Canaima
El "Sute" Cúpira
Como muchos de los que campaban por sus fueros en la tierra de la violencia impune, aquel a quien por su físico menguado —pequeño, flaco, enteco— dábanle el apodo de "Sute", no era guayanés. Un delito de sangre, primero de la serie ya incontable de sus hazañas de hombre macho, lo había arrojado a la sel va, fugitivo de la justicia, y de esto hacía más de quince años; pero a su aureola sangrienta no podían faltarle esos destellos que forman la legendaria del bandolero generoso en el ánimo de quienes están siempre dispuestos a admirar la hombría señera y la bravura sin freno.
El Cuyuni y sus afluentes regaban su feudo; bosques purgüeros y placeres auríferos de donde anualmente sacaba provechos cuantiosos, que así como los obtenía luego los tiraba al azar de los dados o los derrochaba alegremente junto con sus numerosos amigos y con la torva escolta de sus espalderos, permitiéndoles disponer de ellos cual si fuesen propios, de donde le venía fama de generoso. Pero así también usufructuaba lo ajeno, o que por tal pasaba, irrumpiendo con su gente a rumbear balatá en términos de empresas ya establecidas o a pedir "recortes" en los yacimientos auríferos que otros hubiesen descubierto, que si por las buenas no se los daban, ante las malas no se detenía, corriendo el riesgo que hubiere, de donde sacaba la reputación de valiente hasta la temeridad.
Aquel año merodeaba por los bosques purgüeros de las cabeceras del Barima, en territorio de la Guayana inglesa, aunque con sus tarimbas del lado de acá de la raya, donde elaboraba el producto recogido por su gente, doce hombres siempre dispuestos a cuanto les ordenase y a los cuales
llamaba apóstoles, que sólo para decir tal monstruosidad solía tenerlos en aquel número.
Ya había abandonado las cabeceras del río Inglés, y traspuesta la Sierra Imataca, disponíase a abrir sus operaciones sobre las del Cuyubini, para
"latirles en la cueva a los ardavineros de El Bochinche y Los Repiques", cuando se lo encontró Marcos Vargas que en busca suya iba siguiéndole las huellas. Estaba sentado, a la caída de la tarde, sobre los raigones de un arabután descubiertos por las avenidas del brazo de río en cuya orilla se alzaba, en la silenciosa compañía de uno de sus doce, en quien Marcos reconoció a uno de los conductores del moribundo Encarnación Damesano.
De lo cual y lo menguado del otro coligió que éste fuese el temible personaje que así se lo habían pintado.
Por su parte, ya a Cúpira le había dicho su compañero —apodado "El Caicareño"— quién era el que llegaba, y se levantó a recibirlo, diciéndole:
—¿Escotero y tan lejos de lo suyo? No esperaba yo tener tan pronto el gusto deseado.
—Salí a dar una vuelta, como quien dice —respondió Marcos Vargas, en cuyo rostro fatigado los ojos tenían cierta expresión delirante—; se me vino atrás el baquiano que me acompaña, por el camino me dieron ganas de conocerlo a usted y hasta aquí me ha traído ese capricho del momento.
Tenía además que darle las gracias por el favor prestado a un peón mío de todo mi aprecio. Que de nada le sirvió, por cierto.
Mientras así habló, el "Sute" estuvo mirándolo a los ojos, fijamente, y así dejó transcurrir una pausa antes de replicarle:
—Sí. Ya me contó "El Caicareño". Pero no crea usté, pues siquiera se dio el gusto de morir al lado suyo, como nos manifestó cuando lo encontramos revolcándose en su sangre. Que por cierto es el primer pión purgüero que me tropiezo que no maldiga del jefe, y por algo será. De donde se me aumentaron las ganas que por mi parte ya tenía de conocerlo a usté.
Ahora sus palabras dan a entendé que los deseos eran recíprocos y nada más le digo sino que aquí tiene al hombre, al "Sute" Cúpira, como todo el mundo me dice y para lo que lo anden buscando.
—También le dicen el tigre del Cuyuni.
—¡Cosas de los amigos de uno! —repuso Cúpira, tras su apariencia bonachona, que se la daba sobre todo su manera lánguida de hablar.
Y Marcos, sin que él mismo se diese cuenta de los sentimientos que motivaban sus palabras, insistió:
—¡Son tantas las hazañas de usted que he oído celebrar por estos mundos de Canaima!
—¡Jm! —hizo Cúpira, con expresión indefinible—. Él nos reúne al fin y al cabo, aunque Cajuña nos críe muy lejos uno de otro. Y la prueba aquí la estamos dando usté y yo.
