Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 19 de 50

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Canaima

Capítulo VII

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Nostalgias

Apenas instalado en el pueblo, ya en posesión de su cargo, comenzó Gabriel Ureña a experimentar nostalgias. Pero no de su ciudad natal, de donde por primera vez se ausentaba, ni de nada concreto tampoco.

Era un sentimiento blando, sin forma casi, sin apego a cosa real alguna.

Una sensación de vacío, de falta de afectos sin echarlos de menos, de haber perdido el rumbo sin pensar en este o aquel que hubiese podido seguir, de estar lejos sin saber de qué. Y esto no sólo le acontecía en las calladas noches —polvareda de mundos en marcha por el Camino de Santiago y exhalaciones fugaces alteradoras del de seo de evadirse de la propia realidad y perderse en la infinitud de la nada—, sino también, y de manera muy especial, a las resplandecientes horas del mediodía, cuando la población se entregaba al sopor de la siesta y en el silencio circundante, sólo turbado a intervalos por el canto melancólico de los gallos del vecindario, se oía allá en la oficina el sonido del aparato telegráfico al paso de los mensajes que no eran para Upata.

Algo semejante había acontecido en su vida. De una manera lejana escuchaba pasar un mensaje que ya no era para él, una palabra ardiente lanzada sobre su corazón desde los románticos años y que aún no había sido recogida por su voluntad, ni nunca ya lo sería. La gran aventura vislumbrada cuando, inclinado sobre el mapa del país, le parecía oír la mística voz clamante en el desierto, la ensoñada consagración a la lucha contra las causas de aquellas calamidades que eran de la naturaleza de las maldiciones. Todavía el mensaje continuaba pasando en busca de otro

corazón que aún no se hubiera vuelto escéptico, y las vagas nostalgias eran formas furtivas del deseo de haber sido otro hombre capaz de recogerlo.

No sentía alentar en su espíritu los impulsos vivos que hacen elegir un camino entre varios —acaso en realidad no los había sentido nunca, ni aun cuando más despierta pudo parecer la actitud de su alma ante las misteriosas señales del destino— y allí estaba, telegrafista por apatía, por aceptación de un "modus vivendi" en un sentido de menor resistencia, ya que su padre lo había sido y desde niño le enseñó el oficio, dejándole al morir ya sentado ante el aparato donde hiciera sus veces durante la enfermedad, y allí luego lo remachó el nombramiento en atención a los buenos y largos servicios de aquél.

Allí estaba, con sus grandes ojos de mirar desconcertante —sobre todo tratándose de un telegrafista, un poco atónitos, un poco irónicos al mismo tiempo como recién quitados de alguna contemplación ingenua y con aquel leve pliegue burlón, media sonrisa apenas, que le sesgaba la boca escéptica tirando la comisura izquierda hacia abajo.

A veces reía totalmente, si de ello era el caso gracioso o grotesco, pero ni aun entonces podía asegurarse que no hubiese en su risa algo mordaz y esto le enajenaba simpatías. Quitábanselas también su intolerancia con el error o la necedad de los demás y el aire de superioridad con que puntualizaba sus opiniones a pleno conocimiento de causa. Pero al mismo tiempo se reconocía que era una persona estimable, muy por encima de la cultura que exigía su oficio, y desde un principio buscó su trato la gente seria y de algunas preocupaciones espirituales de la población, de donde se originó una tertulia que ya se formaba al aire libre y dulce del atardecer frente a la oficina de telégrafos.

Marcos Vargas, que por momentos no sabía a qué atenerse respecto a sus sentimientos hacia él, pues tan pronto se sentía atraído como repelido, cuando esto último le ocurría solía decir:

—Nada fuera la sonrisita; pero esos ojos, decididamente, me ponen los nervios de punta. No sabe uno nunca cuándo se burlan o cuándo miran con franqueza.

