Canaima
Estampa negra
Tiempos pasados. Bosque tupido a orillas del Yuruari, que es un río de aguas turbias, feas. Un leñador derribando un árbol. Así lo pone la versión pintoresca —la que a Apolonio Alcaraván le gustaba referir— y cabe imaginar que en el agreste silencio sólo se oyera el golpe del hacha.
Gime el árbol herido de muerte, vacila buscando un último apoyo, se desploma no hallándolo, en su caída desarraiga y arrastra malezas y aparece el afloramiento de una veta de oro. Es de suponer que un grito de júbilo debió de resonar en el silencio del monte... Suelta el hacha el leñador y se convierte en minero y en rico, de pronto, de tan pobre como era; pero sin divulgar el acontecimiento magnífico, callado...
—¡Callao! De dónde luego vino, según esta versión, el nombre de la mina de El Callao. ¡Cuaj, cuaj, cuaj! Pero se descubrió que ya no era leña lo que conducía el leñador a su rancho, a lomo de su burrito; se divulgó la noticia estupenda, cundió por todo el país y otros hombres, ansiosos, acudieron de todas partes y cayeron sobre el oro.
Cierta o no esta versión pintoresca, la verdad es que un buen día, en la tierra del azar magnífico, fueron descubiertos los yacimientos del Yuruari.
Pero el oro se escondió bajo el suelo, huyó por las vetas hacia el centro de la tierra donde resplandecen sus doradas mansiones. Porque, según la leyenda aborigen, el oro aborrece al hombre y sólo se asoma a contemplar el sol cuando aquél no está por allí, en las calladas playas de los ríos solitarios, al umbroso misterio de la selva inhollada.
Mas entre aquellos hombres algunos conocían los caminos del oro y dijeron:
—¡Por aquí va! Y otros:
—¡Sigámoslo! Y en pos del fugitivo soltaron la jauría de los socavones.
Tierra adentro, la jauría estuvo ladrando mucho tiempo, día y noche, sobre las huellas del dios esquivo, mordiéndole los dorados talones. La azuzaban hombres negros de ojos muy blancos en la obscuridad subterránea, de brazos muy largos con músculos recios. Anti llanos de las Antillas inglesas, africanos de América, que siempre fueron perreros de aquellas jaurías.
A veces éstas se revolvían contra ellos y en las dentelladas al dorado talón les mordían la carne, les trituraban los huesos...
Pero ¡qué podían valer unos negros, habiendo tantos en Trinidad, en Barbados, en Saint Thomas!...
Ya arribarían a Puerto de Tablas, atestados de ellos, otros vapores ganaderos. Como cuando aquellos galeones de maldita memoria volcaban el África en las costas de América.
¡Aquello fue grande! Nunca más se verían en el Yuruari tiempos tan felices como los del famoso "oraje". ¡Cómo trituraban montañas de cuarzo las masas de acero de los pilones fragorosos! ¡Cómo rugían las hirvientes calderas del pecho del monstruo!... Ciento veinte potentes morteros pulverizaban la roca, día y noche, un año tras otro; no daban abasto las planchas de cobre azogado que apresaban el oro; no llegaban a enfriarse los crisoles ni tenía descanso el correo que conducía los milagrosos lingotes, a lomos de mulas en numerosas recuas y se iban formando cerros con las arenas tiradas.
Y junto a la mina se fue poblando El Callao. Con aquellas negradas —
más sangre de África para el mestizaje venezolano— y con los aventureros y sus parásitos, que de todas partes acudían. Unos con la batea del lavador de oro a la espalda, porque además de los yacimientos que explotaba la empresa minera había las arenas que arrastraba el Yuruari; otros, el tráfico usurario y al fácil aprovechamiento del vuelco del cuerno de la abundancia: el corso, tesonero y prudente, a comerciar y atesorar —algunos también a quedarse con los ahorros que les fuesen confiando los negros mineros, que desaparecían cuando la cantidad ya valía la pena o se les hallaba muertos entre el monte, pues para la puñalada alevosa se hicieron trasplantes de los
jarales corsos al propicio suelo venezolano—; tahures de todos los garitos adonde llegara la noticia estupenda, con los dados en los bolsillos, a los albures del tapete colmado por la fiebre de las manos pródigas; revólver al cinto los hombres de presa, a lo que les deparase la aureola siniestra, y al desperdicio del dinero tirado, peste de yodoformo y pachulí, las mujerzuelas averiadas.
Casa de madera, techos de cinc.
Calor africano, color africano.
Burdeles, garitos, tabernas...
Hampa bilingüe.
No se cerraban las puertas de los botiquines para los turnos de negros que tres veces al día, cada ocho horas, salían de la mina, ni en ellos se bebía sino champaña y "brandy" fino, a pico de botella.
Desde aquí hasta el río todo eso está construido sobre vidrios rotos, latas de sardinas y trapos viejos. Porque es fama que aquí no había lavanderas —
¿quién iba a ocuparse en eso habiendo las pepitas de oro del Yuruari?— y nadie se mudaba la ropa, sino que cuando ya no podía cargarla encima, de puro andrajosa y mugrienta, compraba otra nueva en los tarantines de los buhoneros, al aire libre, y allí mismo, en medio de la calle y a mediodía en punto, se desnudaba y se cambiaba. Y eran puñados de oro en bruto o rimeros de libras esterlinas y de águilas americanas las que se ponían al paro y al pinto del dado. ¡No haber nacido yo antes, para haber sido jefe civil de este pueblo en ese famoso entonces! ¡Cuaj, cuaj, cuaj! Pero un mal día, de improviso, la negra jauría perdió la pista del dios fugitivo.
