Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 6 de 50

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Canaima

Unas manchas de sangre

En la balsa del paso cruzaron el Caroni y cuando saltaron a tierra Manuel Ladera dijo:

—¡Bueno, Marcos Vargas! Ya está en el Yuruari y que le sea de provecho. En la tierra del oro y de los hombres machos, como dicen por aquí.

—Y de las mujeres bonitas —completó Marcos.

—También dicen y no es mentira. A ver si se enamora de alguna y se queda entre nosotros.

—Si usted supiera, don Manuel... Ya esa diligencia como que está hecha.

—¿Sí? Pues ya voy viendo que usted es de los que, cuando se ponen en camino, todo lo llevan en la magaya.

Atravesaron el boscaje ribereño y al caer a unas calsetas por donde pacían algunas reses, Ladera explicó:

—Ya esto es "Tupuquén" y está a su disposición, como todo lo que me pertenece. Tupuquén llaman una hierba brava, más eficaz que el hacha y que el fuego mismo para acabar con el monte tupido, pues donde ella se mete ya no crece otra cosa. Por aquí reinaba a sus an chas, de donde denominé así esta finca y no se imagina usted los trabajos y el dinero que me ha costado extirparla... Otro tupuquén reina también por estas tierras: las llamadas riquezas del Yuruari, el purguo y el oro que quitan los brazos de la agricultura. Los brazos y el capital, que ya tampoco quiere invertirse en ella. Al purguo y al oro los llaman la bendición de esta tierra, pero yo creo que son la maldición. Despueblan los campos y no civilizan la selva, dejan

las tierras sin brazos y las familias sin apoyo y corrompen al hombre, desacostumbrándolo del trabajo metódico, pues todos nuestros campesinos ambicionan hacerse ricos en tres meses de montaña purgüera y ya no quieren ocuparse en la agricultura. Lo desmoralizan profundamente, pues la tragedia del purguo —aquí, como el caucho en Rionegro y la sarrapia en el Caura— no consiste sólo en que empresarios sin conciencia exploten al peón por medio del sistema del avance —dinero y bastimentos a cuenta de la goma que saquen—, que casi equivale a comprar un hombre por cuatro reales y para toda la vida, sino también en que el peón le toma el gusto al venderse de ese modo y cuando coge el dinero del avance no le importa malgastarlo, pues ya está pensando en el fraude de la piedra dentro de la plancha de goma y en fugarse de la montaña debiendo lo que se ha comido.

En picurearse, como ellos dicen. Que, naturalmente, la peor parte la lleva el peón, pues vaya usted a ver lo que encuentra en la montaña: un plato de

"paloapique" que no lo alimenta, de donde adquiere el beriberi, que lo mata o lo inutiliza para toda la vida, y la esclavitud, casi, por la deuda del avance, sin modo de zafarse ya del empresario, ni autoridad que contra él lo ampare, porque generalmente lleva parte en el negocio y en todo caso se inclina del lado del fuerte contra el débil. La esclavitud, que a veces la heredan los hijos con la deuda. Eso de la riqueza que producen el oro y el caucho sólo es verdad para los privilegiados.

Marcos Vargas no estaba de acuerdo. Era posible que desde un punto de vista práctico Ladera tuviese razón; pero la aventura del caucho y del oro tenía otro aspecto, el de la aventura misma, que era algo apasionante: el riesgo corrido, el temor superado y aquello mismo de ir y volver a tirar el dinero, con que el hombre desafiaba al destino. ¡Una fiera medida de hombría!... Pero se abstuvo de manifestar su opinión.

Por otra parte, ya Ladera abandonaba el tema, refiriéndose a una casa internada entre el boscaje:

—Eso es Guaricoto, a donde traigo la familia a temperar, todos los años por la Cuaresma, que es cuando son más sanos estos lugares.

Menos ésta pasada, que tuvimos que quedarnos en Upata por enfermedad de una de las muchachas.

Y Marcos saliendo de su mutismo por las bromas a que lo inclinaba la simpatía que le inspiraba Ladera:

—¿Tiene muchas, don Manuel?

—Algunas y para varios gustos, pues son tres, que ya es bastante.

