Canaima
El tesoro de los frailes
Miguel Ardavín —de quien por sus inimaginables recursos de política picaresca ya se decía por allí "ese hombre se pierde de vista"— había hablado de tres telegramas que acababa de enviar, destinados a producir cierto efecto en el ánimo de cada una de las personas a quienes iban dirigidos. El que recibiría el jefe civil de San Félix contenía el epíteto de
"misterioso" aplicado al crimen, de donde debía entender el leal ardavinista que tal cargo desempeñaba, que en el misterio debía quedarse; el efecto buscado con el que recibiría la viuda de Ladera, aunque arrostraba los límites del cinismo, no pasaba en realidad de la región del formalismo social, cosa que otro cualquiera habría hecho aun en circunstancias análogas; pero donde sí estaba el hombre que se perdía de vista era en el telegrama dirigido al presidente del Estado.
Ponía allí a la disposición de éste —su enemigo político aunque todavía embozado, instrumento de los inescrutables designios de "la tijereta"— su larga y aguda experiencia al servicio de la justicia "para el más rápido y cabal esclarecimiento del crimen", y no sería prudente aventurar opinión respecto a la sinceridad o trapacería de tal ofrecimiento. En realidad, la suerte que corriera el primo —sobre cuya culpabilidad no había abrigado la misma duda desde un principiono le preocupaba ni mucho ni poco e incluso ya tenía contemplada la conveniencia de sacrificarlo como víctima propiciatoria, si la cólera de la opinión pública no se aplacaba con menos; entregándolo al brazo de la justicia produciría en favor suyo esa emoción histérica de la admiración colectiva captada por sorpresa y cuyos disparatados resortes conocía a fondo; pero había también por San Félix
enemigos políticos suyos sobre alguno de los cuales convenía hacer recaer las sospechas, ya simplemente para ganar tiempo y desorientar el interés que pudiese tener el presidente del Estado en descubrir al culpable o para arrojarlo al presidio si las pruebas acumuladas por el coronel López pedían tanto. Mas de todos modos, antes de adoptar el remedio heroico de abandonar a José Francisco a su suerte, lo que en cierta manera sería subordinarse él mismo al ente abstracto de la opinión justiciera, antes de oprimir el resorte mágico que pondría su nombre en el vuelco amoroso de todos los corazones —cosa de mínima importancia para su alma insensible
—, quiso ensayar con otro que las circunstancias le deparaban, más de acuerdo con la actitud de su espíritu respecto a todas estas cosas, y a ello iba a referirse con aquel "por último" que interrumpió José Francisco.
Días antes había llegado a Upata un andaluz —a quien decíanle "El Españolito"— poseedor de un documento que venía a corroborar una vieja leyenda muy generalizada por allí, una de tantas que todavía corren por todo el país acerca de tesoros enterrados por los españoles en los azarosos tiempos de la guerra de la independencia, según la cual los frailes de las antiguas Misiones del Caroni, en las angustiosas vísperas del histórico fusilamiento ordenado por el general Piar, debieron ocultar bajo tierra el de aquéllas, que se suponía de incalculable riqueza en lingotes de oro.
Era dicho documento un plano, en pergamino para mejor impresión de autenticidad, substraído de los archivos de la catedral de Sevilla por un canónigo —tío de "El Españolito", según éste—, en el cual se explicaba que el famoso tesoro estaba enterrado en el espacio comprendido entre la sacristía del templo del antiguo pueblo de San Antonio, el refectorio del convento vecino y una piedra que sobresalía en medio de una laguna que para entonces hubo cerca de aquella población.
De la iglesia y del convento ya no quedaban sino muy vagos y dudosos vestigios, y lo que antes fue laguna era ahora sabana enjuta, en la cual sí había una piedra con señales visibles del nivel de las aguas que la hubiesen rodeado; pero en el pliego estaban dibujados, mal que bien, todos dichos puntos de referencia, y el texto agregaba que para descubrir el tesoro había que excavar hasta que apareciera una flecha de hierro forjado, indicadora de la dirección que debía seguirse para dar con el muro subterráneo donde
había una cripta en la cual se hallaría, dentro de un cofre, una llave correspondiente a una puerta situada más adelante y por donde se pasaría a una galería que se prolongaba hasta las orillas de la referida laguna y hacia la mitad de la cual se encontraría una hornacina con una calavera.
De aquí no pasaban las indicaciones dibujadas en el pergamino, pero debajo de la calavera, que sí venía pintada, había esta enigmática leyenda:
"Por sus cuencas vacías la Muerte contempla el principio y el fin de las vanidades del mundo" Y "El Españolito" explicaba:
—¡Míe usté! Er principio y er fin de las vanidades der mundo es er dinero, el oro. ¿Sabe uzté? Y la frasesita esa quié decí que pa encontrá er de marras hay que seguí la dirección de la mirá e la calavera. ¡Bueno! Esto de la mirá es un decí. ¿Sabe uzté?
—Pero todo eso es muy vago, Españolito —habíale replicado el propietario de los terrenos donde se debía excavar—. Eso no es un plano, propiamente.
A lo que repuso el andaluz:
—¿Es que se figura uzté que los frailes de mi árma iban a plantá un poste con un letrero mu gordo, mu gordo, que dijera: aquí está el tesoro?
¡Amos, anda! ¿No sabe uzté que los frailes han sío siempre unos tíos mu listos? Claro que to esto es un poco vago —quitémosle argo ar superió decí de uzté—, pero póngase en er caso y comprenderá que los pobresitos de mi arma no tuvieron lo que se dice tiempo de hacernos un plano con nortesú, escala, rosa e los vientos y toda la pesca. ¡Vamos, lo que se dice un plano!
