Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 4 de 50

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Canaima

Marcos Vargas

Fue allí donde adquirió desde niño y con la eficacia de un vigoroso instinto aplicado a su objeto propio los únicos conocimientos que le interesaban. La geografía de la vasta región, que luego sería el escenario fugitivo de su vida de aventurero de todas las aventuras.

El curso de los grandes ríos de Guayana y la manera de pasar de unos a otros por el laberinto de sus afluentes, caños y arrastraderos que los entrelazan, las escasas vías transitables a través de bosques intrincados y sabanas desiertas, el incierto derrotero, ya sólo conocido por los indios y apenas indicado por el arestín que crece sobre los antiguos caminos fraileros para ir hasta Rionegro, evitando los grandes raudales del Orinoco y todos los rumbos que los aborígenes saben tirar desde un extremo a otro de aquella inmensa región salvaje y cuáles de estos indios eran buenos gomeros, cuáles mañoqueros y en las riberas de qué ríos o cabeceras de qué caños habitaban. La geografía viva, aprendida a través de los relatos de los caucheros, mientras que para la muerta que podían enseñarle en la escuela, así como para todo lo que allí quisieran meterle en la cabeza, no demostraba interés alguno.

Un día, como uno de los rionegreros se trajese consigo a un indio maquiritare de las riberas del Padamu, para que conociese Angostura —

como todavía llaman a Ciudad Bolívar los aborígenes, para quienes no ha pasado el siglo y pico de la república— y estando el indio sin tomar parte en la tertulia, azorado por la curiosidad muchacheril de que era objeto:

—Yéndote con Marcos, que no siendo maluco —díjole el cauchero, imitándole su manera de emplear los verbos castellanos—. Él sirviéndote de

baquiano y tú conociendo Angostura.

Y luego a Marcos:

—Llévatelo a pasear por ahí, tú solo.

Era el maquiritare un hombre joven, de aspecto manso y bondadoso, pero de expresión hermética.

Vestía como los hombres del pueblo de Ciudad Bolívar y sin muestras de no estar acostumbrado a tal indumentaria, que acaso por primera vez usaba. No soltaba palabra, se fijaba mucho en todo, a ratos sonreía y entonces su rostro enjuto y lampiño adquiría cierto aire infantil. Nada de misterioso había en su apariencia, pero, sin embargo, Marcos Vargas sentía que iba al lado de un misterio viviente y procuraba sondearlo.

—¿Cómo llamándote tú? —le preguntó, a la manera aprendida del cauchero.

—Federico Continamo —repuso el maquiritare.

—Sí —dijo Marcos, mostrándose conocedor del caso—. Ya sé. Como el racional que te trajo a conocer Angostura. Tu padrino, seguramente.

—Racional no siendo padrino mío, pero gustándome su nombre. Él prestándomelo, y yo poniéndomelo.

—Sí, sí. Pero tu verdadero nombre, el que usas entre tu gente, ¿cuál es?

—Yo diciéndotelo —contestó evasivo, con la sonrisa niña en la faz hermética—. Yo diciéndotelo.

Y Marcos, para sus adentros de persona enterada de costumbres y supersticiones indígenas:

—No me lo dirá por nada del mundo. Ellos creen que entregan algo de su persona cuando dan su nombre verdadero.

Dejaron la ciudad por las afueras, más allá de los morichales, y atravesando una sabana solitaria y melancólica fueron a sentarse sobre una gran laja que por allí afloraba del suelo. Negros arabescos de ramas y follaje repujaban el bronce candente de la puesta de sol, cantaba entre la hierba el diostedé y el silbo quejumbroso hacía triste la serenidad de la tarde.

Callaba el indio enigmático y Marcos Vargas, suponiéndole añorante del paisaje vesperal de su remoto Padamu, y, por otra parte, pensando en que aquella laja sobre la cual estaban sentados fuese uno de esos afloramientos

del sistema orográfico de la Parima, típicos de las sabanas guayanesas —

única cosa que había logrado enseñarle su profesor de geografía—, se entregó a componer su ilusión de hallarse ante aquellos salvajes panoramas oyendo el canto del yacabó.

