Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 41 de 50

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Canaima

De regreso

Se retiraron las lluvias, terminó la explotación del purguo, abandonaron los hombres la selva y regresaron a las ciudades: por El Miamo hacia Upata y Guasipati; por El Dorado y Suasúa hacia Tumeremo.

Se liquidaron las cuentas.

Bajaron en silencio la cabeza y se rascaron las greñas piojosas los peones que no traían sino deudas; cobraron sus haberes los que habían sido más laboriosos y prudentes o más afortunados; de allí salieron a gastarlos en horas de parranda y al cabo todos regresaron a sus ranchos encogiendo los hombros y diciéndose que el año siguiente sacarían más goma, ganarían más dinero y no volverían a despilfarrarlo. Pero ya todos, de una manera o de otra, arrastraban la cadena del "avance", al extremo de la cual estaba trincada la garra del empresario.

Las cuentas de Marcos Vargas fueron claras y copiosas. Nunca se había sacado en el Guarampín tanta goma, ni jamás se había dado el caso de que todos los peones trajesen haberes, pues si las deudas esclavizaban al bracero

—y ello entraba en los cálculos de la empresa— siempre eran cifras que el capitalista tenía que arrojar a pérdidas para sanear sus ganancias.

Pero ni las rindió con alegría ni así tampoco le fueron recibidas.

Las noticias de su casa que allí había encontrado no eran tranquilizadoras. Cartas de sus hermanas —llegadas días antes al almacén de Vellorini, cuando ya él venía de regreso del Guarampíndecíanle que su madre no andaba bien de salud, algo del corazón según los médicos que la habían visto. Noticia que le daban advirtiéndole que doña Herminia no quería que se lo participaran, para que no fuera a alarmarse sin necesidad ni

motivo. Entre comillas venían estas cuatro últimas palabras en una de las cartas y en ambas sentíase la materna consigna de absoluta reserva en cuanto a los sentimientos que allá hubiera producido el mal suceso que tres meses antes había mancillado un nombre hasta allí sin ejecutorias de violencia y respecto al cual, a su vez, había sido absoluto su silencio. De doña Herminia también recibió otra —que siendo indudablemente la primera que le escribía en aquellos tres meses, empezaba:

"Después de mi anterior, que no era para ser contestada..." —extensa, minuciosas noticias de todo lo ocurrido en Ciudad Bolívar en aquel espacio de tiempo salpicada de chistes y de malicias para hacerlo reír, sumamente hábil en nada contar de sí misma, ni de su enfermedad, ni de la pena moral que se la causara, ni de su resentimiento por el ingrato silencio que él había querido guardar para con ella, cuando más íntima esperaba la comunicación espiritual. Una carta que rezumaba amargura cuanto en apariencia despreocupada y alegre.

Reconoció que se lo merecía, vio venir lo inevitable y desabridamente pasó a entregar sus cuentas.

Pero en la casa de Vellorini Hermanos ya no era don José quien los recibía. Aquella tez amarilla y quebrantada, aquel humor gruñón y aquellos sofocos de rabieta que de manera tan singular lo habían caracterizado provenían de su vesícula biliar, que hacía tiempo no funcionaba bien. Para curársela acaso le habría convenido el viaje a Europa dispuesto por Francisco; pero se había apegado tanto a la tierra adoptiva, que por no abandonarla, ni temporalmente siquiera, se puso hipocondríaco, se le atravesó la bilis, cogió cama, se despidió del gato negro de los ojos verdes y se quedó allí para siempre.

Ahora, en la casa de Tumeremo los empleados vivían echándolo de menos, con todo y sus rabietas, y esmerándose por hacerle sus cariñosas veces al gato huérfano que por el escritorio desierto paseaba maullando su tristeza. Y los clientes, que ya no tenían a quién acudir para solicitar favores o consideraciones de la firma, al entrar en la tienda echaban una mirada hacia aquel escritorio, y si por allí no estaba el gato, invariablemente preguntaban:

—¿Y Pepitín? Porque era bonísimo Vellorini "el malo".

