Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 42 de 50

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Canaima

El derrumbamiento

La sastrería que con dinero prestado por José Vellorini había puesto Arteaguita se denominaba "La Tijera de Oro", y bajo esta designación, de una vulgaridad in concebible en sastre ingenioso, leíase, en la muestra sobre la puerta, esta advertencia singular:

"Se garantiza que el sastre no se come el trazo".

Pero con esto ¿qué habría querido decir Arteaguita? ¿Que su tijera no se salía de la línea trazada en el diseño del corte? Esto era lo que entendía el vulgo y ya parecía chis... Pero ¡no! O por lo menos no solamente eso quería decir la leyenda. El trazo a que se refería Arteaguita no era el del jabón de sastre sobre la tela, sino la línea inflexible del destino —de su destino de sastre—, de la cual había intentado salirse en busca de fortuna rápida por los rumbos de la aventura... No llegó a lograrlo, no se atrevió a dar el primer paso, tuvo miedo, o mejor dicho: no lo abandonó el que siempre había tenido, y en la advertencia que pasaba por chistosa estaba sintetizado el drama interior de Arteaguita.

Pero le atrajo clientela y allí estaba, ganándose la vida y hasta haciendo ahorros para casarse, porque se había enamorado de una muchacha de Tumeremo que no era mal parecida. Ahora, con el regreso de los rotos y descosidos, semidesnudos purgüeros, no se daría abasto para el trabajo que le caería.

Y para que Marcos Vargas le refiriese cómo era aquello que él no se había decidido a experimentar por sí propio.

Pero lo que Marcos Vargas traía de la selva no era para narrarlo. Sus experiencias de allá se habían fundido todas en la emoción de la tormenta,

la más intensa y plena emoción de sí mismo que jamás había sentido, y esto ni cabía en la memoria ni podía serle comunicado a otro. Por otra parte, contar, allí en el pueblo y sobre todo en presencia de un sastre, que se había desnudado para mezclarse con los elementos, uno más entre los que compusieron la maravillosa armonía de la tempestad, habría sido exponerse al ridículo. Arteaguita no hubiera podido reprimir el pensamiento que le habría sugerido su conveniencia profesional: un traje más por hacer —y era posible que hubiese interrumpido el relato para proponerle que se dejase tomar las medidas... De todos modos, de aquello no había que hablar: él mismo no estaba muy seguro de cuanto allí sucedió. Sabía solamente que allí había recibido su vida un impulso que lo desplazaba de su trayectoria.

¿Hacia cuáles otras?... Conservaba la impresión de haberlo sabido en aquel momento; pero ahora le era imposible reproducir aquel estado de intuición profunda y certera. Todo lo más, dábase cuenta de que ahora menos que nunca le servirían las medidas de los demás, ni ya tampoco las antiguas propias... Y esta reiterada ocurrencia de medidas le venía de un poco de fiebre y de que Arteaguita se le había plantado por delante con la cinta métrica al cuello, al sacerdotal uso de la estola.

—Sí —convino Arteaguita—. En los ojos se te ve que tienes fiebre.

Pero ¿qué estás diciendo de irte a la posada? Aquí en casa estarás más cómodo, o por lo menos más tranquilo y ya te he preparado una habitación.

Tengo además una cocinera que no es del todo mala y ya las gallinas están cacareando dentro de la olla. Espero que no me las despreciarás.

Sonrió a lo que de chistoso tuvieran las palabras de Arteaguita y aceptó el hospedaje que le brindaba, más apacible y seguramente más confortable que el de la posada donde se alojaba la plana mayor de la tropa purgüera, gente cuya conversación ya no le interesaba y cuyo trato quería evitar.

Al amanecer del día siguiente saldría para Ciudad Bolívar y necesitaba descansar sin ser molestado. Se metió en el chinchorro que le tenía destinado Arteaguita, y así que éste lo dejó solo púsose a releer la carta de la madre, des pués de lo cual se quedó con la vista fija en una de las vigas del techo, con esa atonía mental con que se esperan los acontecimientos decisivos que ya han echado a andar.

