Yo confieso
Capítulo 20
Era un rostro lleno de arrugas trágicas, pero lo que me impresionó fue la mirada, clara, directa, como si me acusara o, según cómo lo mirase, como si me implorara perdón. Me dio a entender muchas desgracias antes de que Sara me lo contase, todas contenidas en unos trazos al carboncillo sobre un papel blanco grueso.
—Es el dibujo que más me impresiona —le dije—. Me habría gustado conocerlo.
Me di cuenta de que Sara no había hecho ningún comentario; se limitó a colocar encima un paisaje de Cadaqués. Lo contemplamos en silencio. Toda la casa estaba en silencio. El inmenso piso de Sara, al que habíamos ido casi clandestinamente aprovechando la ausencia de sus padres. Familia rica. Como la mía. Como un ladrón, como el día del Señor, como un ladrón entraré en tu casa.
No me atreví a preguntar por qué había que aprovechar la ausencia de sus padres. Adrià sentía curiosidad por conocer el entorno de esa chica, que cada día se le metía más adentro, con su sonrisa melancólica y unos gestos tan delicados como no había visto en nadie más. Y la habitación de Sara era mayor que la mía, el doble de grande. Y muy bonita: con un empapelado de ocas y una casa de campo, no como la de can Ges de Tona, sino más bonita, más pulcra, sin moscas ni malos olores; más de cuento ilustrado; un empapelado de niña pequeña, que todavía mantenía a sus..., no sé cuántos años tienes, Sara.
—Diecinueve. Y tú veintitrés.
—¿Cómo lo sabes?
—Se te ve en la cara.
Y colocó otra lámina encima de la de Cadaqués.
—Dibujas muy bien. Déjame ver otra vez la del viejo.
Ella volvió a poner encima el retrato de su tío Haïm, con su mirada, sus arrugas, su aura triste.
—¿Has dicho que es tío tuyo?
—Sí. Murió.
—¿Cuándo?
—En realidad era tío de mi madre. No lo conocí. Bueno, es que era muy pequeña cuando...
—¿Y cómo...?
—Con una foto.
—¿Por qué le hiciste un retrato?
—Para que no se pierda su historia.
Estaban en la cola de las duchas. Gavriloff, el hombre que, en el tren de mercancías, había cobijado durante todo el trayecto a dos niñas que no tenían a nadie que les diese la mano, se volvió al doctor Epstein y le dijo nos llevan a la muerte, y el doctor Epstein respondió en un susurro, para que no lo oyesen los demás, que era imposible, que estaba loco.
—No, doctor, son ellos los que están locos. ¡¡Haga el favor de darse cuenta!!
—Adentro todo el mundo. Así, los hombres a este lado. Los niños pueden ir con las mujeres, ¡cómo no!
—No, no; dejad la ropa ordenada y aprended el número de la percha, para cuando volváis de la ducha, ¿de acuerdo?
—¿De dónde eres? —dijo el tío Haïm mirando a los ojos al que les impartía las instrucciones.
—Está prohibido hablar con nosotros.
—¿Quiénes sois? Sois judíos también, ¿verdad?
—¡Está prohibido, coño! No me compliques la existencia. —Y
gritando—: ¡Aprendeos el número de la percha!
Cuando todos los hombres avanzaban lentamente, desnudos, hacia la ducha, donde ya había un grupo de mujeres desnudas, un oficial de las SS de bigote fino y tos seca entró en el vestuario y dijo ¿hay algún médico aquí? El doctor Haïm Epstein dio un paso hacia la ducha, pero Gavriloff, que estaba a su lado, le dijo no sea idiota, doctor; ahí tiene una posibilidad.
—¡Oye tú! ¡No hables!
Entonces Gavriloff se volvió y señaló la pálida espalda de Haïm Epstein y dijo er ist ein Arzt, mein Oberleutnant; y Herr Epstein maldijo a su compañero de infortunio, que prosiguió hacia la ducha con cierta alegría en los ojos y silbando bajito un csárdás de Rózsavólgyi.
—¿Tú eres médico? —dijo el oficial, plantado ante Epstein.
—Sí —dijo, resignado y, sobre todo, cansado, aunque no tenía nada más que cincuenta años.
—Vístete.
Epstein se vistió lentamente mientras los demás entraban en las duchas guiados como ovejas por los internos de mirada gris y gastada.
Mientras el médico judío se ponía la ropa, el oficial paseaba con impaciencia de un lado a otro. Y luego tosió, tal vez para disimular los apagados gritos de horror que provenían de la zona de las duchas.
—¿Qué es eso? ¿Qué pasa?
—Vamos, andando —dijo el oficial con impaciencia tan pronto como vio que el hombre se subía los pantalones por encima de la camisa desabotonada.
Lo llevó afuera, al frío inclemente de Oswiecim, hasta una garita de guardia, de donde echó a dos centinelas que estaban allí remoloneando.
—Auscúltame —ordenó, poniéndole un fonendo en las manos.
Epstein tardó en entender lo que le pedía el hombre, que ya estaba desabrochándose la camisa. Lentamente, se puso el fonendo en los oídos y, por primera vez desde Drancy, se vio investido de cierta autoridad.
—Siéntese —ordenó, convertido en médico.
El oficial se sentó en la banqueta de la garita. Haïm lo auscultó con atención y, por lo que oía, se imaginó las cavidades llenas de mucosidad, exhaustas. Le mandó cambiar de posición; le auscultó el pecho y la espalda. Le mandó levantarse otra vez sólo por el gusto de impartir órdenes a un oficial de las SS. Pensó brevemente que, mientras lo estuviese auscultando, no lo mandaría a la ducha de los gritos de terror, y tenía razón.
No supo disimular la satisfacción cuando, mirándolo a los ojos, dijo al paciente que era necesario hacerle un examen más completo.
—¿A qué te refieres?
—Tendría que explorar los genitales, palpar la zona lumbar...
—Bien, bien, bien...
—¿Tiene dolores inexplicables aquí? —dijo, apretando fuertemente el riñón con dedos de hierro.
—¡Cuidado, hostias!
El doctor Epstein sacudió la cabeza fingiendo preocupación.
—¿Qué pasa?
—Ha contraído usted tuberculosis.
—¿Estás seguro?
—Sin ninguna duda, y se encuentra en estado avanzado.
—Pues aquí no me hacen ni caso. ¿Es grave?
—Gravísimo.
—¿Qué tengo que hacer? —dijo, arrancándole el fonendo de las manos.
—Yo lo internaría en un sanatorio. Es la única posibilidad. —Y
señalando los dedos amarillentos del oficial—: ¡Y el tabaco, ni olerlo, por el amor de Dios!
El oficial llamó a los centinelas y ordenó que llevasen al prisionero a las duchas, pero uno de ellos replicó que ya habían terminado, que el último turno se había acabado. Entonces se tapó con el abrigo y, de camino a los edificios y tosiendo sin parar, gritó:
—Llevadlo al barracón veintiséis.
Y así salvó la vida, aunque a menudo decía que había sido peor castigo que la muerte.
—Nunca pensé que pudiera haber sido tan horrible.
—Pues no lo sabes todo.
—Cuéntamelo.
—No. No puedo.
—Vaya.
—Ven, voy a enseñarte los cuadros de la sala grande.
Y así lo hizo. Le enseñó fotos de la familia, respondió pacientemente a las preguntas sobre la identidad de cada uno de los retratados y, llegado el momento de despedirse porque tal vez volviera alguien a casa, le dijo tienes que irte, pero ¿sabes una cosa? Te acompaño un trozo.
Y así fue como no conocí a tu familia.
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