Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 49 de 50

Páginas del PDF

Canaima

El racional

Para la comunidad de Ponchopire antes había sido el cauchero Federico Contimano el racional por antonomasia. Que luego resultó como casi todos: un explotador brutal que les pagaba con abalorios, puñados de sal y trozos de papelón el caucho que para él recogían. Pero como el indio fatalista ya nada espera de su raza humillada y vencida, para librarse de las expoliaciones del blanco, o del supuesto civilizado sin distingos de matices de la piel, procura siempre ganárselo a partido sometiéndolo a su patrocinio, a veces gustosamente. Y así procedió Ponchopire respecto a Marcos Vargas, de quien, por otra parte, conservaba un recuerdo grato de cuando lo conoció en Angostura.

Por el momento no estaba amenazada su tribu por los caucheros, pero siempre sería conveniente tener a su favor a un racional a quien los otros respetasen, y viendo en Marcos un buen defensor para su gente, le había dado por mujer a su hermana, previa la recomendación a ésta que en tales casos siempre hace el indio.

Por otra parte, al proceder así, Ponchopire había obedecido tanto al sentido hospitalario, muy desarrollado en el indio, como al que éste tiene de la comunidad humana, dentro de la cual ni el individuo ni la familia pueden existir en sí solos ni para sí mismos.

Sin vestigios de economía personal o doméstica, todos consumiendo por igual lo que cada uno producía, todos compartiendo la misma vida, la churuata era ya un símbolo: pertenecía a todos, todos contribuían a levantarla y sólo se adquirían derechos individuales bajo su techumbre para la temporal ausencia de la vida durante el sueño, en uno de los sectores de

los círculos concéntricos que formaba la horconadura, o para la definitiva y perenne dentro del cutumari colgado del horcón central.

En uno de aquellos sectores fueron colgados, uno por encima del otro, los chinchorros de la nueva pareja; pero si Marcos prefirió continuar habitando con Aymara la vivienda aislada que Ponchopire le había hecho construir desde su llegada a la comunidad, ya bajo el espíritu uniforme de ésta era uno entre todos y el cacique parecía esperar de él grandes cosas para el beneficio común.

—Bueno, cuñao —díjole una tarde, después de una larga pausa silenciosa, ambos contemplando la puesta del sol sobre el Ventuari—.

Ya Ponchopire enseñándote las cosas como ofreciéndote en Angostura; ahora tocándote a ti.

—Bueno. Tú diciendo lo que queriendo que te enseñe —repuso Marcos, que ya de otro modo no se expresaba.

El indio sonrió y con el resplandor de una gran esperanza a punto de realizarse iluminándole la faz, interrogó:

—¿Sí? ¿Tú enseñándome, cuñao, lo que yo queriendo?

—¡Sí, hombre! Siempre que yo sabiéndolo, por supuesto.

—Bueno. Enseñándome hacer hielo.

Era lo único que le había interesado en la civilización, a lo que de ella columbró durante su permanencia en Ciudad Bolívar, y lo primero que se le ocurrió pedirle a Marcos Vargas después que se hubiera efectuado la fiesta de Aymara. Con lo demás podían quedarse los racionales. Y así fue grande su desencanto cuando Marcos le repuso:

—¡Ah, caramba, cuñao! En buen apuro poniéndome tú. Yo no sabiendo fabricar hielo, ni eso tampoco pudiendo hacerse aquí.

Era lo mismo que le había respondido Federico Continamo cuando igual petición hubo de hacerle.

—¡Ah! —exclamó—. ¡Tú tampoco sabiendo! Y no se explicaría nunca cómo podía ignorar un racional lo que otros sabían, cuando entre ellos —los indios— era tesoro común la ciencia de las cosas necesarias para la vida. Ni por su parte llegaría a darse cuenta Marcos Vargas de hasta qué punto había defraudado las esperanzas de Ponchopire.

