la iglesia y regresó al claustro. Lo vio sentado en una piedra cubierta de nieve, de espaldas, leyendo..., sí, ¡leyendo sus páginas! Lo observó con ansiedad.

Lamentó no tener una máquina fotográfica, porque no habría dudado en inmortalizar el momento en que Adrià, su mentor espiritual e intelectual, la persona en quien más confiaba y de quien más desconfiaba en la vida, leía, absorto, las ficciones que él había creado de la nada. Se supo importante un momento y dejó de notar el frío. Volvió al interior de la iglesia. El grupo ya estaba bajo una ventana que mostraba desperfectos producidos por no pudo saber qué causa y entonces uno de los congelados turistas preguntó cuántos monjes vivían aquí, en los tiempos de esplendor.

—Durante el siglo quince, hasta un centenar —contestó el guía.

Como las páginas de mi relato, pensó Bernat. Y se imaginó que su amigo iría ya por la dieciséis, cuando Elisa dice que la única opción que le queda es huir de casa.

—Pero ¿adonde vas a ir, criatura? —se estremeció Amadeu.

—No me llames criatura —se indignó Elisa, echándose atrás la melena con un gesto seco.

Cuando se enfadaba, se le dibujaban unos hoyuelos en las mejillas que parecían pequeños ombligos; Amadeu los veía y, al mirarlos, perdía el habla y se le iba el santo al cielo.

—¿Cómo dice?

—Que no puede quedarse aquí solo. Debe seguir con el grupo.

—Por supuesto —dijo Bernat levantando los brazos en señal de inocencia, y abandonó a sus personajes a la lectura atenta de Adrià. Se colocó al final del grupo, que empezaba a bajar unos peldaños y tengan cuidado con las escaleras, que con esta temperatura son traidoras. Adrià seguía en el claustro, leyendo, ajeno al frío que hacía y, por unos momentos, Bernat fue el hombre más feliz del mundo.

Optó por volver a pagar y repetir el itinerario con un nuevo grupo de gente que tenía cara de frío. En el claustro, Adrià leía inmóvil, sin levantar la cabeza. ¿Y si se había quedado congelado?, se estremeció Bernat. No se dio cuenta de que lo que más lo entristecía, si Adrià se congelaba, era que no habría acabado de leer su relato. Pero lo miró de reojo mientras oía decir al guía que el monasterio de Bebenhausen, cuya visita comenzamos, fue fundado por Rudolf I de Tübingen en mil ciento ochenta y secularizado en mil ochocientos seis.

—¿Qué significa secularizado? —preguntó un hombre joven, alto y delgado, embutido en un anorak azul eléctrico.

—Digamos que dejó de usarse como monasterio. —A continuación el guía les hizo la pelota con elegancia diciendo que eran personas cultas por preferir la arquitectura del doce y el trece a la copita de schnaps o a la cerveza. Después les contó que en diversas etapas del siglo veinte había servido para celebrar reuniones de diversas entidades políticas locales y regionales hasta que, gracias a un reciente acuerdo del gobierno federal, se prevé su total rehabilitación, para que los visitantes

puedan observar con fidelidad el aspecto que tenía cuando era monasterio y daba cobijo a una nutrida comunidad de monjes cistercienses—. Este verano empiezan las obras de rehabilitación.