Y ésa fue, precisamente, la hora que eligió José Francisco Ardavín para salir al encuentro de lo que a él le estaba destinado.

Salió de "Yagrumalito", donde ya había recibido las cuentas, bastante menoscabadas, de su empresa balatera del Cuyubini y llegó a Tumeremo ya entrada la noche, cuando estaba en su apogeo el regocijo alcohólico del regreso de los purgüeros. Mandó descorchar champaña para él y sus acompañantes y poco después ya se le había desatado la borrachera tempestuosa.

Pero esta vez era de mar de fondo la tormenta. No las habituales baladronadas aparatosas, que por lo demás ya a nadie inquietaban, sino una verbosidad reveladora de profunda excitación cerebral, sin las acostumbradas chocarrerías al gusto plebeyo, antes por el contrario con cierta distinción y hasta elegancia de pensamiento y de expresión que no se le conocían y que a él mismo parecían producirle sorpresa de hallazgos espirituales insospechados. Por momentos se destemplaba, alzaba demasiado la voz, se le escapaban incoherencias o se estremecía sacudido por repeluznos involuntarios, pero en seguida lograba recuperarse, aunque mediante un esfuerzo anímico que se le hacía visible en la contracción de los músculos faciales y en la palidez que le relampagueaba en el rostro, y luego volvía a la conversación animada y fina. Sin embargo, sus compañeros, extrañados, cruzaban entre sí miradas de inquietud, pues aquella agradable espiritualidad hacía pensar en esa misteriosa llamarada de lucidez que, irrumpiendo de pronto del coma agónico, precede y anuncia el apagamiento definitivo de la muerte.

Y esta impresión fue corroborada por la que les produjeron las palabras con que Ardavín, poniéndose de pie a lo más espiritual de su charla, se despidió de ellos:

—Bueno, compañeros. Les agradezco infinitamente que hayan estado conmigo en estos momentos.

No les digo que se lo agradeceré siempre, porque esta palabra, dicha por mí, quizá no tenga ya sentido alguno. Yo me despido de ustedes.

No me pregunten para dónde. ¿Volveré? ¿No volveré? ¿Regresaré sin volver, propiamente? ¡No lo sé! Lo cierto es que me separo deliberadamente de ustedes, pidiéndoles palabra de que no se me acercarán,

véanme donde me vean y como me vean. ¿Prometido? No se atrevieron a decirle que no le conocían aquella forma de borrachera. En José Francisco Ardavín había en aquel momento algo que inspiraba respeto; pero respondieron, con reservas mentales de "seguirle la corriente".

Por lo demás, a ninguno de sus amigos le interesaba ya continuar acompañándolo.

Se separó de ellos. Atravesó la plaza. Caminaba erguido y con paso firme. Después dijeron algunos que lo habían visto llevarse el pañuelo a los ojos, pero que entonces esto no les llamó la atención. Nadie estuvo junto con José Francisco Ardavín en la hora viva de su alma, ya al borde de su abismo final.

Había cine aquella noche y allí volvieron a verlo sus compañeros de hacía rato; pero no se le reunieron. Sabían que había continuado bebiendo, a solas, mas no se le descubría que estuviese borracho. Estaba solo en medio de la concurrencia.

Comenzó la función. Era al aire libre, en un corral. Pasaban una película de serie de esas del triángulo consabido: el bueno, el malo y la víctima, que naturalmente era una muchacha, amada por el primero y deseada por el segundo.

El malo acababa de cometer una de las suyas y se retiraba satisfecho e impune. Pero José Francisco Ardavín sacó el revólver y lo acribilló a balazos en la pantalla.

Se produjo la alarma; otros revólveres salieron de las cananas a las manos previsoras, se interrumpió el espectáculo y dos policías acudieron a sacar al causante del alboroto. Pero él les dijo, serenamente:

—No se preocupen. Ya me voy.

Ya le di su merecido a ese bandido.

—Está borracho —comentaron unos.

Y esto era lo que tenían que pensar todos. Nadie podía imaginarse un rapto de indignación justiciera en el alma de José Francisco Ardavín.

