Yo confieso

Jaume Cabre · Capítulo 40 de 60

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Yo confieso

Capítulo 40

Una sola pista de aterrizaje más o menos asfaltada recibió al avión con unas sacudidas que parecía imposible que pudiera llegar entero a la recepción de equipajes, si es que la había en el aeropuerto de Kikwit.

Para no desmerecer ante la mujer joven con cara de aburrimiento, fingió que leía mientras pensaba si se acordaba de dónde estaban exactamente las salidas de emergencia. Era el tercer avión que cogía desde el primer embarque, en Bruselas. Ahora ya era el único viajero blanco; no le importó destacar tanto. Gajes del oficio. El avión los dejó a más de cien metros de un edificio pequeño y debían recorrerlos a pie procurando que los zapatos no se les pegasen al abrasador asfalto. Recogió una pequeña bolsa de viaje, compró a un taxista que se moría por que lo sobornase, a él con su cuatro por cuatro y sus bidones de gasolina y que, cuando llevaban tres horas siguiendo de cerca el curso del Kwilu, le pidió más dólares porque entraron en zona insegura. Kikongo, ya me entiende. Pagó sin protestar porque todo entraba en el presupuesto y en el plan previsto, incluso las mentiras. Una larga hora más de botes por el camino, como en la pista de aterrizaje; a medida que avanzaban, los árboles se multiplicaban y eran más altos y frondosos. El coche frenó ante un cartel medio podrido.

—Bebenbeleke —dijo en un tono que no admitía réplica.

—¿Dónde está el maldito hospital?

El taxista señaló con la nariz hacia el rojizo sol. Cuatro maderas en forma de casa. No hacía tanto calor como en el aeropuerto.

—¿Cuándo vengo a recogerlo? —dijo.

—Volveré a pie.

—Está loco.

—Sí.

Cogió la bolsa y echó a andar hacia las cuatro maderas mal armadas sin volverse para despedirse del taxista. Éste escupió en el suelo, más contento que nunca porque le daba tiempo a pasar por Kikongo a ver a sus primos y, de paso, a ver si tenía la suerte de pescar a un pasajero hasta Kikwit, porque entonces no necesitaría trabajar más hasta cuatro o cinco días después.

Sin volverse, esperó a que el rumor del taxi se extinguiera. Se encaminó hacia el único árbol del paraje, un árbol raro que seguro que tenía un nombre imposible, y recogió una bolsa voluminosa, de tela de camuflaje militar, que, por lo visto, lo esperaba apoyada en el tronco como si estuviera echando la siesta. Luego dobló la esquina y se encontró con lo que podría ser la puerta principal de Bebenbeleke. Un porche alargado, tres mujeres sentadas en hamacas o algo parecido que miraban atentamente, en silencio, el paso del tiempo. No había puerta.

Dentro no había mostrador de recepción. Un pasillo oscurecido, más que iluminado, por una bombilla que desprendía una luz incierta, de generador. Una gallina huyó despavorida como si supiera que la habían pillado en falta. Salió de nuevo al porche y se dirigió a las tres mujeres en general.

—¿El doctor Müss?

Una de ellas, la mayor, señaló hacia el interior con un cabezazo. La más joven lo corroboró diciendo a la derecha, pero ahora está atendiendo a las visitas.

Volvió a entrar y se fue por el corredor de la derecha hasta una sala en la que un hombre mayor con bata blanca, impoluta entre tanto polvo, auscultaba a un niño que, atemorizado, quería que su madre, que aguardaba de pie a su lado, lo salvara.

Se sentó en un banco de color verde chillón junto a dos mujeres que, alteradas por alguna causa que interrumpía la rutina de Bebenbeleke, repetían las mismas palabras una y otra vez como si de una letanía se tratara. Soltó la bolsa grande a sus pies con un ruido metálico.

Oscurecía. Cuando terminó con la última paciente, el doctor Müss

levantó la cabeza y lo miró por primera vez con toda la naturalidad del mundo.

—¿Viene usted a la consulta? —dijo a modo de saludo.