Inútilmente la azuzaron por aquí y por allá los negros perreros... Se había agotado la veta fabulosa, los rugientes pilones de acero ya no trituraban sino mineral pobre o roca vulgar, de la amalgama quemada casi no salía oro.
Mas había quedado alguno de los pilares que sostenían las galerías y los hombres codiciosos ordenaron:
—¡A extraerlo! Minaron la mina, y el agua negra, sucia y fea del Yuruari se precipitó dentro de ella y la inundó. ¿Cuántos negros perecieron allí? ¡Quién iba a tomarse el trabajo de sacar la cuenta! Se vinieron abajo las enormes calderas del pecho del monstruo, se desarticularon las muelas
fragorosas y mordieron el polvo del derrumbamiento. Un estruendo de años se convirtió de pronto en silencio.
Entre los escombros comenzó a crecer el monte: el ñaragato espinoso, la amarga retama...
Acerca de aquellos pilares que quedaron en pie, sobre los cuales se asienta El Callao, corre la leyenda de que son de oro macizo, sumergido en el agua negra, sucia y fea.
Oro también contenían, en gran cantidad, las piedras con que se construyó el edificio de la Compañía y el muro que lo rodeaba y las que pavimentaban una calle que bajaba hasta el río, y de aquellos desperdicios del emporio estuvo viviendo algún tiempo la población.
Oro también contenían, como para enriquecer a muchos, las arenas tiradas, que ya formaban cerros, y para explotarlas por el procedimiento de cianuración, que no conoció la empresa antigua, se formó una nueva, de píngües rendimientos.
Ahora había otra mina, más allá del pueblo, pero allí el mineral no era tan rico. Sin embargo, siempre se espera que algún día vuelva a encontrarse la fabulosa veta perdida. El Yuruari es un río de aguas negras, sucias, feas; pero arrastra arenas de oro, y desde algún prodigioso yacimiento debe de acarrearlas.
Fue un año de grandes provechos para los lavaderos de aquellas arenas, que agitaban incansables sus bateas en las pedregosas riberas.
La negra Damiana lavaba sin tregua; el tabaco en la boca, con la candela hacia dentro, al aire los gordos brazos, papandujos, porque ya no era joven, con un grito de júbilo celebrando entre ratos el dorado hallazgo en el fondo de su batea. El negro Ricardo, en la orilla opuesta, con una botella casi llena de pepitas de oro, pero maldiciendo impaciente cuando no las encontraba entre el material lavado.
—¿Qué te estás imaginando tú, negro Ricardo? ¿Que en cá bateazo te has de juntá con oro?
—Yo contigo no me estoy metiendo, negra Damiana. Dale a tu batea callá.
—Es que te la pasas maldiciendo.
—Es que tú la tienes cogía conmigo.
El negro Ricardo y la negra Damiana se querían casar; pero cuando tuvieran las botellas completamente llenas de pepitas de oro.
Él había llegado a El Callao junto con otros negros trinitarios, a muchos de los cuales ya se los habían tragado los socavones, galeras de su raza; pero hacía varios años que no trabajaba en ellos porque una vagoneta le había trozado una pierna. A ella se la trajeron consigo, chiquita, sus padres, cuando vinieron de Barbados a trabajar en la mina antigua.
Una noche dormía Ricardo, la cabeza sobre la batea y bajo ésta la botella a punto de colmarse, hasta el cuello las pepitas de oro.
Dormía sobre el cascajo de la ribera y lo arrullaba el rumor del agua negra y fea. Tres días con sus noches, de clara luna embrujadora, había estado lavando sin descanso, pero al mediar la tercera ya no pudo más...
¡Y soñaba! Que se había comprado una pierna de goma con blanda almohadilla de seda para su muñón dolorido, que entraba muy orondo en la iglesia, con la negra Damiana apoyada en su brazo, vestida de blanco, con flor de azahar...
Pero cuando despertó, ya clareando, la botella no estaba debajo de la batea.
Se volvió loco del todo el negro Ricardo, que ya venía estándolo de tanto lavar, y a saltos sobre su vieja muleta de palo, zangoloteando la pierna tronchada, corrió por la orilla del turbio Yuruari y por todo El Callao, gimiendo y suplicando, sin poder expresarse sino en su lengua, que ya casi no empleaba.
—¡Give me my botle! ¡Give me my botle!
—Devuélvanle su botella —dijo Alcaraván—. ¿No te advertí la otra noche, negro Ricardo, que no te quedaras dormido en la orilla del río porque podían robarte? Ya ves cómo te resultó por no hacer caso. ¡Cuaj, cuaj, cuaj! Pero el negro Ricardo nunca vio su botella, y desde aquel día fue su locura emprenderla a pedradas contra todas las que encontrase, destruirlas hasta que no quedase una sobre la tierra.
La negra Damiana, ya presa para siempre de la obsesión del oro, continuó lavando las milagrosas arenas, sin darse cuenta de que muchas
veces junto con el cascajo tiraba las pepitas... El tabaco en la boca, apagado.
Y callada, callada...
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