Canaima
El varadero
Marcos Vargas había ido a El Callao en busca de clientes para su negocio; Apolonio Alcaraván, que antes de conocerlo ya simpatizaba con él por la ocurrencia de la jugada de las firmas, con clamorosas carcajadas celebradas cuando se la refirieron, le había prometido ayudarlo, y gracias a tan eficaz palanca ya aquél contaba entre su clientela a los principa les comerciantes de la población.
—Creí que usted fuera ardavinista —le manifestó Marcos Vargas— y, francamente, no esperé que me arrimara tanto el hombro.
—Yo lo que soy es esterlinista —repuso Alcaraván, haciendo ocurrente su cinismo—. Y como usted me ofreció una por cada cliente que le consiguiera...
A lo que replicó Marcos, tomándose de una vez por todas la confianza que le brindaba:
—Quítese esa idea de la cabeza, coronel. Lo que es con dinero mío no pone usted su fiesta.
Y esto acabó de granjearle todas las simpatías del hombre de las carcajadas.
Ya le había contado buena porción del anecdotario propio y ajeno de la vida picaresca de El Callao, concluyendo:
—Pero sería cuento de nunca acabar, porque El Callao, como todo Guayana, es una universidad donde los hombres se lo pasan estudiando travesuras de muchachos y celebrándoselas unos a otros.
Y ahora, para que conociese a algunos personajes de aquel anecdotario, había organizado en su obsequio una ternera —criollo festín campestre, de
carne asada con guasacaca, copiosamente rociada con bebidas espiritosas—
en casa de uno de sus mejores amigos, el norteamericano Davenport.
Hombre ya de edad madura, corpulento y de inalterable buen humor.
Mr. Davenport había sido uno de los directores de la fenecida empresa minera de "El Callao" y desde entonces se había quedado por allí, donde era muy estimado y querido por su espíritu bondadoso y su carácter chancero y sobre todo por el gusto que demostraba en emplear términos y giros criollos.
Habitaba una casa de campo situada en las inmediaciones del pueblo, bastante confortable, con arboleda de mangos y terrenos de sembradío, donde para su mesa y la de sus amigos le cultivaba hortalizas un chino viejo, de los que para tal oficio empleara aquella fenecida compañía minera.
"El Varadero" denominábanse aquella casa y huerta, nombre que le puso su dueño porque, según la usual frase criolla, él era uno de los extranjeros que, yendo a aquella tierra en plan temporal de negocio o de aventura, luego se "quedan varados" en ella, sin forzoso motivo que lo justifique, renunciando a la propia, que por más civilizada debiera serles más atractiva.
Y Mr. Davenport explicaba:
—El varadero es el trópico, chico. Esta cosa sabrosa de contestar a todo lo que te proponen:
—Déjalo para mañana, chico. Del apuro no queda sino el cansancio—.
Esta tierra donde todo es amor y poesía. Y mamadera de gallo, por encima de todas las cosas. Míster Davenport no tiene en el mundo más familia que ese chino viejo que le siembra los repollitos y las lechuguitas que él gusta comerse fresquecitas. Tiene además una cocinera alemana y come carne palante y del botiquín de El Morocho le mandan cerveza fría, toda la que quiera. ¿Qué más, chico? ¡Así es la cosa! Míster Davenport se siente contento en su varadero.
Tenía también —y ya le costaba buen dinero— el capricho de importar mulas de su país, unas mulas de gran alzada, sobre las cuales su corpulenta humanidad alcanzaba proporciones imponentes, y para alimentarlas cultivaba pastos seleccionados en la mayor parte de los terrenos de su finca.
Pero las bestias no resistían el clima y ya eran muchas las que se le habían
muerto, sin que por eso desistiera de servirse de ellas solamente, y en reponerlas se gastaba grandes sumas.
No obstante su predilección por la cerveza helada, que de El Callao le mandaban diariamente, en considerable cantidad, del botiquín de El Morocho, también importaba "whisky" en barricas, para su consumo personal y copioso regalo de sus amigos, que a menudo organizaban terneras en "El Varadero".