Ya oscurecía cuando el maquiritare, sin quitar la vista del punto incierto donde la tenía fija, murmuró:

—Cuando tú yendo allá, Ponchopire enseñándote las cosas.

Ponchopire, que era su nombre y en su dialecto significa váquiro bravo, lo daba ahora como una muestra especial de simpatía hacia su joven baquiano.

—¿Cómo sabiendo tú que yo yendo allá? —inquirió Marcos, con emoción de alma en el umbral del misterio.

—Tú yendo, tú yendo. Yo mirándotelo en los ojos.

Y aquella tarde Marcos regresó a su casa como bajo el influjo de un hechizamiento.

Pero Marcos Vargas no era propiamente un soñador, ni tampoco los criaba aquel medio caldeado por el dinamismo de la aventura. Hacia la acción desbordada tiraban las inclinaciones de su espíritu, y su escuela verdadera, de lucha y de endurecimiento, había sido el arrabal y el campo circundante, a la cabeza de su pandilla de chicos del pueblo, cacique querido por su carácter expansivo y franco, al par que respetado por la fuerza de sus puños.

Para apartarlo de este ambiente plebeyo y desmoralizador y sobre todo del camino de la aventura cauchera o minera que ya le había arrebatado dos hijos: Pedro Francisco, el mayor, a quien se le trabucó la curiara en el raudal de Samborja, yendo para el Atabapo, y Enrique, el segundo, asesinado por un tal Cholo Parima, la "noche en que los machetes alumbraron el Vichada", como solía aludirse por allí a la espantosa degollina, —una de tantas que ya ensangrentaban la selva—, doña Herminia tomó la determinación de enviarlo interno a un colegio de Trinidad, donde con disciplina inglesa se lo sacasen hombre formal. Y así se lo manifestó al marido, la tarde aquella del embrujamiento producido por las palabras del indio.

—Pedro. Hay que tomar una determinación respecto a la educación de Marcos. Ahí está como alelado, y es que seguramente ha estado oyendo los cuentos de los rionegreros. El otro día me ibas a proponer, si no me equivoco, que hipotecáramos esta casa, lo único que nos queda, tal vez para pagar algunas deudas apremiantes de "Salsipuedes".

"Salsipuedes" era una tienda detrás de cuyo mostrador venía arruinándose cándida y sistemáticamente el bueno de Pedro Vargas, por vender a precios de coste, cuando más, telas y quincallas con la idea de atraerse clientela. El nombre quería decir: de aquí no te irás sin comprar algo; pero lo que realmente no salía de aquella tienda era el dinero del patrimonio de doña Herminia, que para atender a las deudas se fue metiendo allí.

—Sí —balbució Pedro Vargas, enrojeciendo hasta el occipucio, que era donde le quedaban algunos pelos—. Esos judíos de...

—Ya, ya —repuso la esposa—.

Judíos son para ti todos los que cobran lo que se les deba. Pero judíos o no, hay que pagarles.

Hipotequemos la casa; mas desde ahora te advierto que del producto de esa hipoteca apartaré una cantidad, que será sagrada, para dedicarla a la educación de Marcos, porque he resuelto que lo enviemos interno al colegio inglés de Puerto España. Marcos va por mal camino, y si no metemos la mano a tiempo y enérgicamente, lo perderemos como a los otros.

—Como tú dispongas, Mina. En cuanto a lo que me prestarás para

"Salsipuedes", creo que dentro de muy pronto podré reintegrártelo —repuso el ilusionado comerciante.

Y días después ingresaba Marcos en el colegio de Trinidad, con dieciséis años cumplidos y a regañadientes.

