Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 14 de 50

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Canaima

Las palabras mágicas

Las primeras noticias acerca de aquellos panoramas le habían llegado a Gabriel Ureña hacía los quince años.

De vuelta a Caracas, por vacaciones, uno de sus tíos, que era jefe del resguardo del puerto de San Félix, llevó un precioso chinchorro tejido por los indios arecunas del alto Caroni, un moriche del delta del Orinoco muy cantador y un pichón de minero de los bosques del Cuyuni, pájaro salvaje que, según la leyenda, no canta sino donde hay yacimientos auríferos, de lo cual le viene el nombre. Llevó también un bastón de palo de oro para regalar a su hermano, el padre de Gabriel, y para éste un alfiler de corbata que ostentaba un cochano de los aluviones del Yuruari, y entre otras cosas para sus hijos, una ranchería de indios con su churuata y sus curiaras, todo de balatá de los bosques de Gaurampín. Finalmente, llegó en compañía de Maigualida Ladera, que para entonces no llegaba a los quince, y de una inglesa larguirucha y sumamente fea, la primera para obsequiarla con una temporada en su casa, en correspondencia de las atenciones que en la de ella había recibido, y la segunda —de nombre Eva, nativa de Trinidad, a la cual había conocido en Guasipati como institutriz de las niñas del general Miguel Ardavín— para que les enseñase el inglés a sus hijas.

La upatense, bonita, graciosa, cantarino el acento, sugestivo el nombre indígena, regresó muy pronto a su pueblo; el pichón de minero, no pudiendo acostumbrarse al cautiverio de la jaula, murió a los pocos días; pero aquélla con sus encantos, éste con su leyenda y el tío con lo que refería de las prodigiosas riquezas del suelo guayanés, trastornaron el espíritu de Gabriel con ansias de aventuras y hechizos de amores románticos.

Imaginó el fascinante paisaje a base de los regalos del tío. Del palo de oro del bastón salieron los árboles de la selva maravillosa; del cochano del alfiler los estupendos aluviones que afloraron del suelo, el moriche y el minero dieron los claros rajeos y las melancólicas campanadas que turbaban el hondo silencio del ensueño; de la ranchería de balatá salieron los indios en sus curiaras por los grandes ríos y los misteriosos caños y éstos se poblaron de nereidas con el cantarino acento de Maigualida.

Eva ponía las notas dramáticas con sus sañudos recuerdos de Guasipati: camino de un cementerio, un árbol sin hojas, un yaacabó parado en sus ramas, días de lluvia sin tregua, de lluvia menuda y silenciosa; entierros, una tras otra las víctimas de las fiebres reinantes y a cada una que pasaba, el canto del pájaro fatídico en la rama pelada:

—¡Yaa-cabó! ¡Yaa-cabó! A Eva le habían producido muy malos ratos las niñas de Miguel Ardavín y tomaba la revancha con aquella espeluznante pintura. Y como al imitar el canto agorero le bizqueaban los ojos y se le brotaban los tendones del cuello, con lo cual se ponía más fea que de suyo, Gabriel pudo formarse idea de lo impresionante que sería la cantinela funeral del yaacabó.

Y las exploraciones por el mapa de Guayana, así que hubo partido Maigualida. Palabras indígenas, sugestivas palabras de bárbaras lenguas tendidas sobre tierras misteriosas, aquellas denominaciones geográficas de ríos, caños y montes tenían para su imaginación una mágica virtud. Solía pasarse largas horas contemplando las líneas sinuosas de los ríos y las sombras de los montes, como si navegara o se internara por ellos, y con emociones de percepción real oía el bramido de las aguas donde decía cataratas y sentía el silencio de las tierras desiertas en los claros del mapa.

Después las lecturas. Los viejos mitos del mundo renaciendo en América: la leyenda del lago encantado de la Parima, de Amalivac, el misterioso hablador de las selvas del Sipapo, del aéreo palacio del cacique Manoa, del trágico Dorado en pos del cual sucumbieron los conquistadores, bajo el ademán perdicionero del brazo del indio, siempre tendido hacia un más allá.

Y las lecturas místicas, a cuyo influjo muchas de aquellas palabras adquirieron para su fantasía un sentido religioso. Eravato, Marevari,

Doraima, Duida fueron para él ríos y montes de una tierra sagrada, que no podía imaginársela sino bajo los resplandores de un crepúsculo trágico y, al mismo tiempo, palabras cabalísticas de una gran voz que clamaba en el desierto.