A lo que repuso Marcos:
—Gracias por el honor que quiere hacerme al considerarme como par suyo; pero...
Y el "Sute", interrumpiéndolo y encogiéndose de hombros:
—Sus razones tendrá usté pa no aceptá que lo comparen con quien no sea de su medida. Ya las explicará si así se lo pide el cuerpo; pero tan y mientras una descansadita no me parece que le caería mal. Su baquiano viene trozao, con to y lo caminador que es el indio. Aquí semos algunos esta noche, por causa de encuentros que nunca faltan por estos mundos de Canaima, como usté los mienta; pero sitio abrigao no faltará pa usté. Y
hasta un buen chinchorro, que ya veo que no lo trae consigo.
Referíase con aquello de los encuentros a unos purgüeros, del mismo clandestino sistema de explotación que él empleaba, que aquella tarde se le habían reunido.
Y agregó:
—En el entreacto ahí están en la tarimba los mal encontraos y once de mis apóstoles, que "El Caicareño" aquí presente los completa, pegándose unos palos de un aguardiente que no debe de ser del todo malo. Y si a usté también se lo pide el cuerpo...
—Algo de eso viene sucediendo, realmente, aunque no es costumbre.
—Ya se ve que usté anda fuera de las suyas. Pero camine y pase a darle el gusto al cuerpo, que todo no pué sé rigor.
Y en llegando bajo el cobertizo de palma donde los purgüeros bebían y charlaban ruidosamente:
—Compañeros, tengo el gusto de presentarles al hombre que mató a aquel perro. Marcos Vargas, hablando bien.
Le molestó a éste la frase primera, indudablemente alusiva a Cholo Parima muerto por él, y con el ceño fruncido saludó a aquellos hombres, todos malcarados, algunos de los cuales se adelantaron a estrecharle la mano dando sus nombres, mientras otros se limitaron a murmurar, sin acercársele:
—Mucho gusto.
Pasaban de veinte y todos ostentaban lanza y revólver al cinto.
Pero si en casi todas las miradas advirtió Marcos Vargas el recelo mezclado con el desdén, punto menos que agresivo, en cambio las de Cúpira le manifestaban simpatía al par que demostraban especial interés escrudiñador.
Reforzó estos sentimientos el efecto efusivo del alcohol, insistiendo Cúpira repetidas veces en medio de la conversación general en que no acostumbraba beber sino en las ocasiones solemnes, como consideraba aquella del conocimiento con Marcos Vargas, aunque por razones que todavía se reservaba.
En cuanto a éste —sobreexcitado como traía el espíritu por la marcha insensata, de varias jornadas, a través de la selva, en silencio ante la fascinación de los verdes abismos, y adquiriendo la bárbara experiencia de alimentarse con el trozo de la presa cazada por el acarabisi, sin sal y apenas pasada por el fuego, mientras tuvo fósforos con que procurárselo, y últimamente crudo y sangrante —experimentaba ahora algo así como un vértigo espiritual con que lo atrajese el abismo interior de aquel hombrecito, personificación de la selva monstruosa, en quien la fiera condición, ya casi legendaria, estaba agazapada tras la apariencia inofensiva de su menguada humanidad y su aire apacible.
Formaban ya barullo las lenguas desatadas por el alcohol, sin que todavía hubiese domesticado aquel recelo y desdén agresivo de casi todos los rostros, cuando Marcos Vargas, plantándosele por delante al "Sute", le clavó la mirada a los ojos con inquisitiva impertinencia, que advertida por los demás produjo el silencio de la expectativa.
Cúpira se la sostuvo sin pestañear, primero sonriendo y luego ensombreciéndosele la expresión, hasta que por último, echándose atrás, inquirió:
—¿Qué desea, joven? Marcos Vargas hizo el gesto que producen las coincidencias de lo que se procura con lo que ocurre y recalcando las palabras repuso:
—Hacerle una pregunta, Fortunato Carrillo.
Los circunstantes se miraron entre sí con extrañeza y hasta algunos llegaron a pensar que tal fuese el verdadero nombre del "Sute" y que para algo que pronto se vería se lo había echado en cara Marcos Vargas; pero a Cúpira no podía extrañarle la frase oída porque era suya, pronunciada en ocasión inolvidable. Y con la simpatía brillándole otra vez en la mirada:
—Ya me lo esperaba —dijo—.
Hace rato que estaba viéndolo venir.
A tiempo que "El Caicareño" exclamaba:
—¡Ah! ¡Ya caigo!
—Fue por los lados de Barrancas, ¿verdad? —insistió Marcos.