Pero Mr. Davenport poseía, además, condiciones verdaderamente estimables. Era dadivoso con el que de ello tuviera menester, servicial con el amigo —excepto sus mulas, que a nadie, ni por nada del mundo, se las prestaba— y cultivaba veleidades de médico, especialmente en casos de disentería, muy frecuentes por allí, en los cuales se instalaba a la cabecera del enfermo —con mayor ahinco si era gente que careciese de recursos, campesinos o jornaleros o sus mujeres o sus hijos, que de otro modo habrían muerto de mengua— y administrándoles una fuerte dosis de ipecacuana, ayudada con otra de opio —de una bola que para el efecto siempre llevaba consigo, cuando recorría los campos de la región— sacaba su reloj y le decía al paciente, sugestionándolo:
—Tú no vomitas esta cosa porque tú eres un palo de hombre (así fuese mujer o niño el enfermo). Tú aguantas esto dentro de tu estómago una hora por mi reloj y estarás curado de bola.
Y eran muchos los que así había salvado de la muerte.
Allí estaba Mr. Davenport, a la sombra de la arboleda de sus mangos —
bajo la cual difundía apetitoso aroma la ternera en los asadores, en torno al fuego atizado por el chino viejo— con su roja faz risueña y ya de blanco barbada, envuelta en la olorosa nube del humo de su cachimba de tabaco de Virginia y un vaso de "whisky" en la diestra velluda, haciendo tintinear el trozo de hielo mientras, mirando complacido hacia el prado por donde pacían sus hermosas mulas, oía la anécdota suya que a propósito de ellas le contaba Alcaraván a Marcos Vargas.
—Fue en la última revolución en que yo me chamusqué el pellejo —
decía Apolonio—. Le había ordenado a un capitán de apellido Guillén que cogiera por este camino con su compañía mientras yo daba la vuelta por otro lado, y al pasar frente a esta finca y ver las mulas de Mr. Davenport se
le ocurre al hombre entrar a ver cómo se ponía en una de ellas. No estaba aquí Mr. Davenport y le salió el chino preguntándole:
—"¿Qué quiele tú, Guilén?— A lo cual respondió mi hombre:
—De parte del coronel Alcaraván vengo por una de esas mulas que le ofreció prestar míster Davenport.
Pero como el chino sabía que el musiú no le prestaba a nadie sus bestias, se negó a entregársela y Guillén no se atrevió a llevársela por las malas, seguramente por el temor de que la escuadra americana viniera a bombardear a Ciudad Bolívar si Mr. Davenport se quejaba ante su gobierno y así siguió su camino para reunirse conmigo. Bueno, pues. Regresa Mr.
Davenport, le cuenta el chino lo ocurrido y apenas oye decir que yo estaba alzado y gente mía había intentado quitarle lo suyo más querido, monta otra vez y parte a ponerme la queja.
—A ponerte la queja, no —protesta Mr. Davenport—. ¡A pelearte! A eso fue que salí. ¡A derrotarte, como te derroté!
—¡Cuaj, cuaj, cuaj! Efectivamente —rectifica Apolonio—: yo que estoy desprevenido, con mi gente acampada en el monte, cuando oigo unos ecos de:
—¡Párate ahí, vagabundo! ¡Ladrón de mulas ajenas!— Y acto seguido unos disparos de revólver. Formó de carrera mi gente, creyendo que fuera la del gobierno la que nos atacaba, y ya iba a ordenar fuego cuando me fijo en que es un hombre solo el que viene contra mí y veo que nada menos que mi gran amigo Mr. Davenport.
—¿Qué es eso, musiú?— le pregunto a veces, y él se me acerca y me cuenta lo ocurrido —que Guillén no me lo había referido todavía—, y en seguida, desmontando y disponiéndose a sacar algo que llevaba en los bolsones, me dice:
—"Aquí vengo a desafiarte para que te pegues conmigo, grandísimo vagabundo"—. Y diciendo así saca el pertrecho que llevaba para la pelea.
¡Cuatro botellas de "wisky"! ¡Cuaj, cuaj, cuaj! ¡Nunca he peleado yo con más gusto!
—Pero te derroté, sinvergüenza —insiste Mr. Davenport—. Di que no.
Cuando yo me monté arriba de mi mula para regresarme, tú no pudiste montarte en tu machito de revolucionario ladrón de gallinas.
Te dejé tirado encima del suelo, derrotado y rendido. Confiesa la verdad, coronelito cobarde.