Más tarde comprendió que el sentido dramático no residía en los vocablos mismos sino en el dolor de las cosas designadas o sugeridas por ellos. El drama de la selva virgen, la llanura solitaria, el monte inexplorado y el río inútil, grandioso panorama de epopeya en cuyo vasto silencio se perdían los gemidos de una raza aniquilada y no bien sustituida todavía.

Pero estas mismas nociones positivas continuarían recogiendo los fulgores de aquellas lumbraradas místicas: las calamidades de aquella región substraída al progreso y abandonada al satánico imperio de la violencia, eran de la naturaleza de las maldiciones bíblicas.

Ya estaba ante aquellos panoramas; pero no iba en plan de aventuras ni siquiera impulsado por la curiosidad de conocerlos. La vida lo había formado sedentario y de aquellas ansias viajeras que tantas veces lo inclinaron sobre el mapa, las que entonces no hubiesen hallado plena satisfacción con la marcha del índice a lo largo de las líneas sinuosas de los ríos, la encontraban ahora con el reposado estar en un punto de cruzamiento de otras vías por donde discurrían el panorama y su vida: la silla del telegrafista ante el aparato que recogía y trasmitía los mensajes y las noticias. Era una forma de vagar y una manera de percibir las voces clamantes en el desierto.

Ahora lo habían destinado a la estación de San Félix y allí estaba contemplando los saltos del Caroni.

Uracapay, Macagua, Picapica, Resbaloso, Purguey, Cachamay, Bagre Flaco, La Boquita, El Ure, los nueve despeñaderos por donde se precipitaba el hermoso río, ya en el término de su curso, eran una escala de cíclopes entre escarpados farallones de roca negra y bruñida por la lengua de las aguas.

Bramaban éstas empenachándose de espumas en las angostas gargantas de las chorreras, se encrespaban embravecidas contra los riscos del raudal, se encurvaban transparentes o se retorcían en blancos torbellinos estruendosos al despeñarse por los saltos, se arremansaban un momento al

pie de ellos recuperando la intensa coloración azul, se lanzaban otra vez por los rápidos, giraban rugientes en los pallones y de chorrera en chorrera y catarata en catarata estremecían el vasto silencio de las soledades circundantes con el clamor rabioso de sus enormes potencias perdidas.

Junto con Ureña contemplaban el espectáculo Marcos Vargas y Manuel Ladera y éste hacía los acostumbrados comentarios:

—Imagínese lo que significaría para Guayana y quizá para todo el país el aprovechamiento de estas caídas de agua. Hace algunos años estuvieron por aquí unos ingenieros aforándolas, por curiosidad nada más, y les oí decir que eran millaradas de caballos de fuerza los que se están perdiendo en estos saltos.

—Y así continuarán por mucho tiempo —concluyó Ureña.

Y hundiendo la mirada en las nieblas mañaneras donde se desvanecía la escalera gigantesca, arrullado por el trueno de las aguas, quedóse en silencio largo rato reviviendo los sueños de la adolescencia, cuando, inclinado sobre el mapa, le parecía oir las palabras cabalísticas clamando en el desierto. Detrás de aquellas lejanías estaban las tierras de la violencia impune, el vasto país desolado del indio irredento, las misteriosas tierras hondas, calladas, trágicas...

También Marcos Vargas callaba, entregado a reflexiones dimanantes del hermoso espectáculo que por primera vez contemplaban sus ojos. Si los saltos del Caroni eran enormes fuerzas perdidas, también lo eran todavía sus vehementes inclinaciones hacia la aventura del gran escenario: la selva sin fin, el vasto mundo del itinerario gigantesco vislumbrado a través de los cuentos de los caucheros, sembrado de hermosos peligros. ¿No sería, acaso, la vida del carrero muy semejante a la que le hubiese esperado detrás del mostrador de "Salsipuedes"? Una empresa monótona, de campo estrecho: ganarse la vida, simplemente, recorriendo una y cien veces los mismos caminos detrás de sus carros.

Y salió de su ensimismamiento con esta pregunta.

—¿Sabe, don Manuel, lo que se me está ocurriendo? Tengo ganas de proponerle a José Francisco Ardavín que me compre los carros.

Así saldría usted de ellos a buen precio y al contado, quedándole yo agradecido, de todos modos. ¿Qué le parece?