Y era porque Ureña, mostrándose con él particularmente afectuoso y a veces vivamente interesado en su conversación, cuando él soltaba el chorro

de su temperamento expansivo para entregarse tal cual era y concebía la vida, quedábaselo mirando sin oponerle las objeciones que siempre hallaba ocasión de hacerles a los demás, aunque dijese lo mismo que éstos y con las mismas palabras, insubstancial o erróneamente.

No podía darse plena cuenta Marcos Vargas de que para el solitario tripulante de aquella barca al pairo él era el de las velas hinchadas de viento corriendo la alegre bordada; pero ya se le alcanzaba algo de ello cuando pensaba que para el de los atónitos ojos irónicos él no era sino un espectáculo entretenido.

No quería dárselo —no se imaginaba cuánto de admirativo había en aquel entretenimiento, cuánto de espíritu puesto en contemplación verdadera—, pero una más profunda inclinación de su alma lo llevaba a buscar su compañía: esa curiosidad de los espíritus realmente vivos hacia todo lo que le es distinto y diverso y por consiguiente complementario.

Gabriel Ureña, que sin duda no era más que un vulgar telegrafista en quien no se hubieran podido explicar aquellas miradas húmedas de asombro y a la vez secas de ironía, era una manera de existir que no podía serle negada a la poderosa fuerza vital que alentaba en Marcos Vargas. Aquí era el espectáculo, pero éste no podía existir como tal sin el espectador y había que serlo también de sí mismo desde aquellos ojos.

Esto, desde luego, no se lo formulaba así Marcos Vargas, de vida interior puramente emotiva cuando no simplemente dinámica, pero lo sentía y era más poderoso que los recelos que pudiese inspirarse el gesto burlón, como gesto de un rostro sin duda no simpático.

Por las noches, cuando no estaba de guardia Ureña, iban juntos a visitar a las Laderas. Aún no habían trascurrido los ocho primeros días consecutivos al de la muerte de don Manuel, el octavario de la condolencia que congregaba allí a los parientes y a los amigos de aquéllas, y tanto el uno como el otro tenían motivos especiales para no faltar al deber de acompañarlas en su duelo. Tomaban asiento en la antesala y cumplían el rito fúnebre: callaban, oían compungidamente las evocaciones plañideras de la viuda, empeñada en reconstruir minuciosamente cuanto en vida le vio hacer o le oyó decir al buen marido infortunado, suspiraban un poco junto con ella y las hijas, acompañaban nada más, y cuando la conversación

lograba escaparse del tema doloroso tomaban parte en ella hasta que de pronto la interrumpían el llanto y las imprecaciones de aquélla bajo el ramalazo intermitente de la desesperación.

Y era sólo entonces cuando se le oía la voz a Maigualida para hacerle a la madre dulce advertencia de sufrir discreto, diciéndole:

—¡Mamá! —con el cantarino acento que no había olvidado Ureña.

Devastado el rostro, traspasada de dolor y atormentada por el pensamiento de que hubiera sido asesinado su padre por causa suya, de aquel monstruoso amor que le inspiraba a Ardavín, Maigualida recibía el duelo en silencio, con alma ausente del formalismo que la rodeaba, trágica más que dolorosa, pero sin afectación, insensible al consuelo que se quisiera darle con vanas palabras, entera en su dignidad de víctima de las fuerzas brutales de la vida.

Siempre estaban allí las Vellorinis y cuando tomaban parte en la conversación invariablemente ocurrían estas dos cosas: que Aracelis saliera con algún gracioso desplante que provocaba risas y que Berenice y Leonarda plantearan temas que les permitiesen exhibirse como mujeres de espíritu cultivado, muy por encima de las pobres muchachas que no se habían asomado al mundo más allá de los términos del pueblo y sus vulgares tragedias, grandes o pequeñas.

Pero en ambos casos aparecía en el rostro de Ureña —a quien de una manera casi ostensible iban dirigidas aquellas demostraciones de Berenice y Leonarda, que ya habían oído decir que el telegrafista era persona de alguna cultura —aquel fino gesto burlón que le plegaba la comisura izquierda de la boca escéptica.

