Canaima
Capítulo XIX
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¡Esto fue!
—¡Nueve pies! ¡Fondo duro! Bocas del Orinoco. Puertas, no bien despejadas todavía, de una región por donde pasó la aventura que aridece el esfuerzo y donde clavó la violencia sus hitos funestos. Aguas de tantos y tantos ríos por donde una inmensa tierra inútilmente se ha exprimido para que sea grande el Orinoco.
Guayana frustrada. La que todavía no ha sido y la que ya no es.
La de los caudalosos ríos desiertos por cuyas aguas sólo navegan las sombras de las nubes, la de las inmensas energías baldías de los fragorosos saltos desaprovechados, y la de los pueblos tristes, ruinosos, sin tránsito por el día ni luz por la noche, donde el guayanés suspira y dice al forastero:
—¡Esto fue! Por los caminos del Yuruari, sembrados de baches, ya las colleras de las mulas no entonan el canto de la abundancia y en los paraderos donde ahora nadie se detiene están abandonados a la intemperie los carros de los antiguos convoyes. Los sustituyó el progreso aparente del camión, pero sólo muy de trecho en trecho y de tiempo en tiempo jalona el silencio el alarido del bocinazo, y en Upata de los carreros la gente suspira y murmura:
—¡Esto fue! La del caucho sin precio para ganancias, que ya no se explota, la del oro que poco aparece y sólo para enriquecer avariciosas manos extrañas, la de la sarrapia, apenas, que continúa manteniendo la ilusión de riqueza conquistable sólo con unos meses de montaña.
—¡Esto fue! Y en Tumeremo dicen y en Guasipati lo repiten:
—Si este año no aparece oro en Cuyuni, este pueblo se acaba definitivamente.
Por El Callao, a orillas del Yuruari, el negro Ricardo, ya viejo, va todavía saltando sobre su muleta de palo, con una piedra en la mano libre en busca de botellas que romper.
—¿Cuántas, Ricardo? —le preguntan diariamente los que con su demencia se divierten.
Y él responde, satisfecho del estrago causado:
—¡Veinte, chico! ¡Veinte! Y prosigue su marcha, zangoloteando la pierna tronchada.
Pero en las riberas del turbio Yuruari, todavía la negra Damiana continúa lavando las arenas que ya no arrastran oro.
—¡Esto fue! Por los caminos de los alrededores de Upata todavía vaga José Francisco Ardavín de regreso de su ilusoria pelea de El Caujaral, desquijarado, babeante, mustia de demencia la mirada. Pero musiú Giacomo, ya viejo también, aún conserva el pergamino de "El Españolito" y junto con él muchos esperan que algún día se descubrirá el tesoro de los frailes y que entonces Upata volverá a ser Upata.
Mientras que Childerico continúa diciendo que él tiene su corcel y algún día lo jineteará por los caminos del orbe asombrado, porque está escribiendo un libro que lo hará famoso, una gran obra que estremecerá al mundo... Aún se ignora sobre qué versará y se sospecha que la escriba durante las horas muertas, porque ahora en "Los Argonautas" no hay mucho que vender.
—¡Esto fue! En Tumeremo, la intemperie y las lluvias han descolorido la tijera de oro pintada en la muestra de la sastrería de Arteaguita, que ya a veces se come el trazo estropeando la tela, y cuando el sastre, agobiado de hijos mal vestidos, se sienta a la puerta por las noches y levanta la mirada hacia la polvareda de mundos del Camino de Santiago, suelen asaltarlo nostalgias de su ciudad natal y se le oye murmurar:
—¡Caracas! ¡Caracas! ¡Quién estuviera a esta hora en la esquina de Las Gradillas!...
Sólo en "Tupuquén" restan esperanzas bien cifradas. La tierra produce, los ganados se multiplican, los hijos crecen y van saliendo buenos. De tiempo en tiempo allí se recuerda a Marcos Vargas e invariablemente se exclama:
—¿Qué se habrá hecho? ¡Aquella esperanza fallida! ¡Aquella fuerza gozosa que se convirtió en atormentada! Aracelis, cansada de esperarlo, se casó con un ingeniero inglés de las minas de El Callao. Él había insistido mucho y ella por fin tuvo que decidirse, para luego acceder:
—¡Esto fue! Pero un día se detiene en "Tupuquén" un viajero acompañado de un joven como de doce a catorce años.
—Don Gabriel —dice el primero—, aquí le mandan este muchacho para que usted lo eduque como está educando a sus hijos.
—¿Quién lo manda? —pregunta Ureña—. ¿Quién es ese chico?
—Pregúnteselo a él mismo —responde el viajero.
Ureña lo mira a los ojos y ve brillar la inteligencia, le oprime luego los músculos de los brazos y siente la fortaleza, se lo queda contemplando, porque ya lo reconoce, y descubre la bondad. Es un mestizo, bien templado el rasgo indio.
—¿Cómo te llamas? —le pregunta.
Y el muchacho responde:
—Marcos Vargas.
Bocas del Orinoco. Aguas del Padamu, del Ventuari... Allí mismo está esperándolas el mar.
Apoyado sobre la barandilla del puente de proa va otra vez Marcos Vargas. Ureña lo lleva a dejarlo en un colegio de la capital donde ya están dos de sus hijos, y es el Orinoco quien lo va sacando hacia el porvenir... El río macho de los iracundos bramidos de Maipures y Atures... Ya le rinde sus cuentas al mar...
Fin
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07/12/2011
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Document Outline
- Rómulo Gallegos
- I
- Pórtico
- Guayana de los aventureros
- Marcos Vargas
- II
- Por el camino y ante la vida
- Unas manchas de sangre
- Juan Solito
- III
- Upata de los Carreros
- Vellorini Hermanos
- Claro de luna
- IV
- Los Ardavines
- Ases y suertes
- El fantasma encarnado
- Las palabras mágicas
- Caminos de los carreros
- VI
- El poder moderador
- El tesoro de los frailes
- También Marcos Vargas
- VII
- Nostalgias
- Promesas
- Childerico tenia su corcel
- VIII
- La Bordona
- "Musiú" Vellorini toma medidas
- El mundo de Juan Solito
- IX
- Las carcajadas de Apolonio
- Estampa negra
- El varadero
- El matrimonio del muerto
- X
- El avance
- Noche de "Yagrumalito"
- XI
- Las horas menguadas
- Y fue así como Marcos Vargas...
- XII
- Canaima
- Ángulos cruzados
- El corrido del purgüero
- XIII
- El mal de la selva
- El "Sute" Cúpira
- Tarangué
- XIV
- Tormenta
- XV
- Un alma en delirio
- De regreso
- El derrumbamiento
- XVI
- Mitología griega y solución lógica
- Remansos y torrentes
- Unas palabras de Ureña
- XVII
- Contaban los caucheros
- Oro
- XVIII
- Aymará
- El racional
- XIX
- ¡Esto fue!
Terminaste Canaima
Romulo Gallegos
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