Ahora, si tienen la bondad de seguirme, vamos a entrar en lo que fue la iglesia del monasterio. Cuidado con las escaleras. Ojo. Agárrese aquí, señora, que si se parte usted una pierna se perderá mis magníficas explicaciones. —Y el noventa por ciento del grupo sonrió. Bernat oyó al hombre decir esta iglesia, que conserva todavía muchos elementos del gótico tardío, como por ejemplo esta bóveda que se alza sobre nuestras cabezas, pero desde la puerta, porque volvió furtivamente atrás, al claustro, y se escondió detrás de una columna. No: Adrià no se había congelado, estaba pasando una página, le dio un escalofrío y volvió a concentrarse. Página cuarenta o cuarenta y cinco, calculó Bernat. Adrià leía haciendo esfuerzos para que ni Sara ni Kornelia se convirtiesen en Elisa y no quería moverse de allí a pesar del frío. Cuarenta o cuarenta y cinco, en el momento en que Elisa emprende la subida del Cantó en bicicleta agitando la melena; ahora que lo pienso, si es cuesta arriba, no puede ir agitando la melena, bastante tendrá con pedalear. Debo revisarlo. Si fuese cuesta abajo, todavía. Pues lo convertiré en la bajada del Cantó. Ya está, la bajada del Cantó y agitando la melena. Debe de gustarle, porque ni siquiera nota el frío. Procurando no hacer ruido al andar, volvió con el grupo, que en esos momentos levantaba la cabeza como un solo hombre para contemplar los artesonados, que son una maravilla de marquetería, y una mujer de pelo del color de la paja dijo wunderbar y miró a Bernat como si le pidiese un posicionamiento estético. Bernat, más que pletórico de emoción, asintió con la cabeza tres o cuatro veces, pero no se atrevió a decir wunderbar porque enseguida se habría notado que no era alemán y no quería delatarse. Al menos, no hasta que Adrià le dijera qué le parecía y él se pusiera a saltar y a chillar, loco de alegría. La mujer del pelo del color de la paja se dio por satisfecha con el ambiguo gesto de Bernat y dijo wunderbar, pero más bajito, sólo para sí.

En la cuarta visita al claustro, el cicerone, que hacía rato que miraba a Bernat con desconfianza, se acercó y lo miró a los ojos como para averiguar si ese turista mudo y solitario le estaba tomando el pelo o era

víctima entusiasta de los encantos del monasterio de Bebenhausen; o tal vez de sus explicaciones. Bernat miró con entusiasmo el díptico, arrugado por el nerviosismo, y el guía meneó la cabeza, chascó la lengua y dijo el monasterio de Bebenhausen, cuya visita comenzamos, fue fundado por Rudolf I de Tübingen en mil ciento ochenta y secularizado en mil ochocientos seis.

—Wunderbar. ¿Qué significa secularizado? —preguntó una mujer joven, guapa, abrigada como un esquimal y con la nariz enrojecida por el frío.

Cuando salieron del claustro, después de haber admirado el artesonado del techo, Bernat, escondido entre los carámbanos de hielo que eran los visitantes, comprobó que debía de ir por la página ochenta y Elisa ya habría vaciado el estanque y habría dejado morir a los doce peces rojos en la emotiva escena en que decide castigar a los dos chavales, pero no físicamente, sino en el sentimiento, dejándolos sin peces. Y eso era la preparación para el inesperado final del que estaba especial y humildemente orgulloso.

No había más grupos. Bernat se quedó en el claustro, mirando descaradamente a Adrià, quien en ese momento pasaba la página ciento tres, doblaba las hojas y se quedaba un rato mirando el helado seto de boj que tenía enfrente. De pronto se levantó y entonces vi a Bernat, que me miraba como si fuera yo una aparición, con cara rara, y me dijo creía que te habías congelado. Salimos en silencio y Bernat preguntó tímidamente si quería hacer el circuito guiado, pero le dije que no hacía falta, que me lo sabía de memoria.

—Yo también —respondió.

Cuando salimos dije que era necesario tomar un té muy caliente con urgencia.

—Bueno, ¿qué?

Adrià miró a su amigo sin comprender y éste señaló con la barbilla el paquete de hojas que llevaba su amigo en la mano enguantada.

Pasaron ocho o diez o mil segundos angustiosos de silencio. Entonces Adrià, sin mirar a Bernat a los ojos, dijo es muy malo, malísimo. No tiene alma; las emociones no son creíbles, ninguna. No sé por qué, pero me parece muy malo. Ni sé quién es Amadeu; y lo peor es que me importa un pimiento, por no hablar de Elisa.