Risas de los demás bajo el trueno de las carcajadas de Alcaraván y comentarios a propósito de otras regocijadas ocurrencias de Mr. Daventport, americano de Kentucky, varado a orillas del Yuruari hacía muchos años, con su viejo hortelano chino, su cocinera alemana y sus robustas mulas, las únicas que no habían llegado a aclimatarse en aquella tierra brava.
—Dicen que es el paludismo el que las mata —comenta Alcaraván—, pero si estas tierras fueran paludosas no estaría Mr. Davenport tan fuerte y tan colorado como lo vemos.
Pero Mr. Davenport tenía ideas originales acerca de aquel mal endémico.
—Paludismo es flojera, chico.
Entra en cuerpo cuando cuerpo no trabaja. A mí no me pega tu calentura porque yo trabaja palante desde que mi levanta hasta que mi acuesta.
Trabaja en la tierra junto con el chino, trabaja en la casa, después mi monta en mi mula y salgo a hacer ejercicio por los campos y cuando no tiene ninguna otra cosa que hacer, trabaja en vidrio, con el material que mi manda todos los días el botiquín del Morocho. Pero el guayanés le pide permiso a una pierna para mover la otra y mientras el permiso va y viene, el paludismo se le mete en el cuerpo. ¡Flojera, chico! ¡Así es la cosa! Por flojera no sancochan el agua y se beben mosquito y toda porquería.
—Siempre tirándole usted a la tierra y sin embargo no se desprende de ella.
—¡Ah! Porque todavía no se ha acabado la mamadera de gallo, que es la única cosa buena que saben hacer ustedes. Pero en cuanto vea que ya se está acabando la guachafita, mi monta en mi mula más caminadora, arrea palante mi chino y mi alemana y mi va con mi música a otra parte.
Y luego.
—¡Cosa seria esta tierra tuya, Marcos Vargas! Es la guachafita mejor organizada que yo he visto sobre el mundo. Y si no, ¿en cuál otro país de la tierra puede ser autoridad un bandolero como este Apolonio, que corta hasta por el lomo?
—Pero si el primer guachafitero es usted, y ya lo ha confesado —
interviene uno de los más aprovechados de aquella universidad del buen humor, que decía Alcaraván.
—Tú no hables, Modestico Silva —replicaba Mr. Davenport—.
Ni tú tampoco, Néstor Salazar.
Eran éstos dos amigos inseparables en las correrías en pos del oro del Cuyuni, de donde varias veces habían regresado ricos para poner la fiesta, y en obra de días volver a quedarse pobres y de nuevo emprender la expedición aventurera.
Andaban por los cuarenta y pico y eran famosas en todo Guayana las chuscadas que de concierto habían planeado y llevado a cabo; pero si a Modesto se le veían en la cara, en cambio Néstor Salazar tenía la de hombre serio y hasta tímido, como en realidad no dejaba de serlo ante desconocidos.
—¿Conoces tú —prosiguió Mr.
Davenport, dirigiéndose a Marcos Vargas— el cuento del matrimonio de estos dos vagabundos sinvergüenzas? Voy a contártelo. Estaban novios de dos señoritas de la crema de Guasipati, hermanas ellas dos y muy parecidas entre ellas, por lo cual, más que todo, las enamoraron estos dos bribones, que para todo andan siempre amorochados, y cuando ya habían decidido casarse y estaba fijada la fecha, la misma para los dos casamientos, naturalmente, se les ocurre hacer una cosa que nadie hubiera hecho nunca.
Inventan un viaje a Trinidad, de allá mandan poderes a dos amigos suyos, uno de ellos el birote del musiú que está contándole esta cosa, y cuando se estaba celebrando el matrimonio civil en la sala de la casa de las novias, me da con un codo en mi brazo la de Néstor, a quien yo le estaba amarrando el bongo sin saberlo y me dice, muerta de risa:
—"Voltee para la ventana y vea quiénes están en la barra"—. ¡Estos dos sinvergüenzas, presenciando sus matrimonios como simples espectadores y burlándose de nosotros los que estábamos haciendo el papel de birotes! ¡Y
yo, que por haberme metido en los corotos, mi estaba ajogando dentro de aquella levita que mi había puesto! ¡Carache! Y el jefe civil, este mismo bribón de Apolonio, que entonces estaba cortando hasta por el lomo en Guasipati y estaba en el secreto de la mamadera de gallo, preguntándome
muy serio si yo tomaba por esposa y por mujer a la muchacha. Me dejé de zoquetadas y le contesté:
—Pregúnteselo a Néstor, que está en la barra. Yo aquí no estoy haciendo sino el papel del que amarra el bongo, que tú sabes cuál es—.