—Sólo quiero confesarme.

Fue en ese momento cuando el recién llegado se dio cuenta de que el hombre no era viejo, sino viejísimo. Se movía como impulsado por una energía interior inagotable, eso era lo que lo había engañado. El cuerpo, en cambio, era como corresponde a un hombre mayor de ochenta años. En la foto que había podido ver de él debía de tener unos sesenta y algo, como mucho.

Como si la llegada de un europeo al hospital de Bebenbeleke en pleno anochecer en busca de confesión fuera lo más normal, el doctor Müss se lavó las manos en un fregadero, que milagrosamente tenía un grifo con agua, e indicó al recién llegado que lo acompañara. En ese momento, dos hombres con gafas oscuras y actitud chulesca se sentaron en el banco verde, del que acababan de expulsar a las alteradas mujeres.

El médico invitó a pasar al visitante a una estancia reducida, su despacho, quizá.

—¿Se queda usted a cenar?

—No sé. No hago planes a largo plazo.

—Usted dirá.

—Me ha costado mucho dar con usted, doctor Budden. Le perdí el rastro en un monasterio trapense y no había manera de averiguar su paradero.

—Entonces ¿cómo lo consiguió? —Hice una consulta en los archivos generales de la Orden.

—La manía de tenerlo todo documentado y archivado, sí. ¿Lo atendieron bien?

—No creo que se hayan enterado todavía de que estuve allí.

—¿Qué encontró?

—Aparte de una pista falsa que apuntaba al Báltico, había una referencia a Stuttgart, Tübingen y Bebenhausen. En esa aldea até algunos cabos con ayuda de una anciana muy amable.

—Mi prima Herta Landau, ¿no? Siempre ha sido muy charlatana.

Estaría encantada de que alguien le tirase de la lengua. Discúlpeme, continúe.

—No hay más que decir. He tardado unos años en atar cabos.

—Mejor; así he tenido tiempo de reparar mínimamente el mal que hice.

—A mi cliente le habría gustado que hubiera sido antes.

—¿Por qué no me detiene y me lleva a juicio?

—Mi cliente es mayor y no quiere dilaciones, porque, según dice, le queda poco tiempo de vida.

—Ya.

—Pero antes de morir quiere verlo muerto a usted.

—Comprendo. ¿Y cómo se las ha arreglado para dar conmigo?

—Ah, gran parte del trabajo que hago es puramente técnico. Mi oficio es muy aburrido; paso muchas horas husmeando en muchos sitios, hasta que al final ato dos cabos. Sólo después de muchos días entendí que la Bebenhausen que yo buscaba no estaba precisamente en Baden-Württemberg. Incluso en algún momento llegué a pensar que era una pista o algo parecido que dejaba usted para quien quisiera seguirle el rastro.

Notó que el doctor contenía una sonrisa.

—¿Le gustó Bebenhausen?

—Mucho.

—Es mi paraíso perdido. —El doctor Müss se sacudió un recuerdo con la mano y por fin sonrió—. Le ha llevado mucho tiempo —dijo.

—Ya se lo he dicho... Cuando me hicieron el encargo estaba usted muy bien escondido.

—Para poder trabajar y reparar. —Con curiosidad—: ¿Cómo funcionan estos encargos?

—Es una cosa muy profesional y muy... fría.

El doctor Müss se levantó y de un armarito que resultó ser una nevera sacó un tazón con una cosa indefinida que podía ser comida. Lo puso sobre la mesa, con dos platos y dos cucharas.

—Si no le importa... A mi edad tengo que comer como los pajarillos... Poco y a menudo. Si no, a lo mejor me desmayo.

—¿Y la gente se fía de un médico tan mayor?

—No hay otro. Espero que cuando me muera no cierren el hospital.

Estoy en tratos con las autoridades de los pueblos de Beleke y Kikongo.

—Lo lamento, doctor Budden.

—Sí. —Refiriéndose a la masa indefinida del tazón—: Es mijo. Más vale esto que nada, créame.

