Canaima
Capítulo VI
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El poder moderador
Desde su hato de "Palmasola" el general Miguel Ardavín atalayaba el feudo en cuyo horizonte político se cernían ya los resplandores mortecinos del crepúsculo de los caudillos, que por todo el país se iba extendiendo. Ya no eran, ciertamente, los tiempos de la hegemonía absoluta de los
"prestigios" regionales que —unos muertos, otros postergados, otros errantes por ajenas tierras que les fuesen propicias a sus planes de invasión armada— comenzaban a ser sustituidos por elementos extraños a sus respectivos cacicazgos y exclusivamente adictos al jefe del gobierno nacional. Pero el general Ardavín siempre había dicho:
—La política es una cuerda floja y para no pelearla el político tiene que hacer como el maromero: ¡Ojo a la tijereta y balancín con los brazos de un lado y de otro! La "tijereta" estaba, de una manera muy especial hacía algún tiempo, en la capital de la república, y sin perderla de vista, el cacique del Yuruari se mantenía aún en la cuerda haciendo sus maromas, cuando ya la mayor parte de sus compañeros no la bailaban; pero ahora su ojo avizor había percibido que aquello no andaba por allá del todo bien para su equilibrio y en consecuencia tomó el partido de retirarse del ejercicio oficial del cacicazgo, venido a menos, so pretexto de consagrarse a la atención de sus fincas y a la administración de sus empresas.
Se le concedió la gracia de la retirada a tiempo; pero como allí donde estaba la "tijereta" reinaba el arcano de los impenetrables designios de la suma astucia, no se le quitaron los puntos de contacto con el feudo —los elementos suyos que continuaron desempeñando los cargos públicos con ejercicio de autoridad, como aquel coronel López, jefe civil de El Callaoni
se tomaron medidas contra su libertad de acción, aun cuando se sabía que desde "Palmasola" estaba en connivencias revolucionarias con algunos de aquellos caudillos asilados en Trinidad. Con lo cual queda explicada la clave del recado del gallo y al mismo tiempo se arroja alguna luz —si así puede decirse— sobre los tenebrosos motivos que tuviera Cholo Parima para asesinar a aquel negro trinitario que conducía preso a Ciudad Bolívar, víctima de Ardavín, y cuya boca era prudente sellar para siempre.
Campesina inclinación entreverada en sus apetencias políticas, estancia eglógica de su historia bélica por donde le venía la parte ingenua de su prestigio —la adhesión del elemento rural—, allí es taba en "Palmasola" el general Miguel Ardavín, recién amanecido, presenciando el ordeño de sus vacas, aspirando el olor de la boñiga dulcemente mezclado con el de la tibia leche y oyendo los cantares de los ordeñadores, entre el mugir de los becerros y el piar fugitivo de los pájaros sabaneros. Él mismo tenía las dominadoras manos enternecidas por la maternal humedad de las ubres.
Pero al ojo zahorí del mayordomo de "Palmasola" no se le había escapado que algo grave preocupaba al jefe. Por una parte, aquel mensajero despachado tan de madrugada; por otra, aquellas insistentes miradas hacia el camino que conducía a la casa del hato.
Por fin apareció lo que por allí esperaba y era José Francisco. El general se frotó las manos para quitarse aquello de las ubres y abandonó el corral del ordeño saliendo al encuentro del primo.
—¿Qué pasa? —interrogó éste, apeándose todavía del caballo—.
¿Esa llamada tan temprano a qué obedece?
—Entra —repuso Miguel, secamente, adelantándosele hacia su despacho. Y ya en éste—: Siéntate.
—Bien —dijo José Francisco, alardeando despreocupación—. Tú dirás.
Y Miguel, clavándole la mirada dominadora:
—Has cometido una torpeza.
¿Qué necesidad había de matar a Manuel Ladera?