—Ya usted conoce mi opinión respecto a eso —repuso Ladera—.

Si cree que después de lo sucedido entre usted y Ardavín todavía sea éste buen candidato para esa operación, no lo piense mucho.

—Desde San Félix mismo, en cuanto regresemos, podría proponérsela por telégrafo.

—Pues no lo piense más.

Y dirigiéndose a Gabriel Ureña le explicó por qué había tenido que vender sus carros, sin reservarse aquellas razones íntimas a que aludió cuando la misma explicación le dio a Marcos Vargas.

—¡Mi pobre muchacha! —concluyó—. ¡Si la viera usted ahora! No es ni su sombra, desde que ese bandido, cumpliendo su juramento, le asesinó al novio en su presencia.

Y Gabriel Ureña, el telegrafista, hilando delgado el pensamiento, encontró semejanzas entre aquel novio de Maigualida, víctima de Ardavín, y aquel otro que también la amó, el Gabriel Ureña soñador de los quince años, frustrado por las fuerzas brutales de la vida.

Emprendieron el regreso a San Félix y a poco andar volvió a tomar la palabra Manuel Ladera:

—Pues ¡quien iba a decirme que en este viaje iba a tener el gusto de conocer a un sobrino del general Ureña! ¡Bella persona su tío, amigo Gabriel! Como ya le he dicho, por aquí no dejó sino buenos recuerdos. ¡Y

todo un hombre! A él le vi dar la pescozada más bonita que he visto en mi vida. El día que se embarcaba llevándose a Maigualida, por cierto. A un negrazo de la caleta que le contestó de mal modo a mi muchacha. Le puso la mano en la oreja y lo tumbó patas arriba.

Era, una vez más, la admiración por la hombría, de la cual no se libraba por allí ni el mismo sensato y contenido Manuel Ladera, y Gabriel Ureña, que detestaba de ella como de una manifestación de barbarie, sin negarle otros méritos a su tío, pensó que de aquella pescozada debían provenir las buenas memorias que por allí se hacían de él.

—Ya le oí hablar de esa pescozada a su propio autor —dijo, con el punto de ironía que asomaba siempre en sus palabras—, pero, francamente, abrigaba todavía mis dudas respecto a la extremada corpulencia del negro y al número de vueltas que dio al rodar por el suelo, según lo refería mi tío.

Y Manuel Ladera, comprendiendo que a este Ureña no lo deslumbraban hombradas, sonrió, corrido, y cambió el tema preguntando por lo que ya sabía:

—¿Y dice usted que tenía ya resuelto regresarse a Caracas?

—Sí. En vista de que el telegrafista de San Félix, a quien vine a reemplazar hace ocho días, como le dije, se negaba a entregarme el cargo, apoyado por el jefe civil, había decidido tomar el primer vapor que pasara para abajo.

Pero anoche recibí orden telegráfica de pasar a Upata, donde, según se me asegura, no encontraré las dificultades que se me han interpuesto aquí.

—Así lo espero, para tener el gusto de verlo a menudo por casa, que es también la suya desde ahora. !Lo contenta que va a ponerse Maigualida!

Ella siempre está haciendo buenas memorias de todos ustedes.

Entretanto, Marcos Vargas oía y callaba, no explicándose cómo un hombre de la juventud y del ascendiente personal de Gabriel Ureña, hacia quien había experimentado una viva simpatía desde un principio, pudiera conformarse al insignificante destino del telegrafista mal pagado, en una región como aquella, donde cada hombre tenía a la mano la suerte espléndida que brindaban el oro y el caucho.

Y así volvieron a San Félix, de cuyos términos salía por primera vez Gabriel Ureña en los ocho días que llevaba por allí, tan definitivamente curado de las inquietudes viajeras de la adolescencia, que casi no se había movido del corredor de la posada, desde el cual se contemplaba un trozo del Orinoco sin perspectivas, sordo ya para siempre al hechizo de las palabras mágicas.

Entre las reflexiones y los impulsos

La arribada de los vapores que remontaban el Orinoco congregaba en la playa casi toda la población del antiguo y triste Puerto de Tablas, ahora denominado de San Félix. Los chicos de la plebe, semidesnudos y bulliciosos, a disputarse las maletas de los viajeros; los peones del cabotaje, a la faena apresurada de la descarga; los carreros, a llenar con ella sus carros y vagones; las muchachas en trances de amor apremiante, con sus trajes más presentables, a recoger las miradas y los requiebros de los

forasteros de tránsito para Ciudad Bolívar o ya en tierra para internarse en el Yuruari.

