Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 48 de 50

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Canaima

Capítulo XVIII

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Aymará

Un camino ancho, limpio, despejado, por entre la selva tupida.

Y esto ya había sucedido otra vez.

Un camino por donde avanzaba la pequeña cosa inmensa del espantoso clamor de una muchedumbre silenciosa. Él tropezaba contra aquella muda y errante masa compacta, atravesándola sin encontrar resistencia y los hombres se iban iluminando por dentro como la selva oscura al resplandor del relámpago.

—¡Me andó alante el joven! —gemía uno, llevándose la mano al pecho por donde él lo había traspasado, inmensidad tenebrosa.

—¿Qué desea, joven? —le preguntaba otro, oponiéndole resistencia; pero él lo traspasaba también y la pequeña cosa inmensa se apagaba murmurando—: Diga usted que lo vio morir como un hombre macho.

Pero él no podía detenerse.

Sus brazos ya se rendían al peso de la pequeña cosa inmensa... ¡Y aquel puño crispado que no lo dejaba pasar!

—¡Acaba de echar los dados, que llevo prisa! Y la pequeña cosa yerta se acurrucaba buscando el calor de su pecho inmenso.

Otro bebía en su pequeño vaso interminablemente y era como atravesar un gran campo calcinado bajo una lluvia copiosa. Pero el cacharro, ya vacío, había rodado por la mesa y se había roto contra el suelo. Cuando lo recogieron era un guiñapo de hombre tirado por los caminos. La sed inmensa de la pequeña cosa había consumido toda el agua. Sólo los troncos de los árboles rezumaban humedad viscosa y allí se aplacaba el fulgor de la fiebre de los hombres.

—¡Apaga, Bordona! ¡Apaga, que nos quemamos! Alguien que se estaba abrasando por dentro corría de aquí para allá lamiendo aquellos troncos, desde la raíz hasta los copos más altos, mientras se desangraba por el muslo cortado hasta el blanco de los huesos; pero su lengua era una llama a cuyo contacto se evaporaba de golpe toda aquella humedad, envolviéndolo en una niebla ardiente, dentro de la cual un hombre desgalichado caminaba sin cesar moviendo continuamente su cabeza mecánica y murmurando:

—¡Canaima! ¡Canaima! ¡Canaima! Y desde la raíz hasta los copos se iban secando todos los árboles y comenzaban a arder en una gran llama pálida.

Corría por la pica anchurosa lanzando su nombre al silencio. !Cinco años! Y era el incendio penetrando en la selva y al mismo tiempo un pequeño pájaro negro que volaba por encima de ella y cuya inmensa sombra negra errante por el suelo era él mismo, carbonizado ya por aquella llama pálida.

De pronto sintió que los pies se le habían convertido en raíces hundidas hasta el centro de la tierra y mientras por todo el cuerpo le corría una savia espesa y oscura, cien años subiendo hasta los copos más altos, para detenerse otros ciento a oír el paso del viento que hacía gemir los vapururos por la muerte del indio Maremare:

Maremare se murió en el paso de Angostura; yo no lo vide morí, pero vi la sepultura.

Maremare se murió en el paso e la tormenta; yo no lo vide morí, pero vi la huesamenta.

Maremare se murió y no fue de calentura.

¿De qué murió Maremare si no fue de su amargura? Maremare se murió.

Ya se murió Maremare.

Maremare se murió.

¡Pobrecito Maremare!

Y bajo los techos de las churuatas esparcidas por la inmensa tierra bárbara toda la indiada rompe en llanto por la muerte de Maremare... La triste canción del indio, destemplada, monótona, extraña, inmensamente triste. Él le ha dado una entonación melancólica, ya musical, y hay un gran

dolor de razas maltratadas corriendo en lágrimas entre los gemidos del carrizo indígena.

Y Ponchopire le dice:

—No contando más, cuñao. Indio sufriendo mucho con maremare tuyo.

Descansando tú ahora.