—¡Cómo! —exclamó el coronel, haciendo útil la sorpresa de aquel disparo a boca de jarro para la comedia que llevaba preparada—. Es la primera noticia...
Pero como Miguel continuaba mirándolo en silencio y con una sonrisa sardónica, empezó a perder allí mismo el aplomo, que no sabía conservar mucho tiempo.
—Pero ¿a mí por qué me lo preguntas? Así también podría preguntártelo yo... ¿Para eso so lamente me has llamado?
—Para preguntártelo no —repuso el imperturbable Miguel—, sino para decirte, como ya te lo he dicho, que has cometido una torpeza inconcebible, sólo atribuible a los efectos de esas borracheras a que vienes entregándote con tanta frecuencia.
—¡Qué estás diciendo! ¿De modo que insistes? Pero Miguel, cortándole en frío la réplica alterada:
—Es inútil que finjas ignorar lo que te imputo. Manuel Ladera ha sido asesinado anoche en el camino de San Félix a "La Hondonada", estando por allí Pantoja, con quien tuviste una entrevista privada antes de que se pusiera en camino para allá y sólo tú podías perseguir algún propósito con esa muerte, de todo punto innecesaria.
Yo digo las cosas como las siento, pero las siento como las digo y nada me inspira mayor desprecio, ya debes saberlo, que el espectáculo de la cobardía. ¡No me interrumpas! Un propósito vengativo —insisto— que por otra parte no has tenido ni siquiera la prudencia de ocultar. A voz en cuello
—yo lo sé todo—, a voz en cuello le mandaste la otra noche a Manuel Ladera un abrazo de Judas con ese Marcos Vargas a quien le permitiste que se te hombreara como lo hizo. Yo lo sé todo, repito. Y se te está hombreando más todavía, pues al saber la muerte de Ladera, camino ya de Upata, se ha regresado a San Félix y te ha acusado formalmente, como autor, si no inmediato, principalísimo, de homicidio.
José Francisco optó por el cinismo, exclamando.
—¡Ajá! ¿Éstas tenemos? ¡Conque se ha atrevido contra los Ardavines!
—¡Alto ahí! Contra José Francisco Ardavín.
—Sí. Ya lo has dicho. Contra la persona que él se imagina que haya sido el autor principalísimo del homicidio.
Y después de una breve pausa, atreviéndose a más:
—¿Y no podría haber —insinuóotra persona interesada en sellar, por ejemplo, la boca de Manuel Ladera? Das a entender que lo asesinó Cholo
Parima —o Pantoja, como tú prefieres llamarlo—, pero si mal no he oído, fue precisamente Manuel Ladera el testigo único y casi presencial de la muerte del negro Jaime, camino de Ciudad Bolívar. ¿No podría ser, repito, que a Pantoja —!y a otro, quizá!les interesara mucho que "tampoco"
Manuel Ladera pudiera hablar más de la cuenta?
—¿Has terminado? —preguntó Miguel, con su imperturbable serenidad.
—No... Si yo, propiamente, no hago sino una pregunta. Si mal no recuerdo, Pantoja no fue a San Félix sino a llevar que sé yo qué recado de un gallo...
Mas como ni aun esto encontró punto vulnerable en la coraza de impavidez del caudillo, José Francisco concluyó, apurando su cinismo:
—Pero ya he terminado, sí.
—Pues continúo yo. Has debido tener en cuenta mis compromisos con la revolución para abstenerte de represalias personales que pueden agitar la opinión pública precisamente cuando más la necesito favorable a mis planes.
Era dar la cara a la reticente alusión al recado del gallo y una vez más sintió José Francisco la superioridad con que se le imponía Miguel —en su concepto usurpador del cacicazgo que de las manos de su hermano José Gregorio debió pasar a las suyas—; pero como no se allanaba a admitirla y todo tenía que fiárselo a sus baladronadas, abandonando la táctica deprimente de negar su participación en el crimen de San Félix —cosa por lo demás fácil de que la comprobase Miguel sólo con interrogar a Cholo Parima— protestó arriscándose:
—¡Tus compromisos! ¡Tus planes! ¿Qué significa eso, dicho así, tan en singular y en primera persona?