Dos vapores habían fondeado aquel día: de arriba, el "Cuchivero", dedicado al transporte de ganados, con los que ya traía del Caura para las Antillas inglesas y esperando el que embarcaría Manuel Ladera con el mismo destino; de abajo, el "Macareo", con mercancías y pasajeros procedentes de Trinidad y un cargamento de negros —pues en cierto modo eran algo menos que cersonas— con destino a las minas de El Callao.

Ya los carreros habían hecho sus cargas y partían con sus convoyes camino del interior. Ya Manuel Ladera había embarcado su ganado y el

"Cuchivero" zarpaba.

Ya navegaba también el otro, rumbo a Ciudad Bolívar. Comenzaba a caer la tarde y había tertulia de nativos y forasteros y copas de "brandy" en el corredor de la Comandancia del Resguardo, frente al río.

Aguas turbias del Orinoco y aguas azules del Caroni que corrían largo trecho sin mezclarse, separadas por una línea nítida.

Rojas barrancas en la ribera opuesta, islotes coronados de vegetación, remansos en las ensenadas llenos de verdes reflejos, cabrilleos de oro crepuscular y el rumor perenne del gran río bajo la brisa, como sedas desgarradas. Una canoa costeando a canalete, una vela pequeñita, que ya iba a desaparecer tras la isla de Fajardo, el humo del "Cuchivero" Orinoco abajo, el humo y la estela del "Macareo" Orinoco arriba... Y esa cosa imponente y melancólica que es la puesta del sol sobre un río, en tierras que aún no han revelado todo su secreto.

Sintieron su mal influjo los forasteros recién llegados y la pausa repentina que interrumpió la tertulia demostró que todos se entregaban a esa vaga angustia que produce el quedarse en una orilla de mar o de río mientras el barco prosigue su viaje y se va perdiendo de vista.

Pero sólo uno se atrevió a manifestarlo. El más locuaz y ocurrente de todos, a quien decíanle Arteaguita y se roía las uñas. Le confesó su emoción a Gabriel Ureña, sentado al lado suyo, y éste repuso:

—¡Pero si tiene usted tantos días como yo en esta orilla del río!

—¡Para que vea! Al ver alejarse el "Macareo" he sentido la misma impresión de la tarde de mi llegada, cuando se iba el "Manzanares".

Sonrieron los demás y el comandante del Resguardo dijo:

—El amigo Arteaguita como que no va a pasar de San Félix.

—¿Por qué, general?

—Porque ya se le ha presentado oportunidad de coger camino del interior y sin embargo, todavía está contemplando el Orinoco, mientras sus compañeros irán ya cerca del Cuyuni.

—Es que no he encontrado bestia.

—¿Y la que le ofrecí prestarle? Ahí está en el pesebre espe rando que usted se decida a echarle la pierna.

—No había querido abusar de su confianza, pero me iré con este lote —

dijo Arteaguita, refiriéndose a los recién llegados— a engrosar la legión de los aventureros.

—No es que yo quiera que se vaya —concluyó el comandante del Resguardo—. Por el contrario, me va a hacer falta su mamadera de gallo.

Ya la gente de la población abandonaba la playa, dispersándose por el caserío, y los peones del cabotaje y los últimos carreros cogían sus respectivos caminos: hacia los ranchos donde vivían, hacia los pueblos del interior. Ya se habían marchado también los negros antillanos, a pie detrás del caporal a caballo, escena de los tiempos cuando los barcos negreros volcaban el África en las costas de América.

A orillas del río abrevaban y bañaban sus bestias, fatigadas por el trabajo del embarque, los llaneros de Manuel Ladera y éste llegaba a la Comandancia acompañado de Marcos Vargas y en busca de Gabriel Ureña.

—¿Cómo que ya está con el pie en el estribo, don Manuel? —le preguntó el comandante—. ¡Ah, Upata para jalar a su gente!

—Sí, general —respondió—.

Pero ahora no voy para Upata, sino otra vez para "La Hondonada" a sacar otro lote de ganado que han pedido.

—¿No se quiere tomar una copita con nosotros?

—Ya sabe que no lo acostumbro.

—¿Y el joven que lo acompaña? Y en esto se presentó Cholo Parima en busca del jefe civil, que estaba en la tertulia.