Ahora ya todo aquello había pasado: la fiebre delirante y el errar continuo de aquellos años de extravagancias. Y Ponchopire le explicaba por qué su tribu no habitaba ya en el Padamu, como cuando él fue a Angostura en compañía del cauchero Federico Continamo, sino en la gran sabana del Ven tuari donde ahora había plantado su churuata:

—Catarro matando indio en el Padamu. Muriendo piache, muriendo indio mucho. Nosotros dejando churuata bajo Padamu, alto Padamu, Raudal de Tencua, y catarro persiguiéndonos. Aquí seis lunas perdiéndonos la huella. Racional Continamo también resultando maluco: indio sacando goma para él vendiéndola en Angostura y comiendo hielo sabroso y él robando mujé.

Aquí viviendo tranquilo porque no habiendo goma. Goma teniendo Canaima: Indio no queriendo sacarla más.

Los enemigos implacables del aborigen, causas de la migración de sus tribus: la tuberculosis, que los diezma y el cauchero, que los explotaba y los tiranizaba. La muerte, a la que había que dejarle la churuata cuando penetraba en ella —dentro de un cutumari el cadáver insepulto de la víctima

— e ir a plantarla más allá. Bajo Padamu, alto Padamu, Raudal de Tencua, eran ya muchos los hitos macabros —osamentas al aire dentro de las viviendas abandonadas— que marcaban el éxodo de la tribu de Ponchopire a lo largo de aquel itinerario, perseguida por el catarro, la más temible para ellos de todas las formas que puede revestir Canaima. En la gran sabana del Ventuari donde ahora se los encontraba Marcos Vargas, parecían soplar por fin aire de Cajuña el bueno, el que da la salud y procura la pesca abundante y librada de las garras del "racional" conduciendo al indio a donde no creciera el árbol de la goma.

Un sol tierno alumbraba en torno a Marcos Vargas sencillas escenas de comienzos de mundos y una nueva sensación de sí mismo, pasada la tormenta espiritual, lo envolvía en la suave voluptuosidad de una paz

profunda. Y así estuvo durante varios días, en el chinchorro de urdimbre sutilísima tejida con plumas de raros pájaros de la selva —agasajo especial de Ponchopire—, contemplando, como a través de una niebla de ensueño, la quietud o la actividad que lo rodeaba. La paz silenciosa, cuando los hombres se iban en sus conchas a la pesca diaria por los remansos del Ventuari y las mujeres a los conucos, acompañadas de las guarichitas que ya pudiesen ayudarlas en el laboreo de la tierra, y sólo quedaban por allí los viejos decrépitos, tumbados al sol de la playa o acuclillados a la sombra de la churuata, inmóviles como momias o hurgándose las greñas para sacarse los piojos o rascándose las niguas —delicia del indio, éxtasis animal de la comezón provocada— y los indiecitos de teta durmiendo dentro de sus mapires, en el suelo, al cuidado de las grullas domesticadas, niñeras celosas que no permitirían que se les acercasen insectos ni serpientes, pues así se alimentarían ellas mismas mientras defendieran a los críos. Quieto silencio que apenas turbaba el chapichapi del río bajo el soplo del viento o el sordo rumor distante del gran raudal de Tencua. Paz soporosa de días soleados en tierras melancólicas que se quedaron atrás en la marcha del mundo.

La actividad cuando regresaban las mujeres, a la espalda el guayare colmado de yucas, y se entregaban a preparar el mañoco de la comida cotidiana, o el yaraque y la yucuta para las fiestas, y cuando volvían los hombres con el producto de la pesca y les entregaban a aquéllas los morocotos y los aymaras para que los destripasen y pusiesen a secar, que luego los macerarían hasta convertirlos en la harina del piraricú.

Y la cháchara de las guarichas provocando la algarabía de los loros y guacamayos mientras tejían los chinchorros de cumari o de curana o las mantas de palo marimba para defenderse de los mosquitos, y los mapires para los críos que esperasen, o las esteras, talegas y guapas adornadas con grecas vistosas para el menaje de la vivienda común. Y el trabajo taciturno de los hombres fabricando las curiaras y las conchas, preparando las puyas de juajua y de cocorito para las flechas, y los cañutos para las cerbatanas o machacando el barbasco para la pesquería del alba siguiente.