Y una noche observó Marcos Vargas que este gesto se reproducía, de modo singular, en el rostro de Maigualida. Gesto sólo, sin expresión irónica

—pues era evidente que no lo provocaban las palabras de las Vellorinis—, pero exactamente igual y en la comisura derecha, tal como habría aparecido en la imagen de Gabriel Ureña reflejada por un espejo.

De donde concluyó Marcos para sus adentros:

—De aquí va a salir algo que no le va a caer bien a José Francisco Ardavín. Y yo que lo vea.

Dieron el toque de ánimas las campanas de la iglesia, transcurrió un rato más y empezaron a retirarse las visitas, las Vellorinis entre ellas, por delante Aracelis, después de dirigirle a Marcos Vargas una mirada de secreta inteligencia mutua, y ya no quedaban allí sino éste y Gabriel Ureña cuando Maigualida, dirigiéndose al segundo, rompió su mutismo:

—Todavía no nos hemos cruzado una palabra, Gabriel. ¿Qué me cuentas de tu gente? Tú, como antes nos tratábamos. Tenemos tantas cosas que contarnos, ¿verdad?

—Y casi todas tristes, tal vez.

—¡De veras! Por mi parte, ya estás viendo que no pueden ser de otro modo.

Y después de pedirle noticias de todos y cada uno de los miembros de la familia Ureña, casi totalmente desaparecida, concluyó preguntándole:

—¿Y aquel propósito de meterte a cura, aquella vocación que parecía tan firme, qué se hizo?

—Se desvaneció, sin saber cómo ni cuándo.

—¿De veras? ¡Y yo que te imaginaba sacerdote! En tu familia, por lo menos, todos lo daban ya como un hecho y hasta una de tus tías se hacía la ilusión de que llegarías a santo.

—¡Cosas de los quince años! —repuso el escéptico, sonriendo y haciéndole sonreír—. A esa edad, unos más, otros menos, todos pasamos el sarampión del misticismo.

—¡El sarampión! No está mal llamarlo así. ¿Y no te ha dejado marcas, Gabriel?

—Tal vez me hayan quedado cicatrices. Lo que ha existido alguna vez continúa existiendo de algún modo.

—Es verdad.

Pausa. Un suspiro —no se podría decir si por el mal tenido o por el bien perdido— y otra pregunta precedida de una sonrisa.

—¿Te acuerdas de las misas que cantabas en la salita de tu casa? Tenías una bonita voz, me acuerdo bien. Las misas que nosotros, tus hermanas, tus primas y yo te oíamos con tanto fervor.

—Bueno. Eso del fervor tuyo no puedo admitirlo, pues bien recuerdo que no hacías sino burlarte del oficiante. Con todo y su bonita voz.

Por el rostro de Maigualida pasó una sombra, que no era la de su duelo, sino una sombra mala, la de un recuerdo ingrato, odioso, tan abominable que toda la desgracia de su vida se desprendía de allí.

Hizo un gesto duro al reprimirlo y luego, volviendo a sonreír:

—Burlarme, no. ¡Dios me librara! Con lo quisquilloso que eras.

—Reírte, por lo menos.

Y se quedaron mirándose en silencio.

—¿Sabes por qué? ¿Recuerdas que te llamábamos el "Padre Dóminus Vobiscum", porque casi toda la misa se te iba en cantar eso solamente?

Entretanto Rosa María, Eufrosina y Manuelito, separados de Maigualida por otros tres hermanos muertos, habían estado mirando alternativamente y en silencio a los que sostenían aquella conversación sencilla y a la vez extraña; pero en sus miradas no apareció la malicia sino cuando Marcos Vargas, a las últimas palabras de Maigualida agregó:

—Para tener pretexto de volverse a mirar a alguna de sus devotas que le gustaba un poquito, ¿verdad?