Días después llegaron por allí dos guainaris de las riberas del Arapani, de evidentes rasgos mestizos ensombrecidos por un aire de embrutecimiento profundo. Traían un cutumari con despojos y reliquias de su cacique recién muerto de manera misteriosa y venían a consultar con Caricari, viejo piaima de la tribu, famoso como adivino por aquellas regiones, acerca de las causas de aquella muerte, para lo cual eran los mechones de cabellos y las uñas del difunto que venían dentro del cutumari, junto con objetos que habían sido de su uso personal.

Caricari, momia decrépita, salió penosamente del letargo senil en que vivía sumido, tomó unas polvadas del ñopo que le ofrecía Ponchopire a fin de que entrase en el trance adivinatorio y comenzó a absorberlas por la nariz, primero despacio y progresivamente más aprisa, mientras la comunidad y los forasteros lo contemplaban con religioso respeto.

De pronto el vejete entró en estado convulsivo y en seguida delirante, mascullando palabras extrañas, las más de ellas sin sentido alguno, con las cuales anunciaba que ya su nahual lo llevaba volando por los aires sobre grandes ríos torrentosos y altísimas sierras, y cuando los guainaris le oyeron decir que ya veía, allá abajo, la churuata de ellos, sacaron del cutumari los despojos mortales y se los pusieron entre las manos trémulas de senectud y de delirio de yopo.

Ya Ponchopire le había ex plicado previamente que se trataba de una muerte misteriosa, de la cual había sido víctima un racional que hacía treinta años regía aquella tribu del Arapani, padre de los mestizos que ahora le pedían ahincadamente que les dijese de qué había muerto.

El visionario provecto, gimiendo como un crío, palpó, olfateó y luego apretó contra su pecho aquellas repugnantes cosas, mientras sus ojos en blanco seguían por los aires del delirio el vuelo del gavilán de su nahual, y al cabo de un rato de gimoteos y de convulsiones de trance comenzó a balbucir frases entrecortadas y en su mayor parte ininteligibles, que si nada preciso decían respecto a lo que se le preguntaba, en cambio, parecían expresar una esperanza mesiánica, pues —traducidas y reconstruidas por Marcos Vargas— anunciaban que en todas partes ya estaban colmadas las calabazas donde se prepara el curare, porque los ríos comenzaban a correr hacia sus cabeceras y esto significaba que ya "ella" venía contra "él" desde

el fondo de la gran noche sin lunas. Pero la alusión al curare fue suficiente para que los mestizos se convencieran de que su padre había sido envenenado.

Ya metían dentro del cutumari los despojos y reliquias por los cuales esperaba el muerto, solitario morador de la churuata allá en la ribera del Arapani, cuando Marcos advirtió que una de aquéllas era un papel impreso, pringoso y ya roto por los dobleces, y apoderándoselo, sin hacer caso de las protestas de los mestizos, se dirigió a su choza para examinarlo.

Era un periódico de Ciudad Bolívar, de un día indeterminable de hacía muchos años, por haber desaparecido el trozo que contenía la fecha y cuya pringue denunciaba frecuentes lecturas, así como sus dobleces cuidadosa conservación.

No contenía nada que fuera ya ni pudiese haber sido nunca interesante: era uno de esos periódicos de ciudades pequeñas que nunca salen de ellas para asomarse al resto del mundo ni jamás contienen nada que en ellas ya todos no sepan; pero había sido, sin duda, el único contacto de aquel

"racional" con el mundo civilizado del cual se apartara, quién sabe por qué, y Marcos Vargas se quedó largo rato cabizbajo con el sucio papel entre las manos, mientras en su interior resonaban palabras de cinco años atrás:

—... y es que te quiero tanto, tanto, tanto! Y Ponchopire tuvo que repetirle varias veces:

—Cuñao. Los guainaros esperando su papel, porque allá su padre necesitándolo para irse todo.

Hijos no pudiendo regresar sin cutumari completo.

—¡Hijos! —murmuró Marcos.