—Son los que tengo que defender, pues he de responder por ellos ante los compañeros que conmigo cuentan.
Y esto le dio a José Francisco la impresión de que Miguel arriaba banderas.
—¿Y los míos? —preguntó animándose.
—¡Hombre! ¡Sí! Y los tuyos...
Comenzó el coronel a perder a chorros su altanería ante el sarcasmo de aquella respuesta, cuando acababa de imaginarse al primo arriando
banderas; pero todavía repuso:
—¿Nada valen? ¿No los tomas para nada en cuenta y por consiguiente puedo hacer con ellos lo que mejor me parezca? El general lo miró de arriba abajo y reprimiendo el profundo desdén que le inspiraba esta destemplada salida, replicó:
—Según y cómo lo que se te haya ocurrido. Porque si pretendes darle la espalda a tu palabra empeñada por mí —no por ti, pongamos las cosas en su punto— para con la revolución y quizá, como nada de extraño tendría que acabara de ocurrírsete, denunciarme ante el gobierno para hacer merecimientos y detener o desviar las averiguaciones judiciales que se estén haciendo en San Félix, y hasta coger cola sin rifarte el pellejo ante las balas
—que pueden inspirarte cierta aprensión, ya que todavía no las has oído silbar por encima de tu cabeza, dicho sea de paso— o no me conoces bien todavía, José Francisco, o estás jugando con la carnada.
—¿Quieres decir que no soy libre de escoger el camino que más me convenga?
—No. Ya no puedes echarte atrás.
—¿Quién se atrevería a impedírmelo? —rearguyó el coronel, fanfarrón.
Miguel le hizo esperar la res puesta un buen rato y luego se la dio, palabra a palabra, como remachándosela en lo profundo temeroso del alma:
—Quien puede mandarte a la cárcel sólo con una guiñada de ojos y de ese modo reconquistarse el favor de la opinión pública que tú le hayas enajenado con el asesinato de Manuel Ladera.
—¿Tú? —insistió José Francisco, señalándolo con el índice y sacando a duras penas una sonrisa burlona.
Pero Miguel se limitó a decirle:
—No señales con el dedo. Baja esa mano, que te tiembla demasiado.
Y como esto era cierto y a José Francisco se le salía ahora la vergüenza a la cara, abandonando el tono autoritario que ya habría sido excesivo y en cuya justa dosificación radicaba buena parte del ascendiente que sabía ejercer, el caudillo prosiguió:
—Bien sabes que si me he comprometido con la revolución que se prepara ha sido contando contigo, personalmente, y con el continente de tu prestigio.
José Francisco sacó el pañuelo y se enjugó la frente sudorosa —un sudor frío de energías consumidasy el otro agregó, para acabar de quitarle el regusto de la ira frustrada con el halago de vanidad:
—Ya es hora de que te labres un porvenir político que sea obra tuya exclusivamente. Ya voy para viejo y tú todavía eres joven.
