Canaima
Remansos y torrentes
En "Tupuquén", ribera del Caroni, fue la luna de miel. En el rústico caserón pavimentado de antiguos ladrillos fraileros, con sobrado de cañas y barro bajo el fresco techo de palma carata, rodeado de corredores hacia el campo de huerta y arboleda y desde uno de los cuales se dominaba un sugestivo panorama del hermoso río de los diamantes.
La vida tendida hacia el porvenir, paz de alma y trabajo generoso. El despertar madrugador, al canto de los patarucos, guaruras bajo el lucero del alba; la camaza de leche espumosa al pie de la vaca de los dulces mugidos; el trino primero en el copo del mango donde durmió el turupial; el diario recuento de las gallinas mientras picaban el maíz, para saber si durante la noche algún rabipelado visitó el gallinero a la intemperie del guásimo; la risa que a Maigualida le causaban los pavos sensuales con los estampidos de sus esponjamientos y el gusto que hallaba Gabriel en su iniciación campesina, cuando ya no se equivocaba al decir que este gallo era canagüey y el otro talisayo. Y el sol tierno y el aire generoso y el buen humor, sin éxtasis delicuescentes, con la dulce gravedad de la dicha bien gozada.
Luego Gabriel montaba a caballo para recorrer los potreros de la finca o llegábase hasta "La Hondonada" a dirigir el trabajo que allí requiriese el ganado, aprendiendo cuanto era menester para el cabal conocimiento del mundo campesino donde por primera vez se movía y volviendo a experimentar algo de la antigua emoción de las palabras mágicas cuando los peones le revelaban el secreto de las cosas, expresándose con el lenguaje vivo y sugerente del hombre en contacto con la Naturaleza.
Allí era también el ejercicio saludable que le endurecía los músculos lacios del sedentario, el buen sudar, la carrera a caballo en la maniobra del sabaneo para recoger el ganado que hubiera que encerrar en los corrales, el estímulo del apetito que completaría la sabrosa sazón de la comida sencilla, junto al manjar risueño de la compañera amorosa.
El paseo vespertino, sosegado, por la ribera del Caroni. Ancha playa de limpias arenas, rocas negras de caprichosas formas labradas por la constancia del agua, semejantes a mineral de hierro; vegetación de carutos y guayabos rebalseros, palotudos, con las raíces al aire, negros también los troncos; colinas distantes hacia la margen izquierda, de líneas reforzadas bajo la serenidad de la tarde; un picacho lejano coronado de riscos desnudos y lívidos, cejas de nubes plomizas, brasas de arreboles y claros lampos en barras y aquel prodigioso color del río, azul profundo, morado vibrante y a veces negro intenso. Una pareja de guacamayos escarlata nunca faltaba para romper la armonía de los colores adustos, y con sus ásperos rajeos al vuelo la dulzura del vesperal silencio. Y la callada vuelta, bajo las primeras estrellas, madura el alma de sueño realizado.
Luego llegó Aracelis con la alegría chispeante y el hablar tumultuoso.
—Vengo a pasarme unos días con ustedes. No me han invitado, pero aquí estoy. Por mí no se preocupen, porque pueden seguir besándose y amurrullándose como si estuvieran solos. En cuanto supe que una familia de Upata venía para Ciudad Bolívar armé viaje para acá. Pero no se imaginan el trabajo que me costó arrancarle el permiso a papaíto. Él sigue pensando en el viaje a Francia: nadie se lo quita de la cabeza; pero lo que es a mí no me arrea por delante como a la pazguata de mamaíta, que no quiere ir y sin embargo no protesta. No sé qué voy a hacer, pero yo encontraré el modo de salirme con las mías. Aunque ese novio mío del chorizo no merece que me apure tanto por él. ¿No te conté que apenas me dijo tres o cuatro palabras cuando pasó por Upata? ¡Mentira! La enfermedad de su mamá lo traía muy preocupado y con ganas de acabar de llegar a Ciudad Bolívar.
!Pobrecito! Si se tarda unos días no la encuentra. En paz descanse misia Herminia. ¡Tan buena que era! Yo apenas la conocí, pero me gustó mucho la viejita, con aquella carita tan triste y tan simpática.
Ya se le veía que estaba enferma del corazón. Pero no duró nada, chica.
Seis meses hace del acontecimiento y ya está bajo tierra hace quince días.
