Canaima
Claro de luna
La luna desempeñaba aquella noche, con esmero y con gracia, sus funciones de alumbrado público.
Las blancas fachadas, los techos de palma carata y especialmente los techos de cinc, las copas de los árboles quietos en el aire sereno, el abrupto peñasco de Santa María y hasta los lejanos montes de Nuria reflejaban el claro fulgor apacible. Y, con la iluminación de ensueño componían la estampa romántica, música y canciones de la tierra.
Parecía cual si todas las muchachas de Upata, en las salas a ventanas abiertas o bajo las lámparas de los corredores frente a las puertas de par en par, se hubiesen propuesto tocar y cantar cuanto supieran: guitarras, bando lines y hasta un poco de piano; graciosos galerones, tristes maremares y la tonada ingenua de la canción de amor. Cosas de la luna llena y de la llegada de un forastero de años mozos y apostura gallarda.
Sólo la casa de las Vellorinis, entonadamente silenciosa y a ventanas cerradas, se desdeñaba de tomar parte en el concierto sentimental y pueblerino. Hijas del hombre más rico de Upata, famosas ellas mismas por su belleza y acostumbradas al buen tono de Niza y París, donde solían pasarse temporadas, las Vellorinis ni necesitaban asomarse a las ventanas para distraerse, ni mucho menos exhibirse cuando llegaba algún forastero, ya que a la hora de matrimonio serían ellas quienes escogerían entre cien pretendientes a cual mejor, ni de ningún modo se exponían a que se las confundiese con niñas cursis de bandolín y canción de amor, o vulgares de cuatro y galerón, puesto que eran mujeres de espíritu refinado y de piano y música grande.
Pero las Vellorinis eran tres, y si las dos mayores no querían hacerle a Marcos Vargas el honor de concederle importancia a su llegada, en cambio Aracelis —la bordona como le decían sus padres, al uso de allí, por ser la menorestaba aquella noche más inquieta que nunca en casa de sus primas las Laderas, donde se esperaba la visita del forastero.
—¿Qué te pasa, chica, que no calientas puesto? —preguntábanle las primas y las amigas allí reunidas, a quienes les pasaba lo mismo, pero eran más asentadas—.
¿Cómo que has comido azogue esta noche? Ella no daba explicaciones, pero repartía pellizcos que las hacían chillar.
No todas eran chiquillas de catorce o quince años, como Eufrosina y Rosa María Ladera, ni todas, tampoco, habían salido de sus casas con intención de visitar las, sino que, paseando la hermosa luna que hacía aquella noche, se detuvieron un momento ante las ventanas y como las Laderas les dijeron:
—¿Por qué no entran? Entraron.
Pero don Manuel, cuando llegó acompañado de Marcos Vargas, apareció en la sala exclamando:
—¡Válgame Dios! Ya veo que me cogieron la palabra de esta tarde.
Y a Marcos:
—Amigo, usted nació de pies.
No hay duda. Mire qué cuadro más completo de muchachas bonitas para escoger novia. No tiene sino que echar una manotada de ciego.
Marcos Vargas no estaba acostumbrado a galanterías. Su medio habitual había sido masculino y rudo, y entre mujeres se sentía incómodo; pero salió del paso por donde Manuel Ladera le abría camino:
—De ciego tiene que ser —repuso— o por lo menos de encandilado, que para el caso es igual.
Pero ¿qué necesidad hay de escoger cuando todo es bueno? Yo, cuando me gustan varias cosas y me preguntan cuál prefiero, siempre acostumbro responder: ¡todas juntas! Una explosión de risas y de exclamaciones entre azoradas y complacidas, una de éstas proferida por Aracelis Vellorini:
—¡Antipático! Y que atrajo sobre ella las miradas de todas, a tiempo que se producía un silencio indiscreto.
Pero Aracelis tampoco se atortojaba o cuando más, salía del apuro repartiendo pellizcos. Chillaron otra vez las víctimas de sus uñas, y como esto dio ocasión para más risas, con el reír acabó de desahogarse el azoramiento producido por las primeras palabras de Ladera.
La aparición de Maigualida hizo enmudecer el coro de la frivolidad. La grave elegancia de su duelo —negro el traje, espiritualizada la belleza de su rostro por el trágico quebranto— era, realmente, algo que imponía respeto.
Y con este sentimiento se puso de pie Marcos Vargas y luego le estrechó la mano que ella le tendía en silencio, acompañada de una sonrisa que sólo parecía expresar pudor del sangriento escándalo que mancillara su vida.
Por otra parte, no esperaba que saliese a recibir la visita de Marcos Vargas, pues vivía retraída de todo trato social —aparte de los años que la distanciaban del frívolo mundo de sus hermanas que allí rebullía —y así, mientras ella saludaba a las amiguitas de éstas, Manuel Ladera susurró al oído de su visitante:
—Es una deferencia muy especial, aunque bien merecida, la que le hace mi pobre muchacha, pues como ya le he dicho...