Pero indicaciones precisas no fartan. ¡Fíjese uzté! Una flecha, una cripta —
que yo propiamente no sé lo que signifique eso, pero que argo tié que sé—
un cobre, una llave, una puerta, una galería, una hornacina, una calavera...
¡Amos, anda! Si hay má de lo que suele habé en estos planos de tesoros sepultaos! Lo que fartan son los lingotes de oro y ésos tal vé no los pudo pintá el pobresito fraile porque no tendría tinta amarilla, ni tiempo pa procurársela antes de que llegara er Piar.
Al propietario en cuestión no dejó de ocurrírsele que aquello fuera un timo, pero como existía la leyenda y había un proverbio popular según el cual "más pierde el venado que quien lo tira", trató de averiguar hasta dónde llegaría "El Españolito" y concedió:
—Sí. Efectivamente, datos no faltan. Pero aquí hay unas palabras tachadas que quizá eran las indicaciones precisas del sitio donde debe hacerse la excavación inicial.
—Quite uzté er quizá y ya estará ar cabo e la calle. Esas tachaduras las hizo un servidó después de haberse aprendío de memoria lo que ahí decía.
¡Sí, zeñó! Y aquí lo traigo en la cabeza, que es donde está el verdadero plano con tó lo que uzté echa de menos en er pergamino. ¡A ve si uzté no hubiera hecho lo mismo a fin de podé mostrar er papé sin que le birlaran er tesoro! No es que yo desconfíe de uzté —¿me entiende er sentío?—, sino que las cosas son como tién que sé. Ese secreto vale dinero.
Pesetiyas de mi arma que yo he gastao pa procurarme er pregamino y pal viaje hasta acá. ¡Que échele uzté un galgo ar que me quitaron en la Trasatlántica pa traerme hasta La Guaira!
—Pero ¿no habíamos quedado en que el plano lo substrajo del archivo de la catedral su tío el canónigo? Ahora resulta que usted tuvo que adquirirlo...
—¡Míe uzté! Eso de tío no lo tome uzté ar pie e la letra, que no quié decir que er canónigo fuera hermano de mi mare ni de mi pare, sino que...
¡Vamos! Que era lo que se dice un tío y con toa la barba. Y... ¿pa qué ocurtáselo a uzté?: yo tuve que valeme de malas artes y sortá unas pesetiyas. ¡Ya está!
—¡Ah, Españolito bribón! —exclamó el criollo, pero como si con ello le tributase el mejor elogio.
Y luego:
—Bueno, amigo, voy a serle franco. Esos negocios de desenterrar tesoros siempre resultan mabitosos, como decimos por aquí.
Median cosas de ultratumba, que nunca traen buena suerte, y en éste, además, cosas en cierto modo sagradas, las cuales yo respeto.
Así es que no cuente conmigo para esas seis mil pesetillas, como las llama usted a cuenta de la mitad del tesoro. Ahora, si se consigue otro socio que se las dé y con el cual usted parte su mitad —porque la otra mitad sería mía en todo caso—, yo no tengo inconveniente en permitirles las excavaciones, siempre que las costeen ustedes, por supuesto, y me garanticen los daños y perjuicios.
Así las cosas, buscando el andaluz capitalista y el terrateniente haciendo excavaciones de tanteo, por si acaso, transcurrieron varios días y ya el timador veía fracasada su diligencia cuando ocurrió la muerte de Manuel Ladera y se produjo la natural indignación pública.
Pero el general Miguel Ardavín, a quien le comunicaron por teléfono aquella misma noche que en Upata las cosas estaban que ardían, conocía bien a su pueblo y era ducho en el arte de desviar y frustrar los sentimientos colectivos y para ello salió de "Palmasola", muy a madrugada, aquel mensajero cuya comisión secreta intrigara al mayordomo del hato.
Aquella misma tarde, momentos antes del entierro de Ladera, recibía en Upata "El Españolito" una carta del propietario de los terrenos ya famosos, en la cual le "confesaba" que haciendo excavaciones "por no dejar", había encontrado un trozo de hierro que debía de ser la flecha indicadora a que se refería el plano, pero como éste no estaba realmente "sino en su cabeza", le pedía que se trasladara inmediatamente al terreno y le enviaba adjunta una letra a su favor, contra C. Hilder_ amp;Co. de aquel comercio, a quince días vista y por la cantidad exigida a cuenta de la mitad del tesoro.
Se quedó de una pieza "El Españolito".
—¿Si irá a resultá —se preguntó— que yo he sío adivino ar dibujá ese plano? ¡Míe uzté que no deja de tené grasia que en tantos años de vida arrastrá como llevo por el mundo no haya descubierto antes que el hijo de mi mare tenía ese don! ¡Si yo no he hecho sino poné en ese pregamino lo que oí referí al "Lagartijo de Triana" cuando regresó allá con las onzas de oro que se ganó por estas tierras toreando desde el burlaero! Pero el socio dice que ha encontrao la flecha y tó pué sé. ¡Vamo allá, Españolito! ¿Qué pue traé que no lleve? Como dicen por aquí.
Se divulgó la noticia, corrió por todo el pueblo, desplazó de los espíritus la indignación por el asesinato de Manuel Ladera y allí mismo empezaron a correr los rumores que ya no pararían.
Que había aparecido el muro, que habían descubierto el cofre donde estaba la llave... Que no había tal llave ni tal muro... Y mientras unos todo lo creían y otros lo negaban todo, de Manuel Ladera ya no se acordaban sino sus deudos cercanos.
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