Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 25 de 50

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Canaima

Capítulo IX

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Las carcajadas de Apolonio

Apolonio Alcaraván, jefe civil de El Callao, era un hombre simpático, o por lo menos en tal concepto lo tenían sus gobernados.

Llanote, expansivo, bromista, si nada escrupuloso para procurarse dinero por todos los medios que le deparara la autoridad que ejercía, nada tacaño tampoco para desprenderse de él cuando fuere ocasión de mostrarse espléndido. La mayor parte del tiempo se lo pasaba sentado a la puerta de la jefatura, metiéndose con los transeúntes, dirigiéndoles chirigotas y celebrándoselas por su parte con unas clamorosas carcajadas que hacían sonreír a los vecinos.

—¡Mira, Manuelote! Por allá voy a mandar por la chocontana que me ofreciste para el macho que le compré al caureño.

—Yo no le he ofrecido nada, coronel —protestó el transeúnte, que era un hombrecito, y en aplicarle el aumentativo consistía la gracia simple y chocarrera de Alcaraván.

—¡Cómo no, chico! ¿Ya se te ha olvidado? Hazte ver esa memoria con un médico y mándame la monturita, que me está haciendo mucha falta.

¡Cuaj, cuaj, cuaj! Y Manuelote, que nunca había pensado hacerle tal obsequio, víctima de la singular virtud de aquella carcajada, cuyos sonoros abismos ya se habían tragado muchas cosas, sonrió y accedió:

—¡Bueno, pues! Si ya usted le ha puesto la vista, ¡qué se va hacer! Será suya la chocontana.

—Otro te la habría quitado por las malas.

—También es verdad. Pero, de todos modos, no vuelva a enamorarse de lo mío.

—¡Cuaj, cuaj, cuaj! Y Manuelote siguió su camino, lamentándose de la pérdida de su montura como de cosa fatal:

—¿Quién me mandaría pasar por esa calle? Pero agregando en seguida:

—¡Ah, coronel, y lo sabroso que se ríe de sus picardías! ¡Si no fuera por lo simpático que es! Mientras Apolonio a su secretario:

—¡Ah, bachiller! ¿Qué le parece? Ya tiene silla la bestia famosa.

—Y barata que le ha salido —repuso el secretario—. Ya he escuchado.

—Lo que viene liso no trae arrugas. Bueno ha sido desde el principio ese negocio del macho. !Cuaj, cuaj, cuaj! Era uno que días antes le había ofrecido en venta un caureño tratante en bestias.

—El macho me gusta y además me hace falta —manifestó entonces Apolonio—. Pero sesenta libras esterlinas son mucho dinero para sacarlo así, como quien dice, de una manotada a la faja.

—Por eso no se preocupe, coronel —repuso el chalán—. Me lo paga cuando guste. Ahora voy rumbiando pa Tumeremo, pero estaré de vuelta el 15, si Dios quiere. De aquí allá será mucha la esterlina que habrá caído por aquí.

Llegó el día convenido y el secretario le advirtió:

—Acuérdese, coronel, de que hoy se vence el plazo del macho.

Ya regresó el caureño.

—¡Ah, caramba, bachiller! Es verdad. Y yo tan tranquilo...

Pero hoy es sábado, día de la Virgen, que me va a sacar de este apuro.

Mande esta tarde a los policías que se aposten a la salida de la mina y arresten sesenta negros de los más alborotosos. De esos que siempre están formando escándalos en la vía pública, cuando andan con plata en el bolsillo, contimás siendo oro de ley. Más vale prevenir que castigar, dice el manual del buen gobernante que usted está escribiendo en los ratos desocupados. ¿No es así, bachiller? El secretario cumplió la orden y cuando los mineros detenidos quisieron protestar en su trabalenguas de antillanos ingleses:

—¿Qué malo estaba haciendo yo, chico? ¿Por qué me mandaste arrestá con pulicía? Aquél les repuso:

—¡Que hoy se vence el plazo del macho! Y no averigüen más porque es peor. Veinticuatro horas de arresto por escándalo en la vía pública o una

libra esterlina de multa por cabeza, dicen las ordenanzas municipales. De modo que ustedes dirán qué prefieren.

Prefirieron pagar la multa —no era la primera vez— y así pudo Apolonio Alcaraván salir de su compromiso. Y rió más que nunca, exclamando:

—¡Ah, bachillercito ocurrente ese secretario mío! ¡Y después dicen que los plumarios no sirven para nada! Si materialmente le adivinan a uno el pensamiento... A ese mío no lo cambio por otro ni que me revuelvan encima.

Y todo El Callao rió junto con él.

—¡Cuaj, cuaj, cuaj! Una tarde, paseando en su macho por los alrededores de la población, se encontró de camino con un forastero mal trajeado y cara de pícaro hipócrita, pero de las que a él ya no le metían gato por liebre.

—¿De dónde la trae, amigo? —le preguntó emparejándosele.

—Del oriente del Guárico, por no decir de ahí mismito —respondió el caminante, arrastrando demasiado su acento llanero, tal vez porque ya venía arrastrando los pies.