—¿A pesar de su misticismo? —exclamó Maigualida sonrojándose.

—Con todo y su bonita voz, como él mismo dice ahora. No era bribón el curita, sin ser todavía cura de veras.

Risas, los sollozos de la viuda —esta vez no quizás por el marido muerto sino por la hija que no podía amar—, un suspiro de ésta, efluvio de la flor de la sangre que acababa de reventar en sus mejillas y ya se desvanecía y la tácita reconvención con el cantarino acento:

—¡Mamá! Despidiéronse Gabriel y Marcos. Salieron a la calle oscura y llegaron en silencio hasta la esquina; allí dijo el segundo:

—Bueno. Yo me quedo por aquí.

Y Gabriel Ureña continuó solo, que era como quería estar.

Las palabras de Maigualida lo habían hecho recordar los tristes años de su adolescencia, cuando a raíz de la muerte de su madre, pequeñas flaquezas de su alma —timidez, amargura de su mal parecer, dolor de su pobreza— tomaron forma de grandes anhelos.

Fueron, sin embargo, los preciosos momentos de la inquietud interrogante, la hora viva en que debía decidirse su destino; pero le faltó quien lo ayudara a interpretar las misteriosas señales, pues quien esto

pretendió, aquella tía de espíritu simple mencionada por Maigualida, apenas supo decirle:

—Es Dios que te llama a su santo servicio.

Él creyó de buena fe o con toda ingenuidad y paramentó de velas ansiosas su barca iluminada para el gran viento divino; pero como sólo le dieron candorosas explicaciones y prácticas superficiales, un día, de pronto y a lo mejor de la bordada, amainó Dios, flamearon un poco las velas vacías y luego se quedaron quietas. Y esto sucedió a la altura de los dieciocho años, sin cabo de las tormentas a la vista, una tarde serena de un día vulgar.

Las cosas, realmente, ocu rrieron así: era un día de jubileo papal o algo por el estilo, se ganaban indulgencias plenarias entrando en la catedral, rezando un padrenuestro, saliendo hasta la puerta mayor, volviendo a entrar para otro padrenuestro y una vez más para un tercero. Ya había rezado el primero, con mucha unción, y estaba en la puerta —el sol de la tarde doraría los árboles de la plaza vecina, acaso habría trinos entre el ramaje, pero esto no tenía importancia—, debía penetrar de nuevo en el templo y ya lo hacía, en efecto, cuando de repente se formuló esta interrogación:

¿Esto qué es? ¿Qué estoy haciendo yo? ¿Acaso las discusiones con los amigos incrédulos, los argumentos de éstos, más sólidos y mal rebatidos por él, las burlas, incluso, porque creía a pie juntillas en el mito del pecado original, con manzana verdadera y serpiente tentadora? ¿El efecto a distancia del regusto de vergüenza involuntaria que entonces le dejaron sus propias palabras, textuales sinrazones con que lo defraudara el maestro que así correspondió a su actitud interrogante? ¿O acaso, simplemente, la invitación no aceptada que hacía poco le había hecho un amigo para ir al teatro aquella misma tarde?... Cierto que para esa época ir al teatro era placer que no se lo permitía su pobreza; pero de todos modos ni en esto ni en la manzana estaba pensando cuando se hizo aquella pregunta, en seguida de la cual púsose el sombrero y echó a andar, calle adelante, y va sin el divino compañero. Pero ya sin rumbo también, ni deseo de buscarlo por otros horizontes, porque había sido defraudado por la vida y el despecho le devastaba el corazón. Y fue entonces la barca al garete, desganadas de viento las velas tendidas, sueltas las escotas...

Mas no era la fe lo que ahora echaba de menos con aquellas nostalgias, sino la hora viva de su voluntad, en que, sin embargo, no se decidió su destino. Una pregunta afectuosa acabada de devolvérsela muerta... Breve hora dulce de unos años tristes, en que fue también soñador por la gracia del regalo del tío.

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