A don Francisco ya se le habían quitado para siempre todas las ganas de chirigotas y fue él quien recibió las cuentas de Marcos Vargas, al cabo de las cuales díjole:

—¡Bueno, muchacho! Te has portado como era de esperarse. La bondad tiene ojos sabios y mi excelente hermano no podía equivocarse respecto a ti.

Todo ha resultado como él lo previó y he de decirte que ya para morir te me recomendó muy especialmente. Y con eso te digo todo.

Pero Francisco Vellorini no era un sentimental —el dinero no suele quererlos y él siempre había hecho buenas migas con el dinero.

Su amor al hermano fue extremoso; la falta que ahora le hacía sería irreparable, no sólo al frente de la casa de Tumeremo, sino junto a su corazón, y a su memoria siempre le rendiría culto; pero de todas las recomendaciones que le hubiera hecho no podía hacer caso, porque él no confundía los sentimientos con los intereses o las conveniencias, ni mucho menos subordinaba éstas a aquéllos. José había llegado hasta decirle:

—Marcos Vargas es un mozo de buenas condiciones. Será un excelente marido para tu muchachita.

Pero aquí ya Francisco no opinaba que la bondad tuviese ojos sabios.

De una manera general, para sus hijas no quería maridos criollos. Las dos mayores ya habían elegido sus futuros allá en Francia y allá también debía elegir la Bordona. Y, por otra parte, sin regatearle méritos a Marcos Vargas, siempre éste era ya un hombre que tenía una mancha de homicidio y él deseaba para Aracelis un marido de historia limpia.

Y en seguida pasó a poner las cosas en sus respectivos sitios: los sentimientos aparte de las conveniencias. Él decidía por encima de ellas y la cosa resultaba de todos modos.

—Bien —díjole a Marcos—. Has ganado buen dinero y yo lo celebro infinito, porque con él vas a llevarte la alegría de tu madre, bienestar muy merecido. Te advierto que estás ya relevado del compromiso con la viuda del compadre Ladera por el valor de los carros, pues de acuerdo con ella incorporé esa cantidad en el monto de la reclamación que ante los tribunales competentes he entablado contra José Francisco Ardavín, por el valor de los carros destruidos, de las bestias muertas y robadas y de las mercancías saqueadas. La demanda prospera y Ardavín tendrá que pagar.

—Pues ha procedido usted mal al incorporar lo mío a lo suyo.

—¡Aguarda, aguarda! Ya sé por dónde vienes. La demanda no ha sido por daños solamente, sino también por perjuicios. Y de ahí habrá una buena tajada para ti.

—No se trata de eso, don Francisco —reiteró Marcos—. Sino de que lo mío he de cobrarlo yo a la medida de mi gusto. Por otra parte, no me explico cómo haya podido usted entablar una demanda por cosa que no le pertenece.

—Voy a explicártelo. Como tú no habías cumplido el compromiso de pago y por lo tanto, realmente no eran todavía tuyos los carros, y con el buen deseo, tanto mío como de la viuda Ladera, de sacarte un provecho mayor que el que tú habrías podido lograr por tu propia cuenta, ya que yo pesaba un poquito más que tú en la balanza de las influencias políticas, convinimos María y yo, de acuerdo con nuestro abogado, en que fuera ella, representándola yo en mi carácter de apoderado, quien entablara la demanda, contando desde luego con que tú no te opondrías.

—Pues ya ve que sí me opondré.

No por la cuantía de los perjuicios que ustedes hayan estipulado sin consultarme, sino...

—Sí, sí —atajó Vellorini—.

Ya comprendo. Mejor dicho: no lo comprendo, pues ya no es José Francisco Ardavín persona con quien valga la pena medirse de quien a quien. ¡Pero, en fin! Ya habrá tiempo para seguir ventilando este asunto.

Desde luego aplaudo tu determinación de asumir la responsabilidad que te incumbe respecto al compromiso contraído por la compra de esos carros.

Negocios son negocios y para el hombre de honor la palabra empeñada es sagrada. Y por juzgarte así, y ya que de negocios estamos tratando, tengo algo que proponerte y que espero sea de tu agrado, pues de tu conveniencia no dudo que lo será.