Cuatro de internado y disciplina inglesa, continuos, sin vacaciones, por culpa de su temperamento indócil, y una tarde que se presentan en

"Salsipuedes" —que ya no era sino un tenducho en un zaguán— un juez y su secretario a embargar las existencias que fuesen liquidables.

Pedro Vargas dobló la cabeza sobre el mostrador, lloró un poco en silencio y luego se quedó muerto, con la misma ingenuidad con que siempre había vivido, haciendo malos negocios que le parecían magníficos.

Doña Herminia llamó al hijo, que era ya su único apoyo —pues aunque tenía además dos hijas casadas no quería arrimarse al de los yernos— y Marcos regresó, hombreado, más vigoroso, con unos cuantos conocimientos más o menos útiles, pero en punto a carácter tal como se había ido: el mismo humor juguetón, la misma cabeza tarambana, intacto el hechizo de las palabras mágicas cuando escuchaba embelesado los cuentos de los rionegreros.

Consoló a la madre —su afecto más profundo— echándosele encima para correr por toda la casa, dándole bromas y diciéndole ternezas; pero no logró tranquilizarla mucho respecto al porvenir cuando le dijo:

—No se aflija, vieja. Pronto estará nadando en un río de oro que le traerá su hijo, de donde broten los manantiales, por más lejos que sea.

Y una tarde, recién llegado apenas...

Por Julio, cuando el Orinoco muestra toda su hermosura y su grandeza al alcanzar la plenitud de su crecida anual, cuando son más suntuosas las puestas de sol que hacen de oro y de sangre el gran río, cuando sopla el barinés largo y recio y braman enfurecidos los pailones de la Laja de la Zapoara, suelen remontar la corriente grandes cardúmenes de peces entre los cuales abundan los que le dan nombre a dicha laja ribereña y cuya pesca, practicada desde allí, constituye espectáculo emocionante para la población de Ciudad Bolívar, a causa de los graves riesgos a que se exponen los pescadores enardecidos, sobre la roca resbaladiza al borde del agua correntosa.

Muy aficionado a este deporte había sido Marcos Vargas desde los años de su infancia, y apenas oyó las voces que por la calle iban dando unos muchachones:

—¡La zapoara! ¡La zapoara! Ya viene el camboto.

Tomó la puerta y se encaminó a la laja.

Ya estaban allí, preparando sus tarrayas y robadores, "El Chano" y "El Roncador", de la pandilla arrabalera que antes capitaneara Marcos y ahora pescadores de profesión.

Los saludó desde lo alto de la roca con su antiguo grito de guerra:

—¿Qué hubo? ¿Se es o no se es? —agregando luego—. Vamos a ver si es verdad que en Trinidad se olvida lo que se aprendió en Ciudad Bolívar.

Por lo cual exclamó "El Chano":

—¡Ah, caramba! ¿Cómo que es el mismo "Caribe" de antes el que viene ahí?

—A la prueba me remito —repúsole—. Vayan preparándome mi tarraya mientras me desvisto.

—¡Ah, Marcos Vargas! —comentó "El Roncador", complacidamen te

—. ¡Genio y figura!

—¿Y qué, pues? ¿Crees que eso es jabón que se gasta? Aquí me tienen otra vez y vayan contándome mientras tanto qué ha sido de ustedes en estos cuatro años en que no nos hemos visto.

—Aquí, chico —repuso "El Chano"—. Ganándonos la arepa con la tarraya. Ya se acabaron aquellos tiempos de todos juntos y reuníos: el pata en el suelo y el patiquín. Ahora ca uno ha cogío pa onde le corresponde: tú pa la espuma que flota, aunque no quieras ser jabón que se gasta, y nosotros pa el asiento. Pero aquí estamos a tú mandar, los mismos de siempre para ti.

—Lo propio te digo, Marcos —añadió "El Roncador"—. Y ahora que te vemos, porque, francamente, no nos atrevíamos a di a tu casa, sin sabé cómo ibas a recibirnos: recibe mi pésame por la muerte de tu viejo.