—Más arribita —precisó Cúpira—. A la hora de éstas, poco más o menos, de un 24 de marzo de hace quince años recién cumpliditos.
—Y bien llevada la cuenta —agregó otro de los doce de el "Sute", que bien sabía de qué se trataba.
—Por si acaso me la quieren cobrá algún día con intereses —dijo el hombrón absurdo.
Mientras Marcos Vargas insis tía:
—Entró usted en la pulpería de Fortunato Carrillo, donde a esa hora estaba un forastero tomándose una taza de café, ¿verdad?
—Justamente. Un forastero que era su padre de usté. Ya me habían informado de que usté era hijo de aquel único testigo presencial de la cosa y por eso deseaba conocerlo, como le he manifestado endenantes. Estaba sentao junto al mesón de la pulpería, que era posada al mismo tiempo, tomándose su tacita de guacharaca, porque café puro y legítimo no podía habé en casa de aquel bandido de Fortunato Carrillo. Me contrarió tropezarme con terceros, remolonié un poco, decidí por fin y me arrimé al mostrador a tiempo que me preguntaba el ya difunto pero toavía en pie y
fumándose un tabaco —de los de sortijita, me acuerdo bien—. ¿Qué desea, joven?
—Y apoyando el codo sobre el mostrador —continuó Marcos tal como recordaba habérselo oído referir a su padre varias vecesmientras la derecha se la asentaba disimuladamente sobre el cuadril, cerca de la lanza, le contestó usted...
—Déjeme decirlo yo —interrumpió Cúpira—. Le contesté, como bien acaba usté de repetirlo: Hacerle una pregunta, Fortunato Carrillo. ¿Se acuerda usté del "Sute" Cúpira? Y Marcos, quitándole la palabra:
—Fortunato, haciendo memorias, se quedó mirándolo a usté un buen rato y al tropezarse con el recuerdo que le proponía, trató de sacar el machete que tenía bajo el mostrador...
—Pero yo le andé alante, como usté al suyo en su hora y punto.
Marcos frunce el ceño y Cúpira prosigue:
—Y arrimándole la lanza a lo blandito de la tetilla izquierda, se la hundí hasta la tarama, diciéndole, por la pregunta ya mentada:
—Aquí lo tienes, cumplién dote lo ofrecío.
Un murmullo de complacencia de los que oían, en el cual sólo uno de ellos no mezcló su voz y otra vez la de el "Sute", arrastrada, lánguida:
—Luego me voltié pa donde estaba el forastero, que ya hemos quedao en que era su padre de usté —a quien Dios tenga en su gloria, que me olvidé de decirlo al mentarlo por primera vez— y tan y mientras limpiaba la lanza en un piazo de papel de estraza que cogí del mostrador, le dije estas palabras que han de pasá a la historia:
—Hace trece años que el "Sute" Cúpira le juró a este muérgano que lo mataría como a un perro. Diga usté que lo ha visto cumplir su gran juramento.
Otro murmullo y el comentario de "El Caicareño":
—Que no tendría usté más de ocho cuando lo hizo.
—No los tenía, pero ya les andaba cerca.
Y al cabo de una breve pausa:
—Esos eran mis años tiernitos cuando aquella hermosura de hombre abusó de mi madre en presencia mía.
Era la primera vez que Cúpira daba esta explicación del motivo que lo indujo a cometer su primer delito, a consecuencia del cual, atravesando a nado el Orinoco aquella misma tarde, se había internado en la Guayana hasta las selvas del Cuyuni, que le brindaron impunidad. Ni aun sus amigos más íntimos habían logrado nunca arrancarle una palabra a tal respecto, siendo cosa sabida que sobre aquello no podía hablársele, y la inesperada confidencia produjo unánime emoción respetuosa. El culto de la madre era, por otra parte, el único sentimiento tierno y verdaderamente noble de aquellas almas broncas, y en el silencio que guardaron todos vibraron las recónditas fibras incontaminadas.
A Marcos Vargas, especialmente, le produjo un efecto profundo.
Palideció, se le oscurecieron las pupilas, le vibraron los músculos de la cara, arrojó de pronto al suelo el vaso que sostenía en la diestra, apoyó ésta en el hombro de Cúpira, se lo oprimió cálidamente mientras lo miraba a los ojos y luego se apartó de él, con un movimiento brusco y se retiró del sotechado... Él también era un niño cuando llegó a su casa la noticia del trágico fin de su hermano, allí en las riberas del Vichada, y viendo llorar a su madre, a quien idolatraba, le cruzó por el alma inocente la idea vengativa que luego llevaría a cabo la noche de Tumeremo.