¡Pobrecito Marcos! ¿Verdad? ¡Lo que habrá sufrido, él, que quería tanto a su viejita! Papaíto dice que el acontecimiento le violentó la enfermedad; pero yo le adivino la intención: quiere que yo me desprenda de Marcos. Y
en eso sí que pierde su tiempo. ¡Más que nunca estoy enamorada de él! Pero
¿quién ha dicho que porque haya tenido una desgracia va a ser malo? Como dice el refrán: ¿porque una vez mató una vieja, lo llaman mataviejas? Y
Maigualida no pudo menos que exclamar:
—¡Mujer! No mezcles lo trágico con lo grotesco.
Días después llegó Marcos Vargas. Traía en el rostro las señales de un espíritu trabajado a fondo por las fuerzas brutales de la vida: la sombra del sufrimiento y el estrago del gesto con que se ha asumido la actitud definitiva ante la fatalidad.
Junto a la madre moribunda su corazón agotó la capacidad de ternura; sobre aquella frente dejaron sus manos toda la delicadeza que tuvieran para la caricia, y si de algún modo aún existía acento amoroso en su palabra, era resonando dentro de aquellos oídos en el sepulcral silencio, como el rumor marino en el caracol que enfurecido oleaje arrojó a la playa. Cuando ya la vio inerte y fue necesario amortajarla, la levantó en sus brazos para que las hermanas le hicieran el último lecho —como tantas veces la había cargado, feliz y contenta de su hijo cariñosoy todavía sus brazos no habían olvidado la sensación tremenda, ni nunca más llevarían sobre sí carga viviente que no la sintieran muerta. Luego, ante la fosa sellada, encogió los hombros e hizo el gesto con que le decía el destino:
—¡Bueno! Ya me tienes solo.
¿No era esto lo que querías? Ahora, en presencia de Aracelis, ya no sonreía contemplando aquel rostro donde chisporroteaban las fuerzas jubilosas de la vida, no veía la belleza admirable, ni la juventud esperanzada, ni la cálida promesa de amor, sino para que todo esto le atizase la fogarada de hombría con que amenazó a Francisco Vellorini si intentaba atravesársele en el camino. De violencia rampante ya sólo podía ser el suyo, porque la mano se le había aridecido en garra para tomar el don de la vida y así repuso a las amorosas demostraciones de Aracelis:
—Menos palabras, Bordona, y de una vez por todas: ¿estás dispuesta a irte conmigo?
—¿Para dónde, chico? —preguntó ella, con sentimientos confusos agolpados en el espíritu.
Para el Cuyuni, para Rionegro. ¡Para donde yo quiera llevarte!
—¡Hasta el fin del mundo! —prorrumpió la porción aventurera de su alma—. ¡Qué delicia! ¡Tú y yo solitos en una piragua, por esos ríos, por esas selvas! ¡Con las ganas que tengo de conocer todo eso!
—Pues bien. No hay que hablar más. Esta noche misma te vas conmigo.
—¡Ah!... Pero... ¿Sin casarnos, Marcos?
—¡Ríete de eso! Te vas conmigo como se van las mujeres con los hombres que les gustan.
Pero ya ni sonreír podía Aracelis; el zarpazo le había desgarrado la porción fina del alma.
—¡Marcos! —exclamó, doloridamente—. ¡Yo creí que tú me querías de otro modo!
—Pues ya sabes a qué atenerte, y eso vas ganando de una vez sin haber perdido nada todavía.
Y ella, sonrojándose ahora:
—Nunca pensé que me confundieras con una mujercita del pue blo.
—Te equivocas. Si fueras una de esas mujercitas, como despectivamente las llamas, quizás te propondría matrimonio; pero eres la flor de Upata, la hija preferida del orgulloso Francisco Vellorini.
—¿Y él qué mal te ha hecho?
—A mi ninguno, realmente.
Pero como él tampoco me quiere para marido tuyo, él se la ha buscado y ya se la está encontrando.
Esta noche, al primer menudeo del gallo, estaré esperándote aquí fuera.
Y con esto se separó de su lado.
Entretanto Maigualida, que por allí estaba y ya empezaba a tejer pequeñas cosas, se complacía en pensar, agradecidamente, que a él le debía la dicha serena, pues fue contra aquel muro de fortaleza donde se estrellaron las fuerzas brutales desencadenadas en torno de ella.
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