O dos, para el interés a que pueda obedecer esa pregunta suya, porque Maigualida, la mayor... Y ya que el caso viene, voy a explicarle cuales son esos motivos íntimos que, según ya le he dicho, me obligan a evitarme rozamientos con José Francisco Ardavín. Este hombre, que es la suma de todos los defectos posibles, le dio por enamorarse de mi hija Maigualida, y como ella no lo aceptó —piensa él que por consejos míos— le juró que mataría a todo el que la pretendiera.

—Y cumplió su promesa —agregó Marcos—. Algo de eso recuerdo haber oído en casa.

—Sí. Un forastero, mozo muy estimable, que gustaba de mi muchacha y empezaba a decirle. Ar davín lo sorprendió una tarde ante la ventana de casa conversando con ella y en su presencia lo asesinó cobardemente.

Desde entonces mi pobre hija vive quitada del mundo.

Hace una pausa y volviendo al tono chancero, agrega:

—Por eso le digo que son dos las que componen la mercancía realizable que tengo en casa. Ya se las presentaré. Son unas pollitas todavía, pero como usted dice que su diligencia está hecha, no hay peligro de que me las enamore.

—¡Hum! —hizo Marcos, comprendiendo que Ladera quería mantenerse en este terreno—. No se fíe de forasteros, don Manuel.

—¿Así es la cosa? ¡Ah, Marcos Vargas! Usted va a caer muy bien por estas tierras, donde el buen humor, a pesar de todo, es un salvoconducto que abre todas las puertas.

—Pues para usted no habrá ninguna cerrada y como no le falta el aceite que afloja todo tornillo, porque el ganadito que voy viendo es bastante...

—Y ya verá más. Pero estas sabanas dan mucha brega, porque los bichos se recuestan contra el monte y hay que trabajarlo a pecho de caballo.

Allá en "La Hondonada", donde pernoctaremos, ya son sabanas más fáciles, aunque durante el verano al ganado lo castiga mucho la sequía.

Y pasando de lo particular y propio a lo general, donde ya era francamente pesimista:

—Eso es Guayana. Mucho río, agua como para abastecer a todo el país, y, sin embargo, tierras secas que dan tristeza.

Y por aquí continuó durante un buen rato hablando de las calamidades de su tierra, donde todo lo que fuese obra del hombre corrigiendo la Naturaleza estaba todavía por hacerse.

—Mire —dijo, de pronto, interrumpiéndose y deteniendo la bestia—: ésa es la Laja de los Frailes, donde según la tradición fueron fusilados los de las misiones de Caroni por órdenes del general Piar, cuando la guerra de la Independencia. Por ahí, más adentro, estaban las ruinas del convento, pero ya no queda nada.

Todas estas casas de por aquí están pavimentadas con ladrillos sacados de esas ruinas, que por eso los llaman fraileros. Unos ladrillos que duran siglos, que ya no saben fabricarlos nuestros alfareros. Como todo lo bueno de antes, que se ha perdido.

—Se llevarían los frailes la receta —dijo Marcos sin tomar la cosa en serio.

—¡Si fuera eso sólo! Pero es que la gente de esos tiempos tenía la conciencia de que estaba fundando un país y todo lo hacía con vistas al porvenir, mientras que los hombres de ahora sentimos que este país se está acabando ya y no nos preocupamos por que las cosas duren. Por el contrario, queremos destruirlas cuanto antes.

Esta visión pesimista era totalmente nueva para Marcos Vargas, quien se lanzaba a aquel mundo con la generosidad de sus años mozos como al mejor de todos los posibles; pero al oír a Manuel Ladera se comprendía que hablaba con el corazón lleno de amor a su tierra, amor doloroso, de calidad más noble que el simple apego que hace entonar el canto, y escuchando al hombre maduro entraron en el alma del joven aires que luego harían borrascas.

Y esto dijo Ladera:

—Pero no hablemos más. Mire lo que viene allí.

Lo que venía —y a menudo suele encontrarse por los caminos del Yuruari— era una res destinada al consumo de algún caserío vecino, atada a

la cola de un burrito por un cabo de soga que le traspasaba la nariz perforada y sangrante y con la cabeza enfundada, salvo los cuernos, en un trozo de coleta. La conducía un hombre a pie, aunque en realidad el conductor era el burrito que, adiestrado para este oficio, trotaba por delante de ella zigzagueando, para quitarle con el aturdimiento del rumbo incierto toda gana de cornearlo que pudiese traer.

Y Manuel Ladera explicó por qué había dicho que no había que hablar más:

—Ahí tiene la historia de Venezuela: un toro bravo, tapaojeado y nariceado, conducido al matadero por un burrito bellaco.

