Canaima
También Marcos Vargas
Así las cosas, regresó de San Félix Marcos Vargas, convencido de haber perdido su tiempo, pues su declaración fue oída de mala gana por el jefe civil que instruía el sumario del crimen y declarada improcedente, por lo cual venía indignado. Pero como él también tenía el ánimo propenso a las bruscas desviaciones, al enterarse de la novedad apasionante, lo primero que se le ocurrió fue una chuscada para divertirse a costa de los buscadores del tesoro: aparecerse por los alrededores de las excavaciones —que en realidad se hacían bajo la dirección de "El Españolito"disfrazado de fraile fantasma.
Los amigos a quienes comunicó su idea —de aquellos adquiridos la noche de la célebre jugada de las firmas y que pertenecían al grupo de los escépticos respecto a lo del tesoro, llegando hasta sospechar la verdad del caso— acogieron entusiasmados la ocurrencia y como entre ellos estaba Arteaguita, éste prometió:
—Yo hago el hábito. Aquí don de me ven y aunque me sea feo el decirlo —éste era un giro al cual le hallaba mucha chispa el chistoso caraqueño— soy oficial de sastrería. ¡Y buena tijera, no sólo por la lengua!
Consíganme la tela y mañana mismo tendremos fraile en pena, con capuchón y todo.
Así se hizo, con la debida reserva y dos días después amanecía en Upata la noticia de la aparición del fraile. Con la circunstancia muy significativa de que, según muchos upatenses, era el mismo fantasma que ya se dejaba ver por allí desde tiempo inmemorial y tal como lo vieran "El Españolito" y los peones de la finca: inmóvil en un claro de la sabana, a punto de salir la
luna y murmurando con voz cavernosa, que a muchos viajeros les había puesto los pelos de punta:
—¡Aquí, aquí, aquí! Porque, puestos a creer, el que menos sabía más de lo que traían los rumores.
Que "El Españolito" y los peones, como entendiesen que con aquella impresionante letanía el fantasma les quería indicar el sitio preciso donde estaba sepultado el tesoro, a causa del largo penar de su ánima, decidieron acercársele para marcar el lugar; pero que cuando ya estaban a pocos pasos de distancia y a tiempo que a lo lejos cantaba un gallo, el fraile lanzó un lamento terrorífico y desapareció de pronto, cual tragado por la tierra. Que huyeron despavoridos, naturalmente.
—Si hasta nosotros nos asustamos de veras —confesó Arteaguita, ya reunidos con Marcos Vargas él y sus demás compañeros de chuscada—.
Porque, francamente, todavía no me explico cómo pudiste desaparecer tan de golpe y por completo.
—¡Ah! —repuso Marcos—. Ahí está la ciencia del espanto bueno.
Me había parado al borde de un hoyo y me dejé caer en él en cuanto escuché el canto del gallo. Siempre había oído decir que los es pantos desaparecen al oír cantar un gallo. Supongo que eso venga desde los tiempos del de la Pasión; pero lo cierto es que esa martingala no me ha fallado nunca. Porque no es la primera vez que me las echo de fantasma.
Pero a Marcos Vargas no le parecían graciosas las bromas mientras no fueran pesadas, y al día siguiente, ya de acuerdo con los compañeros —
excepto Arteaguita, que sería la víctima—, propúsoles a todos:
—Esta noche le toca a otro hacer el papelito, porque ya me han invitado por ahí a ver el espanto, y si me niego van a caer en sospechas. Que ya las abrigan los que me van conociendo. Esta noche le toca a Arteaguita.
—¡No, valecito! —protestó el caraqueño—. Yo hago el hábito, pero no el monje. No tengo nervios para eso, aunque me sea feo el decirlo.
—Pues no habrá fraile esta noche —repusieron los demás—, porque todos, menos tú, estamos en el mismo caso de Marcos.
—Bien —dijo éste—. No habrá.
Y es lástima, pues todo Upata se dispone a ir a verlo aparecer esta noche.
Y Arteaguita, que todo lo sacrificaba en aras de chistes y chuscadas, tuvo que sacrificar su miedo, que según él era la única cosa grande con que lo echaron al mundo.
—¡Qué se hace! —exclamó—.