—Lo dices en broma. —Bernat, pálido como mi madre cuando me dijo tu padre se ha ido al cielo.

—No. Me pregunto por qué te empecinas en escribir si con la música...

—Qué hijo de puta eres.

—No habérmelo dado a leer.

Al día siguiente, en el autobús que los llevaba a la estación de Stuttgart, porque había pasado algo con el tren de Tübingen, cada uno miraba su paisaje, Bernat, sumido en un hostil silencio tozudo y con la misma cara de perro que procuraba no cambiar desde la instructiva visita al monasterio de Bebenhausen.

—Un día me dijiste que a los amigos íntimos no se los engaña, acuérdate, Bernat. O sea que deja de hacerte el ofendido, hostia.

Lo dijo en voz alta, porque hablar en catalán en un autobús que va de Tübingen a Stuttgart produce una curiosa sensación de aislamiento e impunidad.

—Discúlpame. ¿Hablabas conmigo?

—Sí. Y añadiste que si el hijo de puta de mi amigo íntimo es incapaz de decírmelo y prefiere hacer como todo el mundo, ay, qué bien, Bernat, que montón de... Me falta la chispa mágica. Y tú no tendrías que mentirme. No me mientas nunca más, Adrià, o dejamos de

ser amigos. ¿Te acuerdas de esas palabras? Son tuyas. Y dijiste más cosas; dijiste sé que eres el único que me dice la verdad.

Lo miró un poco de soslayo.

—Y nunca dejaré de hacerlo, Bernat. —Mirando hacia delante, aún añadió—: Si no me fallan las fuerzas.

El autobús avanzó unos brumosos y húmedos kilómetros más.

—Toco porque no sé escribir. —Bernat lo dijo mirando por la ventanilla.

—¡Ésa sí que es buena! —gritó Adrià. Y miró a la señora del asiento anterior como pidiéndole su opinión. La señora desvió la mirada hacia el paisaje gris, lluvioso y triste que los acercaba a Stuttgart: mediterráneos chillones; seguramente son turcos. Silencio larguísimo, hasta que el más alto de los dos muchachos turcos distendió la cara y miró de reojo a su compañero:

—¿Esa sí que es buena? ¿A qué te refieres?

—El arte verdadero nace de la frustración. La felicidad no es creativa.

—En ese caso, soy un artista de la hostia.

—Oye, que estás enamorado, no lo olvides.

—Cierto, pero lo único que me funciona es el corazón —puntualizó Kemal Bernat—. Lo demás no vale una mierda.

—Te lo cambio ahora mismo —replicó sinceramente Ismail Adrià.

—De acuerdo, pero no podemos hacerlo. Estamos condenados a envidiarnos.

—¿Qué pensará esa señora que va delante de nosotros?

Kemal observó a la mujer, que contemplaba obstinadamente el paisaje, urbano ahora, pero tan gris y lluvioso como el de antes. Kemal se alegró de poder cambiar de cara, ya que, por muy ofendido que estuviera, era fatigoso mantener la de perro. Como si destilara un gran pensamiento:

—No sé por qué, pero estoy seguro de que se llama Ursula.

Ursula lo miró. Abrió y cerró el bolso, tal vez para disimular la turbación, pensó Kemal.

—Y tiene un hijo de nuestra edad —añadió Ismail.

Al principio del repecho, el carro empezó a gemir y el carretero descargó la tralla con fuerza sobre el lomo de los caballos. La cuesta era demasiado empinada para subirla con el peso de veinte hombres, pero una apuesta era una apuesta.

—¡Ya puede rascarse el bolsillo, sargento! —dijo el carretero.

—Todavía no estamos arriba.