Y al representarse la profunda estupidez que expresaban los rostros de los mestizos, maquinalmente dirigió su mirada al vientre de Aymara, ya madre, que estaba hacía rato por allí sin que él lo advirtiese.

Devolvió el papel entregándoselo a Ponchopire y éste a Aymara para que se lo llevase a los guainaros, mientras él se quedaba allí para cambiar impresiones.

—Yo estando pequeñito cuando llegó racional de Arapani —dijo para empezar—. Allá queriéndolo mucho; ahora envenenándolo...

Pero Marcos abandonó la choza dejándolo con la palabra en la boca.

Vagó todo el día en su concha por el río solitario, y aunque fueron frecuentes los aguajes que rizaron los remansos, por la tarde regresó sin pesca. Y así uno y otro día.

Aymara sufría viéndolo tan desganado de ella, que no le dirigía la palabra ni la consentía a su lado; pero ya había tomado sus medidas a fin de que no se le escapase: le había aprisionado las huellas, cubriendo con casimbas disimuladas entre el monte y diariamente vigiladas las que su planta había estampado por allí.

Mas no era sólo ella quien custodiaba estas prisiones, sino toda la comunidad interesada en retenerlo y si él las hubiese descubierto, se habría explicado —ya él también pensaba así— por qué nunca bogó decididamente Ventuari abajo hacia el Orinoco, que lo restituyera al mundo civilizado, cuando esto se proponía siempre al abandonar la ranchería.

Así las cosas, una tarde le salió el encuentro Aymara y abrazándose a él se quedó mirándolo con aire extraño y gestos reveladores de inquietud.

—¿Qué te pasa, mujer? —le preguntó, molesto. Y como en seguida advirtiese lo que al llegar se le había escapado del aspecto de la ranchería

—: ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué está esto tan solo? Aymara le respondió con mudas señas hacia la churuata y él se encaminó a la vivienda común con vagos presentimientos. ¿Acaso una muerte? ¿O la vuelta del cauchero Continamo a someterlos de nuevo a su tiranía? Pero la guaricha, siempre con mudas señas, le aconsejó que no entrase, sino se apostase afuera a oír lo que adentro se hablaba y así lo hizo.

Era un dialecto maquiritare, pero con acento arinacota, y un hombre, que debía de ser joven, el que hablaba mientras toda la comunidad escuchaba en silencio. Contaba cosas que había visto o le habían acontecido durante un largo viaje. Uno de esos prodigiosos viajes que emprenden a menudo los aborígenes, solos y escoteros a través del vasto mundo de sierras escabrosas, selvas enmarañadas o todavía desconocidas por el civilizado, sabanas desiertas, tortuosos caños y torrentosos ríos, generalmente en busca de mujeres para reanimar con cruzamientos de tribu a tribu la raza que languidece. En las riberas del Merevari residía la del arinacota que allí dentro hablaba contando su odisea, de regreso del bajo Rionegro con una india huarequena.

Refería que por todas aquellas tierras recorridas se advertía un inusitado movimiento de indios; que por las sabanas se divisaban a lo lejos largas hileras de gente caminando hacia el sur; que muchas churuatas habitadas cuando él iba para el Sererehuene —río de aguas negras— las había encontrado abandonadas a su regreso; que le habían dicho que el cerro del Duida y el de Uaraco ya estaban echando candela toda la noche, señal de que se aproximaban grandes y terribles acontecimientos; que en todas partes había oído hablar de la aparición de una india, de una raza desconocida, que por fin había descifrado lo que estaba escrito en una de las rocas de las cataratas del Sererehuene, lo cual significaba que se aproximaban los tiempos del indio otra vez dueño y señor de su tierra.

Finalmente, dijo que desde el sur venía avanzando un gran incendio a través de toda la selva, en vista de lo cual se estaban saliendo de ella todos los racionales, chupadores de la sangre del árbol de la goma, violadores del sueño del oro con cuyo despertar se había desatado Canaima sobre la tierra del indio.