A lo que replicó Marcos:

—¡Ya ve, don Manuel! Eso es lo que yo llamo calzarse a la medida. En el colegio de Ciudad Bolívar quisieron meterme en la cabeza la historia escrita de Venezuela y nunca logré entenderla, mientras que ya me la explico toda.

—Por algo se ha dicho que el viajar ilustra. Aunque sea por estos caminos.

Y entretenidos con estos tópicos cabalgaron un rato.

—¡Mire! —volvió a interrumpirse Ladera—. ¿Ve esas manchas de sangre en esa laja?

—No serán de los frailes de las Misiones, supongo.

—De un pobre negro de las minas de El Callao a quien asesinaron ahí anteayer. Lo traían preso, codo con codo. Un comisario de nombre Pantoja lo conducía a Ciudad Bolívar y al llegar a este sitio lo baleó. Dice que el negro lo atacó, pero no me explico cómo, pues estaba maniatado, y así lo vi después de muerto, viniendo yo de "La Hondonada". Detrás de aquella vuelta oí los tiros.

—Quiere decir —observó Marcos— que lo del burrito y el toro sucede a veces al revés.

—Justamente. Aquí el toro, a toda punta, fue el comisario. Un hombre que debiera estar en un presidio el tal Pantoja. O mejor dicho: Cholo Parina, pues, según algunos que han estado por el Atabapo, éste es el verdadero nombre del comisario.

—¡Cholo Parima! —exclamó Marcos, refrenando la bestia con brusco movimiento maquinal.

—¿Lo conoce?

—De nombre solamente. Ése fue quien asesinó a mi hermano Enrique, hace doce años, la noche en que los machetes alumbraron el Vichada.

Había empleado la frase acostumbrada por allí para designar la espantosa degollina, una de tantas jornadas sangrientas de la epopeya cauchera, y Manuel Ladera no halló qué decir.

Cabalgaron durante un buen rato en silencio, Marcos Vargas con una sonrisa sombría inmovilizada en el rostro y Ladera observándolo de soslayo.

—¡Lo que son las cosas! —murmuró por fin el joven—. Yo tiraba hacia Rionegro, quería dedicarme al caucho, que enriquece en obra de meses, y últimamente hasta se me presentó una magnífica oportunidad, pero no podía manifestar ese deseo sin que mi madre se echara a llorar, y en cambio fue ella misma quien me dio la primera noticia de que usted vendía sus carros, y cuando le comuniqué mi propósito de venirme al Yuruari se alegró mucho.

Vio un negocio estable —si a dárseme llegaba— que me quitaría de la cabeza la idea de internarme en las selvas caucheras donde sucumbió mi hermano, y para allanarme este camino aceptó el sacrificio de mi separación de su lado y convino en vivir arrimada en casa de uno de mis cuñados mientras yo pudiera traérmela a Upata. ¡Lo que son las cosas, don Manuel!

—¿Qué está usted pensando, joven?

—Nada. Hablando es lo que estoy. Contándole cosas de mi vida pasada, así como ya le referí otras para que fuera conociéndome bien.

—¡Oiga, Marcos Vargas! ¿No será mejor que desista de comprarme los carros?

—¡Es que usted se arrepiente de habérmelos vendido en las condiciones...!

—No diga tonterías. Usted me entiende. Ya le he dicho que me ha caído a gusto y no quiero que por causa mía, hasta cierto punto, vaya a tener un mal resultado su venida al Yuruari. Estoy dispuesto a ayudarlo en lo que sea menester; estudie un negocio que le agrade y le convenga en Ciudad Bolívar y cuente conmigo para el capital que necesite.

—Muchas gracias, don Manuel.

Ya veo que usted cuando empieza a ser buen amigo no tiene cuándo acabar. Pero no se preocupe. A buscar malos encuentros no he venido al Yuruari, ni me pasaba por la cabeza la idea de que Cholo Parima anduviera por aquí: por muerto lo tenía ya; pero de la casa hay que salir, tarde o temprano...

Además, eso de los malos encuentros es muy relativo: el mundo está sembrado de ellos.

Manuel Ladera se quedó unos momentos mirándolo y luego repuso:

—Prométame, por lo menos, que los evitará.

—Prometido, don Manuel.

Y en silencio continuaron el viaje.

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