Se sirvió y pasó el tazón a su interlocutor. Con la boca llena:

—¿Qué ha querido decir con eso de que su trabajo es muy frío, muy profesional?

—Bueno, cosas...

—Expláyese, por favor; me interesa.

—Por ejemplo, nunca conozco a mis clientes. Ni ellos a mí, naturalmente.

—Parece lógico, pero ¿cómo lo organizan?

—Bueno, es toda una técnica. Siempre puede darse el contacto indirecto, pero se precisa mucha minuciosidad para saber que siempre se está en contacto con la persona adecuada. Y es necesario aprender a no dejar rastro.

—También parece lógico. Sin embargo, hoy ha venido usted en el coche de Makubulo Joseph, que es un charlatán de cuidado; a estas horas habrá contado a todo el mundo que...

—Habrá contado lo que yo quiero que cuente. He servido en bandeja una pista falsa. Disculpe que no entre en detalles... ¿Cómo sabe usted quién me ha traído?

—Hace cuarenta años que fundé el hospital de Bebenbeleke.

Conozco hasta el nombre del último perro que ladra y de la última gallina que cacarea.

—Es decir, que vino aquí directamente desde Mariawald.

—¿Le interesa mucho?

—Me fascina. He tenido tiempo de pensar mucho en usted.

¿Siempre ha trabajado solo?

—No trabajo solo. Antes de que salga el sol, tres enfermeras empiezan a atender a los pacientes. Yo también madrugo, aunque no tanto.

—Lamento robarle el tiempo.

—No creo que hoy tenga mucha importancia la interrupción.

—¿Y hace algo más?

—No. Dedico todas mis fuerzas a ayudar a los necesitados todas las horas de toda la vida que me queda.

—Suena a juramento religioso.

—Bueno... Todavía soy medio monje.

—¿No dejó el convento?

—Salí de la Orden de la Trapa; abandoné el monasterio pero sigo pensando como un monje... sin comunidad.

—¿Y dice misa y esas cosas?

—No soy sacerdote. Non sum dignus.

Aprovecharon el silencio para rebajar considerablemente el plato de mijo.

—Es sabroso —dijo el recién llegado.

—La verdad es que estoy hasta el gorro. Echo de menos muchas comidas, como el Sauerkraut, por ejemplo. Ni siquiera recuerdo el sabor, pero lo echo de menos.

—Vaya, si lo llego a saber...

—No, que los añore no significa que... —Tragó una cucharada de mijo—. No me merezco el Sauerkraut.

—Tal vez exagere usted... En fin, no tengo ningún derecho a...

—No lo tiene, se lo aseguro.

Se limpió la boca con el dorso de la mano y se sacudió la bata, todavía impoluta. Apartó la bandeja de la comida sin preguntar nada a su interlocutor y quedaron los dos frente a frente, con la mesa lisa en medio.

—¿Y el piano?

—Lo dejé. Non sum dignus. Hasta el recuerdo de la música que antes veneraba me da náuseas.

—Exagera, ¿no?

—Dígame cómo se llama usted.

Silencio. Un instante de cálculo del recién llegado.

—¿Por qué?

—Por curiosidad. No voy a poder utilizarlo de ninguna forma.

—Es mejor que no.

—Usted manda.

Sin poder evitarlo, sonrieron los dos.

—No conozco al cliente. Pero me ha dado una palabra clave que a usted lo orientará, si tiene curiosidad. ¿No le gustaría saber quién me ha

hecho el encargo?

—No. Sea quien sea, agradezco que haya venido.

—Me llamo Elm.

—Gracias por la confianza, Elm. No se lo tome a mal, pero tengo que pedirle que cambie de trabajo.

—No me quedan muchos encargos por hacer. Me jubilo.

—Me satisfaría mucho más que éste fuera el último.

—No puedo prometérselo, doctor Budden. Quisiera hacerle una pregunta delicada.

—Adelante, yo acabo de hacerle una.

—¿Por qué no se ha entregado a la justicia? Quiero decir, cuando salió de la cárcel, si creía que no había purgado su falta..., pues...

—En la cárcel o muerto no habría podido restituir el mal.