Por supuesto, ese día corrió el champán por la calle.
Ahora corría el "whisky" bajo la arboleda de mangos, mientras el chino volteaba los asadores donde el fuego sazonaba la olorosa ternera, y era un cuento tras otro, del inagotable repertorio del buen humor, a veces infantil, con que aquellos hombres alternaban la reciedumbre aventurera, para aturdirse contra la acción enervante del medio que los rodeaba o para no escuchar las internas voces acusadoras que pudiesen atormentarlos.
De pronto se hizo el silencio.
Por el camino, frente a la arboleda, jinete sobre un caballejo desmirriado y renqueante, pasaba un extraño caso deplorable que invitaba a reflexiones.
Un joven inglés, de apellido Reed, ingeniero que había sido de la nueva mina "El Perú" y ahora, carcomido por la tuberculosis bajo la engañosa apariencia saludable del rojo amoratado de su faz, moraba solitario y misántropo en un cobertizo de palma, a media legua de "El Varadero" y a poca distancia del camino que conducía a Tumeremo, junto a una cañada que por allí atravesaba el agreste paraje.
Dos años ya transcurridos, allí se pasaba el tiempo Mr. Reed —que nunca fue muy inclinado al trato de sus semejantes—: del chinchorro a un catre de campaña, de fabricación inglesa, único mueble que había bajo el chozo, a ratos oyendo la música gangosa de tres o cuatro discos en un viejo fonógrafo de corneta, a ratos dormido al aire libre que circulaba bajo techado, a ratos con las manos entrelazadas bajo la nuca y la mirada perdida sobre el melancólico campo que lo rodeaba en silencio y soledad de yermo, mientras por los alrededores el caballejo, maniatado, pacía cojitranco yerba brava. Sólo al atardecer lo habían visto algunos viajeros, paseante taciturno por los chaparrales de la sabana o parado sobre una loma, a distancia del camino, contemplando el panorama, ahora dulce a la luz esmorecida.
Los sábados, por la mañana, montaba en su caballejo y se dirigía a las oficinas de la compañía minera donde había prestado inteligentes servicios, a cobrar la asignación mensual, que todavía le conservaban por
consideraciones especiales y con la cual se compraba, allí mismo, unas latas de conservas alimenticias, de procedencia inglesa, que eran su condumio casi exclusivo, y unas botellas de vino para el estado de semiembriaguez con que sobrellevaba su soledad.
Allá cambiaba algunas palabras con los antiguos compañeros de trabajo, recogía y en seguida contestaba, lacónicamente, las cartas de la madre, que residía junto con sus hijos menores en una pequeña ciudad del País de Gales, en el condado de Carnarvon, adonde reiteradamente venía llamándole hacía dos años, y después de este breve contacto con la gente de su lengua y de su sangre regresaba a su obstinado aislamiento.
Entre días llegábase hasta allá Mr. Davenport a charlar con él; pero él no retribuía estas visitas ni demostraba gusto en recibirlas.
Ensimismado o desentendido de quienes estuviesen en "El Varadero", iba ahora de regreso a su cobertizo, y Mr. Davenport, moviendo compasivamente la cabeza:
—Otro de los varados para siempre en esta tierra pegajosa —murmuró.
Y luego, a los que lo rodeaban contemplando en silencio el extraño caso:
—Puede que esté tuberculoso, como dicen, pero su enfermedad más grave, su enfermedad incurable, tiene otro nombre. Se llama chinchorro, que es la enfermedad más traidora de esta tierra. La madre de ese muchacho es rica, o por lo menos posee una bonita renta, y ya varias veces le ha escrito que se vaya a un sanatorio de Suiza, el mejor que quiera elegir para su curación; pero ya él ha cogido gusto al chinchorrito de moriche y de ahí nadie lo arranca ni con una yunta de bueyes. ¡Carache!
—También tiene un catre de campaña que no es producto de esta tierra
—objeta Néstor Salazar.