Aymara temblaba, abrazaba a Marcos Vargas y éste recordó las palabras de Caricari, días antes:

—Ya están llenas todas las calabazas de curare... Ya han empezado los ríos a correr hacia las cabeceras...

Se zafó de Aymara y entró en la churuata, haciendo callar al arinacota sorprendido.

Al primer golpe de vista advirtió la reserva en todos los rostros que horas antes se le habían manifestado francos y amistosos; pero no se dio por entendido y conforme a la costumbre indígena tomó asiento en silencio en el ruedo que formaba la comunidad, sin dirigir palabras ni ademanes de saludo al arinacota ni a la huare quena, una guaricha altiva y ceñuda, de ojos verdosos, color de las aguas de su sombrío Uaramoto natal.

En seguida Ponchopire tomó la palabra para referirle al forastero —que ya había pasado por allí cuando iba para Rionegro— cuanto había ocurrido en la comunidad desde esa fecha, como es costumbre lo haga el jefe de una tribu después que su visitante ha contado lo que vio o le ocurrió durante el viaje. Y con una voz monótona, sin matices para las distintas emociones de

las cosas narradas, estuvo hablando largo rato mientras los demás callaban mirando al suelo.

Menos Marcos Vargas, que no hizo sino contemplar a la huarequena, quien a su vez se atrevió a sostenerle la mirada varias veces, y menos Aymara, que todo el tiempo estuvo espiando aquellas miradas.

Luego fue la comida y después el maremare, pero esta vez no lo cantó Marcos Vargas.

Una idea bullía en su cerebro y se había ido a ventilarla a orillas del Ventuari, ante la noche fosca con un ruedo de rojizos resplandores en el horizonte y en su vasto silencio el mugido del gran raudal de Tencua.

¿Sería posible —se preguntabasacar algo fuerte de aquellos indios melancólicos? ¿Quedarían rescoldos avivables de la antigua rebeldía rabiosa bajo aquellas cenizas de sumisión fatalista? ¿Quién sería aquella india, de una raza desconocida, de que hablara el arinacota?... Él quería llamarla Tararana —algo de guarura guerrera sonaba en esta palabra guaraúna— e imaginársela anunciada en alguna leyenda mesiánica... Pero

¿no sería él capaz de reunir bajo su mando todas aquellas comunidades dispersas en un vasto territorio y a la cabeza de ellas emprender aquella obra grande que una vez le aconsejara Gabriel Ureña? Decirle al blanco explotador:

—¡Fuera de aquí!— Y crear un gran pueblo indio... Pero ¿no sería ya la raza indígena, degenerada por enfermedades, sin cuidado ni precaución y por falta de cruzamientos y por alimentación insuficiente algo total y definitivamente perdido para la vida del país? ¿Y él mismo, por su parte, qué ideas se había traído en la cabeza que sirviesen para algo?...

Cruza una exhalación por la noche fosca, dejando un rostro de luz azulenca que luego se extingue en silencio... ¿Qué deseo le ha encontrado ahora el fondo de su alma al fugitivo instante? ¡Cuán lejos de todo se estaba en aquella solitaria ribera del Ventuari, ante la negra noche! Unos gemidos ahogados lo hicieron volver de su ensimismamiento. Era Aymara, a pocos pasos de él, sin atreverse a acercársele.

Ahora murmuraba entre sollozos:

—¡Y yo queriéndote tanto, tanto, tanto! Al oír estas palabras se estremeció de que fueran las mismas de cinco años atrás en otra boca: pero

luego sintió una compasión generosa, mezclada con tristeza de sí mismo, y llamó a la mujer colmada de su amor ante el porvenir sin esperanza:

—Ven acá, guaricha.

Le echó el brazo al cuello y la atrajo en silencio hacia su pecho, con ganas de llorar, como si con ella se hubiese quedado sólo por algo definitivamente perdido o que nunca llegó.

Frente a ellos, bajo la noche fosca, el Ventuari arrastraba su inútil caudal. Aguas perdidas sobre la vasta tierra inculta.

OceanofPDF.com