Los soldados, que querían degustar el placer de ver perder una apuesta al sargento, contuvieron la respiración como para ayudar a las pobres bestias a encaramarse por la pendiente hasta las primeras casas de Vet. Fue un trayecto lento, agónico y cuando por fin llegaron arriba, el carretero se rió y dijo ¡Alá es grande, y yo y mis mulos también! ¿Qué le parece, sargento?

El sargento entregó una moneda al carretero y Kemal e Ismail disimularon una sonrisa. Para librarse de la humillación, el suboficial dio unas órdenes a grito pelado:

—¡Abajo todo el mundo! ¡Que se preparen los asesinos armenios!

El carretero encendió un purito, satisfecho, en tanto miraba a los soldados, que, armados hasta los dientes, bajaban del carro y se dirigían hacia la primera casa de Vet dispuestos a todo.

—¿Adrià?

—Sí.

—¿Dónde estabas?

—¿Eh?

Adrià miró adelante. Ursula estaba colocándose la chaqueta y volvió a contemplar el paisaje, aparentemente ajena a los asuntos de los jóvenes turcos.

—A lo mejor se llama Barbara.

—¿Qué? —Un esfuerzo para volver al autobús—. Sí, o Ulrike.

—Si lo sé, no vengo a verte.

—¿Si sabes qué?

—Que no te ha gustado mi relato.

—Vuelve a escribirlo. Pero métete en el pellejo de Amadeu.

—La protagonista es Elisa.

—¿Seguro?

Silencio de los dos jóvenes turcos. Al cabo de un rato:

—Pues mira a ver, oye, porque lo cuentas desde el punto de vista de Amadeu y...

—De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo. Volveré a escribirlo. ¿Vale?

En el andén, Bernat y Adrià se abrazaron y Frau Ursula pensó estos turcos no se cortan ni a plena luz del día, y siguió andando hacia el sector B del andén, que estaba bastante lejos.

Abrazados todavía, Bernat me dio las gracias, hijo de puta, de verdad.

—¿De verdad hijo de puta o las gracias?

—De verdad lo que me has dicho de la insatisfacción.

—Vuelve cuando quieras, Bernat.

Tuvieron que correr por el andén porque no sabían que tenían que esperar en el sector C. Frau Ursula, ya sentada, los vio pasar y pensó madre de Dios, qué escandalosos.

Bernat subió al vagón resoplando. Al cabo de un minuto largo vi que seguía plantado, hablando con alguien, gesticulaba, se colocaba la mochila y enseñaba el billete. Ahora no sé si subir a ayudarlo o que se las apañe solo, no vaya a molestarse. Bernat se inclinó a mirar por la ventanilla y le mandó una sonrisa. Se sentó con gesto cansino y volvió a

mirarlo. Cuando uno va a la estación a despedir a un amigo del alma tiene que marcharse en cuanto el amigo sube al vagón. Pero Adrià dejó pasar el momento. Le devolvió la sonrisa. Tuvieron que desviar la mirada. Consultaron la hora los dos al mismo tiempo. Tres minutos. Me armé de valor, dije adiós con la mano, él casi ni se movió y me fui sin mirar atrás. Compré el Frankfurter Allgemeine en la misma estación y, mientras esperaba el autobús de vuelta, lo hojeé con ganas de concentrarme en lo que fuera, con tal de no pensar en la agridulce estancia relámpago de Bernat en Tübingen. En la página doce, un titular a una sola columna de una noticia breve. «Psiquiatra asesinado en Bamberg.» ¿Bamberg? Baviera. ¿Por qué, Dios mío, alguien querría asesinar a un psiquiatra?

—¿Herr Aribert Voigt?

—El mismo.

—No he pedido hora. Lo siento.

—No importa, pase.

Con buenos modales, el doctor Voigt franqueó el paso a la muerte.

El recién llegado se sentó en una silla austera de la sala de espera y el doctor entró en la consulta diciendo ahora mismo lo atiendo. Un rumor de recoger papeles y abrir y cerrar archivadores llegó hasta la sala de espera. Por último, el doctor se asomó a la sala e invitó a la muerte a entrar en la consulta. El recién llegado se sentó donde le indicó el doctor y éste ocupó su silla.