—Sí. ¡Pero el chinchorrito, el chinchorrito! Cuando yo digo esta cosa quiero decir todo lo que significa el trópico para los hombres que no hemos nacido en él.
Tú decides marcharte, porque ves que por dentro de ti ya no anda bien la cosa, y el trópico te dice, suavecito en la oreja:
—Deja eso para después, musiú. Hay tiempo para todo. Además, ¡si esto es muy sabrosito! Tú te metes adentro de tu chinchorro y vienen los
mosquitos con su musiquita y tú te vas quedando dormido, sabrosito. ¿Para qué más? Y luego, en serio:
—¡Así es la cosa! Si no, que se lo pregunten al conde Giaffaro, ese que lleva qué sé yo cuántos años metido en las selvas del Guarampín.
Referíase a uno de esos aventureros exóticos que no podían faltar por aquellas tierras, encrucijadas de disparatados destinos.
En un principio —de eso hacía ya unos veinte años— se le tuvo por presidiario escapado de Cayena, sin que faltara quien asegurase, conforme a una fábula muy generalizada por allí cerca de los penados de aquella penitenciaría de la Guayana francesa, haberle visto en las espaldas, grabado a fuego, el estigma infamante de la flor de lis; pero como era un hombre de maneras cultas que no permitían confundirlo con un delincuente vulgar —
uno de tantos cayeneros, como por allí se designaba a los fugitivos de tales prisiones, que con frecuencia lograban refugiarse en territorio venezolano, al cabo de una verdadera odisea a través de regiones salvajes—, allí mismo comenzó la sugestionable fantasía del criollo a conquistar la leyenda dramática y con ella a crearle simpatías, no obstante ese aspecto poco cautivador del sedicente conde Giaffaro.
Alto, desgalichado, carilargo, de ojos saltones y negras cejas aborrascadas y con cierto movimiento pendular de la cabeza, un poco inclinada sobre el pecho, lo recordaba ahora Mr. Davenport de cuando por primera vez apareció en Ciudad Bolívar.
Allí permaneció durante una breve temporada y luego abandonó el país, con destino a Europa; pero de allá volvió una y otra vez, a intervalos de años cada vez más cortos y para internarse, además, en las selvas del Cuyuni, de donde pronto se originaron complicaciones misteriosas de la leyenda que ya lo rodeaba, aunque desechada ya la primitiva versión y generalmente aceptado que fuese y se llamase como decía.
Poseedor de una vasta experiencia de hombres y cosas de todas las latitudes, adquirida según propia confesión en varias vueltas ya dadas al globo, esto podía acreditar la versión de que fuese uno de estos caballeros de Naipes que pasean la martingala genial por todos los mares, pues no había juego de cartas que no conociese, ni mayor elegancia que la suya al manejarlas, ni serenidad que se le comparase en los envites, ni manera de
ganarle a la larga. De modo cierto y por demostraciones que no se desdeñara de hacer —único velo de misterio de su intimidad que había sido descorrido en parte—, apenas sabíase que era un gran tirador de toda clase de armas y no había por qué dudar que fuera, como afirmaba, presidente de un club internacional de duelistas, con sede en Budapest, para ser miembro del cual se requerían cien lances ganados.
En cuanto a sus periódicas incursiones a la selva, unos suponían que no tuviesen por objeto sino el de ganarles a los purgüeros y mineros, aficionados a jugarse el sol antes de salir, cuanto allí hubiesen adquirido; pero como esto podía lograrlo y, en efecto, ya lo lograba en Ciudad Bolívar y Tumeremo, otros eran de la opinión de que tales incursiones debían tener fines misteriosos, más de acuerdo con el aura de enigma que rodeaba al taciturno personaje. Y así a pocos guayaneses les extrañó que de uno de aquellos viajes a la selva no regresara el conde Giaffaro.
Y Mr. Davenport concluye sus comentarios a este respecto, exclamando:
—¡Carache! Y ya somos tres, contando así por encimita, los que estamos en el varadero.
Pero en seguida chasquea la lengua para ahuyentar los pensamientos inoportunos y luego, volviendo a su buen humor habitual:
—Sírveme otro palito, chino. !Y siga la fiesta, muchachos! Mientras haya amor, habrá poesía.
¿Para qué más? ¿Verdad, Marcos Vargas? ¡Así es la cosa!
OceanofPDF.com