Vida simple y compartida en común, bajo un solo techo, el mañoco y el piraricú tomados de una misma fuente y con las solas manos, acuclillados en el centro de la churuata, donde había unas topias sobre las cuales a veces

se asaba un chigüire o un paujil que uno de ellos cazó para que comiesen todos; el bureche o la cupana bebidos de una misma casimba pasando de boca en boca. Vida tan de todos por igual, que si a veces los vapores de la yuca fermentada se les subían a la cabeza, como generalmente tienen la borrachera triste, bastaba con que uno se acordase de alguno de los muertos de la comunidad e invitase a los otros a llorarlo para que en la churuata resonara el llanto unánime.

Sólo el amor tenía sus fueros propios. En la churuata se convivía, mas para el amor eran la soledad discreta y la Naturaleza plena: la curiara en el remanso del río o el campo raso lejos de la ranchería. De noche bogaban las parejas o se internaban por la espesura, tal vez en busca del nahual para el hijo: el espíritu del árbol o del animal o de la estrella fugaz que debe compenetrarse con el alma del indio desde el primer instante de su encarnación.

El nahual del cacique de la comunidad era el váquiro salvaje del cual tomaba su nombre de Ponchopire, acaso por haber sido engendrado y concebido en algún paraje de playa a tiempo que alguna manada de tales bestias bajara a abrevarse en el río, y el nahual de su hermana Aymara era el pez de este nombre, de carne exquisita, pero muy espinosa; cuya sería el aguaje que estremeció la curiara del amor en la quietud del remanso dormido.

No le eran desconocidos a Marcos Vargas ni las rudas costumbres ni los ingenuos misterios de aquella existencia, aunque hasta allí no había sido sino espectador de unos ratos y de todo aquello sólo había captado lo que estimulaba o complacía la curiosidad del civilizado. Mas si aún no compartía la convivencia maloliente bajo el techo de la churuata —dentro de la cual sólo existía la familia como algo distinto e independiente de la comunidad, mientras dormía, ocupando un sector de los dos círculos concéntricos de horcones que sostenían la cónica techumbre pajiza, abajo el chinchorro del hombre, más arriba el de la mujer y finalmente los de la prole— y si tampoco se había allanado todavía a la desagradable costumbre de comer con la mano, de una sola fuente donde todos metían las suyas nada limpias, de todos modos ya era uno más en la pesca por los remansos del Ventuari, con flecha o cerbatana, silencioso dentro de la concha, y en el

ruedo que por las noches, a las primeras horas, formaba toda la comunidad en el centro de la churuata, sentados en el suelo, fumando los hombres el cigarrillo de tabari mientras se referían las peripecias de la jornada, para que no hubiese experiencia de uno que todos no conociesen, pero sin mirarse a las caras, fijos los ojos en el suelo o en el aire, donde se deshacían las volutas del humo, porque las miradas de un hombre no pueden cruzarse con las de otro sin que sus nahuales se confundan o se destruyan mutuamente —

así sean de animales o cosas afines o adversas entre sí—, casos ambos que serían la muerte, ya comenzando por aquella parte de la doble personalidad.

Y esto, así como —entre otras muchas prácticas supersticiosas— la de la que el piache se rodeara de oscuridad y de misterio para preparar el curare con sus innominadas lianas amargas y sus polvos de colmillos de ser pientes, manipulaciones especialmente vedadas a las mujeres, porque los ojos de la hembra malogran los efectos del terrible veneno, ya Marcos Vargas aprendía a considerarlos no como tales supersticiones, sino como cosas sencillas, de un sentido natural y evidente.

Durante aquellas veladas, Aymara, sabrosa y arisca como apetecible y espinosa la carne del pez homónimo, ya sintiendo las urgencias de la mujer que despuntaba en ella, se refugiaba a lo más oscuro de la churuata para contemplar al racional, encendidos los ojos en lumbre de amor; pero si Marcos, buscándola entre el mujerío atento a la charla de los hombres, alcanzaba a descubrirla y se quedaba mirándola, ella rebullía y se acurrucaba más en la sombra, mezclando la risa con los gruñidos, anticipos del instinto con que suele entregarse la india voluptuosa y huraña.

Ya Ponchopire se había fijado en esto y un día le preguntó a Marcos:

—¿A ti gustándote Aymara, cuñao?

—Gustándome más que el piraricú del pescado de su nombre.