—¿Qué se puede restituir, cuando se ha hecho algo irreparable?

—Somos una comunidad que vive en una roca navegando por el espacio siempre buscando a Dios entre la niebla.

—No lo entiendo.

—Me lo imagino. Quiero decir que siempre es posible reparar en una persona el mal que se le ha hecho a otra, pero es necesario repararlo.

—Y tampoco le habría gustado que su nombre...

—En efecto, tampoco me habría gustado, es cierto. Desde que salí de la cárcel, mi vida ha consistido en ocultarme y reparar, aun sabiendo que nunca llegaré a compensar todo el mal. Hace sesenta años que lo llevo dentro y no se lo había confiado nunca a nadie.

—Ego te absolvo, etcétera, ¿no?

—No se ría. Lo intenté una vez, pero la cuestión es que mi pecado no puede ser perdonado porque es demasiado grande. He dedicado la

vida a expiarlo, consciente de que cuando llegase este día todavía estaría en la línea de salida.

—Por lo que recuerdo, si el arrepentimiento es suficientemente...

—Déjese de tonterías. ¡Qué sabe usted!

—Tuve una educación religiosa.

—¿Para qué le ha servido?

—¡Quién fue a hablar!

Volvieron a sonreír ambos. El doctor Müss metió la mano entre la bata y hurgó en la camisa. Rápidamente, el recién llegado se abalanzó sobre la mesa y le inmovilizó el brazo agarrándolo por la muñeca.

Lentamente, el médico sacó un trapo sucio y doblado. Al ver lo que era, el recién llegado lo soltó. El médico puso el trapo (se adivinaba que alguna vez lo habían cortado por la mitad, seguramente para hacer dos trozos) encima de la mesa y, con gestos que parecían litúrgicos, lo desplegó. Medía palmo y medio por palmo y medio y conservaba restos de hilo blanco y azul formando cuadritos. El recién llegado lo miró con curiosidad. Echó una ojeada al médico, que había cerrado los ojos.

¿Como si rezara? ¿Como si recordase?

—¿Cómo fue capaz de hacer lo que hizo? El doctor Müss abrió los ojos.

—Usted no sabe lo que hice.

—Me he documentado. Formó parte de un equipo de médicos que se dedicó a conculcar el juramento hipocrático.

—A pesar de su profesión, es usted ilustrado.

—Como usted. No quiero perder la oportunidad de expresarle la repugnancia que me produce usted.

—Merezco el desprecio de los asesinos. —Cerró los ojos y dijo, como si recitase—: Pequé contra el hombre y contra Dios. En nombre de una idea.

—¿Creía en ella?

—Sí. Confíteor.

—¿Y el sentido de la piedad y de la compasión?

—¿Usted ha matado a niños? —El doctor Müss lo miró a los ojos.

—Le recuerdo que soy yo quien hace las preguntas.

—Ya; es decir, sabe lo que se siente.

—Ver llorar a un niño a quien se le arranca a lo vivo la piel del brazo para estudiar los efectos de las infecciones... y no sentir compasión.

—Yo no era hombre, padre —confesó el doctor Müss.

—¿Y cómo, no siendo hombre, pudo arrepentirse?

—No lo sé, padre. Mea máxima culpa.

—Ninguno de sus colegas se ha arrepentido, doctor Budden.

—Porque sabían que el pecado era demasiado grande para pedir perdón por él, padre.

—Algunos se han suicidado y otros han huido y se han escondido como ratas.

—No soy quién para juzgarlos, porque soy como ellos, padre.

—Pero es usted el único que desea reparar el mal.

—Eso no lo sabemos; no hay motivo para que sea yo el único.

—Me he documentado lo suficiente. Por cierto, Aribert Voigt.

—¿Qué?

Aunque sabía dominarse, el doctor Müss no pudo evitar un escalofrío violento al oír ese nombre.

—Lo cazamos.

—Se lo merecía. Y que Dios me perdone, padre, porque yo también me lo merezco.

—Lo castigamos.