—¿A pie desde la tierra de las bestias buenas?

—¡Para que vea, compañero! Al píritu y con el hambre por bastimento.

—¡Ah, caramba, amigo! ¡Mire que usted es dejado! ¿Y esa magaya para qué es? Una gallina por lo menos, que nunca faltan por esos ranchos del paso, traería yo en ella.

—Lo del hambre fue un decir y lo de la gallina no crea usted que ya no ha sucedido —repuso el llanero, sin saber que hablaba con la autoridad del lugar adonde se dirigía, pero sí con un hombre simpático que inspiraba confianza—.

Sólo que con la magaya, como la llama usted, que yo hasta ahora venía llamándola porsiacaso, no traigo ahora sino recuerdos de mi antiguo oficio.

—¿Y ése cuál era? Si no es demasiada curiosidad.

—Sacristán. Aunque me sea feo el decirlo a estas alturas.

—¡Ajá! Dicen que es oficio productivo.

—Según y cómo la parroquia.

La mía era de pocas limosnas en el platillo. De donde al fin me decidí a dejarla para venirme a Guayana, a ver si es verdad lo que se cuenta de los ríos de oro.

—¿Y se trajo usted el plati llo, por supuesto? Otro tanto hubiera hecho yo por la medida chiquita —insistió Alcaraván a fin de que el forastero acabara de franqueársele y así saber de una vez qué clase de hombre era su nuevo súbdito.

—Pues no, para que vea. Pero ya que usted me da el pie, voy a decirle qué me traje: una sotana vieja del cura párroco, no muy vieja ella, una sobrepelliz, una estola, un bonete y un librito.

—¿Y eso para qué, compañero?

—Para los porsiacasos. Yo vengo a buscar oro, como le digo, pero a lo mejor no lo encuentro en los placeres de que he oído hablar por allá y quién sabe si la necesidad, que ya se sabe que tiene cara de hereje, me obligue a echar mano de lo que aprendí en la sacristía. Un matrimonio, por estos montes donde debe de haber mucha gente apersogada que no ha cumplido con la Iglesia, un bautizo y hasta la obra de misericordia de un entierro, a lo que puedan pagar los deudos por cada réquiem. Yo respeto lo sagrado por costumbre y por devoción, pero si el hambre me acosa, también estoy dispuesto a tirarle palo a todo mogote, porque la primera devoción de un cristiano es conservar la sal del bautismo.

¿No le parece, compañero? Aún no tenía el sacristán por qué sospechar que estuviese diciéndole todo esto a quien podría impedirle, por lo menos, que lo pusiese por obra; pero ya Apolonio Alcaraván había visto dos cosas muy interesantes para él: que realmente aquel forastero era un pillo y que allí había negocio. Mas se preguntaba para sus adentros:

—¿Cómo le propondré a este sacristán bellaco lo que se me acaba de ocurrir, sin crearme complicaciones con el obispo de la diócesis?... ¡Ah!

¡Ése es el tiro! Y al caminante, quien, por haber quedado sin respuesta sus palabras, ya se arrepentía de su indiscreción:

—Amigo, voy a decirle la verdad. Lo que me parece es que usted no es tal sacristán.

—Realmente ya no lo soy —repuso el indiscreto receloso, explorando el rostro de su interlocutor, que ahora se le volvía enigmático, después de

haberle inspirado confianza irresistible. Pero ¿es que ni siquiera tengo cara de haberlo sido, compañero?

—Cara de cura es la que tiene usted —respondió Alcaraván—.

Dicho sea con todo el respeto.

—Puede ser —admitió el otro sintiéndose ya "maroteado, pero sin ver todavía la marota", como llaneramente se le representó su propia situación

—. Son quince años los que he vivido entre ellos y eso se pega.

—¿Se pega? ¡Hum! Déjese de entaparados conmigo, presbítero.

Yo soy lo que se me ve por encima.

Confiéseme, aquí entre nos, que usted es sacerdote arrancado que viene a echá su tirito a la aventura del oro. Que no es ningún pecado, salvo su superior opinión, si es que, por el contrario, no es gran virtud, pues bien puede ser que ese oro no venga buscándolo para usted, sino para las necesidades de su iglesia.

De una manera lejana comprendió el sacristán que aquello iba encaminado a algo preciso, y para ganar tiempo preguntó:

—Pero, ¿por qué se lo voy a confesar? Y Apolonio, ya con buen argumento para el posible reproche del obispo, pues por lo menos el hombre no había negado que fuese sacerdote:

—Ya no hace falta, padre. !Usted lo ha dicho! Y permítame que le manifieste, sin que le ofenda la comparación, que viene usted como pedrada en ojo de boticario.

Que por cierto no me explico por qué han de ser siempre oportunas las pedradas en ojos de boticarios.

Yo soy el jefe civil de El Callao, Apolonio Alcaraván, para servirle...