—Pues cogiéndotela para ti después de su fiesta.

Y luego a la hermana, en su dialecto y como jefe de la comunidad:

—Tú serás la mujer del racional. Saca de ese hombre el mayor provecho para ti y para tu gente.

La fiesta de Aymara a que se refirió Ponchopire era la ceremonia con que se celebraría su entrada en la pubertad. Ya las ancianas, las grandes madres de la tribu, venían observándola detenidamente, y cuando

advirtieron que ya declinaba la última luna de la Aymara núbil, ésta fue encerrada en una garita de palma construida al efecto a cierta distancia de la churuata, dentro de la cual permanecía aislada y sometida a riguroso ayuno hasta el plenilunio próximo.

En el momento de cerrarse aquella especie de crisálida donde se operaría la misteriosa transformación, todas las mujeres de la tribu prorrumpieron en llanto por la Aymara a quien no verían más y por la que saldría de allí, apta para las tremendas delicias del amor que perpetúa la dura existencia del indio.

Luego, en seguida, comenzaron los preparativos para la fiesta.

De las sementeras, a las espaldas de las indias, venían los guayares colmados de yuca, no descansaban los brazos preparando el mañoco y el piraricú que se consumiría en la gran comilona, ni quedó por allí casimba donde pronto no estuviese fermentando la yucuta, en tanto que los hombres se ocupaban en la confección de las tinturas de curare, chica, drago y conopia, con las cuales, pintándose, adorna el indio su desnudez. Y

mientras las guarichas se dedicaban a aquellas alegres faenas, las viejas, taciturnas y celosas de la tradición, montaban guardia día y noche en torno a la clausura de palma donde se estaba efectuando el misterio.

Pero Marcos Vargas, haciendo esta vez burlas del rito, se dio sus mañas para que no fuese tan severo el ayuno de su prometida, pues ni de ésta los huesos —decíani de su nahual las espinas era lo que le gustaba. Y así fue para Aymara menos dura la anticipada expiación de sus pecados de mujer.

La antevíspera del plenilunio señalado, cuando ya se habían reunido allí todas las comunidades vecinas adonde llegó la noticia de la fiesta, al ocultarse el sol, comenzó la algazara que de allí en adelante formaría toda la indiada en torno a la garita, en tanto que se entregaba al festín de mañoco y yucuta y a fin de que la recluida no pudiese conciliar el sueño.

Dos noches y dos días sin tregua duró aquel tormento y a tiempo que comenzaba el otro de la luna llena, con cuya aparición terminaría el retiro purificador de Aymara, cesó de pronto la algarabía, sobrevino un silencio imponente, se abrió la garita y junto con el astro luciente, apareció, quebrantada por el ayuno y el insomnio, pero ya propicia al amor, la nueva mujer de la tribu.

Y comenzó el baile, que todavía sería tormento para ella, aplicado por los hombres: la prueba del látigo.

Girando en torno a la guaricha, pintarrajeados de negro y de rojo y otra vez con gran algazara de cantos y gritos y provistos de bejucos de mamure, cada hombre debía propinarle dos azotes y luego uno a sí mismo, acaso porque en culpas del amor dos terceras partes son de la mujer.

—Dándole suavecito, cuñao —recomendábales Marcos Vargas, que junto con ellos bailaba y azotaba—. No maltratándome mucho a la guaricha.

No le asentaban demasiado la mano, pero eran tantos los verdugos que ya Aymara estaba a punto de soltar el llanto. Sin embargo, a través de las lágrimas asomadas a sus ojos había miradas sonrientes cuando era Marcos quien aplicaba los azotes.

La prueba del látigo no duró mucho, pero el baile ya no terminaría en toda la noche. Ya la luna estaba en la mitad del cielo y la embriaguez se había apoderado de toda la indiada. Enronquecidos y con aire de alucinados danzaban continuamente al destemplado compás de un canto bárbaro y desapacible, sin ritmo ni melodía, al son de los yapururos.

Pero hacía rato que Aymara no estaba por allí. Aquella noche también la curiara de Marcos Vargas bogó hacia la alta soledad de los remansos del Ventuari, sobre cuyas aguas flotaban los nahuales...

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