Marcos correspondió con una inclinación de cabeza, mientras su mirada seguía a Maigualida y su pensamiento trataba de representarse a José Francisco Ardavín. Y entretanto Aracelis no le quitaba la vista.
—Bien —dijo Maigualida, tomando asiento al lado de su padre—: estaban ustedes muy animados y no quiero ser aguafiestas.
A tiempo que la señora Ladera entablaba conversación con Marcos, sentado al lado suyo, para decirle que había conocido a su madre y había sido amiga de sus hermanas durante una temporada que pasó en Ciudad Bolívar cuando soltera.
Entretanto las muchachas cuchicheaban entre sí y Rosa María Ladera, junto a Aracelis, hacía visajes de admiración por algo que ésta le refería al oído mientras dirigía furtivas miradas a Marcos, quien se las correspondía aprovechando la sonrisa sacada para la conversación de doña María.
—¿Cómo le parece Upata? —preguntó Maigualida— ¿No había estado antes por aquí?
—No —contestó Marcos—. Pero así me la imaginaba.
—No puede quejarse de ella —intervino una de las visitantes—, pues lo ha recibido con una noche preciosa.
—Para puestas de sol, Ciudad Bolívar —intervino otra, en obsequio del forastero—. Pero para noches de luna, Upata.
—Y para otras cosas igualmente bonitas.
Se generalizó la conversación, vino al caso lo de la Piedra de Santa María, manifestó una que era necesario llevar allí a Marcos y éste repuso:
—No me resisto a que me bauticen, pero les advierto que ya estoy confirmado.
—¿Qué quiere decir con eso?
—¿No es con una cachetada que lo confirman a uno? Pues a mí me la dieron.
Y como esto aludía a lo que Aracelis ya le había referido confidencialmente a Rosa María Ladera, ésta prorrumpió palmoteando:
—¡Cuente! ¡Cuéntenos eso! Nuevos pellizcos de Aracelis a la prima desleal, a tiempo que le hacía señas negativas a Marcos, provocaron el revuelo de la curiosidad.
—¡Sí! ¡Sí! —pidieron varias a la vez—. Cuéntenos eso de la cachetada.
—Pues bien, ya que se empeñan, allá va. Fue en la Ciudad Bolívar.
—¡Hum! —hizo Manuel Ladera—. !Como vaya a resultar lo que me estoy imaginando ya!
—¡Cuente! Cuente y no pregunte.
—Allá va. De esto hace... !Bueno! El tiempo que haga de esto no viene al caso; fue cuando la llegada de la Zapoara. Yo estaba pescando y en un descuido resbalé y caí al agua...
Y echó el cuento de la cachetada; concluyendo:
—Todavía llevo la marca de aquellos cinco dedos bien asentados y temo que no se me quite mientras viva.
Estallaron las risas y entre ellas las preguntas por lo que ya no era un secreto para muchas:
—¿Quién fue esa muchacha? ¡Nómbrela! Los cuentos se echan completos.
Pero Aracelis Vellorini era lo bastante resuelta para afrontar cualquiera situación difícil y poniéndose de pie, con las mejillas encendidas y los ojos
despidiendo lumbre de orgullo, dominó el malicioso tumulto, exclamando:
—¿Quieren saberlo? ¿Les interesa mucho? Pues voy a complacerlos yo misma. ¡Fui yo quien lo confirmó, como él dice! Risas, palmoteos, exclamaciones de asombro de Maigualida, miradas escandalizadas de la señora Ladera a su marido y el comentario de éste:
—¡Conque ésa era la diligencia que me dijo el amigo que ya traía hecha! ¡Cuándo iba a imaginarme yo que se trataba de mi ahijada! En tanto que Aracelis, complaciéndose en el chasco que acababan de llevarse muchas de las allí presentes, insistía:
—¿No querían saberlo? Pues ya lo saben: está confirmado. De modo que no pierdan su tiempo en bautizarlo. Y ahora, ¡que se diviertan! Dicho lo cual abandonó la sala, sacudiendo sobre sus hombros la rubia melena y dejando entre sus amigas, bajo el disimulo de los comentarios risueños, esa mezcla de admiración y de rencor que inspiran los espíritus afortunados y llenos de sí mismos, cuando además poseen el don de la gracia.
—¡Ah, muchachita loca! —comentó la señora Ladera, para exculparla ante Marcos—. Hace y dice cuanto se le ocurre.
—¿Loca? —rectificó don Manuel—. La sangre corsa que le corre por las venas. Esa gente sabe ir siempre derecho a lo que se proponga.
Rato después se disolvía la tertulia y las amigas de las Laderas regresaban a sus casas en silencio, suspirantes, de tanto haber reído y porque para noches románticas, las noches de luna de Upata...
Los techos de palma, los árboles quietos, el alto peñasco, los montes lejanos... Pero ya no se oían las guitarras, ni los bandolines...
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