Había ido a Tumeremo con el único y firme propósito de desafiar a Marcos Vargas, de medirse con él cara a cara. Marcos Vargas había llevado a cabo lo que él no se atrevió a intentar: la muerte de Cholo Parima. Debido a esto se había librado del peligro que corría por su complicidad en el

asesinato de Manuel Ladera; pero no podía agradecerle a Marcos Vargas que hubiera silenciado la voz que habría podido acusarlo, pues al proceder así demostró un valor de hombre macho que a él le faltó por completo y en ocasión más propicia.

En el fondo de sus tempestuosos sentimientos no lo odiaba, antes por el contrario había allí un vehemente impulso hacia la simpatía e incluso tuvo momentos de generosa admiración; pero Marcos Vargas era una medida de plenitud humana —tal como la entendía y podía entenderla un José Francisco Ardavín— y él necesitaba emparejársele superando de una vez por todas y de manera positiva la miseria moral de su cobardía. Ya no lo defendía el aparato de bravura a la sombra del prestigio político y ahora era imprescindible que se demostrase a sí mismo que era un valiente.

Pero Marcos Vargas no apareció por donde esperaba encontrárselo, no se dejó ver —díjose Ar davín— y ya esto fue suficiente para que el espíritu de mixtificación se apoderase de él: Marcos Vargas le temía y por eso se ocultaba.

Iría a sacarlo de donde se hubiera escondido. La policía le había quitado el revólver, pero ya se había procurado otro, de uno de los peones purgüeros con quienes acabó de emborracharse en aquella misma taberna donde cayó Cholo Parima.

La casa donde tenía Arteaguita su tienda y su habitación —ya le habían dicho que allí estaba Marcos Vargas— tenía un corral que daba a campo abierto, apenas cercado por palizadas, que era fácil de trasponer, y por un boquete de ellas, al abrigo de la oscuridad, ya pasada la medianoche, penetró José Francisco Ardavín.

Revólver empuñado en la diestra, el índice en el gatillo y con una linterna sorda en la otra mano dispuesta para encenderla cuando fuere menester, atravesó el corral y llegó hasta el comedor de la casa, a todo lo ancho de ésta, frente al patio. Su corazón palpitaba aceleradamente, pero su voluntad se mantenía firme en el propósito.

Respecto de esto no sabía ya si era el de asesinar a Marcos Vargas, sorprendiéndolo dormido, o el de despertarlo y desafiarlo, hombre a hombre. Daba por sabido que era esto último lo que iba a hacer y avanzaba sintiéndose asistido de todo el valor necesario.

La casa estaba sumida en silencio absoluto. En el patio brillaba el tranquilo fulgor mortecino de la luna menguada... Pero sobre la mesa del comedor había una pimpina, llena de agua fresca seguramente.

Al verla sintió que llevaba sed. Detúvose a aplacarla, y satisfecha esta necesidad, se le hizo consciente otra, no menos imperiosa: sintió que iba cansado, ya que no podía tenerse en pie. Se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa, puso sobre ésta el revólver y la linterna, lanzó un resuello de alivio y ya abandonado al apremio de las sensaciones físicas, apoyó los brazos sobre la mesa y sobre ellos reclinó la cabeza atormentada de borrachera y de sueño.

De pronto despertó sobresaltado por el ruido de una manotada sobre la mesa. Era Marcos Vargas, que ni siquiera había creído prudente apoderarse de su revólver.

Pero al despertar ya no le acompañaba el valor que lo había llevado hasta allí, se le había derrumbado del todo y de golpe en el abismo de la cobardía irremediable. Saltó del asiento y se dio a la fuga definitiva. La pimpina vacía y mal colocada rodó por la mesa y se estrelló a los pies de Marcos Vargas.

Al día siguiente lo encontraron vagando por los campos cercanos a Tumeremo, desgarrada la ropa por las breñas a través de las cuales había emprendido la fuga, tropezando y cayendo al tumbo de la borrachera, vacilante el paso bajo la obsesión persecutoria, caída la mandíbula, babeante la boca, mustia de demencia la mirada...

Ya se había realizado aquel presentimiento de que le hablara a la Juanifacia.

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