Ésos son los gajes del oficio de mamador de gallo. Pero, prepárense, pues si al de anoche le dieron buen resultado el gritico y la caída en el hoyo, el de esta noche va a ser también fraile con sorpresa.
Fueron muchos los que acudieron a presenciar la aparición y si algunos experimentaron las sensaciones propias del temor de lo sobrenatural, cuando se hizo visible el fantasma, a los primeros destellos lunares, ya Arteaguita bajo aquel hábito y en aquel paraje las tenía experimentadas todas, en tropel y en grado sumo: palpitaciones, escalofríos medulares, temblores y sudores y unos ruidos internos que le hacían decirse, para darse ánimos con juegos de palabras:
—¡Cómo suenan las tripas cuando se están convirtiendo en corazón! Ya se disponía, sin embargo, a poner por obra la sorpresa anunciada, cuando Marcos Vargas y los dos amigos que con él estaban de acuerdo, se le adelantaron con la que a él le reservaban, sacando sus revólveres —de cuyas cápsulas habían retirado previamente los proyectiles— y haciéndole disparos.
Se espantó el duende y arremangándose los hábitos echó a correr por la sabana perseguido por los espectadores chasqueados, entre los cuales algunos disparaban también, pero con bala y al bulto. Oyéndolas silbar por encima de su cabeza, Arteaguita se volvía todo piernas y cual si algunas de éstas se le hubiesen desprendido del cuerpo y lo siguiesen, a poco huir sintió que en pos de él otras tamborileaban por la sabana, y con esto acabó de perder el poquísimo dominio de sus nervios que en aquellas angustias pudiese quedarle.
En efecto, eran dos los fugitivos, y Marcos Vargas, recordando que Arteaguita les había prometido una sorpresa, comenzó a gritar entre carcajadas:
—¡Se partió en dos el fraile! ¡Atajen esa mitad que va a reventar por ahí! ¡No los tiren más! Lo atajaron y resultó el "El Españolito" y aunque trató de explicar que no estaba en el ajo, sino que se había apostado por allí
para cerciorarse de lo que hubiese de cierto en la aparición —pues a él no se la daban con frailes, ni verdaderos ni falsos—, nadie le prestó atención y los mismos peones que a sus órdenes trabajaban propusieron indignados:
—Vamos a salarlo, pa que aprenda a no burlarse de los hom bres.
Marcos Vargas acudió en su defensa y al fin logró aplacar a los que proponían el singular escarmiento —que consistiría en desnudarlo y cubrirlo de sal, restregándosela en todo el cuerpo— y entretanto las mil piernas de Arteaguita lo pusieron a salvo, sin que se descubriera quién había sido la otra mitad del duende.
Al día siguiente, muy de mañana, "El Españolito" tuvo que abandonar a Upata, donde todos afirmaban que la farsa había sido obra suya. De nada le valió explicar que aun en aquello de las excavaciones no fue sino un instrumento de ajenos planes que se le escapaban, pues al jefe civil, que en el secreto de ellos estaba, le vino de perlas el caso de ponerle fin a la estratagema de su jefe, que ya había producido los efectos buscados y le ordenó abandonar la ciudad "en el término de la distancia".
Naturalmente, se marchó sin haber cobrado la fementida letra a quince días vista —que nunca se la habría pagado el comerciante contra quien fue librada, sin fondos del librador— y al partir le dejó el famoso pergamino a musiú Giácomo —dueño del "Botiquín Napolitano" y firme creyente en la veracidad del documento— en pago de las copas que le había fiado y del dinero que encima le suministró para el viaje, ya porque el timador burlado le inspirase compasión o porque bien invertido estaba quedando en su poder aquel plano que un día u otro le serviría para ponerse en busca del fabuloso tesoro.
Se llevó también el dinero que Marcos Vargas le metió en el bolsillo al despedirlo, diciéndole entre apenado y burlón:
—¡Qué se hace, Españolito! La soga siempre revienta por lo más delgado y usted tuvo la mala suerte de encontrarse en ese pedazo.
Y así terminó, a la medida de los deseos del general Miguel Ar davín, la aventura del tesoro de los frailes y como esto fue la comidilla de la población durante varios días, así también Marcos Vargas contribuyó a que se echase en olvido el crimen de San Félix.
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