—Y el mío, Marcos. Ya tú sabes. Nada tengo que decirte.

Nosotros hemos sentío mucho la muerte de tu pobre viejo, que en paz descanse.

—¡Ya lo creo! Como que se les acabó la ganguita de comprar aparejos de pescar a menos de precio de costo. Pero dejemos el arreglo de esas cuentas para más luego, porque ya el cardumen viene llegando. ¡Y ah, camboto bueno! ¡Miren el aguaje! Ya las zapoaras, atraídas por la succión de los pailones, estaban al alcance de las tarrayas, y Marcos confundido entre los pescadores, desnudo de cintura arriba, descalzo y con los pantalones arremangados hasta los muslos, mientras en lo alto de la laja se apiñaba la muchedumbre que de toda la ciudad acudía a presenciar el espectáculo emocionante.

Pero Marcos Vargas no tenía ojos sino para el hervidero de las aguas cuajadas de zapoaras y a grandes voces celebraba la eficacia de sus tarrayas bien lanzadas:

—¿Qué hubo? ¿Se es o no se es? A lo que replicaban los pescadores, complacidos de verlo entre ellos:

—¿Eso fue lo que te enseñaron en el colegio de los ingleses?

—¡Ah, plata más perdida la que gastó tu viejo en eso! Como que no fue vendiéndonos a precio de costo, solamente, que se arruinó.

Ya se ocultaba el sol y eran montañas de oro las inmensas nubes encendidas de arreboles, a cuyos ardientes reflejos sobre las aguas rizadas por el barinés el gran río extendía de monte a monte la majestad de su hermosura. Hervían los pailones entre cuyos torbellinos iba cayendo el cardumen y sobre el bramido de la corriente enriscada se alzaban los gritos de los pescadores enardecidos y el vocerío emocionado de la multitud, por la tarea de los hombres arriesgados y la grandiosidad del incomparable crepúsculo.

Mas de pronto todo aquel rumor humano se convirtió en un solo grito de sobresalto: Marcos Vargas había resbalado y caído en los pailones.

Pero fue cosa de instantes no más el riesgo corrido. El remolino de las aguas no pudo arrollarlo, las cortó a brazo esforzado, ganó el remanso y volvió a treparse sobre la laja antes que los pescadores lograran acudir en su auxilio.

Y ya estaba allí lanzando su grito alardoso:

—¿Qué hubo? ¿Se es o no se es? Mas aún no se había incorporado cuando se le plantaba por delante, increpándole, una jovencita de rubia melena y mirada centelleante:

—¡Bruto! ¡Requetebruto y mil veces bruto! Me has dado un susto por estar echándotelas de gracioso. !Me provoca darte una cachetada! Tendría unos quince años, era realmente linda y la cólera la embellecía aun más.

De rodillas y con las manos todavía apoyadas sobre la laja, Marcos se la quedó mirando en si lencio y luego replicó, socarronamente:

—¿A que no?

—¡A que sí! Y de las palabras a los hechos. !Plaf! En seguida le volvió la espalda y sacudiendo la dorada melena, con lumbre en los ojos altaneros, llena de sí misma, atravesó por entre el gentío que le celebraba la ocurrencia o se escandalizaba de ella y fue a reunirse con sus amiguitas, que no habían salido de su asombro.

Marcos permaneció tal como estaba, contemplándola, deslumbrado todavía por la visión de su belleza y murmurando: —¡Tú me la pagarás! ¡Tú me la pagarás! Era la primera vez que experimentaba una emoción amorosa. Hasta allí su mundo había sido rudo y viril, abriéndose camino a bofetada limpia, primero en el arrabal bolivarense a la cabeza de su pandilla y luego en el mismo colegio de Trinidad... Era lógico que con una, bien sentada en su mejilla, le hubiese dado el amor aviso de su existencia.

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