¿Hasta cuándo vas a conformarte con ser el coronel Ardavín? Lo que Miguel, con velado sarcasmo, había llamado el prestigio de José Francisco era algo semejante a aquel núcleo inicial de su partido, formado por los desechos del de José Gregorio; la bronca oficialidad de los matones, el hampa de la agrupación. José Gregorio había barrido para afuera al repudiar aquella escoria y Miguel se había aprovechado con ella; pero aleccionado por tal experiencia, cuando a su vez tuvo que depurar, lo hizo de modo que resultase barriendo para adentro, procurando que aquellos malos elementos rodearan a José Francisco, pero de manera que éste cargase con la afrenta del ardavinismo sin riesgo de que se repitiese la historia, pues sabía que el primo nunca pasaría de oscuro segundón. Rodeado así el coronel de los matones, que buena falta le hacían para respaldar sus balandronadas, el general siempre los tendría a su disposición cuando fuese menester de perros de presa, sin echárselos encima, y así le sería posible realizar la dualidad propia de la naturaleza de un caudillo, azote y amparo a la vez de sus secuaces: inspirar temor y confianza al mismo tiempo. Mientras José Francisco y sus matones cometían desafueros, muchos de ellos por órdenes disimuladas de Miguel, éste era el poder moderador, la superior autoridad a que apelaban sus mismas víctimas, el jefe paternal que brindaba protección, remediaba el daño y desarmaba el espíritu de protesta o de rebeldía, con una reprimenda para el atropellador —previa una guiñada de ojos en algunos casos— y con una palabra afectuosa para el atropellado.
Así, pues, para nada tenía que halagar el general al coronel respecto a la cooperación del denominado contingente de hombres del segundo en la aventura revolucionaria que el primero fraguaba.
Pero había algo que sí era necesario recabar de José Francisco con alguna habilidad: su aporte en dinero, a la medida de los planes de Miguel, que de lo suyo propio quería exponer poco, José Francisco se resistía a
contribuir con tanto como el otro le asignara y para obligarlo había sido todo aquello aprovechando la coyuntura propia del asesinato de Ladera.
—Ya se acerca el tiempo del avance para el purguo —continuó el general bellaco—, que este año será también un buen pretexto para reclutar la gente de tropa que nece sitamos para el momento dado. Entre tus purgüeros y los peones de "Yagrumalito" —éste era un hato de José Francisco— podrías parar unos doscientos hombres que constituirán un contingente apreciable.
Ándate allá de una vez. Según lo concertado con los compañeros de causa asilados en Trinidad, Curazao y Colombia, la invasión a la cual corresponderemos los de adentro rompiendo fuego, no se efectuará antes de que hayamos recogido y embarcado, tú y yo, el purguo de este año; pero podría suceder que hubiera necesidad de precipitar los acontecimientos y de ahí que sea imprescindible tu presencia desde ahora cerca de Tumeremo, mientras que yo vigilo desde aquí el resto del Puruari. Vete hoy mismo y de allí no te muevas mientras se asienta este revuelo que seguramente va a formarse alrededor de la muerte misteriosa de Manuel Ladera. Que ya me encargaré yo de que tome el rumbo debido. Acabo de enviarle un telegrama al presidente del Estado, ofreciéndole la cooperación de mi experiencia para el más rápido esclarecimiento del crimen. Además, le he enviado otro, de pésame, a la viuda de Ladera y otro al coronel López exhortándole a redoblar sus actividades en el sentido del caso.
Por último...
Pero José Francisco le quitó la palabra, preguntándole:
—¿Te parece conveniente que haga yo lo mismo?
—¡No! —repuso Miguel—. ¡Sería demasiado! Por lo menos el pésame a la viuda. Limítate a hacer lo que yo te aconsejo. Vete hoy mismo para
"Yagrumalito" y si ya Pantoja ha regresado de San Félix y te lo tropiezas por ahí llévatelo contigo. Dile que de orden mía abandone la comisaría y se vaya contigo.
Y separando con una breve pausa lo producente de lo producido:
—¡Y a propósito! De paso para "Yagrumalito" déjame en casa el cheque por la cantidad estipulada de tu contribución al financiamiento de la revolución.
—Bueno —prometió José Francisco, ya caído en el lazo—. Allá te lo dejaré.
Pero de todo esto sólo retuvo en la mente aquella pregunta que atacaba su punto vulnerable:
"¿Hasta cuándo vas a conformarte con ser el coronel Ardavín?".
Pero mientras Miguel existiera, siempre trataría de oscurecerlo y postergarlo. Luego... En una pelea nunca se sabe de donde ha salido una bala. Y para ello venía como de encargo la revolución en puertas.
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