El "Sute", que había apoyado en silencio su diestra sobre la que le oprimiera el hombro, en silencio se quedó mirándolo apartarse del grupo, y asimismo los doce hombres que lo rodeaban y para los cuales ya Marcos Vargas no era el "patiquín" que podía inspirar recelo y desdén, sino, como mentalmente se lo dijeron todos:
—¡Un hombre entre los hombres! También parecían participar de estos sentimientos los purgüeros recién reunidos con los de Cúpira, menos el jefe de ellos, un mulato ceñudo, que a todo lo ocurrido sonreía desdeñoso, fija la torva mirada en el vaso mediado de aguardiente.
Lo advirtió de soslayo el "Sute" y sonrió a su vez. Entre estos dos hombres mediaba una querella latente, no por choques habidos, sino por secreta rivalidad en la disputa del fiero señorío de la selva, que ya Cúpira ejercía cuando el otro apareció por allí.
Se trataban como amigos y no perdían oportunidad de acercarse entre sí; se vigilaban mutuamente, el "Sute" esperando el momento en que el otro se
decidiera a enfrentársele y éste aplazando la ocasión del golpe alevoso que le diese la señera hegemonía del feudo...
Ahora ambos sonreían para sus tenebrosos adentros.
De pronto Cúpira, transformándose, creciéndose, con una lumbrarada inquietante en los ojos felinos, alzó la voz, enérgica, autoritariamente:
—No dé la espalda, Marcos Vargas.
Se volvió éste, de pronto y ya decidido a todo; pero en seguida comprendió que aquello no iba contra él, pues Cúpira decía:
—No sabe usté si hay aquí alguno que guste del golpe por mampuesto.
¡Acérquese otra vuelta! Déjeme lavarme los ojos, que se me acaban de ensuciá, mirando esa cara de hombre que se sonríe de lo que merece respeto. Y ya que estamos en este terreno —!y para algo será!— vamos a contarnos todos cómo fue que tropezamos por primera vez con Canaima, que aquí nos ha reunío. Infiero que todas las historias no deben ser de cara a cara y previo aviso, pero ya es hora de que se acaben los entaparaos.
!Bébanse ese trago, muchachos, y ve sirviendo ya el otro, Caicareño!
Semos lo que semos y hasta aquí llegará eso de: las caras nos vemos pero no los corazones. Yo eché ya mi cuento de cómo y por qué cogí el camino que hasta aquí me ha traído y ahora vamos a escuchá los de los otros.
Y dirigiéndose a quien con su sonrisa desdeñosa había provocado esta explosión:
—¡Empiece usté, "Correo del Oro"! ¡Vaya echando pa fuera lo suyo!
Frunció más todavía el ceño el bronco sujeto, a quien por primera vez alguien era osado de echarle en cara aquel apodo, alusivo a la sospecha de que fuese uno de los asesinos de un correo del oro de las minas de El Callao que años atrás había encontrado la muerte en una emboscada, sin que aún se hubiese descubierto a los autores del crimen de homicidio y robo.
—Yo tengo mi nombre, Cúpira —protestó arriscándose—, y usté lo conoce.
Cúpira arrojó al suelo el vaso que ya se llevaba a los labios y replicó, simultáneamente con una manotada para apartar hacia atrás a "El Caicareño", situado entre ambos.
—Pues hágase el cargo de que lo he olvidado y vaya diciendo cómo quiere hacérmelo recordá.
Marcos Vargas volvió al sotechado de palma, paso a paso; los hombres de Cúpira y los de su rival ya no tenían vasos en las diestras y estaban separados en dos grupos; pero el de la sonrisa no acudió en la ocasión, sino que empalideció tanto como se lo permitiera su piel mulata. Visto lo cual, exclamó Cúpira:
—¡Ah, caramba! ¿Camalión tenemos? Ya el amigo cambió su sangre por agua sucia y yo con eso no relleno mis morcillas.
Ni aun así se decidió "Correo de Oro". Su especialidad no era dar la cara. Se encogió de hombros. Ya habría tiempo y ocasión más propicia. Y
dirigiéndose a sus purgüeros —que, por lo demás, tal vez no le eran tan adictos como a Cúpira sus "doce apóstoles"— con un ademán de cabeza les indicó el camino de la retirada por donde ya él se marchaba. Guayare a la espalda, monte adentro, en fila india...
El "Sute" los siguió con la mirada, otra vez sonriendo, y luego díjole a Marcos Vargas:
—Compañero, perdóneme el mal rato; pero esa postema ya estaba de reventarla.
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