—Usted dirá —dijo.

—He venido a matarlo.

Sin dar tiempo al doctor Voigt a hacer el menor movimiento, el recién llegado se levantó y lo apuntó con una Star en la sien. El doctor bajó la cabeza obligado por la presión del cañón del arma.

—No tiene escapatoria, doctor. La muerte llega cuando llega, lo sabe. Sin pedir hora.

—¿Es usted poeta? —Con la cabeza a un palmo de la mesa, sin moverla, empezó a sudar.

—Signor Falegnami, Herr Zimmermann, doctor Voigt... Lo mato en nombre de las víctimas de sus inhumanos experimentos en Auschwitz.

—¿Y si le digo que se equivoca de persona?

—Me da un ataque de risa. Más vale que no me lo diga.

—Le pago el doble.

—No lo mato por dinero.

Silencio, unas gotas de sudor le resbalaron por la punta de la nariz, como en la sauna, con Brigitte. La muerte consideró que debía puntualizar algunos conceptos:

—Mato por dinero, pero no a usted. Voigt, Budden y Höss. Con Höss no llegamos a tiempo. A usted y a Budden los matan sus propias víctimas.

—Pido perdón.

—Para troncharse de risa.

—Puedo darle pistas de Budden.

—Huy, qué traidor. Démelas.

—A cambio de la vida.

—A cambio de nada.

El doctor Voigt ahogó un sollozo. Hizo un esfuerzo por sobreponerse, pero no pudo. Cerró los ojos y, a su pesar, rompió a llorar con rabia.

—¡Vamos! ¡Acabe de una vez! —gritó.

—¿Tiene prisa? Porque yo no tengo ninguna.

—¿Qué quiere?

—Vamos a someterlo a usted a un experimento como los que hacía con sus ratoncillos. O con sus niños.

—No.

—Sí.

—¿Quién ha entrado aquí? —Quería levantar la cabeza, pero se lo impedía la pistola.

—Amigos, no se preocupe. —Chasqueó la lengua con impaciencia

—. Veamos: la información sobre Budden.

—No sé nada.

—¡Ah! ¿Acaso quiere salvarlo?

—Budden me importa una mierda. Me arrepiento de lo que hice.

—Levante la cabeza —dijo la muerte agarrándole la barbilla y obligándolo sin contemplaciones—. ¿Qué recuerda?

Ante sí, unas sombras oscuras y silenciosas, como una exposición de centro parroquial, sostenían un tablón con fotografías: hombres con los ojos reventados, un niño lloroso con las rodillas abiertas como granadas, una mujer a la que practicaron una cesárea sin anestesia. Y

un par más que no reconocía.

El doctor Voigt se echó a llorar de nuevo y pidió socorro, auxilio a voces. No dejó de gritar hasta que sonó el disparo.

«Psiquiatra asesinado en Bamberg.» «El doctor Aribert Voigt ha sido asesinado de un tiro en la cabeza en su consulta, en la ciudad bávara de Bamberg.» Hacía poco que residía en Tübingen. Mil novecientos setenta y dos o setenta y tres, no estoy seguro. Lo que sé es que Kornelia me hizo sufrir todos esos largos meses helados. En cuanto a Voigt, no podía saber nada todavía porque no había leído el manuscrito en arameo, ni sabía tantas cosas como sé ahora ni quería escribir cartas. Un par de semanas después empezaban los exámenes. Y cada día conocía a algún secreto de Kornelia. Puede que no lo leyera, Sara, pero fue en esa época cuando mataron a un psiquiatra en Bamberg y yo no tenía la menor

idea de que ese hombre estuviera más vinculado a mi vida que Kornelia y sus secretos. Qué rara es la vida, Sara.

OceanofPDF.com