—No puedo decir nada. Es todo tan desmesurado, y la culpa tan profunda...

—Hace ya unos años que le dimos caza. ¿No se alegra?

—Non sum dignus.

—Lloró y pidió perdón. Y se cagó en los pantalones.

—No voy a llorar por Voigt, pero tampoco me agradan esos detalles.

El recién llegado se quedó mirando fijamente al médico un buen rato.

—Soy judío —dijo por fin—. Trabajo por encargo, pero lo hago con ganas. ¿Me entiende?

—Perfectamente, padre.

—¿Sabe lo que me parece, en el fondo?

Konrad Budden abrió los ojos, asustado, como si temiera encontrarse ante el anciano cartujo que miraba fijamente una grieta de la madera del gélido confesionario. Ante él, el tal Elm, sentado, mirándolo atentamente a los ojos, con la cara surcada de arrugas por muchos sucesos, no observaba una grieta: lo miraba a los ojos. Müss le sostuvo la mirada.

—Sé lo que le parece, padre: que no tengo derecho al paraíso.

Elm lo miró en silencio, disimulando la sorpresa. Konrad Budden prosiguió:

—Y tiene razón. El pecado es tan horrendo que el verdadero infierno es el que he elegido yo: asumir la culpa y seguir viviendo.

—No crea que lo entiendo.

—Ni lo pretendo. No me amparo en la idea que nos guiaba ni en la frialdad del alma que nos hacía más tolerable el infierno que infligíamos. Y no busco el perdón de nadie. Ni de Dios. Sólo he pedido la oportunidad de reparar el mal en la medida de lo posible.

Se tapó la cara con las manos y dijo doleo, mea culpa. Cada día revivo el mismo sentimiento con la misma intensidad.

Silencio. Fuera, una dulce quietud iba apoderándose del hospital.

Elm creyó oír a lo lejos, amortiguado, el ronroneo de un televisor. En voz más baja, disimulando la alteración, el doctor Müss dijo:

—¿Será un secreto o publicarán mi identidad cuando haya muerto?

—Mi cliente quiere que quede en secreto. Quien paga manda.

Silencio. Sí, un televisor. Insólito, en aquel lugar. Elm se reclinó en la silla:

—¿Ahora no quiere saber quién me ha contratado?

—No lo necesito. Viene usted de parte de todos.

Y puso las manos encima del trapo sucio con un gesto delicado, un poco solemne.

—¿Qué es este trapo? —preguntó Elm—: ¿Una servilleta?

—Yo también tengo mis secretos.

El doctor dejó las manos encima del trapo y dijo si le parece bien, estoy preparado.

—Tenga la bondad de abrir la boca...

Konrad Budden cerró los ojos piadosamente y dijo cuando quiera, padre. Al otro lado de la ventana se oyó el cacareo escandalizado de una gallina que debía de estar a punto de irse a dormir. Y más lejos, risas y aplausos en el televisor. Entonces Eugen Müss, el hermano Arnold Müss, el doctor Konrad Budden abrió la boca para recibir el viático. Oyó abrirse enérgicamente la cremallera de la bolsa. Oyó ruidos metálicos que lo transportaron al infierno y lo asumió como una penitencia de propina. No cerró la boca. Tampoco pudo oír la detonación porque la bala fue más rápida.

El visitante guardó la pistola en el cinturón y sacó un kalashnikov de la bolsa. Antes de salir de la estancia, dobló cuidadosamente el trapo como si también para él fuese un rito y lo guardó en el bolsillo. La

víctima seguía pulcramente sentada en la silla, con la boca destrozada y apenas un reguerillo de sangre. Ni siquiera se manchó la bata blanca.

Demasiado viejo para tener todavía sangre que derramar, pensó, mientras quitaba el seguro al rifle automático y se disponía a desfigurar los hechos. Calculó de dónde procedía el ronroneo del televisor. Sabía que debía dirigirse en esa dirección. Era evidente que la muerte del médico debía pasar inadvertida, pero, para conseguirlo, pensó que era preciso que se hablase mucho de lo otro. Gajes de ese oficio.

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