—Coronel López —dijo el zambo—: con su permiso y el de los señores. Traigo una encomienda pa usté y si no le es molesto...

El jefe civil dejó su asiento y se le acercó. Parima dijo el recado del gallo en voz baja; pero al primero le pareció que debía responder de modo que todos lo oyesen y así repuso:

—Ahí se lo tengo amarrado y ya está en condición para jugarlo.

Avíseme cuando se vaya para que se lo lleve de una vez.

—Mañana mismo, primeramente Dios y si usté no manda otra cosa —

dijo el comisario.

Y el jefe civil al comandante del Resguardo:

—Un gallo que le ofrecí al general Ardavín y manda a buscarlo. El canagüey de que le hablaba hace días.

Entretanto Marcos Vargas miraba a Parima. Desde el primer momento lo había reconocido, pues los costurones que deformaban aquel rostro eran señas fisonómicas inconfundibles, de las cuales ya había oído hablar, y por su parte el comisario —que al llegar había echado una ojeada exploradora sobre las personas que le eran desconocidas—, al advertir aquella mirada insistente y preñada de impulsos contenidos, comprendió que aquel joven tenía que ser el hermano de su víctima y no lo perdió de vista mientras hablaba con el jefe civil, a tiempo que se sobaba las cicatrices. A todo lo cual estuvo atento Manuel Ladera.

Ya Parima se había retirado.

Ladera juzgó prudente retener a Marcos Vargas y díjole al comandante del Resguardo:

—A pesar de lo dicho, general, le acepto la copita que quería obsequiarme. Después del trabajo la pide el cuerpo.

Y tomó asiento en la tertulia.

Luego, cuando le pareció oportuno, se despidió y con él se fueron Marcos Vargas y Gabriel Ureña.

Ya el sol se había ocultado.

Resonaba el gran río en el silencio de la anochecida y las riberas opuestas se iban desvaneciendo en la sombra. Titilaban los primeros luceros y en las aguas ya se quebrantaban los reflejos del fanal del puerto. Se cerraban las casas de comercio y se encendían las lám paras dentro de las viviendas, a las puertas de casi todas las cuales se asomaban muchachas

todavía ataviadas con el vestido más presentable al acecho del paso de los forasteros.

Pero Gabriel Ureña sólo atendía a la conversación de Ladera y Marcos Vargas, al conflicto entre las reflexiones y los impulsos motivados del encuentro con el asesino de su hermano.

Pasaban frente a la oficina de telégrafos y don Manuel, refiriéndose a lo que Marcos le había manifestado por la mañana, le preguntó:

—No va a poner el telegrama de que me habló?

—No —respondió Marcos, secamente—. Ya no.

—¡Malo! —se dijo Ladera mentalmente y reanudó la conversación con Ureña.

Al extremo de una de las calles un árbol proyectaba su copa redonda y serena contra el cielo apacible.

Más allá se alzaban unas pencas de cardón, ya completamente negras y más inmóviles que nunca. Un poco más allá las tres cruces de un calvario.

Gabriel Ureña había interrumpido su charla para contemplar aquellos rasgos del panorama crepuscular que armonizaban con los melancólicos sentimientos de su espíritu. Y Manuel Ladera volvió a sus preocupaciones, diciéndose mentalmente:

—No conviene que este mozo se quede aquí esta noche.

Y luego, en alta voz y como ocurrencia repentina:

—No sería mejor, Marcos Vargas, que cogiera camino ahora mismo a la pata de sus carros? Peón siempre es peón y en los paraderos encuentra oportunidad de pegarse palos y emborracharse, si no lleva el amo a la vista.

Tanto cuanto que usted es nuevo para ellos y no se sabe cómo vayan a corresponderle. No lo acompaño porque de aquí tengo que regresarme a "La Hondonada" esta misma noche. El amigo Ureña puede irse con usted. Yo le cedo mi mula, pues a mí me será mucho más fácil conseguir bestia.

Es bueno también que Ureña se encargue cuanto antes de su destino.

Tienen luna, que ya no tardará en salir y de noche se viaja mejor.

Por ahí mismo alcanzarán a los carreros.

Marcos sonrió comprensivo.

—Precisamente en eso estaba pensando, don Manuel. Mejor es que coja camino esta misma noche.

Hay tiempo para todo.

—¡Ojalá no lo haya, Marcos Vargas! Recuerde lo que me ha prometido.

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