Diciendo esto —mientras Marcos se había quedado pensando en que realmente ya no tenían razón de ser escrúpulos de hombría respecto a Ardavín— Francisco Vellorini pisaba ya el terreno donde debían quedar los sentimientos aparte de las conveniencias. Y así prosiguió:

—No es necesario que te diga que la muerte de José ha sido para mí una verdadera catástrofe, tanto en lo moral como en lo material, pues él era el alma de este negocio. Pero hay que continuar la vida, reponiendo las filas destrozadas para seguir la batalla. La mujer y las hijitas me aconsejan que liquide la firma, me retire de los negocios y nos vayamos a Europa a disfrutar de lo que, a Dios gracias, tenemos. Quisiera complacerlas, pero al mismo tiempo deseo batallar un poco más. Tal vez cierre esta casa y me quede solamente con la de Upata, dejando aquí una oficina al frente del negocio del purguo y de las minitas de oro que tengo por ahí; para eso necesito una persona de toda mi confianza. No me faltan, a la verdad, pues entre los parientes de mi mujer, todos muy honrados y muy competentes, podría elegir a ojos cerrados; pero ya que he tenido la desgracia de perder a mi hermano, no quiero hacer negocios de ningún género con nadie a quien me unan, o puedan unirme en lo futuro, nexos de familia.

Dijo esto último recalcando las palabras, hizo una breve pausa y luego continuó:

—Y como tú puedes aceptar esta cláusula, primera y principalísima de nuestro contrato mercantil, y eres además la persona idónea y honrada que necesito, siendo muy ventajoso el negocio que voy a proponerte...

—No continúe, don Francisco —atajó Marcos, poniéndose de pie—.

Se ha equivocado usted de medio a medio conmigo, y lo peor es que ya van dos veces que incurre en esa torpeza. Su fortuna puede ser muy grande y bien habida toda ella, si hasta allá se quiere llegar; pero no le alcanzará para comprar a Marcos Vargas.

—¡Hombre! —exclamó Vellorini, comprendiendo ya que la combinación no se daría, pero pensando en que el resultado final correspondería a sus deseos—. ¿En qué he podido ofenderte?

—No pregunte lo que ya sabe —repúsole Marcos, quien, en comenzando ya no se detenía—. Usted será zorro viejo, pero para engatusarme a mí tiene que aprender algo todavía. Guárdese ese ventajoso negocio que quiere proponerme, con cláusula y todo. ¡Y guárdese también de atravesárseme en el camino!

—¡Vamos! ¡Vamos! Continúo sin entender palabra —fingió don Francisco.

—Es muy posible, porque generalmente los hombres que hacen dinero no son los más inteligentes.

Pero vamos a ver si me explico mejor: podría ser que a mí no me interesara su hija tanto como usted se imagina; esto no puede comprenderlo fácilmente un hombre de negocios; pero si usted se me atraviesa en el camino, ya sería caso de un hombre contra otro y la cosa variaría de especie. ¿Que le queda a usted el recurso de llevarse de por aquí a la muchacha, como ya lo pensó otra vez?

—¡Hombre! Tanto entonces como ahora, más que el recurso lo que tengo es el derecho.

—Llámelo como quiera. Pero es que de entonces acá ha llovido mucho, musiú Vellorini, y donde antes no nacía hierba ahora crece monte tupido. ¡Y

ya debe saber usted cómo hay que rehenderlo!

—¡Vamos! Ya es demasiado, Marcos. ¿Vas a cazar la pelea con un viejo como yo?

—¡También es verdad! Acabe de entregarme lo que me corresponde, para cortar de una vez esta conversación.

Y de ella sacó Francisco Vellorini estas reflexiones que quedó haciéndose: que Marcos Vargas podría no estar realmente enamorado de Aracelis; que de todos modos convenía apresurar el proyecto de abandonar el país, pero que entretanto lo prudente sería no atizar más aquella fogarada de hombría que acababa de presenciar.

El Marcos Vargas que había regresado del Guarampín ya no era el de antes.

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