El sacristán estuvo a punto de soltar la magaya y echarse a campo traviesa; pero fue cosa de un instante no más la pausa que deliberadamente hizo Apolonio.

—En el pueblo —prosiguió— no tenemos cura de almas y créame, padre, que una de las cosas que más me mortifican es que estemos pasando esta Semana Santa sin festividades religiosas. Ya mañana es Viernes Santo y ni siquiera el "Lignum Crucis" íbamos a poder celebrarlo si no hubiera sido por este feliz encuentro que he tenido con usted... ¿Cuál es su gracia, padre, si me hace el favor?

—Mi nombre es... Candelario Algarrobo —soltó el otro, entre temeroso y resuelto, amoscado y zumbón.

—¿De los Algarrobos de Valle de la Pascua? —insistió Apolonio, fingiendo creerle que así se llamara.

—No, señor. De los de El Chaparro. ¿Y usted, si no es mucha curiosidad, de los Alcaravanes de dónde?

—Este sacristán no se muerde la lengua —pensó Apolonio. Y en seguida, en alta voz—: ¡Ah! Sí.

Ya conozco esos algarrobos y ahora recuerdo que me habían contado que uno de ellos se había metido en la Iglesia. Digo: que se había ordenado.

Y como el sacristán lo miraba de hito en hito, sin haber puesto en claro todavía si aquello eran bromas o picardías:

—Pues sí, padre Algarrobo, llega usted como le dije. En El Callao no hay cura de almas, le repito, y por un día más que se ponga usted esa sotana, esa sobrepelliz, esa estola y ese bonete y jale por este libro que trae en la magaya, no creo que hayan de sufrir gran perjuicio los motivos que tenga para venir de Incógnito. Que yo los respeto, desde luego. ¿Dice usted que mañana mismo sigue su viaje para Tumeremo? ¿No fue eso lo que me dijo hace poco? Pues se va con la fresca de la tarde, en vez de coger camino de madrugada y en la mañana nos celebra el "Lignum Crucis". Aquí la gente es muy piadosa, a pesar de todo, y el platillo de esta parroquia no es de limosnas de a centavo, sino de libras esterlinas. Yo me encargaré de que resulte ese amén que acaba de soltar usted.

Al sacristán —con el hambre que llevaba, el sol que había cogido por el camino y las cosas que estaba oyendo— le daba vueltas la cabeza y no acertaba a dilucidar qué clase de hombre era aquél, ni qué se proponía con todo aquello.

Pero Apolonio continuó:

—Por supuesto que... ¡En fin! Usted sabe que los hombres de mundo somos interesados y no le voy a ocultar que me vendrían bien la mitad de las esterlinas que caigan mañana en el platillo.

Y ya no le quedaron dudas al de a pie de que el de a caballo fuera realmente el jefe civil del lugar.

Y todo lo vio claro, sencillo, perfectamente explicable.

—Es muy natural —dijo, poniendo ya la voz untuosa que al caso convenía—, Muy justo, además, si a ver vamos.

—¡Ya lo creo que lo veremos! En El Callao yo doy la pauta y la primera libra que va a caer en el platillo va a ser la de un servidor. Que, por supuesto, ésa no entrará en el reparto.

—¡No faltaba más, general!

—Coronel, por el momento —corrigió Apolonio.

—Dios mediante, pronto habré tenido razón al equivocarme —lisonjeó el de la magaya, cambiando su estilo llano de sacristán por el revesado, que le parecía más canónico.

Pero al coronel Alcaraván no le daban por liebres sus propios gatos y conservando de la farsa lo que fuere menester para defenderse ante el obispo, llegado el caso, repuso socarronamente:

—Yo sigo teniéndola sin haberme equivocado al decirle a usted que tenía cara de presbítero, ¿ver dad? Pero volviendo al negocio concertado: no conviene que entre en el pueblo con ese traje de paisano y esa facha.

Métase por estos montes mientras yo llego y le mando una bestia y una navaja de afeitar para que se ponga en carácter con todo y sotana.

—La cosa es que no trago teja —advirtió el sacristán— y este pajilla no es muy canónico, que digamos.

—Le mandaré también un jipijapa. Yo he visto mucho cura con jipijapa por estos caminos.

—¿Y no le parece, coronel, que sería bueno que me mandara también algo a cuenta, para no llegar tan arrancado?

—¡Ya me pegó el machete el presbítero! ¿Primicias no llaman ustedes a estos anticipos? Ahí van dos libras, que con una que echaré mañana en el platillo serán tres que no entrarán en el reparto.

Cayeron muchas, el sacristán haciendo muy bien su papel y Apolonio esfuerzos sobrehumanos para no soltar la risa.

Se desahogó a sus anchas después de los oficios, cuando obsequió con champán, copiosamente, a los mismos dadivosos timados. Pero aunque le hacía cosquillas el deseo de explicarles de dónde había sacado el dinero con que los agasajaba, hubo de contentarse —por aquello de las posibles

complicaciones con el obispo— con ponerlos recelosos a fuerza de tanto reír sin motivo a la vista.

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